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Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 57

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Capítulo 57: Capítulo 57: El Llamado de las Raíces y los Ecos del Trono de Hierro

​

​El silencio que siguió a la partida del Emisario del Equilibrio Celeste no era de paz, sino de una inquietud latente. Las grietas grises que habían quedado grabadas en el Altar de Cuarzo no se cerraron; al contrario, parecían latir con una luz cenicienta que devoraba el brillo esmeralda natural del lugar. Kai permanecía de pie, con la Quebrantacielos aún en la mano, sintiendo cómo el residuo del poder del Olvido circulaba por sus canales de Qi como si fuera mercurio líquido: pesado, frío y peligrosamente ajeno.

​Meilin se acercó a él con cautela. A sus ojos, Kai ya no solo proyectaba la imagen del hermano protector que hacía pan en las mañanas de Ojo de buey, sino la de una montaña antigua que comenzaba a fragmentarse bajo su propio peso.

​—Kai, tus manos… —susurró la niña, señalando las puntas de los dedos de su hermano, que mantenían un tono grisáceo que no desaparecía con el flujo del Qi de jade.

​Kai bajó la vista y cerró el puño con fuerza, obligando a la sangre a circular, pero la marca del vacío era persistente. No era una herida, era una sustitución. Una parte de su materia biológica había dejado de ser “tierra” para convertirse en “nada”.

​—Es el precio de editar el destino, Meilin —respondió Kai, y su voz, aunque suave, llevaba un eco de profundidad abismal—. El Emisario dijo que la realidad tiene un mecanismo de autocorrección. He forzado la balanza, y ahora la balanza está intentando equilibrarse a través de mí. Pero no te preocupes, el Dragón de Esmeralda no se quiebra tan fácilmente.

​El anciano Guardián se acercó, arrastrando sus túnicas de corteza sobre el cuarzo dañado. Su rostro, habitualmente impasible, mostraba una preocupación que rozaba la desesperación.

​—Soberano, el Emisario mencionó a los otros. Si has decidido llamar a los Soberanos Elementales, debes saber que no todos ven la llegada del Ancla con buenos ojos. Durante milenios, el equilibrio se mantuvo porque las fuerzas estaban dispersas, ocultas tras los velos de la historia. Al integrar el Olvido, has encendido un faro que no solo atrae a refugiados, sino a depredadores antiguos.

​—No busco amigos, anciano. Busco testigos —sentenció Kai, clavando su arma en el centro de la grieta gris del altar—. El Imperio del Rayo Negro es solo la punta de lanza de un sistema que quiere borrarnos. Si el Soberano del Hierro o la Soberana del Mar creen que pueden ignorar la entropía que viene, se hundirán con el resto del mundo.

​Kai cerró los ojos y se sumergió en la meditación profunda del Anclaje Continental. Ya no buscaba solo sentir las raíces del manglar; expandió su conciencia a través de las líneas ley del planeta. Su mente viajó por debajo de los océanos, cruzó desiertos de cristal y se hundió en las venas de metal que recorrían las cordilleras del norte.

​Buscaba frecuencias. Buscaba otros “pesos” que, como él, sostuvieran fragmentos de la realidad original.

​De repente, su conciencia chocó con un muro de resistencia metálica. En las profundidades de las Montañas del Colmillo de Hierro, a miles de kilómetros de distancia, algo respondió. No fue una voz, sino el sonido de un martillo golpeando un yunque de proporciones planetarias. Un calor seco y una presión aplastante fluyeron a través de la conexión, casi haciendo que Kai perdiera el sentido.

​—¿Quién se atreve a perturbar el Sueño del Metal? —una voz broncínea, cargada de una autoridad que hacía que el jade de Kai se sintiera frágil, resonó en su mente—. Huelo a tierra húmeda… y huelo a ceniza de un mundo que aún no ha muerto. ¿Eres tú, el pequeño panadero de las profecías?

