Crónicas Del Filo Dracónico - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 La prueba del peso
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8: La prueba del peso 8: La prueba del peso El camino ascendente se volvió cada vez más estrecho, hasta convertirse en un sendero tallado en la faz misma de la montaña.
El aire se hizo frío y delgado, y los nubes que antes habían cubierto el valle ahora rozaban sus rostros como mantos húmedos.
Al llegar a una meseta abierta, se encontraron con una puerta de piedra negra, tan alta como tres hombres y tan ancha como el propio sendero.
Sobre ella, grabadas en caracteres antiguos, leían las palabras: “Aquí se paga el precio de cada paso hacia adelante”.
—Esta es la prueba del Peso —anunció Sora, leyendo los caracteres aunque juraba no haberlos visto antes—.
Cada uno debe cruzarla, pero llevará consigo lo que más valoré en su vida.
Antes de que alguien pudiera preguntar más, la puerta se abrió lentamente, revelando un pasillo oscuro donde parecía haber múltiples caminos que se bifurcaban.
—No podemos ir juntos —dijo Ryuzen, observando cómo el interior se iluminaba con una luz amarilla tenue—.
Cada uno tiene su propio peso que cargar.
Ren fue el primero en dar un paso adelante.
—Voy primero —dijo, con determinación en su voz—.
Si algo pasa, les aviso.
Al cruzar la puerta, desapareció de la vista.
Un momento después, escucharon su voz, pero no parecía venir del pasillo, sino de dentro de sus propias cabezas: “Mi peso es la culpa.
Culpa de no ser lo suficiente fuerte para proteger a mi clan.” Mei siguió a continuación, sus ojos cerrados por un instante antes de cruzar.
Su voz se hizo eco en sus mentes: “Mi peso es el miedo.
Miedo de no poder cumplir la promesa que le hice a mi maestro.” Uno a uno, los demás avanzaron: – Daichi: “Mi peso es la duda.
Duda de si estoy en el camino correcto.” – Tetsu: “Mi peso es el miedo al fracaso.
Al decepcionar a quienes confían en mí.” – Kaito: “Mi peso es la pérdida.
La imposibilidad de volver a ver a quienes amé.” Cuando solo quedaban Akira y Ryuzen, el anciano miró al joven heredero.
—Tu peso será el más pesado —dijo Ryuzen—.
Eres quien lleva el destino de todos nosotros.
Akira asintió, colocando una mano en la empuñadura de Kazan no Ha.
—Ya lo sé —respondió, y cruzó la puerta.
Dentro, el camino no se bifurcó: era solo uno, recto y largo, con piedras que parecían hundirse bajo sus pasos.
A medida que avanzaba, sintió cómo su cuerpo se volvía más pesado, y a su alrededor comenzaron a aparecer figuras: sus padres, los miembros del clan Giunin que habían muerto en el ataque, incluso a sus compañeros como si estuvieran heridos en el suelo.
“Tu peso es la responsabilidad”, dijo una voz que no reconocía, pero que sentía como propia— “La responsabilidad de cada vida que depende de ti, de cada promesa que hiciste, de cada vida que podría perder si fallas.” Akira intentó caminar más rápido, pero cada paso era como llevar una montaña en sus espaldas.
Llegó a un punto donde ya no podía avanzar más, agachándose sobre sus rodillas mientras las figuras lo rodeaban.
—No puedo cargar con todo esto —susurró, sintiendo cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos—.
No soy lo suficientemente fuerte.
En ese momento, la voz del dragón resonó en su interior, más clara que nunca: “No tienes que cargarlo solo.
Ese es el secreto que la prueba quiere que descubras.” Akira levantó la cabeza, y vio cómo las figuras de sus compañeros dejaban de estar heridas para ponerse de pie y acercarse a él.
Una por una, pusieron sus manos sobre sus hombros, y el peso comenzó a disminuir.
—Juraste no sacrificarlos en silencio —dijo la figura que parecía Ren—.
Entonces déjanos ayudarte a cargar el peso.
Cuando todos los compañeros estaban a su lado, el camino se iluminó con una luz brillante, y el peso desapareció por completo.
Akira se puso de pie, y sintió que su conexión con cada uno de ellos era más fuerte que nunca.
Al salir del pasillo, encontró a todos reunidos en la meseta de la otra parte, donde se extendía un valle verde y soleado, un contraste completo con el terreno que habían cruzado.
—La prueba no era ver si podíamos cargar nuestro peso —dijo Mei, sonriendo por primera vez en días—.
Era ver si podíamos dejar que los demás nos ayudaran.
Ryuzen asintió, mirando hacia el horizonte donde se alzaba una ciudad antigua, construida sobre las cimas de las montañas.
—Allí está el Santuario de los Cinco Clanes —anunció—.
El último tramo del Camino de las Pruebas.
Allí conoceremos qué nos espera a continuación.
El grupo avanzó hacia la ciudad, caminando juntos, sin sentir el peso del pasado, sino la fortaleza del presente.
Y en las sombras de las montañas, ojos de diferentes colores los observaban: uno de color azul Tenryō, otro de verde Aureth, uno de negro Noxra y uno de rojo Pyrelux.
El mundo ya no solo los observaba.
Los esperaba.
Fin del capítulo.
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