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Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 14

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Capítulo 14: Compromiso

Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.

— Personaje hablando —

/ Personaje pensando /

“Biju hablando mentalmente”

La lluvia caía incesante sobre Amegakure, envolviendo la aldea en un velo de agua y neblina. Los edificios altos y de estructura metálica brillaban bajo la tormenta, reflejando la tenue luz de las lámparas que iluminaban las calles. Sus habitantes, acostumbrados al clima eterno de la región, caminaban sin inmutarse, manteniendo la vista baja y los pasos rápidos.

Desde la torre más alta, una figura inmóvil observaba la ciudad. Pain, el dios autoproclamado de la aldea, contemplaba su dominio con la misma serenidad inquebrantable de siempre. Su Rinnegan, de un tono lila claro con anillos concéntricos, no parpadeaba. Era como si su mirada pudiera verlo todo, cada calle, cada rincón, cada persona bajo las lagrimas que bañaban Amegakure

A su lado, pequeñas tiras de papel se alzaron en el aire, girando como hojas atrapadas en el viento antes de juntarse lentamente, formando la figura de una mujer. Konan, el Ángel de Ame, se materializó con la misma serenidad con la que la lluvia caía sobre su aldea. Su cabellera azul, decorada con una flor de papel, permanecía inmóvil, impermeable a la tormenta.

Sus ojos, vacíos de emoción, se posaron en la figura que tenía frente a ella. No en Pain… sino en el cuerpo que alguna vez había pertenecido a Yahiko.

Era extraño cómo el tiempo transformaba el significado de las cosas. Ese cuerpo, que en el pasado había simbolizado la esperanza de un mundo mejor, ahora no era más que un cascarón vacío. Un símbolo, sí… pero no de revolución, sino de una fría divinidad artificial que imponía su voluntad sobre la aldea con un control absoluto.

Konan sabía que hablar con Deva era un recordatorio constante de lo que habían perdido. De lo que Nagato había perdido. Pero eso no importaba. Ella había elegido su camino. Seguiría a su lado hasta el final. Yahiko así lo habría querido.

La voz de Pain rompió el silencio con su tono monótono, inhumano.

—Las noticias de Kakuzu son preocupantes —. Dijo sin apartar la mirada de la ciudad.

—El Jinchūriki del Kyūbi está lejos de Konoha. Según la información que ha recopilado Zetsu, junto con los registros del libro de Bingo, parece que ha desertado—.

Konan mantuvo su expresión impasible, pero sus ojos se afilaron ligeramente.

—Si es así, tenemos una oportunidad única. Si no está bajo la protección de Konoha, capturarlo será más sencillo—.

—No todavía —. Replicó Pain con firmeza.

— El riesgo es demasiado alto—.

Konan meditó sus palabras por un instante antes de responder.

—Hidan fue derrotado por el Jinchūriki. Si sigue con vida, es probable que esté en su poder. ¿Quieres que enviemos a Itachi y Kisame para recuperar su cabeza… y de paso al Kyūbi?—. Aconsejo Konan.

Pain negó lentamente.

—No. Madara tomará el lugar de Hidan en la organización. Y no debemos perseguir al Jinchūriki por ahora—.

Konan inclinó levemente la cabeza.

—¿Por qué no?—.

Pain entrecerró los ojos, su mirada perforando el horizonte.

—El Sanbi no se reformará hasta dentro de tres años, basándonos en los registros previos de los contenedores de Kirigakure. No tiene sentido arriesgar recursos para retener al Jinchūriki del Kyūbi en este momento. Si alguna otra aldea lo captura antes que nosotros, simplemente se lo quitaremos por la fuerza cuando el plan se ponga en marcha—.

Konan asintió con lentitud.

—¿Y qué quieres que hagamos hasta entonces ?—.

—Que Zetsu lo vigile, que lo siga. Quiero saber cada uno de sus movimientos, sus aliados, sus debilidades. Cuando llegue el momento, no debe haber margen de error—.

Konan miró a su viejo amigo, aquel que una vez había sido un niño con sueños nobles de cambiar el mundo. Ahora no era más que una deidad inalcanzable, distante. No quedaba mucho de Nagato en el Dios Pain.

Pero al final, solo la victoria importaba. El silencio regresó a la torre más alta de Amegakure, interrumpido únicamente por el incesante murmullo de la lluvia.

——————————————————————————————————————————–

Pov Anko:

El pequeño departamento de Anko Mitarashi estaba hecho un desastre. La mesa de su cocina, normalmente llena de dango y botellas de sake, estaba ahora cubierta de papeles con anotaciones desordenadas, algunos garabateados con rabia, otros con una extraña meticulosidad. Platos sucios se apilaban en el fregadero, olvidados. La cama parecía haber sido azotada por una tormenta, con las sábanas revueltas y arrugadas, testigos silenciosos de noches llenas de insomnio y pensamientos turbulentos.

Pero Anko no tenía cabeza para eso, no cuando su mente estaba atrapada en él. Naruto Uzumaki.

Se giró en la cama por quinta vez, sintiendo una mezcla de ansiedad y frustración hirviendo dentro de ella. Sus ojos, abiertos y alerta a pesar de la fatiga, recorrían el techo resquebrajado de su habitación, buscando respuestas en las grietas. Pero no había respuestas. Solo preguntas.

¿Por qué no podía dejar de pensar en él?

Al principio, pensó que era solo gratitud. Después de todo, Naruto la había liberado del sello maldito de Orochimaru. La asquerosa y venenosa esencia de su antiguo maestro había sido arrancada de su cuerpo gracias a él. Fue como si un peso que llevaba arrastrando durante años hubiera desaparecido de repente, permitiéndole respirar de nuevo.

Pero en un corto tiempo, algo cambió. La gratitud se transformó en admiración. La admiración en respeto. Y ahora… ahora se sentía como algo más. Algo intenso, profundo y completamente fuera de su control.

No podía dejar de pensar en él.

/No es normal/. Pensó la mujer con frustración.

El pensamiento cruzó su mente fugazmente, pero se desvaneció tan rápido como había llegado. No, esto era más que normal. Naruto era fuerte, era leal, era un líder y Konoha lo había traicionado.

/Ellos lo tacharon de traidor/.

Un gruñido bajo salió de su garganta. Sus uñas se clavaron en la palma de su mano, y su respiración se aceleró sin que ella lo notara.

