Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 18
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Capítulo 18: Viaje
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
[Dioses hablando]
Lentamente, un niño andrajoso emergió de entre la bruma residual que aún flotaba en el aire, apenas visible bajo la luz fuerte del medio día. Sus pasos eran lentos, pero firmes e inquebrantables. Cada avance era una victoria contra el dolor, un acto de voluntad pura. Su cuerpo, que había estado sanando y recuperándose, ahora era apenas una cáscara. Piel pegada al hueso, ojos hundidos y sin brillo, y un temblor constante en sus extremidades delataban el precio que había pagado.
Había consumido todo. Cada reserva de chakra y qi, cada gramo de grasa, y una gran parte de su masa muscular. Había vaciado su cuerpo, su alma, su ser entero, para tocar por un instante el poder absoluto. Para proteger y para vencer. Para que los niños no tuvieran que hacerlo.
Y ahora solo quedaba un niño… y el precio de haber sido un dios por un momento.
Cuando llegó al claro, la escena frente a él fue como un puñetazo en el estómago. Cuerpos pequeños yacían dispersos entre ramas rotas, el terreno agrietado y aún caliente por la energía liberada. La mayoría estaba inconsciente. Respiraban pero apenas. Aquel poder que él mismo había desatado los había salvado… y casi los mata en el proceso.
Solo dos seguían despiertos. El Hyūga, con su Byakugan apagándose entre parpadeos erráticos, y la kunoichi de Sunagakure, medio arrodillada, aferrándose a una raíz como si su vida dependiera de ello. Cuando lo vieron, sus ojos se abrieron… pero no en reconocimiento.
Porque lo que vieron ya no era Naruto. Ese no era un niño, no podía serlo. No con esa mirada ausente, no con ese cuerpo más cercano a un cadáver que a un ser vivo. Lo que avanzaba hacia ellos era el eco de alguien que había cruzado un umbral al que nadie debería asomarse.
El Hyūga retrocedió, trastabillando. La kunoichi soltó un suspiro tembloroso, y ambos colapsaron. No por heridas, sino por la imagen. Por la abrumadora carga de lo que presenciaban. La mente humana, por muy entrenada que estuviera, tenía un límite.
Naruto no dijo ni una palabra, ni una queja, ni un reproche. Se arrodilló con torpeza junto al primero de los inconscientes. Sus rodillas crujieron al tocar el suelo, y una punzada de dolor lo atravesó. Pero sus manos, aunque temblorosas, con cuidado abrió una bolsa de tela raída que estaba entre las cosas de Karin.
De ella sacó píldoras médicas. Una a una, las fue colocando en las bocas de sus compañeros, vigilando que tragaran. Masajeaba sus gargantas con movimientos suaves. Murmuraba palabras que nadie oía, promesas que nadie recordaría. Lento, paciente, como si fuera lo único que importara en el mundo.
Cuando terminó, se sentó en el suelo y bajó la cabeza tapando su rostro con su brazo huesudo mientras miraba el cielo, en silencio. No era descanso lo que buscaba, porque sabía que no podía darse ese lujo. Solo quería, por un segundo, dejar de sentir. Dejar de cargar.
El dolor era demasiado, pero no lo suficiente como para hacerlo rendirse. Aun si el cuerpo ya no respondía, aun si cada latido parecía desgarrarle por dentro, había una razón por la que seguía de pie y eran ellos. Los niños., aquellos a los que había acojino y ahora debía proteger.
Porque aunque su cuerpo fuera pequeño, su voluntad no lo era.
Él no luchaba por poder o por el reconocimiento. Luchaba porque alguien tenía que hacerlo y si ese alguien podía ser él, entonces valía la pena seguir caminando.
—No más niños en la guerra… —. Susurró, la voz ronca, inconscientemente.
Por primera vez desde que llegó a este mundo maldito, Naruto Uzumaki dijo su propósito en voz alta. Un mundo condenado a la guerra, al odio, a una cosecha sin fin bajo el yugo de los Ōtsutsuki. Su deseo era simple, vivir en paz.
Pero también sabía que no tenía derecho a esa paz si permitía que otros niños siguieran siendo armas, herramientas en manos de adultos codiciosos.
Tal vez era el eco de Naruto Uzumaki quien hablaba, tal vez no. Pero el deseo era el mismo, no permitiría que ese ciclo de niños soldados continuara. Y si para romperlo tenía que destruir el sistema shinobi desde sus cimientos… Entonces lo haría sin dudar.
Proteger al Clan Fūma, a Karin, Fu, Sasame… solo era el comienzo. Solo los primeros a los que había decidido cuidar pero no serían los últimos.
/Podría haberme recluido. Cultivar durante una década, volver invencible, y salir a imponer orden… Pero, ¿cuántos habrían muerto para entonces? ¿Cuántas historias ahora reales se habrían perdido? ¿Cuántos destinos, que aún podían cambiarse, se habrían sellado con sangre y silencio?/.
No, no podía tomar ese camino fácil porque eran sus creencias las que lo definían. Y un hombre que abandona sus convicciones, por más fuerte que sea, no es nada. Un hombre que las traiciona… ya no es un hombre.
—Yo crearé un refugio, uno real. Para los que pueda salvar —. Murmuró cansado
/Cuando tenga el poder, cambiaré este mundo maldito/.
Se obligó a alzarse, temblando. Sus pies se hundían levemente en la tierra, como si el mundo intentara retenerlo. Pero dio un paso, luego otro. Caminó entre los cuerpos de aquellos pequeños guerreros, no como un líder… sino como el adulto que ellos necesitaban.
No importaba si lo reconocían.
No importaba si algún día lo odiaban.
Él iría a la guerra. Él mancharía sus manos.
Para que ellos no tuvieran que hacerlo nunca más.
Porque es lo que hace un hombre.
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Comía sin detenerme. El curry picante me arrancaba sudor de la frente, pero no dejaba de engullirlo como si cada cucharada pudiera devolverme el peso perdido. Al lado, una pila de platos humeantes de carne grasa, arroz glutinoso, sopa con hueso de cerdo, incluso un pastel que estaba delicioso. Junto a todo eso, un gran cuenco donde mis píldoras alimenticias se agotaban lentamente.
Las píldoras me darían nutrientes esenciales, pero eran pobres en grasas. Después de la batalla y el desgaste que había sufrido, mi cuerpo necesitaba mucho más que lo que esas píldoras podían ofrecer. Durante el viaje, me aseguré de que el Clan Fūma también tuviera una dieta calórica rica en grasas y no viviera solo de las píldoras, por eso me asegure de permitirles comidas lujosas, pues sabía que solo con eso podrían mantenerse lo suficientemente fuertes.
