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Cronos: Tale of the dark adventurer - Capítulo 82

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  4. Capítulo 82 - 82 Un hombre sin nombre
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82: Un hombre sin nombre 82: Un hombre sin nombre Un hombre sin nombre «Últimamente, un sentimiento ha estado carcomiendo mi consciencia.

¿Seguía siendo el mismo?

¿Quizá ya era una persona diferente?».

Era algo extraño, pero, cada vez que Shyun y yo usábamos la resonancia completa, nuestra memoria se iba nublando cada vez más.

Sentíamos que los recuerdos aún estaban ahí, pero éramos incapaces de acceder a ellos, lo primero en olvidarse fue mi nombre, no podíamos decirlo aunque quisiéramos.

Al principio creí que era por mera coincidencia, pero, con el tiempo, todo se hacía cada vez más difuso.

Podía proteger ciertas cosas, de alguna manera.

Los recuerdos reprimidos no parecían ser afectados.

Recuerdos recientes y cosas que daba por hecho, eso era un caso distinto.

Mi nombre, rango de aventurero, color de ojos, rostro.

Regularmente, tenía que sacrificar esas cosas para usar mi poder.

Por suerte los podía recordar, aunque llevaba un tiempo acostumbrarse a ellos nuevamente, volver a sentir que eran propios.

Observé la medalla dorada que alguna vez gané en el pasado, leyendo con cuidado el nombre inscrito en ella.

“Hayato…” el resto estaba demasiado dañado como para leerlo.

A veces olvidaba ciertas palabras, donde dejaba mis cosas o como había llegado al lugar donde despertaba, era algo extraño, pero con el tiempo uno se acostumbraba.

Había olvidado los rostros de los marineros que me acompañaron hasta el continente y de hecho no sabría como regresar al puerto sin un mapa.

«Supongo que no debería abusar mucho de la resonancia, al menos no hasta obtener más recuerdos para alimentar la llama».

Si pudiese describir la dolencia que debía soportar para pagar el poder, era como tratar de recordar el nombre de algo con lo que sabes eres familiar, pero ser incapaz de hacerlo en absoluto, solo que, de forma permanente.

Recuerdos que estaban ahí, pero a su vez no, vivencias cuya emoción era incapaz de sentir, nombres que no recordaría nunca más.

Solo fragmentos, nada más que eso, como mucho podía sentir que algo o alguien se me hacía conocido o parecido.

En sí, conforme más fuerte me hacía, cada vez mi mente era afectada más y más.

Con el mero hecho de sostener aquella espada, podía sentir como si mi padre me estuviese observando, con aquella mirada bañada en un fulgor esmeralda que era propia de los relatos.

Al cerrar los ojos durante la noche, recordaba vívidamente aquella vez en la que no pude hacer nada por salvar a mi amada, al despertar por la mañana, el mundo me era ajeno y no había nada familiar en los alrededores.

Ya no era más que un trotamundos, no tenía un hogar, familia o amigos cercanos.

Quizá aquellos que me nombraron espectros tuviesen razón al escoger aquel apodo.

Después de todo, ahora mismo, yo no era más que una sombra, la sombra del hombre que solía ser.

Apenas y tenía claro que me llamaba “Hayato”, y eso gracias a una medalla dorada en mal estado.

¿Debería estar yo guiando al niño en su vida?

Siendo que yo mismo estaba perdido.

¿Quién era yo?

Por lo menos, tenía claro para qué debía usar mi fuerza.

Por otra parte, los jóvenes enfrente mía se encontraban discutiendo tonterías, mientras que la sacerdotisa miraba por la ventana y el líder del escuadrón de soldados se lamentaba en silencio por su debilidad.

No era precisamente un grupo alegre, pero sí uno extraño de ver.

Una sacerdotisa del templo, el hombre que había sido bautizado como espectro, el líder de un escuadrón de soldados, un huérfano y un santo de la espada.

Gracias a la escolta entramos a la ciudad sin problemas, de paso, el santo de la espada se tomó la molestia de reunirse con nosotros dentro de los cuarteles personales del duque, se supone que ahí entrenaban sus mejores soldados.

O al menos eso logré escuchar de lejos mientras íbamos pasando.

