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Cronos: Tale of the dark adventurer - Capítulo 95

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Capítulo 95: Cuál árbol torcido

Cuál árbol torcido

Fui derribado de repente. Quedando anonado al ver a Nagisa frente a mí. Se encontraba jadeando de cansancio y con ojos llorosos. No pude permitirme ver aquello, aparté la mirada sin pensarlo. A lo que ella levantó el cuello de mi camisa y me golpeó en el pecho.

—¿Se puede saber qué haces? Acabo de salvarte, no puedo perder… —Detuvo su frase, cubriendo su rostro enrojecido.

Estaría mintiendo si dijese que no reaccioné de forma similar. Me quedé sin palabras, tanto así que el miedo que había tratado de ignorar se desencadenó nuevamente. Sus hermosos ojos llenos de determinación amenazaron con contemplar mi alma.

La aparté, confundido. El rostro que vi no le pertenecía a ella, no, podía contemplar la sonrisa de alguien que ya no estaba ahí, su silueta se reflejaba sobre el cuerpo de la bella dama que se había decidido a salvarme.

—Shizu… No dejaré que pase de nuevo.

Nagisa estaba confundida, aterrada. Era la primera vez que conocía realmente a la cosa en la que me había convertido. Contempló la mirada vacía del espectro, en aquel momento, sentí mi alma vacía.

De no ser por la voz de Shyun, lo más seguro es que hubiese perdido la cordura en aquel instante, pero, mi instinto me dictó otra cosa, estaba claro que había un asunto más importante que lamentarme o lanzarme a morir.

—¿Hayato?

Acaricié el rostro de Nagisa, mis emociones me controlaron por completo.

—Tú no morirás, no dejaré que pase. Porque te amo, Shizu.

Me pregunto, ¿había perdido la cabeza en ese instante?… Huele a sangre. No puedo escuchar la voz de Shyun. Ni tu voz, Nagisa. Ahora mismo, lo único que queda, es un recuerdo. Un cadáver perdiendo su calor, una sonrisa llena de amor puro.

Una figura hecha de ilusiones. Un odio profundo.

Matar al heraldo, esa es la misión que decidí aceptar. Ya que, era algo que planeaba hacer de todos modos. No tenía claro si se trataba de mi linaje o de una rabia que había contenido tras un manto de tristeza, pero, en ese momento, puedo afirmar que “ese tipo” no era yo.

[…]

El bosque azabache, que alguna vez fue un hogar amoroso para los descendientes de leyendas. En ese lugar, la santa del colmillo divino contempló el nacimiento del “espectro”. Un viejo amigo, un ser querido. Un monstruo invadido por la venganza.

Se podía sentir el olor a sangre fresca en el aire, la batalla constante en la frontera no parecía frenarse. Caballeros del imperio descendían del cielo montando a sus pseudo dragones, ignorantes del peligro acechante que yacía en aquel lugar.

—Huele mal, hay sucios traidores en esta tierra —declaró aquel hombre con la vista perdida.

Ella trató de tomarle la mano, de ayudarlo, pero estaba aterrorizada. Cada instinto de su cuerpo le advertía que: Aquel hombre dispuesto a dar la vida por ella, no era algo que pudiese ser llamado humano.

—Shizu, ¿dijiste algo? Ah, perdón. ¿Shyun? No puedo escucharte.

El hombre desenvainó aquella espada de filo plateado, clavando su mirada hacia el bosque. Luego, volteó a ver de reojo a la santa, pero no la veía a ella, no. Veía la sombra de una mujer que ya no estaba, pero él ya había dejado de comprender aquello.

—Shizu, volveré pronto, ¿vale? —declaró ante la mujer confundida.

Antes de que ella pudiese reaccionar, él la apartó. Las nubes del cielo se arremolinaron sobre su cabeza y fuertes corrientes de viento lo rodearon. Se preparó, agachándose ligeramente mientras sostenía la espada sobre su cabeza.

—Primero, llamaré su atención —dijo para sí mismo.

Las corrientes de viento se arremolinaron alrededor de la espada, con un simple movimiento, realizó un corte de tal fuerza que, todos los árboles del bosque fueron derribados por la presión del viento.

Una sensación fría invadió el cuerpo de la santa, temblorosa, perdió el enfoque de la vista por un segundo y, en ese mismo instante, el hombre se había desvanecido entre la maleza. Clavó su espada al suelo y luego apoyó sus piernas temblorosas sobre ella.