Naruto no era un traidor.

Era la víctima.

Konoha… la misma aldea que lo había tratado como basura desde que era un niño. La misma aldea que nunca confió en él, que lo aisló, que lo miró con desdén. Ahora se atrevieron a encarcelarlo. Y cuando escapó, lo marcaron como un criminal.

/Hipócritas. Mentirosos. Basura/.

Sintió un ardor en su pecho, una ira creciente que se mezclaba con un sentimiento más oscuro, más visceral. ¿Cómo podían ser tan ciegos? Naruto no era solo un huérfano con un biju sellado en su interior. Era un visionario. Tenía algo en él, una chispa que ningún otro shinobi poseía. Algo grande, algo digno de seguir.

Y ellos… lo desperdiciaron.

Lo abandonaron.

Un leve temblor recorrió sus manos mientras las apretaba en puños. Su deuda con Naruto no era solo personal. No era solo por el favor de haberla liberado de Orochimaru. Era algo mucho más profundo, algo que apenas comenzaba a comprender.

Él la había salvado.

Ahora le tocaba a ella salvarlo a él.

No sabía en qué momento exactamente había llegado a esta conclusión, pero sentía que siempre había estado ahí, creciendo dentro de ella, como una semilla que finalmente comenzaba a florecer.

Se sentó en la cama, los ojos fijos en la ventana empañada por la humedad de la noche. Naruto estaba solo en el mundo. Konoha lo había abandonado. Sus amigos, aquellos que decían apoyarlo, no hicieron nada por él. ¿Quién más lo protegería, si no ella?

Un escalofrío recorrió su espalda, pero no de miedo mas bien de emoción. Una sensación de certeza absoluta. Naruto la necesitaba y ella haría lo que fuera necesario para ayudarlo.

Cualquier cosa.

Anko se levantó de la cama con una resolución ardiente en sus ojos, tenía trabajo que hacer. Naruto Uzumaki merecía más, y si el mundo no se lo daba, entonces ella se aseguraría de que lo tuviera. A cualquier costo.

Muy lejos de su comprensión, el sello en su cuerpo palpitó una vez más, casi imperceptible. Un recordatorio de que cada día que pasaba, su devoción por Naruto se volvía más fuerte.

Más intensa. Y si no se detenía pronto…

Podría volverse algo completamente irreversible.

—————————————————————————————————————————–

Mientras tanto, en Suna, Naruto Uzumaki no tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo en Konoha. Su interacción con Anko antes de su encarcelamiento había sido breve, pero las consecuencias de sus acciones estaban creciendo de una manera que nunca habría imaginado.

En aquel momento, solo había querido ayudarla, pues al saber que ella también fue tratada con desconfianza y odio, sintió cierta camaradería, ademas una ventaja extra era tomar el alma que contenía el sello para poder usarla mas adelante. Pero el sello maldito era un trabajo delicado, una obra de arte retorcida del Sannin traidor, y Naruto, había cometido un error peor de lo que pensaba.

No fue un acto intencional, pero la estructura del sello había resultado más dañada de lo que había creído. Las alteraciones en su composición estaban debilitando el sello de una forma mas contundente de lo previsto.

Al principio, los efectos eran pequeños. Anko se sentía más enfocada, con una claridad de pensamiento que antes no tenía. Su determinación se había fortalecido, y su rencor hacia Orochimaru se convirtió en un odio absoluto. Pero conforme los días pasaban, su mente comenzó a cambiar de formas más profundas y perturbadoras.

La deuda que sentía hacia Naruto empezó a ocupar sus pensamientos con una intensidad inusual. Se decía a sí misma que solo quería pagarle por haberla salvado, que en su pensamiento era un simple agradecimiento, pero con cada día que pasaba, esa idea se convertía en algo más.

Konoha había tratado a Naruto como a un paria desde su infancia, y ahora lo llamaban traidor. Esa injusticia le provocaba una ira que crecía dentro de ella como un incendio descontrolado. ¿Cómo podía ser que la misma aldea que la había mirado con desprecio durante años hiciera lo mismo con él?

En la mente trastornada de Anko a causa del sello, ella se convenció que Naruto merecía más. Merecía respeto, poder, adoración. Y si Konoha se lo negaba, entonces ella debía hacer algo al respecto. No era solo gratitud, ni lealtad; era una necesidad imperiosa, una urgencia que se volvía más fuerte con cada latido de su corazón.

Pero lo que Anko no sabía era que el sello estaba afectándola más rápido de lo que debería. Cada día que pasaba sin que se corrigiera el error lo volvía más difícil de revertir. Pronto, su devoción cruzaría la línea de la lógica y se convertiría en algo mucho más peligroso.

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Pov Shibuki

Shibuki miró el pergamino que descansaba sobre su escritorio, el pesado silencio de su oficina solo interrumpido por el murmullo de las cascadas. La situación era crítica, demasiado compleja para un simple líder de una pequeña aldea como él. Había una deuda pendiente con el equipo siete, con Naruto, y también con su propia conciencia, una que pesaba más que cualquier otra.

Takigakure había sido salvada por ellos durante la crisis, y lo agradecía, especialmente a Naruto. Sin embargo, el joven Uzumaki había causado una reacción en cadena que ahora amenazaba con destruir lo que tanto había costado construir. Fu, a quien veía como una hermanita, su más valiosa arma, la niña que representaba la esperanza de su aldea, había desaparecido. Lo peor de todo era que ella no solo se había perdido, sino que, según los informes, había sido llevada por Naruto mismo.

—No… No puede ser… —. Murmuró para sí mismo, sintiendo su estómago hundirse con la desesperación.

El sentimiento de traición lo invadió como un río desbordado. Fu era un jinchuriki, una pieza fundamental en el esquema de defensa de su aldea. Nadie, ni siquiera él, podría arriesgarse a perderla. La gente de Takigakure había estado aislada, acostumbrada a vivir bajo la sombra de las grandes potencias, pero Fu representaba un futuro más seguro, una defensa sólida.

Shibuki sabía que su aldea no podría sobrevivir sin ella. Y ahora, era Naruto quien la tenía. Al principio había esperado lo peor, pero nunca en sus peores pesadillas había imaginado que el joven, que alguna vez consideró su aliado, llegaría a este punto.

