Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 16

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Cultivador mediocre en naruto
  4. Capítulo 16 - Capítulo 16: Dúo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 16: Dúo

Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.

— Personaje hablando —

/ Personaje pensando /

“Biju hablando mentalmente”

Nos sentamos dentro de la posada, el ambiente estaba tenso. Rock Lee, inconsciente en una esquina, roncaba suavemente con una bolsa de hielo en la mandíbula; cortesía de Sakura. La abuela Shanzo había desaparecido en la cocina, probablemente preparando su infame curry del infierno. Fu comía como si fuera su última comida, con lágrimas en los ojos por el picante, pero sin detenerse. Y en medio de todo eso, nadie parecía darle importancia al “rehén misterioso” Karashi, con una bolsa de tela amarrada en la cabeza, sentado en silencio como un mueble más.

—Bueno… supongo que les contaron muchas cosas sobre cómo “deserté” de Konoha —. Comencé con voz neutra, mirando a los presentes.

—Pero creo que Sakura puede explicarles mejor lo que realmente pasó—.

Le pasé la pelota a Sakura con la elegancia de alguien que ha huido de la responsabilidad toda su vida. Ella me lanzó una mirada plana, esa mirada universal de “idiota, esta conversación era tu responsabilidad”, pero justo cuando estaba a punto de abrir la boca…

La puerta se abrió de golpe y Sasame entró jadeando, con los ojos abiertos como platos. Casi habló como una persona normal, lo cual fue todo un logro, pero al ver a los extraños en la habitación se corrigió al instante, cambiando a su ridícula formalidad exagerada.

—¡Joven maestro! Hay problemas… los de las nubes rojas han vuelto. Han tomado de rehenes a todos en la mina. ¡Debe volver, por favor! —. Rogó con voz temblorosa, claramente preocupada por su clan Fūma.

Yo simplemente me cubrí la cara con una mano y solté un suspiro largo y amargo.

—¿Otra vez Akatsuki? ¿En serio? ¿Qué carajos le pasa al universo con mi suerte? ¿Estoy pagando karma de otra vida o qué?—.

Tenten parpadeó, confundida.

—¿Akatsuki? ¿Quiénes son y por qué te buscan?—.

Neji frunció el ceño, su ojos blancos suspicaces analizando la situación.

—La mina Katabami es nuestra misión. Debemos ir —. Gruñó con esa actitud molesta Hyuga.

Fu tragó un bocado completo, ignorando el picante como una bestia, y murmuró entre tosidos.

—Yo los distraigo… si me dan más curry—.

Karashi gimió debajo de la mordaza, como si supiera que su día no podía empeorar… y aún así lo estaba haciendo.

Y yo… yo ya estaba mentalmente organizando la logística necesaria para poner a todos estos adolescentes hormonales en una guardería con doble sellado, mientras me encargaba solo de los ninjas clase S, como el adulto funcional (en cuerpo de niño) que soy.

Aplaudí, una sola vez, firme y seco. El sonido cortó el aire como un sello explosivo. Todos se giraron a mirarme: algunos confundidos, otros todavía masticando curry picante con los ojos llorosos.

—Muy bien —. Dije con voz clara, sin dejar lugar a discusión.

—Neji, tú te quedas aquí con tu equipo. Protejan la posada y vigilen a mi rehén—.

Asentí con la cabeza hacia Karashi, que seguía en su rincón como un bulto olvidado, con una bolsa de tela cubriéndole la cabeza y la dignidad completamente por los suelos.

—Sasame y Fu vienen conmigo. Una vez que los Akatsuki entren en contacto conmigo, ustedes liberan a los rehenes y evacúan. No intenten hacerse los héroes—.

Fu frunció el ceño, su chakra se alzó por reflejo. Iba a protestar, pero bastó con una sola mirada fulminante de mi parte para que cediera. Era la mirada de alguien que cargaba con años. Que había visto morir a demasiados jóvenes. Una mirada que decía sin palabras: “Confía en mí y no discutas esto.”

Se quejó por lo bajo… pero asintió. Neji, por supuesto, cruzó los brazos y abrió la boca. Pero lo detuve antes de que pudiera decir una sola palabra.

—Neji —. Le hablé con calma, como si me dirigiera a alguien que aún no entendía la ley de los fuertes.

—Esto no es un entrenamiento. No es un examen. Son enemigos clase S. No voy a arrastrarlos a una pelea que no pueden ganar. No lo tomes como una orden. Tómalo como un amigo… diciéndote que no vale la pena morir por orgullo—.

Hubo silencio, incómodo y denso. Pero nadie discutió, con eso me levanté y sí, admito que debía parecer ridículo. Un niño de ocho años tomando el mando, hablándole con tono grave a chicos de trece, catorce años. Pero en esa sala, en ese momento… era el único que había enfrentado monstruos reales.

Había sentido el peso asesino de Gaara. Sobrevivido a Orochimaru. Visto el abismo detrás de los ojos de Itachi. Sentido el filo de Zabuza. No tenía tiempo para convencerlos, ni paciencia para arriesgarlos.

Sasame y Fu me siguieron sin más, nos movimos rápido. Si habían tomado rehenes, era para atraerme. La trampa era obvia, pero efectiva y lo peor es que funcionaba. Porque aunque me frustrara… no podía quedarme de brazos cruzados sabiendo que había niños ahí afuera que podían morir por mi inacción.

——————————————————————————————————————————–

Pov Itachi

La mina Katabami estaba envuelta en un silencio antinatural. Los mineros, civiles y miembros del clan Fūma dormían bajo un genjutsu colectivo, suspendidos en una ilusión pacífica. Los pocos shinobi que intentaron resistirse yacían encadenados a un lado, derrotados pero vivos.

Temari, la kunoichi de Suna, estaba atada y amordazada, su mirada llena de furia e impotencia. El genjutsu había sido profundo y eficaz. Toda la información relevante ya había sido extraída, pero lo que encontró dentro de su mente inquietaba a Itachi más de lo que esperaba.

Se sentó en un viejo tocón de árbol cercano, los ojos cerrados. Por fuera, parecía en reposo; por dentro, analizaba la información recién obtenida.

—Una barrera defensiva sobre Suna… reforzada por sellos avanzados. Eso complicará la captura del Ichibi. Y no es lo peor —. Murmuró para sí mismo.

/El jinchūriki de Konoha… Uzumaki Naruto. Esto ya no es solo una anomalía. Es una amenaza potencial/. Penso con cierta alarma.

Había visto fragmentos en la mente de Temari. Entrenamientos que un genin no debería conocer. Decisiones que ningún niño en especial este Uzumaki no debería poder tomar. Una presencia que desentonaba con lo que conocía del niño por los informes.

—Lo enviaron a prisión, y lo dejaron escapar. ¿Qué estaban pensando…? —. Susurró, sin rabia, pero con una decepción helada.

/Es un error que Konoha no puede permitirse/. Resonó la voz fría de su propio juicio interior.

Itachi abrió los ojos lentamente, revelando un destello de su Sharingan.

/Si se convierte en una amenaza real para la aldea… Tendré que usar el ojo de Shisui/. Pensó con molestia mientras tamborileaba los dedos en su pierna.

