Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 79
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Capítulo 79: La Resonancia de la Sangre y el Trono del Mundo Herido
El cielo sobre el valle central ya no era el mismo. Tras la explosión de la primera sombra fractal, la atmósfera había quedado impregnada de una luminiscencia plateada, una especie de ceniza estelar que caía lentamente sobre la vegetación biomecánica, haciendo que las hojas de cristal tintinearan como campanas al contacto. Kai permanecía en el centro del cráter que su propio cuerpo había cavado al descender, con la Quebrantacielos clavada profundamente en la roca. Su respiración era pesada, y con cada exhalación, un rastro de vapor cian se disipaba en el aire gélido.
Meilin se acercó con cautela. Sabía que su hermano era ahora un reactor viviente de energías contrapuestas. La Raíz Madre en sus manos brillaba con un tono verde esmeralda que intentaba desesperadamente contrarrestar la frialdad del vacío que emanaba de la piel de Kai.
—No te acerques demasiado, Meilin —dijo Kai, sin abrir los ojos. Su voz tenía una textura metálica, como si las cuerdas vocales hubieran sido reforzadas con hilos de diamante—. Mi densidad todavía no es estable. Si te toco, podrías quedar atrapada en mi órbita gravitatoria.
—No me importa tu órbita, Kai —respondió la niña, deteniéndose a solo un metro—. Lo que me importa es que tus ojos ya no brillan cuando menciono el hogar. Estás procesando el universo, pero te estás olvidando de cómo se siente la tierra entre los dedos.
Kai finalmente abrió los ojos. El mapa estelar que antes habitaba en sus pupilas se había retraído, dejando paso a un gris tormentoso salpicado de chispas violetas. Miró sus manos: las uñas eran garras de obsidiana y sus venas transportaban una mezcla de sangre roja y Éter cian. El “panadero” era ahora un concepto abstracto, una historia que le pertenecía a alguien que ya no existía.
—El planeta no nos ha dado este poder gratis, Meilin —intervino el Soberano del Hierro, acercándose con su pesada armadura cubierta de escarcha estelar—. Los Segadores del Entropía han marcado este mundo. Lo que Kai hizo allá arriba fue gritarle al vacío que estamos vivos, y el vacío siempre responde a los gritos con silencio. Estamos en un estado de excepción planetaria.
Lyraei y Vaelen se unieron al círculo. La Soberana de las Mareas parecía haber envejecido eones en una sola batalla; sus corrientes internas estaban desordenadas, reflejando el caos de un océano que ya no sabía si obedecer a la Luna o al nuevo pulso de Kai.
—Necesitamos una base de operaciones que no sea una ruina —sentenció Lyraei—. El Reino del Mar está siendo invadido por mutaciones abisales que ni siquiera yo puedo controlar. Si no unificamos los cuatro tronos bajo la frecuencia de Kai, el planeta se despedazará a sí mismo antes de que la segunda oleada de sombras llegue.
Kai se puso en pie, y el suelo bajo él crujió, cediendo ante su masa.
—No habrá más tronos separados. A partir de hoy, solo existe el Eje del Mundo. Vamos a reconstruir la Capital, pero no como la quería el Arquitecto. No será de silicio y lógica. Será de jade, hierro y voluntad.
—¿Y dónde estará ese Eje? —preguntó Vaelen.
Kai señaló hacia el norte, donde las montañas se encontraban con el mar.
—Donde todo empezó. En las ruinas de Ojo de buey. El planeta ha despertado allí con más fuerza porque es el lugar donde el Ancla encontró su primera resistencia. Vamos a convertir mi aldea en la fortaleza de la Tierra.
El viaje hacia el norte fue una revelación del nuevo orden. A medida que avanzaban, veían cómo la naturaleza “aprendía”. Los árboles ahora tenían cortezas de metal flexible para resistir el frío del vacío, y los ríos fluían con una densidad mercurial que transportaba datos vitales entre los bosques. El mundo se estaba convirtiendo en un supercomputador biológico, y Kai era su procesador central.
Sin embargo, el conflicto interno de Kai alcanzaba un punto crítico. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba el “ruido” de los Segadores. No eran máquinas, ni eran seres biológicos. Eran Conceptos Borrados que habían cobrado forma. Eran los restos de universos anteriores que el tiempo había decidido olvidar, y ahora buscaban justicia a través del exterminio de todo lo que tuviera una historia.
—Anom-alía… —susurraba el vacío en su mente—. Tu masa es un insulto al equilibrio del cero. Te daremos el regalo del no-ser.
Kai usó el parásito solar para incinerar esos susurros, pero el fuego esmeralda era cada vez más difícil de controlar. Sentía que el parásito y el Éter del planeta estaban empezando a fusionarse, creando una nueva forma de energía que él llamó Gravedad Solar. Era un poder capaz de crear soles microscópicos o de colapsar galaxias enteras, pero exigía un anclaje emocional que Kai sentía que se le escapaba entre los dedos.
Al llegar a las ruinas de Ojo de buey, el grupo se detuvo en seco. La aldea no estaba en ruinas. El planeta la había “reconstruido” usando la memoria de Kai. Había casas de piedra y jade, calles de hierro pulido y, en el centro, una réplica exacta de su panadería, hecha completamente de cristal de diamante que pulsaba con el ritmo del Nexo.
—Esto es… un regalo o una trampa —murmuró Meilin, conmovida al ver la recreación de su hogar.
—Es una oferta —dijo Kai, caminando hacia la panadería de diamante—. El planeta quiere que me sienta en casa para que no me resista a la fusión total. Quiere que sea su Soberano Permanente.
Kai entró en la panadería. El horno estaba allí, pero no quemaba madera; contenía una pequeña singularidad de fuego cian que emitía un calor que no quemaba la piel, sino que reconfortaba el alma. Kai puso su mano sobre el mostrador de cristal y, por un segundo, recuperó la visión de sí mismo como un simple joven amasando harina.
—No voy a ser tu títere, Gaia —susurró Kai hacia el suelo—. Usaré tu poder para salvar este mundo, pero cuando la última sombra se desvanezca, te devolveré cada gramo de esta corona. Mi nombre es Kai, y mi peso es el de mis promesas, no el de tus eras.
Afuera, el cielo volvió a oscurecerse. No era un ataque masivo, sino una sola nave, pequeña y elegante, con la forma de una lágrima de plata negra. Descendió lentamente y se detuvo frente a la panadería. La puerta de la nave se abrió y de ella salió una figura que hizo que Kai desenvainara la Quebrantacielos en un acto reflejo.
Era una mujer, vestida con un uniforme militar imperial, pero sus ojos no eran de silicio ni de luz. Eran ojos humanos, llenos de un conocimiento antiguo y doloroso.
—Soberano del Vacío —dijo la mujer, haciendo una reverencia que no tenía nada de sumisión—. Mi nombre es Eara, y soy la última superviviente de la flota original del Arquitecto. He venido a decirte que el enemigo que viste allá arriba no es lo peor que viene. Los Segadores son solo los perros de caza. El Rey del Entropía ya ha puesto rumbo a este cuadrante, y él no quiere borrar tu mundo… él quiere usar tu anclaje para colapsar todo el universo.
Kai sintió que el frío del vacío regresaba con más fuerza que nunca. La guerra ya no era por un planeta; era por la existencia misma de la luz.
¿Podrá Kai confiar en una desertora imperial para entender la verdadera naturaleza del Rey del Entropía, o descubrirá que Eara es la pieza final de una trampa diseñada para que el Ancla se rompa voluntariamente?
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