Aun recuerda vívidamente el reporte del chunin que regresó sin Fu. Las palabras del shinobi se repetían en su mente, incluso ahora.

—L-Lo vimos con nuestros propios ojos, Shibuki-sama… Él usó Mokuton. Árboles, un bosque entero… era igual a las leyendas del Primer Hokage…—.

Los ojos del líder de Takigakure se habían abierto con horror al recordar ese informe. Mokuton. Naruto poseía el poder para destruir cualquier resistencia en su camino, y si eso era cierto, ¿qué opción tenía Takigakure ante él? Nada. Enfrentarse a un poder como el de Naruto solo llevaría a la ruina a su gente. La aldea no podía arriesgarse a luchar contra un individuo tan peligroso, especialmente sin los recursos para hacerlo.

¿Qué podía hacer él, un líder que había sido mantenido bajo la sombra del miedo ante otras aldeas, contra un joven que ahora parecía tener el poder de un dios? La respuesta era obvia, por mucho que la odiara.

Con el rostro tenso, Shibuki recordó la época de alianzas con Konoha, a quienes habían ayudado en el pasado. Recordó las promesas de cooperación mutua, pero también la distancia creciente entre ambas aldeas, especialmente después de que el Sandaime asumiera el cargo. La relación de confianza que alguna vez existió estaba tensa. Pero, aunque Konoha no era el aliado ideal, era la única opción realista.

Si alguien podía lidiar con Naruto, era Konoha.

—Konoha no puede ignorar esto… —. Susurró, tomando el pergamino con manos temblorosas.

El pergamino representaba más que solo una solicitud de ayuda. Era un acto de desesperación, pero también de liderazgo. Debía poner el bienestar de su gente por encima de su orgullo.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Adelante—.

Tres chunin entraron en la habitación, serios y listos. Uno de ellos, el más alto, habló primero.

—Shibuki-sama, estamos listos para la misión—.

Shibuki les miró por un momento, con el peso del futuro de su aldea sobre los hombros. Luego, les entregó el pergamino.

—Lleven esto a Konoha. Cueste lo que cueste, esta información debe llegar a ellos—.

Los tres asintieron y desaparecieron en un instante, dejando a Shibuki solo en su oficina.

Se dejó caer pesadamente en su asiento, sintiendo el peso de su decisión hundirse en su pecho. Había traicionado su deuda con Naruto. Pero… ¿no era Naruto quien lo había traicionado primero?

Se cubrió el rostro con una mano.

—Lo siento, Fu… pero esto es por Takigakure… y por ti…—.

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Los exploradores de Konoha avanzaban a toda velocidad, sus movimientos eficiente, agiles y coordinados como correspondía a un grupo de élite entrenado para misiones de reconocimiento. Recibieron informes inquietantes sobre sucesos extraños en la frontera, rumores provenientes de comerciantes y genin que hablaban de algo imposible.

A primera vista, parecían exageraciones de viajeros o cuentos distorsionados en el boca a boca, pero los shinobi de Konoha sabían que en el mundo ninja, hasta el rumor más absurdo podía esconder un peligro real.

Se dirigían a las cercanías de Suna, a una ruta comercial bien establecida y monitoreada constantemente. Según los mapas que llevaban consigo, aquel tramo del desierto no tenía nada de especial, solo arena, rocas y el implacable sol del País del Viento. Pero cuando llegaron, el aire se volvió pesado, el ambiente cambió y lo que vieron hizo que el líder del escuadrón se detuviera de golpe, sus ojos abriéndose con incredulidad.

Frente a ellos, donde solo debería haber un páramo árido e inhóspito, se extendía un bosque. Un denso y frondoso bosque, con árboles que no pertenecían a aquella tierra seca, con copas verdes que se mecían bajo un viento que nunca antes había acariciado el bosque. No era una simple mancha de vegetación aislada, sino un ecosistema completamente ajeno a su entorno, un cambio tan drástico que era imposible ignorarlo.

El escalofrío que recorrió a los shinobi no provenía del frío de la noche, sino del significado de lo que estaban viendo. Mokuton.

—Esto no es posible… —. Susurró uno de ellos, sin poder apartar la mirada del bosque.

—No lo entiendo… —. Dijo otro, con un tono apenas controlado.

—Los mapas de la semana pasada no marcaban nada—.

Pero el líder del escuadrón, un jōnin experimentado, no necesitó más pruebas. La información recopilada no mentía. Este bosque no estaba aquí antes. Y si lo que decían los rumores era cierto, si esto había aparecido literalmente de un día para otro…

—No podemos sacar conclusiones aquí—. Dio ordenes, no había tiempo para quedarse congelado.

—Este fenómeno no puede explicarse con ninguna técnica conocida… salvo Mokuton—.

La idea golpeó a todos como un martillazo. Mokuton, un poder que moldeaba la vida misma. Un poder que solo el Shodaime Hokage había poseído. Un poder que, en manos equivocadas, podría alterar por completo el equilibrio del mundo shinobi.

Los exploradores intercambiaron miradas, el peso de lo que esto implicaba haciéndose cada vez más tangible. ¿Cómo podía haber surgido un usuario de Mokuton? El Clan Senju estaba prácticamente extinto, y ninguna investigación de Konoha había arrojado indicios de que tal linaje pudiera reaparecer en otro lugar.

—Si alguien más ha heredado el Mokuton… —. Uno de los shinobi tragó saliva.

—Esto puede ser… —.

No terminó la frase pues no hacía falta. El líder del grupo cerró los ojos un segundo y luego habló con decisión.

—No hay tiempo para especular. Regresamos a Konoha de inmediato. Tsunade-sama tiene que saber esto—.

Sin dudarlo más, los shinobi se dieron la vuelta y comenzaron a moverse a toda velocidad. Ya no era solo un rumor ahora era una amenaza a la seguridad nacional. Y si Konoha no actuaba rápido, las consecuencias podían ser desastrozas.

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Pov Orochimaru

El Sannin se encontraba en su laboratorio, sumido en un riguroso análisis científico. Sus ojos ámbar recorrían cada pequeño detalle del medicamento que Naruto-kun le había entregado. Era fascinante y desconcertante al mismo tiempo. No importaba cuántas pruebas realizara, los resultados siempre lo llevaban a la misma conclusión, era similar, pero a la vez tan fundamentalmente distinto, al aceite de los sapos que una vez obtuvo de Jiraiya cuando aún era un shinobi de Konoha.

