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Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 20

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Capítulo 20: Conversaciones

Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.

— Personaje hablando —

/ Personaje pensando /

“Biju hablando mentalmente”

[Dioses hablando]

Pov Neji

Desde su celda, Neji activó el Byakugan en silencio. Sus ojos atravesaron la madera y la piedra con facilidad, hasta posarse sobre el árbol que dominaba el centro de la isla. Lo que vio le provocó una punzada aguda en los ojos, por la pureza de esa energía. Era chakra… y al mismo tiempo no lo era.

/ Esto es antinatural/. Penso el prodigio del clan.

Las raíces se extendían bajo la tierra, enlazándose con otros árboles. Absorbían chakra del ambiente, como una red viva, y expulsaban otra energía desconocida, más limpia, más… densa.

— Es como si purificara el chakra… —. Susurró, sorprendido de escuchar el tono de su propia voz.

Tomó nota mental de todo. Aquella energía alteraba incluso el flujo natural de chakra en la zona. Si lograba regresar a Konoha, debía reportarlo. Aunque, en el fondo, dudaba que pudiera salir de esa isla tan fácilmente. Había visto demasiadas cosas que lo hacían sentir como una hoja en medio de una tormenta.

/Esto va más allá de lo que, como genin, deberíamos enfrentar/.

Desvió la vista hacia Naruto, inconsciente a lo lejos. Ya no era el niño torpe que lo había hecho reflexionar en los exámenes Chūnin. Su chakra seguía siendo un mar profundo… pero ahora era denso, imponente, como una tormenta lista para desatarse. Más inquietante aún, el sello del bijū brillaba con intensidad.

/Es un jinchūriki… sin duda/.

Como Hyūga, incluso perteneciendo a la rama secundaria, había recibido una educación adecuada. Sabía lo que significaba portar una bestia con cola. Sabía que solo existían ocho más. Ese nivel de poder no podía ser fingido.

—Peleó contra el asesino del clan Uchiha… y lo hizo retroceder. ¿Cómo se volvió tan fuerte en tan poco tiempo desde la misión de recuperación fallida? —. Murmuró, bajando la vista.

Recordó el instante en que Naruto desbordó un poder que apenas podía comprender. No era solo el chakra del zorro. Había algo más. Algo antiguo, ajeno a este mundo. Algo que hizo temblar su interior con solo presenciarlo.

/Si él hubiese querido… estaríamos muertos/.

Se recostó en el suelo frío de la celda, cerrando los ojos unos segundos. A su lado, Lee dormía profundamente, ignorante del abismo que habían tocado. Tenten escribía en silencio, tal vez intentando encontrar lógica o cordura a lo que habían vivido.

—No tienen idea de la suerte que tuvimos—. Murmuró con amargura.

Sabía que sus compañeros no podrían vencer a Naruto. Ni siquiera juntos. el mismo, con todo su talento, no tenía posibilidades reales. El único que podría igualarlo… tal vez…

/Fū. La otra jinchūriki. Es la única con una posibilidad de frenarlo, pero dudo que pueda resistir mucho incluso sin usar ese poder podría superarnos a todos/.

—¿Qué clase de monstruo ha creado la aldea? —. Susurró con los ojos aún activados, contemplando el árbol.

——————————————————————————————————————————–

Pov Fū

Fū observó la casa desde el exterior, sentada sobre una piedra que ya empezaba a calentarse con el sol. Dentro estaba Naruto, aún inconsciente. Él era un problema, pero no como los demás de su vida. Era un problema distinto, uno que no sabía cómo enfrentar. Tal vez no era tan lista, pues Fubuki solía decirle que era impulsiva, pero tonta no era.

Sabía que al irse con Naruto y los demás, Taki se volvería loca buscándola. Sabía que no la extrañarían, solo querrían recuperar lo que consideraban suyo. Nunca fue una niña en esa aldea, fue un arma. Una herramienta de contención y ataque, a veces una amenaza. El único que realmente la trató como persona fue Fubuki. Le hablaba como a una hermana menor, la cuidaba, incluso le sonreía, pero siempre la mandaban a pelear primero. Siempre era un arma a los ojos de Fubuki antes que Fū.

/Incluso él me trata como un arma, dice que me aprecia, pero me envía en esas misiones peligrosas/.

Su única compañía real había sido Chōmei. Su bijū era bromista y de voz suave, como si entendiera todo sin juzgar. La llamaba “Siete de la Suerte”, como si su número fuera algo especial, no una maldición. Ella solía reír con eso. Incluso a Chōmei le gustó el apodo.

Desde que se unió al grupo de Naruto, había visto cosas que nunca imaginó. Ríos de verdad, no los que salían en los mapas. Bosques que ya habia conocido demasiado bien. Personas que la trataban como si tuviera un lugar. Karin y Sasame eran raras, pero cálidas. Temari era seca,directa y sarcástica, pero le enseñó a bromear sin herir.

Y luego estaba Naruto. Era extraño, más joven que ella, pero más adulto que cualquier jōnin que hubiera conocido. En cada combate les ordenaba quedarse atrás. No era por arrogancia, ella lo sabía. Lo veía en sus ojos. No quería que aprendieran a pelear porque eso significaba aprender a matar. No quería que fueran como otros shinobis.

/No me ve como un arma. No me quiere usar. Me deja… vivir/.

Eso fue lo que la convenció de quedarse. No escapó, no intentó volver a Taki. Por primera vez sentía que podía ser solo Fū, no el jinchūriki del Nanabi. Nadie le preguntaba por sus técnicas. Nadie la empujaba al frente como un escudo. Podía reír, comer, dormir sin tener miedo de que al despertar tuviera otra orden de misión sin descanso.

Mordiéndose el labio, desvió la mirada al cielo. El viento era suave. Los árboles mecían sus ramas como si la saludaran. El lugar era simple, hasta pobre, pero era cálido.

—Me gusta aquí… —. Susurró, apenas audible.

Volvió a mirar hacia la casa donde Naruto dormía. Lo protegería, aunque él no lo pidiera. Aunque le gritara, aunque se enojara. No por obligacióno por un sentido del deber. Sino porque él le había dado algo que ni siquiera sabía que deseaba, la posibilidad de ser una niña feliz.

—No voy a dejar que nadie rompa esto… —. Dijo, en voz baja pero firme.

—Aunque tenga que liberar a la Siete de la Suerte para protegerlo todo—.

