Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 24
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Capítulo 24: Arrepentimientos
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
[Dioses hablando]
Caminaba sin prisa, dejando que los aldeanos y constructores se encargaran del desarrollo de la industria del papel. Ya les había dado lo suficiente, árboles de abeto ricos en chakra, ellos ya tenían conocimiento básico para procesarlos, la idea de una imprenta dependía de ellos, tendrían que ir al continente a comprar las herramientas con un poco de ayuda económica de mi parte. El resto era cosa suya. Mis pensamientos, en cambio, ya estaban en otro lugar. Había mucho más que hacer.
Necesitaban hornos alquímicos rudimentarios para producir píldoras alimenticias. No podía seguir repartiendo mis reservas cada vez que se les acabara el arroz. También tenía que establecer una industria del alcohol, una que produjera sake lo bastante refinado como para atraer nobles y daimyos. No por prestigio, sino por una razón sencilla, vaciar sus bolsillos. Si Wave se convertía en el nuevo proveedor de lujos, tendría ingresos que no dependieran de ningún señor feudal.
Ya había fabricado con mi mokuton varios contratos de alma preescritos en la mina katabami. Mi personal técnico médicos, alquimistas, imprenteros firmaría ahí. Por seguridad, no podían divulgar secretos industriales o médicos. No podían vender fórmulas ni técnicas. Todo quedaría sellado al alma.
También necesitaba un sistema de salud funcional. Una gran matriz médica de diagnóstico, parecida a un escáner corporal, serviría de núcleo para el hospital. Bastaría con dos o tres operadores que supieran canalizar chakra con precisión. Si conectaba eso a la matriz de conversión de chakra a qi, podría mantenerla activa sin usuarios de qi, liberándome para tareas más útiles.
El siguiente paso sería seleccionar a un pequeño equipo para que manejara una matriz alquímica simplificada, capaz de generar medicamentos básicos, pomadas regenerativas y píldoras medicas. Todo eso era posible si estandarizaba el uso del qi como combustible médico. El modelo de autosuficiencia era viable. Solo necesitaba tiempo y mano de obra leal.
Perdido en esas ideas, mis pies me llevaron sin darme cuenta hacia una zona densa de niebla. Me detuve al reconocer el terreno. Una colina silenciosa, cubierta por la bruma húmeda del mar. Los recuerdos que heredé de Naruto afloraron de inmediato.
Aquí… aquí fue donde enterramos a Zabuza y a Haku.
No eran aliados pero fueron algo más que enemigos. Personas que dejaron huella. Zabuza, el demonio de la niebla, quien murió con lágrimas silenciosas por el chico que lo acompañó. Haku, que se sacrificó sin dudar, enseñándole a Naruto el peso de proteger a otros. Fue su primer contacto con la crueldad del mundo.
Aquí nació su nindo. Su promesa de proteger, de nunca rendirse, de luchar por sus propios ideales sin olvidar a los demás. Me quedé en silencio reconociendo a las personas que fueron enterradas aquí y su importancia para mi.
—Si no fuera por ustedes, él no habría sido quien fue. Y sin él, yo no estaría aquí—.
Cuando me di cuenta de que algo andaba mal, me acerqué con paso lento , como si una parte de mí no quisiera confirmar lo que mis ojos ya veían. Las cruces simples que marcaban las tumbas de Zabuza y Haku estaban rotas. No caídas por el tiempo, sino destrozadas. Aplastadas, como si alguien hubiera pisoteado su memoria a propósito.
Fruncí el ceño. Sentí el nudo en el pecho tensarse hasta que dolió. Me agaché y hundí los dedos en la tierra. Estaba suelta, demasiado fresca. Había sido removida recientemente.
Excavada.
Alguien había profanado sus tumbas.
Mi pulso se aceleró. Mi respiración se volvió pesada, una presión creciente surgió desde el centro de mi abdomen, trepando como fuego en cada meridiano. Chakra y qi se agitaron en espiral, desbordándose sin permiso.
