Cronos: Tale of the dark adventurer - Capítulo 86
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- Capítulo 86 - 86 Silencio Mortal
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86: Silencio Mortal 86: Silencio Mortal Silencio mortal Me hubiese gustado decir que ambos éramos lo suficientemente maduros como para no llorar de alegría por ver al otro con vida, pero era todo lo contrario.
En su momento, en aquella otra ocasión, quizá no nos sentimos aliviados porque éramos demasiado infantiles.
Lágrimas brotaron desenfrenadamente, no las podía borrar o secar pese al intento.
Sin pensarlo, corrí a abrazar a esa vieja amiga, contento de que estuviese con vida en ese lugar, de poder sentir que respiraba.
Ella hizo lo mismo, no contuvo sus lágrimas, lloramos durante un buen rato.
No fue solo ella, aunque teníamos diferencias, también me alegré mucho de ver a Kai con vida, se le notaba más alto, de un porte más severo y elegante, aunque lleno de cicatrices que se notaban pese a estar curadas.
En un inicio quise que ese momento durará para siempre, había dicho que abandonaría aquello que me hacía ser humano hace un par de segundos.
Pero nada de eso importó frente a la marea de sentimientos que despertaron en nuestro encuentro.
Hubiese sido una mentira decir que las horas fueron suficientes, no había pasado tanto tiempo, pero, a su vez, habían pasado tantas cosas que sería complicado ponernos al día, ambos lo sabíamos, pero decidimos hablar un poco, sobre cualquier tema.
Los seguí sin pensarlo, nos sentamos cerca de una fogata, había un par de soldados de la ejecutora cerca, todos llevaban el cabello corto y lanzas en lugar de espadas.
Al parecer solo los de alto rango podrían permitirse una.
Primero hablamos sobre banalidades, pero los temas serios saldrían tan naturalmente como uno respira, de hablar sobre el clima, pasamos a la comida, luego sobre algún que otro par de ocurrencias graciosas y, cuando se tocó el tema del amor… me pregunto, ¿como se veía mi rostro?
Por supuesto, Hiyori se dio cuenta, Kai también lo hizo.
Uno de los soldados incluso masculló algo curioso: —Eso, es el mismo rostro que hace el señor.
Estaba asustado, quizá demasiado.
Me relajé dando un respiro, seguido de un suspiro en el que liberé cuanta tensión pude permitirme, levanté el rostro y observé a aquellos viejos amigos directo a los ojos.
—Se llamaba Shizu —murmuré, conteniendo cualquier otra emoción.
Al principio hubo un silencio incómodo, Hiyori se levantó del lugar donde estaba sentada, me alborotó el cabello, sentándose a mi lado poco después, reposando su brazo izquierdo sobre mi hombro derecho.
—Te entiendo —dijo—.
Yo también viví algo parecido —explicó.
Decidimos no tocar el tema, ya me había desahogado con Min-ji, no tenía las fuerzas para contar esa historia de nuevo, no ahora, al menos.
Mi vista perdida se dirigió hasta la espada que colgaba de mi cinturón.
—Tranquila —comenté—.
Estoy acostumbrado a perder gente —hice una pausa, pensando que decir, buscando la frase correcta— Es solo que, ella, bueno, fue la primera vez que sentí esa clase de amor.
Era reconfortante —hubo otro silencio incómodo, la imagen de su muerte me invadió— Es por eso que voy a cazarlos, hasta al último de los apóstoles del pecado, heraldos o como se llamen —afirmé con fiereza.
Hiyori me abrazó.
—Está bien.
Si quieres llorar, puedes desahogarte.
Nadie tiene que sufrir por su cuenta —explicó.
Sostuve su brazo, entrecerrando los ojos.
—Gracias.
[…] Kai llevaba una espada larga llena de grietas y otra corta hecha de Silverina.
Había pedido un duelo por los viejos tiempos, ambos éramos guerreros curtidos en la actualidad, así que no veía razones para rechazar su desafío.
Nada más empezar el combate su piel se enrojeció casi por completo, yo me limité a observar, era rápido, no tanto, pero lo era.
Se acercó a mí dando cinco pasos, primero trató de bloquearme la vista con su espada larga, posteriormente trató de barrerse, pero esquivé aquello con facilidad.
—Nada mal, has mejorado —dije.
Kai observó expectante.
—Ahora es mi turno —declaré.