En mi caso si bien las píldoras eran útiles para sobrevivir, no eran suficientes para recuperarme por completo, después del estado en el que quedo mi cuerpo.
La abuela Sanshō había sido razonable. Tras escuchar cómo le perdoné la vida a Karashi, se mostró más que contenta de ver que su nieto regresaba vivo. Su posada estaba lo suficientemente lejos como para que no sintieran el tremendo flujo de chakra y qi cuando utilicé el Voto Vinculante, así que no hubo preguntas incómodas. Después de entregar una bolsa de dinero más que generosa, nos recibió sin dudar.
Mientras yo devoraba media cocina, Karashi vigilaba al equipo 9 y a mis compañeros. Las chicas del grupo habían liberado a los miembros del Clan Fūma, quienes nos encontraron en el claro poco después y me ayudaron a llevarlos hasta la posada. Desde entonces, varios de ellos se dedicaban a atender a los heridos, y los antiguos mineros esclavizados por Raiga comenzaban a seguirlos. No me metía demasiado en eso; les había dado libertad, lo que hicieran con ella era su decisión.
El grupo de Raiga había muerto en la mina, como daño colateral en la pelea. Todos, salvo él y Ranmaru. El clon de madera que los mantenía cautivos tenía instrucciones claras, pero también cierta autonomía. Raiga, por su valor estratégico, fue apartado. El resto… no me interesaba. Eran asesinos y esclavistas, carga muerta. El mundo ya tenía suficientes parásitos.
Ranmaru, por otro lado, era un caso delicado. En el canon, estaba tan ligado a Raiga que prefería morir antes que vivir sin él. No podía permitirme que ese patrón se repitiera. Necesitaba estabilizarlo. Aislado, deprimido o suicida, sería una bomba emocional, y no podía dejar que el mocoso cometiera una estupidez solo por eso. Raiga fue salvado solo por eso.
Cuando terminé de devorar más del doble de mi propio peso corporal, acompañado de docenas de píldoras alimenticias que, en cualquier persona normal, una sola habría bastado para mantener sus niveles de nutrientes durante diez días, el proceso dio inicio. Un vapor denso comenzó a emanar de mi piel, resultado de la hiperactividad metabólica y la acelerada división celular que elevaban mi temperatura corporal a niveles casi críticos
Era como si cada célula ardiera al unísono, devorando los nutrientes para rehacer lo que el Voto Vinculante había desgarrado. Mis músculos, otrora flácidos y consumidos, comenzaron a inflarse con rapidez antinatural, como si la vida misma se reinyectara en cada fibra. Una capa de grasa saludable empezó a cubrir mis músculos prominentes, devolviéndome el aspecto físico que había perdido. El cuerpo famélico que había quedado tras liberar mi potencial futuro desaparecía, reemplazado por una constitución más firme, más viva.
Pero ese era solo el exterior. Lo que había sido destrozado por dentro no se curaría tan fácilmente. Mi regeneración había hecho un trabajo brutalmente eficiente en el plano físico, pero al precio de forzar mi biología más allá de sus límites. Cada herida regenerada, cada músculo recompuesto, cada estructura reforzada… fue a costa de miles de ciclos de mitosis acelerada. Y eso, inevitablemente, significó acortar drásticamente mis telómeros, los extremos de los cromosomas, responsables de mantener la integridad celular durante cada división.
Mi cuerpo había sido forzado a crecer, a curarse, a cambiar de forma varias veces en muy poco tiempo. Primero al encogerme a la edad de ocho años. Luego al regenerarme de heridas graves que habrían matado a cualquiera. Después, al forzar un crecimiento espontáneo y absoluto al liberar mi forma futura con el Voto Vinculante. Y finalmente, al retroceder de nuevo a mi estado infantil una vez más. Esa danza antinatural entre estados biológicos era una afrenta al equilibrio mismo del cuerpo humano, una aberración que forzaba al límite la maquinaria celular.
Eso era lo biológico. Pero luego venían las estructuras encargadas de la energías mas esotéricas, aquellas encargadas de producir y regular las dos energías fundamentales que coexistían en mi cuerpo, el chakra y el qi. Ahí era donde el daño se volvía realmente crítico.
Mis circuitos espirituales estaban parcialmente calcinados, como si hubieran transportado fuego líquido en vez de energía vital. Sus canales internos, por donde el qi debía fluir armoniosamente, estaban sobrecargados, debilitados por el flujo monstruoso que forcé durante el Voto Vinculante. Energía que ningún cuerpo humano, ni siquiera uno modificado como el mío, debería haber contenido sin consecuencias.
Mi dantian inferior, el centro donde se condensa y almacena el qi cultivado, estaba en ruinas. Lo sentía marchito, agrietado por dentro, como un campo que había sido explotado durante años sin dejarlo descansar ni un solo ciclo de cultivo. Cada vez que intentaba mover el qi hacia él, se resistía, como si me advirtiera que otro intento más podría hacerlo colapsar por completo.
El tengetsu, por su parte, no estaba mejor. Esa estructura delicada y compleja, que me permitía liberar y filtrar chakra desde las células hacia el sistema circulatorio de energía, se hallaba al borde del colapso. Saturado, desequilibrado. Era como una represa al límite de su capacidad, a punto de estallar si intentaba liberar siquiera un jutsu básico sin control absoluto.
Todo eso lo confirmé con la matriz médica que había diseñado originalmente para diagnosticar y tratar a los heridos del Clan Fūma. Al aplicarla sobre mí mismo, los resultados fueron tan precisos como demoledores. No solo tenía daños físicos; mi capacidad de canalizar las dos energías que me definían como guerrero y cultivador había sido seriamente comprometida. Y con ello, mi esperanza de vida se había reducido a menos de la mitad.
Ni mi regeneración natural, ni el dominio que tenía sobre el flujo de qi bastaban para revertir aquello por sí solos. Había cruzado una línea que no se debía cruzar sin preparación, y ahora debía pagar el precio. Pero no todo estaba perdido.
Con tiempo, ingredientes raros y una cantidad desproporcionada de esfuerzo, todavía había un camino. La alquimia no era solo una técnica de refinamiento o creación de píldoras para mejorar el cultivo. Era una ciencia viva, una herramienta capaz de reconstruir y perfeccionar cuerpos humanos para que soportaran energías que rozaban lo divino. Fue creada, después de todo, para forjar recipientes capaces de contener lo imposible. Y eso era justo lo que necesitaba.
Sabía qué elixires debía preparar. Qué fórmulas realizar. Qué ingredientes debía cultivar y purificar, con la combinación correcta, podría restaurar mis telómeros, reconstruir mi dantian desde la raíz y estabilizar el tengetsu antes de que colapsara. Sería un proceso largo, costoso y posiblemente más doloroso que cualquier entrenamiento que hubiese tenido.
