Cronos: Tale of the dark adventurer - Capítulo 90
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- Capítulo 90 - 90 Señor de las llamas
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90: Señor de las llamas 90: Señor de las llamas Señor de las llamas La primera reacción fue una lágrima seguida de otra, la segunda una rabia inmensa y entonces traté de usar magia, pero no logré conectar con Shyun en absoluto.
Entonces aquella voz se acercó y al verla caí de rodillas, era mi madre, tenía una tez serena y saludable, un aspecto que solo había visto una vez durante toda mi vida.
Se acercó, agachándose para acariciarme la mejilla y alborotarme el cabello.
—Has crecido mucho, estoy orgullosa.
Sostuve su mano, era cálida, casi tanto como la recordaba.
No pude detener las lágrimas, sentía que perdía fuerzas.
Ella limpió mi rostro con ambas manos y luego se irguió.
—Fue bueno poder verte, mándale, saludos a tu padre por mí, ¿quieres?
Tras decir aquello se marchó y sentí que el mundo dio vueltas, ahora estábamos en un lugar que conocía, era el viejo campamento en donde aprendí a cazar.
Ahí pude ver a mi tío asando lo que parecía ser carne de venado.
—Hola, Hayato.
¿Cómo has estado?
—comentó, su voz era serena.
No encontré palabras, solo el recuerdo de su cuerpo ardiendo en llamas.
—Tío… Él se acercó y me dio un abrazo.
—Estoy muerto, ¿verdad?
De otra forma, no tendría el placer de volver a encontrarme con tantos conocidos.
Su mirada estaba perdida, contemplaba algo más allá.
—Sé fuerte, niño.
Ten la sabiduría de tu madre y la fuerza de tu padre.
Si llegas a conocerlo, dale un escarmiento de mi parte.
Las lágrimas no se detuvieron, su presencia desaparecía de a poco.
Todavía podía sentir aquella fuerza de quien se encargó de mí como si fuese un padre, nuevamente el panorama cambio, esta vez estaba en una sala en donde el agua me llegaba hasta los pies.
—¿Por qué lloras?
Creí que serías más fuerte que eso.
Me extendió la mano, limpié mis lágrimas y acepté su ayuda.
Era un viejo compañero que casi había olvidado.
—Así que tú también, Feng.
¿Dónde estoy?
Él negó con la cabeza.
—No lo sé, pero me he reunido con cientos de mis hermanos y parientes.
También con viejos compañeros y otra clase de seres.
Volteó a verme.
—Pero tú no perteneces aquí, es demasiado pronto.
En cuanto pronunció esas palabras, una corriente de viento me envió volando hacia un campo lleno de flores.
Y ahí estaba ella… —¿Estás llorando?
No llores.
Su voz todavía permanecía tan serena como la última vez, no sentí que tuviese derecho a hablarle, siquiera a verla.
Perdí por completo toda la fuerza que me quedaba, cayendo de espaldas.
—Vamos, ven aquí —extendió su mano.
Dudoso, me sentí feliz de sentir nuevamente su calor.
—Shizu, yo- Ella me detuvo dándome un beso, su rostro también estaba cubierto de lágrimas.
—No fue tu culpa, no tienes que sufrir.
Traté de aferrarme a ella, no quería regresar a la oscura realidad en la que estaba viviendo, pero, ella me empujó hacia atrás y con los ojos enrojecidos dijo: —Adiós, Hayato.
Despertar dentro del carruaje no fue placentero, todavía estaba llorando sin darme cuenta.
Liam permanecía en silencio y Shyun estaba confundida.
Estaba triste, rabioso y melancólico, pude volver a verlos, quería volver a ese lugar.
Pero, sabía que Shizu no hubiese querido aquello.
Furioso, el viento comenzó a crear remolinos que sacudieron el carro, me tiré de él dando un salto y grité con todas mis fuerzas.
Maldije los cielos, a los invasores y al mundo, durante aquel ataque, decidí desatar mi furia con todo lo que estuviese cerca.
Me alejé del carruaje y fui hasta una colina cercana, de ella solo quedaron escombros, rocas y minerales dispersados.
Pero no me había calmado, no, sentí que mi cuerpo estaba cambiando aún más.
Los mechones de cabello blanco que me tapaban el rostro se extendieron aún más y luego se tiñeron escarlata.
Grité nuevamente, las nubes se separaron y un rayo de fuego azul perforó los cielos, todos mis alrededores fueron quemándose de a poco y no tardé en darme cuenta de que las llamas no lograban hacerme daño.