Aquel líquido no solo tenía propiedades especiales, sino que además calmaba el dolor de sus brazos de una manera que ningún otro tratamiento había conseguido. Orochimaru sabía perfectamente la razón detrás de su sufrimiento, el sello de Sarutobi-sensei.

Había estudiado minuciosamente la técnica que su antiguo maestro usó en él, y finalmente llegó a una conclusión ineludible, era un sello Uzumaki.

Más específicamente, el Sello Consumidor del Demonio, un jutsu que nunca se molestó en estudiar en profundidad debido a sus letales consecuencias. Pero ahora no tenía elección. La evidencia era clara. Una parte de su alma, más precisamente la esencia de sus brazos, había sido sellada sin dejar rastro. No importaba cuántas veces lo analizara, la conclusión era la misma, no existía una manera inmediata de recuperar lo que había perdido. De encontrar una solución, tomaría años, quizás décadas.

Pero este brebaje… Orochimaru observó el frasco en sus manos con una mezcla de intriga y frustración. No era un jutsu, no era un ritual, ni una técnica de sellado. Era un simple líquido, un medicamento, y sin embargo, tenía la capacidad de aliviar el dolor del alma. Un concepto absurdo y fascinante al mismo tiempo.

El problema era que ya había gastado una cantidad considerable en sus experimentos, convencido de que podría reproducirlo. Pero ahora estaba seguro de que eso era imposible sin mas información.

Había aislado los ingredientes. Eran simples, mundanos, cosas sin sentido por sí solas. Y aun así, Naruto-kun había logrado imbuirlos con propiedades que desafiaban la lógica científica y médica del mundo shinobi. De alguna manera, aquel mocoso había elevado sustancias comunes a un estado superior, algo que solo se lograba con una habilidad especial.

Esto lo dejaba en una posición delicada. No podía permitirse agotar su suministro sin asegurarse de que podría obtener más. Y lo más frustrante de todo era que, por primera vez en mucho tiempo, Orochimaru necesitaba algo que no podía replicar por sí mismo. Llevó una mano a su mentón, en un gesto pensativo.

/¿Qué debía hacer?/. Fue el pensamiento del Sannin ante una situación tan molesta.

La opción más tentadora era capturar a Naruto, diseccionarlo, arrancarle sus secretos y obtener el conocimiento directamente de su fuente. Pero era una jugada demasiado arriesgada. Konoha ya estaba en alerta por la traición del niño, y Akatsuki seguramente lo vigilaba con atención. Si movía sus piezas demasiado pronto, podría atraer la mirada de enemigos que aún no estaba preparado para enfrentar.

No, debía proceder con cautela. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa antes de tomar una decisión.

—Kabuto… Guren… —. Murmuró en la penumbra de su laboratorio.

Enviar a Kabuto sería una opción lógica; su subordinado era astuto y un excelente negociador. Pero también estaba Guren, cuya lealtad era incuestionable. Ellos serían sus emisarios. Si Naruto había estado dispuesto a negociar una vez, seguramente lo haría de nuevo. Orochimaru esbozó una sonrisa serpentina. Después de todo, cuando la ocasión lo demandaba, él también podía ser paciente y diplomático.

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Pov Naruto

Entré en mi tienda después de otro largo día en Suna. La arena y el calor sofocante del desierto habían comenzado a ceder con la llegada del anochecer, dejando en su lugar un frío cortante que calaba hasta los huesos. El cambio de temperatura en el desierto siempre era extremo, pero ya estaba empezando a acostumbrado a ello.

Dentro, la tenue luz de unas lámparas de aceite iluminaba el espacio, proyectando sombras sobre las paredes de tela. Me deshice de mi capa y avancé hasta mi mesa de trabajo, donde se encontraba mi proyecto más importante hasta el momento, la marioneta de carne para Kurama.

Casi había reunido todo lo necesario para completarla. Normalmente, este tipo de marionetas eran utilizadas en la secta para contener espíritus o demonios, convirtiéndolos en oponentes de entrenamiento para los discípulos. Pero yo tenía otro propósito en mente. Quería darle a Kurama algo que no había experimentado en décadas, la oportunidad de experimentar la libertad.

El cuerpo estaba ensamblándose poco a poco, cada parte creada con materiales que yo cuidadosamente seleccione. Los huesos estaban hechos de madera de Mokuton, enriquecida con qi, lo que los hacía tan resistentes como el acero y al mismo tiempo capaces de canalizar chakra con una eficiencia sin precedentes.

Para los músculos, había utilizado carne de una bestia salvaje que conseguí en los mercados de Suna. Luego impregne la carne de calidad con mi qi, lo que le otorgaba una flexibilidad y resistencia naturales que superaban cualquier estructura de cuerdas o mecanismos tradicionales de marionetas.

La piel que cubriría el cuerpo era la de un zorro, cuidadosamente tratada para servir como disfraz y permitirle una apariencia más realista. En el centro de todo, el núcleo era una fusión de plomo y chakrametal, una combinación que aseguraba estabilidad, contención de energía y la posibilidad de que Kurama canalizara su chakra a través del cuerpo sin necesidad de intermediarios.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando desvié la mirada hacia un rincón de la tienda, donde se encontraba un espectáculo bastante peculiar, la cabeza de Hidan, descansando sobre una mesa.

El inmortal tenía un palillo en la boca y, sorprendentemente, tenia un libro abierto frente a él. Había encontrado la manera de pasar el tiempo usando la pieza de madera para cambiar las páginas. Al parecer, después de gritar sin parar durante días, insultándonos y amenazándonos con su ‘venganza divina’, había acabado por aburrirse.

Lo ignoramos por completo. Y el aburrimiento fue más efectivo que cualquier tortura. Al final, desesperado por algo con qué distraerse, terminó aceptando el libro que le di.

—Nunca pensé que leería tanto, Hidan. ¿De qué trata ese? —. Pregunté con una sonrisa burlona mientras revisaba la lista de suministros.

El sacerdote de Jashin me fulminó con la mirada antes de volver a su lectura.

—Cállate, mocoso. Estoy en un capítulo importante… —. Bufó con fastidio.