Un verdadero dolor en el trasero.
Pero ya había sobrevivido al peso del destino, al juicio de los cielos y al odio de un mundo que me rechazó al nacer. Había enfrentado seres que caminaban como dioses… y seguía aquí. No tenía intención de rendirme ahora.
Seguiría de pie, paso a paso, elixir tras elixir. Porque si debía pagar ese precio para proteger a los míos…
…entonces que el mundo prepare su cuenta.
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Con mi atiborramiento de comida terminado y mi cuerpo restaurado en una capacidad mínimamente aceptable, me giré hacia mis observadores.
Los primeros en despertar habían sido los mismos que resistieron hasta que los encontré en el claro, el Hyūga y la kunoichi de la Arena. Ambos estaban sentados en silencio, mirándome como si intentaran descifrar un pergamino en un idioma extinto. Observaban en silencio el vapor que aún se evaporaba de mi piel, los músculos que se habían regenerado con una velocidad antinatural, y la expresión cansada que arrastraba.
—Gracias por tener la consideración de esperar a que me recuperara… —. Dije entre bocados, sin mucho entusiasmo.
—Supongo que tienen preguntas, sean conscientes de que solo responderé lo que quiera responder. Así que adelante, intenten sacarme información—.
El silencio que siguió fue denso, como si ambos midieran sus palabras buscando la mejor manera de expresar sus dudas. Sus rostros lo decían todo, una tormenta de interrogantes reprimidas, sin saber por dónde empezar. Pero fue Temari quien, finalmente, rompió el hielo con una seriedad desconcertante.
—¿Nuestros hijos heredarán ese poder?—.
La pregunta fue tan directa, tan inesperada, que me atraganté con el vino de frutas barato que acababa de llevarme a la boca.
Tosí fuerte y maldije al mundo entre toses.
/¿Pero qué mierda…? ¡¿Cómo se llega a eso tan rápido?!/
Cuando al fin recuperé el aliento, la miré con una mezcla de incredulidad y exasperación. Temari no apartó la vista. Sus ojos, tranquilos y analíticos, me estudiaban con una intensidad escalofriante.
Ni una pizca de vergüenza. Ni un mínimo intento de disfrazar sus intenciones.
—Mocosa… —. Gruñí, golpeando la mesa con el dorso de la mano.
—¿Por qué lo primero que me preguntas es eso? ¿Acaso no hay algo más urgente? ¿Quiénes nos atacaron? ¿Quién sobrevivió? ¿Qué maldito jutsu fue ese que usé?—.
Temari se encogió de hombros, indiferente.
—Dijiste que solo responderías lo que quisieras. Eso significa que cualquier pregunta sobre el origen de tu poder, si viene del bijū o de alguna técnica secreta, no vas a contestarla. Así que me salto lo superficial. Prefiero ir directo a lo importante, cómo podría beneficiarse Suna de ti—.
Su lógica fue tan brutalmente directa que me obligó a golpearme la frente contra la mesa, frustrado.
/¿Dónde quedó esa kunoichi orgullosa y feroz? ¿La que peleó con rabia por su aldea y miraba con desprecio a sus enemigos? ¿Cuándo se volvió tan… despreocupado sobre un tema así?/
Y entonces lo entendí.
/Ah, claro. Esta es su misión, convencerme de unirme a Suna. Y si falla… al menos llevarse algo de valor, como un hijo mío./
El pragmatismo militar convertido en estrategia matrimonial. Una guerra fría de vientres y herencia.
/Bienvenido nuevamente al mundo shinobi/. Me regañe por olvidar lo podrido que esta este mundo por los linajes.
Sentí un asco sordo acumulándose en la base del estómago. No por ella, sino por lo que representaba. La posibilidad real de que un niño nacido de mí, fuera usado como ficha, como inversión, como un experimento ambulante con apellido extranjero.
Y lo peor era que ni siquiera podía culparla del todo. Este era el maldito mundo shinobi. Un mundo donde los sentimientos se enterraban bajo órdenes, donde la sangre era capital político y donde el poder, el verdadero poder, nunca era gratuito.
Respiré hondo. Me limpié la boca con la manga. Y decidí ponerle límites antes de que ese tipo de conversación continuara.
—Temari —. Dije con voz baja, sin inflexión y sin amenaza, una voz plana que no denota emoción.
—Si, en algún caso improbable, lograras tener un hijo mío… ¿qué te hace pensar que podrías llevártelo? ¿Qué viste en mí, en todo este tiempo, que te haya hecho creer que permitiría que alguien, que cualquier aldea, me quite algo tan importante?—.
No fue una amenaza mas bien fue una afirmación pronunciada con la certeza de un hecho consumado. Como si hablara del clima o del paso del tiempo.
La voz que usé no era una que ella hubiera escuchado antes. No era la voz del niño que peleó para salvar vidas. Ni la del estratega que organizó defensas imposibles, ni siquiera la del monstruo.
Temari se estremeció. Por un segundo, sus pupilas dilataron pero no desvió la mirada. Tenía que darle crédito. El valor estaba ahí y también la lealtad.
—Eres fuerte —. Replicó, con una nota de tensión que traicionaba su compostura.
—No puedo negar eso, no después de lo que sentimos cuando despertaste ese poder. Pero sigues siendo solo una persona. Una sola y por más increíble que seas… nadie puede contra todo un país. Contra toda la política que rige una nación—.
Ella empezó a sudar, no por el miedo a mí, sino por la línea que acababa de cruzar. La conversación se había convertido en una amenaza diplomática implícita. Y sabía lo que eso podía significar, que la despidiera como guía, que la expulsara de mi lado, que cortara todo vínculo entre ella y yo y lo mas importante entre Gaara y yo.
Pero yo no reaccioné de inmediato y pensé.
Pensé en Nagato, y cómo, solo, borró Konoha del mapa. Pensé en Hashirama, que no conquistó una aldea… sino que doblegó todo un mundo, forzando a los clanes más violentos a seguir un sueño de paz a través de su poder absoluto. Pensé en Madara, en Hiruzen, en Itachi. En nombres que, por sí solos, escribieron capítulos enteros de la historia shinobi.
Una persona puede no ser suficiente… pero aquellos como nosotros pueden cambiar el curso del mundo si estamos dispuesta a pagar el precio.
—¿Una persona? —. Respondí finalmente, con calma.
—El Sabio de los Seis Caminos era uno. Hashirama Senju, uno. Madara Uhciha solo uno y tú me miras a mí y crees que no estoy dispuesto a hacer lo que ellos hicieron. ¿Por quién crees que estaba dispuesto a morir, Temari?—.
Mis ojos la atravesaron, pero no con rabia. Con algo peor, con fe absoluta en mis propias palabras.