——————————————————————————————————————————–

Pov Sasame

El Clan Fūma estaba mejor que nunca. Aunque hubieran perdido su tierra natal en el País de los Campos de Arroz, ahora llamado Sonido, eso ya no importaba. Habían estado al borde de desaparecer, de prostituir a sus mujeres para sobrevivir, de venderse como mercenarios sin honor. Pero entonces apareció Naruto… o más bien, Naruto-sama.

—Él no nos salvó con promesas. Nos obligó a vivir —. Murmuró Sasame, con una sonrisa cansada.

No llegó con palabras dulces. Llegó con poder. Forzó a los suyos a inclinarse, pero no para humillarlos, sino para liberarlos. Recuperó a los que habían sido arrastrados por Orochimaru, incluso negoció con él. ¿Quién en su sano juicio haría eso? ¿Y por qué alguien tan fuerte querría salvar a un grupo como ellos?

—El clan Fūma tiene valor. Solo les faltó dirección… —. Eso era lo que les había dicho.

Desde entonces viajaron juntos. Él les dio píldoras que quitaban el hambre, medicinas que podían venderse, les enseñó a comerciar, a organizarse. Los protegió como un líder verdadero. No los usó como carne de cañón. Cuando hubo batallas, él peleó. Ellos solo observaron. Vivieron y se fortalecieron.

—Nos dio tiempo… para volver a ser humanos—.

Ella sabía que no era fuerte. No como Karin, que tenía la misma sangre que él y una voluntad tan afilada como sus ojos. Ni como Fū, que cargaba un bijū en su interior y aún podía reír con dulzura. Mucho menos como Temari, que parecía no temerle a nada ni a nadie. Sasame solo era… Sasame.

—Pero aún así, me eligió como su enlace… me dio voz dentro del clan—.

Era ella quien transmitía sus órdenes, quien organizaba informes, quien hablaba con el resto del clan en su nombre. No era una guerrera, pero era útil. Eso la llenaba de orgullo. Sabía que los ojos de los mayores estaban sobre ella. Y por primera vez, eso no la hacía sentir miedo, sino responsabilidad.

—No voy a fallarle —. Dijo, mirando sus propias manos.

—No a él—.

Ahora estaban en su nuevo hogar. La Isla del País de las Olas no era rica, pero tenía algo más valioso: oportunidad. Era tierra nueva, sin cicatrices. el aire olía a sal y barro, pero también a esperanza. Naruto-sama dijo que aquí empezarían de nuevo. Que aquí el Clan Fūma renacería.

—El lugar es pobre… pero también lo fuimos nosotros. Podemos crecer juntos—.

Durante el viaje, vio cómo muchos del clan comenzaron a cambiar. Al principio, había desconfianza. Algunos no aceptaban dejar atrás su tierra, sus ruinas, su pasado. Pero incluso ellos reconocieron que ya no tenían futuro allí. Bajo la guía de Naruto, ahora caminaban hacia algo distinto.

—No somos los perros callejeros de antes. Somos parte de algo grande—.

Se quedó observando desde lo alto de una colina, viendo cómo algunos miembros del clan ayudaban a levantar estructuras improvisadas. Naruto aún descansaba, inconsciente por su ultima hazaña, pero su sombra era tan firme como si estuviera de pie. Su sola presencia bastaba para que todos siguieran.

—Cuando despierte… quiero que vea que seguimos adelante. Que creemos en él—.

Apretó el pergamino de órdenes en su mano. Había mucho por hacer, pero ya no tenía miedo. Ya no era la niña débil que pidió ayuda entre las ruinas. Era la voz del Clan Fūma, era el lazo con el hombre que los rescató del olvido. Era alguien y todo gracias a él.

—Naruto-sama… esta vez, lo protegeremos nosotros a usted—.

——————————————————————————————————————————–

Pov Temari

Sentada en la sala de la vieja casa que ahora servía como cuartel improvisado, Temari observó cómo Tsunami cuidaba al rubio inconsciente con una expresión de preocupación. Otra vez había hecho alguna locura, y otra vez había terminado pagando el precio. Nadie le pidió que se sacrificara, pero igual lo hacía. Nadie lo esperaba, y aun así lo daba todo.

—Tonto —. Susurró, sin que nadie la oyera.

—Siempre corriendo directo al fuego o haciendo cosas así—.

Lo miró un momento más y suspiró, apoyando la mejilla en su mano mientras lo analizaba con detenimiento.

/Puede que parezca un niño, pero carga con demasiado. Es un maldito mártir/. Pensó, sin saber si reír o fruncir el ceño. La imagen de ese pequeño cuerpo agotado contrastaba con el peso invisible que parecía arrastrar cada día. No era normal en nadie.

—Lo peor es que ni se da cuenta de que ya nos está cambiando a todos —. Murmuró.

Ella sabía cuál era su misión desde el principio. No había lugar a confusión, buscar que se aliara con Suna. Y si fallaba, seducirlo, darle un hijo. Llevar esa sangre a su aldea. Su orgullo gritaba con rabia ante esa orden, pero era una shinobi. Entendía su deber, incluso si era repugnante. El mundo ninja no era justo con nadie.

—Si no era él, habría sido un viejo daimyo gordo para sellar una alianza —. Dijo con amargo sarcasmo.

Desde pequeña le inculcaron eso. Que su valor no estaba solo en su fuerza, sino también en su útero. Era hija del Kazekage, después de todo. Su destino político estaba escrito. Lo curioso fue que quien intentó salvarla no fue un noble ni un héroe, sino su hermano. Gaara, el monstruo de Suna, el mismo que ahora era cuerdo.

—El falso compromiso fue idea suya para callar a los viejos —. Recordó en voz baja.

—”Naruto nunca haría algo sin tu permiso”—.

No le creyó. Al menos, no del todo. Pero el viaje cambió su forma de ver al chico. Lo observó comandar al grupo, proteger niños, actuar con más madurez de la que recordó en los exámenes chunin. A veces parecía un adulto atrapado en ese cuerpo. Uno cansado, herido, pero determinado. Y por momentos, dolorosamente solo.

—No deja que los niños luchen. Los mantiene cerca, pero lejos del combate. Siempre salta al frente, siempre imprudente —. Susurró más para sí que para otros.