/No querrías eso/. Murmuró su memoria, como un eco lejano de Shisui.

—Preferiría guardarlo para Sasuke. Por si el día llega en que descubra la verdad… y no pueda soportarla—. Cerro los ojos perdiéndose en su mente trastornada.

El tic-tac inexistente de su mente se detuvo al sentir el chakra de Kisame aproximándose. Su compañero, mas bien su vigilante. No lo veía como un aliado, ni como un amigo. Era un perro de guardia con sonrisa afilada, encargado de ponerle fin si alguna vez osaba romper su papel y eso estaba bien. El equilibrio requería amenazas, como todo en este maldito mundo.

—Volviste pronto… ¿cómo fue tu reunión con el espadachín de la Niebla? —. Preguntó Itachi sin levantar la vista, tamborileando sus dedos sobre la madera corroída del tocón.

Kisame soltó una risa seca, áspera como su piel de tiburón.

—El senpai tiene un trauma enorme con alguien llamado Dai. También me enteré de que el jinchūriki le quitó las Kiba y le clavó un sello raro. Patético, no es material para Akatsuki. Solo un cadáver que aún respira —. Se encogió de hombros, sentándose junto a un montón de herramientas abandonadas, relajado pero aun atento.

—Deberíamos matarlos a todos —. Dijo de pronto, casi como si comentara sobre el clima.

—Estos civiles, los shinobi, incluso la kunoichi de Suna. No sirven, es una pérdida de tiempo mantenerlos vivos—.

Itachi no respondió, no lo miró el solo siguió con el tamborileo, como si sus dedos tocaran una melodía que solo él podía oír. En su cabeza, todo se sometía a sus cálculos para ver que Valia la pena y que no. Sus pensamientos eran como un nido de cuervos en calma, al mismo tiempo volando erráticos en el cielo.

—Sospecho que el jinchūriki se ha aliado con su bestia —. Dijo finalmente, con la voz desprovista de emoción.

/Uzumaki Naruto… demasiado tranquilo. Demasiado… viejo. No es un niño, a cambiado demasiado en poco tiempo/. Su mente divago.

—Será resistente al genjutsu. Tal vez completamente inmune si la bestia lo apoya. No gastaré mis ojos en el. No aún —. El tic-tac volvió, invisible pero taladrando su mente incesantemente.

—Usaremos a esta gente como moneda de cambio. Hablara y si no lo hace, mataremos uno por uno a los rehenes. Más eficiente que torturarlo—.

Sus palabras no eran crueles. No estaban cargadas de odio. No eran ni siquiera personales. Eran clínicamente lógicas. Casi… mecánicas, un espejo de una mente enferma.

En el fondo, Itachi ya no veía a las personas como personas. Solo como piezas, variables y probabilidades. Lo único que realmente importaba era la aldea… y su hermano. Todo lo demás, podía arder.

/La guerra me enseñó que los niños gritan igual que los adultos cuando mueren. Pero nadie quiere escucharlos/.

/Así que aprendí a no escuchar/. El tic-tac sonó insistentemente recordándole cuanta sangre manchaban sus manos.

El susurro de su conciencia era tenue, débil, como el eco de un niño que alguna vez lloró en silencio entre cadáveres.

/Si Naruto-kun demuestra ser una amenaza real para la aldea… usaré el ojo de Shisui /. Pensó tomando su decisión final.

A su lado, Kisame acariciaba a Samehada con la tranquilidad de un carnicero afilando su cuchillo favorito. Para él, todo esto era otra escena más en el teatro sangriento del mundo shinobi. No sospechaba la verdad detrás de su compañero, no intuía que Itachi era, en el fondo, un traidor a la organización. Pero eso no importaba, a Kisame solo le importaban dos cosas, cumplir la misión… y divertirse un poco en el proceso.

Itachi lo sabía. Y por eso no le confiaba nada. Pero también por eso confiaba en él. Era paradójico, como todo en su vida.

El Uchiha mantenía la mirada perdida en el oscuro techo de la caverna, pero no por descuido. Estaba observando todo, con cada uno de sus sentidos afinados por años de paranoia y supervivencia. Su mente, sin embargo, aún recorría las imágenes extraídas de Temari, el rostro rejuvenecido de Uzumaki Naruto, la voz que hablaba con la seguridad de un adulto, la mirada… tan distinta a la de un niño.

El chico ya no era el mismo. No solo por lo que decía y por lo que sabía. Su sola existencia era un riesgo, no solo para Akatsuki, sino para el frágil equilibrio de poder entre las aldeas.

/No debería haberlo dejado ir en aquel encuentro. No así, no sin respuestas. No sin medidas/ . Se reprendió internamente al recordar el encuentro en Shukuba, el tic mental de sus pensamientos tamborileando contra la lógica de su misión.

Entonces lo sintió.

Un mar.

No un chakra cualquiera. Un mar, inmenso, profundo, violento y sereno al mismo tiempo. La presión en el aire se hizo casi física. Era un manto de energía densa que se arrastraba hacia ellos con la inevitabilidad de una tormenta. Un monstruo estaba acercándose, y tenía la forma de un niño que ya no lo era.

Itachi entrecerró los ojos.

—Viene… —. Murmuró.

Kisame levantó la cabeza, su sonrisa ensanchándose como un tiburón que olfatea sangre.

—¿Ya tan pronto? He oído que los de Konoha siempre llegan tarde —. Se burló, levantándose con una flexibilidad que no parecía posible en su tamaño.

—Esto no será un juego, Kisame —. Advirtió Itachi, aunque su voz no sonó tensa. Solo… más ronca.

—Siento su chakra. Es cinco… no, diez veces mayor que la última vez. Supera mis reservas por mucho. Se equipara al tuyo cuando te unes a Samehada—.

Kisame dejó de reír por un instante.

—¿Así de fuerte se volvió? Hm… esto se pondrá interesante —. Dijo, girando su hombro como si se estuviera preparando para estirarse antes de un buen combate.

Itachi se mantuvo en silencio. Un pensamiento fugaz, venenoso, cruzó su mente.

/Si no puedo controlarlo… tendré que destruirlo. Y si eso ocurre, Sasuke nunca me perdonará. Pero la aldea estará a salvo/.

Y aunque no lo dijo en voz alta, sus dedos dejaron de tamborilear por un instante. Porque incluso él, con toda su disociación emocional, sabía que estaba considerando asesinar a un niño nuevamente… para salvar un país que jamás lo comprendería.

Y aún así, lo haría sin dudar.

Porque en lo profundo, Itachi Uchiha no era un héroe.

Era una herramienta y las herramientas no lloran.

——————————————————————————————————————————–

Pov Naruto

Me detuve justo al borde de la mina. El aire estaba cargado de tierra vieja, sudor rancio y ese inconfundible olor del miedo. Sasame y Fū ya se habían desviado con algunos de mis clones de madera, rumbo a la entrada secundaria, justo como lo habíamos planeado. Conocíamos bien el terreno. Una semana era suficiente para conocer cada túnel, cada salida. Ellas tenían la misión de evacuar a los rehenes, lo más importante.

La mía era diferente. Más sucia, más peligrosa.

