Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 12
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Capítulo 12: Alianzas
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
Aun exhausto y adolorida a pesar de mi regeneración tan loca, me sumergí en mi psique.
Seguir el flujo de chakra del Kyūbi fue casi instintivo. La meditación se había convertido en una segunda naturaleza para mí, un estado donde mi mente se desprendía del mundo físico y se enfocaba en lo esencial. A diferencia de mis incursiones anteriores en el sello, caóticas e involuntarias, esta vez entré con total control sobre mi conciencia.
Cuando abrí los ojos, ya estaba dentro del sello, pero algo no encajaba. Sentía mi cuerpo. No era un simple reflejo mental ni una proyección ilusoria de mi conciencia… todo se sentía real. Examiné mis manos, flexioné mis dedos, pisé el suelo con firmeza. Era como si realmente hubiera entrado en otro mundo, pero este cuerpo era como el de un clon de sombra, mio y no al mismo tiempo.
El pasillo que se extendía ante mí era largo y oscuro, con tuberías metálicas recorriendo las paredes y el techo. El agua cubría mis tobillos, gélida y turbia. Cada uno de mis pasos resonaba con un eco inquietante, como si este lugar no tuviera fin.
Después de caminar durante un tiempo en aquellos pasillos, finalmente llegué a la jaula, no me detuve a mirar los ojos rojos que me observaban desde la penumbra. En su lugar, enfoqué mi atención en el entorno. Algo dentro de mí me decía que este lugar no era simplemente una representación de mi subconsciente. Era más que eso, más que una abstracción del sello.
Era un espacio real, fue entonces cuando comencé a hacer hipótesis basadas en mis observaciones actuales. El Kyūbi no podría ser sellado dentro de mi cuerpo. Debería ser colocado en una dimensión de bolsillo.
La realización me golpeó como un relámpago. Durante años, la creencia generalizada en el fandom era que un Jinchūriki contenía físicamente a su Bijū dentro de su cuerpo, que sus entrañas servían como una prisión para estos titanes de chakra. Pero eso no tenía sentido, era imposible.
Un humano, por muy poderoso que fuera, no podía contener algo tan inmenso como un Bijū dentro de su estructura biológica. El chakra de un Bijū no era solo una masa de energía; era un océano sin límites, una tormenta viva capaz de arrasar naciones. No importaba cuánto fortaleciera mi cuerpo o mi red de chakra, simplemente no había espacio suficiente en un ser humano para albergar una criatura de tal magnitud.
Entonces, ¿cómo lo lograban los sellos contenerlos?
Solo podía suponer con lógica lo imposible de que un humano contuviera a esas enormes masa de chakra consiente. Usando mi qi para sentir mi alrededor me di cuenta que estaba aislado del exterior en este lugar, no era parte de mi cuerpo o sentiría mi propio qi en todos lados a mi alrededor.
Esto solo podía significar que los Jinchūriki no podían contenían a los Bijū dentro de sus cuerpos. La única respuesta lógica para este espacio y como se contenía a los bijuu con humanos, era que estos hacían de nexo, la conexión, la llave que unía el mundo real con la dimensión de bolsillo en la que estaban atrapados.
Mis manos tocaron los enormes barrotes y sintiendo como al intentar infundir mi chakra este no podía penetrar en ellos, era como si fueron repelentes al chakra. Solo podía suponer que el sello no era solo un mecanismo de restricción, era la cerradura que mantenía esta posible dimensión sellada.
Mi cuerpo no era la prisión, era la puerta. Y eso explicaba lo que pasaba cuando un Jinchūriki moría. El Bijū no desaparecía ni quedaba atrapado para siempre. La dimensión de bolsillo no debería desvanecerse de inmediato.
Usando conjeturas, viendo similitudes con matrices cárcel, que había leído; deberían actuar de manera similar, con la muerte del contenedor la “puerta” se rompía, el nexo con la realidad se colapsaba y el espacio sellado comenzaba a deteriorarse lentamente. Con el tiempo, el chakra del Bijū se filtraba poco a poco en el mundo real, como una vasija agrietada que derrama su contenido. Los fragmentos de su esencia se dispersaban, flotando en el vacío hasta que finalmente se reformaban, reuniéndose de nuevo tras años o incluso décadas.
Era un ciclo inevitable. Eso explicaría, como el Sanbi reapareció después de la muerte de su último Jinchūriki, no fue una resurrección, sino una reconstitución natural de su chakra, la consecuencia de un sello que había perdido su ancla.
Pero esta hipótesis tenía implicaciones aún más grandes. Si los Bijū eran mantenidos en dimensiones de bolsillo, entonces los pergaminos de sellado también debían operar con un principio similar, aunque a una escala menor. Un simple trozo de papel no podía contener físicamente armas, herramientas o cadáveres. Lo que hacía era abrir un acceso a un espacio alternativo, almacenando el objeto en su interior hasta que fuera liberado.
Sin embargo, la prisión de un Bijū debería ser mucho más compleja que un simple pergamino. Incluso el Shukaku, con el sello inestable de Gaara, no podía liberarse. Solo podía crear sus alborotos porque la conexión entre Gaara y la dimensión sellada aún existía. Lo único que podía hacer era aprovechar la debilidad de la puerta, filtrándose través de ella, pero no podía romper el sello.
Si eso era cierto, entonces solo un clan tenía la capacidad de crear sellos de esa magnitud, los Uzumaki. Pero eso me llevó a una nueva pregunta. ¿Cómo obtuvieron las demás aldeas los sellos necesarios para crear sus propios Jinchūriki?
Konoha tenía acceso a los conocimientos de los Uzumaki gracias a su alianza con Uzushio. Mito Uzumaki fue la primera en sellar al Kyūbi, lo que demostraba que sus técnicas eran superiores a cualquier otra aldea, después de todo antes de Kurama solo el Shukaku fue sellado, ninguna otra bestia con cola sufrió ese destino ademas de el.
¿Pero qué hay del resto de aldeas?
¿Hashirama compartiría voluntariamente estos sellos con otras naciones? Lo dudaba, el era un idealista, pero incluso él debía saber que dar a sus enemigos la capacidad de controlar Bijū en lugar de usarlos como disuasivos, era una amenaza para la paz. Entonces… ¿cómo lograron las otras aldeas sellar a sus bestias de manera tan eficiente?
Pensé en la destrucción de Uzushio. ¿Por qué atacaron el País del Remolino?
Las excusas políticas eran una cosa, pero si los Uzumaki eran los únicos con los conocimientos para crear sellos lo suficientemente estables para crear prisiones… ¿acaso las aldeas buscaban ese conocimiento desesperadamente? Quizás obtuvieron a los Bijū, pero no tenían la capacidad de contenerlos de manera eficiente por sí mismos.
Quizás necesitaban los secretos del Fuinjutsu Uzumaki para crear prisioneros estables, para evitar que sus Jinchūriki fueran incontrolables. Mito nunca tuvo los problemas de los otros Jinchūriki. El Kyūbi nunca escapó de su sello ni la dominó a diferencia de Kushina. ¿Podría ser que su método de sellado fuera superior al resto?
Si esa era la verdad… entonces la caída de Uzushio no deberia ser un simple acto de guerra. Fue un saqueo. Un intento desesperado por obtener los conocimientos que permitieran a las aldeas controlar el poder de los Bijū sin depender de Konoha.
En medio de mis hipótesis y teorías, el habitante del sello se cansó de ser ignorado. Un resoplido profundo sacudió el aire, seguido de un gruñido grave que hizo vibrar mis huesos. El gigantesco zorro me miraba fijamente desde su jaula, su chakra palpitante cargado de un odio tan denso que casi podía tocarlo.
El antiguo Naruto ya había estado frente al Kyūbi antes, y aunque yo compartía esos recuerdos, detrás de mi fachada, un escalofrío recorrió mi espalda. La presencia de Kurama no era algo que pudiera tomarse a la ligera.
