Crónicas Del Filo Dracónico - Capítulo 18
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18: La Huida 18: La Huida El puño del Tirano descendió.
Pero nunca tocó el suelo.
Se detuvo a centímetros de la tierra, como si una fuerza invisible lo hubiera contenido.
No era miedo.
Era cálculo.
Los siete Primordiales no habían venido a destruir.
Habían venido a medir.
El golpe suspendido generó una onda expansiva que no arrasó ciudades… sino que recorrió los Núcleos Elementales de cada clan.
Fuego, Agua, Aire, Tierra, Planta, Luz, Sombra, Metal y Vacío sintieron sus fundamentos vibrar como si algo los estuviera pesando en una balanza invisible.
Prisma giró lentamente en el aire.
—Múltiples resultados posibles —susurró, fragmentándose en reflejos del futuro—.
Extinción… dominación… fusión… evolución… Fábula extendió sus alas rúnicas.
—La historia aún no está escrita.
Primitivo rugió una última vez, pero esta vez no fue amenaza.
Fue reconocimiento.
Ancestral cerró su ojo gigantesco.
—Han recordado el lazo.
Divinidad observó a Akira con sus múltiples clones, todos analizando al mismo tiempo.
—Imperfectos… pero funcionales.
Tiempo dio un paso atrás.
El mundo tembló.
—Aún no es el límite.
Y entonces Tirano bajó el puño.
No para golpear.
Para apoyarlo en el suelo.
El impacto fue controlado, como si declarara una pausa.
—Si fallan —retumbó su voz—.
Regresaré para decidir por ustedes.
Akira sostuvo su mirada sin retroceder.
—Entonces no fallaremos.
Un silencio absoluto cubrió el campo de batalla.
Los siete comenzaron a elevarse.
No en retirada desesperada.
Sino en retirada estratégica.
La columna blanca, aún abierta, empezó a reconstruirse a su alrededor como un capullo de luz pura.
Prisma fue el primero en desvanecerse, convirtiéndose en un rayo multicolor que ascendió al cielo fracturado.
Fábula se transformó en polvo dorado que se dispersó en los vientos.
Primitivo se hundió en las placas tectónicas del mundo, volviendo a dormir bajo la corteza.
Ancestral cerró su ojo, que se convirtió en una estrella distante.
Divinidad se fragmentó en partículas luminosas que ascendieron como lluvia inversa.
Tiempo se deshizo en arena que fluyó hacia atrás en el aire hasta desaparecer.
Tirano fue el último.
Miró a los nueve clanes.
—Demuestren que la fuerza no necesita tiranía.
Y dio un paso hacia la columna.
La estructura blanca se selló con un estruendo seco.
El cielo volvió a su color natural.
Las grietas no desaparecieron por completo… pero dejaron de expandirse.
El silencio que quedó no era alivio.
Era advertencia.
Los líderes de los nueve clanes bajaron lentamente sus armas.
Habían sentido algo claro: Sus elementos habían sido aceptados… pero no aprobados.
Akira respiró hondo.
Su fuego se estabilizó.
—Esto no fue una victoria.
—No —respondió Mei, mirando el cielo—.
Fue una prórroga.
Desde las montañas, desde los océanos, desde las ciudades suspendidas y los bosques antiguos, la noticia se propagó: Los Siete Pilares habían despertado.
Y se habían ido.
Pero no por derrota.
Sino porque el mundo aún tenía una oportunidad de probar que merecía existir sin ser reiniciado.
En lo profundo de la columna sellada, una última energía permanecía despierta.
Observando.
Esperando.
La evaluación apenas comenzaba.
Continuará…
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