Cronos: Tale of the dark adventurer - Capítulo 88
- Inicio
- Todas las novelas
- Cronos: Tale of the dark adventurer
- Capítulo 88 - 88 Abismo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
88: Abismo 88: Abismo ABISMO Salió el sol, el frío de la noche se desvaneció, pero yo continué abrazando la espada.
Recordaba un rostro, borroso, seguramente el de mi padre.
Lo odiaba, el mero hecho de pensar en aquello me hacía sentir mal.
Pero no podía evitarlo, no podía controlar mi mente.
Descansar se había tornado en un lujo que no me podía permitir, no sin ser atormentado por fantasmas de un pasado lejano, en especial por uno, uno que no me culpaba, uno que me amaba.
Por ello, empecé a recurrir a métodos extremos para mantenerme despierto, me hacía cortes leves en los brazos, el dolor me mantenía consciente, me distraía.
Solo me quedaba esperar a que nuestra campaña empezará, sí, contaba cada segundo, cada minuto, cada hora.
Contemplé como la luna se ocultaba y como el brillo del amanecer se asomaba tímidamente en las montañas.
Sin paciencia alguna, terminé arrastrándome por mi cuenta hasta el paso, asegurando no molestar a nadie, en él me dediqué a entrenar, disparando flechas de viento de vez en cuando, por si algún demonio trataba de acercarse.
No vino nadie, pero no podía estar tranquilo.
Sentía como el cabello se caía por sobre mis ojos y me irritaba.
No sabía cortarlo bien, la última vez había sido un desastre, así que solo lo aparte, estaba ocupado distrayéndome.
El entrenamiento normal no bastó, tuve que incrementar el ritmo y la frecuencia de cada ejercicio.
Si Hideaki estuviese vivo, seguramente me hubiese regañado, pero no lo estaba.
Cuando sentí que el cuerpo no daba más, pasé a concentrarme en controlar varias formulaciones rúnicas a la vez, solo las que conocía.
Inventar una nueva no era tan sencillo, en especial considerando que no me había detenido a estudiar en ningún momento.
Hasta ahora todos mis supuestos hechizos se basan en pura inferencia y observar a otros magos, con el tiempo suficiente estaba seguro de que podría aprender todos los elementos esenciales.
No es que los necesitase, pero ser precavido nunca estaba de más.
Me senté a meditar, el viento advertiría si algún peligro se acercaba.
Imaginé a una joven cuyo nombre ya había olvidado, ella controlaba el agua y el hielo, recordaba cada patrón, no por cuenta propia, era más bien una memoria de Shyun.
Conocía el principio, comprenderlo me había hecho mejorar como mago.
Una runa de condensar en el centro, el resto de caracteres se encargaban de buscar el elemento, la joven no lo creaba, usaba el ambiente a su favor.
Al juntarlos todos, rezaban: “Undyne condensare corpus terrae ex Aleph” La humedad se condensaba en un solo punto y se mantenía inerte, esperando recibir nuevas órdenes.
Todo se mantenía junto gracias a unos hilos dorados que se asemejan a una red de pesca.
Sorprendentemente, ni una sola gota era derramada.
Lo siguiente fue experimentar, primero usé la formulación rúnica de fuego y pude crear vapor, contenerlo y controlarlo era más complicado, pero no una tarea imposible.
Luego, descubrí que al invertir los principios de la formulación rúnica, podía bajar la temperatura de las cosas.
Entonces logré crear hielo.
Continúe practicando hasta que el agua se negó a cederme más secretos, el hielo también se quedó callado y el vapor renegó de mi mandato.
El fuego, por su parte, susurraba ante mí, decía que Ignis no significaba fuego, sino calor.
Ifrit era el fuego, Ignis era el calor.
No eran lo mismo, pero se complementaban.
Undyne era el agua, pero se limitaba a llamar al elemento natural, no se podía conjurar de la nada, aunque para el ojo inexperto así pareciera.
Dejé que el tiempo pasara y continué practicando, pronto la idea de generar dos arcos etéreos no era tan lejana.
Era extraño, tenía tiempo sin exigirme tanto.
Claro, la venganza todavía cegaba mi mente, el mero hecho de pensar en el maldito de cara vendada traía fuertes dolores de cabeza y una rabia que descargaba destruyendo las paredes del paso.
El segundo arco apareció; sin embargo, yo no lo podía sostener, noté que las flechas de aquella arma eran menos potentes, quizá en parte a que no había quien sostuviera su cuerda.