Me senté sobre una piedra plana, cruzando las piernas en posición de loto como si no me importara el mundo. Pero claro que me importaba, no era tranquilidad lo que me mantenía sereno, sino disciplina. El miedo estaba ahí, como una presión constante en el pecho, pero lo dejé a un lado. Inhalé profundo, dejando que mi chakra fluyera por mi cuerpo como una corriente tibia. Mi dantian vibraba suavemente, como si el Qi se preparara para incendiarse en cualquier momento.

/Que vengan/. Pensé.

/Estoy listo… o tan listo como se puede estar para enfrentar a monstruos como ellos/.

Entonces los sentí. Primero fue una vibración leve en el suelo. Luego, pasos. Pesados, deliberados, con la cadencia de quienes nunca tienen prisa porque no necesitan correr.

Itachi Uchiha y Kisame Hoshigaki.

Uno, asesino de su propio clan, genocida o mas bien parricida. Un hombre que enterró su humanidad por órdenes que ningún niño debería haber recibido. El otro, un monstruo salido de las profundidades de la Niebla Oculta, portador de una espada viva, más bestia que acero. Ambos eran más que hombres. Eran armas forjadas por el dolor, la guerra y el despropósito.

No eran enemigos normales. Eran el tipo de amenazas que hacen temblar a las aldeas.

—No los mires a los ojos, especialmente a él —. Me recordé con firmeza.

“¡Mocoso!”. Rugió Kurama en mi cabeza como un trueno.

“Debes huir. El Uchiha no es como los demás. Si te atrapa con su mirada, será el fin. Ni yo podré salvarte si sus ojos malditos caen sus sobre ti”.

/Lo sé/. Respondí mientras me incorporaba lentamente recordándome que, los contenedores de bestia con cola como yo, no son inmunes al genjutsu de mas alto nivel del sharingan.

/Pero no vine a pelear. Vine a ganar tiempo. Vine a mantener con vida a las personas que puse bajo mi protección/.

Kurama bufó, y sentí su chakra revolverse, como un mar irritado golpeando las paredes de una presa.

“Estás repitiendo la misma idiotez heroica de siempre. ¿Quieres acabar como tu padre? ¿Como tu madre? ¿Como Asura? Todos se quemaron tratando de cargar el mundo sobre sus hombros”.

/No/. Respondí con más fuerza esta vez.

/Pero si alguien tiene que quedarse en la boca del lobo… prefiero ser yo. No ellos, no esos niños/.

El zorro no respondió de inmediato. Solo escuché un gruñido grave, cansado. Como si ya supiera el resultado.

“Sigues siendo un niño, mocoso estúpido… solo que con palabras de adulto”. Murmuró finalmente, antes de callar.

Y entonces, los vi.

Kisame apareció primero, su figura ancha y desproporcionada como una sombra de pesadilla. Sonreía, esa mueca de tiburón que nunca llegaba a los ojos. Samehada colgaba a su espalda, podría jurar que vibraba, como si ya saboreara el chakra que podía robar.

Itachi venía detrás. Más callado, más letal. No necesitaba hacer ruido. Su sola presencia tensó el aire como una cuerda de acero al borde de romperse. No levantó la mirada, pero no hizo falta. Su silencio era más intimidante que un grito de guerra.

Me puse de pie.

Un niño de ocho años, solo, frente a dos leyendas del asesinato. El escenario era absurdo, y a la vez, irónicamente justo. Porque en este mundo enfermo, los niños éramos enviados a morir desde antes de saber qué significaba vivir.

—No pensé que nos volveríamos a encontrar tan pronto —. Dije, sin alzar la voz, pero con la espalda recta.

—Y vienes a recibirnos tan rápido. Qué considerado —. Respondió Kisame con su tono burlón.

—Aunque debo admitir que esperaba algo más… ruidoso —.

No mordí el anzuelo. No vine a fanfarronear tampoco vine a jugar.

—No quiero pelear. Pero tampoco permitiré que toquen a los rehenes —. Dije finalmente, mi voz tan firme como mi postura.

Itachi alzó ligeramente la cabeza. Solo un poco y aunque nunca vi directamente sus ojos, los sentí. Como cuchillas invisibles, rozando mi piel, buscando una grieta para entrar. Por un instante, sentí el peso de su juicio, su presencia. Y me preparé para lo peor.

Itachi habló, su voz no tenía filo, ni urgencia, ni odio. Era plana y serena. Tan estable que era inquietante. Como un lago sin reflejo. Como un cuerpo que ya no respira.

—Naruto-kun, ven con nosotros y responde nuestras preguntas. Si lo haces, dejaremos que los demás se marchen ilesos. Resiste… y todos morirán. Y aun así, vendrás con nosotros —.

No fue una amenaza. Fue un hecho. Algo ya escrito en piedra. Algo que no parecía tener peso moral para el monstruo que lo pronunciaba.

Kisame soltó una risa áspera, tomó a Samehada con una familiaridad que no era de guerrero… sino de carnicero.

—Vamos mocoso, resístete —. Gruñó con los diente aserrados al descubierto.

—Tengo ganas de jugar. Tal vez si te corto las piernas y los brazos te sea más fácil cooperar. O al menos dejarás de moverte tanto —.

La espada se agitó con hambre, como si entendiera cada palabra. Como si compartiera la emoción. Y yo… solo me moví en silencio.

Saqué un pergamino de almacenamiento. Lo desplegué sin prisas, como si el tiempo no importara. Mis movimientos eran deliberadamente lentos. No por arrogancia, era para dominar mi propio miedo.

El humo apareció con un chasquido sordo, y con él, las Espadas Kiba. Las sentí vibrar en mis manos, electricidad viva corriendo por mis dedos, por mis brazos. Eran armas que tenían un potencial enorme, sujetas a mis muñecas con una cuerda roja estaban aseguradas en mis brazos.

—No pienso irme con ustedes —. Dije, la voz seca.

— No mientras haya personas aquí que acojo, tengo una responsabilidad—.

Clavé los pies en la tierra. Las Kiba crepitaron como truenos.

—Si quieren avanzar… tendrán que pasar por mí —.

Itachi me miró, no levantó la voz, tampoco cambió su expresión y por un segundo, juro que sentí que mi mente se tambaleaba al borde de algo que no podía nombrar. No era odio o furia lo que sentía venir del Uchiha. Solo un vacío tan profundo que me recordó que a veces, lo más aterrador… no es lo que un hombre siente. Es lo que ya no puede sentir.

Me forcé a mantener la vista baja, centrado en su torso. Nada de contacto visual. Sabía bien que sus ojos eran peligrosos. Esa era una lección que no necesitaba aprender por las malas.

Las Kiba zumbaban en mis manos, canalizando el chakra con una facilidad desconcertante. La electricidad fluía por las hojas como si estuvieran sedientas por usar mi chakra para producir rayos. Nunca fui particularmente hábil con el raiton, mis afinidades iban más por el lado del viento, pero las propiedades naturales de estas espadas ayudaban a compensarlo. Era como si la espada misma me guiara, dándome un atajo.

Apunté la hoja hacia Kisame. No era una técnica ni una postura avanzada, solo un gesto para dar a conocer mis intenciones.

