Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 87
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Capítulo 87: La Luz de los Escribas y el Océano de Cristal Inerte
El impacto de la columna blanca sobre el Mar de Lyraei no produjo una explosión, sino algo mucho más inquietante: un silencio absoluto que se propagó por la superficie del agua como una mancha de aceite. Desde la orilla del Reino del Mar, Kai observaba con horror cómo las olas, antes salvajes y llenas de vida, se detenían en seco, cristalizándose en una estructura geométrica perfecta. El azul profundo, cargado de sedimentos, secretos y corrientes, estaba siendo sustituido por una transparencia artificial, una pureza de laboratorio que despojaba al océano de su propia historia.
—No son guerreros, Kai —susurró Eara a través del enlace mental, su voz temblando por primera vez desde que llegaron a Ojo de buey—. Son los Escribas de la Luz de Andrómeda. En su lógica, nosotros somos una “corrupción biológica” que ha crecido demasiado rápido. Para ellos, limpiar el mar es el primer paso para formatear el planeta entero.
Kai no esperó a que la columna de luz se expandiera más. Desenvainó la Quebrantacielos y, por primera vez, el arma no emitió el zumbido gris del olvido, sino una vibración esmeralda que resonó en sincronía con el latido de Gaia. Su brazo plateado, el fragmento del Rey del Entropía que ahora era parte de él, se iluminó con una intensidad tal que el aire a su alrededor empezó a cristalizarse en escamas de diamante.
—¡Lyraei, resiste! —rugió Kai, lanzándose hacia el epicentro del rayo.
El vuelo de Kai fue una línea recta de fuego esmeralda que cortó la niebla blanca. Al entrar en la zona de influencia de los Escribas, sintió que su propia mente era escaneada. No buscaban sus debilidades físicas; buscaban sus pecados, sus dudas y cada vez que su voluntad había flaqueado. La luz de Andrómeda intentaba convencer a sus células de que su existencia era un error estadístico que debía ser corregido.
Llegó al centro del rayo y vio a los responsables. No eran naves, sino tres figuras humanoides hechas de una luz tan blanca que no tenían sombras. Flotaban sobre el agua cristalizada, sosteniendo lo que parecían ser pergaminos de luz sólida donde se escribían, en tiempo real, las leyes físicas de la nueva Tierra.
—Sujeto 0-A detectado —dijo uno de los Escribas, y su voz no fue un sonido, sino un pensamiento puro que se instaló en el cerebro de Kai como un virus—. Tu masa es irregular. Tu frecuencia es impura. Has asimilado tecnología de clase prohibida y has despertado un núcleo planetario antes de tiempo. Procederemos a la restauración del estado original.
—El estado original es el barro y el silencio —respondió Kai, frenando su avance a pocos metros de los seres de luz. La gravedad a su alrededor era tan densa que el rayo blanco se curvaba, incapaz de tocarlo directamente—. Nosotros hemos luchado por cada segundo de nuestra evolución. No somos un error de cálculo, somos el resultado del sacrificio.
—El sacrificio es una variable emocional irrelevante —sentenció el segundo Escriba—. El planeta será purificado. El agua volverá a ser hidrógeno y oxígeno puro. La vida biológica será reducida a sus componentes básicos para un nuevo inicio controlado.
Kai sintió la agonía de Lyraei. La Soberana de las Mareas estaba siendo “des-escrita”. Sus recuerdos de las profundidades, sus cantos de ballena y su sabiduría milenaria estaban siendo borrados de los registros del mundo. Fue entonces cuando Kai comprendió que los Escribas no eran solo jueces; eran los bibliotecarios de un universo que odiaba el desorden de la vida.
—Si quieren borrar nuestra historia, tendrán que escribir sobre mi cadáver —dijo Kai, y su brazo plateado estalló en una descarga de Gravedad Solar.
Kai no atacó con su espada. Extendió su mano plateada y “pesó” la luz. Usando la paradoja que el Rey del Entropía le había dejado, Kai convirtió la pureza de los Escribas en una carga insoportable. La luz blanca, que no debería tener masa, de repente se volvió tan pesada como el plomo bajo la voluntad de Kai. Los pergaminos de luz sólida se doblaron y los Escribas, por primera vez en eones, sintieron la atracción irresistible del suelo.
—¿Qué… es… esto? —preguntó el tercer Escriba, cuya forma empezó a parpadear—. La luz no puede tener peso. Es una violación de la primera ley.
—En este mundo, la ley la dicta el Ancla —replicó Kai, descendiendo sobre ellos como un meteoro de jade—. Y mi ley dice que nada que respire será borrado sin luchar.
Kai hundió la Quebrantacielos en el hielo artificial que cubría el océano. La energía esmeralda de la Raíz Madre fluyó a través del arma, actuando como un antivirus biológico contra la pureza de Andrómeda. Las grietas verdes empezaron a devorar la blancura, devolviendo el color, el salitre y el movimiento al agua. La vida, con toda su suciedad y su imperfección, empezó a recuperar su terreno.
Sin embargo, los Escribas no se rindieron. Al verse superados en el plano físico, unieron sus formas en una sola entidad colosal: el Juez de la Luz Eterna. El cielo se abrió aún más, y una flota de naves con forma de agujas plateadas apareció en la alta atmósfera. No venían a negociar.
—Kai, el pulso de purificación se está extendiendo a los otros reinos —advirtió Eara a través del enlace—. El Reino del Hierro está empezando a oxidarse instantáneamente y el aire de Vaelen se está volviendo demasiado puro para que los pulmones humanos lo procesen. ¡Están gaseando el planeta con oxígeno perfecto!
Kai miró hacia el horizonte y vio cómo el mundo se volvía blanco. Comprendió que no podía ganar esta batalla solo con fuerza. Necesitaba que el planeta entero se uniera a la protesta.
—¡Meilin, despierta al Dragón de Esmeralda! —gritó Kai a través de la red del Nexo—. ¡Diles que no aceptamos el reset! ¡Que el ruido de la Tierra sea nuestra armadura!
Desde el centro del continente, la Raíz Madre emitió un rugido que se escuchó hasta en los confines de la galaxia. El árbol de jade se transformó, sus ramas convirtiéndose en alas de luz verde que envolvieron el planeta en una membrana de realidad orgánica. El Dragón de Esmeralda, la manifestación de la voluntad de Gaia, había despertado para defender su derecho a existir, incluso con todas sus cicatrices.
Kai, en medio del océano, sintió que el poder del Dragón fluía a través de él. Sus ojos se volvieron completamente esmeraldas y su brazo plateado se cubrió de escamas de luz.
—Ustedes escriben las leyes —dijo Kai, elevándose frente al Juez de la Luz—, pero nosotros somos la tinta. Y nuestra tinta es la sangre de los que no se rinden. ¡Fuera de mi mundo!
El choque final entre la Pureza de Andrómeda y la Voluntad de la Tierra estaba a punto de decidir si el Libro 4 sería una crónica de reconstrucción o el registro de un silencio eterno.
¿Podrá Kai expulsar a los Escribas antes de que la purificación alcance el núcleo del planeta, o descubrirá que la luz de Andrómeda es solo el primer paso de un juicio universal donde la humanidad ya ha sido condenada?
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