Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 17
- Inicio
- Todas las novelas
- Cultivador mediocre en naruto
- Capítulo 17 - Capítulo 17: Voto
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 17: Voto
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
[Dioses hablando]
Nota del autor:
Antes de comenzar, una ligera aclaración sobre la lógica interna de este mundo.
El Kawarimi no Jutsu no es una técnica de espacio-tiempo como muchos suponen. En mi historia, es un genjutsu básico que puede ser utilizado únicamente contra oponentes no shinobis o mucho más débiles. Funciona combinando velocidad y engaño, el usuario evade el ataque y, mediante ilusión, hace creer al enemigo que lo ha alcanzado, revelando después en una bocanada de humo que el golpe fue contra un tronco u objeto similar. Por lo tanto, no esperes que aparezca como un truco milagroso en combates serios. Si realmente fuera un ninjutsu de espacio-tiempo, estaría completamente roto. Ahora sí, comencemos.
——————————————————————————————————————————-
Miré a mi alrededor con rabia. Los malditos mocosos habían vuelto. Algunos dirían que era un acto noble, un gesto de compañerismo, pero para mí no era más que una necedad suicida. Eran jodidos niños, no deberían estar aquí. Este no era su luga, no en un campo de batalla y menos frente a asesinos dementes como Itachi y Kisame. Su presencia no solo me limitaba, sino que también me ponía en desventaja táctica.
Mis técnicas más letales eran de área. El fuego amigo era inevitable. Si me contenía, perderíamos y todos morirían. Si no lo hacía, los haría pedazos junto con el enemigo. Bastaba con que uno de ellos se acercara demasiado, o que esos dos bastardos los usaran como rehenes, y todo acabaría, un Jaque mate. Me tragué la frustración y posé una mano sobre uno de los árboles que había creado con Nacimiento de un Mundo de Árboles.
A través de las raíces, sentí la retroalimentación. Era como una red viva, palpitante, conectada al suelo y a mí. Me transmitió lo que se acercaba por debajo de todos nosotros, lento pero firme, y no pude evitar sonreír con cierta amargura al darles un par de instrucciones.
/Ahí estás…/. Pensé con diversión sombría ante el descubrimiento.
Observé el campo. Un bosque recién nacido de mi Mokuton se alzaba a mi alrededor, aunque gran parte había sido desgajado por el jutsu de viento de Temari. El agua hasta los tobillos nos cubría a todos gracias al torrente de Kisame. El terreno era irregular, hostil, perfecto para lo que planeaba.
Itachi permanecía atrás, frío, medido, un cazador puro y desconectado de todo. Esperaba como siempre lo hacía, para lanzar un golpe certero cuando el momento llegara. Kisame estaba al frente, espada en mano, sonrisa torcida, listo para embestir como el animal que era. Un dúo letal, pero su formación, tan precisa y confiada… era justo lo que necesitaba. Me quedaban dos disparos y no podía desperdiciarlos.
Aplaudí con fuerza. El eco se propagó como una detonación haciendo que todos se giraron hacia mí. Entonces el manto de Kurama surgió rápidamente, rojo e hirviente. Dos colas se alzaron detrás de mí como látigos de chakra, oscilando con violencia.
— Presten atención, idiotas —. Sonreí ante todos mostrando los largos colmillos resultado de la influencia del chakra bijuu .
/Unos segundos más… que se enfoquen en mí… no en lo que viene por debajo/.
La distracción fue perfecta. Mientras mis enemigos centraban su atención en la amenaza del grupo, mi clon de madera se había arrastrado lentamente atreves de las raíces llenas de mi chakra, evitando así cualquier habilidad sensorial, tomo para que emergiera desde debajo de la tierra usando una técnica simple pero poco usada, el Jutsu de Ocultación como un Topo. Era una habilidad común, pero común no significaba inútil y mi enemigo lo aprendería por las malas.
Un par de manos de madera emergieron del suelo, atrapando los tobillos de Itachi con fuerza inesperada. El clon, uno de los que envié con Sasame y Fu, había vuelto tras cumplir su misión con el resto de los tontos niños. Y traía consigo una inscripción venenosa como las que use antes.
Itachi bajó la mirada, desconcertado. Su sharingan giró como si buscara una lógica que no encontraba. Intentó liberar sus piernas, pero era tarde. El clon explotó. Una detonación concentrada en un área pequeña, envuelta en una nube púrpura de veneno que se aferró al aire como una maldición.