—Espadachín de la Niebla… pelea conmigo. Seguro que no te costará nada—. Mis palabras llamaron su atención.

No lo dije con arrogancia ni desafío. Solo quería sacarlo del tablero, alejarlo de los demás. Que me pusiera atención a mí y no a los civiles.

Kisame soltó una risa baja. Parecía genuinamente entretenido.

—Itachi, el mocoso se cree espadachín por sostener las Kiba. Déjame jugar un rato. Prometo no matarlo—.

Lo dijo con ligereza, como si estuviéramos en una práctica entre compañeros. Pero el brillo en sus ojos decía otra cosa. Había algo en él que disfrutaba demasiado la violencia. No la furia ciega, sino la pelea como espectáculo. Como distracción.

Samehada empezó a moverse sola. Sus escamas se alzaban ligeramente, como si oliera el chakra en el aire. Como un tiburón que detecta sangre desde la distancia. Esa espada tenía hambre. Y yo, por supuesto, era el plato principal.

Y ahí fue cuando lo pensé, con total claridad.

/Este mundo tiene un problema real con los fuertes/. Pénse sombriamente.

Cuando la gente llega demasiado lejos en poder, todo empieza a perder valor. Las peleas se convierten en pasatiempos. Las vidas en fichas de cambio. Para tipos como Kisame, los enfrentamientos no son tragedias ni responsabilidades, son mero entretenimiento.

Yo no estaba en su liga, no todavía. Pero eso no significaba que me iba a rendir. Ajusté el agarre sobre las Kiba. Respiré hondo, ya no había vuelta atrás.

Raiga, el anterior portador, era un jōnin con experiencia. Aunque mentalmente inestable y físicamente deteriorado, dominaba el rayo natural con una precisión que yo no podía igualar. Mi afinidad principal era el viento, y nunca había sido particularmente hábil con el raiton. Aun así, tenía una ventaja, una enorme reserva de chakra y a Kurama reponiéndola constantemente, como un motor que nunca se apagaba.

Las Kiba lo sintieron. Las hojas crepitaron al instante, respondiendo a mi chakra como si lo devoraran ansiosamente. Eran armas creadas para amplificar el rayo, y no requerían tanto talento como poder bruto. Justo lo que yo podía ofrecerles.

Itachi caminó con calma hacia una roca cercana, se sentó y activó su sharingan. No iba a intervenir, solo observar. Su presencia era como una aguja clavada en la nuca. Cada segundo que pasaba me estudiaba, analizaba mi estilo, mis decisiones, cada movimiento que hacía. Lo supe desde el primer instante, pero no tenía otra opción.

Kisame fue el que avanzó. Su andar era relajado, como si esto no fuera una pelea sino un calentamiento.

—¿Así que ahora cualquier niño que sostiene una espada se cree espadachín? —. Dijo con una sonrisa torcida, burlona.

—Esas Kiba te quedan grandes, mocoso—.

No respondí. Solo ajusté mi respiración y canalicé más chakra a mis piernas. El qi fluía reforzando mis músculos, preparado para responder. Kisame giró el cuello con un crujido audible, relajando los hombros como si lo esperara todo de mí y a la vez no esperara nada.

—No tienes ni idea de lo que estás haciendo con ellas… Pero está bien. Tocar un arma sin entenderla es una forma muy rápida de perder una mano—.

Entonces se movió. Rápido, con impulso y peso detrás del golpe. Pero no fue suficiente. Lo esquivé, mi cuerpo reforzado al límite con chakra, reaccionó . La hoja de Samehada pasó a centímetros de mí, cortando aire.

Vi la sorpresa en sus ojos, apenas un cambio pero aun presente. No perdí tiempo, me dio una apertura y la tomé. Las Kiba hicieron contacto con su flanco. No lo cortaron, pero sí tocaron. Canalicé una descarga directamente a su sistema nervioso. No me detuve ahí. Mantuve el flujo, generando una corriente constante para trabar su cuerpo.

Samehada devoraba parte del rayo que producía, pero seguía alimentando las espadas con chakra. Así que, aunque absorbía gran parte del ataque, Kisame aún recibió una porción sustancial del mismo.

No desaproveche la oportunidad, con la otra mano, solté una de las espadas, dejándola colgar por su cuerda. Mi palma quedó libre. Empecé a formar un Rasengan. Tardaba unos 5 segundos en estabilizarlo sin clones. Un tiempo largo en combate real, pero él no podía moverse.

Cuando lo terminé, lo estampé en su pecho. El impacto fue avasallador, el chakra giratorio destrozó tejido, músculos y huesos. Kisame salió volando, golpeando el suelo varios metros atrás, con una nube de polvo marcando su caída.

La gente de mi mundo anterior subestimaba la técnica, pero el rasengan era una trituradora de tejido, una pequeña bola de destrucción basada en las Bijūdama.

Chasqueé la lengua, me hubiera gustado freírle el cerebro con la electricidad. Pero no tenía suficiente experiencia usando las Kiba contra cuerpos humanos, el control fue ineficiente. Y ese bastardo era resistente, anormalmente resistente.

Con esa descarga, cualquier persona común debería haber muerto. Su corazón debería haber entrado en paro. Tal vez una asistolia cardíaca. Pero no, seguía vivo. No intacto, pero vivo.

/Realmente, los shinobi de este mundo son difíciles de matar/. Pensé irritado.

Por un instante no se movió. Luego se incorporó lentamente, tosiendo.

—Tsk… no está mal —. Gruñó, escupiendo a un lado.

—Esperaba una chispa, no una pequeña vorágine—.

Se palpó el pecho, respirando con dificultad. Su tono ya no era burlón. Me observaba como si intentara decidir qué clase de amenaza era.

—No eres tan blando como pareces. ¿Dónde aprendiste esa técnica? Ese Rasengan no es algo que uno vea todos los días en manos de un mocoso—.

—Una herencia familiar —. respondí, sin bajar la guardia.

Itachi entrecerró los ojos al escucharme. No dijo nada, pero sabía que había captado el detalle. Kisame escupió de nuevo, sacudiendo los hombros con pesadez.

—No soy fácil de matar, por si te lo preguntabas. Pero te ganaste mi atención. Admito que me dolió, mocoso—.

Su voz ya no sonaba tan relajada. Era el tono técnico de alguien que había empezado a tomar en serio la pelea.

—Aunque aún estás verde. Si hubieras dirigido mejor la descarga, podrías haberme frito el cerebro. Pero no sabes cómo… te falta experiencia—.

No respondí. Ya había aprendido más de lo que esperaba. Cada frase era información útil. Y los shinobi hablaban demasiado en combate.

—Muy bien, segunda ronda —. dijo finalmente, alzando Samehada.

—Esta vez no me voy a contener —.

Pude ver cómo la empuñadura de Samehada se extendía, envolviendo el brazo de Kisame. A través de los jirones de su túnica se notaba cómo su cuerpo comenzaba a regenerarse. Las heridas internas causadas por el Rasengan se cerraban a un ritmo aterrador, restaurando su musculatura poco a poco. Aun así, había ganado algo importante: tiempo.