—No eres mi enemiga. Y quiero pensar que nunca lo serás. Pero no pongas a prueba mis límites con algo tan sagrado como un hijo. Porque, te garantizo… no habrá segunda advertencia—.
La sala quedó en silencio. Ella bajó la mirada, apenas un centímetro. Lo suficiente para hacerme saber que había entendido, aunque no se disculpó ni se retractó. Seguía siendo una kunoichi, fiel a su deber, y esa clase de lealtad era difícil de romper, incluso cuando se pisaban líneas que no debían cruzarse. Lo comprendía pero eso no significaba que pensara tolerarlo. Si no fuera por Gaara, ya la habría enviado de vuelta a su aldea.
En el futuro, necesitaría el chakra del Shukaku para algo mayor. Y una relación cordial con el Kazekage facilitaría ese proceso. Así que dejé a Temari de lado, al menos por ahora, ya tendría tiempo de decidir qué hacer con su descaro. Entonces volví mi atención a Neji, que no había dicho una sola palabra desde que me senté a comer. Estaba firme, como una estatua, el perfecto modelo de autocontrol Hyūga.
—¿Y tú, Neji? —. Pregunté con un suspiro que arrastraba el peso de todo lo anterior.
—¿Tienes algo que decir?—.
No me esperaba una respuesta, pero al igual que Temari, habló sin rodeos. Su voz fue directa, casi inquisitiva.
—¿Realmente Konoha te encerró sin una razón real? ¿A ti, alguien con un historial en misiones tan elevado, te hicieron eso?—.
Le sonreí al ver esa chispa de ingenuidad que todavía brillaba en él, a pesar de todo. Incluso con su visión cínica del mundo, aún creía en la estructura de la aldea. Aún tenía fe en el sistema que había sacrificado a su padre. En cierto modo… era adorable.
—Sí, supuestamente para protegerme de un contragolpe político. Como no logramos traer de vuelta a Sasuke, me encerraron en la prisión de Kusa, apodada “la prisión de sangre”. ¿Era cierto? No lo sé y no me importa. Konoha me ha dado la espalda demasiadas veces como para quedarme—.
Neji asintió, aceptando la verdad. Pero antes de que pudiera abrir la boca para decir algo más, una figura se movió bruscamente entre los demás. Sakura había despertado y había estado escuchando.
Se acercó con pasos tensos, el rostro pálido, los ojos sombríos. Se mordía el labio como si contener las palabras fuera más doloroso que decirlas. Pero al final lo hizo y lo que dijo no fue una pregunta sobre lo que habíamos hablado aquí ni un reproche… fue algo más íntimo. Más desesperado.
—¿Realmente eres Naruto? —. Dijo con voz baja, pero firme.
—Porque como actúas, como hablas… todo es muy diferente al tonto que conocía—.
Suspiré, no quería que nadie más despertara aún. Pensé que tendría más tiempo para descansar, pero al menos logré sacarle a Temari sus verdaderas intenciones. Eso ya lo consideraba una pequeña victoria. Y ahora, con Sakura frente a mí, podía darle una respuesta definitiva. Sin palabras, levanté mi camisa lentamente. El simple acto de canalizar chakra me causó un leve picor en los tenketsu dañados, pero lo suficiente para activar el sello.
El patrón de ocho trigramas se revelo sobre mi abdomen. Una marca inequívoca de mi identidad.
—Sakura, sé que no entiendes el significado de este sello. Pero solo yo, Naruto Uzumaki, puedo llevarlo. Es una creación personal del Cuarto Hokage, basada en el Sello Consumidor del Demonio. Un sello prohibido que invoca a una entidad que llaman Shinigami para sellar a los bijū. Aquí está el Kyūbi. Esta es mi prueba irrefutable—.
Su confusión era palpable. No comprendía del todo mis palabras ni el peso que cargaban. Era ignorante de mi identidad como jinchūriki. Por instinto, giró la cabeza hacia Neji, técnicamente su superior en esta misión. Él asintió, y con ese gesto, Sakura bajó la mirada y aceptó lo evidente.
Solté el aire, más por cansancio que alivio. En este momento, Sakura era un completo desastre emocional y no la culpaba.
—Sakura, todos tenemos que madurar. Yo lo hice cuando Sasuke casi me mata… tres veces—. Dije, con una sonrisa irónica en los labios.
Me acerqué y le di unas palmaditas en la cabeza. Fue una vista tan absurda que hasta uno de los genin que recién despertaban se rió por lo bajo. Un niño de ocho años reconfortando a una adolescente de trece como si fuera su hermana menor.
—La vida da golpes fuertes —. Añadí, encogiéndome de hombros.
—Algunos maduran con el tiempo. Otros maduran a punta de jutsus asesinos—.
Sakura bajo la mirada y se sentó junto a mi. No tenia ni idea de que pasaba por su mente pero la influencia de la matriz comenzaría a a afectarla mas si no detenía esto rápido, y no quería mas preguntas de esa índole.
Al desperezarme, noté cómo los niños comenzaban a despertar uno a uno. Con un suspiro, apoyé mi pie descalzo sobre el suelo de madera. Canalicé una mínima cantidad de chakra en la planta, solo lo justo para activar el Mokuton en una forma casi invisible. La matriz que había inscrito anteriormente comenzó a deshacerse lentamente, como si nunca hubiera estado allí. Lo importante era que la madera volviera a su forma original sin dejar huella.
Nadie notó nada, ni siquiera Neji con esos agudos ojos. Gracias a la mejora en mi afinidad con el Mokuton, podía realizar trabajos de este tipo con una precisión y sutileza que antes solo soñaba. Esa matriz era la misma que usé con Hidan una matriz que inducía a decir la verdad sin que la víctima lo notara. Esa era la razón por la que Temari había revelado su misión secreta sin pestañear, hablando con esa franqueza que de otro modo nunca habría mostrado.
Incluso Neji, con todo su control emocional, se había dejado llevar por la necesidad de preguntar. La matriz no forzaba la voluntad, solo la inclinaba, y como su ancla estaba oculta en el qi natural del ambiente, nadie sospechaba nada. Después de todo, las herramientas más efectivas son las que nadie sabe que estás usando.
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Me encontraba en una situación incómoda, en el mejor de los casos. El equipo nueve de Konoha estaba firmemente atado por mi Mokuton, envueltos en raíces resistentes que suprimían su chakra con la elegancia de una prisión viva. Sakura, a mi lado, me miraba con expresión nerviosa, lanzando miradas a los capturados sin saber si debía intervenir o quedarse quieta como un buen prisionero.
Tenten me fulminaba con la mirada desde donde estaba sujeta, sus ojos eran dagas arrojadas con precisión. Rock Lee, por su parte, se retorcía como una lombriz ansiosa por demostrar juventud, coraje y probablemente haciendo estiramientos musculares innecesarios.