Curioso, entrecerré los ojos para leer el título de la portada. Era un texto filosófico sobre la mortalidad y la trascendencia. El tipo estaba reflexionando sobre la inmortalidad mientras su cuerpo seguía enterrado en otro lado. Tuve que contener una carcajada.

Sacudí la cabeza y volví a concentrarme en lo que realmente importaba. Sobre mi mesa, la lista de suministros que Sasame me entregó estaba organizada en columnas detalladas. Allí se mostraban los artículos comprados, los recursos disponibles y las recomendaciones de Temari para el viaje.

Después de todo, ella actuaría más como nuestra guía que como guardaespaldas. El viaje no sería sencillo, y su conocimiento del desierto y las rutas seguras sería invaluable. Mientras repasaba la lista, mi mente vagó un momento hacia Gaara. Apenas lo había visto en los últimos días. Estaba absorto estudiando la barrera que le entregué, analizando sus limitaciones y capacidades.

Era interesante ver cómo se sumergía en su investigación, tratando de comprender la técnica en su totalidad. Sabía que eventualmente me harían preguntas sobre su funcionamiento interno.

Justo cuando estaba por terminar de revisar la lista, un shinobi de Suna se presentó en la entrada de mi tienda.

—Naruto-san, Gaara-sama te está buscando—.

No me sorprendió la noticia. Mañana al amanecer partiríamos de Suna, y era natural que Gaara quisiera discutir algunos asuntos antes de nuestra partida.

Asentí, guardé la lista con cuidado y me puse de pie.

—Bien. Vamos—.

Mientras salía de la tienda, no pude evitar lanzar una última mirada a la cabeza de Hidan.

—No destruyas otro libro mas, ¿eh? —. Comenté en tono de broma.

—Jódete —. Respondió sin apartar la vista de la página.

Sonreí de lado y salí, sintiendo la brisa fría de la noche envolviéndome mientras me dirigía a mi encuentro con Gaara.

Mientras caminaba por las calles de Suna con tranquilidad, no pude evitar notar la marcada contradicción que definía la aldea. Era un lugar de extremos, donde la prosperidad y la decadencia coexistían en un frágil equilibrio. Por un lado, los civiles parecían disfrutar de un nivel de estabilidad económica considerable. Los comerciantes iban y venían, descargando mercancías y cerrando tratos bajo el parpadeo de las linternas que iluminaban el mercado nocturno.

Suna era un centro comercial clave en el desierto, un punto de intercambio vital entre nómadas, mercaderes de la Tierra del Viento y aquellos que cruzaban desde el País del Fuego hacia el país de los Pájaros y los Ríos, tenían que pasar por suna. Los tenderos prosperaban, los puestos de especias y tejidos estaban repletos, y los restaurantes aún bullían con actividad incluso a estas horas.

Pero en ese mismo entorno vibrante, al otro lado de la moneda, el mundo shinobi de Suna languidecía en la pobreza.

Los ninja de la aldea estaban atrapados en una espiral descendente, víctimas del abandono financiero de su propio Daimyō. La falta de financiamiento militar y políticas que favorecían el comercio en lugar del shinobi, los había dejado con menos recursos, menos contratos de misión y, por ende, con menos ingresos. Lo peor era que las misiones que tradicionalmente serían suyas estaban siendo desviadas a otras aldeas, principalmente a Konoha.

Pude verlos en las sombras de las calles menos transitadas, grupos de chunin y genin entrenando con herramientas gastadas, examinando pergaminos viejos y remendados, conversando en voz baja con rostros de frustración. Los jonin, aquellos que aún tenían trabajo, pasaban con semblantes endurecidos, algunos con ropa parchada y protecciones visiblemente reutilizadas una y otra vez. Era una visión que contrastaba dolorosamente con la vibrante actividad del distrito comercial.

No era difícil ver por qué existía resentimiento en los shinobi de Suna. Mientras que los civiles podían encontrar estabilidad en el comercio, los ninja estaban siendo reducidos a herramientas aun mas desechables, cada vez menos útiles para su propia aldea, pues ser guardaespaldas hasta salir del desierto eran misiones como máximo de nivel C, no suficiente para un shinobi de alto nivel.

Dos caras de la misma moneda.

Suspiré, sintiendo el peso de esa realidad. No era mi problema… pero al mismo tiempo, lo era. Porque si Suna caía aún más en la miseria, se volvería vulnerable, y cuando una aldea se vuelve débil, inevitablemente alguien más viene a devorarla y por ende mi amistad con Gaara me hacia mas sentimental hacia estos temas.

Mi encuentro con Gaara probablemente trataría sobre este mismo tema. Aceleré el paso, cruzando las calles de Suna bajo la luz de la luna, con la certeza de que esta aldea estaba en una encrucijada peligrosa.

Cuando ingrese en la oficina de Gaara, este me observó desde su asiento mientras yo me acomodaba frente a él. La oficina estaba inusualmente tranquila; ni Baki ni los ancianos estaban presentes. Era una señal clara de que esta conversación era estrictamente entre él y yo, sin los susurros de la política tradicional de Suna interfiriendo.

—La barrera superó nuestras expectativas —. Dijo con calma, hojeando un informe mientras hablaba.

—Intentamos todo cuando estuvo en modo de defensa, desde técnicas de infiltración, ninjutsu de ataque, incluso Taijutsu. Nada funcionó. Hace justo lo que prometiste—.

Asentí levemente, sin necesidad de comentarios. Sabía que funcionaría. Había sido diseñada para eso. Pero lo que me extendió después fue lo inesperado.

Un pergamino oficial, sellado con el emblema del Kazekage.

Lo desenrollé con cuidado. En su interior, un documento detallado confirmaba que Suna había roto las negociaciones con Konoha. Pero no solo eso, el tratado incluía un borrador preliminar de cooperación mutua… conmigo. Con mi gente. Un ofrecimiento para establecer relaciones formales, incluso apoyo militar en caso de conflicto.

Y eso… no era parte del trato.

—¿Esto es en serio? —. Pregunté, alzando una ceja mientras lo dejaba sobre la mesa.

—Nuestro acuerdo fue claro, Gaara. Tú recibías la barrera. A cambio, no se forjaba ninguna alianza con Konoha y no nos declararemos la guerra. Una transacción, nada más—.

—Lo sé —. Respondió sin alterarse.

—Pero después de ver lo que entregaste… algunos en el consejo creen que deberíamos ir más allá. Prevenir futuros conflictos, asegurar cooperación continua—.