Durante cinco años, mi cuerpo había sanado lentamente del “Contrato Vinculante”, reconstruyendo cada célula, cada punto de chakra. Mi reserva era monstruosa ahora, más allá del nivel de cualquier Jinchūriki estándar. Y el qi, denso como el núcleo de una estrella, no necesitaba cantidad para impactar. Bastaba con mi voluntad para desencadenar una tormenta.
Y lo hice.
Un pulso de energía se liberó en un estallido silencioso, como el susurro de la muerte recorriendo la isla. La atmósfera se volvió pesada, como si la gravedad hubiera aumentado. El aire vibraba con odio, y un aura oscura cubrió los cielos sobre Nordrassil. Los pájaros cayeron. Los insectos huyeron. Las raíces mismas del árbol se sacudieron.
Los aldeanos temblaron. Muchos cayeron de rodillas sin entender por qué. Como pequeños animales frente al rugido de un depredador que no podían ver, se refugiaron, se abrazaron, se escondieron. Sentían que iban a morir porque algo más allá de su comprensión había despertado.
Karin lo sintió de inmediato. Su chakra se activo, el Kagura Shingan recorriendo la isla hasta encontrarme como un faro en medio de una tormenta. Todos los no afectados corrían tratando de estabilizar a los civiles más cercanos al árbol, donde la presión espiritual era más densa.
Temari se había detenido de inmediato, sabiendo que ese chakra no era de un bijuu. Vivir tanto tiempo con su hermano inestable le habia dado cierta sensibilidad a ese tipo de chakra, y ella supo que solo había 2 personas con suficiente chakra para ser capases de algo así en la isla, y Fu estaba en la dirección contraria.
Mientras tanto, Fū, que se encontraba con los niños y Chōmei en el límite del bosque, palideció.
—¿Es el Kyūbi…? —. Preguntó temblando, mientras instintivamente colocaba a los niños detrás de ella.
Chōmei, dentro de su mente, respondió con una calma fría.
—No. Eso no es el Kyūbi. Ese es tu amigo… Naruto—.
Fū se atraganto ante eso.
—¿Entonces por qué se siente como… muerte?—.
El bijū guardó silencio por un momento.
—Porque está furioso. Furioso de verdad. Lo que sientes es su voluntad… y su odio—.
Mientras tanto yo me mantuve en la colina, de pie sobre la tumba profanada, mientras las ondas de chakra y qi seguían fluyendo. Habían tocado algo que no debía ser tocado. Esto… esto era una ofensa personal.
—¿Quién fue?—.
Solo un nombre cruzó mi mente.
Kabuto Yakushi.
El más grande profanador de tumbas en la historia del mundo ninja. En el canon, sus manos saquearon los sepulcros de héroes y villanos por igual, mancillando sus cuerpos en nombre del Edo Tensei. Sabía que le había permitido acercarse. Sabía que se había arrastrado para negociar a cambio de ayudar a su patético maestro. Pero no imaginé que sería tan audaz… o tan estúpido.
La rabia quemaba mis venas. Sin pensarlo, salté hasta la copa de un árbol, chakra rugiendo en mis talones. Mis ojos se clavaron en el horizonte, la dirección en la que, según las memorias de los clones, habían partido.
—Kabuto—. Gruñi con ira.
A estas alturas, debían haber cruzado hasta el País del Fuego. Un lugar que quería evitar a toda costa… pero ahora no me importaba. Si Konoha se interponía, sería aplastada.
Al saltar, el árbol bajo mis pies explotó en astillas por la presión acumulada de mi salto. Me deslicé por las copas de los árboles a velocidades absurdas. Vendavales nacían a mi paso, los árboles silbaban y se quebraban a mis espaldas, y los animales huían antes de que mi sombra pasara. Cada salto dejaba cráteres, cada impulso rompía el aire.
El mar apareció en el horizonte. No dudé y corrí por encima de las aguas como si fuera tierra firme, el chakra fluyendo. Cada paso generaba olas explosivas. Crucé los kilómetros de mar entre Wave y el continente en apenas quince minutos. La furia me alimentaba. El instinto me guiaba y me moví tan rápido como pude sin importarme la eficiencia o la elegancia.
Al tocar tierra, me deslicé entre los árboles y realicé una serie de sellos.
—¡Kuchiyose no Jutsu! —.
