Cronos: Tale of the dark adventurer - Capítulo 81
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81: Venerado hijo del sol 81: Venerado hijo del sol Venerado hijo del sol «Shizu, tu sonrisa es innegablemente hermosa… ojalá pudiese verla otra vez».
Las pocas veces en las que dormía, la imagen de mi amada se aparecía para atormentarme dentro de sueños.
Un recordatorio de que no logré salvarla, de lo inútil que era.
Justamente por eso no me gustaba dormir, no debí haberlo hecho, sin embargo, no podía ignorar la voz de Shyun pidiéndome que lo hiciera.
Pese a todo, ella era mi querida compañera en este viaje, si no le hacía caso, estaría cometiendo un error, todos mis sentidos lo decían.
Era una pena que ya no hablásemos mucho, solo lo justo y necesario gracias al ambiente hostil.
Uno nunca podía estar lo suficientemente seguro, no importaba si se trataba de una fortaleza militar supuestamente impenetrable o algún dominio de los hijos del emperador Qin.
Nadie estaba seguro en la guerra, eso siempre tenía que estar presente.
El deber de Shyun era vigilar los alrededores, más allá de lo que permitía el viento circulante.
El niño y la sacerdote dormían placidamente, sin preocupaciones, ¿acaso confiaban en que les brindaría mi protección sin dudarlo?
Tal afirmación egoísta era algo que pocos se podían permitir hacerse.
Confiarle la vida a otra persona no era una decisión que tomar a la ligera.
Sin embargo, era razonable de cierta forma.
La gente tenía que poder confiar, creer en algo, de lo contrario no seríamos humanos.
Incluso los más despreciables entre nosotros, tenían algo que amaban y cuidarían con sus propias vidas.
Viendo con detenimiento el rostro inocente de Liam, mi discípulo, no pude evitar sonreír tenuemente, aunque sabía que no era buena idea encariñarme de él.
—Hayato, algo se acerca —advirtió Shyun.
Volteé a ver en su dirección, enfundando la espada y concentrando viento sobre mis pies.
De un salto, me elevé por encima de las llanuras y, logré ver un carruaje de madera escapando a toda velocidad de una bestia extraña.
Era como un caballo con cuernos de cabra y cabeza de león, pero con observarla de lejos era fácil deducir que era una bestia inferior, más débil que un dragón menor.
Tras pensarlo unos segundos, suspiré y me acerqué planeando a toda velocidad hasta el carruaje, cayendo encima.
La bestia persiguiéndolo me observó con detenimiento y dio un rugido ensordecedor.
Sin darle mucha importancia, moví ligeramente la mano y Shizu se encargó de degollarla con un simple corte de viento.
—Lo siento, pero prefiero que esos dos no despierten todavía —pensé en voz alta.
Pude escuchar unos quejidos y murmullos proviniendo del interior del carruaje, el conductor parecía haberse desmayado por culpa del rugido.
Bajé dejándome caer, y eché un vistazo por la ventana del vehículo.
Había una mujer con vestido de gala y un niño con un traje azul oscuro, llevaban un emblema pegado en la ropa, era sencillo deducir que eran nobles.
Extendí la mano dentro de la ventana mientras forzaba una sonrisa.
—Paguen —dije.
Ellos estaban demasiado asustados como para responder, yo me limité a insistir moviendo la mano varias veces.
—… toma —dijo la mujer, entregándome una bolsa llena de monedas de oro.
La acepté con gusto, apartando la mano de la ventana y tomándome la molestia de despertar al conductor de una bofetada.
—Es peligroso viajar en estos tiempos, madam.
Debería buscarse un par de aventureros para que la protejan, quizá encuentre a alguien de buen corazón en el gremio.
Ella asintió, posteriormente ordenándole al conductor marcharse, observé de reojo el cadáver de la bestia, si lo dejaba ahí, haría los caminos más peligrosos, atraería carroñeros y toda clase de peligros.
«En fin, debería limpiar esto antes de que esos se despierten».
Invoqué el arco rúnico y el viento comenzó a arremolinarse en los alrededores, desde la runa lejana, una combustión de llamas azules se generó de a poco.
Bastó con un suspiro, dejar ir la flecha y, meramente contemplar como el fuego se encargaba de borrar todo, sin dejar más que ceniza.
Aquella vista embriagante nunca me cansaba, soñaba con algún día hacer arder lentamente al bastardo de melancolía, escucharlo sollozar y pedir piedad, mientras lo asaba de a poco en las llamas del juicio.