Ingenuo, sí. Pero también admirable. Era como si intentara romper el ciclo, como si creyera que los niños podían vivir en este mundo sin convertirse en monstruos. Eso lo hacía… adorable. Una palabra que jamás pensó usar con un shinobi. Pero ahí estaba, esa maldita ternura floreciendo sin permiso.

—¿Qué clase de idiota se arriesga así por gente que apenas conoce? —. Preguntó al techo, cruzando los brazos con resignación.

Y aun así, lo hacía. Día tras día. No por reconocimiento ni por poder, porque creía que debía hacerlo. Porque no soportaba ver a otros sufrir. No era un líder por ambición, sino por necesidad. Y aunque no quería admitirlo… ella entendía eso mejor que nadie. Más de lo que le gustaría.

—Supongo que si fuera a ser usada por alguien, preferiría que fuera alguien como él —. Dijo, bajito, con una mezcla de burla y verdad.

Volvió a mirar al niño dormido. Su semblante pálido mejoraba poco a poco, y el sol entraba a través de las persianas mal cerradas, bañando su cabello dorado con una luz suave. Tsunami le colocaba un paño húmedo en la frente, y él fruncía el ceño incluso dormido, como si luchara incluso en sus sueños.

—Tonto o no… no pienso dejar que lo aplasten. No mientras esté cerca—. Pues la princesa de Suna aun tenia una deuda que saldar, pues fue este tonto rubio idealista quien saco a su hermano de eso pozo infinito de odio.

Cruzó las piernas, sacó un pequeño rollo de notas y empezó a escribir. No era un reporte oficial. Solo pensamientos desordenados. Pero si algún día debía tomar una decisión definitiva sobre su futuro, quería recordar cómo se sentía ahora. En paz y parte de algo que no apestaba a política podrida.

—Naruto… si sigues así, incluso yo terminaré creyendo en ti —. Dijo, sin que nadie la oyera.

Y esta vez, no lo dijo con burla.

——————————————————————————————————————————–

Pov Karin

Ayudaba en todo lo que podía a Tsunami, corriendo por la casa con un cuenco de agua fría entre las manos. El idiota había vuelto a hacer de las suyas, sobreesforzándose hasta el desmayo. Lo miró acostado sobre el futón, respirando con dificultad pero vivo. Le temblaron los dedos al verlo así.

—Te voy a matar cuando despiertes… —. Susurró, apretando los dientes.

—Maldito tonto, no puedes morirte todavía—.

Tenía familia ahora. Personas que lo esperaban. Ella… ella lo esperaba. No sabía bien por qué, pero desde que lo conoció, había una sensación rara que crecía en su pecho. Calidez e irritación. Y una alegría extraña que no entendía. Tal vez era eso que llaman felicidad.

—Siempre tan idiota —. Murmuró, colocando el paño húmedo en su frente con cuidado.

—Siempre corriendo al frente como si fueras invencible—.

Sintió un cosquilleo en el estómago, una especie de emoción que no recordaba haber tenido desde que su madre murió. Desde que Kusa la usó como herramienta, como un simple botiquín con piernas. Era una vida gris, fría y dolorosa. Y de pronto… ahora estaba aquí, cuidando a alguien que se preocupaba por ella de verdad.

—Eres un tonto —Dijo en voz baja.

—Pero eres mi tonto, ¿no?—.

/¿Desde cuándo me preocupo tanto por alguien? ¿Desde cuándo me duele verlo así?/

Recordó la primera vez que lo vio,en los exámenes Chūnin. Gritón, exagerado, molesto. Luego estuvo su encuentro con el azabache, se había enamorado de una idea estúpida, de un gesto caballeroso, ella fue tras Sasuke, buscando un amor imposible. Pensó que su historia de cuento comenzaría ahí, con él. Pero Sasuke la ignoró. La rechazó sin una palabra cuando se encontraron nuevamente bajo el mando de Orochimaru.

—Y yo tan idiota, persiguiendo a alguien que ni me miraba —. Se rió bajito, mirando el rostro inconsciente de Naruto.

— ¿Qué clase de masoquista fui?—.

Pero Naruto fue diferente. Nunca le pidió nada. Nunca usó su poder como excusa para manipularla. Incluso le prohibió usar el Ojo de Kagura, alegando que aún era débil, que su cuerpo sufría. Solo se lo permitió cuando la situación era de urgencia. Como si realmente… le importara.

—Ni siquiera tú sabes lo valioso que eres —. Murmuró, acomodándole un mechón de cabello húmedo.

—Ni lo mucho que cambiaste nuestras vidas—.

Recordó la risa de Fū, la preocupación de Sasame, incluso los gruñidos de Temari cuando se hacía la dura.

/Es mi familia. La encontré, estaba aquí. Es chiquita y rota, pero es buena… sí, es buen/. Penso con ternura y luego miro al tonto rubio. Naruto… Naruto estaba en el centro de todo, como un sol que atraía a los demás con su calidez sin darse cuenta. Era irritante, era adorable pero era necesario.

—Tienes que cuidarte, idiota —. Susurró, con los ojos brillando un poco por las lagrimas no derramadas.

—No quiero que te vayas… No ahora… no nunca—.

Se dio cuenta de lo que había dicho y bajó la mirada de inmediato. Sus mejillas ardían.

/¿Qué estoy diciendo? ¿Por qué me siento así? No… esto no es… no puede ser eso…/

—Solo eres mi familia, eso es todo —. Dijo rápido, como si alguien la estuviera escuchando.

/Nada más que eso/.

Pero sus dedos temblaban al tocar su frente. Y su corazón latía más fuerte. No era como cuando pensaba en Sasuke. Esto era distinto era más cálido. Más… verdadero, aunque no lo entendiera aún, aunque no quisiera nombrarlo, en lo más profundo sabía que su corazón había empezado a girar en otra dirección.

—Voy a cuidarte, Naruto. Lo juro por mamá, por mí, por todos —. Murmuró.

—Y si vuelves a hacer algo estúpido, te pateare el trasero hasta que lo entiendas—.

Se sentó a su lado, cruzando los brazos con expresión fingidamente molesta. Pero no se movió de ahí. Como si con su sola presencia pudiera mantenerlo a salvo. Como si no tuviera intención de dejarlo solo nunca más.

——————————————————————————————————————————–

Pov Kurama

Recostado en un sofá mullido, Kurama bostezó perezosamente, su nuevo cuerpo acurrucado como un gato gordo en pleno invierno. No era la gran cosa, ese cuerpo adorable e indigno de él, que en vez de infundir terror, provocaba comentarios como “¡qué lindo!”. Maldita fuera la percepción humana. Pero al menos ya no estaba sumido en agua fría eso era suficiente.