Kai se preparó, ambas armas listas para bloquear o desviar algún que otro ataque.
Pero eso le sería inútil contra algo como yo.
—Viento, obedéceme —ordené, aunque no necesitaba hacerlo.
Kai fue levantado al aire, trató de usar dagas arrojadizas para zafarse, pero no lograron traspasar el vórtice que lo elevaba.
—Y con eso, se acabó —comenté, dejándolo bajar de a poco.
Los soldados parecían estar maravillados con aquello, aunque no todos, los que llevaban espadas no reaccionaron.
—¿Eres humano?
—preguntó Kai desconcertado.
Entrecerré los ojos, esperando idear una respuesta adecuada.
Pero no llegó, no podía afirmar serlo o no, siendo honesto, ni siquiera estaba seguro.
—No lo sé.
Él se fue a sentar, algo molesto por su derrota, pero lo manejaba mejor que antes.
Tras Kai, fui desafiado por unos cuantos soldados, a los que derroté sin esfuerzo aparente.
Hiyori se limitaba a observar, claro, no lucharíamos tras lo que había pasado la última vez, al menos no en la situación, pronto sería nuestro turno de defender el paso y gastaríamos mucha energía en un combate, aunque no fuese uno serio.
Tras el doceavo combate decidí detenerme, aunque no me costaba mucho esfuerzo, terminaría siendo ineficaz desperdiciar mis fuerzas en cosas sin sentido como esas.
Pude escuchar pasos acercándose a la fogata donde reposábamos, se trataba de Min-ji.
Estaba acostado en el suelo, dejando que toda mi ropa se empolvara, no me importaba demasiado, aunque en su momento Shizu o Jessica me hubiesen reprendido por aquello.
La ejecutora se asomó para verme el rostro, al parecer le costaba hablarle a alguien sin verlo a los ojos, quizá era su forma de ver las mentiras, cada uno tenía una.
—Esa expresión que tienes, en serio, te pareces a mi padre —comentó.
Suspiré, haciéndole una señal para que se apartase, posteriormente sentándome enfrente suya.
—¿Pasa algo?
—cuestioné.
Ella observó el patrón de espirales que fue dejado atrás durante los combates.
—Tú, eres un mago.
Y no uno normal —comentó.
Aparté la mirada, observando el suelo.
—Sí, bueno.
Es que tuve un maestro particular.
—Mientes —dijo.
—Aunque a medias.
Me sorprendí por un momento, su intuición era buena.
—Quizá.
Ella suspiró.
—Bueno, tengo algo más importante que preguntar, Espectro.
¿Cómo te llamas?
Fingí sorpresa, sabía que los nobles eran malos con los nombres, pero no pensaba que fuese para tanto..
—¿No lo había dicho ya el santo?
Ella insistió, no parecía recordar en absoluto.
Traté de decir mi nombre, pero no salió nada, recordé lo que pasaba, no tardé nada en sacar las medallas de mi bolsillo para leer su contenido rápidamente.
En cuanto lo hice, imágenes dispersas que conocía y a su vez no invadieron mi mente.
—Disculpa, es Hayato —Observé a Hiyori, el resto del nombre regresó, aunque de a poco —.
Hayato Endou, o eso creo.
Ella suspiró.
—¿Cómo qué crees?
Yo sonreí, señalando mi frente.
—Es que tengo muy mala memoria —comenté con tono burlón.
Por la expresión de su rostro pude notar que ella ya no sabía si tomarme en serio o no.
—Bueno, disculpa que lo diga tan bruscamente, pero pareces más una bestia mágica que un simple mago.
Esa forma en la que la usas, es como si el espíritu te poseyera, es una simbiosis demasiado perfecta —señaló ella.
Asentí.
—Es una serie de factores, para empezar, mi espíritu “Shizu” es uno artificial, fue hecho por el antiguo Merlín.
De paso, tuve un buen maestro, uno que comprendía técnicas más allá de la comprensión de un usuario de ether común y corriente.
Claro que ella no parecía comprenderlo del todo.
—Él era un irregular —comenté por encima.
A lo que ella solo se quedó pensando.
Aproveché el momento para escuchar la charla del resto del grupo, Hiyori se estaba mofando de Kai por haber perdido nuestro combate tan fácilmente, no se sentía mal ser parte de esos momentos de calma, en especial considerando que sería nuestro turno pronto.