Itachi se puso de pie, probablemente para intervenir o advertirle algo a su compañero, pero antes de que pudiera hacerlo, varios clones de madera emergieron de entre los árboles, con el ruido de madera explotando. Se movían rápido, sus piernas destruidas por el impulso de chakra y qi que habían usado para impulsarse en un ataque suicida. Habían sido creados con un solo propósito, explotar para afectar tanto a Kisame como a Itachi.

Los clones estaban inscritos con matrices selladas de veneno, diseñadas para convertir el chakra y el qi almacenado en una toxina volátil al momento del colapso. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, detonaron.

La explosión fue concentrada, más humo y presión que fuego. Itachi logró retroceder a tiempo gracias a su sharingan, apenas tocado por la nube tóxica. Kisame no tuvo la misma suerte. Aún recuperándose del daño y entumecido por los efectos de la electricidad anterior, no pudo apartarse lo bastante rápido. Respiró el veneno.

Su piel azul comenzó a mostrar manchas púrpuras. Su respiración se volvió errática. Tosió con fuerza, y sus movimientos perdieron precisión. Aun así, trató de mantener su postura, forzando a Samehada a absorber y resistir los efectos.

No le di respiro. Me lancé con las Kiba cubiertas en electricidad, directo a su flanco expuesto. Hundí ambas hojas en su abdomen, apuntando a causar el mayor daño posible. Esta vez no liberé una descarga precisa. No intenté limitar la corriente. En lugar de eso, comprimí todo el chakra que pude reunir y lo liberé como un torrente.

Un rayo salvaje, brutal, se expandió dentro de su cuerpo desde el punto de impacto. Era demasiada energía, canalizada de golpe. No buscaba dejarlo fuera de combate, buscaba sobrecargar cada célula hasta que su cuerpo simplemente colapsara.

Samehada chilló e intentó absorber el rayo, como siempre lo hacía. Era lo que mejor sabía hacer, su función primordial. Pero no podía concentrarse solo en eso. Estaba ocupada, demasiado ocupada.

Mientras devoraba el veneno para evitar que matara a Kisame desde adentro, también debía curar los órganos que ya habían sido dañados. Las toxinas avanzaban rápidamente, impulsadas por el chakra corrupto de las matrices suicidas. Cada segundo, más tejido era destruido y ella tenía que regenerarlo, mantenerlo estable, mantenerlo vivo. Pero entonces, el rayo llegó.

Absorber chakra era una cosa. Curar, otra. Pero mantener a raya un veneno que se expandía con tal rapidez, destruyendo células y devorando el chakra de Kisame para continuar su avance, ponía una presión insoportable sobre la espada consciente. Sin contar el rayo… hacerlo todo a la vez, incluso para Samehada, era un desafío monumental.

Kisame se tragó la mayor parte del impacto.

Su cuerpo tembló como una cuerda a punto de romperse. Los músculos convulsionaron, sus ojos se pusieron en blanco por un instante y su espalda se arqueó mientras sus sistemas colapsaban bajo la sobrecarga. Las venas se tensaron, oscuras y visibles bajo su piel, y un gemido gutural escapó de su garganta.

Su respiración fallaba, jadeante y rota. El veneno y la electricidad se entrelazaban, compitiendo por destruirlo desde el interior. Y aunque Samehada luchaba por mantenerlo con vida, era evidente que ya no podía más.

Tomé aire, inundando mis pulmones con qi, dejando que mis cuerdas vocales ardieran con el poder de la energía. Era el momento de terminar con Kisame.

— Técnica Terrenal: Rugido de León, Segunda Etapa… —. No pude terminar la técnica.

Un impacto descomunal me interrumpió. Todo mi lado derecho se vio afectado por un golpe tan intenso que sentí cómo mis costillas se comprimían con la fuerza del impacto. Un gigantesco puño de hueso fantasmal atravesó la nube de humo tóxico que nos rodeaba, golpeándome y lanzándome contra una roca sólida. El golpe fue tan devastador que sacudió mi cuerpo por completo, y mi respiración se detuvo por un instante.

Mi cuerpo, endurecido por el cultivo, resistió mejor de lo que lo haría cualquier persona común, pero no pude evitar sentir la brutalidad del golpe. El impacto me dejó aturdido, pero solo fue un segundo. Cuando levanté la vista, vi a Itachi cubierto por el Susanoo parcial. Solo el lado izquierdo de sus costillas y el brazo con el que me golpeó se desvanecieron rápidamente, no antes de dispersar la nube tóxica de Kisame.

Itachi cerró los ojos, sangrantes, y los masajeó con una mano. Durante esos segundos, Samehada continuó sanando a Kisame lo mejor que pudo. Kisame, aunque visiblemente afectado, se alejó rápidamente del lugar, posicionándose junto a Itachi.

Kisame me miró con una furia aterradora, sus ojos brillaban con odio. La ira era palpable en su rostro mientras jadeaba, todavía afectado por el veneno y la electricidad que lo recorrieron.

—Maldito mocoso, bastardo. No te volveré a subestimar. Esta vez… te haré pedazos—. Gruñó, su respiración pesada, como si intentara recuperar el control de su cuerpo.

A pesar de todo, no me dejé intimidar. Estiré mis articulaciones, notando el leve dolor del golpe, pero sin mayores efectos. Mi cuerpo, reforzado por el cultivo, resistió el impacto sin mayores problemas.

—Para tu información, mis padres estaban felizmente casados, engendro mestizo de tiburón—. Gruñí, mi voz áspera.

Kisame, aunque herido, sabía que lo que Samehada estaba haciendo por él era crucial. Ella estaba purgando lentamente el veneno de su sistema al devorar su chakra. Si no fuera por eso, Kisame no habría tenido ninguna esperanza de librarse de la toxina, ya que el veneno se aferraría al chakra y seguiría corroyendo su cuerpo. Ningún otro ser humano podría sobrevivir a tal contaminación sin la intervención de una espada como Samehada.

La voz fría de Itachi cortó la tensión en el aire, y todos, incluso Kisame, se detuvieron por un momento.

—Kisame, basta de juegos. Es momento de capturar al jinchūriki—. Su tono fue tan tajante que dejaba claro que no estaba dispuesto a seguir perdiendo tiempo.

Con un rápido movimiento, Itachi saltó a lo alto de un árbol, y Kisame, sin dudar, comenzó a formar sellos con rapidez.

—Elemento Agua: Explosión de Agua, Colisión de Olas—. Un torrente masivo de agua emergió de su boca, cubriendo el área rápidamente, con la intención de inundar el valle, ganar terreno y sofocar cualquier posible resistencia. Si no detenía este ataque, toda la mina acabaría bajo el agua, poniendo en peligro a todos los civiles dentro.

No podía permitirlo. Si el agua se desbordaba en la mina, las consecuencias serían catastróficas. Sabía que Kisame buscaba crear una ventaja de terreno con su dominio del agua, pero yo no iba a ceder. Así que, a pesar del desgaste que me costaba, formé los sellos rápidamente y realicé una versión menor del jutsu característico de Hashirama.

—Mokuton: Jukai Kōtan (Nacimiento de un Mundo de Árboles)—.

