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Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 41

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Capítulo 41: Capítulo 41: Las Venas de Cristal y el Latido de la Oscuridad

​

​La marcha hacia las profundidades del norte no se parecía en nada a la conquista estrepitosa del Paso de la Centella. Mientras que la batalla contra Vulkan había sido una explosión de ruido, plasma y gritos de guerra, el descenso hacia las Minas de Cuarzo Blanco era un ejercicio de silencio opresivo que entumecía los sentidos.

Kai caminaba a la cabeza del grupo, pero su paso ya no era el de un conquistador triunfante que acababa de aplastar a un general imperial.

Cada metro que se internaban en las entrañas de la cordillera septentrional, el aire se volvía más puro, cargado de una vibración mineral de alta frecuencia que resonaba con el jade de su armadura, pero que también chocaba violentamente con la mancha roja que devoraba su pecho.

​

—El cuarzo blanco es un aislante natural del Qi de grado divino —explicó el anciano guardián, cuya voz apenas era un susurro que se perdía en las vastas galerías cristalinas—.

Por esa razón, el Emperador nunca pudo extraer energía de este sector. El cristal no se deja dominar por el sol; lo refracta, lo dispersa y, finalmente, lo encarcela en una red de geometría perfecta.

Por eso es el único material en todo el continente capaz de contener lo que llevas dentro, Kai. Lo que el Abismo no pudo borrar, el Silencio del Cuarzo lo dormirá.

​

Kai no respondió. Sus ojos plateados, ahora con sutiles vetas carmesí en los bordes, escaneaban las paredes de la mina, donde las vetas de cuarzo brillaban con una luz pálida y lunar que parecía emanar del propio centro de la tierra. Sentía una presión interna inmensa, una claustrofobia espiritual que le oprimía los pulmones.

El parásito solar, el remanente hambriento del Emperador, estaba inquieto. Al verse rodeado por su prisión natural, el Sol Negro dentro de Kai estaba lanzando latidos de calor agónico, tratando de forzar al Avatar a dar la vuelta, a huir hacia la superficie donde la luz natural del sol pudiera alimentarlo y fortalecerlo.

​

—Aguanta un poco más, hermano —susurró Meilin, caminando a su lado sin soltar su antebrazo. Ella mantenía un flujo constante de Qi verde esmeralda que actuaba como un sedante para la oscuridad interna—. Siento el corazón de la montaña. Ya casi llegamos al núcleo de la veta madre, allí donde la resonancia es absoluta.

​

—Siento que mi pecho se está desgarrando, Meilin —gruñó Kai, apretando los dientes con tal fuerza que sus músculos faciales se tensaron como cuerdas—.

El Emperador no quiere ser sellado. Está tratando de fundir mis huesos desde adentro para escapar. Si no llegamos pronto al altar de cuarzo, me convertiré en un horno de carne y piedra antes de que el primer sello toque mi piel.

​

Lyra, que iba unos pasos por delante guiando el camino con una linterna de cristal de roca, se detuvo en seco al doblar una esquina natural de la cueva. Ante ellos, la estrecha galería se abría en una bóveda colosal que desafiaba cualquier descripción arquitectónica humana.

No era una cueva natural; era una catedral de geometría sagrada, donde pilares de cuarzo blanco del tamaño de rascacielos sostenían un techo que parecía hecho de estrellas congeladas en el tiempo. En el centro exacto de la estancia, una plataforma de cristal puro flotaba sobre un abismo insondable de energía telúrica azulada.

​

—El Altar de la Calma Eterna —dijo Lyra con una reverencia casi religiosa—. Según los mapas prohibidos del Imperio, aquí es donde la tierra duerme para no despertar el fin de los tiempos.

​

Pero la paz de la cámara fue interrumpida abruptamente por un sonido metálico y rítmico, un tintineo cristalino que erizó la piel de los nómadas. Desde las sombras proyectadas por los pilares, surgieron figuras que Kai no esperaba encontrar en un lugar supuestamente olvidado. No eran soldados de Vulkan, sino Autómatas de Cristal, reliquias de una era anterior incluso a la existencia del Imperio del Firmamento.

Sus cuerpos eran de cuarzo translúcido, sus extremidades terminaban en hojas afiladas como diamantes y sus ojos brillaban con un fuego azul gélido. Eran los guardianes del silencio, programados para destruir cualquier fuente de calor extremo o Qi inestable que osara perturbar el santuario.

​

—¡Formación defensiva inmediata! —gritó Lyra a los nómadas, pero Kai levantó una mano temblorosa, deteniéndolos con una autoridad que no admitía réplica.

