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Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 70

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Capítulo 70: Capítulo 70: El Protocolo Cero y el Escudo de los Cuatro Soberanos

​El cielo sobre la Cúspide de Cristal ya no pertenecía a la naturaleza. La Estación de Nube “Protocolo Cero” se cernía sobre el reino como un párpado de metal frío a punto de cerrarse. Desde su centro, un anillo de luz violeta empezó a girar con una velocidad que desafiaba la física, generando un zumbido de baja frecuencia que hacía que los cristales de la torre de Vaelen vibraran hasta el punto de la fisura. No era un ataque físico; era una emisión de “borrado atmosférico”, un pulso diseñado para reescribir la composición química del aire y convertirlo en un gas inerte, incapaz de sostener la chispa de la vida o el flujo del Qi.

​Kai se encontraba en el balcón más alto de la Cúspide, con el viento azotando su cabello blanco. A su izquierda, el Soberano del Hierro mantenía sus báculos de magnetita fijos hacia el cielo; a su derecha, Lyraei invocaba las humedades de las nubes para formar un manto de protección líquida. Detrás de él, Vaelen, el Soberano del Aire, finalmente había abandonado su trono y elevaba sus manos, canalizando la luz eterna de la cumbre hacia el corazón de Kai.

​—¡Viene el primer pulso! —gritó Vaelen, y su voz era un trueno que desgarraba la estática—. ¡Kai, si no logras anclar la frecuencia, nuestros elementos se dispersarán como ceniza al viento!

​Kai no respondió con palabras. Clavó la Quebrantacielos en el suelo de cristal, convirtiéndose él mismo en el pararrayos de una tormenta cósmica.

​—¡Sincronización Elemental: Anclaje de la Existencia! —rugió Kai.

​En ese instante, la luz violeta del Protocolo Cero descendió. El impacto no provocó una explosión, sino una distorsión visual donde el mundo pareció volverse blanco y negro. Kai sintió que sus átomos intentaban separarse, que el código imperial en su interior gritaba de alegría al reconocer la señal de su creador. Pero Kai se aferró al peso de su humanidad. Usó el hierro para dar estructura a su alma, el agua para dar fluidez a su pensamiento y el aire para elevar su voluntad por encima del algoritmo.

​El escudo que emanó de Kai no era verde, ni gris, ni azul; era una cúpula translúcida que vibraba con un color que no existía en el espectro natural. El pulso de borrado imperial chocó contra la barrera de Kai y, por primera vez, el Protocolo Cero encontró una resistencia que no podía computar. La energía violeta se deslizaba por la cúpula de Kai como lluvia sobre un cristal, incapaz de penetrar el “peso” de la realidad que él estaba sosteniendo.

​—¡Está funcionando! —exclamó Meilin, quien desde el centro del salón canalizaba la energía de la Raíz Madre para curar las grietas que aparecían en el suelo de la torre—. ¡El aire sigue vivo!

​Sin embargo, el Arquitecto no iba a permitir que una anomalía detuviera su perfección. Desde la Estación de Nube, se desplegaron los Ángeles de Silicio, una nueva generación de unidades de combate aladas, hechas de luz sólida y espejos. Cientos de ellos se lanzaron en picado hacia la torre, moviéndose a velocidades que superaban el sonido.

​—Yo me encargo de las moscas —dijo el Soberano del Hierro, y con un movimiento de sus manos, creó una tormenta de metralla magnética que interceptó a las primeras oleadas en el aire—. ¡Kai, concéntrate en el satélite! ¡Si no destruyes el núcleo emisor, el escudo colapsará por puro agotamiento!

​Kai levantó la vista. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, pero su mirada era una línea recta hacia el corazón de la Estación de Nube. Sabía que no podía simplemente saltar y golpearla; la estación estaba protegida por un desfase temporal. Tenía que “traerla” hacia él.

​—Vaelen… —susurró Kai, con los dientes apretados—. Necesito que quites todo el aire entre la estación y yo. Crea un vacío puro.

​El Soberano del Aire palideció.

—Si hago eso, no tendrás resistencia, pero tampoco tendrás nada que te detenga si fallas. ¡Saldrás disparado al espacio exterior!

​—¡Hazlo! —ordenó Kai.

​Vaelen obedeció. Con un gesto de su flauta de hueso, creó un túnel de vacío absoluto que conectaba la Cúspide de Cristal con la Estación “Protocolo Cero”. Kai sintió que el peso de su propio cuerpo desaparecía por un segundo, y entonces, utilizó la Inversión Gravitatoria.

​Se lanzó como un proyectil, atravesando el túnel de vacío a una velocidad que hizo que su piel empezara a quemarse por la fricción del poco aire que quedaba. El código imperial en su interior intentó bloquear sus músculos, mostrándole advertencias de “Muerte Inminente”, pero Kai las borró con una pulsación de su Qi de Olvido.

​Llegó al núcleo de la estación en menos de tres segundos. La Quebrantacielos brillaba con una intensidad tal que parecía una pequeña estrella.

​—¡Tú eres el error de redondeo! —gritó Kai, hundiendo la espada en el reactor de silicio de la estación.

​No hubo una explosión de fuego, porque en el vacío no hay combustión. Hubo una explosión de masa. Kai obligó al núcleo de la estación a pesar lo mismo que una estrella de neutrones en un espacio del tamaño de un puño. La Estación de Nube, una maravilla de la ingeniería imperial, se colapsó sobre sí misma, arrugándose como una hoja de papel bajo el puño de un gigante invisible.

​El pulso violeta se apagó. El cielo rojo recuperó su azul cristalino. Kai, exhausto y con la armadura destrozada, empezó a caer desde la estratosfera. Pero esta vez, no caía solo. El viento de Vaelen lo envolvió suavemente, y las nubes de Lyraei formaron un camino de vapor para amortiguar su descenso.

​Aterrizó en el balcón de la Cúspide, donde Meilin corrió a abrazarlo. Kai cayó de rodillas, con la Quebrantacielos volviendo a su forma de jade oscuro. Los tres Soberanos se acercaron, formando un círculo a su alrededor. Ya no había dudas, ya no había juicios.

​—El cielo ha sido reclamado —dijo Vaelen, inclinándose profundamente ante Kai—. Ancla, hoy has demostrado que la voluntad de un hombre puede ser más pesada que cualquier decreto divino. El Reino del Aire está a tu servicio.

​Kai miró hacia el horizonte. La estrella blanca del Arquitecto seguía allí, pero esta vez, parecía haber retrocedido. Por primera vez en la historia del mundo, los cuatro elementos estaban unidos.

​—La resistencia ha terminado —dijo Kai, con una voz que, a pesar del cansancio, resonó con una autoridad absoluta—. Mañana empieza la reconquista. Ya no vamos a escondernos en manglares o cumbres. Vamos a ir directamente a la Capital del Rayo Negro. Vamos a devolverle al Arquitecto cada gramo de dolor que ha causado.

​¿Podrá la unión de los cuatro Soberanos resistir el contraataque final del Arquitecto, o descubrirá Kai que al destruir la estación ha activado el último protocolo: el despertar del propio planeta como un arma de destrucción masiva?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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