Cronos: Tale of the dark adventurer - Capítulo 85
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85: Arde, Shamash 85: Arde, Shamash Arde, Shamash No era una historia que me gustase contar, el mero hecho de que esas palabras salieran con naturalidad me pareció extraño, sin embargo, lo habían hecho, y ya no había vuelta atrás.
La historia era sencilla, se remontaba hasta hace unos años, recordaba con claridad la mayoría de los hechos, o al menos creía hacerlo.
Era una mañana común y corriente en la aldea, mamá había ido a trabajar como de costumbre, estaba enferma, pero era terca, solía ocultar todo su dolor tras una sonrisa, no importaba que pasara, solo continuaba sin detenerse.
Eso mismo solo logró acelerar su enfermedad, no nos dimos cuenta a tiempo, ni mi tío, ni yo, solo ella lo sabía.
¿Te preguntarás por mi padre?
Él nunca estuvo presente, jamás le vi el rostro y hoy en día me planteo siquiera llegar a conocerlo.
Cuando ella murió, me hizo prometerle que crecería para ser un buen hombre, me hizo prometer que saldría del pueblo y contemplaría la belleza del mundo, que amaría la vida y que recorrería todo el mundo… no es que nadie hubiese podido prever todo lo que iba a pasar.
De seguro ella lo intuyó, aunque sea un poco, el propósito que me dio, por muy banal que resultase, fue su esfuerzo por prepararme para el mundo.
Gracias a su buena relación con el antiguo Merlín, mi tío logró conseguir que Merlín probase su experimento conmigo.
Gracias a ella fue que conocí a Aoi, Gell y Jessica.
Gracias a ella era que encontraba fuerzas para levantarme a diario, por ella entrenaba, incluso cuando no estaba ahí, usé su promesa como una excusa, una que me motivaría.
Al final, terminé adentrándome en un lugar peligroso por mera incredulidad, un amigo que me ayudó mucho murió en ese lugar, ese fue el primer golpe de la realidad, uno de muchos.
Tras aquello, no podía ver el rostro de mis amigos sin sentirme culpable, por eso hui.
Terminé siendo arrastrado a entrenar en una montaña con un loco que escapaba de matarme por poco.
Me obligaba a sobrevivir en condiciones extremas, allí aprendí a usar todo tipo de armas y endurecí mi cuerpo a base de disciplina y palizas.
Al final, lo que prometí fue algo simple, “vive feliz y recorre el mundo”.
Hoy en día no le doy tanta importancia, tengo otras motivaciones, pero aquella fue la razón por la que estuve caminando hasta entonces.
Hoy en día, solo me interesa matar al bastardo que me arrebató a mi amada, nada más.
Al final, eso es lo que me hizo convertirme en el “Espectro”, siempre estar en el momento equivocado y en el lugar equivocado.
Soporte todo eso por una maldita promesa, ¿puedes creerlo?
[…] Para cuando terminé de hablar, mayormente para mí mismo, Min-Ji no tenía palabras, al menos no parecía que pudiese decir algo.
Ni siquiera era toda la historia, me había saltado la parte de Shizu, pero eso podía intuirlo con el final del relato.
Los carruajes ya habían llegado al destino y probablemente no hablaríamos demasiado, a menos que ella quisiese hacerlo, claro.
Por mi parte, no nacía formar relaciones con ningún soldado, la mayoría terminarían muertos, ni siquiera sabía si yo saldría con vida.
—Curiosa historia —comentó el santo, estaba sentado a mi lado, quién sabe desde cuando —.
Pero esa no es toda, ¿verdad?
—entrecerró los ojos, dando un suspiro —.
Bueno, no es que no entienda lo que sientes, para llegar a este punto, uno usualmente debe sufrir.
—Tiene usted toda la razón —respondí.
El santo entrecerró los ojos, como asintiendo.
—Bueno, espero que estés listo, podrás descansar durante la noche, nos hemos dividido en dos grupos, el principal que lo dirijo yo, y el secundario, que debería llegar pronto —Esbozó una sonrisa—.
Creo que estarás complacido de verlos, me han sido de mucha ayuda y, estoy seguro de que serán una gran ayuda para ti también, después de todo, trabajarás con ellos Observó a la ejecutora de reojo.
—Tanto tú como Siden estarán apoyándolos.
El ejército del duque y los escuadrones bajo mi comando, eso es más que suficiente para retenerlos por un tiempo, en caso de que todas sus fuerzas ataquen, nos reuniremos todos.
