Crónicas Del Filo Dracónico - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Los Nombres Que Arderan Juntos
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3: Los Nombres Que Arderan Juntos 3: Los Nombres Que Arderan Juntos El entrenamiento comenzó sin aviso.
Ryuzen Kuro los reunió antes del amanecer, cuando la montaña aún estaba cubierta por una niebla espesa que hacía difícil distinguir dónde terminaba el suelo y comenzaba el vacío.
—Aquí no hay clanes —dijo con voz seca—.
No hay linajes ni títulos.
Solo quienes resisten… y quienes se rompen.
Akira apretó los dientes.
Kazan no Ha ardía débilmente a su espalda, como si escuchara cada palabra.
El primer ejercicio no fue una prueba de fuerza.
Fue de resistencia.
Los obligó a correr por la ladera empinada hasta que el aire dejó de entrar con normalidad en los pulmones.
Luego, sin descanso, les ordenó activar sus Filodragón sin liberar poder, soportando la presión del espíritu sellado intentando imponerse.
El dolor no era físico.
Era interno.
Profundo.
Como si algo quisiera arrancarlos desde dentro.
Tetsu Raiketsu fue el primero en caer.
El rayo explotó fuera de control y lo lanzó varios metros contra la roca.
El sonido seco del impacto heló el ambiente.
Antes de que alguien reaccionara, una luz suave envolvió su cuerpo.
Mei Tsukihana estaba arrodillada junto a él, concentrada, respirando con calma mientras cerraba heridas que aún no sangraban.
—Sigues forzándolo —dijo sin levantar la voz—.
Así solo te destruirás.
—Si no lo fuerzo, me mata igual —respondió Tetsu, sonriendo con dificultad.
Akira observó en silencio.
Ren Kazehara completó el circuito sin caer, aunque terminó de rodillas, jadeando, con las manos enterradas en la tierra.
Daichi Ganseki sostuvo a dos cuando sus piernas dejaron de responder.
Aoi Mizuryu no fue el más rápido, pero tampoco desperdició un solo movimiento.
Ryuzen los miró como si evaluara armas defectuosas.
—No son un equipo —sentenció—.
Son trece problemas… y uno que puede convertirse en una calamidad.
La mirada se detuvo en Akira.
Los días siguientes fueron peores.
Akira intentó dominar el Fuego Carmesí como había visto hacer a otros: imponiéndose, empujando, ordenando.
El resultado fue inmediato.
Las llamas se volvieron contra él, quemándolo desde dentro, robándole el aliento y el equilibrio.
Cayó de rodillas, gritando, mientras el mundo se teñía de rojo.
—Respira.
La voz no era dura.
Sora Giunin estaba frente a él.
No sabía por qué, pero su presencia hacía que el dolor disminuyera.
El fuego se calmó.
No obedeció… simplemente dejó de resistirse.
—No luches contra lo que perdiste —le dijo—.
Si lo haces, el fuego siempre ganará.
Akira levantó la mirada, confundido.
—¿Cómo lo sabes?
Ella no respondió.
Esa noche, el dragón habló.
—No todos los que caminan a tu lado llegarán lejos —susurró—.
Algunos arderán antes de comprender su llama.
Akira cerró el puño.
—Entonces caminaré con ellos hasta el final que puedan alcanzar.
El ataque ocurrió tres días después.
El cielo se oscureció de golpe.
Una grieta negra se abrió sobre el refugio y de ella emergió un Onryx retorcido, con múltiples núcleos latiendo de forma irregular.
—Posiciones —ordenó Ryuzen—.
Si dudan, mueren.
El miedo atravesó a Akira.
Y lo aceptó.
El Fuego Carmesí despertó.
No rugió.
Respiró.
Cuando avanzó, no lo hizo solo.
Por primera vez, los nombres que habían llegado como cenizas… ardieron juntos.
“Continuara”..
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