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Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 46

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Capítulo 46: Capítulo 46: El Peso de la Existencia y el Sueño del Cuarzo

​

​La Capital del Manglar de Jade había recuperado una calma superficial, pero para Kai, el mundo nunca volvería a ser el mismo. Sentado en la base del Árbol Madre, sentía cada paso de los ciudadanos, cada caída de una hoja y cada vibración del aire como una presión directa sobre su columna vertebral.

Ya no era simplemente el Avatar de la Tierra; tras la asimilación del Heraldo del Vacío y la fusión con el Sol Negro, Kai se había convertido en el nexo donde la realidad se mantenía unida. Si su concentración flaqueaba, el horizonte se tornaba borroso, y los objetos cotidianos empezaban a perder su solidez.

​

—No puedes seguir así, Kai —dijo Lyra, acercándose con una bandeja de frutas que parecían vibrar bajo la intensa aura de su amigo—. No has dormido desde el ataque de los Entes. Tus ojos… ya no parecen humanos.

​Kai giró la cabeza lentamente. Sus pupilas, ahora anillos concéntricos de plata y negro, tardaron un segundo en enfocar el rostro de Lyra. Para él, ella no era solo una mujer; era una compleja amalgama de átomos y Qi que él debía mantener cohesionada mediante su voluntad.

​

—Si duermo, Lyra, el ancla se suelta —respondió Kai, y su voz sonó como el crujido de la piedra bajo una presión inmensa—. He visto lo que hay más allá del velo. La Nada no es un enemigo que se retira; es una marea que espera a que el guardián cierre los ojos para reclamar lo que le pertenece. Siento que si me permito el descanso, este bosque se desvanecerá como un sueño al despertar.

​

—Por eso necesitamos el Santuario de la Ensoñación Cristalina —intervino el anciano guardián, apareciendo desde las raíces profundas—. Has asimilado el fuego y la tierra, pero tu mente sigue siendo la de un mortal. No puedes sostener el mundo por la fuerza bruta de tu vigilia. Debes aprender a delegar la realidad en el propio planeta.

​

El anciano explicó que en las profundidades de la capital existía una cámara de cuarzo blanco puro, una reliquia de los antiguos que permitía a un soberano proyectar su voluntad de forma pasiva mientras descansaba. Era un sistema de “piloto automático” místico, pero requería que Kai confiara plenamente en la integridad de la tierra.

​

—¿Confiar? —preguntó Kai con una amargura que sorprendió a Lyra—. He pasado meses viendo cómo los generales traicionan a su pueblo y cómo el cielo intenta devorar a la tierra. Confiar es un lujo que el Ancla no puede permitirse.

​

Sin embargo, el cuerpo de Kai estaba llegando a su límite. Una grieta de color gris metálico apareció en su antebrazo, una señal de que la Nada estaba empezando a erosionarlo desde adentro debido al agotamiento extremo. Meilin, que había estado observando en silencio, se acercó y tomó la mano de su hermano. El Qi verde de la niña fluyó hacia Kai, no para curarlo, sino para calmar la tormenta de pensamientos que lo mantenía despierto.

​

—Hermano, la tierra no se cae porque las montañas duerman —susurró Meilin—. Confía en las raíces que plantamos. Yo sostendré el canto mientras tú bajas al santuario.

​

Presionado por su hermana y por la evidencia de su propia degradación física, Kai aceptó. Descendió a la cámara subterránea, un recinto de geometría perfecta donde el cuarzo blanco emitía una luz suave y constante. Se recostó sobre el altar central, sintiendo cómo los filamentos de cristal se conectaban automáticamente con los nodos de su armadura de jade fusionada.

​

Al cerrar los ojos, Kai no encontró la oscuridad. Se encontró en un paisaje onírico donde el mundo era un mapa de hilos de luz. Podía ver la Capital, las Tierras del Ámbar y los Océanos de Eter, todos unidos por su propia esencia. El santuario estaba funcionando; su mente estaba proyectando la realidad sin necesidad de esfuerzo consciente.

​

Pero en ese estado de sueño profundo, una sombra que Kai no reconoció empezó a filtrarse en el mapa. No era un Ente de la Nada, ni el Emperador. Era una figura vestida con túnicas de un blanco tan puro que dolía mirarlo, caminando por los pasillos de su mente con una arrogancia que superaba a la de cualquier general.

​

—Así que este es el nuevo pilar —dijo la figura, cuya voz era como el choque de cristales finos—. Un panadero que juega a ser dios. Es una lástima que hayas construido tu casa sobre un cimiento de mentiras, Kai.

​

—¿Quién eres? —preguntó la proyección astral de Kai, intentando invocar la Quebrantacielos, solo para darse cuenta de que en este plano no tenía armas, solo su voluntad desnuda.

​

—Soy el Arquitecto del Firmamento, aquel que diseñó el sol que tú apagaste —respondió la figura, revelando un rostro que no tenía ojos, sino dos orbes de luz blanca pura—. El Emperador era solo mi capataz. Tú has roto el equilibrio, niño de jade. Y aunque has sellado la Nada, has invitado a algo mucho más peligroso: la Corrección Divina.

​

La figura extendió su mano, y el mapa de la realidad de Kai empezó a arder en los bordes, no con fuego, sino con una luz blanca que borraba todo a su paso.

​

—Vengo a formatear este mundo, Kai. La tierra ha sido infectada por tu humanidad, y un mundo imperfecto es un mundo que debe ser redibujado desde el principio.

​

Kai intentó despertar, pero el santuario de cuarzo lo mantenía anclado en el sueño. Estaba atrapado en su propia mente con el ser que había creado las leyes del mundo que él intentaba proteger.

​

¿Podrá Kai expulsar al Arquitecto de su ensoñación antes de que la “Corrección Divina” borre la Capital del Manglar de la existencia, o descubrirá que para salvar la realidad debe destruir los mismos cimientos sobre los que fue construida?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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