—Tsk… humillante… pero cómodo —. Murmuró para sí mismo, moviendo la cola con flojera.

No tenía acceso a todo su poder, cierto. Pero la libertad… la libertad tenía un sabor mejor que cualquier explosión de chakra destructivo. Además, esto era una prueba. Una promesa y el mocoso dijo que confiaría en él, que lo dejaría vivir con la libertad que merecia. Y por ahora, el mocoso cumplía. Con la terquedad Uzumaki… lo estaba cumpliendo.

Su mirada vagó por la habitación, observando con desdén a las hembras humanas que rondaban alrededor de su… ¿contenedor?

/¿Contenedor? ¿Carcelero? ¿Aliado?… Hmm./

La de la arena, la que olía a arena y viento abrasivo, lo miraba con una chispa de curiosidad. No miedo, curiosidad. Eso le causó una leve diversión, aunque por supuesto jamás lo admitiría en voz alta.

Luego estaba la otra. La que olía como ella, esa mezcla de furia, amor y obstinación que le revolvía el estómago y el alma. Una versión joven de Kushina, con el cabello rojo y ese fuego igual de imprudente.

/Mini Kushina… qué horror/. Kurama se estremeció ligeramente. Si no recordaba mal, eso los humanos lo llamaban… ¿complejo de Edipo? Qué asco. Aunque, claro, el mocoso jamás conoció a su madre, así que no podía ser eso… ¿o sí?

—Malditos humanos y sus patologías emocionales —. Gruñó entre dientes, en voz baja.

—Nunca entenderé a estos monos lampiños —. Añadió, moviendo la cola con desdén.

Aun así… el mocoso era un enigma. Tenía el poder de la madera, como el llorón de Asura. Como el hipócrita de Hashirama. Pero también esa chispa de locura, esa ambición escondida bajo capas de compasión… ese fuego maldito que solo su viejo padre, Hagoromo, supo llevar sin volverse cenizas.

Un niño con mirada de adulto. Un idealista con garras. Kurama bufó con cansancio, a veces pensaba que ese mocoso era lo más estúpido y lo más valiente que había visto en siglos. Y entonces, ella se acercó.

La de la arena. Con pasos lentos, cargando una pregunta que parecía necesitar respuesta urgente. Lo miró directo a los ojos, lo cual respetaba… hasta que abrió la boca.

—Eres el Kyūbi, ¿verdad? Naruto te llamó Kur…—.

No terminó pues no hacía falta. El instinto asesino que liberó Kurama la paralizó en seco. Su sed de sangre no fue una ola, fue una aguja, dirigida solo a ella. A los mil años uno aprende a afinar el miedo como un cuchillo de obsidiana.

—No te has ganado el honor de pronunciar mi nombre, hembra de arena —. Dijo con voz grave, resonante, como un trueno envuelto en terciopelo.

—Haz tu pregunta… pero te dirigirás a mí con un título apropiado—.

Temari tragó saliva, su cuerpo congelado en esa quietud instintiva que solo los verdaderos depredadores provocan. Su respiración se volvió más corta. Apenas perceptible, lo entendía, como debía ser. Un Bijū no era una mascota. Era un desastre natural que respira.

Kurama bajó lentamente la cabeza, retomando su postura relajada. Su cola se curvó sobre su lomo con pereza. Sus ojos se entrecerraron, pero aún la observaban, como un volcán dormido con una sonrisa burlona.

— Te he perdonado porque le agradas al mocoso, y mi alianza con él me impide castigarte por tu indiscreción—.

Hubo un silencio pesado, denso como el chakra que solía incendiar montañas. Kurama cerró los ojos por completo, pero su oído seguía atento. Esperaba no por cortesía, solo por curiosidad. Una de las pocas cosas que aún podía disfrutar sin destruir nada.

Escuchó cómo la hembra tragaba saliva, armándose de valor. El aire se tensó ligeramente, como si la misma aldea contuviera el aliento.

—Naruto… Lo conocí poco durante el examen chūnin. Pero ya entonces hizo cosas increíbles contra Gaara. Y ahora… según lo que me contaron, se enfrentó a dos ninjas clase S antes de llegar a Suna. Y luego a otros dos, en ambas ocasiones se contuvo por la presencia de aliados—. Dijo, con la voz firme aunque aún teñida de respeto.

Kurama abrió un ojo, un bufido profundo se escapó de su hocico, como una risa vieja, incrédula y cargada de desprecio por las medidas humanas.

/¿”Hazañas increíbles”? ¿Contenerse…?/

Sí, incluso antes de “cambiar”, el mocoso ya tenía agallas. Era obstinado, imprudente, temerario hasta lo suicida. Pero medido en comparación con ahora… era poco más que un ratón ruidoso. Aceptable, para estándares humanos. No un monstruo como Hashirama, ni un demonio como Madara. Pero sí… aceptable.

Aunque ahora… ahora era distinto. Desde ese día, desde que lo encerraron en esa prisión todo había cambiado. Kurama cerró su ojo, gruñendo, no de rabia, mas bien de esa frustración extraña que los ancianos sienten al no poder entender lo que ven.

—Todo lo que lo has visto hacer no es nada en comparación con su mayor hazaña —. Gruñó al fin, con voz grave.

—Y sin embargo… esa hazaña no fue de fuerza. Sino de habilidad—. La palabra resonó con una reverencia amarga.

—Pero es su secreto. No mío. Si quieres respuestas, pregúntaselas a él—.

Y con eso, Kurama volvió a acurrucarse. Como si la conversación hubiera terminado. Como si su voz ya no tuviera interés en lo que se decía. Ignoró cualquier réplica, incluso si la hembra insistía, no recibiría más.

Porque en su mente aún ardía el recuerdo de lo que había presenciado allí.

Naruto, el mocoso, el niño con mirada de anciano… había distorsionado el espacio-tiempo. No como ese movimiento vulgar del mariquita de Minato, su Hirashin, una simple traslación. No, lo que el niño hizo fue algo más.

Una verdadera dilatación temporal. Un colapso suave del continuo espacio tiempo. Algo que solo su hermano Isobu podría replicar al crear una dimensión de bolsillo… y aún así, no con tanta fineza.