De la tierra comenzaron a brotar árboles con violencia, forzando grietas en el suelo mientras se alzaban a mi alrededor. Sus raíces se extendieron como un enjambre vivo, abriendo rupturas profundas que drenaron el agua invocada por Kisame. No solo absorbían el líquido, también sellaban las entradas de la mina, creando barricadas naturales para impedir que el torrente alcanzara las zonas sensibles. En cuestión de segundos, el terreno entero se transformó en un bosque que devoraba el agua.

Kisame se vio obligado a retroceder. Si no se movía, los troncos en expansión lo aplastarían. Su dominio sobre el agua era formidable, pero la velocidad con la que el terreno cambiaba lo superaba. Los árboles seguían creciendo y la masa de agua que había liberado se dispersaba a través de las grietas abiertas por las raíces.

Al final, su jutsu colapsó. El suelo quedó marcado por profundas fisuras que drenaron casi por completo el ataque, impidiéndole obtener la ventaja de terreno que tanto buscaba.

Sin embargo, este esfuerzo me costó un considerable desgaste de chakra. Aunque tenía grandes reservas, este tipo de jutsu aún me drenaba bastante energía, y no podía igualar la capacidad de Hashirama o Madara, quienes usaban este jutsu con una facilidad que aún no había alcanzado. Pero con el suficiente esfuerzo, había conseguido evitar que Kisame dominara el campo de batalla.

Sentí un goteo en mis reservas de chakra. Una sensación extraña, pero inconfundible. Kurama estaba forzando su chakra a través del sello, pero no lo hacía con el fin de tomar control, sino para recargar mis fuerzas. No era común, y la rapidez con la que sentí su energía se integraba a la mía me hizo sonreír.

—/Gracias, viejo zorro./— Pensé, con algo de gratitud.

Kurama gruñó en mi mente, claramente molesto.

“Concentra tu energía en sobrevivir, maldito mocoso. ¿Por qué tienes que parecerte tanto a Asura?” Se quejó el Biju.

Ni siquiera me detuve a contestar. Su molestia era familiar, pero agradecía que, por alguna razón, me estuviera ayudando en ese momento crítico.

De repente, una bandada de cuervos surgió a un lado, formando una figura conocida. Itachi apareció, y antes de que pudiera reaccionar, me vi impulsado por una explosión cuando el clon explosivo detono, esto me lanzó hacia atrás, quemándome ligeramente los antebrazos. Las heridas sanaban rápidamente, pero eso no me dio tiempo para prepararme para lo siguiente.

Kisame, como un tiburón acechando, me apuntó con su espada, y antes de que pudiera esquivar, lanzó su jutsu con velocidad.

—Elemento Agua: Jutsu Disparo de Tiburones de Agua—.

Tres tiburones formados de agua se lanzaron en rápida sucesión, cada impacto me lanzaba más lejos. Mi cuerpo, reforzado con qi y por mi resistencia, logró soportar los ataques, pero aún así el dolor era palpable. Cuando finalmente el jutsu cesó, me levanté.

Antes de que pudiera siquiera estabilizarme, vi a Itachi aparecer, utilizando otro clon explosivo. Esta vez la explosión fue a quemarropa, y la onda de choque me lanzó nuevamente al suelo. Sentí las quemaduras esparcirse por mi cuerpo, pero mi regeneración seguía funcionando a la perfección.

Me levanté con rapidez, pero antes de poder contraatacar, Kisame apareció detrás de mí. Sin darme tiempo para reaccionar, me agarró en un agarre tipo nelson, inmovilizándome por completo, y me levantó del suelo con facilidad, aprovechando mi baja estatura para controlar el combate. Me giró hacia Itachi, quien estaba listo con su Mangekyō Sharingan activado.

El aire se volvió pesado, y una sensación de horror me recorrió la espalda al escuchar las palabras que temía escuchar.

—Tsukuyomi—.

Por un segundo, el mundo se desvaneció ante mis ojos. Todo se distorsionó, como si la realidad misma se desintegrara. Intenté resistir, pero no pude evitar la sensación de caer en la oscuridad profunda del Tsukuyomi. Sin embargo, antes de que pudiera ser completamente absorbido por la ilusión, algo inesperado ocurrió.

Sin que yo lo supiera, mi estado actual, con el qi yang completamente sobrealimentado, forzando mis meridianos hasta el límite había convertido mi interior en un escenario de guerra. El qi ardía como un sol desatado, empujando con violencia cada canal, mientras mi chakra intentaba mantener su flujo habitual sin lograr imponerse.

Al mismo tiempo, el chakra bijū de Kurama se expandía por instinto, reaccionando a la presión, y el antiguo rastro del chakra de Indra, siempre silencioso, vibraba como una cuerda tensada a punto de romperse. Ninguna de estas energías cooperaba, se repelían, colisionaban, se sobreponían entre sí hasta formar un caos arremolinado imposible de estabilizar.

Ese desorden absoluto fue lo que salvó mi mente. Cuando el Tsukuyomi cayó sobre mí, buscando fijar mi conciencia en un punto para encerrarla, no encontró nada sólido. Cada estructura espiritual que Itachi intentaba agarrar se desmoronaba al instante, triturada por la turbulencia interna.

El qi yang sobrealimentado actuó como una tormenta solar, rompiendo cualquier patrón mental que la ilusión necesitaba para anclarme. El chakra de Kurama, irritado por la intrusión, se expandió aún más, y el eco de Indra terminó de fracturar cualquier intento de estabilidad. Para que el Tsukuyomi funcionara debía haber orden, jerarquía, un flujo reconocible… y lo único que había en mí era un huracán sin centro.

El aire pareció quebrarse con un chasquido seco. Itachi se congeló, apenas un segundo, antes de que los vasos sanguíneos de sus ojos reventaran violentamente. Un grito ahogado escapó de su garganta cuando su chakra yin colisionó de lleno contra la tormenta espiritual que yo llevaba dentro.

La fuerza de rebote lo golpeó como una explosión invisible. Vi cómo se llevaba las manos al rostro, su expresión retorcida por un dolor que jamás imaginé verlo sufrir. La sangre brotaba en hilos gruesos desde sus ojos, resbalando por sus mejillas con cada parpadeo fallido.

Retrocedió tambaleante, incapaz de sostener su postura perfecta de siempre. La respiración se le quebró en el pecho, y un gemido bajo, involuntario, se le escapó al no poder contener el dolor. Por un instante solo uno la máscara imperturbable del Uchiha se deshizo, revelando a un hombre herido por el caos que yo ni siquiera sabía que cargaba dentro.

Kisame, que observaba la escena con una sonrisa confiada, se congeló en su lugar, completamente confundido. Sus ojos me miraron, luego se dirigieron a Itachi, y luego de vuelta a mí. La sonrisa de Kisame se desvaneció lentamente mientras procesaba lo que acababa de suceder.

— ¿Qué… qué demonios acaba de pasar? —. Murmura Kisame, su voz teñida de incredulidad. Aún mirando a Itachi, parece buscar alguna explicación, pero no la encuentra.

Sin que nadie lo supiera este fenómeno fue algo único, dado mi estado actual, talvez nunca podría replicar este estado caótico de mis energías que me permitió eludir los ojos de Itachi.