La misma toxina que usé antes, pero esta vez a quemarropa. Diseñada para adherirse al chakra, alimentarse de él y propagarse con cada impulso energético. Las piernas de Itachi fueron alcanzadas de lleno. Su piel se quemó dándole quemaduras de segundo grado, y su chakra comenzó a alterarse, rebelándose contra su propio cuerpo.
— ¿Toxinas nuevamente? —. Murmuró, con voz tensa y el ceño fruncido.
—Se adhiere a mi chakra… bien jugado—.
— Esta vez no vine a perder —. Dije con frialdad, la mirada fija en él, la presión del manto aumentando a mi alrededor.
/Cae, maldito… o al menos, tambalea un poco más/.
El veneno lo había alcanzado. Pero sabía que no sería suficiente. Itachi no caía fácilmente. No sin llevarse algo contigo. Pero al menos, ahora, su compostura perfecta empezaba a fracturarse. Y esa grieta… era todo lo que necesitaba para cualquier plan loco que se me ocurriera sobre la marcha.
Kisame retrocedió apenas un instante después de la explosión, moviéndose para alcanzar a Itachi. Tal vez pensaba usar a Samehada para devorar el chakra envenenado y auxiliarlo asi. Hubiera sido un movimiento lógico… pero para mi suerte, reaccionó justo tenia la esperanza de que lo hiciera.
Del mismo lugar donde había emergido el primer clon, surgió el segundo, nadie espera un segundo clon, generalmente se entiende que es un recurso de una sola vez. El último de mis clones de madera. Su cuerpo ya comenzaba a astillarse desde el pecho, hinchándose como si de un globo se tratase. Lo había programado para eso cuando entre en contacto con los arboles aledaños hace unos momentos. Era el final de su existencia.
— Técnica Terrenal: Rugido de León, Primera Etapa —.
El estallido fue devastador y el clon exploto en astillas por completo. No podía usar clones de madera para las otras fases de la técnica, el qi era demasiado inestable, el retroceso los rompía antes de lanzar el ataque. Pero para esta etapa, para este momento, era suficiente.
La onda de infrasonido estalló como un rugido demoledor. Invisible, pero implacable. Kisame, Itachi y Samehada, al estar tan cerca, recibieron el impacto de lleno. Sus tímpanos se reventaron. El cerebro, sacudido por la frecuencia, los dejó mareados, tambaleantes. Daño interno leve, pero la confusión y el aturdimiento eran claros.
Por desgracia, no fueron los únicos. Karin, Sasame, Fu, Temari, Sakura y los idiotas del equipo nueve también se vieron afectados. Tímpanos perforados, mareo y perdida del equilibrio, cayeron al suelo como hojas agitadas por el viento. Pero no hubo mayores daños. Ninguno estaba muerto.
Para mí, el daño fue menor. Mi cuerpo, reforzado por qi, chakra y el manto de Kurama, resistió mejor el impacto. Aún sentía el zumbido persistente en los oídos, pero ya empezaban a regenerarse. No perdí tiempo, mis manos se movieron rápido creando los clones
— Kage Bunshin no Jutsu —.
Un clon de sombra por cada uno de los tontos. Con un salto hacia ellos, cayeron a su lado, los tomaron de los brazos, y comenzaron a sacarlos del campo de batalla sin decir palabra. Cumplían su rol, mientras yo cumplía el mío.
Mi cuerpo no se detuvo, me lancé hacia Itachi. Ignoré por completo a Kisame, ya había cometido el error de enfocarme en el, ese tiburón era una maldita esponja de daño. Podía perder el tiempo golpeándolo, pero no lograría nada. Mi atención estaba en el que había acumulado daño durante la pelea.
Itachi seguía de pie, pero sus movimientos eran torpes, como si su propio cuerpo fuera un enemigo más. La nube del veneno, el temblor cerebral del rugido… todo se acumulaba en su contra. Mi chakra y qi me impulsaban como una lanza viva. Las colas de Kurama a mi espalda silbaban con violencia.
—Solo un poco más… —. Gruñí con furia mientras avanzaba, cada paso cargado de intención asesina.
Todo se sentía en cámara lenta. Blandía las Kiba con ambas manos, apuntando directo a la garganta del asesino del clan Uchiha. Los rayos crepitaban a mi alrededor como si quisieran matarlo ellos mismos. Cada centímetro contaba.
Kisame, aún aturdido por el rugido, reaccionó como un guerrero entrenado en la masacre. Blandió su espada con torpeza, pero sus reflejos aún estaban activos. Se movió para cubrir a su compañero. Inútil, era lento pues el mareo aún lo afectaba. Yo, en cambio, tenía tres impulsos, chakra, qi y la capa de Kurama. Solo tuve que agacharme sin necesidad de perder el enfoque.
