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Cultivación prohibida (+18) - Capítulo 275

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275: Nanaya 275: Nanaya –Tan sensual por el culo.

Sabes, hace tiempo que no lo hacemos por allí– me provoca Hong tras follar a Lin Tao.

Así que, mientras mi pervertida mamá se recupera, acuesto bocarriba a Hong.

Le hago tirar las piernas hacia atrás, exponiendo su vagina y su ano.

Le hago coger sus piernas con las manos mientras las mías y mi lengua estimulan su vagina y su clítoris.

Aún se está corriendo cuando me agacho y penetro su vagina.

Entro y salgo de ella mientras mis dedos, lubricados, entran en su culo.

Primero uno.

Luego dos.

Hasta tres.

Ella, totalmente expuesta y ofrecida a mí, solo gime sin parar.

Hasta que tiene un fuerte orgasmo.

Al apretarse, su vagina me tienta.

Y me dejo llevar por la tentación de llenarla.

Ha sido más rápido de lo normal.

Por la sencilla razón de que no era el plato principal.

Solo un aperitivo.

Tampoco esta vez la dejo descansar.

Mientras aún tiembla, penetro su culo.

–¡¡¡¡AAAAAAAAAHHHH!!!!

¡KOOOONNNG!

¡MALO!

¡¡¡¡AAAAAAAAAHHH!!!!– me acusa mientras gime.

–Aún no he sido suficientemente malo~ la amenazo.

Sin más demora, empiezo a moverme dentro de ella.

Más y más rápido.

Follándola a placer.

Al placer de los dos.

Que llega a la cúspide unos minutos más tarde cuando nos corremos los dos.

–¡¡¡¡AAAAAAAAAAHHHHh!!!!

¡Lo noto salir dentro!

¡Es caliente!

¡¡¡¡AAAAAaaaahhhHHHH!!!!

¡Espera!

¡Para un momento!

¡¡¡¡¡AAAAAAAaaaaahhhhhh!!!!!

¡NO!

¡¡AAAAAAAHHH!!

¡No pares!

¡¡¡AAAAAAAAHHHHHH!!!– se contradice entre gemidos.

Acaba realmente exhausta.

Casi pierde el conocimiento.

Y me acusa entre jadeos.

Mientras saboreo un poco de su leche succionando sus pezones.

Quizás me he pasado un poco.

Claro que después se vengan las dos de mí.

A Lin Tao puedo de nuevo devorarla a placer.

Pero Guo Xua decide cabalgarme.

Tener el control.

Al principio, un tanto insegura por ser su culo el penetrado.

Pero acaba ganando confianza.

Hong también cabalga a mi otro yo.

Sin dejar de amenazarme.

Y luego besándome apasionadamente.

Mientras su culo es de nuevo llenado una y otra vez.

Al final, acabamos todos sobre la cama.

Ellas riéndose.

Guo Xua quizás algo abochornada.

Aunque le ha gustado.

O quizás por eso.

Nos quedamos acostados, descansando.

Yo acariciándolas.

Cuando me acuerdo de que quería darles algo.

Con tanta pasión, se me había olvidado.

Y tampoco Hong me lo ha recordado.

Saco un collar y se lo pongo alrededor del cuello de Lin Tao.

Es sencillo y elegante.

Con una piedra azabache del color de su pelo.

Mi otro yo hace lo mismo con Guo Xua.

Su gema es morada, también haciendo juego con su pelo.

–Gracias, esposo, es bonito– se lo queda mirando, embobada.

–No solo bonito.

Te protegerá si es necesario– le aseguró.

Ella se tapa la boca, mirándolo asombrada.

Ella es una sirvienta.

Un artefacto, por sencillo que sea, está fuera de su alcance.

–No deberías, es demasiado– oigo decir a Guo Xua.

Sus quejas son acalladas con un beso.

Luego otro.

Hasta que acaba aceptando la dulce e íntima persuasión.

Los collares no son tan valiosos.

Pero no suelen estar al abasto fuera de la secta.

Por lo que son muy caros.

Los ha hecho Yan Xiulan a mi petición.

Activan un escudo de qi si sienten peligro.

O si ellas lo quieren.

Las debería proteger de alguien en uno de Alma por casi medio minuto.

Debería de ser más que suficiente para ellas.

Lin Tao no necesita persuasión.

Es ella la que inicia un largo y húmedo beso.

Cuando acaba, puedo ver las lágrimas en sus ojos, emocionada.

La vuelvo besar.

Cuando se acaban durmiendo, me vuelvo hacia Hong.

–¿Estás lista para la tercera ronda?– la miro desafiante.

Ella sonríe.

Alarga sus manos hacia mí para que la coja en brazos.

La bajo al mostrador.

Donde invoco a las demás.

Y empezamos una orgía con todas.

La última de Hong en unas semanas.

A no ser que organicemos otra, claro.

————— Dos días después, bajo a la ciudad por la tarde.

Con Bei Liu y Bi Lang.

Sin ningún tipo de máscara o velo para ocultar nuestros rostros.

Normalmente, sería reacio.