/Bendita sea la capacidad del Mokuton para suprimir el chakra… no solo el chakra bijū. Definitivamente, uno de los mejores poderes que me dio este cuerpo/.
Neji, siempre el más sereno o el más resignado habló con su habitual tono plano, tan lleno de estoicismo como de resignación forzada.
—Así que no puedes dejarnos regresar a Konoha hasta que llegues a tu ubicación final. Y nos das la opción de seguirte voluntariamente como escoltas, misión que pagarías como una de rango C o convertirnos en tus prisioneros hasta que concluyas tu viaje… —. Hizo una pausa, ladeando apenas la cabeza.
— ¿Correcto?—. Pregunto buscando una confirmación.
Me rasqué la nuca con una sonrisa un poco avergonzada, mientras estaba sentado con absoluta naturalidad en el regazo de Temari, quien, a pesar de nuestra discusión anterior, no parecía alterada ni un poco por la situación. Si acaso, estaba más cómoda que nunca, mascando una fruta seca como si todo esto fuera parte de su rutina diaria.
—Resumidamente… sí. Esa es la situacion, ahora bien como líder del equipo, escoge lo que les duela menos —. Dije con toda la diplomacia que mi situación vergonzosa me permitía.
Tenten, con toda la dignidad de una experta en armas envuelta en una raíz, empezó a insultarme con una creatividad que casi aprecié. La amordacé con una rama en respuesta, que se enrolló suavemente alrededor de su boca como si fuera un regalo bien envuelto.
—Me temo que tendremos que ser tus prisioneros —. Continuó Neji, imperturbable.
—Eres considerado un traidor para Konoha. Aceptar tu propuesta nos pondría en el mismo barco, y no tenemos flotadores diplomáticos—.
—Buena elección. Me caes bien, Neji —. Le respondí con un asentimiento serio, aunque ya estaba pensando en cómo usar su Byakugan como herramienta topográfica más tarde.
Luego giré hacia Sakura, que parecía una mezcla entre ofendida y confundida, como si aún estuviera esperando que todo esto fuera un genjutsu particularmente elaborado.
—Bien, Sakura. Tu trabajo como prisionera es vigilar a los otros prisioneros. No intentes liberarlos. Las raíces no pueden ser cortadas por nada que no sea futon de alto nivel, o una motosierra alimentada por chakra de bijū… y estoy bastante seguro de que no tienes una de esas escondida bajo la falda—.
Sakura me miró como si quisiera protestar… pero no lo hizo. Tal vez porque no sabía si lo decía en serio. Tal vez porque realmente consideró lo de la motosierra.
Y con eso dicho, di una palmada sobre el muslo de Temari, quien se levantó sin más y me alzó en brazos con la practicidad de quien carga a un niño genio de ocho años que carga traumas interdimensionales y clones de madera en los bolsillos. Me dejé llevar con dignidad, como todo buen emperador prematuro debe hacer, mientras señalaba el horizonte como si estuviera dictando el rumbo de una expedición legendaria.
—¡Vamos, tenemos un imperio que construir! —. Anuncié, dramáticamente, mientras pasábamos junto a los tres prisioneros amarrados y ofendidos.
Detrás, Tenten murmuró algo entre dientes que sonó sospechosamente como: “cuando me libere, te voy a meter esa rama por donde no da el sol”.
Comedia, caos y descontrol absoluto. Un día más en mi brillante, brillante vida. Solo me hacían falta un par de ninjas rango S intentando capturarme o asesinarme para que fuera oficialmente un martes cualquiera en este desastre que llamo existencia.
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—¡¿Dónde diablos está…?! ¡Hidan! ¡Si aún estás vivo, di algo ya, inútil inmortal! —. Grité mientras pateaba una roca que claramente no tenía la culpa de nada, solo de estar en mi camino.
Las ruinas del edificio donde nos habíamos asentado en las minas Katabami estaban hechas polvo otra casita que no sobrevivía a la amabilidad del Mokuton, al fuego cruzado o a mi estilo de vida en general. El terreno estaba medio inundado por raíces retorcidas, árboles descomunales y agua hasta los tobillos.
Temari, tan útil como siempre, estaba sentada sobre un escombro seco, cruzada de piernas y abanicándose con una elegancia que me molestaba por lo innecesaria que se veía. Mordisqueaba una manzana como si observarme trabajar fuera un espectáculo exclusivo.
—¿Estás seguro de que quieres encontrarlo? —, Preguntó sin moverse, señalando con flojera hacia un charco con su abanico.
—Estaba más tranquila sin su voz en el aire. Francamente, todos lo estábamos—.
Unas burbujas salieron del agua justo donde Temari había señalado. Corrí hacia allí con la velocidad de alguien que sabía que había dejado algo importante… y vivo. Hundí las manos en el barro con la desesperación de quien busca su dignidad entre los escombros (spoiler: nunca la tuve), y al cabo de unos segundos saqué… una cabeza parlante.
Hidan. Cubierto de lodo, con hojas pegadas al cráneo, y la expresión de alguien que ya está harto de esta vida inmortal desde hace como tres semanas.
—¡¿¡TE PARECE BIEN DEJARME AHÍ COMO SI FUERA UNA PIEDRA?! ¡¡Ni una visita!! ¡¡Ni un maldito “cómo sigues, cabeza sin cuerpo”!! ¡Esto es tortura, mocoso con complejo de dios! —. Gritó, ofendido.
Lo colgué en un gancho de mi cintura, mirando hacia atrás para que al menos sirviera como vigía de lo que esta a mis espaldas. Si iba a tener una cabeza gritona, que al menos fuera útil.
—¿¡Y ahora me usas como llavero!? ¿¡Esto es una nueva forma de humillarme!?—.
—Silencio, pisapapeles parlante. Si estás aquí, entonces el para cuerpo de Kurama debe estar cerca… —. Me detuve, removí un par de ramas buscando un Kurama chibi muy lindo, mi insulto final al biju por ser tan terco
Temari, sentada en un bloque de piedra como una diva esperando que terminara la obra de teatro ajena, soltó una risita.
—Podrías colgarle una campanita. Así te avisa si viene alguien—.
—¡Hazlo y juro por Jashin que te muerdo las pantorrillas! —. Vociferó Hidan, que ahora se bamboleaba como adorno colgante.
Ignorándolo, empecé a remover unas ramas más allá. Y ahí estaba, la joya de mi locura. Un Kurama chibi. Una marioneta peluda, de ojos brillantes y sonrisa afilada. Hecha con Mokuton, carne y piel real de zorro reforzada con qi, y con suficiente plomo, mercurio y oro como para financiar una casa. Era la carcasa perfecta para que Kurama se manifestara fuera de mi cuerpo.