Cuando estuve a un metro de Itachi, con la espada ya en trayectoria, sentí el impacto. Algo invisible desvió mi ataque. El choque fue como impactar una loza de acero y rebote multiplicado por mi propia fuerza. Salí disparado como una bala de cañón y me estrellé contra varios árboles. El golpe fue fuerte, pero mi cuerpo endurecido soportó el impacto. Me reincorporé con un gruñido de dolor y miré hacia el enemigo.
Ahí estaba.
El jodido Susano empezaba a formarse en su primera etapa. Pero lo que me hizo hervir la sangre no fue eso. Fue lo que sostenía en su mano izquierda.
—¡El maldito Espejo de Yata! ¡¿Cuánta armadura de la trama tienes, bastardo que se dibuja solo?! —. Grité a todo pulmón, la voz rota por la rabia y la angustia.
No importa que les lanzara siempre lo contrarrestaban y no me quedaba mas que ver con desesperación cómo se recuperaban. El Susano los protegió tanto del relámpago como de mi intento de decapitación. Itachi estaba a salvo y Kisame, gracias a Samehada, ya había comenzado a sanar por completo. La espada vivía del chakra, y en esta pelea había tenido un festín.
Samehada temblaba, de pura rabia por todo el daño que le había ocasionado.
—¿Sabes qué? A la mierda con todo esto. ¡Jutsu de Invocación! —. Gruñí con los dientes apretados, mordiendo mi dedo antes de estampar la mano contra el suelo.
El jefe Gamabunta emergió entre una explosión de humo, su presencia colosal sacudiendo los árboles cercanos. No necesitó más que un vistazo para entender. El bosque ardía, y los dos malditos seguían ahí, protegidos por ese Susano inmundo.
—Jefe, jutsu de colaboración. Pon el aceite —. Gruñi, ya concentrando chakra en mi interior.
Gamabunta soltó un bufido, pero cumplió. Inhaló profundo y escupió un torrente de aceite espeso y oscuro que surcó el aire como una marea viscosa. En ese instante, liberé el fuego. No era un gran jutsu, solo un Katon básico, pero con el chakra del manto de Kurama y mi furia, se transformó en algo monstruoso.
Una corriente de llamas rugientes se extendió hacia adelante como un lanzallamas gigante, empapando el campo de batalla en fuego líquido. El bosque fue devorado por una corriente ardiente que avanzaba sin pausa, incinerando todo a su paso. Las copas de los árboles explotaron, el agua bajo nuestros pies se evaporó en segundos, y el cielo se tornó naranja por el resplandor.
No esperaba que murieran. El Susano los cubriría, como siempre. Pero necesitaba ese respiro, ese espacio. Aunque Itachi estuviera herido, Kisame podía purgar el veneno. Y lo peor era que ese bastardo aún peleaba con calma, como si estuviera calentando.
—Jefe, gracias… pero debe irse o saldrá lastimado —. le dije al sapo, sabiendo lo que pensaba.
Gamabunta me fulminó con la mirada, molesto por tener que irse tan pronto. Pero no dijo nada se desvaneció con un gruñido sordo, su silueta perdiéndose entre el humo y el calor. Ya me lo recriminaría más tarde, como siempre que nos lanzaba al infierno sin avisarle.
La memoria de los clones que envié a poner a salvo al resto volvió a mí. Los tontos luchaban por regresar, incluso con los tímpanos rotos y la visión borrosa. Un clon tuvo que arrastrar a Karin y a Sakura lejos, porque querían quedarse a curar al resto. No entendían que si volvían ahora, no ayudarían en nada. Solo se convertirían en más objetivos.
/No puedo ganar esto como estoy. No soy lo suficientemente fuerte. Y usar más colas del chakra de Kurama sería inútil… Samehada se lo tragaría, haciendo inservible cualquier transformación/. Estaba empezando a entrar en pánico, ya que eran demasiado fuertes para mi yo actual
De entre el mar de fuego líquido, el Susano avanzó lentamente, alejándose del aceite encendido como si nada. Tal como esperaba, ambos estaban ilesos. Pero Itachi… él no lucía bien, el veneno ya no estaba pero el daño acumulado se notaba. Sus ojos estaban enrojecidos, sus párpados pesados. Mantener el Susano a esa escala debía haberle arrancado chakra a mordidas y, de paso, deteriorado más su vista.
Apreté los dientes y repasé mis opciones. Escapar no era viable, me alcanzarían… o peor, atraparían al Clan Fūma o a los mocosos. Y con lo que Kisame había mostrado hasta ahora, no estaba peleando en serio. Si se fusionaba con Samehada y entraba en su modo tiburón, esto terminaría en segundos.
