Cronos: Tale of the dark adventurer - Capítulo 87
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87: Penumbra 87: Penumbra Un parpadeo.
Bastó con eso para que la espada de Hiyori colisionase con el cuerpo de otro rebelde, aquel que parecía ser el líder no tenía reparos en usarlos como escudos, y ellos no parecían resistirse.
Uno tras otro fueron cayendo, parecía estar haciéndolo a propósito, para cuando ella se dio cuenta, ya era demasiado tarde.
Los cuerpos fueron atravesados por lanzas de miasma negro, llevados hasta un círculo hecho con la sangre de los caballeros oscuros.
De entre ellos, uno se colocó en el centro, quitándose el casco para revelar un rostro, uno que bien podría hacerse pasar por el de un humano.
Resaltaba un cuerno negro saliendo de su frente y yendo hacia arriba.
No dudé en tratar de matarlo con cuchillas de viento, pero mi ataque se dispersó con un solo movimiento de la espada menguante.
—Preferiría que no interrumpan este sacro rito, están a punto de ver las alas negras del orgullo.
A ustedes tampoco los interrumpimos en sus ritos, ¿me equivoco?
Algo nervioso cargué una nueva flecha de fuego, sabría que Hiyori ganaría algo de tiempo, pero no si sería suficiente.
Con los rituales uno nunca estaba seguro, en especial considerando que no había visto uno como ese antes.
En cuanto estuve a punto de disparar, una púa de miasma se detuvo justo enfrente de mi rostro.
Kai la había detenido con su mano izquierda, toda la protección del brazo terminó resquebrajada y se rasgó la piel.
—Ganaremos tiempo —afirmó—.
Coordínate con los magos y prepara una ofensiva, no sé qué resultará de ese ritual, pero no debe ser nada bueno.
La luz de mis flamas se apagó, una brisa de aire marchito se movía lento por la zona.
El miasma negro se arremolinó consumiendo de a poco los cuerpos hasta no dejar nada más que una masa irreconocible.
En el centro se encontraba un hombre pálido de aspecto endeble, alas negras de unos tres metros se extendían desde su espalda y portaba una armadura color sangre.
El líder del escuadrón se regocijó al ver aquello.
—Ya eres todo un hombre muchacho, no esperaba menos —comentó.
No hubo respuesta, en cambio, su mirada se clavó sobre nosotros, seguida por un instinto asesino, uno que se le podría atribuir a una bestia.
—Hay tres, no, quizá cuatro.
Sí, son cuatro los que nos darán problemas —afirmaba el de las alas.
—¿Así que también lo notaste?
Por supuesto, esos Jilk inútiles que tienes de compañeros jamás podrían hacerlo —comentaba el líder en regocijo.
Un miasma color carmesí se arremolinó alrededor del soldado, el cual estaba expectante ante nuestra reacción.
—Mi señor Ar’kros, aunque pueda sonar estúpido de mi parte, me temo que necesitaré tanto de su apoyo, como el de los Jilk.
Al menos si queremos ganar este combate —comentó.
El líder se acarició la barbilla.
—Yur’vas ¿Insinúas que estos individuos se equiparan a un santo Acadiano?
El soldado asintió.
—Eso temo.
Ar’kros se regocijó.
—No decepcionas, lo cierto es que me gustaría marcharme, pero, temo que de ser así nos esperaría un destino peor —Se volteó a vernos—eso dicho, creo que temen tu poder, eso nos debería dar cierta ventaja.
Por un momento mi mente se había distraído, había pasado un tiempo desde la última vez en que el terror me consumió.
Quizá la presencia de Hiyori me había ablandado, me sentí demasiado seguro, y eso era un problema.
Disparé múltiples flechas de fuego destellante, Arkros usó a unos de los Jilk como escudo, acercándose lentamente, como si quisiera prolongar el sufrimiento del subordinado.
—Mi nombre es Ar’kros.
Hijo de Hral’kros.
Centurión de la vigésima compañía a servicio del señor del orgullo.
Profeta de los dioses y servidor de Makzror —tiró el cadáver por el acantilado.
Tomando la espada con ambas manos, desvió los ataques de magos y arqueros con facilidad.
Su cuerpo se retorcía como si fuese una serpiente—.
Os mataré en nombre de nuestro señor.
No pareció moverse, pero, gracias al viento, pude prevenir sus intenciones.