​—Soy Kai, el Soberano de la Tierra —respondió Kai, manteniendo su posición mental frente a la presión del metal—. Y te hablo no como un subordinado, sino como un igual. El Equilibrio ha enviado a sus jueces. El Olvido ha sido despertado. Si el Reino del Hierro no se une al Manglar, el Arquitecto convertirá tus montañas en variables vacías.

​Hubo un silencio que duró una eternidad. Kai sintió cómo el Soberano del Hierro analizaba su firma energética, detectando la semilla gris que Kai albergaba en su núcleo.

​—Llevas la nada dentro de ti, niño —la voz del hierro sonó ahora con una mezcla de desprecio y curiosidad—. Has pactado con el enemigo de la materia. ¿Por qué debería confiar en un Ancla que ya tiene grietas?

​—Porque las grietas son las que permiten que la luz entre —replicó Kai, usando una máxima que su madre solía decir cuando el pan salía imperfecto del horno—. Mis grietas son la prueba de que he sobrevivido a lo que ustedes temen. No busco tu confianza, busco tu acero. El tercer amanecer se acerca, y con él, la entropía. Encuéntrame en el Nexo de los Reinos, o quédate a esperar que el vacío te oxide.

​Kai cortó la conexión abruptamente, regresando a su cuerpo con un violento espasmo. Sangre plateada brotó de su nariz, y Meilin lo sostuvo antes de que cayera del altar. El esfuerzo de contactar con otro Soberano mientras sostenía la esencia del Olvido había estado a punto de fragmentar su conciencia.

​—Es demasiado, Kai —sollozó Meilin—. Estás quemando tu vida para sostener este lugar.

​Kai la miró y, por un momento, el gris en sus ojos retrocedió, dejando ver al hermano que ella tanto amaba. Le acarició la mejilla con sus dedos fríos, intentando transmitirle una seguridad que él mismo empezaba a cuestionar.

​—La vida es un préstamo, Meilin. Lo que importa es lo que compramos con ella. He comprado tiempo para nosotros, pero ahora necesito comprar un futuro.

​El Guardián se arrodilló ante él.

—El Soberano del Hierro es orgulloso, pero es lógico. Él vendrá. Pero el movimiento de energía que acabas de realizar ha alertado al Imperio. El General Kaelen ya no enviará más calculadores. Según mis informes, ha activado el Protocolo de Sincronización Total. Están moviendo la Capital del Rayo Negro… hacia aquí.

​Kai se puso en pie, apoyándose en la Quebrantacielos. Sabía lo que eso significaba. La Capital del Imperio era una ciudad flotante, una maravilla de ingeniería y opresión que funcionaba como un amplificador de Qi artificial. Si la ciudad llegaba al manglar, la presión sobre las raíces sería insoportable.

​—Que vengan —sentenció Kai, mirando hacia el cielo donde las primeras estrellas empezaban a aparecer—. Si quieren una batalla de masas, les daré el peso de todo un planeta. Preparen a los refugiados. No vamos a escondernos más en las raíces. Vamos a construir una defensa que el cielo no pueda ignorar.

​Kai comenzó a dar instrucciones. Ya no hablaba como un fugitivo, sino como un monarca. Ordenó la creación de perímetros gravitatorios, el refuerzo de los nodos de jade y, lo más importante, empezó a enseñar a los cultivadores más aptos entre los refugiados cómo “sentir” el peso de su propia existencia. Les estaba enseñando la base del Cultivo del Ancla, creando un ejército de hombres y mujeres que no dependían de los cielos para su poder, sino de la tierra bajo sus pies.

​Mientras la noche caía sobre el Manglar de Jade, Kai se retiró a la cámara más profunda de la Raíz Madre. Allí, en la oscuridad absoluta, sacó la perla gris de su interior por un momento. La pequeña esfera flotó frente a él, iluminando la habitación con una luz cenicienta que no proyectaba sombras.

​—Tú y yo —susurró Kai a la perla— vamos a demostrarles que la nada también puede ser una fortaleza.

​¿Llegará el Soberano del Hierro a tiempo para la batalla final, o el Imperio del Rayo Negro logrará aplastar el Manglar antes de que Kai pueda consolidar su alianza elemental?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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