Pelear como lo estaba haciendo ya no era una opción.
Conocía pocas técnicas del Mokuton y las más poderosas… me vaciarían. Incluso con Kurama rellenando mis reservas, el costo sería demasiado alto. Sentía que estaba peleando con un cuchillo de cocina contra dos bombas atómicas. Estaba en una encrucijada, y lo sabía. Pero si no encontraba una salida, no solo yo caería, caerían todos.
Con un suspiro, comprendí que ya no tenía elección. Me quedaba una sola carta… y era la que no quería no usar a menos que todo estuviera perdido, así que era morir o perderlo todo.
Tendría que sacrificar mi cultivación.
No era una decisión cualquiera. No se trataba solo de perder poder temporal. Estaba a punto de dañar, quizá de forma irreparable, la base misma de mi camino como cultivador. Pero si iba a hacerlo… sería a lo grande.
Durante el año y medio que estuve encerrado, leí ese maldito libro de cultivo, viendo locuras. Algunas que describían cosas como hornos de nivel continental, que convertirían la vida de un continente en ingredientes, locuras de ese nivel y entre sus páginas, había técnicas prohibidas. Secretos que hablaban de técnicas mas allá de lo que deberían permitirse, la que usaria era sacrificar la cultivación a cambio de un poder mas alla, un instante de gloria a cambio de mi potencial.
Había una técnica en particular. Una que me daría la victoria.
Respiré profundamente, llenando mis pulmones con todo el aire que pude. Mi respiración se volvió lenta y tranquila como si me volviera uno con mi alrededor caótico. Al concentrarme, sentí cómo el qi puro dentro de mi dantian comenzaba a agrietarse. Esa pequeña esfera, mi promesa de futuro, lo que algún día se convertiría en mi Núcleo Dorado… estaba a punto de desaparecer.
Pero no solo planeaba usarla, planeaba destruirla. Apreté las manos. Luego, las junté en un aplauso seco. El sonido resonó como un trueno mudo.
Hice un juramento. Un Contrato Vinculante.
Sacrifiqué mi cultivo, mi base y hasta mi núcleo dorado, ofreciéndolos sin reservas al Tao Celestial. A cambio… obtuve mi propio potencial futuro, traído al presente, arrancado del destino que algún día habría alcanzado por mis propios méritos. Era un precio incalculable. Pero lo acepté sin dudar.
Hice un juramento. Uno que no podía romper, mientras estuviera bajo la ley del Tao estaría encadenado a cumplirlo.
Era un Contrato Vinculante. Entregué mi cultivo, mi fundamento espiritual… y la mitad de todo lo que soy y seré. Mi chakra, mi qi, mi futuro entero. Todo puesto sobre el altar del Cielo a cambio de lo que podría llegar a ser. De lo que debo convertirme.
El núcleo que tanto me había costado formar, nutrido con esfuerzo, dolor y paciencia durante mas de un año, lo entregué sin vacilar. Era el corazón de mi avance futuro, el cimiento de lo que algún día me habría llevado a la inmortalidad.
A cambio de obtener mi futuro el pináculo que alcanzaría dentro de décadas, quizás siglos, el Tao exigió un precio eterno.
Perdería para siempre la mitad de mi chakra y mi qi. No se regeneraría, no sería devuelto. Esa parte de mí sería sellada en el ciclo del cielo como pago y tendría que volver a entrenar para alcanzar lo que fue mi mar de chakra.
Y el Tao aceptó.
En ese instante, mi dantian colapsó. No con una explosión, sino con un susurro silencioso, como una flor marchita cayendo en la oscuridad. Y entonces, algo se rompió dentro de mí… y algo más despertó.
Mi cuerpo tembló. El chakra y el qi giraron en espiral, fusionándose de forma perfecta. El aire a mi alrededor se volvió denso, vibrante. Mi cabello se erizó. Cada célula rugía. Era como si el futuro mismo me invadiera, como si todo lo que sería, todo el poder que aún no había alcanzado me hubiera poseído en ese instante.
Yo había dejado de ser lo que era. Ahora era lo que aún no debía ser.
El vapor dorado surgió de mi cuerpo como un géiser , pesado como el juicio de los cielos, abrasador como el sol naciente sobre las montañas eternas. Era denso, etéreo, casi líquido, y se arremolinaba a mi alrededor como si el mundo mismo tratara de contener lo que se avecinaba.