Sus ojos ardían con una inteligencia demasiado intensa mientras me analizaba. Para él, había pasado la misma cantidad de tiempo que para mí. Ambos habíamos vivido el año y medio que pasé cultivando en prisión. Y con la conexión de su chakra filtrándose en mi cuerpo, debía haber sentido los cambios anormales y la presencia de una energía desconocida.
—Humano… ¿qué has hecho? ¿Cómo obtuviste acceso a esa energía?—. Gruñó, su voz retumbando en el espacio en el que nos encontrábamos.
Fruncí el ceño. ¿A qué se refería? Hablaba como si reconociera el qi, pero eso no tenía sentido. Había sentido este mundo, el ambiente, y no existía qi en la atmosfera de este planeta. Solo había chakra, en su estado natural más crudo.
—¿A qué te refieres, Kyūbi?—. El gran zorro entrecerró los ojos ante mi pregunta.
—Ese poder que usas… es similar al del Viejo. No es igual, pero se parece demasiado. Dime, ¿cómo obtuviste ese poder?—. Su voz fue baja y amenazante
Me quedé en silencio por un momento, pensando seriamente en sus palabras. El “Viejo” solo podía referirse a Hagoromo Ōtsutsuki.
Tenía muchas dudas, pero solo había una forma de averiguar mas. Extendí la mano y concentré el Qi, dándole forma. Una pequeña esfera de luz dorada flotó sobre mi palma. No tenía otro propósito más que brillar, pero era Qi puro, sin una sola pizca de chakra en su composición.
—¿Te refieres a este poder?—. Kurama se quedó inmóvil. Sus pupilas se dilataron y su mirada se pegó a la esfera como la de una polilla atraída por la llama.
—Es el poder del Viejo… pero es incluso más concentrado…—.
¿Que eres?… ¿Acaso eres su reencarnación?—. Murmuró el gran zorro, apenas perceptible a pesar de su tamaño, su tono mezclaba confusión y un toque de miedo.
En sus más de mil años de vida, nunca debió haber visto a otro humano usar esta energía. Negué con la cabeza.
—Creo que empiezo a entender lo que está pasando—. Me acerqué a los barrotes y le lancé otra pregunta.
—Dime, Kyūbi… cuando absorbes la energía natural del planeta, ¿en qué se convierte? ¿En chakra… o en esto?—.
Con un clon como apoyo, creé un Rasengan normal en mi mano. Luego, lo alimenté con Qi, fusionando ambas energías en una mezcla homogénea pero bastante inestable debido a mi mal control de chakra. El resultado fue un Rasengan dorado, parecido al que Naruto usaba cuando entraba en el Modo Chakra del Kyūbi.
Kurama se atragantó.
—¿Cómo es posible…?. ¿Cómo puedes replicar mi poder? ¿Cómo puedes replicar la energía del planeta?—. Su voz tembló por primera vez
Su odio y animosidad se disiparon momentáneamente, sustituidos por una confusión genuina. Fruncí el seño, mi mente corriendo a toda velocidad para comprender las implicaciones de la presencia de qi en el chakra natural del planeta.
—Ya veo… supongo que tiene sentido—. Me acerqué aún más a los barrotes y extendí el puño hacia él.
—Sabes usar Ninshū, ¿verdad? Úsalo. Toma mi energía y compruébalo por ti mismo—.
Kurama dudó. Cada vez estaba más convencido de que el mocoso frente a el era la reencarnación del Sabio de los Seis Caminos. Finalmente, con reticencia, chocó su enorme puño contra el del mocoso rubio.
La energía de Kurama inundo y abrazo la energía del rubio, conectándose en armonía tal como el sabio les había enseñado a el y a sus hermanos. El Ninshū no leía mentes, no transmitía palabras.
Lo que hacía era conectar emociones, deseos y voluntades… además de compartir energía para unificarse y comprender mejor.
¿Comprender qué?, la respuesta es todo. Y en el instante en que lo hizo, Kurama lo sintió.
No era el chakra natural que abundaba en la atmosfera, que el usaba para rellenar sus grades reservas. Era diferente, esto era el poder puro del planeta. No la mezcla que normalmente absorbía, pues ahora comprendía que el chakra natural que abunda en todos lados era algo sucio en comparación con la energía que el chico poseía.
Era algo que él nunca había experimentado antes.
Kurama se estremeció. Toda su vida había absorbido energía contaminada por chakra, creyendo que esa era la esencia del mundo.
Juzgando la expresión facial complicada del Kyubi comprendí varias cosas. El Qi existía en este mundo, pero había sido enterrado, contaminado bajo algo más abundante, algo que lo eclipsaba completamente. No era que el Qi hubiera desaparecido, sino que estaba sofocado.
El chakra lo había consumido todo. Era tan abundante en el ambiente que encontrar rastros de Qi era como tratar de escuchar un susurro en medio de una tormenta. Intentar percibirlo con mi nivel de cultivación actual era inútil; simplemente no tenía la sensibilidad suficiente para distinguirlo entre la marea interminable de chakra que saturaba el mundo.
Pero entonces surgió una pregunta inquietante, si el Qi era la energía natural del mundo, ¿de dónde había surgido tanto chakra como para ahogarlo?
Mi mente recorrió incontables posibilidades. ¿Acaso los seres vivos lo producían de manera natural? No podía ser. Hagoromo fue quien otorgó el chakra y la capacidad de usarlo a los humanos. Sin embargo, los sapos ya manipulaban el chakra natural mucho antes de su llegada… lo que significaba que esa energía existía previamente.
La única respuesta que me venía a la mente era el Shinju, el Árbol Divino, la fuente de la fruta de chakra. Según recordaba, absorbía la vitalidad de toda forma de vida, y la vitalidad no es más que Qi, entonces el Shinju había estado transformando esa esencia desde tiempos inmemoriales. Llegó al planeta hace milenios si no recordaba mal, tiempo más que suficiente para inundar el mundo con chakra mientras condensaba su fruto, alterando para siempre el flujo energético del planeta.
No solo concedió chakra a los seres vivos, sino que alteró la estructura misma de la energía en este mundo. Si el Qi era el flujo natural, el Shinju había actuado como un filtro, absorbiéndolo y transformándolo en chakra. Miles de años de existencia significaban miles de años de contaminación. La energía original del mundo fue ahogada por el chakra residual del crecimiento del árbol, hasta que el equilibrio se rompió por completo.
Y entonces, se cerró el ciclo. Los humanos nacieron con chakra, vivieron con chakra y murieron liberando aún más chakra en el mundo. Con cada generación, la presencia del Qi se reducía, sepultada bajo una nueva capa de energía artificial.
El mundo no había perdido el qi. Solo había sido sumergido en un océano de chakra. Con esa hipótesis en mente, la única forma de confirmarla era seguir avanzando en el camino de la cultivación. Si realmente el qi aún existía en este mundo, solo oculto bajo el dominio del chakra, entonces con un nivel lo suficientemente alto debería ser capaz de percibirlo.
Si esto era cierto, entonces explicaría muchas cosas, especialmente el poder de Kurama. Podía absorber energía natural, lo que en la serie se conocía como senjutsu, pero ¿y si en realidad esa energía no era solo chakra natural, sino el qi que aún quedaba en el ambiente? Tal vez, sin saberlo, los usuarios del senjutsu estaban aprovechando esa energía primordial, combinándola con chakra.
Pero Kurama… él era diferente. No era un simple usuario de senjutsu, él mismo era un ser compuesto de chakra puro, nacido del Shinju, el mismo árbol que podria haber bañado el mundo en chakra durante miles de años.
Negando deje teorías de lado, debía centrarme en el ahora, tendría tiempo para todo eso mas tarde. El gran zorro seguía mirándome con desconfianza. No gruñía ni mostraba un odio visceral, pero la cautela era evidente en sus ojos rojos y penetrantes. Aun después de haber utilizado el Ninshū, su postura se mantenía firme. No confiaba en mí, y tenía motivos de sobra para ello.