Un estallido de humo reveló a Gamakichi, que me miró con confusión.
—¿Eh? ¿Naruto-niichan? ¿Qué?—.
No hubo bromas o dulces. Solo le tendí el pergamino que Kabuto me había entregado durante nuestro trato.
—Rastrea esto. Ahora—.
Gamakichi, al percibir mi tono, un tono que jamás me había escuchado usar tragó saliva y asintió. Se agachó, olfateó el pergamino y giró levemente la cabeza.
—Por allá. Al oeste… unos cuantos kilómetros más. Todavía está reciente. Huele a… formol y tierra húmeda. Sí, es tu tipo—.
—Gracias. Vuelve al Monte Myōboku. No quiero que esto te afecte—.
Gamakichi asintió, y desapareció.
Y yo corrí.
Más rápido.
Más feroz.
Cada salto reventaba corteza. La tierra temblaba detrás de mí. La naturaleza misma se estremecía. Y entonces los vi. Kabuto Yakushi y Guren surcaban las copas de los árboles con velocidad notable. Pero para mí, era lento. Demasiado lento.
Un instante después, Guren voló como un borrón hacia el horizonte. La palma abierta de mi mano la había impactado en el costado del abdomen con tal fuerza que su cuerpo se retorció en el aire como un muñeco de trapo. Antes de que tocara el suelo, un clon ya estaba junto a ella, y con un sello rápido invocó el Jubaku Eisō.
—No quiero sorpresas, cristalera—. Gruñi.
Raíces y ramas emergieron del suelo y se enroscaron como serpientes alrededor de su cuerpo, especialmente en sus brazos y dedos. La madera creció neutralizando cualquier posibilidad de formar cristales. El clon se aseguró de su inconsciencia.
Mientras eso ocurría, ya estaba encima de Kabuto. El maldito se volteó por puro instinto, sus ojos apenas captaron el borrón que era mi ataque. Logró esquivar el primer revés, pero no el segundo acto. Dos clones lo sujetaron de los brazos. Sin pausa, formé un Rasengan con una sola mano, chakra girando con furia pura.
—¡¡Kabuto!! —.
El orbe de energía estalló contra su abdomen, mandándolo a volar entre ramas rotas y hojas, arrastrándose por metros antes de estrellarse contra un árbol y quedar medio enterrado entre la corteza. Una escena similar ocurrió en el pasado, pero esta vez no le daría chance de recuperarse.
Kabuto escupió sangre. El hematoma en su abdomen habría matado a cualquier otro. Pero él no era cualquiera. Su chakra se arremolinaba internamente, sus células regenerándose, órganos reparándose con una velocidad inhumana. Un genio, un monstruo.
Pero también un tonto.
Antes de que pudiera moverse, un rugido de chakra y humo precedió la aparición de las Kiba, las espadas gemelas del trueno. Las había invocado y una de ellas atravesó su antebrazo izquierdo, clavándolo contra la corteza.
—¿Tú… estás loco?— . Alcanzó a murmurar, con un intento patético de sonrisa sarcástica.
Entonces atacó. Sus dedos se bañaron en chakra afilado. Chakra no Mesu, su técnica bisturí de chakra. Me alcanzó con un golpe sobre el pecho, justo encima del corazón. Una técnica que había usado antes, aquella vez que reclute a Tsunade.
Pero esta vez… Apenas magulló la piel. Su rostro se deformó en confusión. Miró su mano, no había sangre. Ni desgarros, solo un leve moretón, como si hubiera golpeado una piedra.
—¿Qué demonios…? —.
—Ya no soy el mismo niño, Kabuto. Lo sabes y sin embargo, profanaste sus tumbas—.
El bosque entero pareció contener la respiración. El aire se hizo denso.
Kabuto tragó saliva.
—No fue por gusto… solo necesitaba… material. Ellos ya estaban muertos. ¡Y no los dañé, Naruto-kun, juro que no!—.
—Tus juramentos no valen nada—.
La presión aumentó. Chakra y qi se fusionaban, arremolinándose en mi espalda como una tormenta. Kabuto comenzaba a sudar, su cuerpo le gritaba que escapara… pero ya era demasiado tarde.
