Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 59
- Inicio
- Crónicas del Dragón de Esmeralda
- Capítulo 59 - Capítulo 59: Capítulo 59: La Danza de los Tres Soberanos y el Colapso del Firmamento
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 59: Capítulo 59: La Danza de los Tres Soberanos y el Colapso del Firmamento
La atmósfera sobre el Manglar de Jade se había transformado en un campo de batalla invisible de fuerzas contrapuestas. Por un lado, la presión artificial de la Capital del Rayo Negro intentaba “formatear” el terreno, aplastando la vida orgánica bajo un peso de silicio y lógica imperial. Por el otro, el aura esmeralda y gris de Kai se alzaba como un pilar indomable, devolviendo cada gramo de presión con una ferocidad que nacía de las raíces mismas del mundo. Pero fue el tercer factor el que terminó por romper el estancamiento: un destello de luz cobriza que rasgó el horizonte norte como una cicatriz de fuego.
El Soberano del Hierro no llegó con sutileza. Su presencia se anunció con una onda sónica que hizo que las naves de escolta imperiales vibraran hasta que sus remaches saltaron como proyectiles. Una legión de estructuras metálicas, forjadas con la voluntad del metal vivo, emergió de las profundidades de la tierra, alzándose como lanzas que buscaban el vientre de la ciudad flotante.
—¡Arquitecto de pacotilla! —la voz del Soberano del Hierro retumbó, no desde el cielo, sino desde el metal mismo que componía las armaduras de los soldados imperiales—. ¿Crees que puedes dominar el peso del mundo con máquinas que dependen de mi permiso para existir? ¡El hierro tiene memoria, y recuerda que nació en el corazón de una estrella, no en una línea de montaje!
Kai, desde el Altar de Cuarzo, sintió la vibración en sus pies. La energía del metal era seca, abrasadora y carente de piedad, pero en ese momento, era el martillo que necesitaba para golpear el yunque del Imperio.
—¡Soberano del Hierro! —gritó Kai, canalizando su voz a través de las líneas ley—. ¡No busques la gloria solo! ¡Sincroniza tu masa con mi gravedad! Si golpeamos juntos, su ciudad no solo caerá; dejará de tener un lugar donde aterrizar.
Hubo un segundo de duda. Kai sintió la arrogancia del metal chocando contra la terquedad del jade. El Soberano del Hierro despreciaba la “impureza” del Olvido que Kai portaba en su interior, pero incluso él podía ver que la Capital del Rayo Negro estaba activando su arma principal: el Cañón de Sincronización Ontológica, un haz de luz blanca pura diseñado para borrar la existencia de cualquier cosa que no estuviera registrada en sus archivos.
—¡Acepto el pacto, pequeño panadero! —respondió el metal—. ¡Pero si tu nada intenta devorar mi acero, te fundiré antes de que el primer rayo toque el suelo!
La colisión fue inmediata. El General Kaelen, al verse superado por dos frentes elementales, dio la orden de fuego. El cañón imperial disparó un haz de luz tan brillante que el día pareció volverse noche por contraste. El rayo descendió hacia el corazón del Manglar, buscando desintegrar la Raíz Madre y, con ella, la voluntad de Kai.
Pero Kai ya no era el hombre que solo sabía defenderse. Cruzó sus brazos frente a él y liberó la perla gris por completo. La semilla del Olvido se expandió, creando una esfera de “no-espacio” justo encima del altar. Al mismo tiempo, el Soberano del Hierro lanzó una lluvia de fragmentos de magnetita que se entrelazaron con el aura de Kai, creando una Lente de Densidad Infinita.
Cuando el rayo del Imperio impactó contra la barrera, no hubo una explosión. Hubo un silencio aterrador. La luz blanca, que debería haber borrado el Manglar, fue absorbida por la oscuridad gris de Kai y luego refractada por el metal del Soberano del Hierro. El ataque imperial fue “pesado” por la gravedad de Kai y luego “moldeado” por el hierro, convirtiendo el rayo de energía en una lanza física de plasma sólido que salió disparada de regreso hacia la Capital flotante.
El impacto en la ciudad imperial fue catastrófico. El escudo de silicio estalló en mil pedazos, y una de las alas laterales de la metrópolis de acero empezó a arder con un fuego violeta que desafiaba la extinción.
—¡Ahora! —rugió Kai a sus refugiados y guerreros—. ¡Sientan el peso del mundo! ¡No permitan que una sola de sus naves escape de la gravedad de su propio pecado!
Bajo el mando de Lyra, los guerreros de jade lanzaron sus propios contraataques. Ya no disparaban flechas; lanzaban “anclas” de Qi que se enganchaban a los drones imperiales, triplicando su peso instantáneamente y haciéndolos caer como piedras hacia el fango del Manglar, donde las raíces vivas los envolvían y los desmantelaban en segundos.
Sin embargo, el esfuerzo estaba pasando factura a Kai. La perla gris en su pecho latía con una frialdad que amenazaba con congelar su corazón. Cada vez que usaba el Olvido para desviar la energía imperial, sentía que sus recuerdos de la aldea, del olor del pan y del rostro de su madre, se volvían un poco más borrosos. Estaba ganando la guerra, pero estaba perdiendo el ancla de su propia alma.
—¡Kai, detente! —el grito de Meilin llegó desde la base del altar. La niña estaba de rodillas, con las manos apoyadas en la Raíz Madre. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad tal que las venas de jade de todo el bosque se iluminaron al unísono—. ¡El árbol dice que estás dando demasiado! ¡La nada te está mirando de vuelta!
Kai la miró de reojo. Su visión estaba empezando a pixelarse, un signo de que su propia realidad estaba siendo cuestionada por el exceso de energía del Olvido. Vio al General Kaelen en la pantalla de su mente; el oficial imperial no parecía asustado, sino fascinado. Estaba recolectando datos. Estaba aprendiendo de la colisión.
—Solo un poco más, Meilin —susurró Kai, aunque sus cuerdas vocales se sentían como si estuvieran hechas de ceniza—. Si no los detengo ahora, no habrá recuerdos que salvar.
En ese momento, el Soberano del Hierro realizó su movimiento final. Clavó su báculo de metal en el centro de la zona de guerra y transmutó el suelo mismo. Los kilómetros de tierra bajo la Capital del Rayo Negro se convirtieron en un imán gigante. La ciudad flotante, cargada de componentes metálicos y circuitos, fue arrastrada hacia abajo con una fuerza que hizo que sus motores antigravitatorios explotaran uno tras otro.
—¡Cae, parásito del cielo! —bramó el hierro.
La Capital del Rayo Negro empezó su descenso final, una masa de billones de toneladas cayendo hacia el Manglar. Kai sabía que si la ciudad impactaba el suelo con esa velocidad, el choque sísmico borraría la vida en todo el continente. Tenía que frenarla. Tenía que sostener el peso de una ciudad entera mientras el Soberano del Hierro tiraba de ella hacia abajo.
Era la prueba definitiva del Ancla.
Kai extendió sus brazos, sus venas brillando con un verde y gris cegadores. Sintió el impacto de la masa de la ciudad contra su campo gravitatorio. Sus huesos crujieron, su piel empezó a agrietarse y el cuarzo del altar bajo sus pies se convirtió en polvo.
—¡Yo… sostengo… el mundo! —rugió Kai, mientras el cielo se desgarraba por la presión.
¿Podrá Kai frenar la caída de la ciudad imperial sin que el Olvido consuma lo que queda de su alma, o el Soberano del Hierro lo traicionará en el último segundo para asegurar que el Imperio sea erradicado a cualquier precio?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com