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Cronos: Tale of the dark adventurer - Capítulo 92

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92: Cobarde 92: Cobarde Cobarde Podía sentir el olor de la cabaña, no estaba seguro de que estaba pasando.

Solo había cerrado los ojos por un momento, tan solo quería descansar.

El olor a aserrín era prominente, también lograba sentir la esencia a humo que solo podría emanar una hoguera.

No lograba abrir los ojos, ni siquiera tenía fuerzas para moverme.

Sentía unas manos cálidas que me cuidaban, me daban de beber agua y ayudaban a comer.

El dolor de mi última batalla todavía emitía presión sobre mi cuerpo.

Incluso había alucinado, creía haber visto a Nagisa.

Pero eso no era posible, al menos no debería serlo.

Podía escuchar la voz de Shyun, ella trataba de hablarme, pero no lograba escucharla, ni siquiera tenía las fuerzas para aquello.

Tras el primer día en ese estado, pude sentir que me trasladaron a lo que parecía ser un carruaje.

Sentía el traqueteo del camino y el viento soplando, lograba escuchar sonidos que asumí, eran conversaciones, pero no lograba discernirlos.

Con cada segundo que pasaba el dolor de mis heridas me atormentaba cada vez más.

Tenía pesadillas en las que Shizu simplemente me saludaba y luego volvía a perderla.

No lograba salvarla, incluso con toda mi fuerza, me era imposible hacerlo.

Durante la noche sufría en silencio, no podía dormir.

En mi estado semi consciente, ni siquiera lograba entrar al reino del alma.

Quería ver a Shyun, disculparme con ella.

También quería regresar y apoyar a Liam en su búsqueda.

Necesitaba disculparme con mucha gente, tantos que resultaron muertos o heridos por mi culpa.

En el tercer día, pude sentir que lágrimas caían sobre mis mejillas.

No sentía los brazos, pero respiraba mejor.

De vez en cuando sentía aquel calor, me hacía sentir mejor, aunque fuese por un breve momento.

Aquel día pude mover los dedos, aunque fuese un poco, también logré discernir de mejor forma los sonidos en los alrededores y sentí que el suelo estaba frío.

Mi mente logró recuperarse, ahora podía pensar con más claridad.

Recordé mi batalla con aquel demonio, me preguntaba si había muerto o mi destino sería peor.

Tenía miedo, miedo de estar vivo, de no poder estar a su lado… Sin embargo, el destino era cruel, no sería la primera vez que me obligaba a vivir, arrebatándome lo poco que tenía.

Ya ni siquiera se me consideraba humano.

Tampoco logré dormir aquella vez, sentí como cada fibra de mi cuerpo gritaba de dolor, pero no era nada nuevo.

No sentí ganas de gritar; como mucho, sentía rabia por no estar muerto.

Una que dirigí a mí mismo, ya que nadie más tenía la culpa de mi destino.

Después de todo, quien más me hizo sufrir murió bajo el filo de mi espada.

Llegó el quinto día, al menos eso creía.

Como de costumbre, alguien me dio de beber y comer.

Esta vez lograba moverme aunque fuera un poco, todavía no lograba abrir los ojos, de paso, la herida de cuando me apuñalaron dolía más que nunca.

Recordé haber visto una sombra, un ente humanoide que ondeaba una túnica negra.

No tenía rostro y me observaba fijamente, con ojos vacíos.

Sostenía un libro en su mano.

De solo pensar en aquello me daba jaqueca, así que continué con mi miserable existencia, sin cuestionar.

Hubiese sido un milagro que dejase de pensar, entonces podría soportar el dolor, aunque fuese un poco… El sexto día fue más de lo mismo, el ether se negaba a obedecer mi comando; la voz de Shyun era distante y mi cuerpo tampoco reaccionaba como me hubiese gustado.

Esta vez podía comer mejor y beber agua con normalidad.

En el séptimo día, sentí que mi recuperación estaba cerca, lograba abrir los ojos un poco.

Estaba en una casa, una de ladrillos grises y techo de madera.

Todavía me era difícil entender a las personas a mi alrededor, ni pude verlas, porque abrir los ojos un poco me irritaba bastante.

Ya por el octavo día podía oler los brebajes que preparaban, podía distinguir la voz de Liam.