Antes de que pudiera responder, canalicé chakra en mis brazos, usando las Kiba para concentrar la energía. Los rayos de electricidad comenzaron a crepitar en el aire, rodeando mis muñecas. Aunque Samehada absorbió gran parte del rayo, Kisame no pudo evitar ser alcanzado por la descarga. El impacto lo hizo retroceder, soltándome con un gruñido de dolor.

Mientras Kisame se alejaba, aún en estado de desconcierto, intenté aprovechar la oportunidad. Con una sonrisa maníaca, me di cuenta de que tal vez, solo tal vez, había conseguido un resquicio para ganar la ventaja. Mi mente, aún procesando lo sucedido, solo pudo pensar en una cosa.

/Kurama, ¿qué tal darle una paliza al Uchiha?/.

La respuesta llegó casi al instante. Sentí el calor familiar del chakra rojo envolverme, elevándome en poder. En un parpadeo, mi cuerpo comenzó a cubrirse con el manto de chakra, y el estado de una cola se activó. Si había sido inmune al poder de Itachi, debía ser igual de resistente a cualquier otro genjutsu.

Me lancé hacia el aturdido Itachi sin dudarlo, aprovechando su incapacidad para reaccionar. Un Rasengan se formó fácilmente en mi palma derecha, girando como un hermoso orbe púrpura alimentado por el chakra enriquecido de Kurama. En mi mano izquierda, una de las espadas Kiba rugía con un trueno rojo, vibrando con sed de combate.

El Rasengan impactó de lleno.

Itachi, aún sufriendo por el retroceso de su fallido Tsukuyomi, no pudo evadir el golpe. Salió disparado hacia atrás como un muñeco de trapo, estrellándose contra el tronco de uno de los árboles que había invocado. La madera crujió con violencia, y por un instante, creí que era mi oportunidad de acabarlo con las Kiba.

Pero entonces, el rugido de Samehada se escuchó a mi espalda.

Kisame me golpeó de costado con su espada viviente. La capa de chakra de Kurama chisporroteó y fue absorbida parcialmente, arrancada de mí como si me arrancaran la piel. Gruñí por el dolor y retrocedí un paso, pero no hubo tiempo para más.

La voz de Itachi, firme y sin emociones, me alcanzó desde la distancia.

— Debe morir. Es demasiado peligroso—.

Kisame pareció dudar por un instante. Quiso replicar, pero Itachi lo interrumpió sin miramientos.

— Tomaré toda la responsabilidad ante el líder—.

Antes de que pudiera responder, el cuerpo de Itachi se deshizo en una bandada de cuervos, y al siguiente instante, Kisame se movió. Fue más rápido de lo que lo había visto hasta ahora, como si el juicio final ya estuviera decidido.

Apenas logré alzar mis armas para mitigar el corte de Samehada, que desgarró la carne de mi torso. Sangre caliente se escurrió por mi abdomen mientras retrocedía a la fuerza, solo para recibir una brutal patada en el estómago que me envió volando.

Mi cuerpo apenas se detuvo contra el suelo antes de que Itachi, esperándome, realizara un sello.

— Elemento Agua: Bala Colmillo de Agua —.

El proyectil acuático se disparó como un dardo cortante. Alcancé a girar apenas, pero aun así la técnica cortó mi piel, aunque por suerte no alcanzó a dañar músculo. La puntería fue aterradora. No buscaban matarme rápido. Querían desangrarme, agotar mi resistencia.

Me estaban cazando como a una bestia salvaje.

Sus ataques se encadenaban con precisión letal. Ninjutsu y taijutsu se combinaban sin pausa, están completamente sincronizados dándome una paliza sin cuartel, llevándome lentamente a una zona más baja, donde el terreno estaba saturado de agua.

En un parpadeo, Itachi volvió a atacar con un genjutsu menor. Apenas una ilusión visual, lo suficiente para inmovilizarme por un segundo mientras la ilusión se rompía. Un segundo fue más que suficiente.

Kisame se posicionó detrás de mí y gritó:

— Elemento Agua: Prisión de Agua —.

El mundo se volvió líquido. Una esfera gigantesca me envolvió, aprisionándome en su interior como una burbuja espesa. El agua se cerró como una trampa perfecta. No podía nadar, no podía escapar. La presión comenzó a acumularse, robándome el aliento lentamente.

Desde el exterior, la figura de Itachi se acercaba con pasos tranquilos.

— Está capturado —. Dijo con calma.

— ¿Estás seguro de esto, Itachi? ¡Podemos llevárnoslo vivo! —. Insistió Kisame, por primera vez mostrando algo cercano a vacilación.

— No —. Respondió Itachi sin titubear, sacando una kunai mientras avanzaba hacia la esfera.

—Es demasiado peligroso. No podemos arriesgarnos a que escape otra vez—.

Y así, mientras la kunai rompía la superficie del agua, su intención era clara.

Me iban a ejecutar, y yo apenas podía contener mi sonrisa mientras Itachi se acercaba a su muerte.

Itachi alzó el kunai sin prisa, pero con la misma determinación fría con la que uno elimina una amenaza, no a un niño. Un asesino profesional. Sin emociones pero justo antes de que el kunai me alcanzara, un vendaval súbito rugió con una fuerza aterradora.

—¡Kamaitachi no Jutsu! —. Gritó una voz femenina cargada de furia.

El viento casi golpeó a Itachi con violencia. Tuvo que esquivarlo dando un salto hacia atrás para evitar ser cortado en dos, los pliegues de su capa de la Akatsuki ondeando salvajemente mientras varios árboles cercanos eran cortados limpiamente como si hubieran sido rebanados por una cuchilla invisible.

Todos, incluso yo, miramos hacia la fuente del ataque.

Temari apareció sobre una de las ramas más altas, su abanico de guerra completamente desplegado. A su lado, ya giraba su invocación Kamatari, la comadreja con hoz.

Sin perder tiempo, la kunoichi de Suna rugió.

—Kiri Kiri Mai no Jutsu —.

El vendaval rugió con violencia, la comadreja girando entre las ráfagas como un proyectil cortante. El bosque recién creado por mi Mokuton fue reducido a astillas. Árboles enteros cayeron, triturados por la combinación de viento y filo. El ataque fue tan feroz que Kisame tuvo que retroceder, alzando a Samehada para proteger a Itachi debilitado.

La prisión de agua colapsó. Mi cuerpo cayó de rodillas, jadeante pero libre. Antes de que pudiera incorporarme del todo, una bandada de cuervos se arremolinó frente a mí. Itachi emergió de entre ellos, otra vez. Iba a atacar.

Pero algo cayó entre nosotros.

—¡Atrás! —. Bramó Neji, girando sobre sí mismo.

—Kaiten—.

La barrera giratoria de chakra repelió a Itachi, obligándolo a deslizarse hacia atrás sobre el terreno fracturado. El equipo 9 llegó por completo Rock Lee, TenTen y Neji se interpusieron entre él y yo, en formación defensiva. Sus rostros eran decididos. Estaban listos para morir, si era necesario.