Lo levanté con ambas imitando la famosa escena del Rey León.
—¡Lo encontré! —. Declaré con orgullo.
—El contenedor perfecto, El cuerpo ideal. La culminación de mis talentos, mi insomnio y el hecho de que claramente tengo problemas sin resolver—.
Temari se me acercó con cautela, mirando la marioneta como si estuviera evaluando si podía robársela y fingir que no hizo nada.
—¿Eso se supone que es… el Kyūbi?—. Pregunto observando la marioneta.
—Versión chibi. Forma de contención externa, movilidad autónoma, funciones sensoriales, capacidad ofensiva limitada. Y además… —. Presioné el sello en su ombligo
— ¡Lanza fuego!—.
Un chorro de llamas salió disparado de la boca del muñeco, chamuscando una roca cercana. Hidan chilló como si eso lo hubiera dañado a él.
—¿¡LE PUSISTE UN PUTO LANZALLAMAS!? ¿¡A UN PELUCHE!? ¿¡QUÉ TE PASA!?—.
—No es un peluche —. Le corregí, acariciando la cabeza del chibi-Kurama.
—Es un instrumento de destrucción con orejitas esponjosas. Kyubi lo odia. Lo llama “insulto andante a la dignidad bijū”. Por eso sé que está funcionando—.
—¿El Kyūbi ya lo poseyó? —. Preguntó Temari, que ahora lo observaba como si ya estuviera eligiendo el color de la vestido para ponérselo al zorro.
—Aún no. Está… indeciso. Dice que no se va a meter en “esa aberración decorativa” a menos que le dé mas colas articuladas y un rugido digno de una leyenda viviente. Yo le dije que lo máximo que puedo ofrecerle ahora es un chillido de un patito de goma modificado con fuinjutsu—.
—¿Y eso te pareció bien? —. Temari frunció el ceño.
—¡No pienso darle la habilidad de usar Bijudamas! —- Respondí indignado.
Hidan, desde mi espalda, soltó un bufido tan largo que juraría que se quedó sin aire, lo cual es impresionante porque no tiene pulmones.
—Estoy rodeado de imbéciles —. Hidan se quejo de su destino actual.
Kurama masculló desde el sello con voz frustrada.
“Ese cuerpo me degrada a nivel espiritual…”
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Podía crear apenas tres clones de madera con mis Tenketsu dañados. Antes, una docena habría sido trivial, casi un ejercicio de respiración. Ahora, cada clon me costaba punzadas dolorosas y una molesta vibración en los meridianos. Aun así, bastaron para recuperar lo esencial como cosas del Clan Fūma, minerales como oro, plata, mercurio y hasta un poco del plomo que habían almacenado. Nada que pudiera usar fue dejado atrás.
Temari me ayudó a embalarlo todo en pergaminos de sellado. Cortesía de Suna, ella los trajo por si acaso y resultaban bastante útiles en momentos como estos. Cuando sellé el último rollo, salimos de la mina… y me detuve en seco.
Había un batallón frente a nosotros. No una patrulla o un escuadrón.
Un contingente militar de al menos cien hombres armados, alineados con disciplina. Lanzas, escudos, y dos decenas de caballería se extendían en formación cerrada. El brillo del acero y las armaduras contrastaba con sus rostros pálidos, tensos, mirando detrás de nosotros con una mezcla de horror y desconcierto.
Y detrás de nosotros… estaba el infierno.
El paisaje era la cicatriz de una batalla que no debía haber ocurrido. Árboles enormes y retorcidos por el Mokuton, cráteres aún humeantes, una parte del terreno inundado por agua mezclada con aceite, y una vasta zona carbonizada con cenizas flotando en el aire. Todo había sido producto durante el enfrentamiento y ahora mirandolo desde este angulo una persona normal se horrorizaria ante la magnitud de este desastre.
/Es como si alguien hubiera decidido hacer una barbacoa del ecosistema entero/. Pense mientras una gota de sudor corria por mi rostro ante el desastre.
Delante del contingente, un hombre de mediana edad con armadura ceremonial azul y un medallón de autoridad en el pecho dio un paso adelante.
—¿Quién está a cargo de esta locura? —. Preguntó con tono firme, aunque su mirada buscaba una figura adulta entre nosotros.
Di un paso al frente, rodeado de escombros, con la cabeza de Hidan colgando de mi sintura y una marioneta con forma de Kurama chibi bajo el brazo.
—Soy yo —. Dije
Temari no dijo nada. Su rostro era de piedra, pero sus labios temblaban. Como si aguantara una carcajada.
—¿Tú? —. Repitió el oficial, pestañeando.
—¿Tú eres el líder?—.
—Tengo ocho años y medio —. Añadí con orgullo, estirando un dedo hacia arriba.
—Pero mentalmente soy como de treinta. Y legalmente… bueno, eso ya es debatible—. Pense sumando mi edad y la del Naruto canon.
El murmullo entre los soldados fue inmediato. Uno tosió, otro murmuró algo sobre “jutsus que envejecen la mente” y “niños malditos” junto con “shinobis locos con niños aun mas locos”. El oficial levantó una mano para silenciarlos.
—Este territorio pertenece al señor feudal. No puedes apropiártelo—.
—No me apropie de este basurero —. Respondí con calma.
—El sitio fue tomado por criminales. Yo los neutralicé, me llevé lo justo y dejare la zona… eh… técnicamente habitable… después de un par de años—.
Señalé con el pulgar el infierno ardiente que había detrás.
—Si tu señor tiene objeciones, puede presentar una queja formal… cuando tenga un lugar estable donde asentarme, meintras tanto me marcho—.
Toqué con el pie el suelo sutilmente. Los arboles que cree aun tenian una cierta coneccion conmigo. Si intentaban algo, la naturaleza los tragaría.
El oficial frunció el ceño, nos observó detenidamente. Vio los restos humeantes, las llamas que aún ardían en algunas secciones… y comprendió que esto no era trabajo de un solo niño. Era algo más grande y más peligroso.
Hizo una seña. El batallón no se retiró, pero tampoco avanzó. Dimos media vuelta y nos alejamos del lugar.
Temari fue la primera en hablar, una vez cruzamos el borde del bosque.
—¿Te das cuenta que intimidaste a un ejército completo con un peluche, una cabeza parlante y cara de niño que aún no cambia de voz?—.
—Sí —. Respondí con una sonrisa .
—Comedia, caos, y control absoluto. Un día más en mi brillante, brillante vida—.
Me ajusté la cabeza Hidan en la cintura y abracé la marioneta de Kurama con más fuerza.
