Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 21
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Capítulo 21: Sentencias
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
[Dioses hablando]
La lluvia caía sin fin sobre los tejados de metal de la aldea. El sonido de las gotas rebotando era lo único que rompía el silencio, como un reloj de agua que marcaba el paso del tiempo. En lo alto de una de las torres, donde el viento aullaba entre las vigas, dos figuras estaban solas.
La primera, de pie, observaba sin pestañear. Su silueta era alta, rígida. Su túnica negra con nubes rojas ondeaba con cada ráfaga de viento, y su rostro, surcado por piercings de metal, permanecía inexpresivo. Los ojos que lo observaban todo desde arriba no parpadeaban, el patrón concéntrico del Rinnegan observaba todo.
Frente a él, crucificado en un soporte de acero, estaba Itachi Uchiha. Su cuerpo estaba empapado. Brazos abiertos, atravesados por largas varillas negras que interferían con su chakra y lo mantenían sujeto al metal como un trofeo. Las puntas de los bastones, que solían transmitir señales al cuerpo de Pain, ahora simplemente drenaban lentamente cualquier intento de resistencia.
Tosió, un sonido seco y feo, teñido por el crujir de su garganta herida. El frio le calaba hasta los huesos. Incluso sus ojos, el orgullo de su clan, parecían apagados.
—¿Cuánto más tendré que esperar? —. Preguntó, sin levantar la voz al Dios de Ame.
No recibió respuesta inmediata. El líder de Akatsuki, o al menos el cuerpo que hablaba en su nombre, lo observó con la misma intensidad fría que mostraba a sus enemigos. Finalmente, su voz surgió nuevamente imperturbable.
—Tu juicio llegará cuando se haya decidido qué hacer contigo. Hasta entonces, no eres más que un ejemplo—.
Itachi desvió la mirada. Sabía por qué estaba allí. Había roto una orden directa, no tocar a los jinchūriki hasta que el Sanbi se reformara. Pero no había tenido elección. No como miembro de Akatsuki, sino como alguien que aún debía vigilar la estabilidad del mundo shinobi… y Konoha.
El Kyūbi había cambiado. Naruto Uzumaki ya no era simplemente un niño peligroso con una bestia sellada, era algo más. Había alcanzado un poder que, incluso con el Mangekyō, le había parecido inhumano. Lo había visto surgir frente a sus ojos, una transformación que distorsionaba el flujo natural del chakra, como si hubiese invocado su propio destino.
Y lo peor era que apenas duró un instante y aquel instante fue suficiente.
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Flashback
Itachi, agotado y envenenado, apenas podía mantenerse en pie mientras Kisame lo arrastraba por el bosque. La espada viviente, Samehada, había hecho un trabajo sorprendente al purgar gran parte del veneno que Naruto había empleado contra ellos, pero el Uchiha apenas respiraba. Tenía los ojos resecos, y su chakra fluctuaba como una llama a punto de apagarse.
Avanzaron hasta alcanzar una zona segura, una pequeña elevación cerca de la frontera del País de los Ríos. Itachi había insistido en que no se detuvieran aún, que tenían que esperar la noche. Kisame, molesto pero aún obediente, accedió. Se internaron en una vieja caverna sellada con fūinjutsu que la organización usaba como punto de paso. Ahí, al calor de una fogata improvisada, Itachi intentó hacer lo que en realidad había sido su verdadero objetivo desde el principio.
Enviar un informe a Konoha. Activó un pequeño sello oculto en un pergamino dentro de su túnica. Era una red de transmisión codificada, un método arcaico que solo el viejo Danzō y Jiraiya conocían. Un impulso de chakra, leve, mínimo. Solo un fragmento de información. Suficiente para advertir: Naruto ha cruzado el umbral. Es una amenaza para la aldea. Per
Pero no llegó a completarlo en su estado lamentable su control fluctuó y esto permitió que su acción fuera detectada. Kisame, con los sentidos aún en guardia por la reciente pelea, sintió el chakra extraño antes de que el impulso se disipara. Se lanzó como una bestia. Derribó a Itachi de espaldas con un solo golpe, Samehada zumbando con furia como si hubiera olido una traición.
—¿¡Qué estás haciendo, Itachi!? —. Le rugió, los ojos desorbitados, con una mezcla de furia y decepción.
Itachi no respondió y solo tosió sangre. Kisame lo fulminó con la mirada mientras se agachaba y, con un tirón violento, le rasgó la túnica. Entre los pliegues internos, encontró un pergamino sellado con marcas que no reconocía. Era pequeño, fino, cubierto por una capa de sellos de ocultamiento.
Instintivamente intentó abrirlo pero el pergamino reaccionó al intento. Un brillo tenue recorrió su superficie antes de que estallara en una breve llamarada de chakra azul blanquecino. No dejó cenizas, solo humo. Una medida de seguridad para evitar filtraciones.
Kisame retrocedió un paso, Samehada zumbando de manera baja, como si percibiera el engaño. El espadachín de la Niebla apretó la mandíbula al recordar una escena antigua con su maestro Fuguki. También hubo secretos, también hubo traición y sangre.
—¿A quién le das información, traidor? —. Gruñó.
Samehada se alzó. Fue en ese momento que Kisame, el monstruo de la niebla, dejó de ser el compañero fiel. En ese momento se convirtió en el verdugo del traidor.
El golpe fue rápido. Un solo movimiento directo al abdomen. El impacto lanzó a Itachi de espaldas contra la pared de piedra, su cuerpo ya debilitado no tuvo fuerza para resistir. Tosió aún más sangre. Samehada descendió como un depredador hambriento y le robó el poco chakra que aún mantenía activo. Itachi se estremeció al sentir cómo lo drenaban, cómo sus reservas se apagaban como velas bajo el viento.