​

—No —dijo Kai, y su voz vibró con una mezcla dolorosa de mando y agonía—. El Qi de vuestras armas solo los enfurecerá más. Ellos no ven personas; ellos detectan el incendio que ruge en mi pecho. Soy yo el desequilibrio. Soy yo a quien han venido a eliminar.

​

Kai avanzó hacia el centro de la bóveda completamente solo. Los autómatas se movieron con una velocidad que desafiaba su peso mineral, sus extremidades de cristal chocando entre sí con un sonido de campanas mortales.

Kai desenvainó la Quebrantacielos, pero tomó una decisión arriesgada: no la imbuiría en energía plateada ni en gravedad. Tenía que luchar con fuerza física y técnica pura; cualquier despliegue de Qi solar o del Abismo solo alimentaría el sistema de defensa reactivo de las minas, haciendo que los guardianes se multiplicaran.

​

El combate fue una danza brutal y silenciosa bajo la luz estelar del techo. Kai esquivaba los tajos de los autómatas, cuyas hojas de cristal podían cortar el jade más denso con la facilidad de un cuchillo en el agua. Cada impacto que Kai recibía en su armadura resonaba directamente en su pecho, haciendo que el parásito rojo rugiera de furia contenida.

El Emperador interno intentaba desesperadamente tomar el control de sus extremidades para incinerar a los guardianes con un estallido de fuego celestial, pero Kai lo mantenía encadenado con su voluntad de granito y el apoyo constante del Qi de Meilin desde la retaguardia.

​

—¡Casi llegas, Kai! ¡El centro de la plataforma es el punto nulo! —gritó Meilin, cuyas manos brillaban con un verde intenso mientras intentaba calmar la agitación del cristal ambiental.

​

En un movimiento desesperado y calculado, Kai se dejó golpear por el autómata líder, un coloso de cuarzo ahumado. El impacto fue masivo, pero Kai lo usó para dejarse lanzar directamente hacia el centro de la plataforma de cristal.

Al hacer contacto físico con la veta madre del altar, la habitación entera reaccionó con un zumbido ensordecedor. Miles de filamentos de luz blanca y fría surgieron del suelo, envolviendo a Kai como hilos de una seda mística que drenaba el calor instantáneamente.

​

El parásito solar, sintiendo su fin, emitió un alarido psíquico que hizo que Lyra y los nómadas cayeran de rodillas, cubriéndose los oídos mientras sus narices sangraban por la presión. La mancha roja en el pecho de Kai luchó con una violencia final, creando un espectáculo grotesco de luces rojas y blancas que amenazaba con hacer colapsar la bóveda entera sobre sus cabezas.

​

—¡Ahora, Meilin! ¡Sella la resonancia! —rugió Kai, con sus ojos plateados inyectados en una mezcla de sangre y luz de cuarzo.

​Meilin extendió sus manos hacia el altar, y todo el Qi vital del Bosque de Jade que ella portaba como sacerdotisa de la Semilla se canalizó a través de las venas de la mina. El verde de la vida se unió al blanco del cristal, creando una red de contención absoluta.

Por primera vez en semanas, el calor insoportable en el pecho de Kai empezó a disminuir drásticamente. La mancha roja retrocedió, siendo empujada y comprimida hacia una prisión de cuarzo dentro de su propio núcleo espiritual.

​

Sin embargo, justo cuando el sello estaba a punto de completarse y Kai sentía que recuperaba su humanidad, una vibración extraña y masiva recorrió la montaña entera. No venía de los autómatas, ni de la lucha interna de Kai. Era una vibración externa, rítmica y destructiva.

​

—Alguien está bombardeando la entrada de las minas con artillería de largo alcance —dijo el anciano guardián, mirando hacia el techo de cristal donde empezaban a aparecer las primeras grietas—.

Vulkan no era el único que quería el control absoluto del norte. El Soberano de las Mareas ha regresado, y ha traído consigo a los Señores del Rayo renegados que se negaron a rendirse. Han formado una alianza de última hora para enterrar al Avatar de la Tierra en la misma tumba de cristal que él eligió para su enemigo.

​

Kai, atrapado en el proceso de sellado y con sus canales de Qi todavía unidos físicamente al altar, no podía moverse sin arriesgarse a que el parásito solar escapara de nuevo. Estaba indefenso, anclado al suelo, mientras la montaña entera empezaba a temblar violentamente bajo el fuego coordinado de una flota combinada de agua y rayo.

​

¿Podrá Kai completar el sellado del Emperador antes de que la mina entera colapse sobre su cabeza, o la nueva y letal alianza entre el mar y el trueno logrará sepultar al Avatar de la Tierra en el silencio eterno del cuarzo blanco?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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