Crónicas Del Filo Dracónico - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 El Rugido Del Despertar
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1: El Rugido Del Despertar 1: El Rugido Del Despertar El fuego cayó del cielo la noche que el Clan Giunin fue condenado a desaparecer.
Aetherion llevaba siglos temiendo a los dragones, pero también dependiendo de ellos.
Las ciudades se levantaban gracias a su energía, los ejércitos sobrevivían por sus colmillos sellados en acero, y los clanes gobernaban según la fuerza del dragón que dormía en sus armas.
Sin embargo, ningún clan provocaba tanto miedo como los Giunin.
No porque fueran los más fuertes.
Sino porque sentían.
Mientras otros clanes dominaban a sus dragones mediante rituales de control, los Giunin aceptaban el dolor del vínculo.
Cada herida del dragón era una herida en su portador.
Cada rugido, un recuerdo compartido.
Por eso su fuego no era común: era un Fuego Carmesí, alimentado por voluntad, memoria y sacrificio.
Aquella noche, el santuario Giunin ardía.
Akira Nozomi Giunin tenía doce años cuando escuchó el primer grito.
No era humano.
Era el sonido de un dragón despertando a la fuerza.
Desde la colina, vio cómo el cielo se abría en grietas escarlata.
Doce figuras descendieron envueltas en energía: portadores de distintos clanes.
Entre ellos, símbolos que Akira aprendería a odiar: la luz arrogante de Tenryō, la sombra silenciosa de Kurotsume, y el fuego puro —no carmesí— del antiguo clan Pyrelux.
—Han venido por el dragón —susurró su madre, Sora Giunin, apretando su mano.
El dragón del clan no era un mito.
Dormía bajo el santuario, sellado en una espada que jamás había sido desenvainada.
Kazan no Ha.
El Filo Carmesí.
Los Giunin creían que el mundo no estaba preparado para su despertar.
El mundo decidió despertarlo a la fuerza.
El ataque fue rápido.
Preciso.
Demasiado coordinado para ser casual.
Akira vio caer a los ancianos.
Vio la sangre evaporarse antes de tocar el suelo.
Vio a su padre activar su Ascensión Dracónica incompleta y ser consumido por su propio fuego.
Y entonces escuchó el Rugido.
No vino del cielo.
Vino de debajo de la tierra.
El santuario se abrió como si respirara por primera vez en siglos.
El aire se volvió pesado, cargado de recuerdos que no pertenecían a Akira: guerras antiguas, cielos rotos, dragones cayendo como estrellas.
—Corre —ordenó su madre—.
Pase lo que pase, no mires atrás.
Pero Akira miró.
Y vio cómo Sora Giunin se interponía entre él y una lanza de luz celestial.
Ese fue el último recuerdo feliz que tendría.
Cuando despertó, estaba solo.
El santuario estaba en ruinas.
El clan, reducido a cenizas.
Y frente a él, clavada en el corazón del altar, estaba la espada.
Kazan no Ha latía.
No como metal.
Como un corazón.
Akira la tocó.
El mundo desapareció.
Un océano de fuego carmesí lo envolvió.
Frente a él, un dragón colosal abrió los ojos, no con ira… sino con cansancio.
—Por fin —dijo la voz dentro de su mente—.
Uno que todavía recuerda cómo sentir.
—¿Quién eres?
—preguntó Akira, temblando.
—Soy aquello que tu clan protegió cuando el mundo eligió el miedo.
Soy el fuego que no quema sin razón.
Soy tu herencia… y tu condena.
El dragón inclinó la cabeza.
—Si tomas este filo, pagarás el precio.
—¿Qué precio?
—Tus recuerdos.
Tu paz.
Tu futuro.
Akira pensó en su madre.
En su hogar.
En las cenizas.
—Acepto.
El pacto se selló.
En ese instante, en distintas partes de Aetherion, once dragones despertaron.
Los clanes lo sintieron.
El Concilio de Escamas Negras sonrió.
Y el cielo, por primera vez desde la Guerra del Rugido, volvió a agrietarse.
El mundo acababa de recuperar aquello que más temía.
Un heredero Giunin.
“Continuara”.
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