Y lo peor… o lo mejor… es que lo hizo con algo similar a un Fūinjutsu. Una técnica tan sutil y profunda que ni siquiera los antiguos Uzumaki, con su monstruosa especialidad en sellos, llegaron a realizar del todo. Recordaba el conocimiento que obtuvo en su tiempo encerrado en la perra pelirroja que era Mito, y nada se acercaba a esa hazaña.

/Ese niño es un monstruo disfrazado de un tonto idealista./

Y por eso decidió formar una alianza. Porque el poder que tenia era familiar, y por una simple, absoluta y honesta verdad:

Tenía curiosidad.

——————————————————————————————————————————–

Pov Sakura

Sakura revisaba las heridas de lo que Naruto llamaba sus nuevos “reclutas”: ninjas de Iwa, capturados tras la reciente escaramuza, ahora encerrados junto al extraño de Kiri Raiga y el equipo nueve. Estaban cansados, pero vivos. A veces se preguntaba si Naruto tenía algún tipo de plan con ellos… o si simplemente no podía evitar recoger causas perdidas.

Preferiría estar con él, viendo cómo estaba después de todo lo que había hecho. Pero la pelirroja, Karin, se interpuso con una mirada venenosa y palabras aún peores.

—Sigue siendo una prisionera —. Dijo, con los brazos cruzados.

—No tiene ningún derecho a acercarse a él sola—.

Y lo peor era que tenía razón. Técnicamente seguía siendo una prisionera. Pero eso no quitaba lo que sentía. Era su amigo, su antiguo compañero, y algo más que no podía nombrar en voz alta. Una sucia y desagradable esperanza de que fuera el quien podría traer redención a Sasuke.

Con un suspiro frustrado, se giró hacia Neji, tan estoico como siempre, usando su Byakugan para observar el gran árbol que Naruto había creado. A veces parecía más un sabio en meditación que un prisionero.

—Aún creo que podría ayudar a todos a escapar —. Murmuró Sakura.

Neji no la miró. Ni siquiera parpadeó.

—Y yo te vuelvo a repetir —. Respondió con calma abrumadora.

—Que aunque pudiéramos escapar y evadir al Clan Fūma, cosa que, admito, sería fácil dado su nivel de chakra apenas chūnin, nos capturarían fácilmente. Ya sea Temari, el otro Jinchūriki, o el mismo Naruto. Y nuestras condiciones de prisioneros serían peores—.

Sakura gruñó por lo bajo. No porque estuviera en desacuerdo… sino porque odiaba tener que aceptar la lógica. Eran prisioneros pero solo en un sentido práctico. Naruto no los había encadenado. No los había torturado, solo los retenía,.

/Invitados a regañadientes eso es lo que somos./. Pensó.

Recordó cuando, días atrás, lo había enfrentado con la pregunta que no podía ignorar más.

—¿Cómo te volviste tan fuerte?—.

Y él, con esa sonrisa suya tan tonta como dolorosamente familiar, solo se encogió de hombros.

—Si dejas Konoha y te unes a mí, te lo cuento todo—.

Ella lo rechazó de inmediato, como por reflejo. Era la aprendiz de Tsunade. Era hija de civiles que aún vivían en la aldea. Tenía una vida allí. Un deber.

Naruto solo asintió, sin drama. Como si ya lo supiera. Como si nunca hubiera esperado otra respuesta. Pero esa sonrisa no lo abandonaba. Y tampoco el peso de la duda que, poco a poco, comenzaba a filtrarse como agua entre grietas.

——————————————————————————————————————————–

Konoha

Tsunade observaba en silencio desde su ventana. La comitiva del Daimyō acababa de cruzar las puertas de la aldea, sus estandartes flameando al viento con esa arrogancia tan típica de la nobleza. La tierra temblaba con los pasos de los guardias samuráis, como si recordaran con cada pisada que la paz solo existía por conveniencia mutua, no por confianza.

Habían hecho todo lo posible para retrasar esta visita. Favores políticos, cartas bien redactadas, manipulaciones en las rutas comerciales. Incluso hicieron sugerencias discretas sobre amenazas en los caminos. Pero todo se agotó. El juego terminó y el Daimyō del País del Fuego estaba aquí. En persona.

/Tarde o temprano, el verdadero dueño del terreno siempre viene a cobrar/. Pensó Tsunade con una amargura seca.

Konoha podía ser independiente en los informes, en los discursos, en las leyendas que contaban los ancianos. Pero la verdad era más cruda. Dependían del País del Fuego. Del oro, del comercio, de la estabilidad diplomática que permitía operar como una potencia.

Autonomía relativa. Soberanía en nombre. Pero el poder real estaba en manos suaves, no en puños callosos. Y esa era la peor debilidad, no poder usar chakra contra una firma sellada con tinta. Tsunade entrecerró los ojos, mirando el carruaje central. Ahí venía el verdadero peligro. No era un shinobi, pero tenía autoridad para hacer caer la aldea sin derramar una sola gota de sangre.

/¿Cuánto sabrá? ¿Cuánto habrá escuchado sobre Naruto, sobre los crímenes, sobre nuestras divisiones internas?/. Tragó saliva para contener la rabia que sentía, porque entendía bien que la política no perdona debilidades. Y ahora, todo estaba en juego.

—Shizune —. Llamó con voz firme, sin apartar la mirada.

—Que todos los jōnin de confianza estén listos para el informe. Vamos a mostrarle al Daimyō que Konoha sigue firme, con grietas o sin ellas—.

Shizune asintió desde la puerta, con el rostro tenso. Y se fue sin decir una palabra. Tsunade apretó los puños. Era hora de rendir cuentas y esta vez, no era ante los ancianos del consejo… sino ante el hombre que podía decidir si la existencia misma de la aldea seguía siendo un gasto que valía la pena.

Tsunade miró la comitiva acercarse desde su torre. El carruaje era pomposo, cubierto de oro y seda, pero sus escoltas no lo eran. Eran samuráis entrenados en el País del Hierro, guerreros silenciosos y disciplinados, cada uno con la habilidad de un jōnin de élite de Konoha. Se movían sin jactancia, sin ostentación. Solo eficiencia.

Detrás de ellos marchaban los Doce Guardianes Ninja, los protectores personales del Daimyō. Reconoció entre ellos a Chiriku, el monje guerrero. Un recuerdo amargo cruzó su mente, el hijo de su sensei, Asuma, también fue parte de ese grupo, aunque su inclusión fue más un gesto diplomático que una necesidad real.