Al ver que era un desperdicio, a menos que tuviese que lidiar con grandes cantidades de bestias débiles, concentré toda esa energía en un solo arco.
Calibré de a poco, ajustando con base en cuanto podía aguantar mi cuerpo, había veces en las que sentía los hombros tensos, otras en las que me dolía el estómago y unas pocas en las que me invadía un fuerte dolor de cabeza.
Al final logré encontrar un balance, comprendí que debía recalibrarlo cada cierto tiempo.
Debido a mi naturaleza extraña como mago, mi poder crecía no solo con conocimiento, sino también con el uso del ether.
Mi único miedo era tener que despedirme de Shyun o ser consumido por ella.
Aunque conociéndola, ella se haría cargo de que tal resultado nunca fuese a ocurrir.
Pasaron dos, no, tres horas.
Para cuando todos estaban marchando me encontraron en el lugar, comiendo algo de carne seca, pan y bebiendo agua de una cantimplora.
No eran mis suministros, sino de los de emergencia que nos habían dado a cada uno.
Algunos se sorprendieron, pero el santo pareció entenderme.
De nada servía aquello, estábamos anhelando un futuro inalcanzable, uno que incluso el más optimista de los hombres no vería venir.
Solo los idiotas podían creer lo contrario, necesitábamos estar listos para morir.
El comandante del orgullo y su apóstol del pecado estaban cerca, el solo pensarlo causaba escalofríos.
Kai se quedó en el campamento junto a una sanadora.
Afirmó querer luchar, pero el miasma del orgullo no regresaba aquello que había tomado, yo lo sabía con certeza.
Jamás recuperaría mi ojo izquierdo.
Hiyori y el santo lideraron la vanguardia, me obligaron a ir en la retaguardia junto a los magos.
Éramos protegidos por el ejército personal de Siden, hacía mucho tiempo desde que me comportaba como un arquero, lejos del combate cercano.
Entendiendo el mensaje respiré profundamente, el éter de la zona se arremolinó y las corrientes de viento frío recorrieron el paso.
La convergencia rúnica había iniciado, esta vez, una parcial.
El rango de detección se había reducido para incrementar su eficacia.
¿Cómo me vería el resto?
Sabía de sobra que los mechones de cabello blanco brillaban, mi ojo izquierdo también parecía transformarse, me preguntaba cuánto faltaba para que otro cambio apareciese en mi cuerpo.
Avanzamos marchando como pudimos, debido a lo estrecho del paso era complicado andar sobre él, no era extraño que algún soldado terminase cayendo y me viese obligado a usar corrientes de viento para rescatarlos.
Los magos eran unos inútiles, su rango era dorado, ni más ni menos, pero su velocidad para conjurar runas y versatilidad en general daba mucho que desear.
Dependían demasiado de los báculos que facilitaban el proceso y eran inútiles en combate cuerpo a cuerpo, no eran de primera, eran de cuarta.
Y cualquiera que hubiese llegado más allá podría saberlo.
Seguramente hubiesen sido víctimas de una posesión espiritual a la que sobrevivieron por suerte o quizá se rindieron a medio camino, siempre había hombres como esos.
Se conformaban negándose a avanzar.
Pero con la amenaza actual, era sorprendente que aún hubiese gente pensando de esa manera.
Pero era extraño, no hubo ataques, ni resistencia.
Atravesamos el paso sin mayor problema.
Al salir, el ambiente era extraño, el pasto tenía un tono naranja, el sol iluminaba fuertemente y había una sola mujer, una de cabello rojizo, casi como fuego ardiendo.
Ella estaba esperando, tenía las manos vacías, llevaba pantalones cortos de color negro, botas altas y medias, por encima una armadura de color negro.
No llevaba casco, pero sí una diadema.
Avanzamos con cautela, a mitad de camino desapareció de nuestra vista.
De repente, el santo estaba deteniendo con ambas manos la acometida de una daga, parecía estar usando casi toda su fuerza para ello.
Ahí fue cuando lo entendimos, aquella era la comandante del orgullo.
Basta decir que todos nos preparamos para atacar, pero ella sostuvo del cuello al santo y lo levantó sin mayor esfuerzo.
—¿Es esto todo?
—cuestionó.
Sin embargo, fui el único que no dudo en atacar.
Disparé aquella flecha prohibida que destrozaba mi cuerpo, ella reaccionó, soltando al santo y deteniendo el disparo con ambas manos, cubriéndolas en miasma.
—Nada mal —dijo.