—¿Por qué me cuentas todo con tanta facilidad?
—cuestionó.
No le podía decir que sabía que éramos familia, mi respuesta no sería la correcta, pero sí era sincera.
—Supongo que, sentí que podía contártelo, solo fue eso —El galopar de los caballos se aproximaba, el sol era devorado por las montañas y la noche reclamaba lo que por derecho era suyo —.
Parece que pronto será nuestro turno.
[…] Y entonces la luna se alzó, con su luz celeste alumbrando levemente el oscuro y estrecho camino que resguardaríamos pronto.
El viento susurraba tenuemente, muchas voces se habían dispersado en sus corrientes, hombres muertos, aunque no podía distinguir si se trataba de enemigos o aliados, nada era claro.
El clima era frío, lo suficiente como para que el vaho se diese a notar.
El fuego del campamento ardía con intensidad y las antorchas, previamente colocadas, fueron encendidas de a poco por el más joven entre ellos.
Se escuchaba su rezo, un canto que clamaba a la diosa Lumis su bendición, incluso en la oscuridad.
“Protégenos, oh señora.
Danos vuestra santa misericordia.
Perdona nuestras corruptas almas.
Bendice a los fieros guerreros que hoy protegen vuestras sagradas tierras.
Aniquila la impureza y la maldad.
Bendícenos, bendice al imperio, bendice Lux Acadia”.
Me preguntaba si sus rezos serían correspondidos, pero no era el único, conocía las tradiciones de la iglesia gracias al pueblo, uno debía agachar tenuemente la cabeza como muestra de respeto, fuese o no un fiel.
Min-Ji no lo hizo, era una habitante del imperio Qin, ellos solo veneraban al dios espíritu “Kumiho” y al dios dragón “Long”.
Todo dios “exterior” era repudiado por su religión, incluyendo a los semidioses de la luz “Luxarc” y la oscuridad “Mazhrark”.
De por sí, era un milagro que no se hubiese marchado y solo observase con cuidado aquello, como si tuviese curiosidad, no es que los habitantes del imperio Qin, Murim y la tierra del sol negasen la existencia de Lumis y Lillith, les temían y las odiaban, eso era todo.
Incluso antes de la formación del imperio Acadiano se solía decir que los habitantes del este eran los más cercanos al cielo, y los del oeste eran unos extranjeros, unos que no merecían vivir en su mundo.
Si tal afirmación era cierta o no, uno nunca lo sabría.
Tampoco es que yo fuese un gran creyente o contribuyese a que proliferara alguna de aquellas religiones, incluso antes de volverme un ser tan patético como el que era actualmente, simplemente no le veía el punto.
Siempre lo veía de una sola forma, incluso si era una historia de mi madre o una cátedra sobre religión por parte de Aoi.
“¿Acaso le importamos a esos dioses?”.
Si se me permitía decirlo, Kumiho era perezoso.
Long conservador.
Lumis una máscara creada por sus seguidores, y Lillith lo mismo, pero representando maldad.
Y entonces, como si mis dudas le hubiesen llamado la atención, los pasos se detuvieron y el equipo del santo había regresado, de sus quinientos regresaron cuatrocientos, de esos la mitad estaba herida y una cuarta parte medio muerta.
El santo no tenía ni un rasguño, tampoco los soldados de elite, la otra cuarta parte de ellos, sin rasguño, algunos, empapados por la sangre de sus enemigos y con su humanidad oculta tras sus cascos.
Observé el camino, tendría que entrar en él dentro de poco, el santo no se detuvo a conversar, caminó directo a la hoguera para limpiar su arma.
Las corrientes de viento cambiaron, una fría brisa fue acompañada por un escalofrío.
Caminé sin pensarlo, estando en la vanguardia pese a ser un mago, a mi lado caminaban: Siden “la ejecutora”, Hiyori “La espada carmesí” y Kai “El colmillo plateado”.
El espectro, o mejor dicho yo, lideraba el camino con llamas flotando a mi alrededor, parecían espíritus siendo manifestados en la realidad, pero lo cierto es que solo era un simple hechizo.
Un mago podría ver con facilidad que hacía a las corrientes de ether recorrer una formulación rúnica simple, quizá Siden podría verlo.
El camino era angosto y estaba cubierto en silencio, como ninguno iba a caballo dada la oscuridad, solo se podrían escuchar nuestros propios pasos y el aliento que emanábamos.