Lo que realmente le tensó la mandíbula fueron los monjes del Templo del Fuego. Especialistas en la disipación de genjutsu, en la purificación de sellos y el reforzamiento de barreras mentales. No estaban allí por respeto ceremonial. Eran una declaración, un mensaje claro.

/El Daimyō no confía en nosotros. Cree que podríamos manipularlo, controlarlo… o traicionarlo/. Apretó los dientes mientras bajaba la vista. No era paranoia, era una precaución justificada, dadas las recientes acciones de miembros del alto mando de Konoha

Se masajeó las sienes con fuerza, intentando aliviar la presión que se acumulaba en su cráneo. Pronto tendría que enfrentarse al Daimyō en una reunión formal, con el Consejo Civil, los representantes de los clanes y el alto mando ninja presentes.

—Primero Naruto escapa, luego Sakura desaparece con el equipo 9… y ahora el Daimyō aparece con su guardia real —. Murmuró con hastío, mirando cómo las puertas de la aldea se cerraban tras recibir a la figura más poderosa del País del Fuego.

/Como Hokage, represento a Konoha… pero hoy, también me siento como su acusada/.

Mientras la procesión avanzaba lentamente por las calles de Konoha, envuelta en cánticos y solemnidad, en lo alto de la Torre del Hokage tenía lugar una reunión mucho más silenciosa pero infinitamente más tensa. Tsunade compartía la sala con Jiraiya, Shikaku y Danzō. Ninguno de ellos parecía dispuesto a adornar la verdad.

—Jiraiya, el rastro de la batalla en las minas parece dirigirse hasta el País de las Olas. ¿Puedes confirmar su destino? —. Preguntó con voz firme.

Jiraiya se acarició la barbilla, encadenando mentalmente los últimos informes que su red de espías había reunido.

—Me temo que sí. El último reporte viene del País del Té. Parece que rodearon por completo el País del Fuego para evitar cualquier contacto con nuestras patrullas. Pero eso no es todo. Finalmente descubrí por qué Suna rechazó renovar la alianza y solo propuso un pacto de no agresión—.

Danzō golpeó con firmeza el bastón en el suelo. Su sola presencia era una afrenta silenciosa. Todos sabían que las Raíces seguían activas, aunque nadie lo dijera en voz alta.

—Me temo que es peor de lo que imaginas. Suna se ha vuelto un bastión inexpugnable. Ninguno de mis agentes logra penetrar sus defensas. Son detectados y eliminados al instante. El último informe habla de una barrera creada por el propio jinchūriki Uzumaki. Suena inverosímil, pero no hay otra explicación, los tiempos de su llegada a Suna cuadran con la aparición de la barera —.

Jiraiya frunció el ceño, mordiéndose el dedo en un tic nervioso que rara vez dejaba ver.

—Mis espías mencionan cosas similares. Ademas el Clan Fūma, con quienes viajé hace tiempo, vende medicinas únicas. Logramos conseguir algunas, y aunque tienen efectos parecidos a las píldoras del Clan Akimichi, su composición es radicalmente distinta. No sabemos cómo las fabrican—.

Shikaku, siempre el más práctico, entregó su informe sin adornos.

—El departamento de I+D ha hecho análisis. Las píldoras y las medicinas son imposibles según nuestros estándares. No solo eso. Según múltiples fuentes, la barrera que protege Suna no es únicamente de detección. También es defensiva. Hubo un intento de ataque a larga distancia disfrazado con henge, usando ninjas renegados de Iwa, y la barrera resistió sin ceder—.

Tsunade cerró los ojos con fuerza al escuchar la conclusión final.

—Es definitivo. Nuestro control sobre Suna se ha perdido. Era nuestra zona de amortiguación, el contrapeso ante la presión del Daimyō… y ahora ya no existe—.

Shikaku asintió.

—Sin Suna, no tenemos cómo convencer al Daimyō de ignorar las irregularidades financieras. Nos quedamos sin margen político—.

/Naruto, ¿qué estás haciendo allá afuera? Y más importante… ¿qué planeas hacer después?/

La reunión fue abruptamente interrumpida cuando las puertas dobles del salón se abrieron con solemnidad. Uno a uno, los líderes de los clanes principales de Konoha hicieron su entrada. Tsume Inuzuka, de expresión feroz. Chōza Akimichi, imponente como una muralla. Shibi Aburame, cubierto en sombras silenciosas. Inoichi Yamanaka, rígido como siempre. Hiashi Hyūga, frío y distante. Asuma Sarutobi cerraba la fila, su rostro más serio de lo habitual.

Junto a ellos, los representantes del consejo civil ocuparon sus asientos. El ambiente se volvió espeso. Había una tensión palpable, como si todos contuvieran la respiración colectiva de una aldea en la cuerda floja.

Entonces ocurrió.

Dos monjes guerreros cruzaron el umbral, caminando con una coordinación casi ceremonial. Sus túnicas blancas y negras con el símbolo del Templo del Fuego ondeaban suavemente con cada paso. Al llegar al centro del salón, se detuvieron y, sin pedir permiso, extendieron sus manos.

Un pulso de chakra recorrió la sala. Invisible a los ojos, pero perceptible para todo ninja entrenado. Revisaban la existencia de sellos ocultos, genjutsus o cualquier trampa espiritual. Solo cuando el escaneo confirmó que no había alteraciones, dieron un paso atrás.

Ingresó entonces el Daimyō del País del Fuego.

Escoltado por dos samuráis acorazados, el Daimyo del País del Fuego hizo su entrada.

Sus guardias no eran simples acompañantes ceremoniales. Portaban armaduras negras como obsidiana, con detalles dorados que brillaban con la luz de las antorchas. Sus cascos en forma de oni ocultaban completamente el rostro, dejando visible solo el destello frío de sus ojos entrenados para detectar incluso el más leve movimiento de chakra hostil.

Cada uno empuñaba una katana sellada con fuinjutsu, capaces de cortar jutsus a mitad seguramente regalos del extinto clan Uzumaki al Daimyo de fuego. No eran shinobi, pero estaban hechos para matar shinobi. Entrenados en el País del Hierro desde la infancia, estos guerreros formaban parte de la Espada Silente del Fuego, una orden de élite cuya única misión era salvaguardar al soberano del país, incluso ante los cinco Kage si fuera necesario.