Mi piel se había vuelto dura, casi tan dura como las escamas de una bestia, mi humanidad se dispersaba, pero en ese momento me sentí más humano que nunca.
Logré divisar a una cuadrilla de caballeros rebeldes acercándose.
No les presté atención, detuve la convergencia rúnica y me desplacé directo al carruaje, no sin antes eliminar a los molestias con un torbellino de fuego que no dejó nada tras de sí.
El ether me rodeaba como un manto casi celestial.
Recordaba todo vividamente, era extraño.
Sin embargo, las vendas en mis ojos se habían quemado por completo y mi atuendo estaba arruinado.
No tardé mucho en alcanzar a Liam, él estaba asustado, no me importó.
—Prepárate niño, en cuanto lleguemos al territorio de Conrad, empezará tu verdadero entrenamiento.
Él asintió nervioso.
Pude escuchar una risa lejana, era la voz de aquel dragón.
—Bien aventurado seas.
Humano que has sido bendito por el fuego y el viento.
Centré la vista al frente, en el horizonte se podía avistar un castillo que alcanzaba las nubes.
—Bienaventurado seas, noble señor del fuego.
[…] El maestro parecía perder más la cordura conforme el tiempo iba pasando.
El dragón que resguardaba el paso nos dejó cruzar con facilidad, se le notaba como contento y logré vislumbrar que lloraba en sueños.
No tardamos muchos en llegar más al Oeste, ni siquiera me di cuenta de cuando despertó el maestro, pero en cuanto lo hizo estuvo sollozando y quejándose un rato, hasta que inesperadamente saltó del carruaje y pude escuchar gritos de una bestia.
Vi el cielo partirse por el fuego de lo que creí era un dragón, el maestro regresó unos minutos después.
Se le podía ver aquella horrible herida en su ojo izquierdo.
Se acercó a mí, declarando que mi verdadero entrenamiento empezaría dentro de poco.
Al llegar al ducado de Conrad, el maestro no siguió ningún juego ni quiso hacer algún plan astuto o divertido, como ya era costumbre para él.
No, simplemente se limitó a acabar con cualquier guardia o soldado rebelde que se cruzase en el camino, incluyendo también bestias y dragones menores.
No sabía qué había pasado, pero logré sentir que aquella aura de tristeza y soledad que lo rodeaba solo continuaba creciendo.
Un día, cuando llegamos a la ciudad más cercana, se puso el parche de nuevo y desapareció entre sombras, dejando tan solo una libreta que contenía entrenamientos diarios, formas de combate.
También encontré una bolsa llena de monedas de oro.
En la última página de libreta había una página que decía: “Lo siento”.
No sabía qué estaba pasando, pero recordé que el maestro tenía especial interés en el demonio que se dice vivía en el castillo más allá del territorio de Conrad, en ese lugar se decía que aquel ser controlaba todas las zonas adyacentes.
Maldije mi debilidad, no lo había conocido bien del todo, era excéntrico y molesto.
Pero era la primera persona en ayudarme sin esperar nada a cambio.
Me ofreció comida, me hizo más fuerte e incluso se tomó la molestia de enseñarme como sobrevivir en el mundo cruel que era la realidad.
Entonces, caminando sin rumbo por las calles de la ciudad, me encontré con una mujer de cabello rojo corto, llevando un espadón con forma de diente en su espalda.
Me choqué con ella sin querer, ella me ofreció ayuda con una sonrisa en el rostro.
Luego señaló un lugar sin gente e hizo un gesto con la mano para pedirme que mantuviese el silencio.
—Hola, niño.
¿No eres de estas tierras no?
Mi nombre es Nagisa, soy la santa del colmillo.
Entonces recordé que uno de los nombres que murmuraba el maestro al dormir era de ella.
—¿Conoce usted al espectro?
—musité.
Ella se extrañó.
—No, no lo creo —comentó.
Algo nervioso, tragué saliva y reuní valor para mencionar el nombre del maestro.
—Perdone, quise decir, ¿conoces usted a Hayato Endou?
Entonces la sonrisa de su rostro dejó de ser falsa y fue intercambiada por una verdadera, se agachó para estar a mi altura y me limpió el rostro.
—¿Sabes dónde está?
Señalé el castillo.
—Siempre hablaba sobre querer cazar a cierto apóstol del pecado.
Ella dio medio vuelta para contemplar el castillo, luego suspiró e hizo una seña para que una joven de más o menos mi edad saliera de su escondite.