Trató de moverse pero no pudo, intentó activar su sharingan pero fue inútil. La traición había sido descubierta. Y entonces, como una sombra entre las piedras húmedas, Zetsu emergió del suelo. Sus ojos se posaron en la escena sin sorpresa pues lo había anticipado.
—Pain quiere al Uchiha en Amegakure. Vivo—. Informó con voz monótona, enmascarando el miedo e incertidumbre que abrumaban a Zetsu.
Kisame respiraba con dificultad, la furia aún ardiendo en su pecho. Pero bajó la espada, sus ojos se clavaron en los de Zetsu por un largo instante antes de volver hacia Itachi.
Cuando llegaron a Amegakure, Kisame no cruzó palabra alguna. Caminó entre los pasillos metálicos y húmedos de la torre central, cargando a Itachi como si fuera un saco de carne sin valor. Lo dejó a los pies del líder sin una reverencia, sin una palabra, sin una mirada. Luego se marchó pues su misión había terminado.
Itachi, apenas consciente, se obligó a ponerse en pie. Cada fibra de su cuerpo gritaba por descanso. Aunque Samehada había purgado el veneno, el desgaste era enorme. Sangraba por dentro, por fuera, y su chakra apenas era una brasa humeante. Aun así, no se arrodilló. Con los ojos ardientes y vidriosos, alzó la vista con una dignidad frágil pero intacta.
Frente a él, lo esperaban seis figuras alineadas sobre la plataforma. Seis cuerpos distintos y sin embargo, compartían algo más terrible que cualquier arma, los mismos ojos. Seis pares de Rinnegan, idénticos, perfectos, observándolo como si ya supieran todo de él. No había emoción en esos ojos, solo juicio absoluto. Como si la voluntad del mundo se encarnara en ellos.
—Itachi Uchiha —. Habló uno de los cuerpos con voz neutra.
—Tus actos han sido vistos. Tu traición ha sido sentenciada—.
El Uchiha tragó saliva. Su voz salió ronca, pero firme.
—No sigo a hombres que se llaman dioses—.
Pain alzó ligeramente el rostro, casi con lástima.
—¿Hombres…? Yo trascendí la humanidad el día que comprendí el verdadero significado del dolor. ¿Y tú? ¿Qué has comprendido, Itachi? ¿El amor de tu aldea? ¿La gratitud de tus líderes? ¿La lealtad de tu espada?—.
Itachi no respondió. Su Sharingan se activó en silencio.
—Luchar es tu respuesta. Patético—. El mismo cuerpo habló, aunque las palabras parecían resonar en cada uno de los seis.
El primer movimiento fue sutil. Un genjutsu incrustado entre parpadeos, pero el Rinnegan lo deshizo antes siquiera de que floreciera. Como si Pain lo hubiese visto antes de ser lanzado.
—Tu ojo ve ilusiones. El mío ve la verdad—.
Itachi no perdió el tiempo. Con un siseo gutural, canalizó el poco chakra que le quedaba y desató a Susano. El esqueleto de chakra emergió con lentitud, inestable, pero se alzó, imponente, cubriéndolo. Por un instante pareció haber esperanza.
Pero uno de los cuerpos el del Camino Preta dio un paso al frente, alzó la mano, y el chakra fue absorbido como polvo en un remolino. El esqueleto se derrumbó como un castillo de arena.
Itachi retrocedió un paso. No vaciló, lo siguiente fue Amaterasu. Las llamas negras, absolutas, surgieron de su mirada sin advertencia. El cuerpo más cercano fue cubierto por ellas… pero no ardió. La mano extendida del Preta absorbió las llamas sin resistencia. En un parpadeo, desaparecieron.
—Tus fuegos eternos se extinguen ante el juicio divino—.
La voz de Pain se volvió más grave, más omnipresente.
—Tus ojos… tus dones… tus pecados… Todo ha sido calculado. Todo ha sido previsto. Eres un libro abierto para los ojos de un dios—.
Pain bajó de la plataforma. Solo uno de sus cuerpos descendió, pero en ese momento pareció que el cielo mismo bajaba con él. La lluvia, eterna, empapaba el cabello de Itachi, ocultando si eran lágrimas lo que corría por su rostro.
—Para que entiendas. Para que seas juzgado sabiendo lo que significa enfrentarse al destino. Yo soy ese destino. Yo soy el puente entre el sufrimiento y la paz—.
Se inclinó, levemente, como un verdugo que concede la última mirada.
—Y tú, Uchiha, no eres más que una piedra que debe ser removida del camino—.
Itachi cerró los ojos, agotado. Por primera vez en años, sintió miedo. No a la muerte sino a no haber logrado nada. A que todo su dolor, toda su carga, no hubiese servido de nada.
La patada lo derribó por completo.
Ya no hubo más palabras. Solo el sonido de la lluvia cayendo sobre el acero de Amegakure. Y el cuerpo vencido de un hombre que alguna vez fue llamado prodigio, arrastrado fuera del escenario como un actor cuya obra ya terminó.
El juicio aún no comenzaba.
Pero la sentencia ya estaba escrita.
Fin Flashback
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La pausa entre ambos se rompió finalmente con la llegada del resto de los Caminos de Pain, acompañados por el Ángel de Amegakure.
Konan avanzaba en silencio, su papel cargando un ataúd de acero. El ataúd estaba envuelto en intrincadas marcas de fuinjutsu. Una rápida ojeada de Itachi fue suficiente para reconocer los sellos, técnicas de preservación de cadáveres, similares a las que usaban los ANBU en el frente de batalla para capturar cuerpos enemigos y transportarlos intactos de regreso a la aldea, donde serían desollados de todos sus secretos.
Sin una palabra, el Camino Humano de Pain se acercó al cuerpo restringido de Itachi. Extendió una mano. La palma, abierta y serena, se apoyó contra su frente y el proceso comenzó.
Itachi sintió su alma desgarrándose casi sin resistencia, como un hilo viejo arrancado de un tejido podrido. Su cuerpo tembló de manera involuntaria. El pánico, por primera vez en años, desfiguró su rostro. Forcejeó, inútilmente. Su chakra roto, su cuerpo destrozado… todo conspiraba para mantenerlo impotente.
Todo había salido mal.
Su miedo irracional de que Naruto se convirtiera en una amenaza para Konoha, de que su hermano sufriera por su culpa, lo había llevado a esta situación. Debió haberse mantenido frío. racional e inmutable. Pero dejó que sus emociones dictaran sus acciones, y este era el precio.
El sabor amargo del fracaso llenó su boca. En un último y desesperado intento por sobrevivir. por asegurar aunque fuera una mínima oportunidad para su hermano, Itachi trató de negociar.
—Puedo traerte al Jinchūriki del Kyūbi… —. Jadeó, con la voz entrecortada mientras la sensación de su alma siendo arrancada lo desmoronaba.
—Puedo… hacer que venga aquí… voluntariamente…—.
Su respiración era un laberinto de espasmos y desesperanza. La súplica se derramaba de sus labios, desprovista de la dignidad que tanto había defendido. Un precio demasiado alto, pero uno que estaba dispuesto a pagar si servía para prolongar su vida apenas un momento más y tal vez, solo tal vez… corregir su error para poder proteger a su tonto hermano pequeño.
El Camino Humano habló, su voz grave y desapasionada, sin detener la extracción.
—Lo consideraré… después de saber qué esconde esa mente tuya —. Sentenció y sin darle oportunidad de más súplicas, el proceso culminó.
Con un tirón final, el alma de Itachi Uchiha fue arrancada de su cuerpo moribundo. No fue liberada para regresar a la Tierra Pura ni al ciclo de reencarnación natural. En cambio, el Camino Naraka, impasible, invocó al Rey del Infierno. La inmensa boca del ser espiritual se abrió, y el alma de Itachi fue arrastrada dentro, sellada en su interior hasta que sea necesaria.
Konan, en sincronía perfecta, extendió sus alas de papel. Envió miles de hojas danzantes que envolvieron con delicadeza el cuerpo sin alma de Itachi, encapsulándolo. Luego, lo depositó dentro del ataúd de acero. Los sellos se activaron de inmediato, preservarían el cuerpo en perfecto estado, sin permitir que la corrupción de la muerte lo tocara.
La lluvia continuaba golpeando el metal, persistente, indiferente al drama que se desarrollaba dentro de la torre. Pain cerró los ojos, sus sentidos se sumergieron lentamente en las memorias arrancadas de Itachi. Cada recuerdo era un cristal afilado que atravesaba el océano de su conciencia.
Vio la infancia solitaria del joven Uchiha. Su precoz despertar al dolor y la guerra. Vio la sombra de Sasuke, una constante, un faro en su mente incluso cuando el resto del mundo ardía. Sintió la angustia muda del niño prodigio que había cargado sobre sus hombros la traición de todo su clan.
El plan del golpe de estado. La decisión tomada en la oscuridad, aniquilar a su propia sangre por el bien de una aldea que jamás lo entendería. La noche de la masacre, teñida de rojo. El juramento silencioso de Itachi, de proteger a su hermano a cualquier costo, incluso sacrificando su honor, su alma… su vida misma.
Y finalmente, su obsesiva necesidad de morir por la mano de Sasuke, de convertir su muerte en el cimiento de la gloria de su hermano.
Pain abrió los ojos lentamente, entendiendo. Conocía ahora la naturaleza profunda del Uchiha: un esclavo de sus propios afectos. Un hombre que, aunque se envolviera en hielo y acero, era gobernado por su amor enfermizo.
El Camino Deva habló, su voz resonando como un decreto divino.
—Lleva el cuerpo a los mejores médicos de Amegakure —. Ordenó, sin atisbo de emoción.
— Usa el tesoro de Akatsuki para traer a los mejores cirujanos. Quiero que mejoren el enfermo y maltrecho cuerpo del Uchiha hasta el último detalle. Y asegúrate de colocar un el sello bomba en su corazón y su cerebro. No puede permitirse una segunda traición—.
Konan miro al camino Deva, el cadáver de Yahiko . Hubo un leve destello de algo en sus ojos, una chispa enterrada de melancolía. Alguna vez había sido su camarada… incluso algo más. Y ahora era solo una herramienta más en las manos del “Dios” de Amegakure.
Suspirando opino, sobre las acciones de Pain.
—Ya ha demostrado ser un informante—. Dijo Konan con suavidad. Alzó la vista hacia el Deva, su voz tan serena como una lluvia tranquila.
—¿Qué conocimiento obtuviste que asegurará su lealtad y obediencia?—.
Pain giró lentamente su mirada hacia el horizonte invisible más allá de la torre. Sus ojos se enfocaron en el noreste, donde el País del Sonido descansaba oculto entre montañas.
—Simple —. Dijo, con una certeza que no admitía cuestionamiento.
—Una amenaza contra lo único que ata su corazón—.
Permaneció en silencio un instante, como saboreando la crudeza de su plan, antes de continuar.
—Si no cumple , cazaremos a su hermano. Lo reduciremos a polvo frente a sus propios ojos. O, peor aún… dejaremos que viva para conocer la verdad de la masacre que tanto lo marcó—.
Se detuvo un instante, dejando que sus palabras calaran hondo en el aire denso de la torre.
—Que sepa que su amado hermano fue el carnicero voluntario de su propia sangre. Que todo fue bajo las órdenes de la aldea que tanto venera. Que masacró a su familia no por odio o un deseo de probarse, sino por lealtad a un lugar que, llegado el momento, no dudaría en traicionar a su último ser querido—.
Pain dejó escapar un suspiro casi solemne, una parodia del duelo.
—Itachi no podría soportar que su hermano odie a Konoha. No podría vivir sabiendo que, por su culpa, Sasuke vería a su hogar no como un santuario… sino como un enemigo—.
Pain hablo imperturbable ante lo que planeaba.
—Dejaremos que el amor que siente, ese amor retorcido, desesperado y enfermizo sea la cadena que lo ate. Será un buen perro, su Sharingan es demasiado valioso para desperdiciarlo… Especialmente contra los Bijū. Especialmente contra el Kyūbi—.
Pain bajó la mirada hacia el ataúd de acero, sus ojos de Rinnegan imperturbables con una quietud abismal.
—Una vez su cuerpo esté apropiadamente mejorado, lo devolveré a la vida curando ese cuerpo enfermo. Pero no como un hombre, será un sirviente, un arma viva. Un alma encadenada que no podrá rebelarse sin condenar aquello que más ama—.
La lluvia golpeaba los cristales como si el cielo mismo llorara por el destino de Itachi. Pero en Amegakure, los dioses no lloraban.
Solo juzgaban.
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Konoha
El ambiente era tenso entre los shinobi. La declaración del daimyo había sido una amenaza velada. Las miradas se cruzaron con nerviosismo; algunos, como Inoichi, recibieron más atención, pues muchos sospechaban que se tratara de un intento de genjutsu o de control mental sobre el daimyo y la familia Yamanaka era bien conocida por sus artes mentales..
Danzō, quien había intentado usar su sharingan oculto, se mantuvo tranquilo. Años de experiencia en las intrigas del poder le daban el control para no traicionar ninguna emoción así que hablo con calma.
—Daimyo-sama, nos aseguraremos de averiguar quién cometió tal… indiscreción. Pero volviendo al tema, el linaje del genin es secreto para los civiles, con el fin de proteger al chico—.
El daimyo arqueó una ceja y sus labios temblaron en una sonrisa burlona.
—¿De verdad creen que esta gente… —. Hizo un gesto vago hacia los consejeros civiles
—No sabe ya quiénes son los padres del niño? ¿De verdad creen que quienes poseen tales recursos no habrían averiguado su linaje?—.
El silencio que siguió fue revelador. Los miembros del consejo civil no dieron respuesta; evitaron las miradas. Algunos líderes de los clanes ninja los observaron entonces con renovado interés, comprendiendo de golpe que el secreto no había sido tan hermético como querían creer.
Con un leve gesto, el daimyo cedió la palabra a su asesor, quien prosiguió con implacable cortesía.
—Como decía antes de ser interrumpido… El genin o mejor dicho, ex-genin. Uzumaki Naruto era propietario de tierras en la aldea de Konoha. En especial, aquellas donde se encontraba antiguamente el centro de la barrera que contenía al anterior jinchūriki Kushina Uzumaki.
La voz resonó como un eco frío.
—Después del incidente del Kyūbi, esas tierras fueron expropiadas. La antigua barrera fue desmantelada. Y los terrenos fueron repartidos entre comerciantes… varios de los cuales están presentes en esta sala—.
Tsunade cerró los ojos. El recuerdo acudió a su mente con dolorosa claridad, la gran torre en espiral, símbolo de la protección ancestral de los Uzumaki, aquella que su abuela tanto amaba observar desde lo alto de la Roca Hokage. El centro de una barrera poderosa, diseñada para evitar cualquier incidente de chakra bijū.
Mientras los pensamientos de Tsunade rondaban sobre la devastación pasada, el asesor del Daimyo continuó su presentación con fría diligencia. Sacó una carpeta de documentos que contenía uno de los acuerdos más sagrados y fundamentales entre Konoha y el País del Fuego.
El pacto entre el Daimyo y los Hokages. Este acuerdo no solo garantizaba la lealtad de la aldea al país, sino que también regulaba el poder y la autonomía del Hokage, limitándola siempre bajo la vigilancia del Daimyo.
Sin embargo, había una cláusula en ese contrato que nunca dejaba de recordarle a cada Hokage quién tenía el verdadero poder en la relación. Las riquezas personales del Hokage no eran completamente suyas, sino que debían ser depositadas en el Banco del Fuego, una institución centralizada y controlada directamente por el Daimyo.
El Banco del Fuego no era solo un banco; era el pilar sobre el que descansaba la estabilidad económica del país, y, por extensión, de Konoha. Si bien el acuerdo le otorgaba cierta autonomía al Hokage, los lazos financieros con el Daimyo siempre estaban presentes, una atadura silenciosa que aseguraba el control indirecto del país sobre la aldea.
El asesor, con una voz cortante, levantó uno de los documentos clave y lo desplegó ante la sala, mostrando las implicaciones más graves de las acciones pasadas.
—Quisiera saber por qué el Tercer Hokage declaró que no existían descendientes del Yondaime. ¿Por qué retiró toda la fortuna personal de Minato Namikaze del Banco del Fuego? ¿Por qué expropió las tierras que Kushina Uzumaki, su esposa, quien las había recibido como herencia directa de Mito Senju née Uzumaki? Esas tierras, según la ley y el derecho de herencia, deberían haber pasado a su hijo, Naruto Uzumaki—.
El Daimyo, quien había permanecido en silencio hasta entonces, comenzó a golpear sus dedos contra el asiento elevado, cada golpe resonando con la cadencia de un juicio final. Su mirada se desplazó por los presentes como una hoja afilada, cortante e implacable.
—Quiero saber por qué se cometió semejante fraude—. Dijo finalmente, su voz más fría que nunca.
El silencio era palpable, y los líderes no se atrevían a interrumpirlo. Sus ojos seguían al Daimyo mientras él se levantaba lentamente de su lugar. La sala parecía temblar bajo la presión de su presencia.
Los murmullos empezaron a circular entre los presentes, pero fueron rápidamente silenciados por otro golpe firme de su abanico dorado. El sonido retumbó en los corazones de todos, convirtiéndose en el símbolo del veredicto inminente.
—El robo de las tierras de ese niño Uzumaki no tiene importancia para mí ni para la nobleza. Después de todo, esas son las reglas de esta aldea. Pero poner las manos en la riqueza de Minato, la cual estaba bajo la administración de MI banco… Eso sí que es una ofensa grave—. Su tono se tornó aún más helado.
Los jefes de los clanes intercambiaron miradas, mientras los concejos civiles intentaban ocultar su creciente incomodidad. Nadie en la sala se atrevió a hacer un movimiento, conscientes de lo que estaba en juego. El Daimyo continuó, sin mostrar signo alguno de suavizar su actitud.
—Cuando la nobleza se entere de que han depositado sus fortunas en una institución que ha sido víctima de fraude, lo que más les preocupará no será el dinero, sino la confianza. Y esa confianza es la base sobre la que se ha edificado mi poder—. Su voz, gélida como el hielo, destilaba una amenaza implacable.
Los shinobis, aunque poderosos, sabían que su influencia no podría detener lo que ya estaba en movimiento. La relación entre el País del Fuego y Konoha se estaba volviendo más frágil con cada palabra que salía de la boca del Daimyo.
—La nobleza no mide su poder solo en tierras y riquezas sino en la influencia, una influencia que yo controlo al controlar sus fortunas—. El Daimyo sonrió, pero su expresión era pura frialdad.
—Su influencia política está profundamente ligada a la estabilidad del Banco del Fuego. Si su confianza en él se ve quebrantada, el sistema entero se desplomará. Y con él, la imagen del País del Fuego—.
Cada palabra golpeaba como un martillo sobre la mesa. Los concejos civiles sabían que, si perdían la confianza de la nobleza, perderían todo lo que les quedaba. El Banco del Fuego era la columna vertebral del país, y la caída de este banco significaría la caída de su poder.
—No puedo permitirlo—. El Daimyo dejó caer su voz con una autoridad inquebrantable.
—Si los rumores se propagan, perderemos mucho más que dinero. ¡Perderemos el control!—.
La sala se quedó en silencio absoluto. La amenaza estaba claramente dirigida a todos. Los responsables, fueran quienes fueran, debían ser entregados.
—Me darán a los responsables de este robo—. Continuó el Daimyo, su tono frío y calculador.
—Sus cabezas serán colocadas en mi palacio como muestra de que aún tengo control sobre MI banco—.
Nadie se movió. Cada mirada estaba fija en el Daimyo, conscientes de la dureza de sus palabras.
—Las tierras de Uzumaki Naruto serán devueltas, junto con una generosa compensación proveniente de los bolsillos de los ladrones—. Su mirada se afiló aún más.
—El dinero será devuelto con la tasa de interés actual. No habrá excusas—.
Luego, su voz se suavizó un poco, pero no menos autoritaria.
—Encontrarás al genin. Y le entregarás el dinero. Convéncelo de depositarlo en MI banco. De esta manera, los nobles menores, los comerciantes y otros, verán cómo, a pesar del fraude, todavía pueden confiar en MI banco. La lealtad a mi poder será restaurada. De lo contrario… las consecuencias serán impensables—.
Durante el resto de la visita, el Daimyo continuó con su evaluación rigurosa de la situación de Konoha. Las discusiones sobre leyes y acuerdos comerciales fueron tensas, con la presencia del Daimyo haciendo que cada palabra pronunciada por los líderes de la aldea estuviera cargada de presión. No hubo espacio para excusas ni vacilaciones.
Los concejos civiles y los jefes de los clanes temblaban al ver cómo se imponían nuevas multas y límites que afectaban la autonomía de la aldea. La intervención del Daimyo se extendió más allá de la cuestión financiera, y las órdenes de la más alta gravedad se dieron sin dudar.
—Traigan de vuelta al Uchiha—. El Daimyo ordenó con voz firme, cada palabra impregnada de una autoridad que no podía ser cuestionada.
—Una vez capturado, su semilla será extraída. Contraten a varias mujeres para que lleven su descendencia. Formarán un nuevo clan Uchiha, aunque la idea me repugne. Pero es necesario para garantizar el orden. El Uchiha será ejecutado una vez que su descendencia nazca. Quiero que sea un ejemplo para todos—.
Los presentes intercambiaron miradas, incómodos con la orden, pero sabían que no había espacio para objeciones. Nadie podía desafiar la voluntad del Daimyo sin sufrir las consecuencias.
A continuación el Daimyo se dirigió a otro asunto de importancia que concernia Uzumaki Naruto, el niño que representaba un desafío aún mayor.
—El otro asunto… —. Dijo, su tono más suave pero igual de autoritario.
—Encuentren a Uzumaki Naruto. Deben devolverle su estatus de ninja, entregarle su herencia, y, por supuesto, convencerlo de que deposite su fortuna en el Banco del Fuego—.
—Este niño… debe venir por voluntad propia. No pueden obligarlo, con su dominio del Mokuton y su condición de jinchūriki, es un activo de un valor incalculable para este país. No podemos darnos el lujo de tenerlo como enemigo—. Su voz se tornó aún más autoritaria.
El Daimyo dejó que su mirada se posara por un momento sobre cada rostro en la sala, asegurándose de que su mensaje quedara grabado con fuego en sus mentes.
—No podemos permitir que un niño como él se quede fuera del redil. Es una amenaza… y a la vez una oportunidad que no podemos desperdiciar. Ofrézcanle lo que sea necesario. Mujeres, matrimonios con sus hijas, sus hermanas, cargos en el gobierno, poder—. Su voz adquirió una tonalidad aún más sombría, y la amenaza detrás de sus palabras era palpable.
—Lo que sea necesario para asegurar su lealtad. Pero no pueden fallar. Si Uzumaki decide rechazar nuestro ofrecimiento, si se niega a unirse a nosotros, será más que una pérdida para Konoha. Será una traición, y una traición que no podemos permitir, bajo ninguna circunstancia. Necesito a ese niño bajo mi control—.
El Daimyo dejó que la tensión se acumulase en la sala. Los rostros de los líderes, tanto civiles como shinobis, reflejaban una mezcla de preocupación y comprensión. Sabían lo que estaba en juego, el futuro de la aldea, del país, y sobre todo, de sus propias posiciones de poder.
—No importa qué métodos tengan que usar—. Su voz se suavizó, pero su autoridad era aún más aguda en la quietud de la sala.
Con un último golpe de su abanico dorado, que resonó como un golpe de martillo, el Daimyo concluyó. Su mirada helada se clavó en los presentes, dejando claro que esta no era una sugerencia, sino una orden inquebrantable.
—Si no cumplen, no habrá perdón. Esta es una oportunidad que no podemos permitirnos perder. La próxima vez que nos veamos, Konoha debe demostrar que su lealtad es absoluta, que vale la pena seguir financiandola. El futuro del País del Fuego y su relación con Konoha están en sus manos. No fallen—.
Con esas palabras, la sala quedó en silencio. Los presentes sabían que las expectativas eran altísimas, y que sus próximos pasos definirían no solo su futuro, sino el de todo el país. La presión era insoportable, pero ninguno de ellos se atrevería a desafiar las órdenes del Daimyo.
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Pov Danzo
Estaba furioso. Los samuráis sensores impedían que pudiera usar el Kotoamatsukami en el Daimyō, y el riesgo de ser atrapado era demasiado alto. Pero lo que realmente lo enfurecía era que el tonto político pensaba que aún podía convencer al jinchūriki de regresar. Ese chico ya no era el mismo; había cambiado profundamente en tan poco tiempo. La mejor opción sería hacer lo mismo que con el Uchiha.
Esperar a que naciera un descendiente y, cuando el momento llegara, usar a un ninja desechable para aplicar el Sello de la Muerte y crear un nuevo jinchūriki. Pero sabía que no lo escucharían. Nadie comprendía la magnitud de la amenaza que representaba el jinchūriki fuera de su control.
No tenía una forma confiable de capturarlo sin recurrir a Tenzō, Kakashi y Gai, lo cual era impensable. Tsunade jamás permitiría que se llevara a cabo una misión de tal naturaleza, pues aún sentía un apego profundo hacia el niño. Incluso hasta el día de hoy, había retrasado las misiones de captura y enviado a los ANBU lejos de las ubicaciones donde podría encontrarse.
Sabía que debía hacer algo antes de que fuera demasiado tarde. Quizás era hora de contactar nuevamente a Orochimaru y formar una alianza temporal. Esa opción era arriesgada, pero no tenía otra alternativa. Si no actuaba pronto, perdería todo control sobre la situación y todo lo que había construido a lo largo de los años se desplomaría.
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Pov Naruto
Abrir los ojos después de caer desmayado era molesto, pero logré forzarlos a abrirse lentamente. Lo primero que vi fue una cara redonda con lentes, los ojos brillando con una mezcla de alegría y preocupación. Karin estaba frente a mí, sonriendo felizmente, pero antes de que pudiera reaccionar, me golpeó la cabeza con toda su fuerza. El resultado… ella se llevó la mano al pecho, claramente adolorida.
— ¿De qué estás hecho? ¡Es como golpear metal! —. Se quejó, frotándose el puño, mientras yo me estiraba lentamente, buscando recuperar la movilidad.
Miré a mi alrededor y reconocí el interior de la casa de Tazuna, aún algo adormilado por el sueño. Era extraño, pero el lugar se sentía diferente, casi como si el aire tuviera una densidad distinta, como si la energía de este lugar se hubiera alterado de alguna manera.
— No deberías golpearme, Karin. Mi cuerpo es más denso de lo que parece —. Respondí con indiferencia, mientras estiraba mis músculos, sintiendo el dolor residual por el esfuerzo de mi cuerpo dañado.
— ¿Cuánto tiempo estuve dormido? ¿Pasó algo importante mientras estuve inconsciente? —. Pregunté, todavía medio aturdido, sin recordar cómo exactamente había llegado hasta aquí.
Desde la cocina, Tsunami apareció, llevando una taza de té humeante. Era casi gracioso cómo esta gente parecía disfrutar tanto de las hojas y el té, pero en este momento, no podía negar que la calidez del aroma me era reconfortante.
— Naruto-kun, estuviste dormido un día entero. Ya es medio día, deberías comer algo —. Dijo Tsunami con tono preocupado, pero también algo aliviada al verme despertar.
Negándome a tomar comida sólida, tomé una píldora alimenticia. No necesitaba más que eso. Mi cuerpo ya estaba acostumbrado a esta clase de energía concentrada. Además, sabía que no debían tener mucha comida en este pueblo. Habían pasado por demasiados sacrificios, y el hecho de que aún estuvieran luchando por mantenerse en pie decía mucho sobre ellos. No podía pedirles más.
Dejé la casa a pesar de las quejas e intentos de Karin por retenerme.
— ¡Idiota! ¡No puedes ni caminar bien! ¡Vas a colapsar de nuevo! — . Gritó, sujetándome del brazo.
Le sonreí, y le di una palmadita en la cabeza.
— Estaré bien —. Murmuré, soltándome con suavidad.
—Tengo cosas más importantes que hacer ahora—.
Mi cuerpo aún dolía, pero ignoré el malestar. Algo en el fondo de mi mente me decía que debía apresurarme.
Cuando llegué al pueblo, mi ojo tembló y sentí cómo una punzada de enojo me recorría el rostro. La escena frente a mí era absurda, la gente del pueblo había colocado ofrendas al pie de Nordrassil, mi creación, como si fuera un dios. Flores, frutas, figuras talladas, y hasta algunas plegarias improvisadas adornaban la base del gran árbol.
/¿Qué demonios están haciendo…?/.
Masajeándome las sienes con frustración, me acerqué al tronco. No podía culparlos del todo; Nordrassil irradiaba una presencia extraña, viva, imponente. Era natural que campesinos y pescadores, desesperados por una salvación, vieran en él un milagro. Pero esto era peligroso… o tal vez una oportunidad.
Apoyé la palma en la corteza y canalicé chakra, formando la conexión usando Mokuton. Cerré los ojos, respirando hondo, y sentí el latido del árbol como si fuera una prolongación de mi propio corazón. Las raíces se habían extendido… un kilómetro a la redonda.
/No está tan mal, todavía puedo controlarlo…/.
Pero entonces mi respiración se cortó. Un escalofrío helado recorrió mi espalda. Las raíces… habían alcanzado el océano. Y peor aún Nordrassil había comenzado a liberar qi en el agua salada.
/No, no, no… Esto es malo. Muy malo/.
El qi era energía vital pura, diseñada para estimular y reforzar la vida. En tierra, su influencia era lenta y estable… pero en el agua, donde todo ciclo de vida es más rápido y más frágil, los efectos eran inmediatos y desbocados.
Ya podía sentirlo, la fauna marina estaba entrando en un frenesí reproductivo descontrolado. Pequeños peces se multiplicaban en masas, crustáceos brotarian por miles, y organismos más grandes empezaban a mostrar mutaciones con la preceindia prolongada del qi. Era como avivar un incendio, pero uno de carne y hambre.
— Tch… Estúpido árbol, no debí permitir que creciera tan rápido —. Gruñí en voz baja, golpeando el tronco suavemente con el puño cerrado.
/Si no detengo esto…/.
Sabía lo que vendría. Primero, la sobrepoblación haría que los peces pequeños destruyeran el fitoplancton y los corales, matando los criaderos naturales. Luego, los depredadores más grandes comenzarían a competir salvajemente, atacando todo a su paso.
Y no sería raro que aparecieran mutaciones, híbridos monstruosos, impulsados por el exceso de energía vital. Animales deformes, agresivos, hambrientos. Criaturas que podían amenazar incluso las costas y atacar a los pobladores.
— Debo detener esto ya… — . Murmuré, agachándome y apoyando las dos manos sobre la tierra.
El sudor corría por mi frente. Controlar Nordrassil directamente era peligroso; cada intervención requería sacrificar mi propio chakra para suprimir su expansión. Si fallaba, no solo pondría en riesgo la isla, sino que mi cuerpo, aún debilitado, podría colapsar de nuevo.
/No tengo opción. Si dejo que esto siga, en menos de un mes, este pueblo estará bajo el asedio de su propia costa… o peor, todo el ecosistema colapsará y la hambruna matará más gente que cualquier guerra/.
Inspiré hondo. Sabía lo que debía hacer. Reforzar mi control sobre Nordrassil , redirigir el qi… y si era necesario, limitar el crecimiento de Nordrassil, aunque eso significara detener su expansión natural. Esta era la diferencia entre crear vida… y controlarla.
Kurama, sentado en una de las enormes ramas del árbol, me observaba con desdén
— Nuevamente planeas usar más poder del que tu cuerpo débil puede soportar —. Gruñó, con esa voz profunda y cargada de irritación.
/Siempre tan optimista…/. Pensé con amargura.
Kurama salto desde su lugar, en silencio, se posó en mi hombro. Sus pequeñas garras se aferraron firmemente mientras su propia energía fluyó hacia mí. Aunque era discreto, podía sentir su preocupación. Solo podía suponer que el también percibía el desequilibrio que se estaba gestando en el mar.
Con la ayuda de Kurama, canalizando cuidadosamente tanto mi chakra como el qi que mi cuerpo aún podía soportar, empecé la ardua tarea. Sudor frío bajaba por mi frente mientras tejía complejas formaciones para limitar a lo largo de las raíces sumergidas. Formaciones tan simples pero que eran usadas en infinidad de matrices. Sentí cómo, poco a poco, lograba retirar la mayoría de las ramificaciones que habían invadido el océano.
No pude eliminarlas todas. Algunas raíces menores siguieron dispersando qi, aunque en niveles tan bajos que la proliferación de vida marina sería limitada. Las mutaciones seguían siendo una posibilidad, pero serían mucho más raras.
/No es perfecto, pero es lo mejor que puedo hacer en este estado./
Finalmente, cayendo de rodillas, exhalé con fuerza, sintiendo cómo mis músculos temblaban por el esfuerzo.
— Listo…. Ahora necesito reparar mi cuerpo urgentemente… a este ritmo, me voy a matar—. Murmuré con voz ronca
Kurama soltó un bufido despreciativo mientras se marchaba. Suspire ante el zorro tsundere, pero al menos logramos controlar un poco el daño. Pero en mi interior, la preocupación no se desvanecía. A pesar de todo, el daño ya estaba hecho. La vida marina, alimentada por la súbita inyección de qi, crecería de manera anómala. A corto plazo, podría parecer una bendición, bancos de peces multiplicándose, más recursos pesqueros, costas llenas de mariscos.
Pero esa abundancia era una trampa. Un ecosistema sobresaturado colapsa bajo su propio peso. La sobrepoblación de especies herbívoras devastaría los arrecifes y las praderas submarinas ademas de consumir el Fitoplancton, dejando a depredadores hambrientos en su estela. Las especies más agresivas empezarían a mutar, evolucionando a ritmos imposibles para adaptarse al flujo constante de energía. No tardarían en surgir monstruosidades acuáticas bestias de qi dotadas de fuerza, instinto y hambre desmedidos.
El verdadero problema vendría cuando esas criaturas buscaran expandirse fuera del agua. Y para entonces… necesitaríamos algo más que suerte para sobrevivir.
El qi que las nutría aceleraría su ciclo vital, forzando evoluciones que en circunstancias normales tomarían siglos. Criaturas capaces de respirar aire, adaptarse al suelo firme o incluso trepar por los acantilados de la isla serían inevitables. Bestias inteligentes, resistentes al chakra convencional. El apocalipsis no llegaría en forma de guerra… sino de naturaleza desbordada.
No podía permitirlo. Debía actuar antes de que fuera demasiado tarde. Necesitaba construir una barrera que protegiera todo el País de las Olas, un escudo permanente que contuviera o al menos advirtiera cualquier anormalidad que emergiera del océano.
El problema era la escala. Wave era inmensa, al menos cincuenta veces más grande que la superficie de Sunagakure. Sería la barrera más grande que yo hiciera, algo que consumiría cantidades absurdas de energía cada día. Yo, en mi estado actual, no podría sostenerla ni una hora seguido.
Pero había un recurso. Un zorro gruñón, antiguo y poderoso. Kurama, con su vasta reserva de chakra, podría alimentar la barrera. Si dosificaba su energía, podía entregar el equivalente a una bijūdama al día sin agotarse seriamente. Era suficiente para mantener la red de matrices viva y funcional o al menos eso estimaba con cálculos rápidos.
El detalle era… convencerlo. Sonreí con amargura mientras miraba a la marioneta diminuta que me observaba desde lo alto de Nordrassil, claramente molesto.
/Genial. Convertir a un zorro milenario cascarrabias en una deidad protectora de Wave. ¿Qué podría salir mal?/.
Era un plan arriesgado, pero también una oportunidad. Si lograba que Kurama se encariñara con la gente, podría anclarlo emocionalmente a la isla. Convertirlo en su guardián, su símbolo viviente. Un dios que velara por ellos… y que, en el proceso, nos ayudara a sobrevivir el desastre que había desatado sin querer.
— Va a ser divertido convencerte, Kurama — . Murmuré.
El pequeño zorro me lanzó una mirada sospechosa, como si ya intuyera que algo desagradable se aproximaba.
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Omake:
Suspiré cansado. Tenía demasiadas cosas pendientes antes de poder arreglar mi cuerpo, y aun así seguía caminando hacia mi centro de mando improvisado como si todo lo demás no ardiera a mi alrededor. Entonces, sin advertencia, una pantalla translúcida apareció frente a mí con un tintineo molesto.
[Has sido invitado al grupo de chat dimensional]
[ACEPTAR] [Si] [No]
Parpadeé varias veces. ¿Un maldito sistema? ¿Un chat? ¿Ahora también eso? Con resignación y un toque de curiosidad, presioné “Sí”. Si la vida quería seguir lanzándome problemas, pues que lo hiciera de frente. Inmediatamente apareció una lista de usuarios conectados.
[Amante del ramen se a unido al chat]
Kazuma (Basuma): Oh, un novato. Bienvenido. Deja que este sempai te guíe por el noble camino de ser un elegido por el sistema.
Rias (Oppai Dragon Empress): Ignora a nuestra escoria residente. Bienvenido, compañero de sistema. ¿Eres de un anime? ¿Cómo te llamas? ¿Qué poderes tienes?
Hermione (Bruja Sabelotodo): Ignora a la otaku y al pervertido de clóset. Si necesitas ayuda, dila. Algunos recibimos este sistema en momentos horribles. Puedes cambiar tu nombre para darnos una idea de tu mundo.
El chat seguía moviéndose, cada vez más caótico.
Senku Ishigami (Eechicero): Hey, recién llegado. Hay una opción que dice “ayudar”. Envía todo lo que puedas. Es sentido común, ¿sabes?
Kazuma (Basuma): ¡¿A quién llamas pervertido, maldita sabelotodo?! ¡Y tú, desgraciado estafador, deja de intentar convencer a todos para que manden recursos a tu mundo!
Rias (Oppai Dragon Empress): Senku-kun, deja de hacer eso. No todos quieren reconstruir su civilización estafando a los demas.
Hermione: ¡Lenguaje, Kazuma!
Mientras observaba cómo ese grupo descendía directo al desastre, sentí cómo comenzaba una migraña tan grande que casi podía ponerle nombre. Perfecto, más problemas que añadir a mi ya absurda lista de calamidades por resolver. Ojalá al menos este chat dimensional trajera algo útil… aunque viendo a sus miembros, lo dudaba bastante.
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Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.
Itachi, el genio exagerado… Bien, primer cambio: la batalla que tuvieron Naruto y Bee contra Itachi y Nagato demostró que el Rinnegan es capaz de predecir los movimientos de un Sharingan.
Voy a ignorar lo absurdo de la pelea en sí, Itachi trató a dos Jinchūrikis perfectos como si fueran niños. Naruto actuó de forma muy estúpida, olvidando los poderes de Nagato, a pesar de que fue él mismo quien lo había derrotado antes.
Itachi es fuerte, absurdamente fuerte, pero no será ese “dios” que parece dibujarse solo. Planeo mejorarlo, porque quiero una pelea real y equilibrada contra un Naruto más entrenado.
El daimyō no se preocupa realmente por Naruto, le importa su reputación. Si fuera por él, dejaría que le robaran las tierras a Naruto sin problema (me basé en el one-shot oficial de Minato, donde se muestra un sello gigante y una torre Uzumaki en Konoha; ¡léanlo!). Pero su imagen pública sí le importa.
Naruto vuelve a equivocarse: intenta algo, y como siempre, le sale bien y mal al mismo tiempo. Su impulsividad le pasa factura, y como cualquier ser humano, tardará en aprender de sus errores. Ojalá logre controlarse antes de Shippuden.
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