Sus pasos eran pesados, firmes. Entre ellos, caminaba con elegancia el regente del País del Fuego.

Vestía con la sobriedad de quien no necesita ostentar poder, solo ejercerlo. Su andar era pausado, su postura perfecta. Cada uno de sus gestos incluso al sentarse transmitía una educación tan refinada como implacable. Tomó asiento en el trono de madera pulida, ligeramente más alto que el resto, como dictaba la jerarquía secular que ni siquiera los clanes de Konoha podían ignorar.

Su rostro parecía inofensivo era largo, de mejillas plácidas y hundidas, ojos oscuros como tinta. Pero nada en él era simple. Desde los cinco años había sido entrenado en retórica, lógica, negociación y arte de guerra. Había leído más tratados diplomáticos de los que cualquier miembro del Consejo Civil podría siquiera citar, y negociado con los señores feudales de los cinco grandes países antes de cumplir los veinte.

Sabía cómo asfixiar una aldea sin tocar una espada. Sabía cómo enfrentar una guerra sin levantar un dedo.

/Es un noble de nacimiento… pero criado como un tiburón de tierra firme/. Pensó Tsunade, apretando las manos sobre la mesa.

No necesitaba katon ni sellos explosivos. Bastaba con su firma para cerrar las rutas de comercio que alimentaban a Konoha, o redirigir el oro de las subvenciones militares a otro rincón del país. Una subida de impuestos. Un nuevo decreto. Una orden de retiro de embajadores. Y en pocas semanas, incluso los clanes más orgullosos estarían de rodillas.

Todos esperaban sus primeras palabras. El Daimyō alzó ligeramente el mentón y habló, sin alzar la voz. Pero en aquella sala, su tono sonó más fuerte que un rugido.

—He venido a escuchar explicaciones—.

Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara como una losa en el pecho de todos los presentes.

—Quiero entender qué ocurre en esta aldea… que ha perdido no a uno, sino a dos de sus shinobi más prometedores. Y por qué el nombre de un jinchūriki exiliado está comenzando a resonar en las fronteras del país como el de un libertador. O peor aún… como el de un conquistador —.

Silencio. Solo el eco de su sentencia, arrastrado por el viento, se atrevía a moverse en el salón. Tsunade abrió la boca como un pez fuera del agua, sin comprender de inmediato el alcance de aquellas palabras.

/¿Libertador? ¿Conquistador? ¿De qué está hablando…?/

—Disculpe, Daimyō-sama —. Dijo finalmente, con una voz controlada y plana.

—Me temo que usted parece tener más información que nosotros sobre las acciones recientes de Uzumaki Naruto—.

Como nieta de Hashirama Senju y descendiente directa del clan fundador de la aldea, Tsunade había recibido educación política desde niña. No al nivel de un regente nacional, pero lo suficiente para reconocer cuando alguien hablaba desde una posición de fuerza… y con intención de aplastar.

El Daimyō bostezó con elegancia, se abanicó con desdén y alzó la mano. Dos hombres canosos entraron al salón. Sus túnicas eran sobrias, pero impolutas. Caminaban erguidos como funcionarios imperiales, y cada uno llevaba consigo un portafolios sellado.

Entregaron los documentos sin una palabra. Uno a uno, los informes llegaron a manos de Tsunade, Danzo, Shikaku y el resto de los líderes presentes. Al abrirlos, una sombra recorrió los rostros de todos. La presión en el ambiente se hizo casi física.

El País de la Nieve o más bien, el renombrado País de la Primavera había enviado una carta formal al Daimyō del Fuego. En ella expresaban su indignación por la inclusión de Naruto Uzumaki en el libro bingo como criminal, calificándolo de héroe nacional. Según el informe, Naruto había sido clave en la restauración del legítimo poder de Koyuki Kazahana, la actual regente.

Una segunda misiva, proveniente del País de los Ríos, exigía explicaciones por la destrucción de una importante mina de oro en su territorio a manos de un shinobi renegado de Konoha identificado como Naruto. El tono de la carta rozaba lo hostil, cuestionando si esto había sido un acto encubierto del País del Fuego.

Luego, el recién renombrado País del Sonido que antes había sido una zona sin Daimyo estable se quejaba amargamente del robo de uno de sus clanes ancestrales, el clan Fūma. Según el documento, Naruto había intervenido directamente para llevarse a todos los miembros de dicho clan.

Por último, una carta incompleta, una súplica desesperada del líder de Takigakure, pidiendo ayuda urgente a Konoha para recuperar al jinchūriki del Nanabi. Ese mensaje jamás llegó a la oficina de Tsunade.

—Interceptado por nuestras fuerzas de inteligencia antes de ser entregado a su despacho—. Explicó uno de los asistentes con voz neutra, señalando el sello intacto en el pergamino como prueba de su autenticidad.

Tsunade sintió cómo su estómago se contraía.

/Naruto… ¿Qué demonios has hecho…?/

Y sin embargo, más allá del pánico, una parte fría de su mente ya empezaba a hilar los datos. La mina destruida. El rescate de clanes. La recuperación de un jinchūriki ajeno.

Ninguna de esas acciones era impulsiva. Cada una tenía un objetivo, una intención. Una estrategia.

/¿Está… formando su propio bando?/

El Daimyō los observó con paciencia, como si disfrutara verlos digerir cada palabra impresa en esos documentos.

—Como pueden ver —. Dijo finalmente,

—Mientras ustedes se hunden en intrigas internas y pierden a sus piezas más valiosas, otros actores… se mueven sobre el tablero. Algunos más jóvenes. Algunos… con más hambre—.

El Daimyō dejó que sus palabras se asentaran, como una daga en el centro de la mesa. Luego alzó la mirada con una expresión más dura, casi insultada.

—Ahora explíquenme por qué el último Uchiha leal a esta nación, que cargaba con la responsabilidad de reconstruir su casi extinto linaje, decidió desertar de mis tierras para refugiarse con otro traidor formado en esta misma aldea—.

Su abanico se cerró con un chasquido seco.

—Y ya que estamos… ¿quién firmó el traslado del jinchūriki del País del Fuego a una prisión extranjera sin mi autorización? Una prisión de la que para colmo, escapó en menos de un mes—.

Silencio. Un silencio espeso, cargado de culpa y temor, precedió al estallido inevitable.

—¡Esto es culpa de los clanes! —. Gritó uno de los consejeros civiles.