Ni quiero arriesgarme a que Dai Fen me tienda otra trampa.

Y menos involucrar a mis dos preciosas acompañantes.

Pero, en esta ocasión, no hay peligro.

El camino de la secta al templo va a estar hoy muy transitado.

No es que yo tenga especial interés en ir, pero ellas insistieron.

Mientras disfrutábamos de la calidez de nuestros cuerpos, tras una sesión de sexo más bien suave e íntimo.

–¿A qué dios veneras?– me preguntó Bi Lang.

Al día siguiente, era la visita anual al templo.

Un día de devoción.

–A ninguno– contesté sin pensarlo.

–¿¡Ninguno!?

¿Sabes que te pueden dar una bendición?– se sorprendió Bei Liu.

–¿Oh?

¿Tenéis alguna?– me muestro curioso.

–No.

Ninguno de los ventipico dioses a los que hemos rezado nos ha dado una.

Tacaños…– se quejó Bi Lang, inflando los mofletes.

La miré sin saber qué decir.

¿Dioses?

¿Ventipico?

¿Habían ido de dios en dios buscando una bendición?

Aunque supongo que no es imposible.

Los esclavos no tienen la oportunidad de rezar en el templo.

No vaya a ser que reciban una bendición y sea un problema conservarlos como esclavos.

De todas formas, se supone que una bendición te la pueden dar si muestras suma devoción.

No saltando de uno a otro.

Su manera de afrontar la fe es un tanto especial.

Lo cierto es que no es raro rezar a más de un dios, pero lo suyo es exagerado.

–¡Pero tú puedes intentarlo!

¡Igual lo consigues!

Sabes, hay un dios del sexo… Le he rezado varias veces… ¡Mañana vamos!– exclamó Bei Liu.

–¡Buena idea!

Vienes, ¿verdad?– me miró su amiga.

Como negarme.

No pude.

Y aquí estamos hoy.

También está Yin Xiulan, a la que casi han arrastrado.

Fen Huan se ha negado.

Pen tenía curiosidad, así que también viene.

A Ye Bi la han invitado, pero estaba ocupada.

No sé si era una excusa.

Han conseguido convencer a Tai Feng y Yawen.

Ella tenía curiosidad.

Nunca ha ido al templo.

A él le daba un poco igual.

En cuanto a las chicas, ninguna tenía un especial interés en ir.

Además, aunque hoy es un día especial, se puede ir cualquier otro.

Sería más fácil con menos gente.

Aunque haya que pagar una “donación”.

Hoy es gratis Realmente hay mucha gente.

De la secta y de la ciudad.

Incluso de zonas de alrededor.

Por suerte, el templo es grande.

Y solo se necesitan unos minutos para rezar al dios elegido.

–Este es el dios del sexo.

Ya le rezamos hace tiempo.

¿Vienes con nosotras al nuestro?– me pide Bi Lang con unos ojos que me impiden negarme.

La verdad es que están preciosas.

Y eso que no llevan uno de sus vestidos cortos.

Hoy apenas muestran piel.

Pero sus curvas son perfectamente identificables.

La forma de sus nalgas se dibuja a cada paso, cuando la tela se aprieta en ellas.

Me resulta difícil no mirar sus traseros.

Su ropa hace juego no solo con su pelo y sus ojos, sino con también entre ellas.

Y conmigo.

Me he puesto la ropa que han hecho para mí.

Y que no me habían enseñado hasta hoy.

Yan Xiulan se queda en una diosa de artesanos.

Hemos quedado fuera al salir.

Tai Feng y Yawen eligen uno de los muchos dioses guerreros.

Su estatua está de pie, apoyada en una enorme espada a dos manos.

Supongo que es adecuado para ellos.

Pen estaba mirando alrededor, visiblemente impresionada.

Yo también.

Al final, ha elegido una diosa que estaba de pie pisando a alguien.

Y llevaba un látigo.

Debe de haberse sentido próxima a ella.

Mis guías eligen un dios con la parte de arriba descubierta.

En una mano lleva una fruta.

¿Una manzana?

Que está mordiendo.

En la otra, una copa de vino.

Está acostado.

–Es el dios del gozo.

Y es guapo– susurra Bei Liu.

Me sonríe –.

Casi como tú.

Estoy seguro de que me hubiera besado si no estuviéramos en el templo.

Su amiga sonríe.

Se arrodillan ante la estatua.

Yo las imito.

Cierro los ojos como ellas.

Es todo lo que hay que hacer.

Si tienes suerte, uno entre miles, quizás sientas algo.

Si tienes mucha suerte, puedes incluso ser bendecido.

Quizás, uno entre millones.

Al menos, entre cientos de miles.

Lo normal es rezar y no sentir absolutamente nada.

Incluso se dice que hay apóstoles que pueden escuchar las palabras del propio dios.

Así que no tengo mucha esperanza.

La verdad es que, si no fuera por ellas, ni habría venido.

Pero a pesar de ello, entono el cántico escrito bajo la estatua en mi mente.

Realmente, no parece un cántico muy sagrado.