Retrocedió lentamente y de repente todo fue engullido por la oscuridad, tuve que usar fuego para poder siquiera vislumbrar donde estábamos.
Fue ahí cuando contemplé a una chica sosteniendo un candelabro.
Llevaba un vestido escarlata y tenía tres cuernos saliendo de donde se supone habría un ojo.
El otro era una boca y la mandíbula reveló un ojo.
Soltó el candelabro, repentinamente la habitación se iluminó.
No estaba sola, no, había cientos como ella.
Sus cuerpos se deformaron y se arrastraron directo al ataque, tenían garras, pinzas y guadañas siendo parte de sus cuerpos, por suerte no eran tan fuertes como la comandante o Ar’kros, pero matarlas no era sencillo.
Entendía bien de que se trataba, era una batalla de desgaste.
Como si lanzar aquella flecha no hubiese sido suficiente.
Sin embargo, me tomé el tiempo de respirar, concentrarme y crear una barrera de hielo, así podría idear algo.
Concentré corrientes de viento frío y caliente, haciendo un vórtice que me aseguré estuviese contenido.
Cuando llegó el momento justo, el hielo se resquebrajó y liberé el vórtice sobre la horda de alimañas.
Volaron hasta impactar con el techo, pero eso no era suficiente.
Me rodeé a mí mismo con un vacío, no podría respirar, pero lo que iba a intentar era peligroso.
Entonces, empecé a contar cada segundo y, el tornado ardió en fuego blanco resplandeciente.
Uno a uno los restos carbonizados fueron cayendo a mi lado, cuando no sentí más presencias decidí anular el tornado y recuperé el aliento.
Avancé, la estructura parecía ser un castillo, no entendía de dónde o cómo salió, pero lo cierto es que no encontraba una forma de escapar.
Tras un tiempo logré divisar una puerta gigante que logré abrir a duras penas.
Y entonces todo se tornó negro.
[…] Muerte, peste, azufre y hierro.
Eso era lo único que alguien podría decir sobre aquel evento.
El santo bailaba junto a la espada escarlata, su oponente los obligaba a seguirles el ritmo, llevaba consigo tan solo una espada de hierro sostenida por miasma.
Estaba jugando con ellos.
Hiyori encontró una apertura y se apresuró a atacar, pero fue muy tarde para cuando se dio cuenta de que era una trampa, de una patada al estómago, fue enviada a volar hacia una pila de cadáveres amontonados.
Aquella mujer se detuvo, sosteniendo al santo del cuello.
—Santo, has caído.
Ya no queda ningún baluarte para proteger esta frontera del imperio.
Fue buena idea deshacerse del mago primero —susurró al santo—.
Dime, ¿qué se siente perder de una forma tan patética?
El santo no trató de resistirse, en cambio, apretó su espada con fuerza y reunió cuanto aire pudo.
—¡DESCIENDE, SHAMASH!
La espada brilló en fuerte tono brillante que cegó a la comandante, el santo obtuvo la fuerza suficiente para zafarse de su agarre y respirar.
Contempló a su adversario, sabía que ganar era una posibilidad remota, un apóstol o centurión eran una cosa, ¿pero un comandante?
Uno nunca debía confiarse.
Sin embargo, apartó todo pensamiento de derrota de su mente.
Vacío cuanto pudo y se encargó de solo dejar el instinto que había desarrollado como espadachín.
Entregó todo su ser al arma divina, Shamash lo consumió y todo su cuerpo ardió en llamas.
Y, sin embargo, no se quemaba.
Avanzó con el único propósito de acabar con el oponente, esta se regocijó ante lo sucedido.
Sus armas chocaban a grandes velocidades, los gritos de batalla del hombre eran desgarradores y parecían resonar con los cadáveres de sus camaradas caídos.
El tiempo iba pasando, no podría aguantar mucho más.
Necesitaba ganar, o al menos herirla, si lograba hacerlo, aunque fuese un poco, la batalla habría tenido un sentido.
El palacio de negro tenía un reloj en el centro, ellos se encontraban en la sala principal.
Invitados especiales para su deleite.
Nuevamente, colisionaron.
Al inicio parecían estar igualados, pero, para desgracia del santo, sus movimientos eran cada vez más lentos y su espada se iba resquebrajando.
Uno, dos y tres, durante el tercer intercambio, el santo bajó su guardia y fue atravesado por la arremetida de la comandante.
Sin embargo, este sostuvo su mano, sonriendo genuinamente antes de recitar su última orden.
—¡Arde cuerpo mío!