—Nunca han sabido controlar a sus shinobi. Se comportan como armas sin correa, como perros salvajes—.

—¿Y quién creen que aprobó la disminución de los pagos a huérfanos, ¿Quien cobro demás al chico para que sintiera la necesidad de escapar? —. Respondió Tsume Inuzuka con los colmillos casi al descubierto.

—¡Ustedes empujaron al chico al exilio con su ceguera arrogante!—.

—¡Ustedes lo entrenaron para matar! ¡Era su responsabilidad contenerlo!—.

La sala se convirtió en una jauría de gritos. Acusaciones volaban como kunais. Tsunade apretó los puños, temiendo que el espectáculo terminara de romper la confianza del Daimyō. Pero entonces, un golpe seco interrumpió la cacofonía.

Uno de los ancianos canosos el mismo que había entregado los informes había dejado caer un enorme libro de cuentas sobre la mesa. Las tapas de cuero crujieron, pesadas.

—Con el permiso de su excelencia —. Dijo el hombre con voz firme y medida.

—Me presento como contador principal del País del Fuego. Mi familia ha servido al linaje del Daimyō durante cinco generaciones. Crecimos juntos, trabajamos juntos… y por eso él confía en mí—.

Los murmullos cesaron, al entender que el Daimyo había traído a su contador personal.

—Hablando del genin Uzumaki —. Continuó mientras abría el libro con páginas manuscritas y selladas con tinta roja

—He encontrado irregularidades graves sobre su identidad que competen directamente al Hokage —.

Danzo Shimura se levantó de inmediato.

—Me temo que la identidad del jinchūriki es un secreto de Estado —. Dijo con voz áspera.

—No debe compartirse con la parte civil sin la autorización del Consejo Militar—.

Su sharingan oculto tras la venda comenzó a girar lentamente, una orden mental al borde de ser impuesta. Pero antes de que pudiera completar el gesto, el sonido del acero desenvainado rompió el aire. Uno de los samuráis del Daimyō había desenvainado parcialmente su katana, la hoja brillando con una amenaza implícita.

—Mi señor detectó el uso de chakra —. Informó con frialdad. Su tono era cortés, pero cada palabra pesaba como plomo.

Los shinobi se tensaron al comprender que aquellos guardianes no eran simples soldados ornamentales. Eran sensores. Guerreros entrenados no sólo para matar, sino para percibir intenciones ocultas entre los más sigilosos de los asesinos.

El Daimyō agitó su abanico con displicencia.

—Oh, debió de ser un acto involuntario. Nadie aquí sería tan idiota como para intentar algo frente a todos los clanes de su propia aldea… ¿verdad?—.

Su sonrisa era tan liviana como cruel. Danzo se sentó en silencio, ocultando su ojo bajo la venda mientras el Sharingan se detenía. La sala había cambiado. Ya no era una mesa de debate. Era un campo minado.

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Omake:

Un pelirrojo ataviado con ropas elegantes, bordadas con los símbolos ancestrales de Uzu, aguardaba frente a la sala de reuniones con un suspiro cansado. Su porte dejaba clara su posición como hijo del daimyō, pero aun así Shanks sabía que los viejos del consejo lo mirarían como a un niño impertinente.

Una vez más estaba allí para intentar convencerlos de que estaban vendiendo el futuro de Uzu por una alianza sostenida solo por fe y nostalgia.

La reciente disminución del presupuesto militar había golpeado tanto al ejército regular como a los shinobis del país. Los consejeros lo justificaban todo con la misma cantaleta.

—Con la alianza política del daimyo con el País del Fuego, y el matrimonio de la princesa Mito con los Senju, Konoha nos protegerá —. Decían.

—No necesitamos mantener fuerzas tan grandes—.

Eran argumentos vacíos. La alianza con el daimyo aseguraba apoyo diplomático; el matrimonio de Mito les daba amistad con Konoha. Pero ni el ejército del País del Fuego ni los shinobis de la aldea eran la misma entidad, y ninguno tenía obligación formal de defender Uzu más allá de lo que les resultara conveniente.

Y Shanks lo sabía mejor que nadie… porque esta no era su primera vida. Entendía que aquella pasividad, aquella fe ciega en apoyos externos, era exactamente lo que arrastraría a Uzu hacia su destrucción. En el horizonte ya se cernía la Primera Guerra Shinobi.

La muerte de Hashirama había fracturado el equilibrio entre naciones, y pronto la ambición de los grandes poderes se desataría. Entonces, Uzu con su sangre preciada, sus sellos únicos y su valor estratégico sería uno de los primeros objetivos.

Apretó los puños, respiró hondo y luchó contra el temblor en sus manos.

/Por favor… que esta vez me escuchen./

Rezaba por no ser ignorado otra vez como en tantas veces previas. Su título de príncipe parecía no valer nada solo porque tenía quince años. Sabía demasiado, veía demasiado, y aun así tenía que comportarse como si sus advertencias fueran alarmismos juveniles.

Pero no podía dejar de intentarlo. No cuando veía, con total claridad, cómo su hogar caminaba directo hacia el abismo.

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Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.

Vimos un poco del punto de vista de Neji y de los más cercanos a Naruto en este viaje. El próximo capítulo continuará con la reunión con el Daimyō, y veremos la reacción de Sasuke ante las noticias. ¿Qué hará el emo vengador cuando se entere de que Naruto hizo huir a Itachi?

Naruto ve a todos los niños que lo rodean como eso: niños o adolescentes. Siente una necesidad constante de proteger a esos mocosos, incluso si son molestos. El Clan Fūma tiene civiles, y entre ellos, niños. Naruto tiene una debilidad por ellos: deben estar a salvo bajo su mirada.

Lastimosamente ya sea por comedia o por lo absurdo del mundo shinobi, en la serie se muestra que los ninjas son bastante precoces. No solo parecen desarrollarse más rápido, sino que también sienten atracción hacia el sexo opuesto a edades más tempranas. El chakra hace locuras.

Cambié el lore del Daimyō, creando a los samuráis que lo protegen. Sin una fuerza así de fuerte, no tendría sentido que Danzō no hubiera intentado lavarle el cerebro y controlarlo. Este Daimyō es infinitamente más competente que el mostrado en el canon.

Koyuki está cabreada. Veremos más de ella poco a poco: es una de las aliadas políticas más importantes que Naruto podría tener.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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