—Ese no fue el trato —. Repetí, frunciendo el seño.

No era enojo, pero sí una declaración clara de límites. La transacción entre nosotros fue puntual. Yo cumplí con mi parte. Gaara con la suya. No había promesas de respaldo, ni pactos de largo plazo mas que no atacarnos sin razón. Solo un intercambio directo, entre dos personas que entendían que a veces un trato limpio vale más que una alianza cargada de intereses ocultos.

—No me interesa una alianza con Suna —. Continué.

—Ni con ninguna aldea shinobi, en realidad. Si acepto esto, entonces soy uno más en su tablero político. Y eso es exactamente lo que estoy evitando construir—.

Gaara me observó por unos segundos antes de asentir lentamente.

—Entiendo. Entonces lo dejamos en lo que fue, un intercambio justo. Nada más—.

—Exacto —. Dije, con un leve gesto de agradecimiento.

—No tengo problemas en ayudar si lo considero necesario. Pero no por tratados, ni pactos firmados con tinta. Las alianzas se rompen. Los intereses cambian. Prefiero que si me ayudas o yo te ayudo, sea porque ambos lo queremos… no porque un papel lo ordene—.

/En este mundo los documentos no valen ni el papel en el que están firmados/. Pensé con sombría diversión.

El silencio entre nosotros fue breve, cómodo. No necesitábamos muchas palabras. Él sabía que yo no era como los líderes de las aldeas. Y yo sabía que, al menos por ahora, podía confiar en que Gaara era un amigo.

Tomé el pergamino, lo cerré con cuidado y lo dejé sobre la mesa.

—Puedes quedarte con eso. Pero guárdalo como lo que fue, una idea que no cuajó—.

Pero entonces, Gaara me miró. No con su calma habitual, o esa serenidad casi monótona que le caracterizaba. No, esta vez su mirada era más intensa, más decidida, como si hubiera tomado una resolución inquebrantable. Su expresión era tan distinta que por un instante me pregunté si no se trataba de otra persona disfrazada con un jutsu.

—Entonces, ¿cuándo planeas casarte con mi hermana? —. Dijo con total seriedad.

Mis ojos casi se salieron de sus órbitas.

—¿Q-Qué…? —. Balbuceé, tratando de asegurarme de que había escuchado bien.

Me incliné hacia adelante, levanté una mano, luego la bajé. Traté de encontrar las palabras adecuadas, pero mi cerebro solo lanzaba alertas de emergencia.

—¡¿Cómo?! ¡¿Por qué?!—.

Gaara, sin inmutarse, volvió a su expresión impasible, su tono de voz tan tranquilo como si estuviéramos discutiendo el clima.

—Es una pregunta legítima, ¿no crees? Un hombre como tú, con tantas ideas para cambiar el mundo… Y mi hermana es una mujer respetable. Así que espero un cortejo apropiado, nada de cosas informales—.

Mi cerebro seguía tratando de conectar los puntos, pero todo lo que encontraba era un montón de errores de sistema.

—Gaara… amigo… yo… —. Me tomé un segundo para respirar.

—Escucha, ¿por qué no empezamos con algo más simple? No sé… ¿una cena? ¡No me apresures a organizar bodas todavía!—. Trate de bromear.

Pero Gaara no reaccionó. Ni una sonrisa, que provocara un cambio en su expresión. Solo me observó fijamente, como si esperara una respuesta definitiva.

—Bueno… —. Tragué saliva.

—Realmente no sé qué estás pensando, pero eso de ser tu cuñado era una broma—.

—No lo era—. Respondió un impasible Gaara.

—Para mí sí lo era—. Respondí tímidamente ante esta situación ridícula.

Gaara ignoró mi réplica y prosiguió con su voz inmutable.

—Hemos discutido este asunto y un matrimonio entre tú y mi hermana beneficiaría a Suna. No solo reforzaría nuestra conexión directa, sino que garantizaría su seguridad en la próxima tormenta política con Konoha—.

—¿Qué tormenta política…? —. Pregunté, espabilando ante como Konoha era un problema nuevamente.

—Konoha ha insistido en usarla como enlace en su tratado de alianza, lo que en la práctica la convertiría en una prisionera política. Mi familia ha gobernado Suna desde su fundación; Temari no es solo mi hermana, es una figura importante para la estabilidad de la aldea—.

Solté un largo suspiro. Política, siempre política. Entendía la situación de Gaara. Recién había reconstruido su relación con sus hermanos y ahora lo estaban obligando a prácticamente “vender” a Temari a Konoha.

—Pero… ¿por qué yo? —. Pregunté, frotándome la sien con frustración.

—Aún no tengo una base de poder establecida, ni siquiera he consolidado mi posición. ¿Qué te hace pensar que soy una mejor opción que Konoha?—.

Gaara me miró directamente a los ojos.

—Porque me salvaste y me mostraste el camino para ser humano. Eso te hace digno de confianza—.

Sus palabras me dejaron sin respuesta por un momento.

—Además—. Continuó.

—Incluso si el matrimonio no se concreta, mientras mi hermana esté “comprometida”, Konoha no podrá presionarnos más en ese asunto—.

Me quedé mirándolo en silencio, procesando toda esta locura.

—Así que básicamente… ¿quieres que sea el prometido falso de Temari para quitarle el problema de Konoha de encima?—.

Gaara asintió sin dudar.

—Sí—.

Suspiré de nuevo.

—Voy a necesitar algo más fuerte que sake para procesar esto…—.

————————————————————————————————————————–

Me encontraba saliendo de Suna junto a la caravana. Temari y las chicas viajaban en otro vagón, conversando entre ellas. Según lo que entendí, Temari estaba al tanto de la situación. Este “compromiso” no era más que una protección política, un escudo contra Konoha. Técnicamente, Temari era la princesa de Suna pues la familia de Rasa había gobernado la aldea desde su fundación, y su linaje era prácticamente noble.

Acepté el acuerdo con dos condiciones: primero, que el compromiso pudiera romperse cuando yo quisiera, y segundo, que no se hiciera público. Si se decía que Temari tenía un prometido, nadie debía saber que era yo. Aun así, no podía evitar sentirme incómodo con todo el asunto. No tenía intención de sentar cabeza pronto.