En ese instante, no me importaba nada. Los recuerdos de Naruto se habían arraigado con fuerza en mi alma. Aunque no era él, su historia era mía; su dolor, también. El apego, la pérdida, la impotencia… todo ardía dentro de mí. esa memoria de afecto y tragedia profanada como si fuera tierra común, encendió algo más profundo que odio.
En lo más recóndito de mi ser, bajo capas de razón y autocontrol, una imagen sellada se agrietó. Un Naruto sepultado bajo puertas tori selladas, fragmentos de su voluntad enterrados junto al amor y la compasión de Asura. Una de esas puertas, ya desgastada y resquebrajada, finalmente se rompió. Y algo escapó, un torrente cálido y empalagoso de chakra distinto, antiguo. La voluntad de Asura.
El deseo de perdón me golpeó como un aguijón en la base del cráneo. Sentí náuseas, el chakra que fluía en mi cerebro provocó tal estrés que los capilares de mis ojos y nariz estallaron. Sangre caliente me corrió por la cara mientras jadeaba, resistiéndome a esa misericordia artificial. Kabuto me miró con una mezcla de sorpresa y confusión, no entendía qué demonios me estaba ocurriendo. Ni yo del todo.
Sentí ese supuesto amor. Era repugnante y no era un amor verdadero, sino algo distinto; un veneno que buscaba aferrarse y deformar mi mente, convertirla en la de otro mártir del amor. No hacía falta ser un genio para saber qué o más bien quién era el responsable de ese sentimiento.
—No seré tu esclavo… Asura… —. Escupí entre dientes, y abrí mi libro de cultivo.
Revisé frenéticamente entre sus páginas hasta hallar una que nunca debí tocar. Una matriz oscura y repugnante para mi moral, la Matriz de Subversión. Un arte vil, diseñado para romper el libre albedrío y reemplazarlo por obediencia total. No borraría la personalidad del objetivo, pero su lealtad sería absoluta hacia quien la inscribiera. En este caso seria Yo.
—No eres tú quien decide lo que está bien maldito espectro—. Gruñí fuera de mis cabales, mientras el miedo de dejar de ser yo mismo me arrancaba de la razón.
Mi dedo se cargó de chakra y, con violencia, rasgué la camisa de Kabuto, dejando expuesto su pecho. Él intentó resistirse, activando una de sus técnicas de contención del dolor, ralentizó sus funciones nerviosas, desconectando estímulos para soportar lo que sabía que venía. Era un maestro del autocontrol; se había entrenado para soportar torturas físicas y psicológicas como buen espía que era.
Pero esto era distinto.
—¡¿Qué… qué estás haciendo…?! —.
Mi dedo brilló como un hierro candente, y con lentitud, para que lo sintiera todo, comencé a trazar los símbolos sobre su piel. La carne se quemaba al contacto, olía a grasa fundida y chakra junto a piel chamuscada. Kabuto apretó los dientes, tensó los músculos, pero no gritó. Se dobló hacia atrás, hiperventilando, su cuerpo temblando de pura impotencia. Incluso trató de concentrar chakra en su lengua para tragársela y morir… pero una ligera aplicación de qi en los nervios de su mandíbula lo dejo impotente
—Ya no tienes opciones. Vas a vivir, y vas a obedecer—. El miedo a perder el control sobre mí mismo me empujó a aferrarme a cualquier forma de dominio, incluso a una que iba en contra de mis propias creencias.
El símbolo final se completó. En el momento en que se encajó la matriz, su cuerpo se sacudió. Un escalofrío recorrió su espina. Sus pupilas se dilataron. La conexión se formó. Lo sentí, su voluntad ya no era suya.
Aun jadeando, sangrando por la cara y con el alma palpitando de rabia y rechazo, me obligué a mirar lo que había hecho. Kabuto aún era él… pero algo se había apagado detrás de sus ojos. Ya no me odiaba. Ya no me temía. Me respetaba y me obedecería.
—No soy tu marioneta, Asura… —. Repetí con un susurro débil, más para convencerme que para afirmarlo.