Pero es solo eso, defenderemos esta frontera hasta que lleguen los refuerzos, tras descansar, avanzaremos hasta su base de operaciones y nos desharemos de ellos de una vez por todas —explicó mientras desenvainaba su espada, alejándose de a poco.
Sin mucho que hacer decidí simplemente esperar en ese mismo lugar, sentado lejos del resto para no tomarles afecto, era una vida solitaria, ciertamente, pero era lo mejor, no solo había perdido amigos, desde el momento en que tomé la medalla, no, desde mucho antes, todo aquello que quise se me fue arrebatado de a poco.
La silueta del santo se desvaneció en el cruce, junto con la del resto del escuadrón, pude escuchar a varios de ellos gritar un canto de guerra: —¡Qué la bendición de Lumis nos acompañe!
¡Alabad, pues, a los santos que portan las espadas divinas, alabad al emperador, ofreced vuestras vidas por Lux Acadia!
[…] La luz se filtraba dentro del cruce en la montaña, como rayos de esperanza que evitaban al primer batallón caer del empinado camino.
Otrora usarían la ayuda de los domadores de bestias aladas, pero ellos habían caído ante el enemigo.
“Demonios”, así los había nombrado el pueblo, pero para el santo del sol, esa era una estupidez.
Él mismo encontró a uno de verdad ya hace mucho, un verdadero demonio, aquel maldito hombre de ojos verdes espectrales, gracias a que contemplo aquella escena, consideraba que había pocos que mereciesen tal título, menos un continente entero.
Idiotas, eso es lo que eran, así es como deberían ser llamados.
Eso creía firmemente el santo, pese a que eran una amenaza que siempre consideraba, incluso en sueños, tras tanto luchar con ellos había llegado a esa conclusión, la mayoría de ellos eran solo unos tarados.
Llevaba su espada en mano y la guardia en alto, estaba caminando al lado de los carruajes, pudo haber montado un corcel, pero solo lo retrasaría.
Uno nunca sabía lo que podía pretender el enemigo, y los caminos eran oscuros, tan oscuros que parecían consumir el fuego de sus antorchas.
De repente escuchó un paso, sonó débilmente, era diferente del resto, ligero, demasiado.
Como el caer de una pluma, pero él logró percibirlo y, tras sentir como el aire a su alrededor se perturbaba, hizo un tajo con su espada hacia aquella dirección.
La cabeza cercenada de un invasor de un cuerno, probablemente uno de la tribu de alas negras, cayó al suelo, revelando al resto del grupo la gravedad del asunto.
Solo él y la sabia se habían percatado de aquello, aunque ella, con su sabiduría, se dio el lujo de probar los instintos de su protegido.
—Estén alerta —ordenó.
Estaba calmado, casi demasiado, pero tal era su entrenamiento, no gritaría de dolor o lloraría, la muerte lo esperaba y él quería recibirla con gusto, estaba listo para morir desde que despertaba hasta que lograba cerrar los ojos.
De a poco, aquellos que se mezclaban entre sombras fueron cayendo de uno a uno, sus cuerpos eran tirados por el barranco, su sangre manchaba el paso de a poco.
Unidades de reconocimiento, así los reconocieron, eran débiles, quizá esclavos o mestizos.
O quizá humanos, uno nunca sabía con tantos clanes variopintos siendo albergados en aquel continente desconocido.
No pasaría mucho para que llegase su primera ofensiva, por supuesto que estarían listos, pero aquello los había hecho perder tiempo valioso, prepararon sus defensas apresuradamente, no iban a hacer mucho, pero los magos eran un recurso valioso para perder.
—Mantengan la calma —ordenó el santo, caminando hacia el frente de toda la tropa —.
Llegarán pronto, si no están calmados, dense por muertos.
El enemigo no es uno que se deba subestimar —entrecerró los ojos, recordando todas las tropas caídas en combate, una por una, se había tomado el tiempo de conocerlos a todos —Protéjanse la espalda, aprovechen el terreno y den prioridad de apoyo a los magos y sacerdotes.
Observó como el terreno temblaba, estalactitas cayeron debido a aquello, con el sonido de aquellas pesadas rocas desplomándose, empezó la primera oleada.
—Arde, Shamash.
Con solo decir aquello, la espada recta en cuyo mango reposaba una estrella resplandeció con el brillo de un fuego dorado.
Un grito.