—¡Naruto! —. Gritó Sakura, llegando junto a Karin. Ambas corrieron hacia mí. Karin sacó las píldoras medicinales que le encargué, mientras las manos de Sakura ya brillaban con chakra médico.

—¡Tenemos que sacarte de aquí! —. Insistió Sakura.

Pero algo dentro de mí… cambió.

Una presión densa, casi insoportable, comenzó a acumularse en el aire. Como si la gravedad misma aumentara. El chakra y el qi en mi interior se entrelazaron como una tormenta en plena ebullición. Olas de poder bruto emanaban de mí y Kurama se tensó.

“Mocoso… no te descontroles. Tu poder se vuelve inestable y pones en peligro a todos”. Gruñó Kurama dentro de mí, una nota de advertencia en su voz.

Todos los presentes lo sintieron. El aire se volvió pesado, silencioso. Cada célula de mi cuerpo hervía. Mis ojos se entrecerraron, consumidos por una furia latente al borde del estallido.

—Les di órdenes de no acercarse… de no actuar como héroes —. Gruñí con los dientes apretados.

/¡Idiotas! Arruinaron todo…/. Pensé irritado.

El chakra crepitaba a mi alrededor, rojo y brillante, mezclado con una tonalidad oscura de qi que formaba una aura casi líquida, vibrante.

—¡Él estaba a quemarropa! —. Escupí con rabia.

—¡Un kunai no atravesaría mis huesos ni mis músculos, pero estaba en la posición perfecta! ¡Perfecta…!—.

Golpeé el suelo con el puño, y el terreno se quebró con un crujido sordo, las rocas saltando como proyectiles.

/El Rugido de León habría destrozado a Itachi a esa distancia… solo necesitaba un par de segundos para concentrar el qi. Segundos que habría tenido si intentaba apuñalarme inútilmente…/. Pensé, mordiéndome el labio con frustración.

Ellos no me habían salvado. Habían arruinado mi victoria

————————————————————————————————————————-

Omake: Sin interrupciones

Itachi alzó el kunai sin prisa, pero con la misma determinación fría con la que se elimina una amenaza. No a un niño. A un objetivo, el era un asesino profesional, sin emociones.

Cuando la hoja alcanzó mi pecho, justo sobre el corazón, rasgó la piel… pero rebotó con un sonido sordo, casi metálico. Mi cuerpo, templado por el cultivo, era tan duro como el acero. Y tras haberlo reforzado activamente con chakra y qi durante toda la batalla, se volvió incluso más denso. Una armadura viva, un bastión de carne endurecida.

Itachi frunció apenas el ceño. Su kunai había fallado, pero no por falta de precisión. Esos segundos de desconcierto en sus ojos enrojecidos fueron todo lo que necesitaba. Reuní el qi en mis pulmones y cuerdas vocales. Un ardor insoportable subió por mi garganta, como si mi interior se prendiera en fuego. Entonces, liberé todo.

— Técnica Terrenal: Rugido de León, Tercera Etapa —. Un rugido estalló de mi boca. Un sonido apoteósico de 1 Hz y 240 decibelios. El mundo vibró y el aire se quebró.

Los órganos internos de Itachi se licuaron en el acto. A diferencia de Kakuzu, que era un conjunto de hilos oscuros, Itachi era carne, nervios, cerebro y huesos. Su sistema colapsó, su ojo izquierdo estalló como una burbuja inflada con sangre. Su cerebro… dejó de funcionar con normalidad.

Kisame tampoco escapó. Samehada gritó con un sonido gutural no humano, como si pudiera sentir el dolor de su portador. El corazón de Kisame explotó dentro de su pecho, su masa encefálica hervida y derretida por la presión sónica. Ambos fueron despedidos como muñecos viejos, lanzados al aire por la fuerza invisible de la onda.

Yo caí de rodillas, libre y jadeante. Mi garganta sangraba como una herida abierta, pero ya comenzaba a cerrarse por la regeneración. Mis pulmones se reparaban solos, como si estuvieran acostumbrados al castigo. Escupí un coágulo de sangre y levanté la cabeza… Y lo vi.

Itachi.

De pie.

Donde su cadáver debería estar.

Uno de sus ojos era blanco, muerto. El Sharingan había desaparecido. No era una ilusión. Era el precio de Izanagi, lo observé con los dientes apretados. Mi cuerpo temblaba por el contragolpe, pero aun podía moverme mejor que la ultima vez. Pero él… él no se veía mucho mejor.

Kisame estaba muerto a unos metros, medio enterrado en la tierra, sus órganos internos hechos papilla. Samehada temblaba, gimoteando como un animal herido.

Itachi me observó, sin odio o rastro de rabia. Solo una mirada… cansada.

—No pienses que esto es suerte… —. Dijo con voz baja, apenas audible por encima del zumbido en mis oídos.

—Te dejaremos vivir hoy… pero no porque lo merezcas —. Continuó, su voz tensa por el resultado.

—Sino porque aún no estás listo… y podrías resultar útil para el futuro de mi hermano—.

Dio un paso atrás, tambaleante. Luego otro.

—Lo informaré al líder… —. Agregó, como si esa frase fuera el cierre inevitable de todo.

—La próxima vez… nadie te tomará a la ligera—.

Y entonces, se desvaneció. Cuervos, decenas de ellos, escaparon volando entre graznidos sordos, ni siquiera miró a Kisame o a Samehada.

Solo desapareció.

Y yo… me quedé ahí, de rodillas, mirando el cielo mientras la sangre aún manchaba mis labios. No había triunfo en mí, solo un vacío… y la certeza de que ese fue solo el primer intento de matarme.

Uno de muchos que vendrían.

—————————————————————————————————————————

Notas: ¡Gracias por leer! Comenta si te gustó.

Naruto es rápido, jodidamente rápido. Sus músculos y huesos son como un bloque de acero sólido que no afecta su velocidad ni su agilidad. Pero aún carece de control, tanto del qi como del chakra. Luego de esta pelea, se enfocará en solucionar su principal carencia.

Naruto tiene un mar de chakra, pero ningún maestro que le enseñe como usarlo eficientemente, aunque ya tengo al un buen par de maestros en mente para ayudarlo en ese sentido.

Kisame e Itachi aún lo subestiman, pero, en cierta forma, tiene sentido. Esos dos monstruos son muchísimo más fuertes que Hidan y Kakuzu, así que es comprensible que no vean a Naruto como una amenaza… hasta que casi fríe a Kisame por segunda vez.

Me pregunto qué hacen Itachi y Kisame cazando a Naruto si se supone que Pain ordenó dejar en paz a los jinchūriki. ¿Acaso Itachi quiere evaluar si representa una amenaza para Konoha? Lo averiguaremos en el futuro.

Naruto es una persona de nuestro mundo. Aunque creció en un ambiente no muy favorable en cuanto a comunidad, odia el concepto de niños soldados. Por eso siempre mantiene a los jóvenes alejados de las peleas, y no quiere que se acerquen, aunque ellos lo vean como un hipócrita por tener su misma edad o incluso cuando aparentar menos edad que ellos.

Comenten y dejen su review >:V.

La gente me da piedras de poder, pero nadie deja una review.

Por alguna razón nadie me ha dado ni una T.T

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo