Cronos: Tale of the dark adventurer - Capítulo 91
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- Capítulo 91 - 91 No hay nada que perder
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91: No hay nada que perder 91: No hay nada que perder No hay nada que perder Era desagradable, ver al demonio que tanto había querido matar sucumbir en llanto por la muerte de una humana cualquiera.
No podía comprenderlo.
Había conocido a más invasores, pero ninguno parecía tener respeto por la vida o la humanidad misma.
Hasta ahora, solo aquel contra quien había luchado y protegió al mestizo había mostrado algo con lo que podría llegar a empatizar.
Pero, la imagen de Shizu, Carlo y todos los que perdí por culpa de la guerra no desaparecía de mi mente.
Contemplé a mi enemigo, parecía estar listo para atacar en cualquier momento.
Pero estaba esperando, era un cobarde y se notaba en sus ojos.
Me temía.
Pese a mis heridas, sostuve la espada por encima de mi hombro, las llamas aún encendidas.
El primer ataque fue para probar, su fuerza era ligeramente superior a la mía, pero el fuego no lo dejaba ejercerla.
Durante cada intercambio aprovechaba para tratar de propinarle patadas, golpes o agarrarlo de la muñeca para quitarle su arma.
Sorprendentemente, era lo suficientemente habilidoso, podía esquivar la mayor parte de esas tentativas y mantenía toda su atención en mí.
Ese fue su primer error.
Apenas pude, invoqué una flecha de viento y la disparé directo a su rostro.
Se vió obligado a esquivar de a poco, y entonces aproveché para herirle la mano.
Me estaba subestimando, pero no le tendría piedad alguna.
Conocía su poder, el miasma que se alimenta del sufrimiento ajeno, la “melancolía”.
Cosas como la tristeza y el dolor, probablemente habría amasado una gran fuerza.
Pero gracias a la convergencia rúnica, podía equiparar aquel poder, no solo eso, quizá podría hasta superar cualquier ritual.
Sabía que estaba confundido y aprovechaba eso a mi favor, no era tan raro ver a un mago luchando con armas blancas, pero la mayoría las usaba para fintas, no como ataques principales.
Podía alternar entre ambas a conveniencia, esa era la verdadera fuerza de las voluntades.
Él no lograría distinguir si mi ataque con la espada o las flechas etéreas eran el verdadero ataque.
Luchamos con todas nuestras fuerzas, pero sentía que mi mente estaba en otro lado, agradecí a mi nueva fuerza, gracias a ella era sencillo defenderme de los endebles ataques del apóstol.
Lo único que me podría dar problemas reales eran sus ilusiones, pero me había asegurado de que toda la niebla en la sala fuese dispersada.
El olor a carne quemada era desagradable, cada intercambio resultaba en alguna que otra herida pequeña y otra grande.
Cómo estaba herido no tenía la ventaja en términos de combate físico.
Por eso las flechas etéreas eran una gran ayuda, me permitían obligar al enemigo a moverse y, usando esas predicciones, era capaz de atacar uno que otro de sus puntos débiles.
La imagen de Shizu todavía permanecía clara en mi mente, tanto como el día en que la perdí.
Cada intercambio sonaba a son de compás, era casi como una melodía.
Ambos nos habíamos arrebatado cosas preciadas, pero no me sentía mal por hacerlo sufrir, todavía no era suficiente, no bastaba con castigarlo, no, tenía que matarlo.
Ritmo, sí, conforme pasaba el tiempo el ritmo del combate se giraba en torno a mí, al menos eso es lo que creía.
Una explosión destrozó la sala y entonces, al distraerme con los refuerzos del demonio, fui tragado por una corriente de niebla azul.
Al igual que en mi lucha contra la comandante, la ilusión había creado algo siniestro.
Parecía un castillo, más concretamente las mazmorras de uno, traté de avanzar, pero cientos de manos me detuvieron.
Cuando las vi, sentí el olor nauseabundo de la sangre coagulada y la carne en descomposición.
Por si fuera poco, al verlos con detenimiento pude darme cuenta de que eran rostros conocidos.
Aventureros del pueblo, señoras con las que interactué de niño, soldados que vi morir en el campo.
Todos eran personas con las que interactué poco, pero llegaron a grabarse en mi mente, lloraban y clamaban por misericordia, no me culpaban de sus muertes, solo querían que alguien los salvase.
