Crónicas Del Filo Dracónico - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 El valle de los ecos rotos
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7: El valle de los ecos rotos 7: El valle de los ecos rotos El camino al norte cortaba por terrenos que habían olvidado el sol.
Rocas de colores ceniza y obsidiana se amontonaban como huesos gigantes, y el viento llevaba susurros que nadie podía descifrar del todo.
El grupo avanzaba en silencio compacto.
Akira caminaba al frente junto a Ryuzen, sus pasos sincronizados con el ritmo de la tierra.
La energía residual en sus manos ya no vibraba, pero ahora parecía haber tejido un lazo invisible entre él y los demás.
—El Camino de las Pruebas no tiene mapas —dijo Ryuzen, señalando un desfiladero donde el cielo se estrechaba a una rendija—.
Cada paso lo hace cada quien por sí mismo.
Pero nunca solo.
Mei caminaba a un paso de Akira, sus ojos moviéndose constantemente, registrando cada grieta en la roca, cada cambio en el aire.
—Hay algo aquí —murmuró ella—.
Algo que respira.
Sora aceleró el paso hasta unirse a ellas.
—No es un solo algo —respondió la chica, su voz cargada de una seriedad que no solía mostrar—.
Son recuerdos.
Este valle guarda todo lo que los clanes quisieron olvidar.
De repente, Tetsu se detuvo bruscamente, llevándose una mano a la cabeza.
—¿Alguien más lo oye?
—preguntó, pálido—.
Una melodía… de flauta.
Ren frunció el ceño.
—No hay nada aquí más que piedra y polvo.
Pero en ese instante, el aire se llenó de notas agudas y tristes, que parecían brotar de las mismas rocas.
Daichi sacó su arma, un bastón de madera que al extenderse se convertía en una lanza.
—Es una trampa —advirtió.
Akira cerró los ojos.
La melodía le rozaba el alma, y en su mente aparecieron imágenes: rostros desconocidos con símbolos en la frente, batallas antiguas donde no había ganadores, promesas rotas bajo cielos rojos.
No son tus recuerdos, dijo la voz del dragón en su interior.
Son los que este lugar te impone.
Akira abrió los ojos, y su mirada se volvió de un rojo intensivo.
—No los escuchen —gritó—.
Es el Valle que intenta hacernos tropezar con sus propios pecados.
Pero ya era demasiado tarde para algunos.
Kaito, uno de los más jóvenes del grupo, empezó a caminar hacia el borde del desfiladero, como atraído por algo invisible.
—Mi hermana… ella está ahí —susurró, con lágrimas en los ojos.
Ryuzen se movió para detenerlo, pero Akira se adelantó.
No tocó a Kaito, sino que extendió su mano hacia la roca más cercana y generó una pequeña llama carmesí.
Esta vez, el fuego no quemó: iluminó, proyectando sombras que no eran las de la roca, sino figuras de hombres y mujeres vestidos con armaduras olvidadas.
—Estos son los verdaderos dueños de este valle —dijo Akira, mientras las figuras parecían moverse al compás de la flauta—.
No queremos hacerles daño.
Solo queremos pasar.
La melodía cambió, se hizo más fuerte, casi un grito.
Una de las figuras se separó del resto y avanzó hacia ellos.
Vestía una túnica de color púrpura, y en su frente brillaba un símbolo que ninguno reconocía.
—¿Por qué ven aquí, portadores del fuego heredero?
—preguntó la figura, su voz como hojas secas—.
Este lugar es para quienes buscan pagar deudas, no para quienes las acumulan.
Akira se adelantó, dejando que la llama en su mano se apagara.
—No venimos a reclamar nada —respondió—.
Venimos a convertirnos en lo que el mundo necesita.
Y para eso, debemos pasar las pruebas que aquí esperan.
La figura observó a cada uno del grupo, y sus ojos translúcidos se detuvieron en las catorce sombras que ahora estaban unidas, sin separarse.
—Juraste protegerlos —dijo, dirigiéndose a Akira—.
Pero ¿están dispuestos ellos a protegerte a ti?
No esperó una respuesta.
Con un movimiento de su mano, la melodía se cortó de golpe, y el suelo comenzó a temblar.
—La primera prueba es la del Eco —anunció la figura, mientras el desfiladero se abría en un abismo cubierto de niebla—.
Demuestren que son más que la suma de sus miedos.
O desaparecerán como tantos antes.
Las rocas alrededor comenzaron a desprenderse, formando figuras de los enemigos que cada uno había enfrentado en el pasado.
Ren se enfrentó a un guerrero Tenryō que lucía el rostro de su padre.
Mei vio a un hechicero Aureth que había matado a su maestro.
Y Akira se encontró frente a una versión oscura de sí mismo, con los ojos vacíos y la mano empuñando Kazan no Ha como una herramienta de destrucción.
—No los ataquen —gritó Ryuzen—.
Son reflejos.
¡Lo que hagas contra ellos, te lo harás a ti mismo!
Akira miró a su doble, y vio en sus ojos el peso de todas las vidas que podría haber perdido.
Pero también vio algo más: la ausencia de los nombres de sus compañeros.
—No eres yo —dijo con calma—.
Yo no estoy solo.
Extendió su mano, no hacia el reflejo, sino hacia Ren, que luchaba por no atacar a la figura de su padre.
El contacto de sus manos hizo que una luz cálida envolviera a ambos, y el reflejo de Ren se desvaneció como humo.
—Unáncense —ordenó Akira, y uno a uno, los miembros del grupo se tomaron de las manos, formando un círculo.
La luz se extendió, envolviendo cada figura reflejada, que poco a poco dejó de ser una amenaza para convertirse en una sombra que se incorporaba al círculo.
Cuando el último reflejo desapareció, el abismo se cerró, y la niebla se disipó, revelando un camino que ascendía hacia las montañas cubiertas de nubes.
La figura de púrpura estaba esperando en el borde del camino.
—Has aprendido la primera lección —dijo—.
El poder no se construye sobre la soledad.
Se teje con lazos.
Se volvió a adentrar en las rocas, y su voz llegó hasta ellos como un eco: —La próxima prueba es la del Peso.
Allí descubrirán si están dispuestos a cargar con el futuro que eligen.
Akira miró a sus compañeros.
Ninguno tenía heridas, pero todos llevaban en sus rostros la marca de lo que habían vivido.
—Seguiremos —dijo, y esta vez fue el grupo entero quien respondió con un solo “Sí”.
El camino seguía adelante, y el cielo comenzaba a cambiar de color, como si el valle mismo estuviera observando sus pasos.
Fin del capítulo.
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