Esa y otra que se me hacía familiar, pero no lograba reconocer del todo, mejor dicho, no quería reconocerla.

Me arregosté en cuclillas y esperé hasta hundirme lentamente en el vacío del inconsciente.

No quería estar conectado al mundo real.

No quería estar vivo.

Tenía que haber muerto en ese entonces.

Esperaba despertar muerto, pero, la vida se negaba a concederme ese regalo.

Cada vez que pensaba en la muerte, la imagen de un humanoide pálido que viste paños negros y lleva un libro con mi nombre aparece.

Su mirada vacía me espantaba, no recordaba haberlo visto nunca, pero su presencia era clara, demasiado clara.

Quizá hubiese sido el propio dios de la muerte, talvez algo peor.

Lo cierto es que, mi corazón seguía latiendo, y por culpa de aquello: debía caminar, debía abrir los ojos nuevamente.

Temía a aquello, no podía dormir, no lograba dejar de pensar.

Sentía que mi cuerpo estaba casi recuperado, sentía el susurro del viento y escuchaba los leves suspiros que se mecían a su merced.

Cuando no sentí a nadie moverse, fue que finalmente abrí los ojos.

Tal como sospeché en su momento, estábamos en una cabaña.

La llama de una chimenea tiritaba brindando calor.

Encontré a Liam durmiendo bajo unas mantas, me acerqué a contemplar la llama e incluso metí la mano dentro de ella, tal como esperaba, el calor no me había hecho daño alguno.

Notaba que mi piel se teñía de un negro cenizo y se agrietaba nada más entrar en contacto con las llamas, otra prueba más de como se iba perdiendo aquello que me hacía humano.

Sentía que, desde que Shizu había dejado el mundo, era cada vez menos Hayato y me volvía más el espectro.

Me acerqué hasta el portal de la cabaña, titubeando un poco sobre si debía abrir o no aquella puerta.

Tenía miedo de que aquello que había escuchado, eso que vi por un breve momento; fuera una realidad.

Sin embargo, ya me había enfrentado a entes de pesadilla, bestias majestuosas y calamidades andantes.

Tener miedo a reencontrarme con alguien… no debía ser una de mis preocupaciones, entendía es, y por ello, reuní el coraje para afrontar aquel rostro.

Sudé frío mientras empujaba la puerta de a poco, podía sentir la brisa del viento introducirse dentro de la cabaña, podía escuchar leves murmullos lejanos.

Entonces la puerta cedió de lleno y pude vislumbrar el camino de tierra cercado y unas figuras lejanas discutiendo en un claro junto a una fogata.

El viento me pegó de lleno en el rostro y la luz lunar de a poco fue revelando esas siluetas.

Me avergüenza y da asco admitir que me vi hipnotizado por la nostalgia y me dieron ganas de cubrirme el rostro, el solo ver aquella figura conocida por un breve momento me hizo apartar la mirada con culpa.

Me oculté tras un árbol, su cabello rojizo cuál rubí era tal cual lo recordaba.

Esos sentimientos ya olvidados renacieron y, al mismo tiempo, me hicieron sentir enfermo.

Tenía ganas de vomitar y de golpearme a mí mismo, yo que había perdido a Shizu, no podía simplemente clavar mi mirada en otra mujer, no, no podría hacerlo.

Al menos, no merecía volver a tratar de amar.

¿Cómo podría hacerlo?

¿Siquiera merecía tener esa oportunidad?

No, tales cosas no debían importarme, no en ese momento.

Y, sin embargo, continuaba ocultándome como un cobarde, esperando que ella no notase mi presencia.

Contemplé escaparme escondiendo el sonido de mis pasos con el viento, ocultando de paso mi olor y deteniendo mi respiración de a poco para que mi presencia se desvaneciese de a poco.

Al dar el primer paso, pude escuchar que ambas figuras se habían movido.

Traté de continuar, pero no me fue posible.

Mis pasos fueron detenidos en cuanto sentí un guante de plata fría sosteniéndome la muñeca.

Liberarme hubiese sido sencillo, escapar era un arte que había dominado tras evadir tanto tiempo a la muerte.

Sin embargo, no podría siquiera hacerle un rasguño a la persona que tenía enfrente, solo verla hacía que algo dentro de mi alma se quebrase y perdiese toda la fuerza que me quedaba.

No quise decir palabra alguna, no quise ver su rostro.

Cerré mi único ojo y traté de apartarme, no quería escuchar su voz, no quería.

No, no podía.

—Hayato… No tienes por qué huir —comentó ella.

Dejé incluso de sentir el ether, la imagen de Shizu retorcía mi mente y la imagen de quienes habían muerto por mi culpa me juzgaban desde lejos.

Nuevamente, traté de zafarme de su agarre, pero ella insistió y me obligó a verla, a afrontarla.

—Nagisa, por favor —mascullé como rogando —.

Solo, yo solo… Pude ver lágrimas cubriendo su rostro.

—Hayato, no mueras.

No puedo perderlo todo, no de nuevo.

Cerré los ojos, no soportaba ver aquella escena.

—Justamente eso es lo que temo —comenté —.

No quiero verte morir, no quiero perder a nadie más.

Ella me dejó ir, observándome con fiereza o quizá determinación.

El rastro de las lágrimas permanecía en sus ojos, se acercó a mí tanto como pudo y me tocó el rostro.

—No puedes huir, lo sabes… lo sabemos.

Liam me contó sobre ti —entrecerró los ojos —.

Hayato, ese eres tú, no eres el espectro, no eres alguien que trae desgracia.

No te dejaré morir, porque hay muchos corazones que te aman.

¿Los cuerpos que se aferraban a mi cuerpo verdaderamente estaban ahí para atormentarme?

¿O quizá es que sus almas sabían que no podían dejarme solo?

Aquel día me pregunté aquello por primera vez.

Sabía que ninguno de mis amigos me culparía por su muerte.

Feng se sacrificó para salvarnos, mi madre murió por una enfermedad.

El tío, Merlín y mis compañeros de la aldea, combatieron por una causa mayor, sus muertes tuvieron un significado.

Por otro lado, mi muerte no habría significado nada.

Sí, quizá habría vengado a Shizu.

Pero eso era solo satisfacción personal, desde el inicio de mi cruzada tenía claro que ella no hubiese querido aquello.

En aquel momento, cuando mi mente estaba nublada con una densa niebla de recuerdos.

Me distraje del mundo real y mi mente terminó engañándome, pude ver a Shizu reflejada en Nagisa y observé a lo lejos al bastardo de vendas que tanto me había atormentado.

Reaccioné por instinto, la tomé de la cintura y retrocedí valiéndome únicamente de mi propia fuerza física.

Casi al instante, Nagisa se soltó de mi agarre algo confusa.

Me cubrí el rostro apenado al ver a la figura desvanecerse, era solo una ilusión.

—Lo siento —murmuré —.

Yo, solo… creo que necesito descansar.

Regresé a la cabaña con mi rostro aún cubierto y decidí apartarme de la realidad hasta ganar un poco de control sobre mi mente.

Por suerte ya podía escuchar la voz distante de Shyun, pero ahora existía algo espantoso que me torturaría a partir de ese día.

Tentación.

No merecía amar, no entendía mi cuerpo y odiaba mi mente.

Al ver a Nagisa no veía simplemente a una mujer, observaba una existencia que relacionaba con Shizu y, no solo eso, deseos carnales me invadían.

Podía hacer poco más que regañarme en silencio, atormentarme por no lograr controlar al cuerpo y la mente.

¿Cómo es que era posible que pensase en esas cosas?

¿Me había vuelto loco?

¿O acaso estaba tan necesitado?

Tenía ganas de rasgarme la piel con un cuchillo para distraerme de aquellos deseos.

Era un sentimiento extraño y peligroso, si usase el ether en aquel momento, probablemente no podría controlarlo del todo.

La mente antes que el cuerpo, decía Hideaki.

Cuerpo, mente y espirítu, recalcaría Yao.

Me senté en una esquina, sosteniéndome la cabeza con ambos brazos mientras trataba de distraerme.

Hablar con alguien usualmente sería suficiente distracción, pero ya había pasado un tiempo desde que me había permitido ser yo mismo, desde que me había permitido ser humano.

No podía dejar de imaginar a Shizu, tampoco podía detener la atracción que sentía por Nagisa.

Maldije mi cuerpo y mente.

Cerré los ojos y dejé que las aguas de la inconsciencia me permitiesen descender a un lugar seguro.

—Shyun, puedo escucharte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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