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El general no apartó la mirada mientras la joven de cabello dorado se alejaba entre los árboles con paso seguro, cargando en brazos al niño de mirada seria, ella caminaba con pasos rápidos y livianos. Un niño que no debía tener más de ocho años… pero cuyos ojos no eran los de un infante. Eran los de alguien que había visto, y hecho, demasiado.
Un nudo se formó en su estómago. Pesado e ineludible. Sabía lo que estaba viendo.
Los informes durante las guerras shinobi no eran exageraciones ni historias para asustar reclutas. Eran advertencias, crónicas de pesadilla. Niños de cinco a diez años masacrando escuadrones enteros de soldados y ninjas por igual, sin piedad ni vacilación. Criaturas moldeadas para matar, envueltos en carne infantil.
Y ese niño… lo que había hecho aquí… no era humano.
El campo de batalla detrás de ellos era una abominación, árboles gigantescos retorcidos como si hubieran crecido en un instante, sus raíces destrozando la roca. El terreno, una mezcla de pantano negro y cicatrices carbonizadas, aún humeaba con lo que suponía era aceite que ardía sin cesar. Lo que había sido una mina de oro, era ahora una herida abierta en la tierra, irreparable.
Un joven soldado se acercó, claramente desconcertado. Su armadura aún brillaba como si fuera nueva, demasiado limpia, demasiado inexperta.
—S-señor… ¿de verdad solo los dejaremos ir? Quizás sepan quién provocó todo esto…—.
El general no respondió de inmediato. Cerró los ojos. Inhaló con fuerza. Luego se frotó las sienes con dedos temblorosos, como si quisiera borrar una migraña que se estaba gestando en lo más profundo de su cráneo.
—¿Y si realmente lo saben? —. Dijo finalmente, en voz baja, casi como si temiera que lo escucharan.
—¿Tú quieres ser el que atraiga la atención de algo así?—.
Levantó un brazo y apuntó hacia la devastación. La mina Katabami, otrora símbolo de riqueza, era ahora un cementerio calcinado y enlodado. Una advertencia visual.
—¿Quieres enfrentarte a un niño que conoce a alguien capaz de hacer eso ?—
El joven tragó saliva. No respondió y dio un paso atrás.
El general suspiró.
—Registren el lugar. Recojan todo lo que puedan. Envíen un informe al señor Daimyō. Al diablo con el señor feudal…el Daimyō debe saber esto de urgencia, quiero que se haga un retrato de esa kunoichi y del niño lo mas detallado posible—.
—Que alguien busque en los registros del libro de Bingo. Necesito saber qué clase de demonios acaban de marcharse por esa carretera… y si tenemos la más mínima posibilidad de sobrevivir si algún día deciden volver—.
La voz le temblaba apenas. Pero todos los soldados cercanos lo escucharon y no hubo burla ni desacuerdo. Porque en lo profundo, todos compartían el mismo pensamiento.
“No eran humanos. No podían serlo”
Y ese niño… Ese niño era un presagio de guerra.
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La caravana se reanudó un par de días después, una vez reorganizados los suministros y reparadas las heridas visibles e invisibles que el enfrentamiento había dejado en todos nosotros. Pero no éramos los mismos pues teníamos nuevos integrantes.
La abuela Sanshō y su nieto Karashi se nos unieron tras una conversación breve, pero contundente. Le dije la verdad, Karashi sería ejecutado si se quedaban. La traición a su país, el haber colaborado con Raiga en la usurpación de la mina, era algo que el señor feudal y el Daimyō del País de los Ríos jamás perdonaría.
Sanshō no lo dudó. Empacó lo esencial, cerró su tienda, y se unió a nosotros.
—No permitiré que lo cuelguen como a un perro.—. Dijo, mientras subía con firmeza a la caravana.
Ranmaru, por su parte, encontró en la anciana una especie de figura materna o abuela adoptiva. A pesar de su cuerpo aún frágil y su andar vacilante, se aferraba con fuerza a la vida. Las medicinas que le proporcionamos estabilizaron su sistema lo suficiente como para caminar. Era una mejora significativa. Aunque su cuerpo aún era débil producto de su naturaleza como primer generación de su línea sanguínea, ahora se le veía con los ojos abiertos, alerta, con más color en las mejillas.
La abuela le enseñaba a cocinar cuando acampábamos. Su voz firme y paciente, la forma en que le corregía con una palmada leve o una sonrisa maternal, hacía que el chico pareciera… normal. Por unos momentos.
El equipo nueve, incluido el malumorado Raiga, compartía una carreta hecha de Mokuton que les daba espacio suficiente para moverse sin riesgo de fuga. Recibían comida, agua, y cuidados. No eran tratados con crueldad. Pero seguían siendo prisioneros, su chakra suprimido por el Mokuton , su libertad restringida. Aun así, mantenían cierta dignidad.
Sakura fue asignada a ayudar a Sasame como mi asistente. Técnicamente, también era una prisionera, pero carecía de poder real para representar una amenaza directa. Su cooperación se volvió útil cuando comenzó a enseñarle lo poco que sabía de ninjutsu médico a Karin, quien absorbía el conocimiento con la voracidad de una esponja.
Fu parecía florecer al estar fuera de Taki. No solo por la libertad física, sino por la interacción constante con los miembros del clan Fūma, con niños de su edad, con el entorno. La vida en movimiento, la variedad de voces, incluso el ritmo del viaje, le daban una alegría que jamás había mostrado tras los barrotes de su aldea.
Temari, por su parte, se mantenía cerca, muy cerca. A veces me cargaba como si fuera un peluche ademas se sentaba junto a Ranmaru, dándole calor y seguridad como si él fuera su hermano, tal vez le recordaba a Gaara. Ella nunca decía mucho, pero sus acciones hablaban más alto que cualquier discurso.
Kurama, como era de esperarse, seguía negándose a entrar en su nuevo cuerpo artificial. Lo miraba con desdén absoluto desde mi mente.
“¿Eso se supone que soy yo? Prefiero quedarme en esta celda que humillarme de esa forma”. Pero yo sabía que con tiempo, cedería. Ese cuerpo era demasiado útil.
Hidan, por otro lado, parecía haber hallado un nuevo propósito en su existencia amputada, la lectura. No sé si fue castigo divino o simple resignación, pero desde que le mostré un libro de estrategias militares, no dejó de pedir más.
Cada pueblo, cada parada, significaba buscar libros. De lo contrario, no dejaba de insultar, gritar o predicar las enseñanzas de Jashin con tanta insistencia que el grupo comenzaba a desear lanzarlo a un río.
—¡Llevo tres semanas sin desmembrar a nadie! ¡Necesito violencia o libros, elijan uno! —. Gritaba desde su saco, colgado de una de las carretas como una especie de equipaje blasfemo.