Cuando no quedó nada para quemar, me elevé de un salto para regresar a la vieja granja.
Calculé mal el tiempo y, para mi desgracia, el niño y la sacerdotisa ya estaban despiertos.
Juntos habían cocido un par de verduras para comer.
Las sonrisas de sus rostros parecían ser genuinas.
[…] —Oye, Sacerdotisa.
Dime tu nombre, necesito hacerte un par de preguntas —comenté.
Ella entrecerró los ojos en sorpresa.
—Y yo creí que no te interesaba relacionarte, me llamo Teresa.
No creo que sea necesario decir más.
—Bien, Teresa.
Necesito saber dos cosas.
¿Cuál es la ciudad cercana más grande?, y ¿Cuál es el campamento de rebeldes más cercano?
Ella se puso a pensar durante un tiempo, cosa que Liam aprovechó, bombardeándome con preguntas mientras entrenaba.
El niño no parecía cansarse, ¿de dónde salía tanta energía?
—Diría que la ciudad más cercana está en el ducado de Monsberg, no tengo mucha información sobre bases rebeldes, pero actualmente el Vizconde Allen combate en la frontera, quizá allí encuentres algo útil.
Su información no era del todo inútil, pero, no tenía idea de donde quedaban esos lugares, lo mejor sería hacer que ella me guiara.
Dejar a Liam en ese ducado, y dirigirme hacia la frontera lo más pronto posible.
Al menos ese era el plan, como el destino me jugaba en contra, seguramente nada saldría bien, por lo que era mejor tener las expectativas bajas y alistarse para cualquier situación inesperada.
Tomamos rumbo hacia el ducado bajo la guía de Teresa, le debía más de un favor llegados a este punto.
Aunque era una pena haber desperdiciado tanto tiempo, pues no había encontrado señal alguna de los heraldos.
«Creí que la gente de estas tierras estaría más informada.
Parece que tendré que sacarle información a militares o quizá a uno de esos santos de la espada».
La ciudad se podía ver a lo lejos, un baluarte construido en la cima de una colina.
Por desgracia, pese a estar tan cerca, siempre había algo interponiéndose en el camino.
Esta vez pude ver a un montón de soldaduchos, con armaduras de hierro, pasándola mal al retener a un dragón de nivel menor.
—Esperen aquí, me encargaré de eso, ya que está de camino —declaré mientras desenvainaba mi espada.
Hideaki solía decir, que a la hora de desenfundar un arma, uno tenía que estar listo para matar.
Como para mí eran simples herramientas, nunca le vi el punto a su dicho, pero, de una u otra forma, esas palabras siempre venían a mi mente cuando me planteaba luchar.
«¿Debería desenvainar la espada o no?
Si algo era seguro, es que la sangre de mis venas ardía con fervor cada que la sostenía».
Muchas veces no era mi propio juicio el que me detenía, sino las palabras de Shyun.
Según ella, cuando dejaba que mi herencia de ejecutor se apoderase de mi mente, creaba más destrucción de la necesaria.
Y, desgraciadamente, ella estaba en lo cierto.
No me podría llamar a mi mismo un buen hombre, no mientras sostenía esa espada.
Lo primero que hice fue cubrir la espada de viento, gracias a una runa de Ifrit que movía de un lado a otro, los cortes de viento se volvían en proyectiles ardientes que incineraban todo a su paso.
La pobre bestia solo seguía las leyes de la naturaleza, pero, para su desgracia, se trataba de un dragón.
No se le podía tener piedad a los de su raza, subestimar su vitalidad causaba la muerte de muchos.
Así que, balanceé la espada una y otra vez.
Hasta que no quedó más que el hedor a carne quemada y sangre dorada cristalizada esparcida por el lugar.
Un par de soldados se habían envuelto en las llamas, ¿pero eso a mí que me importaba?
Para empezar, ellos eran unos inútiles.
—Paguen.
Los soldados se mostraron confundidos, sus emociones parecían estar entremezcladas, miedo, admiración, agitación…
No me interesaba.
No era ningún héroe o buen samaritano como para hacer su trabajo por ellos gratuitamente.
—¿Qué acabas de decir?
—preguntó uno de ellos.
Lo observé de reojo, apuntando el filo de mi espada hacia el que parecía ser su líder.
—Acabo de hacer su trabajo, paguen.
¿O es que en serio creían que unos debiluchos como ustedes podrían con un dragón menor?
A lo mucho y son tan fuertes como un guardaespaldas de noble.
Por supuesto, su reacción fue indignarse.
Al menos la de la mayoría, su líder, sin embargo.
Parecía estar más consciente de su situación.
—Es cierto que no tenemos la fuerza suficiente para acabar con un dragón, pero nuestro trabajo solo era hacer tiempo —comentó.
—¿Tiempo para qué?
—cuestioné de inmediato.
No pasó mucho para darse cuenta de la respuesta, me había ahorrado muchos problemas en buscar por mi cuenta.
Un niño con una túnica plateada y una espada recta, cuya guarda se asemejaba a un sol, se acercaba desde el horizonte.
—¿Un santo de la espada?
¿El duque se puede permitir eso pero no buenos soldados?
El soldado flaqueó.
—La fuerza principal está ocupada protegiendo la frontera, además, ese niño está en entrenamiento —vaciló un poco.
—Y, aunque cueste admitirlo.
Es más fuerte que todo mi escuadrón ¿Se suponía que le molestaba?
Incluso alguien sin talento como yo era capaz de obtener gran fuerza, si él era tan débil, no era más que su propia culpa.
—Qué patético.
Si te molesta ser débil, solo entrena con mayor fervor.
No te lamentes solo porque los demás hayan avanzado y tú no.
¿O es que acaso eres tan miserable como para tenerle miedo a un simple niño?
El soldado simplemente se quedó callado, apretando los puños mientras se ahogaba en su miseria.
Seguramente no le quedaban muchos días de vida, con una convicción tan débil, su fuerza nunca florecería.
Para cuando el joven santo llegó, la Sacerdotisa y el niño ya habían arrivado.
—Muchas gracias por su ayuda, aventurero.
La orden de los santos lo tendrá en alta estima —dijo con un tono respetuoso, hablaba como un noble.
—¿Y eso a mí qué?
Págame.
Ante mi respuesta, el niño se quedó congelado.
—¿Qué hace, señor?
Un santo de la espada le está agradeciendo, debería estar orgulloso —comentó Liam.
Al verlo tan serio, era claro que los locales admiraban a esos tipos, pero… —Liam, quinientas flexiones por refutar a tu maestro —ordené.
Liam se asustó al escuchar aquello.
—Perdón, no lo vuelvo a hacer —respondió sollozando.
Por suerte el niño era obediente, se puso a entrenar sin rechistar, era claro que respetaba mi fuerza.
—En fin, no quiero oro como paga, niño.
Eres un santo de la espada, ¿no?
Dime lo que sepas sobre los heraldos —expliqué.
—Heraldos… Ante aquellas palabras, el joven se quedó congelado y unas llamas de convicción ardieron con fuerza en sus ojos.
Su rostro delató que tenía la información que buscaba, al menos un poco.
No esperaba demasiado de un niño.
—¡Arde, Helios!
El joven se abalanzó sin pensarlo demasiado, su espada ardió en llamas como si se tratase de magia, pero no observé ether de la zona acumulándose.
La fuerza del joven era innegable, pero, a pesar de todo, no era más que un niño.
El santo de la espada bermellón era más impresionante.
—Dime, niño.
¿Cómo piensas darle fuerza a tu arma si no puedes tocar el suelo?
Bastó con usar la voluntad del viento levemente para neutralizarlo, cuando uno luchaba contra un combatiente cuerpo a cuerpo, lo mejor era evitar que tocase la tierra.
De esa forma no podrían usar su fuerza, sus cortes no tendrían peso.
Y si trataba de tirar su arma, el combate ya habría terminado.
Si es que a nuestra interacción se le podría llamar combate.
Apagué las llamas, creando un vacío alrededor del arma, apoyándome de una runa de absorción para crear una mayor presión de viento.
—¿Acaso ves que tengo cuernos o colmillos?
Solo quiero información sobre mi presa, tienes que saber algo, aprendiz de santo —declaré.
El niño empezó a llorar de rabia, a lo que Liam, que por sorpresa, terminó de hacer las flexiones y se interpuso ante el niño.
—Señor, déjalo ir.
Ante su declaración, no pude evitar ablandarme un poco.
Si Liam se iba a encargar, mejor para mí, era menos esfuerzo.
—No me digas señor, mi nombre es… No importa.
Enfunde la espada y aparte la vista, observando el horizonte mientras desataba la medalla en mi cinturón.
«La amnesia está empeorando».
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