Se aferraron a mí con todas sus fuerzas, pero continué avanzando sin prestarles atención, hice oído sordo a sus peticiones y presencié el sonido agonizante de sus almas sufriendo.
Escuché que maldecían mi nombre, quejándose del cruel destino que sufrieron.
Ellos, sí, querían a un héroe, un salvador, una figura de esperanza.
Desgraciadamente, ese alguien no sería yo.
Además, sabía bien que todo era una ilusión, así que… ¿Por qué sentía un fuerte dolor en el pecho?
¿Era culpa?
¿Quizá arrepentimiento?
La ilusión me estaba afectando más de lo que creí.
Creía que con mis enseñanzas Liam alcanzaría ese status, pero no podía estar seguro.
Y en ese instante, sabía que no lo vería con mis propios ojos.
Sostuve la espada con fuerza, cerré los ojos e ignoré todo.
Cada vez me costaba más avanzar, ni siquiera había notado que mi sangre adquirió un color semi-plateado, con eso estaba claro que yo había dejado de ser un humano hace tiempo.
Yao podía estar loco, pero era un maldito genio y yo, quizá, era su mejor experimento.
Aunque iba cojeando, con pura fuerza de voluntad seguí recorriendo el pasillo mientras trataba de ignorar las voces de ultratumba que me atormentaban, esta vez estaba solo, así que tenía que soportar el dolor.
Pero, las heridas seguían ahí, y la voz de Shyun me rogaba detener la cruzada.
Ella sabía que mi propósito no era solo vengarme, añoraba morir tras ello.
Solo logré mantenerme en pie en son de la venganza, estando tan cerca, finalmente me podría permitir esa recompensa.
Una muerte satisfactoria, hasta ahora solo permanecía vivo por mentiras, no podía seguir soportando el dolor.
«Parece que solo es un pasillo, supongo que el verdadero combate está por comenzar».
Conforme más tiempo caminaba, más perdido me sentía.
¿Era una ilusión o algo real?
No lograba vislumbrar una salida, ni siquiera sabía cuanto tiempo había caminado ya.
Seguramente el bastardo estaba tratando de ganar tiempo, yo no quería esperar, así que, pese a la insistencia de Shyun, activé la convergencia rúnica.
Primero viento frío y luego viento caliente, dejar que se arremolinan y por último, dejar que el caos empiece.
El tornado desmanteló la ilusión, la niebla se alejó y entonces pude ver a mi enemigo.
Me pregunto que parecería a sus ojos, al igual que los humanos, los demonios tenían cosas en las que creer.
Ese día me aseguré de que “el espectro” y su horror se grabara en sus almas.
Demostrarles que, pese a no ser el demonio de ojos verdes, también debían temerme.
Aquellos que ayudaban a melancolía a recuperarse me observaba con horror pintado en sus rostros.
Me preparé para atacar.
Lo primero fue acabar con las molestias, el tornado logró llevarse a los que no tenían fuerza o medios para protegerse.
En cuanto hice que ardiera en llamas no quedó residuo alguno de ellos.
Esta vez no fue solo la espada, dejé que todo mi cuerpo ardiera en llamas.
Ya que se había adaptado tanto al viento como el fuego, dañarme a mí mismo con cualquiera de ellos no era un problema mayor.
A cambio, todavía tenía que estabilizar mi temperatura interna, pero no era nada que absorber la humedad con una que otra formulación rúnica no pudiese arreglar.
Quedaban cinco en pie, el apóstol y otros cuatro.
Uno trató de disparar, pero no hubo caso, las flechas ni siquiera llegaron.
Podría mantenerme en llamas durante otro par de minutos, aunque no era necesario, era un buen método de defensa.
Entonces me acerqué dando dos pasos, el viento era mi guía.
Tomé al arquero del rostro y le estampé la cabeza contra el suelo, dejando detrás solo una cara desfigurada por el fuego.
El siguiente fue un caballero, el cual fue partido a la mitad por el inmenso poder de la espada llameante.
En ese momento, no podría afirmar sentir algo.
No me causó emoción ni placer acabar con ellos.
Los mataba porque interferían en el camino, eso era todo.
El tercero murió mientras trataba de escapar y al cuarto lo estrangulé hasta que murió por las quemaduras.