Por ahora, le dábamos libros pues era lo menos destructivo. Así marchábamos, un grupo improvisado, caótico, disfuncional y poderoso. Shinobi, criminales, huérfanos, sobrevivientes y niños caminando juntos, como si el mundo aún no supiera qué éramos realmente.
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Así llegamos al mar. Tomamos un par de barcos alquilados gracias a la venta de medicinas, minerales y bienes que habíamos recogido en los pueblos. Los pergaminos de sellado los habían vuelto fáciles de transportar.
El barco nos llevó hasta el País del Té, donde atracamos y cerca había un un puente. Sakura fue la primera en reconocer el lugar. Me observó bajar en silencio por el acantilado, confusa, mientras yo no decía palabra. Pasé horas entre rocas, como guiado por una intuición más fuerte que la lógica. Y entonces, la encontré, la espada del Nidaime.
Oxidada, rota, abandonada. Pero volvía a funcionar, podría jurar que se rompió cuando el idiota de Sasuke y yo peleamos aquí. Bastó con canalizar chakra para que una hoja de rayos condensados emergiera de la empuñadura. No era poderosa en términos convencionales, pero era elegante y hermosa. Era lo más cercano a un sable de luz, y eso ya era motivo suficiente. La tomé como símbolo un capricho personal y el romance de un hombre.
Continuamos nuestro viaje hasta el País de los Bosques, donde reclutamos a Gantetsu y acogimos a los huérfanos bajo su cuidado. El grupo criminal Shinobazu fue localizado, reducido y entregado a las autoridades eprtinentes por una buena recompensa. Nada glorioso, pero lucrativo. Nuestra caravana crecía, lenta pero segura, con aliados y recursos.
Finalmente, zarpamos una última vez. Y en el horizonte, entre brumas, vi al fin mi destino. La Tierra de las Olas. Montañas bajas, costas cubiertas de neblina, aldeas modestas. No era rica, ni poderosa, ni codiciada. Pero tenía algo que otros lugares no, aislamiento, potencial y sobre todo, olvido. Donde otros veían abandono, yo veía oportunidad.
Allí planeaba construir mi bastión. Un lugar lejos del ojo de los grandes países, libre de sus guerras y su vigilancia. Sería mi refugio, mi arsenal. La niebla se alzaba como una muralla natural, y observe el país desde la proa. Como si me esperara. Como si, por fin, un trozo de mundo estuviera a disposición de mi voluntad, mientras una gota de sangre decencia de mi nariz.
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Omake:
Un pelirrojo descansaba en la proa de un barco cuyo mascarón tenía forma de dragón, con colmillos tallados que parecían morder el viento. Había bebido suficiente para tumbar a un elefante, aunque para un Uzumaki eso apenas alcanzaba para una resaca aceptable.
A su alrededor, sus nakamas roncaban tirados por la cubierta, víctimas felices de una noche de mujeres, alcohol y alboroto. La brisa salada era lo único sobrio en aquella escena.
—Malditos inútiles…—. Murmuré con media sonrisa.
—Ni uno aguanta más de tres rondas—.
Aquel pelirrojo no era un hombre común, pues era un reencarnador. Había nacido como el príncipe de Uzu… o mejor dicho, el ex–príncipe, heredero del daimyō que lo desterró por desafiar abiertamente a Konoha. Privado de su título, eligió la libertad del mar y se convirtió en pirata, aprovechando la guerra entre naciones para asaltar barcos de Kiri, Kumo e incluso Konoha.
—Si el mundo quiere matarnos, al menos que pague el impuesto—. Solía decir a su tripulación, y ellos brindaban como si la vida no valiera más que un barril de ron.
Miré el cielo y tomé otro trago, intentando apagar lo que aún ardía en el pecho. Desde el día en que renací traté de advertir a mi familia de lo que realmente se avecinaba.
—Padre, Hashirama no va a salvarnos siempre— . Recuerdo haberle dicho.
—Konoha no es una religión; es una aldea con intereses—. Pero él, terco hasta la médula, respondía lo mismo
—Mientras exista ese lazo, nadie tocará Uzu. Somos aliados, hijo. Ten fe—. Fe… qué palabra tan amarga ahora.
Ojalá hubiera tenido razón. En vez de eso, todo lo que evitó escuchar se convirtió en la ruina que ahora me obligaba a navegar sin patria ni bandera. Un pirata por necesidad, un Uzumaki por sangre y un reencarnador cargado de advertencias que nadie quiso oír.
Y como si fuera poco, las cosas solo empeoraban, al abordar un barco de Kumo, uno de mis hombres gritó.
—¡Capitán, encontramos un mensaje del Raikage!—. Paz con Konoha, la tragedia esta acercándose como un cuchillo.
Mi patria sería atacada. Mi gente, exterminada casi por completo. Suspiré y miré la pantalla traslúcida que solo yo podía ver, mi trampa para este mundo.
—Una plantilla: Shanks, el Pelirrojo. Cincuenta por ciento…—. Murmuré, evaluando mis propias estadísticas
—Con esto podría partirle el cuello a una sombra sin mucho esfuerzo—. Años de vida pirata me habían convertido en algo que este mundo no entendía, un Uzumaki con haki suficiente para cambiar guerras.
Observé a los idiotas que me seguían, Uzumaki, civiles y algunos de clanes menores. Dormían tranquilos bajo mi bandera, confiando en que yo, de todos, era la respuesta. Uno de ellos se movió y murmuró medio dormido:
—Capitán… si nos metemos otra vez con Kumo, pido doble ración de sake…—. No pude evitar reír.
—Idiota… si seguimos así, ni sake quedará para celebrarlo—.
Era hora, brindé una última vez con el ron, dejé que la botella se balanceara en mi mano y finalmente lo dije en voz alta.
—Supongo que es momento de volver a casa…—. Bajé la mirada hacia mis hombres, hacia mi barco, hacia la promesa de sangre y fuego.
—Y derrocar a mi viejo antes de que entierre a Uzu junto con sus malditas ilusiones—.
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Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.
Por fin estamos llegando a Wave. Veamos qué cliché está afectando al país que nuestro “héroe” tendrá que resolver. Esperemos que no le pase nada malo a la milf… quiero decir, a la señora Tsunami.
La Matriz de la Verdad hace que quienes revelan información sientan que no hicieron nada malo, por eso Temari actúa con total normalidad. Para ella, era natural decirlo.
Hicimos un speedrun del relleno del País del Té. Esperamos que otros rellenos sin importancia reciban un trato similar, aunque puede que al menos se mencionen de pasada.
Vimos un pequeño vistazo al deseo inconsciente de Naruto: paz y bienestar para los niños. ¿Qué pudo haberlo llevado a desear algo así? ¿Tal vez su vida pasada? ¿O el simple hecho de ser Naruto, con un pasado tan triste? Quizá más adelante lo descubramos…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com