Pude observar como una bruma intensa de tono gris recorrió todo el paso, se acercaba una batalla, una que podríamos perder fácilmente.
Las corrientes de viento cambiaron nuevamente, volviéndose casi inmóviles.
Sentí como un trozo de acero afilado trató de rebanarme la garganta, asesinos, y bastante buenos en su trabajo.
Las condiciones no eran buenas, era de noche y el terreno era estrecho, ganar no sería… ¿Con quién bromeo?
La espada de Hiyori atravesó con facilidad a una decena de asesinos, caminaba lentamente y hacía pocos movimientos, pero caían constantemente y con los ojos casi salidos por la sorpresa.
Me acerqué a ella, haciéndola detenerse al tocarle el hombro.
—Yo me encargo —Afirmé con certeza.
Respiré hondo, apuntando hacia delante, como si estuviese sosteniendo mi otrora confiable arco, y disparé una flecha de viento, viento comprimido que no hizo ruido alguno.
Tras unos segundos, una onda expansiva se liberó junto con una explosión de sonido que resonó por todo aquel paso rocoso.
Los asesinos volaron por los alrededores, cayendo con huesos rotos y cortes causados por el viento.
Aquellos que fueron alcanzados por la flecha no tuvieron tanta suerte.
Tras un par de proyectiles más, continuamos avanzando en busca de más enemigos, la niebla ya se había dispersado, en parte debido a mi ataque.
Todo superviviente fue rematado por los soldados que nos acompañaban.
Entonces, tras un par de minutos, observamos a un grupo de caballeros, unos vestían armaduras negras y otros hacían gala de armaduras rojo sangre.
Rebeldes e invasores, juntos como las ratas sin alma que siempre habían sido.
Conocía bien a los de su clase, los rojos no me darían problema, pero los de armaduras negras eran la vanguardia del orgullo, soldados capaces de crear armas, escudos y toda clase de construcciones con su ritual, si es que no podían hacer mucho más, claro estaba.
De entre ellos destacaba uno, era delgado y su armadura estaba repleta de símbolos en un idioma desconocido, quizá local de sus tierras, llevaba un arma en forma de luna menguante y, en su casco, se dibujaba una retorcida sonrisa de acero.
Se percató de nuestra presencia, observando cuidadosamente sin hacer un solo movimiento, el resto de soldados no tardó en seguirle el paso, no atacaron descuidadamente, parecían estar estudiándonos.
—Qué situación más apremiante —comentó mientras enterraba su espada en el suelo —No me esperaba que los asesinos fuesen acabados con tanta facilidad, de haberlo sabido no hubiese gastado recursos alimentando a esa basura—continuó.
Empezó a murmurar algo y luego se pudo escuchar algo que parecía emular una carcajada, no se había movido y su voz era monótona.
—Bueno, han pasado décadas desde que tuve una batalla seria, quizá por mi naturaleza cobarde.
Pero no estaría mal conseguirme un par de esclavos para mis futuras tierras, estoy seguro de que la comandante lo permitirá —comentó para sí mismo.
Levantó el brazo y sus soldados comenzaron el ataque, debió ser una sorpresa enorme para ellos cuando sus flechas y demás proyectiles fueron desviados por un vórtice de viento.
El arco etéreo se formó en mis manos, probablemente no tendría que usar la convergencia rúnica para vencerlos, pero tampoco debía confiarme demasiado.
Cargué una flecha de fuego, una resplandeciente llama plateada emanaba su calor, el proyectil iluminaba los alrededores.
Disparé, un destello centelleante iluminó todo el paso, desvaneciendo nada más impactar.
Pude oler aquella esencia nauseabunda, tan familiar, carne quemada, a quienes les daba con las flechas de fuego, se fundían con sus armaduras y dejaban tras aquel caparazón una escena grotesca.
Fue una gran sorpresa ver que el ataque fue detenido a manos de aquel soldado inusual, había tomado a un soldado para usarlo como escudo, uno de los rebeldes, de paso, tirando su cadáver por el acantilado nada más confirmar que había muerto.
—Nada mal.
Hiyori se colocó enfrente mía, apuntando su espada al enemigo, Kai no tardó en hacer lo mismo.
Y con un grito de guerra de su parte, nuestro primer combate real en aquel paso dio inicio.
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