Con eso inició el combate, impulsados por aquello, tanto los soldados del sacro imperio como los viles invasores de Makzror se abalanzaron unos contra otros.
El santo que lideraba el frente se encargaba con facilidad de los enemigos, cada tajo dejaba atrás montones de ceniza que se desperdigaba conforme su danza se prolongaba.
Cada movimiento estaba calculado, viéndolo pelear, uno no creería que aquel hombre era un espadachín, era flexible, descendía y ascendía con facilidad, era más un baile que una técnica, no eran movimientos rígidos, sino una corriente fluida e imperturbable.
Sus soldados, por el contrario, peleaban con el adecuado ritmo militar, uno que se adaptaba para no perturbar las acciones del santo.
Los magos cantaban, desde recovecos en los que no llegaba luz alguna.
Ardían en llamas fulgurantes, los empujaban con viento, eran cortados, eran consumidos por el rayo.
No se podía considerar como nada más que una masacre, su objetivo sería probar su fuerza, pero no eran suficientes, el santo ni siquiera estaba sudando, de ser por él, podría continuar aquel baile en honor a la diosa por días, si no es que meses.
La aberrante canción provocada por los gritos de agonía y quejidos, era engullía por el abismo que tenían a su lado, el camino era estrecho, pero ahí estaba el santo, danzando con toda pasión, si miedo, duda o cansancio carcomiendo su mente.
«Todo estará bien, lo lograremos» pensaba para sí mismo.
Más allá de aquel lugar, más allá del campamento, la tierra estaba retumbando debido a la presencia de un pequeño batallón, no eran más de unos quinientos, bastantes, podría parecer, pero el enemigo superaba ese número por mucho.
Se acercaban de a poco al campamento, cabalgando a toda velocidad.
Sabían lo que les esperaba, proteger el paso era lo de menos, su plan iba más allá.
Abrumar al enemigo para obligarlo a retroceder, para acabar con todo de una sola vez.
Con ese objetivo en mente, la líder estaba consciente de que no debía llegar tarde, ni un solo segundo.
No era seguro cuántos buenos hombres morirían durante la primera oleada, pero de algo estaba segura.
No dejaría que esa tierra fuese manchada, no por esos viles seres que habitaban Makzror.
No, esos demonios no le arrebatarían la felicidad a nadie más… Y en el campamento, estaba aquel espectro, maldiciendo su destino, como ya era costumbre.
[…] Ya había pasado un buen tiempo desde que el santo se había ido, la mente no dejaba de atormentarme, podía ver bifurcaciones, pensar en otros futuros, unos que quizá habrían sido mejores.
El camino que había decidido tomar, ¿habría cambiado algo si mi objetivo fuese otro?
Sí, ciertamente, estaría muerto.
Aunque quizá eso habría sido mejor.
Pero perderse en pensamientos innecesarios no era algo que me podría permitir, debía eliminarlos temporalmente, sino, estaría muerto, al igual que en las recreaciones.
—Debo dejar atrás mi humanidad por un tiempo —musité en voz baja.
Saqué la espada de la vaina, aquella extraña furia asesina invadió mi cuerpo, la sangre fluía a toda velocidad, sentía que mi ojo se centraba de mejor forma en los detalles, el ether de los alrededores se arremolinaba caóticamente.
Pero estaba calmado, eso ya no me controlaba.
Al menos, eso me gustaba creer.
Pasó el tiempo, el sol iba descendiendo lentamente y las nubes saludaba cordialmente antes de desvanecerse en el horizonte.
No tenía idea de que estaba pasando con el primer batallón, pero asumí que nada serio, su trabajo era simplemente defender, de tener que retirarse, ya habrían pedido ayuda.
—Qué aburrido —pensé en voz alta.
Ese sentimiento se abolió en cuanto escuché el galopar de un centenar de caballos, el viento se estremeció en los alrededores y nubes de tormenta los siguieron.
Decidí levantarme, espada en mano, preparándome para lo peor.
Pero, la sorpresa que me lleve no fue exactamente la esperada.
En vez de recibir una emboscada, traidores o un sinfín de espadas danzando.
Quienes llegaron fueron unos antiguos camaradas, unos que no creí volver a ver, al menos no en este mundo.
—¿Hayato?
—exclamó la que lideraba aquella tropa.
Portaba una armadura de acero blanco, un traje negro por debajo de ella.
En su cintura llevaba aquella espada carmesí, esa que combinaba con su cabello.
—Ha pasado un tiempo, Hiyori.
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