Melancolía centró su atención en mí, pude ver como las mareas de niebla se extendieron en toda la fortaleza, los cadáveres empezaron a desintegrarse en ceniza y el niño que estaba cerca también fue devorado por ellas.
Me atrapó nuevamente en una ilusión, pero esta vez si estaba dispuesto a luchar.
Hizo una armadura, al igual que en nuestro primer encuentro.
Su cuerpo era controlado por cadenas y solo mascullaba maldiciones que no entendía.
Su fuerza no era para subestimar, de una patada me envío a volar por los aires, me estrellé con muchos muros y sentí más de algún hueso roto.
Lo que siguió pude verlo venir, esquivé su espada y le di un puñetazo directo al rostro.
Las llamas hicieron su trabajo, en una batalla de desgaste, yo sería el ganador.
O eso creí.
Ni siquiera me di cuenta, pero por un momento vi a Shizu, no sabía si era real o no, pero traté de acercarme a ella.
Inocentemente y casi por instinto, baje la guardia y caminé lentamente, pese a que sabía que no era real.
Mi mente estaba anonadada y no logré controlar mi cuerpo.
Quería abrazarla, oler su esencia, escuchar su voz… Entonces, el frío acero de una espada atravesó mi estómago, no sentí que fuese a morir solo por una herida como esa.
La realidad se mostró, melancolía, sonreía como si ya hubiese ganado, incluso sangré por la boca.
Pero había pasado por cosas peores.
Sostuve su brazo y aumenté la intensidad de las llamas, su piel, carne y huesos cedieron, cercené su mano por completo.
Sin embargo, soportar el dolor de metal ardiendo dentro de tu cuerpo no era algo sencillo.
Mi cuerpo cedió y con ello también mi mente.
Las llamas se apagaron, dejándome indefenso.
Entonces fui derribado de una patada y mi enemigo aprovecho para desatar su ira pateándome el pecho.
No tenía fuerzas para resistirme, pese a que pude haber ganado, esta vez iba a perder de seguro.
Recordé a Liam y otro par de rostros conocidos, morir quizá no era una opción, no quería que Shizu me regañara en el otro mundo.
Entonces, apreté los dientes y reuní fuerzas para derribarlo en el momento que trató de propinar otra patada, arranqué la espada de mi cuerpo y se la enterré en el ojo derecho.
Hice que flamas ardieran en mi mano y sostuve el pedazo de metal ardiente hasta que se fundió por completo.
Sorprendentemente, ninguno de los dos estaba muerto, aún.
Pero algo me decía que el siguiente golpe sería el último.
Observé a mi oponente con los ojos entrecerrados por culpa del dolor.
Invoqué el arco rúnico y recordé aquella tarde en la que entrenaba en el pueblo… Sostuvé el “arco” desde la empuñadura, tensé la cuerda mientras relajaba los hombros y centré mi visión en el blanco.
Respiré para calmar el temblor en mi cuerpo y, escuchando el canto del viento, disparé.
El retroceso del ataque hizo que colapsara casi al instante, pero pude sonreír al ver que mi adversario estaba muerto, había hecho un hueco en su corazón.
Lo había logrado, a diferencia de aquella vez, había cumplido mi objetivo.
La había vengado.
Ya podía morir en paz.
Pero, el destino tenía otros planes.
No podía ver, apenas pensaba y de a poco dejaba de sentir dolor.
Sin embargo, pude escuchar una voz lejana.
—¡Maestro!
¡Despierte!
«Estoy cansado, Liam».
—¡Tenemos que salvarlo!
«No, Liam.
Esto es lo que quería, deseaba morir».
Una luz emanando calor se extendió por mi cuerpo, sentía que el dolor volvía y las heridas de mi cuerpo se cerraban.
No tenía fuerza para siquiera abrir los ojos, pero aún estaba despierto.
Entonces, sentí el tacto suave de una mano cálida posándose sobre mi rostro.
—E-estás vivo, en verdad, estás vivo —musitó una voz femenina, amable y serena.
Sentí lágrimas frías caer sobre mi rostro.
—Es un gusto verte de nuevo, Hayato.
Traté de abrir los ojos, miraba borroso y lo que vi me sorprendió tanto que mi corazón casi se detuvo.
—¿Nagisa?
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