Primero, porque este cuerpo era joven. Segundo, porque tenía problemas mucho más importantes que resolver, como el pequeño detalle de Zetsu Negro y Kaguya. No iba a preocuparme por un matrimonio cuando ni siquiera tenía asegurada mi propia supervivencia a largo plazo.

Cuanto más nos alejábamos de Suna, más tranquilo me sentía. La política no era lo mío. En algún momento, lamenté no poder llevarme a Gaara conmigo a… ¿mi nuevo país? ¿Secta de cultivadores? Bueno, lo que fuera que estaba formando. La verdad, mi plan ideal era poner a Gaara a cargo de la administración. Había demostrado ser un buen líder. Ni loco iba a encargarme yo de la burocracia.

Suspiré y salté al vagón donde estaban las chicas. Si ella iba a ser nuestra guía durante tanto tiempo, tenía que mostrarle mi verdadera apariencia a Temari en algún momento.

Cuando entré, Temari me miró con el rostro inexpresivo. No estaba molesta, pero tampoco parecía feliz y lo entendía. Para alguien como ella, fuerte y orgullosa, este compromiso falso debía sentirse como un insulto. Probablemente pensaba que no necesitaba que la protegieran, y en cierto modo, tenía razón. Pero tampoco era mi culpa.

—Bien. Karin, Sasame, Fu… Espero que le hayan explicado a Temari cómo están organizadas las cosas en la caravana —. Dije, cruzándome de brazos.

—Pero ahora es momento de que sepa algo importante. No puedo usar henge todo el tiempo—.

Temari me miró con confusión, pero no dijo nada.

Sin más rodeos, deshice la transformación. Mi cabello volvió a su tono rubio original y mi cuerpo se encogió hasta la apariencia de un niño de nueve años.

El silencio duró exactamente tres segundos.

Antes de que pudiera reaccionar, Temari me abrazó con fuerza y comenzó a chillar.

—¡Pero qué cosa tan linda! ¡Eres adorable!—.

…Definitivamente no era la reacción que esperaba. En serio, ¿qué carajos estaba pasando?

Antes de poder procesar la situación, Temari ya me había levantado como si fuera un peluche y me tenía sentado en su regazo, acariciándome el cabello con una sonrisa satisfecha.

—S-Suéltame —. Murmuré, demasiado en shock para reaccionar con más fuerza.

—Nah, estás muy cómodo aquí—. Respondió sin siquiera mirarme, sus manos pasando despreocupadamente por mis mechones rubios.

—Además, esto compensa un poco el mal trago del compromiso falso—. Susurro.

Mientras tanto, Karin y Sasame miraban la escena con expresiones que oscilaban entre la incredulidad y diversión absoluta.

—¿Acaso nos cambiaron a Naruto-sama por una versión chibi y esponjosa? —. Susurró Sasame con los ojos entrecerrados y un tono burlon.

Sí, me había encogido aún más. Pasé casi todo mi tiempo en Suna con un henge, y como no dormía, no había necesidad de disiparlo. Así que nadie me había visto en este estado tan indigno. Mi rostro se había suavizado, redondeado y tomo características increíblemente adorables gracias a la estabilización del yin en mi cuerpo, aunque aun estaba lejos de arreglarme.

—¡¿Por qué parece un maldito personaje de shoujo?! —. Explotó Karin, señalándome con el dedo.

Parpadeé ante el comentario, anotando mentalmente que en este mundo existía el género shoujo.

—¡Se supone que es un guerrero brutal que hace explotar gente con solo gritar, no una figurita coleccionable!—.

…Definitivamente no debí haberles contado lo que le hice a Hidan y Kakuzu.

Fu, por otro lado, ya estaba doblada de la risa, golpeándose la rodilla mientras intentaba respirar.

—¡Jajajaja! ¡Esto es oro! ¡Miren su cara! ¡Parece que va a colapsar mentalmente en cualquier momento! ¡El pequeño Naruto es divertidísimo!—.

—Aprecio la preocupación, Fu —. Dije con voz plana.

—Realmente la aprecio—.

Temari ignoró completamente la conmoción y siguió hablando como si nada.

—De todas formas, explícame qué demonios te pasó para que terminaras así—.

Suspiré, resignado.

—Digamos que un algo salió mal y, para evitar morir, tuve que usar medidas drásticas. Como efecto secundario, mi cuerpo se encogió, pero lo solucionaré cuando lleguemos a la mina de oro de Katabami, recuperare mi edad biológica… mas o menos—.

Temari asintió con naturalidad, como si hubiera escuchado algo perfectamente normal.

—Ah, vale—.

Sasame parpadeó varias veces.

—¿Ah, vale? ¿Eso es todo? ¿Ni una pregunta más? ¿Ni un ‘oye, qué clase de entrenamiento termina con alguien volviéndose un niño kawaii’?—.

—Es un shinobi, los jutsus locos son el pan de cada día —. Respondió Temari con indiferencia, mientras me daba unas palmadas en la cabeza como si fuera un cachorro.

—¡NO SOY UNA MASCOTA! —. Protesté, intentando recuperar el control de la situación. Pero Temari simplemente ignoró mi sufrimiento y me abrazó más fuerte.

Karin se masajeó las sienes con frustración.

—Si creces con la misma cara de modelo, juro que te voy a patear por fastidio—.

La fulminé con la mirada.

/Te arrastrarás a mis pies cuando sea grande, maldita Karin. Sé que te vuelves loca por los apuestos, estabas babosa por Sasuke en el canon…/. Pensé con indignación.

Fu volvió a reírse, dándome un par de palmadas en la cabeza.

—Bueno, al menos ahora tienes una ventaja en la guerra psicológica. ¡Imagínate la cara de los enemigos cuando vean que un niño bonito los destroza con gritos!—.

Suspiré.

—Voy a necesitar algo más fuerte que sake para procesar esto…—.

————————————————————————————————————————-

El viaje fue bastante tranquilo. Nos tomó alrededor de una semana salir del país del Viento, y, como todo el mundo ya sabía de mi condición, ya no era necesario el henge. De hecho, era preferible así, ya que no coincidía con mi descripción en el libro de bingo. Después de todo, no estaba más alto ni tan desgarbado como cuando salí de prisión.

