Crónicas Del Filo Dracónico - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 La primera cicatriz
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4: La primera cicatriz 4: La primera cicatriz El Onryx no gritó cuando cayó.
Se deshizo.
Su cuerpo se fracturó en fragmentos de sombra y carne ennegrecida, y los núcleos umbríos explotaron uno tras otro como corazones que se negaban a morir en silencio.
El impacto lanzó a todos hacia atrás.
Akira cayó de rodillas.
El Fuego Carmesí se extinguió de golpe, dejándole un vacío helado en el pecho.
—No bajen la guardia —ordenó Ryuzen—.
Un Onryx nunca viene solo.
Pero esta vez, el silencio permaneció.
El viento volvió a moverse entre las rocas.
La grieta en el cielo se cerró como una herida mal suturada.
Habían sobrevivido.
Por ahora.
Mei fue la primera en moverse, recorriendo el campo improvisado de batalla, tocando hombros, cerrando cortes, deteniendo hemorragias que nadie había notado aún.
Daichi ayudó a levantar a los que no podían ponerse de pie.
Ren miraba el cielo, inquieto, como si esperara que volviera a romperse.
Akira permanecía inmóvil.
Sentía el dragón dormido, exhausto… pero satisfecho.
—¿Estás bien?
—preguntó Sora, arrodillándose frente a él.
Akira abrió la boca para responder… y se detuvo.
Algo faltaba.
—Yo… —frunció el ceño—.
¿Cuánto tiempo llevamos entrenando aquí?
Sora se quedó quieta.
—Tres semanas —respondió con cuidado.
Akira negó lentamente.
—No.
No es eso.
Siento que… olvidé algo más.
El dragón murmuró, casi con pesar.
—Pagaste sin notarlo.
Un recuerdo se desvaneció antes de que pudiera atraparlo.
Una voz.
Una risa.
Algo cálido que ya no tenía forma.
Akira apretó los dientes hasta sentir sabor a sangre.
Esa fue su primera cicatriz real.
No en el cuerpo.
En lo que quedaba de su memoria.
Ryuzen los reunió al caer la noche.
—Hoy cruzaron una línea —dijo—.
Ya no son solo aprendices.
Ya no son solo supervivientes.
Clavó su mirada en cada uno.
—El mundo ahora sabe que existen.
Un silencio pesado cayó sobre el grupo.
—Eso significa dos cosas —continuó—.
Vendrán más Onryx… y vendrán humanos.
—¿Clanes?
—preguntó Aoi.
Ryuzen asintió.
—Y no todos vendrán a matarlos de frente.
Esa noche, mientras el refugio dormía, Akira se sentó solo, observando la llama pequeña que flotaba sobre su mano.
No ardía con violencia.
Temblaba.
—¿Cuántos recuerdos me quitarás?
—preguntó en voz baja.
El dragón no respondió de inmediato.
—Los suficientes para que sigas caminando —dijo al fin—.
O hasta que decidas detenerte.
Akira cerró el puño y la llama se apagó.
En algún lugar lejano, bajo un cielo distinto, alguien sonrió al sentir el eco del combate.
—Así que el heredero ya sangra —susurró una voz desconocida—.
Perfecto.
La caza había comenzado.
Fin del capítulo.
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