Por su parte, el hombre al que llamaban “espectro” se dirigía hacia el campo de batalla con una velocidad mayor a la de un ave rapaz recorriendo los cielos. Ignoró a los soldados Acadianos y centro toda su atención en la brigada de caballeros de armadura carmesí usando espadas gigantes.

No pensó en la seguridad de los caballeros, ni siquiera se había dado cuenta de que estaban ahí. En ese momento, ellos no eran más que hormigas para él. Sin pensarlo mucho, junto sus manos y todos se dieron cuenta de su presencia.

Las corrientes de viento frío y caliente se juntaron bajo su comando, había creado un tornado lo suficientemente fuerte para destrozar un poblado pequeño. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro mientras el arco etéreo se formaba en sus manos.

—Ahora, veamos si sobreviven a esto —declaró mientras disparaba una flecha de fuego azul.

El tornado se prendió en llamas y el silencioso bosque fue decorado por gritos de dolor de invasores y humanos por igual, pero su vista estaba clavado en el único que no parecía haber sido afectado por el ataque.

Afiló la vista, y en cuanto logró vislumbrar su figura, se lanzó a toda velocidad con las corrientes de viento rodeando su espada. El heraldo se preparó para recibir el ataque, tenía su vista clavada sobre el “espectro” del que tanto se hablaba entre los suyos.

—¡Ahí estás, heraldo asqueroso! —gritó el joven en cuanto sus armas colisionaron.

El caballero de armadura carmesí simplemente se limitó a apartarlo usando más fuerza en su arma, observó anonadado como grietas y muescas se habían formado en el filo. Pero sabía que no tenía tiempo para pensar, porque en ese preciso instante, bloqueó una ráfaga de proyectiles de fuego azul con el lomo de su espada.

—¿Eres tú quien acabo con el apóstol de la melancolía, humano?

El espectro detuvo su avance, contempló al caballero y hubo un breve silencio.

—Sí, yo lo maté.

Tras otro silencio, ambos levantaron sus armas y se prepararon para atacar. La mayor preocupación del heraldo era la naturaleza destructiva y engañosa de los ataques de su adversario. No era como otros humanos a los que había abatido, ese humano, era casi tan poderoso como aquellos a los que llamaban santos.

—No me contendré, mi nombre es Larisk Al’Daer, aquel que ha sido bendecido como heraldo de la ira. Caerás bajo mis manos, espectro.

El joven no reaccionó al principio, se limitó a ver hacia atrás por un momento y luego revisar los alrededores. Tras ello, volteó su atención hasta el heraldo.

—¿En serio? Bueno, supongo que podrías ser capaz, pero, no me dejaré matar tan fácil, ¿sabes? Después de todo, tengo que regresar con Shizu.

Ambos levantaron las armas por encima de sus cabezas, en un parpadeo, el demonio propinó un tajo descendente, pero su rival ya estaba detrás de él. Uno, dos, ¿cuántos cortes habían sido? Soportó el dolor y aprovechó para agarrar al joven de una pierna y lanzarlo hacia el suelo.

El joven escupió sangre y, en cuanto el heraldo trató de continuar sus ataques, el joven ya se encontraba sobrevolando el terreno. Juntó sus manos y todos los árboles de la zona ardieron una vez más.

Se podía notar la respiración pesada del espectro, él planeaba terminar con todo de un solo golpe, y, para lograr aquello, no se contendría en lo más mínimo. El aire de la zona se volvió escaso, el demonio pudo sentirlo, su cuerpo se iba desorientando de a poco.

El ataque de aquel joven era tal que, parecía que el sol brillaba con todo su esplendor sobre los restos de aquella aldea olvidada. El demonio se dio cuenta de lo que estaba a punto de pasar, todos sus instintos le gritaron que no podría huir de ese ataque.

Pero este no tuvo miedo, respiro profundo y empezó a enumerar cada parte no vital en su cuerpo, calculó cuántos litros de sangre necesitaría para permanecer con vida y enlisto cada cosa valiosa que llevaba encima.

Aquel hombre, aquel heraldo, no podía permitirse perder, no ante un desquiciado tan similar a aquellos maniáticos que tanto odiaba. Para cazar a un verdadero demonio, uno debe convertirse en uno. Aceptó el título de heraldo para proteger a su raza, quizá ese momento había llegado finalmente.

Abandonó su armadura, sus riquezas y sacrificó cuánto pudo de su cuerpo, por último, activó la autoridad que se le había conferido, con todas sus fuerzas, se preparó para repeler el ataque devastador que aquel hombre había preparado.