Sin embargo, esta era una oportunidad que no podía dejar pasar. Si quería avanzar en mi camino, necesitaba respuestas. Inspiré profundamente y lo miré a los ojos con determinación.
—Kurama, quiero formar una alianza—. Mi voz fue severa.
Las palabras salieron de mis labios con naturalidad, pero en el silencio del sello se sintió como una bomba. Todo esto era un riesgo. Podría interpretarlo como una señal de respeto o como una amenaza, pero ya no había vuelta atrás. Kurama entrecerró los ojos y su mirada se volvió aún más aguda.
—¿Cómo sabes ese nombre? —. Su voz profunda resonó en el aire.
No respondí de inmediato. Cualquier mentira sería inútil. Kurama podía sentir la malicia y la falsedad en los corazones de los demás. No podía engañarlo.
—Digamos que vi lo que pudo ser nuestro futuro —. Respondí finalmente.
No le di más explicaciones. Era una verdad ambigua, lo suficiente para que se aferrara a la duda, pero sin darle nada concreto. Kurama no respondió enseguida. Por primera vez, parecía realmente considerando mis palabras. Y en ese momento supe que había sembrado la semilla de la incertidumbre. Solo quedaba esperar a ver si germinaba.
—Durante tu larga vida, debiste haber presenciado incontables eventos en el mundo humano. Incluso es probable que hayas oído los susurros sobre el País de los Demonios y su sacerdotisa, aquella líder capaz de prever el futuro en cierta medida. No sería la única… hay quienes han afirmado poder predecir lo que está por venir, ¿no es así? —. Mi voz era serena, transmitiendo mi sinceridad, no quería generar mas animosidad.
No buscaba provocarlo ni engañarlo, sino establecer una base sólida para el diálogo. Cada palabra que pronunciaba estaba cuidadosamente medida para no activar su habilidad sensorial de detectar emociones negativas. Kurama me observó con sus grandes ojos rojos, analizando cada fragmento de información que le daba. Tras un largo silencio, resopló.
—Tch. Charlatanes… —. Murmuró con desprecio.
—A lo largo de los siglos, he visto a más de uno que afirmaba conocer el futuro. Algunos se acercaron a mí y a mis hermanos, creyendo que podían usarnos para su beneficio solo porque descubrieron una pizca de historia. Todos pensaban que podían dominarnos—.
Kurama tenía razón en desconfiar. La arrogancia de los humanos siempre los había llevado a creer que podían someter fuerzas que ni siquiera comprendían. Pero yo no estaba aquí para someterlo.
—Es un buen punto —. Admití con sinceridad.
—Pero para demostrar mi voluntad de cooperar, voy a romper el sello que bloquea tu chakra—.
Los ojos de Kurama se estrecharon con suspicacia, pero no interrumpió.
—Debes entender que esto no abrirá la jaula. Sin la llave, la cerradura seguirá impidiéndote salir —. Expliqué con calma, midiendo mis palabras.
—Lo único que haré será eliminar la restricción que limita la cantidad de chakra que se filtra desde esta prisión. En teoría, esto debería permitirte acceder a mis sentidos e incluso tomar control de un clon de sombra, dándote un vistazo del exterior nuevamente. Sé que es poco, pero sin la llave no puedo ofrecerte más sin arriesgarme a morir si intentas escapar completamente del sello. ¿Será eso suficiente para demostrarte que busco una colaboración genuina?—.
Kurama no respondió de inmediato. Sus enormes ojos rojos me escrutaron con una intensidad que iba más allá de lo físico. Podía sentir su desconfianza y cautela, pero también su curiosidad. Durante nuestra conversación, no había detectado en mí el más mínimo atisbo de engaño. Finalmente, asintió en silencio, sin apartar su mirada de mí.
Sin perder más tiempo, invoqué desde el sello de mi palma un pincel y un pergamino. Frente a Kurama, me tomé unos momentos para plasmar un sello de exorcismo copiando el diseño desde mi libro de cultivación. Era un diseño simple, pensado para contener entidades menores que se aferraban a un huésped. Pero en este caso, tenía un propósito distinto, capturar cualquier fragmento de conciencia residual que pudiera manifestarse como la impresión de Minato Namikaze.
Trabajé con precisión, asegurándome de que cada trazo estuviera perfectamente impreso en el pergamino. En cuestión de minutos, el pergamino estuvo listo. Lo enrollé con cuidado guardándolo en mi ropa y me acerqué al sello principal.
Desde el suelo, un pilar de piedra se elevó bajo mis pies, levantándome hasta la altura del enorme pergamino que servía de cerradura. Extendí la mano y, al tocarlo, lo sentí. Una presencia débil.
El sello contenía un vasto poder, pero lo que percibía era apenas un eco de lo que debería haber sido. Algo estaba reteniendo la verdadera fuerza que originalmente poseía. Era como si la barrera que encerraba a Kurama estuviera incompleta o parcialmente desgastada por el tiempo.
Justo cuando estiré los dedos para tocar el kanji que representaba la palabra “sellado”, una mano firme sujetó mi muñeca, deteniéndome en seco. Volteé rápidamente, y ahí, junto a mí sobre el pilar, se encontraba Minato Namikaze.
O, al menos, lo que quedaba de él, una impresión dejada en el sello como una última salvaguarda. Sus ojos azules me observaron con calma, pero con una determinación inquebrantable. Había esperado algo así. El sello de ocho trigramas no era solo un mecanismo de contención, sino una estructura diseñada para reaccionar ante intentos de alteración. Y Minato, incluso en la muerte, seguía protegiéndolo.
Le sonreí con calidez mientras extraía el pergamino. Según sus propias palabras en el canon, parecía haber estado al tanto de la vida de Naruto, pero no de sus pensamientos. Era como si hubiera sido un espectador de los eventos que rodearon a su hijo, sin poder comprender realmente lo que sentía.
Y, aun así, cuando tuvo la oportunidad, eligió proteger Konoha en lugar de a su propio hijo. Realmente era un líder. Prefirió su deber sobre su sangre. Algo que esperaba nunca llegar a convertirme. Con calma, extendí el pergamino hacia él.
—Minato Namikaze, una muestra de aprecio —. Dije con aparente sinceridad.
Su expresión reflejaba confusión. Sus ojos pasaron del pergamino a mí, sin comprender del todo la intención detrás de mi gesto. Sabía que me había visto prepararlo hace unos momentos, pero no parecía entender su verdadera función.
Aun así, lo tomó. Gran error.
Apenas lo abrió, el sello se activó al instante. Como una trampa bien tendida, la técnica se desplegó, envolviéndolo en un vórtice de energía. No tuvo oportunidad de reaccionar.
En cuestión de segundos, la impresión de Minato Namikaze fue absorbida, arrancada del sello principal y confinada dentro del pergamino. Vencida por su propia confianza ciega en su hijo. Kurama parpadeó, visiblemente confundido por lo que acababa de suceder. Durante un instante, Minato había aparecido… y luego, de repente, había sido sellado dentro del pergamino por ese mocoso.
El gran zorro se encogió de hombros. No le importaba demasiado el destino del eco de aquel hombre. Lo que realmente le interesaba era lo que venía después. Volvió a centrar su mirada en mí, esperando que continuara.
Sin perder más tiempo, arranqué el sello, dejando al descubierto la cerradura de la jaula. De inmediato, sentí el chakra de Kurama filtrándose en mayor cantidad en mis tenketsu y espirales de chakra. Era cauteloso, tanteaba el terreno, buscando una trampa, una mentira, algo que justificara su desconfianza.
Pero al no encontrar nada, su chakra comenzó a entrelazarse con el mío., y me estremecí. El chakra de Kurama era puro y denso, tan espeso que hacía que el mío, que ya consideraba increíblemente concentrado, pareciera agua en comparación. Su energía era como melaza, espesa y pesada. Aún era demasiado tóxica para mí.