—Así que sigue metiendose en problemas… Supongo que no ha cambiado.
Entonces, me llevó hasta un carruaje que estaba oculto y me ordenó subir.
—No te preocupes —hizo una pausa—.
¿Cuál era tu nombre?
—Liam —Bueno, Liam.
No te preocupes, salvaremos a Hayato.
—Eso espero.
Partimos rumbo hacia el castillo, solo esperaba que no fuese demasiado tarde.
[…] Me separé de Liam por su propio bien, ahora estaba surcando los cielos, cuál ave rapaz, mi objetivo era claro, el castillo de los rumores.
No sabía qué había en ese lugar, pero tampoco me importaba.
Cazaría a quien fuese mientras buscaba al maldito apóstol de la melancolía, ya no me interesaba pedir ayuda o conservar relaciones, tiré atrás mi humanidad y me precipité hacia un futuro desconocido que seguramente llevaría a mi muerte.
Quizá eso era lo que buscaba.
No sabía que me esperaba en aquel lugar, me precipité cuál ave fénix hacía el lugar, todo un ejército de basura trató de detener mi avancé, pero prontamente se vieron abrumados por mi fuerza.
Ni siquiera me tomé el tiempo de conocer sus nombres, solo aquellos de alas oscuras me daban algo de pelea y conforme más me adentraba en el castillo más me costaba avanzar.
Estando cerca del salón del trono, uno de ellos logró herir mi brazo izquierdo, luego una pareja me dañó el rostro y dejó el parche inservible.
Un grandullón destrozó mi armadura y un ilusionista me hizo perder tiempo.
Recibí un flechazo en la pierna derecha y tras matarlos a todos me arrastré cojeando hasta el salón del trono.
Estando cerca, un soldado de armadura negra me detuvo.
No era como los otros, iba a ser molesto derrotarlo.
Desenvainé mi espada y di todo de mí para afrontarlo, las corrientes de viento eran ignoradas, atravesaba nubes de fuego como si no fuesen nada, congelarlo solo lo retrasaba un poco.
Sin embargo, perseveré.
De a poco, ambos íbamos dañándonos.
Cuando estuve a punto de morir, Shyun me obligó a usar la convergencia rúnica y con ella abrumamos al caballero con cientos de flechas de fuego, viento e incluso hielo.
En un momento logré acorralarlo contra una pared y con la espada encendida en llamas golpeé cuantas veces pude hasta agrietar su arma.
Respiraba pesado, pero no se detenía.
Incluso cuando logré cortar uno de sus brazos, él no emitió quejido alguno, se limitó a volver a atarlo con miasma negro.
Pude escuchar pasos acercándose hasta la sala, entonces, mientras el caballero trataba de respirar, disparé una flecha concentrada hacia la dirección del sonido.
Se trataba de un niño bastante joven que parecía ser casi humano, de no ser por los cuernos que cubrían lo que parecía ser su ojo izquierdo.
El caballero se precipitó, recibiendo el golpe de lleno y con eso perdiendo la vida, el niño lloraba desconsoladamente aferrándose a aquel cadáver.
Cruce la puerta, encontrando al demonio vendado, quien parecía disfrutar del tiempo junto a una humana de cabellos rizados y tez morena.
No se habían percatado de mi presencia.
Cerré la puerta de la habitación y el fuego vaciló a cumplir mis órdenes.
La habitación se prendió en llamas blancas y contemplé como la mujer ardía en llamas.
El demonio perdió sus vendas, revelando un rostro desfigurado, lleno de símbolos en otras lenguas y comisuras.
Gritó desgarradoramente mientras lágrimas que se evaporaban casi al instante.
Su mirada se centró en mí, reconociéndome casi al instante.
Pude ver como el terror y la rabia se mezclaban en sus ojos, di varios pasos, acercándome con la espada en mano.
—¿Qué pasa?
¿No te gustaba ver el sufrimiento ajeno?
Niebla inundó toda la sala y escuché a aquel demonio maldecir mi nombre.
—¿Quién matará a quién primero?
¿Tú que crees?
El abrazó el esqueleto y sostuvo las cenizas.
—¿QUÉ MIERDA TE PASA?
¡MALDITO HUMANO!
Tuve ganas de burlarme.
—¡SIENTE MI SUFRIMIENTO, MALDITO DEMONIO!
Y entonces, el sonido del metal chirriante, aquel que sonaba cuando el filo de una espada colisionaba con otro, inundó la sala.
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