Durante este tiempo, me dediqué a completar la marioneta de carne de Kurama. Ya estaba casi lista; solo necesitaba un lugar tranquilo para terminarla. La mina de oro a la que íbamos sería perfecta. Después de deshacerme de Raiga, me quedaría un par de semanas para reparar mi cuerpo y ultimar los detalles de la marioneta.

Todo el tiempo, Hidan seguía leyendo libros, pues le resultaba aburrido estar con nosotros. No matábamos a todo lo que se movía, así que, en sus palabras, “eramos aburridos aguafiestas”. La cabeza cercenada encontró su pasión en la lectura… cosa rara, ¿no?

Mientras tanto, Karin se aseguró de que estuviera cómodo. Me sorprendió cómo se desvivía por mi comodidad, incluso más que antes. Comprobé mi teoría de que Karin se moría por lo “atractivos”, aunque no la culpaba. Después de todo, quién no querría estar cerca de un “niño kawaii” como yo…

Sasame seguía siendo mi pequeña asistente Fūma, por no decir que ponía toda la responsabilidad sobre ella mientras yo hacía lo mínimo posible. Me sentía algo mal, pero era un sacrificio que estaba dispuesto a aceptar.

Fu, por su parte, jugaba cartas todo el tiempo que tenía libre. Mientras tanto, le encantaba convivir con el resto de la caravana y ver el paisaje. Si por ella fuera, estaría constantemente rodeada de gente.

Y Temari… bueno, Temari era la peor de todas. Parecía tener una fijación por tratarme como si fuera su mascota. Me alimentaba, me acariciaba, y cuando trataba de meditar para cultivar, me sentaba en su regazo y, a regañadientes, cultivaba allí. No podía ser grosero con la hermana de Gaara. El loco intentaría matarme, y probablemente Temari también lo haría si fuera grosero con ella.

—¿Sabes qué? ¡Nunca pensé que en mi vida me vería en esta situación! —. Me quejé, mientras Temari me acariciaba el cabello, completamente ajena a mis pensamientos de rebeldía interna.

—Aww, ¿por qué no disfrutar de tu “descanso” con una buena sesión de mimos? —. Respondió ella, con una sonrisa inocente.

—¡Esto no es un “descanso”! —. Protesté en tono exasperado, aunque no me atrevía a hacer mucho más.

Karin, que escuchaba la escena desde el otro lado, me miró con una mezcla de sorpresa y diversión.

—¿Naruto-kun esta haciendo un berrinche?… —. Dijo, apretando los labios para no soltar una carcajada.

Sasame, por su parte, se asomó al carro con una mirada divertida, aunque mantuvo el tono respetuoso falso que tenia al burlarse.

—Parece que nuestro líder tiene un… pequeño problema con las damas en esta etapa joven de su vida—.

Fu rió abiertamente desde el asiento frente a nosotros.

—Jajajaja, bueno, al menos tenemos una ventaja. Si alguna vez nos atacan, ¡los confundimos con “Naruto-chan”! ¡Las chicas van a desmayarse antes de que podamos lanzar el Rugido de León! —. Comentó, sin inmutarse.

Suspiré profundamente, masajeándome las sienes.

—Voy a necesitar más sake para sobrevivir a esto…—. Esta era mi vida ahora.

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Omake: Soluciones Simples

No habían pasado ni dos semanas desde que reencarné en este cuerpo. Ser Naruto adulto ya era un incordio, y ahora tenía que lidiar con el hecho de ser el padre de Burrito. ¡Sí, Burrito! Este mocoso era, sin lugar a dudas, un malcriado mimado.

Y lo peor de todo, ¡era tan obvio que todo lo que hacía era un intento desesperado por llamar mi atención! Mientras tanto, Himawari era tan adorable que solo pensar en ella me hacía querer retirarme a un rincón y reflexionar sobre todas mis decisiones de vida… pero claro, eso no iba a solucionar nada.

Con todo esto de los exámenes Chūnin a la vuelta de la esquina y la amenaza Otsutsuki cada vez más cerca, decidí que era hora de hacer algo. Después de todo, las cosas nunca salían como quería, ¿verdad? Y menos con Burrito dando vueltas por la aldea como si el mundo entero le debiera algo.

Así que pasé a la acción, como siempre. Pero en vez de seguir la vía convencional de resolver las cosas a base de puñetazos y gritos, decidí que sería más eficiente… bueno, a lo seguro. Busqué a un fanático de la aldea, un shinobi que estuviera dispuesto a hacer cualquier cosa por mí. Carne de cañón, claro.

Con la ayuda de un Yamanaka, le lavamos el cerebro para que obedeciera mis órdenes al pie de la letra. Sí, sí, sé lo que piensas. “¿Pero Naruto, el héroe, el modelo de sacrificio? ¿Haciendo eso?”. Claro, no era precisamente la imagen de lo que podría considerarse un “héroe”, pero en un mundo de shinobis, un ninja obedece, y ya está. No hay preguntas. Punto.

Después de dejar al Yamanaka con la tarea de hacer que este pobre shinobi se volviera aun mas fanatico, le hice aprender un jutsu a la perfección, el Shiki Fūjin estaba grabado en su cabeza. Le proporcioné una buena dosis de chakra de Kurama (porque nunca es suficiente) y, cuando Momoshiki llegó, lo pillamos completamente desprevenido. Sasuke y yo estábamos listos para lo que sea. Lo inmovilizamos, y el pobre shinobi selló a Momoshiki con el Shinigami. Fácil, rápido y eficaz.

Ahora, dejé todo a cargo de Shikamaru para lidiar con los problemas diplomáticos y me retiré para pasar un “tiempo de calidad” con Hinata. Y por supuesto, de paso prepararme para todo el caos que se venía con Burrito.

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Notas: ¡Gracias por leer! Comenta si te gustó.

Vimos varios puntos de vista, y aquí tenemos a la mejor chica, Temari. No se preocupen, no habrá romance por el momento, ya que todavía son muy jóvenes. Puede que en el canon se muestren precoces en ese aspecto, pero solo llegarán a eso cuando sean más adultos.

Por fin dejamos suna y, con ello, nos acercamos a Raiga. Después terminaremos el viaje para llegar a nuestro destino final y establecer una base de operaciones adecuada.

También, ¿qué podría tener Orochimaru que Naruto quiera negociar? Denme sus especulaciones.

Un nuevo capítulo por todas las piedras de poder. ¡Eso demuestra que les gustó! Dejen su comentario.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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