—Podrías… contenerte un poco —. Logré decir, con una sonrisa débil.
—Tu chakra es demasiado corrosivo—.
Kurama gruñó, pero accedió. Retractó su chakra, reduciendo su flujo a un goteo aún menor que cuando el sello de papel estaba en su lugar. Parecía más cómodo ahora que tenía acceso al mundo exterior nuevamente. Ya no me observaba desde las alturas con su descomunal tamaño, sino que se había recostado sobre sus patas delanteras, mirándome a mi nivel.
Era un cambio sutil, pero significativo.
—¿Qué es lo que realmente quieres de esta supuesta alianza, humano? —. Gruñó. No había la misma malicia de antes, pero tampoco confianza. Le sostuve la mirada con firmeza.
—Deja de filtrar tu chakra directamente en mi cuerpo —. Dije con calma.
—La constante intrusión de tu energía impide que fortalezca la mía. Es como si una cascada cayera sin cesar sobre un lago, manteniéndolo en turbulencia constante—.
-—¿Y qué gano yo con hacer eso? —. Preguntó Kurama, mostrando un tono de entretenimiento ante mi propuesta. Era una reacción diferente a lo que normalmente esperaría de él.
—Uno pensaría que vendrías exigiendo mi poder, como en el pasado, pidiendo que te pague la “renta” por vivir en tus entrañas —. Bufó, divertido ante el cambio de dinámica.
Con una mueca ante lo absurdo del antiguo Naruto, me sentí obligado a reconocer el error de mi yo más joven. Le sonreí débilmente.
—Si, ese era el tonto joven yo. Los jóvenes cometen estupideces por inmadurez y falta de conocimiento —. Dije con sinceridad, a pesar de la ironía de que técnicamente no era mucho mayor que ese Naruto.
—No deseo tu poder. De hecho, si no fuera porque me mataría extraerte de mi cuerpo, te dejaría libre—. Kurama frunció el ceño, sabiendo que hablaba en serio, y en sus ojos vi un destello de reconocimiento.
—Lo que te ofrezco es diferente. Mis habilidades me permiten crear una marioneta de carne. Usando ciertos conocimientos que ahora poseo, puedo crear un cuerpo casi real… pequeño, pero real. Tú podrías insertar tu conciencia en él y vivir en el exterior —. Expuse, ofreciéndole la posibilidad de una nueva forma de libertad.
Kurama se quedó en silencio por un momento, claramente pensativo. Podía ver la codicia en sus ojos, la codicia por la libertad, por sentir el sol y el viento, por saborear lo que significaba estar fuera de esa prisión. Aunque no sería su cuerpo real, era la mejor opción que podía ofrecerle.
—¿Cuánto de mi poder podría contener esa marioneta? —. Preguntó, la curiosidad claramente dominando su tono.
Parpadeé y me quedé pensativo por un instante.
—Dependerá de los materiales, pero con lo que tengo ahora, sería algo similar al chakra de un genin común. Pero antes de que pienses que podrías usar la marioneta para escapar y recuperar tu chakra lentamente, debes saber que tu alma seguiría aquí. Solo una parte de tu conciencia estaría en el cuerpo externo. Aquí seguirías “durmiendo” mientras vives en la marioneta—.
¿Cuánto tiempo te llevará? —. Preguntó Kurama, ya ansioso por sentir algo de libertad a cambio de tan solo retener su chakra de gotear en el mio.
—Bueno, ya tengo la madera del mokuton para los huesos. Con un simple cambio alquímico debería bastar. Para la carne, cazar un animal salvaje será suficiente. Luego, puedo enriquecer su carne con qi, dándole los atributos necesarios. Ahora bien, necesito plomo, pero tal vez pueda conseguirlo en Suna. Si no, en la mina de oro a la que iremos después. Así que, en el mejor de los casos, un par de semanas; en el peor, entre tres y cuatro semanas más o menos —. Murmuré mientras Kurama ignoraba mis divagaciones.
Kurama se recostó a dormir, dejando escapar un profundo suspiro.
—Aún tengo muchas preguntas, humano, pero entiendo que no responderás algunas, especialmente con lo evasivo que eres respecto a ese poder tuyo. Por ahora esperaré, pero no dudes que tarde o temprano me contarás todo. Ahora ve y crea esa marioneta. Mientras tanto, mantendré mi chakra controlado cuando entrenes. El resto del tiempo quiero ver el mundo exterior—.
—Además, algo está pasando con tu cuerpo. Deberías salir a ver qué ocurre —. Gruñó.
Con esas palabras, como si me estuviera despidiendo, sellé el pergamino que contenía a Minato en mi palma y sentí el flujo de mi chakra. Al recuperar la conciencia, inmediatamente noté que algo extraño sucedía en mi cuerpo. Parpadeé, confundido, hasta darme cuenta de lo que Kurama se refería.
Había cometido un error… uno grave.
Había creído que había escapado al envejecimiento acelerado, convencido de que había contenido la combustión de mi propia vitalidad. Pero me engañé y era demasiado tarde. En cuanto sentí mi Qi fluir con libertad, el cuerpo respondió con un estremecimiento silencioso, como si un incendio invisible recorriera mis venas. Pude percibirlo con absoluta claridad, millones de células muriendo en un lapso de segundos, desintegrándose mientras mi organismo se aferraba con desesperación a la existencia.
Tanto mi Qi como mi chakra reaccionaron de inmediato, entrelazándose en un esfuerzo instintivo por estabilizar el colapso. Y Nordrassil intervino también, vertiendo parte de su energía en mis canales. A través de sus raíces, el flujo vital del árbol se filtró en mí, denso y desesperado por sobrevivir, una fuerza que no buscaba reparar, sino preservar a su anfitrión. Era una lucha entre la restauración natural y el sacrificio, mantenerme vivo, aunque para ello el cuerpo tuviera que transformarse por completo.
El dolor fue indescriptible. Sentí cómo mis fibras musculares se contraían con violencia, luego se comprimían, reduciéndose hasta el límite. Cada tejido parecía adaptarse a una nueva escala biológica, forzando a mi anatomía a compactarse para conservar la coherencia estructural ante la pérdida masiva de células. Era un proceso lento, meticuloso y atroz. Cada segundo se estiraba como una eternidad; cada contracción era una negociación entre la vida y la disolución.
Entre el dolor y la agonía, mi conciencia se difuminaba. Podía sentir mi Qi, mi chakra, el poder bijū de Kurama y Qi de Nordrassil fluyendo dentro de mí, entrelazándose en un torbellino caotico. No era una curación, era una regresión biológica. Un repliegue desesperado. Mi cuerpo, incapaz de sostener su forma adolecente, retrocedía hacia una etapa más joven, más compacta, más simple, como si buscara en la infancia una forma de protección contra el colapso multiorgánico total.
Si no fuera por las energías desbordantes que me habitaban, Qi, chakra, bijū y la pura vitalidad que desbordaba por el Karma, habría sucumbido sin remedio. Pero su abundancia era una espada de doble filo, me mantenían con vida, sí, pero a un costo grotesco. Cada fragmento de poder intentaba imponer su propia lógica sobre mi cuerpo, y el resultado era una involución forzada, un renacimiento deformado por la sobrecarga espiritual.
Podía sentir cómo mis huesos se acortaban, mis músculos se redensificaban, mi piel se regeneraba con una suavidad casi infantil. Incluso mi voz, al salir entre jadeos, sonaba más aguda, más frágil. Era una sensación humillante y aterradora a la vez.
/Esto es ridículo… me convertiré en un maldito shota/. Mis pensamientos eran confusos en este momento.
Intenté reír, pero solo conseguí toser sangre. La idea de retroceder físicamente a los diez quizá incluso ocho años me resultaba insoportable, una ironía cruel para alguien que había comenzado el cultivo. Sin embargo, parecía que no tenía elección y todas las energías en mi, decidieron que, o me reducía a esa forma más pura, más simple, o me desmoronaba junto con la masa biológica que se negaba a sostenerme.