El capullo de luz ocultaba mi forma infantil, no como una barrera, sino como una crisálida. Desde dentro, mis huesos crujieron con un eco seco, como el sonido de glaciares resquebrajándose tras mil años de silencio. Mi cuerpo no crecía, se transfiguraba. No era un cambio físico, sino una reescritura espiritual. Una manifestación de lo que habría sido, de lo que aún podría ser.
Cada fibra de mi ser vibraba con un pulso. El poder no brotaba de mí como un torrente descontrolado, sino que descendía sobre mí. El Qi que saturaba el aire era tan puro, tan perfecto, que incluso los árboles más viejos inclinaban sus ramas. La realidad misma temblaba. Allí, en medio del bosque calcinado, entre llamas agonizantes y tierra resquebrajada, el niño se desvanecía… y en su lugar, surgía un verdadero sabio.
Kurama observaba desde el interior de su prisión, inmóvil. Por primera vez, la Gran Bestia no rugía ni reía.
“Esto… esto es imposible. ¡Eres solo un niño!”. Pero las palabras no tenían peso.
Lo que veía no era un jinchūriki, ni un humano, ni siquiera un aliado. Lo que veía era un ser cuyo poder era lo mas puro que había visto, cuya presencia hacía eco en la misma frecuencia que los dioses olvidados. Ese chakra… no, ese poder… era una mezcla imposible, algo que ni siquiera Kurama podía nombrar.
Itachi, dentro del Susano, tropezó. No fue por el daño o el cansancio, sino por la presión. Una presencia invisible se posó sobre él, como si el cielo se inclinara, pesado de juicio. El aire se volvió denso como plomo líquido. A través de sus ojos sangrantes, vio la silueta dorada entre la niebla. Una figura sin edad, sin tiempo. El espacio a su alrededor se encogía, temblaba y al final se arrodillaba.
—¿Qué… qué estás haciendo…? —. Murmuró, incapaz de apartar la mirada.
Samehada chilló, la espada viviente se agitó con espasmos violentos, su carne vibrando como si estuviera al borde de descomponerse. Lo que sentía… era terror. Intentó soltarse, reptar, huir. Kisame frunció el ceño mientras la espada temblaba como una criatura al borde de un colapso nervioso.
—¿Qué diablos eres, mocoso…? —. Escupió, pero su voz carecía de convicción.
A kilómetros de distancia, oculto en una grieta oscura, Zetsu Negro sintió cómo el poder natural del mundo comenzaba a girar, como si obedeciera a un nuevo eje. Los animales dejaron de moverse. Los árboles se inclinaron. Las corrientes fluviales se detuvieron por un instante.
—…No. Esto no es normal. Esto… esto se siente como él, Como Hagoromo—. Musitó con voz ronca y temblorosa. El eco no era exacto, pero era innegable. Un poder no nacido del linaje Otsutsuki, sino de algo aún más primigenio, la voluntad cultivada más allá de los límites mortales.
Zetsu Negro no dudó.
—No me quedo aquí. Lo que sea que está surgiendo… no está hecho para este mundo—.
Huyó, abandonando al Zetsu Blanco como un sacrificio. El ser temblaba, incapaz de moverse, a su alrededor, el viento se arrodilló. Los pájaros callaron. Las raíces se enterraron más hondo. El mundo mismo contuvo el aliento.
—Esto no pasaría si Itachi no fuera contra las ordenes de Pain—. Dijo con miedo el Zetsu blanco.
Desde el interior del vórtice dorado, abrí los ojos. Ya no eran los de un niño, ni siquiera los de un guerrero. Eran ojos que conocían el peso de la elección, la carga del sacrificio, y la furia de un juramento. Había destruido mi futuro… para convertirlo en mi presente.
Una voz resonó dentro de mí, no mía, no de Kurama. Una voz del Dao.
[El que quema su semilla para florecer… debe ascender, o arder eternamente.]
Con esas palabras, grabadas en la raíz misma del alma, el eco del Tao resonó a través de los reinos. No fue un sonido, sino una declaración existencial, un veredicto que el universo mismo escuchó.
——————————————————————————————————————————
Los ojos del mundo, no los físicos, sino los espirituales los que todo lo ven se posaron sobre el insensato. Aquel niño, ese diminuto ser mortal que se atrevió a invocar un contrato con el Tao Celestial. No a través de plegarias, ni a través de mérito, sino con sacrificio, con una osadía digna de los mortales.
El Tao, ese océano sin forma, sin principio ni final, miró al que intentaba torcer sus leyes. Un vistazo fugaz, pero absoluto. Entre divertido y ofendido, el Tao contempló a ese pequeño punto de luz que desafió lo establecido. No era amor tampoco era odio… era reconocimiento divertido. Como el de un maestro al ver al alumno que, sin permiso, toca un pergamino prohibido.