¡Arde alma mía!
¡ARDE, SHAMASH!
Llamas de fuego divino descendieron desde un pila que destrozó el reloj del castillo, la mujer lloró de dolor al sentir su cuerpo siendo calcinado.
Para cuando todo terminó, ella jadeaba un poco, había logrado que se llamase a su armadura, y quizá la daño un poco.
Lo suficiente para cansarla.
Del santo solo quedó una espada partida a la mitad, un trozo de su capa y un cuerpo carbonizado.
Contempló como su dominio se deshacía, una espada imbuida en electricidad voló directo a su cabeza.
Ella la desvió con facilidad, tratando de contemplar a quién lo había hecho, pero solo vio lo que parecía ser una sombra.
Repentinamente, sintió una presencia detrás, se apresuró a bloquear, pero no logró hacerlo del todo.
La espada penetró ligeramente su piel, una corriente eléctrica de gran magnitud invadió todo su cuerpo.
Se mantuvo consciente a duras penas, enviando a volar a la ejecutora de un puñetazo.
«Esto de las armas no es mi estilo, si esto sigue… será malo.
¿Quién sabe si el loto blanco está cerca?
No creo poder defenderme de él por mi cuenta, no en este estado» pensó.
Brea negra rodeó la zona, recogió todo cuanto estuviese muerto y en sus manos aparecieron cientos de marcas como de tatuajes.
Un círculo de sangre la rodeó y, repentinamente, unos guanteletes de hueso que le llegaban hasta el codo se formaron sobre sus brazos.
Siden la observó a lo lejos, estaba acompañada por Hiyori.
Ambas estaban listas para usar hasta el último ápice de energía que les sobrara en su cuerpo.
Cuervos sobrevolaron el lugar, el sol se ocultó y aquella noche no hubo luna.
La comandante contempló aquello, dio un suspiro y disipó todas sus armas.
—Nos volveremos a ver, cuando la noche caiga y los dioses lloren —comentó, antes de desvanecerse en sombras.
[…] Cuando desperté, estaba solo, no tenía idea de que pasaba, solo encontré un campo marchito.
Había sangre, mugre y apestaba a muerte; sin embargo, no veía cuerpos, unos cuervos sobrevolaban la zona.
Fue entonces cuando me di cuenta de que esa noche no había luna.
El suelo estaba frío y no encontré fuerza alguna para moverme, todo mi cuerpo dolía y tenía marcas de todas las heridas que me hicieron aquellas extrañas criaturas.
Veneno, mi cuerpo había tardado mucho en adaptarse.
Esperé pacientemente, hasta que mis piernas se desentumieron.
Caminaba arrastrando los pies, no fue hasta que llegué al campamento que encontré a Siden sentada en el fuego, Kai estaba durmiendo a su lado, todavía no se reponía de su brazo.
Ella me entregó una carta, estaba escrita por Hiyori.
Me pidió perdón por ser débil, afirmó que se iba a reunir con un viejo conocido.
Pidió que Kai viese la carta, que leyese el final, las palabras que le había dedicado.
Aquella noche amarga, me di cuenta de que habíamos sido derrotados.
De haberlo querido, aquella mujer pudo haberlo acabado todo, pero el destino tenía otros planes, unos mucho más siniestros.
La noche eterna.
Siden sabía sobre ello.
Contó que cuando la luna se desvanecía, ya por el invierno, tres ciclos después llegaba un mes entero donde el sol no salía.
Contó que era un evento que sucedía rara vez cada cien años, usualmente la luna nunca desaparecía.
La noche eterna se acercaba, no tenía sentido resistirse durante ella.
Pues hasta las propias sombras y el fuego eran enemigos.
Cuando regresamos a la ciudad no hubo ninguna fiesta ni marcha, todos sus habitantes lloraron ante una espada rota y un manto quemado.
Por mi parte, me aseguré de reunirme con Liam.
Llevarlo conmigo era peligroso, pero pronto ningún lugar sería seguro.
Así que, tras dar las malas noticias, marchamos hacia el oeste, un lugar que estaba dominado por la rebelión y los invasores de Makzror.
Se decía que ahí, un apóstol del pecado lleno de vendajes jugaba con la mente de las personas, que se encontraban en una ciudad que a simple vista parecía utópica, y él se había declarado rey del lugar.
«Shizu, conforme avanzo, mis pies se van cansando y me doy cuenta de cuán débil soy.
Pronto todo terminará, pronto… Sí, volveré a verte».
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com