Había dado un paso irreversible. Una aberración contra mis propios principios. Pero ahora… ahora Kabuto Yakushi era mío. Me senté en el suelo, exhalando lentamente mientras trataba de contener el temblor que recorría mis huesos. Solo una vez antes había sentido el toque de la voluntad de Asura, y fue un contacto leve, cuando su chakra inundó mi cerebro como un veneno dulce.
Esta vez fue distinto, más tosco pero igual de corruptor. Podía sentirlo en mi mar interior; podía ver el sello de las puertas torii, cómo una de ellas había colapsado y permitido que su chakra reputante y tan lleno de ese amor incorrecto escapara por aquella grieta en el sello de mi alma, contaminándome desde dentro y despertando en mí esa repugnante compasión irracional.
Temí perderme. Temí convertirme en eso que él deseaba. Y fue precisamente ese miedo lo que me impulsó a actuar. Cuando por fin me estabilicé, canalicé mi qi a través del cerebro, purgando cada residuo del chakra de Asura como si fueran esquirlas incrustadas. No quería misericordia. No quería ser él.
Fue entonces cuando mi mente se calmo y libero del chakra invasor que tomé conciencia real de lo que había hecho. Miré a Kabuto. Su cuerpo, ya completamente regenerado, permanecía en silencio. Se mantenía de pie, inmóvil, sus ojos fijos en mí con la misma expresión que alguna vez vi dirigida a Orochimaru. Lealtad ciega y obediencia absoluta. Las marcas de la matriz brillaban débilmente sobre su piel, como cicatrices arcanas.
Vomité.
Me sentí sucio.
Yo, que sabía que en este mundo debía matar; que, aunque no deseaba arrebatar una vida, no era ingenuo. Me había enfrentado sin dudar a monstruos como Kakuzu, Hidan, Kisame o Itachi… aunque aún no había cruzado este umbral. Sabía que matar era necesario y, a veces, inevitable. Lo aceptaba pero esto… esto era distinto. Esto era quebrar la esencia misma de alguien. No quitarle la vida, sino arrebatarle el derecho a decidir cómo vivirla.
Mi mente no podía encontrar consuelo. Ni siquiera el recuerdo de Anko, a quien sin querer transformé durante el cambio de su sello, servía como excusa. Eso fue accidental. Pero Kabuto… Kabuto fue un acto deliberado. Fruto de miedo a perderme, pero consciente y eso lo hacía imperdonable.
Me abracé las rodillas, observando mis manos manchadas no de sangre, sino de algo peor, de control, de corrupción, de esclavitud.
—No soy tu marioneta… —. Pero por un instante, lo fui al dejarme guiar por el miedo.
En el silencio que siguió, sólo el eco de mi respiración quedaba. Un jadeo débil e irregular. Como si mi alma acabara de salir de una asfixia invisible. Me senté en el suelo, con las manos temblorosas, sintiendo todavía los residuos de ese chakra ajeno recorrer mis canales como un veneno dulce. Su energía… no era como la mía. No era cálida ni neutral. Era asfixiante y absoluta. La compasión de Asura no era ternura; era anulación. Era un amor que borraba lo que no encajaba en su forma de amar.
Y por unos segundos, me borró a mí. Ese fue el terror real. No el dolor, no la muerte si no desaparecer, No como cuerpo, sino como conciencia. Como “yo”. Como el individuo que nació en este mundo con una voluntad propia.
Yo no soy Naruto Uzumaki. Pero sus recuerdos son míos. Sus risas, sus lágrimas, sus heridas… están en mí. Y con ellos, también su capacidad de amar. De creer, de sacrificarse. No lo odio, no lo desprecio. Pero no soy él y sentir el chakra de Asura envolver mi mente, presionar mi corazón, tratar de rehacer mis impulsos y deseos… me hizo comprender el verdadero horror, convertirme en otro Naruto. Uno perfecto, uno amable. Uno que jamás cuestionaría ese amor absoluto. Que lo viviría con gratitud y orgullo. Un Naruto feliz… que no sería yo.
Esa idea me desgarró por dentro.
No era miedo a cambiar. Era miedo a ser sustituido. A que mi “yo” actual dejara de existir. A que ese muchacho que tomó decisiones duras, que aceptó cargar con culpas, que eligió no perdonar a los monstruos, fuera suplantado por un eco más suave. Más puro, más aceptable. Más útil para los designios de un semidiós muerto.
Y así, en mi desesperación por afirmarme, por gritarle al mundo que sigo aquí que tengo el control de mi, que aún tengo voz, cometí una atrocidad. Grabé una matriz de subversión sobre el pecho de un hombre. Lo esclavicé.
Kabuto Yakushi ya no era libre. No porque él lo eligiera, sino porque yo no podía soportar volver a sentir esa pérdida de mí mismo. La ironía me golpeó como una roca en el estómago. En mi afán por no ser la marioneta de Asura… convertí a otro en mi marioneta.
Asqueado y humillado. Invoque Kubikiribōchō la espada era pesada… más pesado de lo que recordaba. No por su masa, sino por lo que representaba. Era la hoja de la ejecución, y yo sostenía su juicio.
Kabuto me observaba con su rostro sereno. Sus ojos vacíos no pedían perdón ni piedad. No podían hacerlo. Esa capacidad le había sido arrebatada por mi propia mano. Él habia deambulado libremente cuando esperaba confirmación del trato con Orochimaru . Si hubiera sido menos ingenuo, menos idealista, lo habría vigilado desde el inicio. Ahora, enfrentaba las consecuencias.
Y aquí llegó la elección. Kabuto merecía morir; era un shinobi, y Dios sabe cuántas vidas tomó, cuántos inocentes, cuántos culpables. Aunque aún pesara en mí quitar una vida, no me temblaría la mano frente a alguien que realmente lo merecía. Pero mi mente —esa parte sucia y calculadora susurró a mi oído como un pequeño diablillo:
¿Lo mataría, liberándolo de su servidumbre y redimiéndome a mí mismo, o lo mantendría como herramienta para acabar con Orochimaru?
Sabía quién era Kabuto. Sabía lo que podía hacer. Un prodigio, un sabio. Perfeccionó el Edo Tensei, algo que ni Orochimaru pudo lograr. Recreó el cuerpo de Madara en su máximo esplendor antes de reanimarlo. Tenía el talento que solo se ven en generaciones y la ambición que pocos pueden poseer.
Bajo mi guía, podía ser más que lo que terminó siendo en el canon. Pero a cambio… le robé su voluntad. Le arranqué el derecho de elegir. ¿Qué me hacía eso?
La compasión puede salvar vidas, pero no siempre protege a los que dependen de ti. Un gran liderazgo no se define por palabras hermosas o manos limpias, sino por la capacidad de tomar decisiones difíciles… sin perder de vista el precio que conllevan. Yo había tomado a muchos bajo mi protección. Ellos eran mi prioridad. No mi alma, no mi redención.
Kabuto, en otras circunstancias, habría muerto en mis manos tarde o temprano. Ahora, podía servir para el bien. Como instrumento, como sombra en mi mente, necesaria para garantizar un mañana más seguro. Pero me juré algo.
/Nunca más/. No importa cuánto miedo sienta. No importa cuánto desprecie la visión enferma y blandengue de Asura. No volveré a subyugar otro corazón. No convertiré el miedo en excusa.
Kabuto será la marca. La cicatriz viva de mi error.
—Cura a Guren y ve con Orochimaru. Que no sospeche nada. Toma todo lo que puedas de él… y cuando digo todo, me refiero a pergaminos, muestras, conocimientos, incluso sus sellos. Después, vuelve conmigo de inmediato—.
La hoja descendió lentamente, no sobre su cuello, sino hacia el suelo. No lo mataría, no hoy. Kabuto… seguiría siendo el eco de una decisión que desearía no haber tomado.
Kabuto hizo una reverencia antes de tomar el cuerpo inconsciente de Guren. Lo observé marcharse entre las sombras del bosque, sabiendo que no podía escapar de la matriz grabada en su carne. Para liberarse necesitaría una fuente de qi auténtico, y en este mundo solo la energía natural contenía siquiera una pizca. Ni siquiera un sabio poseía suficiente para romper una matriz. Tal vez un bijū… tal vez.
Suspiré, mis manos temblando levemente mientras las observaba. Dos personas, dos voluntades que había aplastado con estas mismas manos. Una por accidente, otra por miedo. El chakra de Asura había sido como un veneno que tocó mi alma, un toque leve la primera vez… y esta vez, físico y real. Como si un monstruo dormido intentara moldearme a su imagen.
Sentía todavía el rastro de ese chakra ajeno palpitar en mi alma, como un eco que intentaba convencerme de que la misericordia era una obligación y no una elección. Y, en medio de ese silencio espeso, pregunté:
/Kurama, ¿me desprecias por quitarle a alguien la libertad… como lo hicieron contigo?/
El bijū bufó en mi mente, un sonido grave que resonó como un golpe seco en mi mente.
“Ustedes, humanos, y sus elecciones… son suyas. Solo me importarán cuando me afecten. No sé qué te impulsó a hacerlo; solo sentí ese miedo en ti por unos instantes. Pero mientras no me involucre, no me interesa. No esperes mi juicio sobre algo que nunca me importó”.
Su indiferencia me golpeó con una claridad cruda pero necesaria. Sonreí, un gesto pequeño y cansado, recordándome que los bijū, por mucho que Hagoromo los hubiera creado, jamás serían humanos. Eran seres antiguos, sin la carga de nuestra culpa, sin la necesidad de justificar cada decisión bajo la sombra de la moral humana. Sus emociones eran más simples, más puras, más honestas. Pretender medirlos con el mismo parámetro era… ingenuo.
Suspiré y me dispuse a volver, sintiendo aún el peso de la elección en mis manos. Era simplemente responsabilidad.
No había avanzado durante mucho tiempo cuando escuché los pasos antes de que fueran visibles. Mis sentidos mejorados captaron la vibración del aire, los latidos, el roce de las hojas. No parecía una amenaza inmediata, pero me mantuve alerta. Varias figuras se revelaron, envueltas en negro, y una mas permaneció alejada, su corazón latía oculto, agazapado y sigiloso, eran ANBU sus mascaras los delataban. El líder me llamó la atención con su cabello plateado, porte relajado. Kakashi Hatake, sin su uniforme jōnin, ataviado ahora con la máscara ANBU.
—A veces olvido que este mundo se rige por clichés —. Murmuré con ironía, sin moverme del sitio al ver que apenas entre en el país del Fuego ya me encontré con alguien de Konoha.
—Kakashi, ¿así que vuelves a las sombras? ¿Konoha no tiene suficiente personal o solo extrañabas el silencio de la máscara? —. Pregunté con una sonrisa cargada de sarcasmo, no tenia el animo de ser amable.
Me rodearon despacio. Sus posiciones buscaban cubrir mis puntos ciegos, pero ya los había contado antes de verlos. El sigilo era admirable, pero no podía esconder los latidos de su corazón. Kakashi se quitó la máscara sin decir nada, dejando que su rostro hablara por él.
Y cuando lo hizo, no sonó a amenaza. Sonó… oficial.
—Naruto… Debes venir conmigo. El Hokage ha levantado todo castigo. Se te ha concedido un perdón por tu deserción—. Su mirada no vaciló, fría y precisa.
Reí, vacío y sin humor. Lo mire divertido mientras me senté en el suelo con indiferencia, ignorando a los ANBU que seguían rodeándome. Extendí la mano y del sello en mi palma extraje una botella de licor. La misma que preparé para Gamabunta hace seis años. Aunque para ellos no hubiera pasado mas que un par de meses…
/Han sido unos pocos meses para todos, pero yo ya viví seis años en este mundo/. El pensamiento me golpeó con fuerza pero me concentre en el ahora.
Serví dos copas. Una para mí, otra para Kakashi, realmente necesitaba un trago fuerte.
—Adelante. Puede que fueras un fracaso como sensei, pero aun así ostentaste ese título para mí durante un tiempo. Nunca tuvimos oportunidad de beber una copa, ¿no?—.