Así se manifestó la señal. El universo lo registró, el orden ancestral tembló. Porque había nacido, o al menos comenzado a manifestarse, el que sería el tercer trascendente de este vasto universo. Un ser destinado a caminar más allá del ciclo de vida, muerte y renacimiento. Un ser cuya existencia sería una ofensa a los cielos y una esperanza para los que yacen bajo ellos.
Pero el Tao Celestial no deseaba su ascenso, no aún. Aceptó el contrato, pues había sido sellado con la Verdad. Sin embargo, impuso una maldición:
[No tomarás vidas, ni santas ni pecadoras, mientras portes el poder que no te pertenece.]
No coloco un castigo, sino una forma de equilibrar. Porque el Tao es el todo y la nada. Es la espada y la vaina. Es el decreto absoluto. Y lo que se dice bajo su mirada… se cumple. Así fue decretado, y así sería.
——————————————————————————————————————————
En los rincones más lejanos de la existencia, los que devoran mundos, la raza parasitaria que consume vida y chakra como alimento, los Ōtsutsuki, abrieron los ojos al vacío. No vieron una imagen, no oyeron una palabra, pero lo sintieron.
Una perturbación.
Algo que no debería existir dentro del patrón del Samsara.
Algo que ni nació de su linaje ni respondió al diseño que ellos impusieron a los mundos.
No sabían dónde estaba. Pero sabían que existía. Y eso, para ellos, era intolerable.
——————————————————————————————————————————
Desde un punto más allá del tiempo un Buda abrió los ojos.
Hagoromo, el Sabio de los Seis Caminos, abrió los ojos lentamente. Su conciencia se alzó como una montaña antigua. Sintió el desequilibrio. Sintió la desviación. Pero no intervino.
Él también había hecho un voto.
Uno que solo rompería cuando su madre, Kaguya, estuviera a punto de renacer.
Y mientras ese momento no llegara…
/No puedo interferir… no aún/. Cerró los ojos otra vez, dejando que el destino avanzara.
——————————————————————————————————————————
Y en la Luna…
Aislado en un santuario olvidado, el último descendiente de Hamura alzó la cabeza. Sus cuencas vacías no veían, pero el hilo del destino fluía a través de su alma.
Y ese hilo… se cortó.
El futuro predestinado, aquel que generaciones de videntes habían contemplado como inevitable, el nacimiento del guerrero que lucharía contra el trascendido, despertando el ojo puro, fue anulado.
El tapiz del destino tembló.
La urdimbre universal se desgarró.
Y por primera vez en milenios, el vacío en la luna tembló… no por fuerzas externas, sino por un futuro que ya no existía.
——————————————————————————————————————————
El vapor dorado se disipó lentamente, dejando atrás una figura que era más que humana, más que lo que cualquier ojo mortal podría comprender. Itachi, con los ojos ajustados a la forma de su Mangekyō, observó atentamente.
Frente a él, una presencia se alzó, una figura que parecía desafiar la lógica misma. Cabellos dorados, como hilos de sol en un horizonte lejano, ondeaban con una suavidad etérea. Su túnica, blanca y limpia, ondeaba como si el viento mismo se inclinara ante su poder. El remolino Uzumaki, un símbolo tan icónico de la antigua nación, adornaba su vestimenta impoluta.
Era como ver una aparición, un espectro de la generación pasada, el regreso del Yondaime. Pero al mirarlo más de cerca, Itachi comprendió que no era él. La diferencia era palpable. Su cuerpo era más robusto, más amplio, con una complexión que no tenía la misma agilidad del Yondaime.
Sin embargo, la verdadera diferencia no estaba en lo físico. La presencia que emanaba de él era abrumadora, algo que los ojos de Itachi, incluso en su estado más avanzado, no podían comprender. Era como si la figura frente a él no perteneciera a este mundo. No era humano, pero al mismo tiempo, lo era.
La esencia de esa figura parecía penetrar la misma atmósfera, una energía que no podía ser contenida por las leyes naturales. Itachi, con el corazón palpitando en su pecho, sintió un escalofrío recorrer su espalda. En su interior, la sensación de confrontar algo más grande que él mismo lo invadió, algo que se desbordaba más allá de lo que su mente podía procesar.
Este ser no era solo un guerrero. Era un símbolo, un eco de un poder ancestral que trascendía la humanidad. Y Itachi, uno de los guerreros más experimentados, comprendió que enfrentarse a este ser sería un desafío como nunca antes había conocido.