Y así, entre el dolor y el calor abrasador de la transmutación, comprendí la magnitud de mi error, no había vencido al tiempo, solo lo había empujado hacia atrás… y ahora, el tiempo cobraba su precio con intereses.
Cuando por fin logré estabilizarme, abrí los ojos y observé el entorno con lentitud. Las chicas seguían dormidas, respirando con calma, ajenas a lo que acababa de ocurrir. Toda aquella agonía había sido completamente silenciosa. De mi cuerpo, solo quedaban rastros del caos, un charco oscuro bajo mí y un tenue vapor rojizo disipándose en el aire, impregnando el lugar con el olor metálico de la sangre evaporada.
Reí por lo bajo, con una amargura difícil de describir. Siempre igual, mi camino parecía construido a base de errores y cicatrices, una cadena interminable de fracasos que me negaba a romper. Apenas seguía vivo… en este mundo podrido que nunca dejó de intentar matarme.
—Bueno —. Murmuré con voz más joven y más débil,
—Al menos puedo revertirlo cuando empiece a cultivar mis plantas con Qi. Solo necesito tiempo… y paciencia. Mientras tanto, tendré que vivir siendo un niño otra vez—.
Me quedé en silencio unos segundos, mirando mis propias manos pequeñas.
—Tal vez esto tenga su lado útil, podré pasar desapercibido para Konoha un poco más—.
Suspiré. Afuera, la noche seguía inmóvil-
/Un mes más hasta llegar al País de las Olas… un mes más para intentar entender qué demonios me estoy convirtiendo/.
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Tardamos una semana en llegar a Sunagakure, todos en la caravana tenían preguntas, pero los Fūma no preguntaron. Mientras yo les diera gloria y riquezas a su clan, poco les importaba quién lideraba, ya que se sabía que genios muy jóvenes no eran una novedad en el mundo shinobi.
/El mundo shinobi es raro/. Pensé, reflexionando sobre todo lo sucedido.
Las más molestas fueron las chicas. Karin era la más preocupada, corriendo de un lado al otro atendiendo todas mis necesidades debido a mi aspecto tan joven. Sasame la ayudaba en todo lo que podía, pero aún así podía ver la consternación en sus ojos al ver cómo el chico que se veía mayor que ellas era ahora un niño tan joven.
Fū, en cambio, la estaba pasando de maravilla. Cada nueva experiencia la divertía enormemente, y se entretenía mucho con el caos causado por mi encogimiento. Yo, por mi parte, trataba de aprovechar esta oportunidad.
Si iba a volver a ser joven, podía reparar mucho del daño hecho a mi cuerpo durante el crecimiento poco saludable del original, y cuando llegara el momento de envejecer a una edad adecuada artificialmente, lo haría con nutrientes y medicinas para convertir mi cuerpo en un recipiente perfecto para cultivar. Por suerte, mis circuitos espirituales y dantian no se perdieron; solo se volvieron más jóvenes, al igual que mi cuerpo.
/Honestamente no tengo ni idea de que demonios paso para que me encogiera, supongo que son los misterios del chakra y Qi/. Decidí dejar de lado lo absurdo después de todo, pasan cosas mas raras con esas energías en las historias.
Finalmente, me di por vencido y acepté mi destino.
No fue mucho tiempo después de vagar por los caminos que llegamos a Suna. Al llegar a las puertas de la aldea oculta, nos encontramos en una zona exterior rodeada por la cordillera natural que separaba la aldea del desierto. Allí se instalaban campamentos de comerciantes y otras caravanas, esperando los permisos para ingresar y hacer negocios, ya fuera contratando shinobi o vendiendo productos dentro de la aldea.
No tuvimos que esperar mucho antes de que nos dejaran entrar a la aldea. Un anciano del clan Fūma, acompañado por algunos miembros civiles, un chūnin y yo, que luego de un henge aparentaba unos 13 años, cruzamos las puertas junto a varios carros cargados con medicinas, cosméticos y otros productos que había desarrollado durante el viaje.
Todo parecía transcurrir con normalidad hasta que, cuando nos dirigíamos al centro de registro para solicitar misiones de rango B o superior, noté una perturbadora cantidad de miradas sobre nosotros.
—¿Soy yo o de repente se puso raro el ambiente? —. Murmuré para mí mismo.
No tuve que esperar una respuesta, porque en ese instante una docena de shinobi aparecieron rodeándonos, entre ellos varios ANBU. Pero el que realmente llamó mi atención fue el pelirrojo que encabezaba el grupo. Me miraba fijamente, y yo a él. A pesar de mi maquillaje y mi cabello teñido, su instinto no falló. Me había reconocido.
Sabaku no Gaara me miro fijamente.
No hubo palabras, ni advertencias. Solo la repentina explosión de su arena lanzándose hacia mí como una ola devoradora.
—¡Otra vez con lo mismo! —. Me quejé mientras esquivaba con un salto en el aire.
Aterrizando con suavidad, rodé a un lado justo cuando otra ráfaga de arena intentó atraparme. Gaara no estaba yendo a matar, pero definitivamente quería hacerme probar el suelo.
—¡Oye, oye! ¿Es así como saludas a un viejo amigo? ¿Dónde está la hospitalidad a tu invitado?—.
Gaara no respondió. En cambio, elevó una mano y un pilar de arena se formó bajo mis pies, tratando de lanzarme al aire.
Aproveché el impulso, salté con chakra y me proyecté hacia él dando zancadas entre edificios para acercarme. Cuando vi que intentaba usar más arena para defenderse, activé el qi en mis piernas y desaparecí de su vista por un instante, apareciendo justo detrás de él con pura velocidad.
—¡Hora de bajarte los humos, pelirrojo!—. Gruñí divertido.
Le rodeé la cintura con los brazos y, sin darle oportunidad de reaccionar, me impulsé hacia atrás con todas mis fuerzas.
—¡Suuuper Suplex!—.
El impacto fue ensordecedor. Gaara terminó con su cabeza y torso enterrados en el suelo, dejando solo sus piernas al aire, temblando ligeramente. Silencio absoluto, los shinobi de Suna observaban la escena con incredulidad, sin saber cómo reaccionar. Nadie había visto jamás a su futuro Kazekage y antigua pesadilla de la aldea en una posición tan… ridícula.
—¿En serio? ¿Cuántas veces tengo que demostrarte que la arena es lenta contra mí? —. Le recordé mientras me cruzaba de brazos y negaba con la cabeza.
—Deberías empezar a llamarme “el domador de mapaches”—.
Los ANBU y otros shinobi de Suna casi se atragantan tratando de contener la risa. Gaara, aún con la cabeza en el suelo, empezó a moverse hasta que su arena lo ayudó a salir. Su armadura de arena estaba resquebrajada y, aunque su rostro mantenía su expresión seria, pude notar un leve tic en su ceja.
—Bien… tu victoria por ahora —. Dijo, sacudiéndose el polvo de la ropa.
—¡Eso es 2 a 0 a mi favor! Cuando llegue a 5, vas a tener que llamarme “Naruto-senpai” —. Dije con una gran sonrisa burlona.
Gaara no respondió. Solo me miró en silencio antes de dejar escapar un leve suspiro. Luego, levantó la mano y con un simple gesto ordenó a sus shinobi que se retiraran.
—Veo que te has vuelto importante, ¿eh? ¿Escalando posiciones en el mundo shinobi? —. Pregunté, acercándome con confianza.
—Sí. Actualmente me están entrenando seriamente para el puesto de Kazekage, así que tengo bastante autoridad en la aldea…. Caminemos—. Respondió con calma
Con un gesto, indiqué a mis acompañantes que se dirigieran a la zona comercial para vender nuestros productos mientras yo me apartaba con Gaara. Mientras nos alejábamos, no pude evitar soltar una risita.
—Nunca olvidaré la imagen de tus pies temblando en el aire después del suplex…—.
—Si sigues hablando, te haré comer arena—. Gaara suspiró, llevándose una mano al rostro.
Volviéndome más serio, lo observé con atención. Gaara era diferente a lo que recordaba. El jinchūriki homicida y inestable de antes ahora tenía una calma que no le era natural, como si aún estuviera acostumbrándose a no matar todo lo que tuviera sombra. Había una nueva aura de autoridad en él, pero también noté la vulnerabilidad cuando ordenó a los shinobi que se marcharan. No sabía cómo sentirse al no ser odiado y temido.
—Así que nos sintieron cuando nos acercamos a Suna, ¿eh? —. Dije con una sonrisa divertida.
Había sido intencional. No hice ningún esfuerzo por ocultar mi chakra o el de Fū, así que para los sensores de Suna solo había tres opciones, un Kage, un criminal rango S o un jinchūriki. Obviamente, enviaron a su propio jinchūriki a evaluar la amenaza.
—No subestimes los sensores de una aldea —. Respondió Gaara con su tono plano.
—Puede que no tengamos una elegante barrera como Konoha, pero sí sensores entrenados—. Hizo una pausa antes de agregar algo en un tono más serio.
—Nos enteramos de lo que pasó. Siento no haberte ayudado, pero la situación política es tensa. Suna está en problemas y aún no nos recuperamos de la invasión—.
No esperaba una disculpa, menos de Gaara. Pero antes de responder, escuché un susurro en mi mente.
“Dice la verdad”. Murmuró Kurama en mi mente.
Tuve que morderme la lengua para no reaccionar. No esperaba que Kurama fuera tan proactivo en nuestra nueva… alianza. Pero recordando que en el canon fue fácil persuadirlo cuando le demostrabas que no querías usarlo egoístamente, supuse que no era tan extraño.
Asentí, aceptando las palabras de Gaara.
—Lo sé. Sé en qué problemas está Suna. Pero la principal razón por la que vine aquí fue para verte y advertirte… Nos van a cazar—.
Gaara se detuvo por un momento, girando la cabeza para mirarme con atención.
—¿Cazar?—. Pregunto serio.
—Un grupo de al menos nueve criminales rango S comenzará a cazar jinchūrikis en unos tres años. Tú, como futuro Kazekage, serás un objetivo estacionario—.
Gaara no dijo nada de inmediato. Meditó mis palabras mientras seguíamos caminando, alejándonos poco a poco de la zona comercial y acercándonos a lo que parecía un distrito más opulento. Seguramente su residencia y la de su familia.
Finalmente, habló con su tono tranquilo.
—Agradezco la advertencia… pero sabes que aun así tendremos que informar a Konoha sobre tu presencia aquí, ¿verdad? Nuestra alianza lo exige—.
No me sorprendió. De hecho, lo esperaba.
—Si no lo hicieras, pensaría que Suna se ha vuelto blanda —. Respondí con una sonrisa burlona.
Gaara no reaccionó a la provocación.
—No intentaremos capturarte, pero mi informe llegará a Konoha una semana después de que te hayas marchado—.
—Gracias, amigo, pero tengo algunas cosas de las que hablar. ¿Tendrás un lugar más privado para evitar cualquier posible filtración?—.
Gaara me hizo una seña con la cabeza y nos movimos rápidamente, llegando a una casa bastante amplia. A medida que nos acercábamos, noté varios shinobi patrullando la zona. No eran más que chūnin, pero el simple hecho de tener seguridad en un hogar decía mucho de quién vivía allí.
/Así que Gaara ya tiene su propio shinobi vigilandolo/.Pense ante como estaba siendo vigilado o cuidado.
Entramos sin mucho ruido y, de inmediato, me encontré con una escena que me dejó sin palabras.
Temari estaba desparramada en un sofá, vestida con ropa cómoda y completamente despeinada. Alrededor de ella había envoltorios de comida chatarra, bolsas de papas fritas a medio acabar, ramen instantáneo y otras cosas así, ademas de un par de manchas de comida en su ropa. Estaba tan absorta en lo que fuera que estaba haciendo que ni siquiera notó nuestra presencia.
Pero cuando levantó la vista y nos vio, sus ojos se abrieron como platos. Primero me miró a mí, luego a Gaara, luego de nuevo a mí… y en un movimiento casi instintivo, saltó detrás del sofá, antes de salir corriendo escaleras arriba a una velocidad que hubiera hecho que el mismísimo Raikage se sintiera orgulloso.
Parpadeé.
—…¿Dije algo?—. Pregunte a mi amigo mapache.
—Ignórala. Se supone que está en su día libre—. Gaara suspiró.
—Ajá. Y parece que decidió dedicarlo a volverse parte del sofá—. Respondí.
El pelirrojo optó por no responder y me guió hasta el comedor. Desde allí, tuve una vista clara de la cocina, donde vi algo aún más inesperado. Kankurō estaba cocinando.
Llevaba puesto un delantal rosa con encajes y la frase “Beso mejor que cocino” bordada en él. Hice un esfuerzo sobrehumano para no comentar nada al respecto. Kankurō notó mi presencia y arqueó una ceja.
—¿Qué miras?—. Pregunto el Suna shinobi.
—Nada, nada… Buen delantal, por cierto—. El rodó los ojos ante mi comentario y siguió cocinando.
Cuando finalmente nos sentamos, Gaara me miró fijamente, esperando que hablara.
—Primero… bonita casa. Me alegra ver que te estás acercando a tus hermanos y reconstruyendo una relación.
Para mi sorpresa, Gaara mostró una leve sonrisa y asintió, reconociéndolo.
—Ha sido… un proceso lento. Pero agradable—.
Miré nuevamente a la cocina, donde Kankurō estaba peleando con una sartén mientras Temari lanzaba un grito ahogado desde el segundo piso, probablemente al darse cuenta de que alguien la había visto en su estado más indigno.
—Sí… puedo ver que todo está progresando de maravilla—.
Cuando mi mirada se posó en Gaara, mi expresión se endureció y mi voz adquirió un tono firme. Sin apartar los ojos de él, deslicé una mano dentro de mis túnicas y saqué un pergamino, extendiéndoselo con solemnidad.
—Aquí tienes una lista con los shinobi de rango S que nos cazarán —. Expliqué lentamente.
—Incluye sus fortalezas, algunas debilidades que he logrado recopilar y, además, la posible pareja que podría enviarse tras de ti. No es seguro, pero al menos te dará una ventaja—.
Gaara tomó el pergamino sin decir nada. Su arena lo envolvió con delicadeza, absorbiéndolo dentro de su calabaza, un sitio al que nadie más que él podría acceder.
—No lo compartas con nadie más que tus hermanos —. Agregué, mi tono bajando un poco.
—Tengo fuertes sospechas de que hay un espía en los altos mandos de Suna—.
Los ojos de Gaara se entrecerraron apenas, su postura rígida indicando que la idea no le sorprendía del todo. Guardó silencio por unos segundos, como si procesara la información, luego sacó un pergamino de su túnica y me lo tendió.
—Puede que oficialmente no pueda ofrecerte apoyo —. Dijo con calma
—Pero tú me mostraste el camino para encontrar mi humanidad. Si no te ayudara de alguna forma, no podría vivir conmigo mismo—.
—Dentro encontrarás técnicas de la aldea hasta el rango A. Considéralo un regalo del futuro Kazekage. También hay información sobre las actividades recientes de Konoha durante tu ausencia—.
Asentí, guardando el pergamino con un gesto de agradecimiento. Me tomé un instante para ordenar mis pensamientos. Lo que iba a decir a continuación determinaría si Gaara seguiría siendo un aliado, un amigo… o si nos volveríamos enemigos.
Respiré hondo y hablé.
—Voy a asentarme en un país en los próximos meses —. Comencé con un tono cuidadoso.
—Durante mi viaje, me topé con cierto… conocimiento sobre mi familia—. Mentí para explicar mi conocimiento.
Gaara me observó en silencio, esperando que continuara.
—Quiero que vengas conmigo —. Solté sin rodeos.
—Sé que intentas demostrar tu valía ante la aldea, pero quiero ofrecerte algo más. Un lugar a mi lado, en la nación que planeo construir—.
Gaara no reaccionó de inmediato, así que seguí hablando:
—Será un refugio. Un sitio seguro donde ninguna aldea podrá inmiscuirse y donde planeo… desmantelar el sistema shinobi que ha envenenado nuestro mundo—.
El aire entre nosotros pareció volverse más pesado. Gaara se quedó mirándome, su expresión imposible de leer. Este era el momento en que su respuesta definiría todo.
Gaara se quedó en silencio tras mis palabras, observándome con esa mirada impenetrable que había perfeccionado a lo largo de los años. Su arena flotó levemente a su alrededor, como si reaccionara inconscientemente a sus pensamientos.
—¿Quieres que abandone mi aldea? —. Preguntó con voz neutra.
—Quiero que elijas tu propio camino —. Repliqué sin titubear.
—Sé lo que significas para Suna y lo que Suna significa para ti, pero también sé que el sistema shinobi te usó como una herramienta y te abandonó cuando no les serviste—.
Gaara frunció el ceño, su agarre sobre la mesa se tensó ligeramente.
—Sé que has cambiado, Gaara —. Continué.
—Ya no eres el niño asesino que buscaba validación en la sangre de sus enemigos. Pero dime, si el sistema shinobi realmente funcionara, ¿por qué un niño tuvo que sufrir tanto solo para ser visto como un ser humano?—.
Gaara bajó la mirada por un momento. Un silencio pesado llenó la habitación, solo interrumpido por el sonido de Kankurō maldiciendo en la cocina al quemarse con aceite caliente.
Finalmente, el pelirrojo habló:
—Entiendo lo que dices, y en parte, estoy de acuerdo. Pero… no puedo simplemente darles la espalda a Temari y Kankurō, ni a la gente que aún cree en mí—.
Sonreí.
—No espero que lo hagas. Solo quiero que recuerdes que siempre tendrás un lugar en lo que estoy construyendo—.
Gaara asintió lentamente, considerando mis palabras.
—Lo pensaré. Pero si de verdad quieres cambiar el mundo… entonces prepárate. Porque el sistema shinobi no caerá sin luchar—.
Gaara hablaba con la frialdad de alguien que entendía la política y el conflicto. Yo, en cambio, solté una risa breve, pero sin rastro de alegría.
—Oh, créeme, Gaara… ya lo tengo claro, pero estoy harto de este sistema. Este sistema arcaico que nos mantiene atados como marionetas en un juego sin fin. Niños arrancados de sus casas, entrenados para ser armas de guerra, asesinos glorificados en nombre de la paz. Y no olvidemos lo peor, genocidas venerados como héroes. Tres guerras mundiales shinobi en solo 50 años, y ninguna de ellas ha solucionado nada. Al contrario, ha dejado cicatrices profundas en todos nosotros. ¿Crees que un sistema que produce eso puede funcionar?—.
Gaara no dijo nada al principio. Era como si estuviera absorbiendo cada palabra, cada argumento que yo lanzaba. No se podía negar que había razón en lo que decía, aunque sabía que Suna, al igual que las demás aldeas, dependía de este sistema para su propia supervivencia. Pero, ¿a qué precio?
El silencio se alargó, y luego decidí que era hora de mostrar algo más, algo que Gaara pudiera sentir en su piel, no solo oír de mis labios. Me concentré, y de repente, una presión invisible invadió el espacio, un peso inconfundible que se percibió en el aire.
Liberé mi qi lentamente, como un manto denso que se extendía por la habitación. El poder era aplastante, como una tormenta que se formaba a partir de la calma. Mi chakra era extenso y profundo, pero desde que comencé a cultivar mi cuerpo con qi, mi energía había adquirido una densidad y un poder mucho mayores. El qi amplificaba cada pulso de mi chakra, y aunque mi cuerpo se había fortalecido, aún me faltaba control.
Recordé la batalla contra Kakuzu y Hidan. Usé más poder del que necesitaba, gastando mi energía sin pensar en las consecuencias. El control era mi mayor enemigo. Tenía la capacidad de destruir a cualquiera en un instante, pero carecía de la sutileza que se requería para no desbordarme, para no derrumbarme a mí mismo en el proceso.
Pensé en lo que podría hacer si aprendiera a dominarlo completamente. Si pudiera centrar esa energía, podría destruir una aldea entera con una sola liberación de mi poder. Algo como el ataque suicida de Vegeta contra Majin Buu, una onda de energía que no dejaría nada más que ruinas.
Gaara tensó el cuerpo, percibiendo mi poder. Su arena se movió instintivamente a su alrededor, como si intentara protegerlo de algo que no podía ver pero que sentía claramente.
—Esto es lo que el sistema shinobi ha creado…— . Murmuré.
—Un ciclo interminable de sufrimiento y control, donde el poder se desperdicia porque nadie tiene el control adecuado, el poder es ley. No solo los shinobi somos víctimas de este sistema, también las aldeas que lo sustentan. Las guerras, las invasiones, las alianzas… todos somos parte de este monstruo que nunca se sacia. Y lo peor de todo es que lo hacen con la excusa de proteger la paz—.
Gaara permaneció en silencio, pero su mirada mostraba que no podía ignorar lo que decía. A pesar de su frialdad, sabía que algo de lo que le decía tocaba una fibra sensible en él. Sabía que el precio que había pagado por ser el jinchuriki de Shukaku había sido injusto. En su vida, él había sido más una herramienta de guerra que un ser humano.
Respiré hondo, dejando que mi Qi se relajara.
—Mira, Gaara…—. Continué con una expresión más seria.
—Las aldeas vendrán por mí y por el lugar que construiré. No tengo dudas de que los Kages se unirán para eliminarnos. Te lo prometo, no será una guerra fácil. Pero aún así, quiero que te mantengas neutral. No quiero que te metas en eso. Has trabajado demasiado para alcanzar lo que tienes, y no quiero que seas arrastrado por las maquinaciones de este sistema que no entiende de lealtades —.
Gaara me miró fijamente, su rostro impasible como siempre, pero con una ligera tensión en sus hombros que no podía disimular. Sabía que la decisión que le estaba pidiendo tomar no era sencilla.
—No puedo simplemente ignorar a Suna… ni a mi familia. Kankurō, Temari… ellos confían en mí. Pero lo que dices tiene sentido, y… sé que algo debe cambiar. Este sistema no puede seguir como está—.
Sonreí, sabiendo que al menos una parte de mi mensaje había llegado.
—Lo sé, Gaara. Y por eso mismo te ofrezco algo diferente. Un lugar donde las aldeas no puedan entrar, donde puedas ser tú mismo sin estar atado a este sistema, sin ser solo una ficha en su tablero de ajedrez. Piensa en ello. No quiero que tomes una decisión ahora, pero cuando llegue el momento, recuerda que siempre tendrás un lugar a mi lado—.
Gaara asintió lentamente, aunque su expresión no cambió. Había algo más en su mirada, algo que sugería que la guerra interna que libraba en su mente no se resolvería de inmediato.
En ese momento, el poder que había liberado en la sala comenzó a disminuir, y la presión en el aire se relajó. Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe, y Kankurō apareció, su marioneta lista para entrar en acción, sudando pero claramente preparado para defender a Gaara si la situación lo requería. Un par de segundos después, Temari descendió las escaleras con su vestimenta de batalla, el gran abanico de guerra en su espalda. Estaba lista para cualquier cosa, como siempre.
Yo no pude evitar sonreír ante su reacción, sabiendo que, en Suna, el único enemigo real para mí era Gaara. Ningún otro ninja del país tenía la fuerza necesaria para siquiera considerarlo una amenaza, pero aún así, me mantuve tranquilo, pues tenía mi propia grupo que cuidar, la caravana.
—Solo le estaba mostrando algo a Gaara, no hay peligro—. Dije con una sonrisa, haciendo un gesto despreocupado.
Gaara asintió, confirmando mis palabras. Kankurō no parecía del todo convencido, pero también confiaba en su hermano. Temari, por su parte, lo observó con una mezcla de curiosidad y precaución.
—A casi lo olvido, quisiera contratar un shinobi chunin para que sea nuestro guía a la Mina de Oro Katabami y luego nos lleve al País de las Olas, rodeando Konoha—. Dije, lanzando una mirada hacia Gaara, con una sonrisa tan relajada como si estuviera hablando del clima.
Gaara pensó por un momento, y luego miró a Temari y Kankurō con seriedad. Había algo en su gesto que indicaba que ya tenía una idea en mente.
—Temari, irás en esa misión—. Dijo con tono firme.
Temari lo miró sorprendida, un poco desconcertada por la decisión. Su ceja se alzó, y no pudo evitar fruncir el ceño.
—¿Yo?—. Preguntó, claramente sin comprender del todo la razón detrás de esa orden. Pero era una kunoichi profesional y, por supuesto, no iba a negarse. Cumpliría la misión, como siempre.
—Claro, Gaara. Ya hemos cumplido misiones en el País del Té, así que conozco el camino a través de los bosques. Podría guiarlos hasta el País de las Olas, pero…—. Hizo una pausa y luego gruñó con desconfianza.
—¿Estás seguro de que esto es confiable?—.
Esa última parte, con el tono de desconfianza, me hizo sonreír con malicia. Sabía que Temari no estaba totalmente convencida de lo que dije sobre no haber problemas. Pero lo que me sorprendió fue la forma en que me observaba, como si tratara de descifrar si realmente podía confiar en mí.
—¿Hey, Gaara, estás enviando a tu hermana como espía?—. Dije, fingiendo una ligera ofensa, aunque sabía que mis palabras tenían un toque sarcástico. Era obvio que mi tono quería provocar un poco de tensión en la habitación.
Gaara la miró con una leve expresión que no delataba nada, pero Temari no pareció tan convencida, a pesar de su profesionalismo.
—Bueno, supongo que debería empezar a llamarte cuñado después de esta misión, ¿eh Gaara?—. Me burlé, intentando hacer la situación un poco más ligera, pero con la clara intención de descolocar a Temari.
Temari me miró con ojos entrecerrados, pero, como era de esperar, no se negó a la misión. Sabía que no podía negarse hacer lo que le ordenaban, incluso si eso significaba meterse en una misión tan arriesgada.
Sin embargo, en el fondo, no quería que Temari viniera. No era que me molestara su presencia, sino que no confiaba del todo en su capacidad de mantener en secreto mis habilidades, especialmente porque ella era lo suficientemente astuta como para notar cualquier detalle. Necesitaba a alguien menos importante, menos observador… alguien prescindible que no pudiera descubrir los secretos que guardaba bajo la manga.
Mi sonrisa se ensanchó un poco mientras pensaba en cómo podría manejar esta situación. Podría haber encontrado una excusa más para cambiar a Temari por alguien más discreto, pero no quería que Gaara lo viera como una falta de confianza.
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Omake: Las negociaciones salen mal
—¿Quieres que abandone mi aldea? —. Preguntó Gaara con voz neutra, aunque su mirada me examinaba con atención.
—Quiero que elijas tu propio camino —. Respondí sin titubear.
El aire se volvió denso. Por un instante, nada se movió, pero luego, lentamente, Gaara se puso de pie. Sus ojos seguían fijos en mí, pero algo en su presencia cambió. Era casi imperceptible, una ligera vibración en la arena a su alrededor, una presión en el ambiente que indicaba que el Kazekage había tomado su decisión.
Cerré los ojos un momento.
“Ya tomo su decisión”. Kurama gruñó en mi mente, confirmando que mis clones de sombra habían recibido la señal.
Cuando me acerqué a Suna, mi caravana real se había escondido entre las dunas, lejos del alcance de cualquier represalia. Mientras tanto, yo entré a la aldea rodeado por clones de sombra disfrazados como miembros del Clan Fūma, creando la ilusión de que viajaba con ellos. Fue una distracción perfecta, todos creían que el Clan Fūma me había escoltado hasta aquí, sin saber que los verdaderos Fūma estaban a salvo, lejos de esta trampa mortal.
Los clones se habían dispersado por la aldea, fingiendo, vendian y compraban dando la sensación de estar en paz, los shinobi que los vigilaban pensaban que mientras estuvieran aqui no me atrevería a atacar por miedo a que los tomen como rehenes.
Y ahora, con Gaara rodeándome con su arena, entendí que el momento había llegado. No había vuelta atrás.
—Tomaste tu decisión… —. Susurré, observándolo con una mezcla de decepción y lástima.
—Que esta tragedia sirva de advertencia al mundo shinobi—.
Gaara no esperó más. Uso su Sabaku Kyū y su arena se lanzó hacia mí con una velocidad segadora. En ese instante, dejé de contenerme. Qi y chakra colisionaron dentro de mí en una reacción violenta y caótica.
El aire vibró, y en un instante, una explosión de energía pura arrasó con todo a mi alrededor. El impacto fue catastrófico.
En un radio de un kilometro aproximadamente, todo fue vaporizado. No quedaron rastros de estructuras, personas o arena. Solo un cráter humeante y vitrificado marcando el lugar donde alguna vez existió parte de Suna.
A un par de kilómetros, el calor seguía siendo letal. Edificios se incendiaron, el suelo se convirtió en vidrio fundido, y los gritos de agonía de los aldeanos resonaron por toda la aldea mientras el fuego y la onda expansiva consumían todo a su paso.
Gaara intentó resistir con su arena, pero incluso él fue lanzado hacia atrás, su cuerpo quemado hasta ser carbonizado, solo evito ser vaporizado debido a que se protegió con todo lo que tenia.
Cuando el polvo se asentó, yo jadeaba en el centro de la devastación. Estaba herido, quemaduras de segundo grado cubrían mis brazos y pecho, mi qi me había protegido de la peor parte, pero la cantidad de energía que liberé me dejó al borde del colapso. Mi falta de control había hecho que gastara una cantidad absurda de poder.
Pero… había sobrevivido, miré a mi alrededor Suna había dejado de existir. La aldea oculta entre la arena era ahora solo cenizas en el viento. Suspiré, sintiendo cómo mi regeneración comenzaba a trabajar lentamente para restaurar mi cuerpo.
Con las fuerzas que me quedaban,me moví fuera del cráter que quedo de Suna y desaparecí entre el humo y el caos.
—Una aldea menos…—. Observé la destrucción desde una duna lejana, con el sol poniente a mis espaldas.
—Tarde o temprano, las demás correrán el mismo destino—. El sistema shinobi debía caer.
Y yo sería el encargado de traer su final.
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Notas: ¡Gracias por leer! Comenta si te gustó.
Honestamente, si hiciera un fic monógamo, Temari sería la pareja del MC.
En este capítulo quería incluir lo que estaba pasando en Konoha, pero me extendí con Kurama XD. En el siguiente sí veremos Konoha.
Díganme, ¿quieren a Ranmaru, o lo dejo donde lo dejó la serie, en el puesto de curry? Honestamente, si viene, será un niño normal. No quiero niños soldados.
¿Qué dicen? ¿Ayudo a Suna o seguimos nuestro viaje en paz? Tal vez les dé una barrera para consolidar la alianza… o un árbol de esos que generan agua infinita. Aunque supongo que Suna debe estar construida sobre una zona con un gran acuífero.
Quizás, con ambos regalos, Gaara decida sellar una alianza aún más fuerte mediante un matrimonio político entre Naruto y Temari, aprovechando la magnitud de tales obsequios XD.
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