Aparté a Kai jalando el cuello de su camisa y deteniendo aquel tajo invisible con el lomo de mi espada.
Eran sus brazos, se extendían y movían como látigos, veloces armas mortales que aprovechaban sus ya de por sí su particular arma.
En aquel momento, observando el campo de batalla.
Recordé que estábamos en medio de una guerra.
La amarga realidad se abalanzó en mi contra y nuevamente dejé atrás todo lo que me hacía humano.
Solo quedó una sombra.
Un ser amorfo que asesina cuanto estuviere su paso.
“El espectro” había despertado nuevamente.
Y mataría a todo demonio que estuviese a su paso—Shyun, ven —susurré.
El tiempo pareció detenerse por unos segundos, tormentas de aire arremolinándose recorrían los fríos pasadizos entre las montañas.
Los soldados de armaduras negras fueron suspendidos por las corrientes de viento, flechas de fuego azul los evaporaron al instante, solo quedó una estela y trozos de metal vacío.
La ceniza cayó al vacío y el hombre de prominentes alas negras entendió el peligro al que se enfrentaban.
—Mi señor, Ar’kros.
Temo que nuestros adversarios son fuertes, mucho más de lo que llegamos a concebir.
Ar’kros, quien parecía una serpiente bailando al ritmo de una flauta, sonrió de oreja a oreja.
—Sí, y ni siquiera son santos.
¿Quién sabe?
¿Quizá no salgamos con vida de este lugar?
No te contengas, encárgate del mago.
No lo matarás, no creo —hizo una pausa—.
Mata a cuantos soldados puedas, tenemos que hacer que esto valga la pena.
El hombre asintió, sus brazos fueron rodeados de una brea negra que formó guanteletes como de acero.
En un parpadeo logró acercarse lo suficiente como para golpearme, el viento me susurró una advertencia y logré evitar que me diese de lleno.
No necesitaba pensar, desenvainé la espada maldita que llevaba en la cintura.
Sin pensarlo dos veces, el filo brillo con aquel fuego azul mortecino incandescente.
Su aura rodeada por viento para proteger el resto del arma del calor.
La hoja brillaba y el mango se sentía frío, un corte, la mano del demonio está sangrando, logré atravesar su coraza.
Otro, esta vez le ciego un ojo, a cambio, él me da un puñetazo en el estómago que me desconcierta.
Aprieto los dientes antes de recibir otro más y luego otro, el daño acumulado retrasó mi pensamiento, pero no estaba solo, y otra espada maldita detuvo la acometida del rival.
Era Siden, la ejecutora que nos acompañaba.
El filo de su espada parecía estar vibrando, el cabello se le levantaba y se veía algo alborotado.
Sus ojos brillaban violeta y el brazo del alado se había desvanecido.
De una patada lo hizo atravesar el muro y vomitar sangre, su fuerza era cosa seria.
Tiró su espada directo a su pecho, clavándolo en la pared, solo para terminar todo con otra poderosa patada, una que terminó por acabar con el enemigo.
Ar’kros por su parte, estaba siendo despedazado por Hiyori, no quedaron restos, solo un montón de sangre.
Uno creería que con aquello había acabado todo, pero la sangre de Ar’kros se arremolinó para formar un sello, el cuerpo del alado fue atraído hacia él, sirviendo como un recipiente para crear una amalgama.
Alas esqueléticas tan largas como 3 hombres, brazos alargados deformes que mostraban trozos de hueso, una armadura negra que le cubría todo el cuerpo y dos espadas en forma de luna que se juntaron para crear una luna llena.
Ar’kros había renacido y, con tan solo un movimiento, cortó el brazo de Kai con facilidad, envió a Hiyori a volar de una patada y luego colisionó ambas espadas con Siden.
Pero esta parecía estar de par a par con él.
—Fue mi error no darme cuenta antes, sois ejecutores.
Nunca me hubiese imaginado encontrarme con ustedes, aquellos que nos cazan.
Bien, entonces… Desde el abismo, tras el paso, se levantaron los cuerpos de cada quien hubiese muerto en el lugar.
Brea negra putrefacta recorrió el lugar, olía igual que la mazmorra, la muerte estaba cerca.
Los demonios sabían aprovecharse de eso.
Todos aquellos cadáveres se unieron a él, extendiendo sus alas aún más, le salieron garras como de búho y con cada segundo su aspecto se volvía cada vez más aberrante.
De a poco Ar’kros se desvaneció y solo quedó un cascarón hecho para matarnos, uno que se guiaba por instinto, era fuerte y por sobre todo preciso.
Uno, dos y luego tres segundos pasaron, de a poco nos iba hiriendo, se necesitó que todos uniéramos nuestra fuerza para poder defendernos, Siden era la vanguardia, como él no retrocedía ante mi viento, me vi obligado a usar fuego.
Los soldados que nos acompañaban iban cayendo de a poco, solo los que llevaban consigo una espada, soldados de élite, eran capaces de mantener el ritmo del combate.
Cada movimiento de la bestia sonaba como madera crujiendo, no se detenía ante el daño, ardía en llamas y no le importaba.
Se escuchaban gritos desoladores que hicieron eco, los muros de piedra iban siendo derribados de a poco, entonces fue cuando tuve que tomar medidas desesperadas, si ni siquiera la ejecutora podía sobrepasar la abrumadora fuerza del adversario, no quedaba otra opción.
El arco etéreo se formó sobre mis manos, titubeé antes de siquiera extender aquella cuerda que solo existía en mi mente.
La respiración me pesaba y el objetivo estaba borroso.
El fuego se concentró hasta adoptar la forma de una flecha, contrayéndose lentamente y concentrando todo en un solo punto.
Cambió su tono a un azul espectral y parecía ser sólido.
Tan pronto dejé ir la flecha, sentí un dolor profundo, punzadas fuertes, como si estuviese siendo apuñalado por cientos de cuchillas.
La bestia retorcida cayó, todo su torso había sido carbonizado.
Sonreí ante la victoria, mi nariz sangraba y todo se sentía frío, había una razón por la cual no solía usar aquello, estaba seguro de ello, ese hechizo era capaz de matarme.
Rra demasiado poderoso para que yo o cualquier otro humano pudiese usarlo a su gusto, al menos eso creía.
El cuerpo calcinado de la bestia se arrastró hacia nosotros mientras emitía chirridos, Siden se encargó de acabarlo todo.
Limpió su espada y volteó a ver hacia delante, nada había terminado, tendríamos que enfrentar a enemigos incluso más fuertes.
Pero no ese día, no en ese instante.
Cada quien buscó a heridos y confirmaron a los caídos, ayudé a cerrar la herida de Kai con algo de fuego.
No encontramos su brazo sin importar cuanto buscamos.
Soportando el dolor, acompañé al resto de regreso al campamento, no había sido una noche larga, pero se sintió como una eternidad.
Con el apoyo de los sacerdotes, curamos nuestras heridas, el santo aseguró que podríamos descansar tranquilos, pronto llegaría el día en que el plan sería ejecutado, él se enfrentaría al comandante que acechaba las tierras del duque.
Mentiría si contase que pude dormir bien esa noche, lo cierto es que traté de hacerlo, pese a que mi cuerpo ya no era humano, sentí que debía descansar, pero no lo logré.
Tuve una pesadilla, una en la que los rostros de aquellos que ya no estaban me observaban directo a los ojos.
Sus brazos se aferraban a mi cuerpo y trataban de escalar hasta mi rostro, gritaban lamentos y renegaban de sus muertes, clamaban la injusticia y me culpaban.
Todos menos una, su toque era gentil y caluroso, su sonrisa brillante iluminaba el lugar, no me culpaba, solo relucía aquellos bellos ojos.
Y entonces despertaba, añorando tenerla de nuevo en mis brazos, no era la primera vez que tenía aquel sueño, y no sería la última.
Pero nada me lastimaba más que su recuerdo, todo aquello que me arrebataron en su invasión, haría que me pagasen con sangre.
Resentido, me senté en una esquina de la tienda de campaña prestada, abrazando mi espada con fuerza.
Escuchaba una risa resonando en mi cráneo, era la del maldito al que llamaban melancolía, no podía esperar, tenía que acabar con él, tenía que matarlo, ya no podía esperar.
Los recuerdos fluyeron, todo gracias al combate.
No lograba escuchar la voz de Shyun, no, no quería escucharla.
Enterré las uñas sobre mis hombros, necesitaba mantenerme fuerte, sí, necesitaba recordarme a mí mismo que mi fuerza era real.
—¿Fuerza para proteger a los demás?
¿Verdad?
Qué buena broma —susurré para mí mismo.
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