——————————————————————————————————————————
Miré el mundo gris que me rodeaba con los ojos de un verdadero inmortal, alguien que estaba a punto de trascender los límites de la cultivación, algo cuasi divino. Mis ojos penetraron la red invisible que cubría el planeta, una ley que alguien había impuesto sobre este mundo. El nombre vino a mi mente como una revelación.
La técnica de la omnipotencia. Alguien había alterado la memoria colectiva, forzando al mundo a olvidar algo importante, algo que debía ser conocido, pero que había sido borrado. Algo había sido ocultado deliberadamente, y al mismo tiempo, algo importante era ignorado por todos.
Extendí mis manos y tomé la cuerda que mantenía la omnipotencia, estirándola con una fuerza tranquila y meticulosa, deshilachando la ley con cada movimiento. Sabía que el cambio no sería inmediato, pero era inevitable. Poco a poco, los efectos de la omnipotencia comenzarían a desvanecerse.
La gente empezaría a recordar, a hacerse preguntas. ¿Cómo había muerto Hashirama Senju? ¿Por qué había caído el Clan Uzumaki? Todo estaba interconectado, pero el mundo había sido manipulado para olvidar. Solo un clan poseía la habilidad para usar tal poder, los Ōtsutsuki. Tarde o temprano, el mundo comenzaría a cuestionarse el vació en la historia.
Nuevamente, mis ojos se posaron sobre los dos Akatsukis que estaban presentes, conscientes de su debilidad frente a algo que no comprendían. No podía matarlos, era la ley del Tao. Mi existencia, mi forma actual, era una aberración ante las leyes del mundo. Sabía que mi mera presencia disgustaba al mismo mundo, pero ellos, Itachi y Kisame, no sabían la verdad detrás de todo esto.
—Largo, marchen y no miren atrás. Mi misericordia no es eterna —. Ordené con una voz cargada de poder.
No hubo palabras, ni protestas. En un suspiro, ambos Akatsukis se dieron la vuelta y huyeron tan rápido como pudieron. Estaban aterrados, pero también sabían que no había nada que pudieran hacer. Yo había tocado algo que los superaba por completo.
Y así como el poder llego empezó a desvanecerse rápidamente, comencé a perder ese poder. Todo lo que había sacrificado, todo lo que había entregado a cambio de menos de un minuto de poder absoluto, comenzó a desintegrarse.
Mi esencia comenzó a regresar a su estado original. Pero a pesar de perder ese poder, algo más importante se había logrado, había roto algo que no sabia que estaba allí. La omnipotencia que ataba al mundo. Ahora, las cadenas de la manipulación y el olvido comenzaban a desvanecerse, y la verdad, tarde o temprano, volvería a la luz.
—Así es… todo. La mitad de mi potencial, quemada sin piedad a cambio de unos instantes de poder para proteger a quienes están bajo mi cuidado—. Sonreí críticamente hacia mí mismo mientras observaba mis manos temblorosas.
Pero, en el fondo, no me arrepentía. Los cultivadores caminamos contra el Tao, desafiando al Cielo incluso cuando este nos exige tributo. Y aunque esta promesa me ate hoy… no siempre será así. Algún día, incluso esta cadena podrá romperse.
——————————————————————————————————————————
Omake:
No podía ganar contra estos dos monstruos. Itachi era vulnerable, pero tenía algo peor que un mangekyō, una armadura de la trama tan gruesa que ni un bijūdama le haría cosquillas. Era como pelear contra un concepto, no contra un ninja. Cada movimiento mío era anticipado, cada técnica contrarestada. Su maldita compostura solo lo hacía más frustrante.
Y Kisame… era un muro de chakra. Un tiburón rabioso con regeneración, una espada viva y resistencia infinita. Incluso cuando logré envenenarlo usando un clon suicida se liberó como si le hubiese tirado agua. Samehada había absorbido el chakra envenenado de su sistema. Por supuesto que lo hizo.
Dicen que cuando uno está desesperado, le llega la inspiración. Y en mi caso… Y vaya que yo estaba desesperado.
—Muy bien… no puedo ganar en fuerza. No puedo ganar en habilidad. Pero tal vez… pueda ganar en ingenio —. Murmuré, mientras comenzaba el proceso más suicida y agotador que había intentado desde que me reuní con de Orochimaru.
Creé un mar de clones de sombra, incontables. Una ola tras otra. Naruto contra Mizuki se quedaba corto. Cada uno cargaba con una misión simple la cual era molestar. Que no respiraran, que no pensaran. Que no vieran venir el verdadero plan.