La espada se cubrió de un manto carmesí que lentamente transformó su filo en uno similar al del rubí más precioso que jamás hubiese presenciado. No sería extraño exagerado compararla con el mejor trabajo de algún herrero de reliquias.

—¡Mi nombre es Larisk! ¡El heraldo de la ira! —hizo una pausa, su voz era quebradiza y sus piernas temblaban de miedo —¡Yo seré quien te detenga! ¡Espectro!

En ese momento, algo resonó dentro del alma del joven. Este se detuvo un momento, su cuerpo temblaba, como si se estuviese resistiendo a lanzar aquella técnica. Sin embargo, esa duda no fue suficiente.

Una explosión, no sería suficiente para definir aquello. Un pilar de fuego, uno que solo podría asemejarse al ataque devastador del señor del fuego, descendió hacia el demonio. No, hubo tiempo de reaccionar, sus esfuerzos habían sido en vano.

La espada se evaporó y el metal se derritió, los árboles ardieron por completo y la tierra terminó de morir. Todo rastro de cuerpos se había marchado y todos los que se encontraban cerca de aquel páramo olvidado, observaron primeramente aquel pilar de luz.

Tras verlo, un ruido ensordecedor, un chirrido capaz de hacerlos caer debido al dolor fue lo que presenciaron. Un heraldo había caído, pero, no fue bajo la mano de un hombre. Él no era consciente, pero, “el espectro” era más bien un arma.

Sin embargo, sería estúpido creer que la batalla había terminado tan fácilmente. El joven no se había dado cuenta, pero, el caballero también estaba dispuesto a darlo todo para ganar. Vio como las cenizas se juntaban forzosamente.

De ella nació un monstruo, piernas largas, trataba de asimilar la forma de un dragón. Su cuerpo cambiaba constantemente, regenerándose mientras se destrozaba, a duras penas podía mantenerse en pie.

Decidió bajar, contra todo pronóstico. La criatura se mostró hostil, pero este no trató de atacarla. En cambio, se arrancó el parche y caminó directo hacia ella. Dejó que sus ataques le dieran de lleno, no fueron más que rasguños.

—Lo siento, al final, te has transformado en una bestia por mi culpa.

Escuchó los pasos vacilantes que se acercaban, su cuerpo estaba siendo teñido por cortes semi profundos, su armadura se iba haciendo jirones de a poco. Pero no le importó, en ese momento, solo logró sentir lástima y arrepentimiento.

—Te ruego, no me perdones.

De un tajo, la bestia fue liberada de su sufrimiento, no fue más que un esfuerzo vano por detener a un monstruo. Si los invasores eran bestias desalmadas para la humanidad, para ellos, el espectro era una historia de terror para contar en sus campamentos.

¿Pero como podría un humano entender eso? Para ellos, quizá él era visto como un héroe. Es gracioso, ¿no? Un héroe. Hayato no podría escuchar eso sin reírse, ¿Un héroe? ¿Alguien con sus pecados? ¿Una persona tan inútil?

—¡Hayato! ¡Por favor, regresa!

[…]

Escuché una voz, en ese momento pude regresar por completo. Estaba aterrado, ¿en verdad me había transformado en algo tan inhumano? ¿Cómo podría ver a mis seres queridos en el otro mundo?

—¿Shizu? No, no, tú eres… Nagisa.

Pude ver una expresión aliviada dibujarse en su rostro, lágrimas escaparon lentamente, decorando su rostro como bellos diamantes. Lo había olvidado, la razón por la que podía ver a Shizu en ella, era porque también había amado a Nagisa.

¿En serio puedo permitirme esto?

Puedo amar a alguien, ¿después de todo el dolor que he causado? Es un sentimiento egoísta, lo sé, desde lo más profundo de mis entrañas. Una voz en mi mente reniega, no es Shyun, no, es alguien nuevo. El espectro está susurrando a mis oídos.

Sin embargo, al ver su rostro, no puedo soportarlo.

—¿Nagisa? —cuestioné.

—¿Sí? —replicó ella mientras limpiaba sus lágrimas.

—Perdóname —declaré vacilante.

—¿Eh? ¿Por qué?

No entiendo qué me pasó. En aquel momento, egoístamente renegué de mi pasado, de mis preocupaciones. Quizás ya estaba demasiado roto como para preocuparme por algo, quizá fue un error. Era incapaz de saber las consecuencias de mi acción, pero de todas formas, lo hice.

La tomé de la cintura, ella se exaltó, pero no me detuve. Sin decir una palabra más, la acerqué a mí, y le arrebaté un beso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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