La sacerdotisa tomó su propio rumbo, según ella tenía que ir a discutir un asunto de urgencia en la iglesia más cercana.

Por su parte, Liam y yo fuimos dirigidos hasta una habitación que parecía estar hecha para invitados, en la mesa había algunos panecillos y unas tazas de té.

Pude ver que Liam estaba ansioso, al ser un local era claro porque lo estaba, lo más seguro es que él sintiese que todo eso era demasiado para él.

Sin embargo, a mí no se me hacía tan extraño.

Claro que, tener tanto status era algo nuevo, pero, no sentía que no mereciese ser tratado con el debido respeto.

Después de todo, no había un solo individuo tan fuerte como yo en esa ciudad.

Tomé uno de los pastelillos y lo devoré sin pensar demasiado, Liam, al verme, también tomó uno nerviosamente.

Para cuando el joven maestro de la espada llegó, ya casi nos habíamos terminado los bocadillos, la boca del niño incluso se había llenado de migajas.

De paso, el niño incluso tomó unos rollitos de canela y se los guardo dentro del pantalón, no sin antes envolverlos en un trozo de tela para mantenerlos limpios.

Se había sentido lo suficientemente confiado como para hacerlo, quizá por mi presencia.

No pude evitar sonreír al ver aquello, ese niño, de cierta forma, verlo actuar de tantas formas diferentes era reconfortante.

Me hacía preguntarme: ¿por qué desperdicié tanto tiempo de mi vida persiguiendo un sueño?

Aunque la respuesta era obvia, puesto que yo, todavía perseguía ese sueño.

Lentamente y de a poco.

Pues las promesas no deben romperse.

La espera sería larga, no tenía una forma de contar el tiempo de manera tradicional, pero aquello era lo que susurraba el viento.

Quizá habría que esperar a que un soldado regresase del campo de batalla o tal vez se tratase de una vil trampa para retener a un criminal sospechoso.

No me era claro lo que sucedería, pues el susodicho solo se limitaba a susurrar, nunca me hablaba.

Si fuese Shyun, quizá me habría dicho algo, pero ella siempre estaba ocupada.

En especial, desde aquello, se había obsesionado con volverse más fuerte.

El sentimiento era mutuo, después de todo.

No había día que no entrenara tanto el cuerpo como la mente, aunque ya no era tan riguroso en mis métodos.

No todo era fuerza bruta, gracias al tiempo extra logré aprender lo necesario para hacerme un poco más vil.

Era algo penoso de admitir, pero un hombre tenía que llenarse la boca con veneno para poder vivir.

Tampoco es que me gustase aprovecharme del resto, pero, simplemente así era como el mundo funcionaba, como siempre había funcionado.

Intentar enfrentar las corrientes del mundo era algo que solo un iluso haría.

En mi caso, más bien trataba de remar por sobre ellas, mi destino estaba más allá, mucho más allá de aquel mar.

Y como ningún hombre podría alguna vez cruzarlo, no al menos uno del que supiese.

Debía de abandonar lentamente mi humanidad, las cosas que conformaban al antiguo yo, solo de esa forma, quizá, lograría llegar a mi destino.

—Lo lamentamos, señor.

Tal parece que la reunión se pospondrá por un tiempo, lo llevaremos a una posada para que pueda descansar —interrumpió un mensajero con pista de aristócrata.

—Bien por mí —respondí, escapando de mis pensamientos.

[…] Para cuando el sol se ocultaba tímidamente entre las montañas, Liam y yo nos encontrábamos en una posada, una que tenía dentro un pozo al que llamaban piscina, el niño se dispuso a jugar dentro de ello hasta que se aburrió y, estando ya cansado, se fue a dormir.

No tenía mucho que hacer, aparte de encargarme del entrenamiento del niño y ocasionalmente entrenar, mi rutina usual solía ser matar a cualquier escuadrilla de demonios que apareciese, usando cualquier método que estuviese a mi disposición.

«Me pregunto cuanto durará esta tranquilidad.

Será efímera, eso casi seguro».

No dudé en salir de la posada, los caminos olían a tierra mojada y los edificios construidos en granito se extendían lo suficiente como para hacer sobra.

Había cables saliendo de las casas en los cuales la gente colgaba sus ropas, era una vista extraña.

Casi tanto como las calles ascendentes en espiral debido a su fundación en la colina, subir y bajar escaleras ya era cansado.

De paso, cada cuanto pasaban carruajes de aristócratas ocupados con su labor, según los locales no era extraño verlos pasear por ahí.

No eran tan reservados como los del imperio Qin.

Muchos preferían hablar en su lengua natal, no les entendía en absoluto, aunque, recordaba haberla escuchado en alguna parte.

La mayoría llevaba espadas roperas colgando de sus cinturones, ya fuesen civiles o aventureros, incluso los sacerdotes cargaban una consigo.

Lo más seguro es que fuese un tema de cultura.

De paso, todos observaban de reojo y con ojos vacíos llenos de odio el arma que cargaba conmigo, estaba claro que la espada resaltaba más de lo debido, incluso en otro continente.

¿Qué pecado había cometido mi padre para ganarse semejante desprecio?

La espada que cargaba ni siquiera era un arma oficial, solo fue el regalo de un guerrero sin nombre.

Aunque bueno, era una de las pocas armas que había logrado resistir mis continuos viajes.

Aunque no le guardaba tanto cariño como a la lanza, eso seguro.

Después de todo, a diferencia de aquella arma, que era más un instrumento de defensa.

El único propósito de la espada era derramar sangre, meramente eso.

Incluso estando en un lugar tan concurrido y lleno de vida, el mero hecho de colocar aunque fuese un dedo sobre la empuñadura, hacía que, por un momento, la imagen del frío campo de cadáveres dejados a mi paso se acercaran lentamente a mí.

Sus ojos vacíos tratando de penetrar mi alma, sus manos carentes de vida que aún se aferraban a su odio trataban de matarme en intentos fútiles, una imagen mental que no disfrutaba y tendría que soportar por el resto de mi existencia.

Quizá las armas de los ejecutores sí que estaban malditas, no tenía forma alguna de saberlo.

El paseo que me había propuesto tampoco duró mucho, caminaba lo más lento que podía, la intención en sí era más pensar que otra cosa, y sabiendo que aquellas imágenes podrían invadir mi mente, era mejor regresar a la posada.

Cuando llegué, Liam y el joven santo se encontraban jugando con unas piezas de madera, un juego de mesa que, según me explicaron con emoción mientras yo trataba de quedarme dormido, era bastante famoso en la localidad, se basaba en estrategia pura.

Sin embargo, había algo que aquello no tomaba en cuenta, en él, todas las piezas eran similares, tenían lógica y gracias a ello era sencillo planear.

Pero, en nuestro mundo, tal cosa no podría ser, siempre habría un monstruo de gran fuerza, situaciones inesperadas y el más fuerte devoraría al débil.

Para explicárselos, tomé una pieza y la coloqué en el centro del tablero, esa pieza por sí sola, solo podría ser derribada por todas las fuerzas unidas del otro lado del tablero si cooperaban en conjunto, y solo era una.

Tal era la situación actual en la guerra de terreno, la pieza bien podría ser de cualquier frente, ambos tenían a individuos de gran fuerza, incluso escuadrones, al final eso definiría todo, el juego en sí estaba mal, porque no tomaba en cuenta la existencia de tales anomalías.

La fuerza real sobrepasaba toda lógica, eso era algo que debía dejarle en claro a Liam, en especial a alguien con sus ideales.

Tal y como Hideaki me enseñó en su momento, había que saber cuando retirarse, como medir al oponente, preservar la vida propia.

Yo no era un buen ejemplo de ello, pero Liam podría serlo, tenía el potencial para ello.

Era uno de los pocos con la mente lista para combatir la desesperanza, además de su talento innegable con la espada.

Viéndolos continuar el juego, observé de reojo al pequeño santo.

—Niño, ¿puedes ayudarme en algo?

—cuestioné.

Él se sobresaltó un poco, pude ver que trató de alcanzar la empuñadura de su espada.

—¿Qué pasa?

—cuestionó.

Liam también estaba interesado en cuál sería mi petición, lo cierto es que sería algo que lo beneficiaría, después de todo, no había forma de que le pudiese enseñar a usar ether, para eso tendría que encontrar a un espíritu y someterlo.

—Ayuda a Liam a despertar, libera su chi.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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