A la par, una docena de clones de madera se desplegaron alrededor del campo de batalla.
/Nada de errores o estoy muerto si este plan falla/.
Había memorizado el diseño que use cuando estuve en la prisión tiempo atrás. Y ahora, iba a rehacerla nuevamente pero… invertida.
Una matriz espacio-temporal. Pero en lugar de acelerar el tiempo que transcurre en su interior haría lo contrario, dilatando el tiempo y haciendo que en el interior se congelara. Dentro de la formación, un segundo serian 10 horas afuera de ella. Un sueño lento, una pesadilla imposible de escapar.
—¿¡Qué hacen esos clones!? —. Gruñó Kisame, cortando de un tajo a uno de madera.
—Están sellando algo. No sé qué —. Respondió Itachi, con su Sharingan girando frenético.
—¿Y tú no lo sabes? ¿Tú!? ¿El prodigio? ¡Genial!—. Respondió con un poco de pánico el tiburón.
La presión aumentaba. Mi chakra menguaba, ya no podía sentir mis dedos de tanto canalizarlo.
Kisame rugió y comenzó a fusionarse con Samehada. Era cuestión de segundos antes de que entrara en modo tiburón. Mientras tanto, Itachi, sin perder ni una pizca de su compostura maldita, giró sobre sí mismo y lanzó una lluvia de kunais con sellos explosivos. Cuatro de mis clones volaron en pedazos. Tres más se sacrificaron para mantenerlo distraído.
—¡AHORA! —. Grité.
Mis manos temblorosas se unieron en el último sello. La sangre goteaba por mis dedos y caía en la última runa central.
La matriz brilló.
Un pulso.
Luego silencio.
Itachi y Kisame se detuvieron.
No, no fue que se detuvieran. Fue que el tiempo dentro de la formación se arrastró. Cada uno de sus movimientos se volvió lento, apenas perceptible. Como si estuvieran congelados. Como si el mundo dentro de esa prisión ya no respondiera al mismo reloj.
Caí de rodillas jadeando por el estres y el consumo de chakra. Ya sentia a kurama reponiendo mis reservas pero el estres por el que pasaron mis tengetsu era innegable. Pero por primera vez en ese combate… tenía el control.
—Cinco minutos… me tomó cinco jodidos minutos de sangre, sudor y lágrimas —. Me reí, cansado.
Me levanté con esfuerzo, mirando a las dos figuras atrapadas en su burbuja de lentitud. Itachi aún sostenía un kunai a medio trayecto. Kisame estaba a mitad de su transformación. Congelados en acción.
—Nos vemos en un mes bastardos, cuando puedan salir de la matriz ya estaré en un lugar fortificado—. Les dije, aunque no pudieran escucharme.
Me alejé tambaleándome.
—Uno no vence monstruos. Solo los retrasa… si tiene suerte —. Susurré. Y por hoy, me había ganado esa suerte.
——————————————————————————————————————————
Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.
Un capítulo más corto, pero intenso. Ahora que nuestro protagonista reventó su dantian y dañó su qi puro, una esfera destinada a formar su núcleo dorado tendrá que esforzarse al máximo para sanar. Por suerte, el libro de cultivo tiene de todo… y un poco más. Es hora de entrenar duro, necesita reconstruir sus reservas de chakra, ahora que sacrificó la mitad solo para sobrevivir.
Es curioso cómo nadie parece hablar sobre la muerte de Hashirama. Es como si todos evitaran el tema. Sabemos que murió joven, algo evidente por cómo revivió con el Edo Tensei. Además, los resucitados no suelen volver en su mejor momento; lo de Madara fue un caso especial. Kabuto alteró su cuerpo antes de revivirlo, por eso apareció en su apogeo, si no, lo habríamos visto viejo durante la guerra.
¿Y qué pasó con Uzu? Se habla poco de los Uzumaki, a pesar de que eran los recipientes perfectos para bestias con cola. Ninguna aldea parece interesarse, ni siquiera cuando Naruto grita su apellido a los cuatro vientos. ¿La única explicación? Algo pasó, y tengo la intención de usar la omnipotencia de los Ōtsutsuki para descubrirlo. Tal vez esté relacionado con los símbolos tachados en ese templo Ōtsutsuki que Sasuke visitó en Boruto…
PD: No esperen que esto sea un deus ex machina recurrente. Hacer un voto al Tao es algo único, reservado solo para situaciones extremas como esta. El mundo no aceptará otro sacrificio de este tipo… tal vez algo diferente, pero usaré este recurso como una forma única de salvarse. No habrá segundas veces con el mismo truco.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com