–… al placer de un buen vino, sobre sábanas de seda… De repente, noto como si alguien me estuviera mirando.

Más allá del templo.

Más allá del cielo, de las estrellas.

Siento su hostilidad.

Siento el miedo empapar mis huesos como nunca me había pasado.

Quiero abrir los ojos, pero soy incapaz.

No entiendo qué está pasando.

Nunca había escuchado que algo así pudiera suceder.

La presencia se va acercando a una velocidad que no puedo entender.

Percibo una sensación asesina.

Estoy aterrado, incapaz de reaccionar.

La presencia es cada vez más certera.

Quiero gritar, pero puedo abrir la boca.

De repente, se desvanece el peligro.

En su lugar, hay una presencia que me mira con curiosidad.

En cierto modo, más íntima.

Incluso puedo distinguir una borrosa y voluptuosa silueta.

–Soy Nanaya, querido, diosa de la sensualidad, aunque algunos se refieren a mí como de la lujuria.

También soy la diosa que te ha otorgado tu bendición.

La Residencia es mi obra, mi regalo– se introduce.

No puedo sino abrir mucho los ojos.

Bueno, al menos es como lo siento.

Los sigo teniendo bien cerrados.

–No vuelvas a rezar en un templo, a no ser que encuentres uno de los míos.

Mis enemigos han sentido mi bendición, y querían eliminarte.

Esta vez, he podido intervenir, pero han logrado descubrir en qué mundo estás.

Te buscarán a través de sus acólitos.

Así que sé discreto.

No pueden hallarte si no les das pistas.

Sobre todo, sé precavido ante los sirvientes del traicionero y arrogante dios del fuego Gibil.

Quisiera decirte más, pero no hay tiempo.

Ahora despierta.

Es mejor no darles más oportunidades.

Suerte, querido.

Te estaré esperando.

Siento como si me besara en los labios.

A pesar de no tocarme.

Y mis ojos se abren de golpe.

Estoy sudando.

Y temblando.

Ellas aún tienen los suyos cerrados.

Me seco la frente.

Miro alrededor, nadie parece estar mirándome, o haber notado algo fuera de lugar.

Suspiro.

Ha sido muy extraño.

Pero no puedo negar que lo he sentido.

¿Dioses que me quieren matar?

¿Bendecido?

Todo suena muy distante y peligroso.

Sin duda, pienso ser lo más discreto posible.

Mientras espero e intento calmarme, distingo a lo lejos a Guo Xua, Lin Tao y Hong.

Van hacia una diosa con barriga abultada y varios niños esculpidos alrededor.

Debe de ser alguna diosa relacionada con la maternidad.

Veo otra mujer embarazada rezando allí.

–¿Estás bien?– oigo entonces una voz preocupada.

Las dos me están mirando fijamente.

Parecen extrañadas y algo inquietas.

Les sonrío.

Dejo aparcado lo que he vivido mientras rezaba en un rincón de mi mente.

–Estoy bien.

Pero casi me caigo hacia atrás– miento, medio riéndome.

Ella se ríen por lo bajo.

Me cogen de la mano.

No estoy seguro de si se lo han creído.

Diría que sí.

–¿Alguna bendición?– me pregunta Bi Lang con curiosidad mientras nos vamos.

–Nada nuevo.

¿Y vosotras?– respondo.

Es media verdad.

Ninguna bendición nueva.

–Yo nada.

Otro tacaño– se queja en voz baja Bei Liu.

–Nada– confirma también su amiga, cabizbaja.

–Bueno, al menos he podido ver el templo.

Es increíble– reconozco.

Ellas asienten.

Vamos saliendo poco a poco.

Siguiendo la fila de visitantes que salen.

Paralela a la fila de los que entran.

En la cual, por unos instantes, me cruzo con Dai Fen.

Él me ve.

Nos miramos.

Aprieta los dientes.

No puedo evitar burlarme de él.

Sonriendo con desdén.

Guiñándole un ojo.

Él casi sale de su fila para atacarme.

Lo que hubiera sido una grave afrenta al templo.

No sé si ha logrado contenerse o lo han retenido.

Pero me sigue mirando mientras camina.

Con odio.

No me preocupa provocarlo.

Ya me quiere muerto.

Ya es mi enemigo.

Y el de Tan Huo.

–¿Quién es?– pregunta Bi Lang, extrañada.

–Dai Fen.

Ellas abren más los ojos y asienten.

Les he hablado de él.

Saben que es mi enemigo.

Que quiere matarme.

Lo miran un momento con odio.

Y me aprietan más de la mano.

Fuera, nos reunimos con los demás.

Ninguno ha recibido ninguna bendición.

Bei Liu y Bi Lang les han preguntado.

Nos vamos todos a comer.

Hay puestos improvisados de comida fácil de llevar.

Parece ser que los ponen cada año.

Y tienen algunos platos especiales de este día.

Así que acabo llamando a un par de las chicas tras una esquina.

Las que estaban preparadas.

Tras pararme un momento para atarme un zapato.

Para que compren lo que quieran.

Para todas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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