Kakashi se sentó en silencio, sin apartar la vista de mí. Olfateó la bebida, desconfiado, como un sabueso adiestrado que sabe que incluso los regalos pueden esconder veneno. Pero no encontraría nada. Solo licor, un momento de honestidad compartida entre dos hombres que ya no eran quienes solían ser. Bebió sin quitarse la máscara, como solía hacerlo, y yo también lo hice.
Lo observé con una mezcla de tristeza y burla.
—No pienso volver —. Dije al fin, sin elevar la voz.
—En esa aldea no hay nada para mí. No me queda familia. El único que pensé que era mi amigo me atravesó el pecho con un chidori. Y la mujer que quería ver como una madre me envió a prisión, con la excusa de protegerme—. Murmure con tristeza ante las memorias.
—Tal vez… tal vez Shizune. Pero aún no habíamos compartido suficiente para llamarlo lazo—.
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Pov Kakashi
Las palabras de Naruto cayeron como cuchillas, cortando sin esfuerzo la máscara emocional que tanto le había costado sostener durante los años. Su garganta se tensó, pero no emitió sonido alguno. Se suponía que él debía ser familia para Naruto.
Minato-sensei había sido como un padre para él, y Kushina-san… ella fue lo más cercano a una hermana que jamás tuvo. Pero, como siempre, falló. Se escondió tras las sombras, tras misiones interminables, tras excusas disfrazadas de deber. Era más fácil ahogarse en sangre ajena que enfrentarse al dolor propio.
Su padre, Hatake Sakumo, se había quitado la vida tras ser repudiado por la misma aldea que juró proteger. Obito… Obito murió salvándolo, y su nombre era una herida abierta que aún palpitaba en su memoria. Rin… Rin murió por su mano, y ese peso lo había arrastrado a una oscuridad silenciosa. Luego, Minato y Kushina también murieron, víctimas de una fuerza que él no pudo detener. Todo lo que amaba moría… todo sin excepción.
Por eso, cuando el Tercer Hokage le ordenó no acercarse al bebé jinchūriki, no protestó. Aceptó la orden como quien acepta una sentencia que en el fondo ya deseaba. Era más fácil ver al niño desde lejos. Más fácil pretender que no existía. Porque acercarse a Naruto… era acercarse al recuerdo de quienes ya no estaban. Porque si lo quería, si lo aceptaba, si lo abrazaba como un hermano menor, como el hijo de sus seres más queridos… entonces también podía perderlo. Y no creía poder soportar perder a alguien más.
Pero Kakashi podía ver más. Años de experiencia le habían enseñado a notar lo que otros ignoraban, a leer cuerpos, ojos, microexpresiones. En los ojos de Naruto no solo había desprecio, había cansancio y comprensión. Una comprensión que no debería tener. Ese niño sabía más de lo que admitía, de eso estaba seguro. Y tenía que confirmarlo.
—Naruto… tus padres habrían querido que protegieras la aldea —. Soltó la frase buscando reacción.
Observó con atención, allí estaba el ceño fruncido, los labios tensos, la mirada endurecida. Era ira, no tristeza, tampoco dolor, pero si una herida mal cerrada. Naruto sabía, no solo el nombre de sus padres. Sabía más.
—¿Sabes?. Cada vez que preguntaba por mis padres, el viejo Sandaime decía que fueron héroes. Pero nunca me dijo sus nombres. Como si no tuviera derecho a saberlo…—. Se encogió de hombros, como si ya no le importara, pero el fuego en sus ojos decía lo contrario.
—Ahora ya no importa. No estoy en Konoha y su legado tampoco me pertenece—.
Kakashi guardó silencio. El aire pareció espesarse, su respiración era ligera, pero su pulso retumbaba en su cabeza. Naruto lo observó unos segundos más y luego, con un gesto tranquilo, levantó la camisa y mostró el sello de su abdomen.
—Minato dejó un eco de sí mismo en el sello. Lo conocí cuando casi morí a manos de Sasuke… y me contó cosas. Por eso ya no soy el tonto que era —. Su tono era tranquilo, pero cada palabra pesaba como una sentencia. No había alarde ni ira, solo la fría declaración de un hecho irrefutable.
El mundo se detuvo para Kakashi.
Las piezas encajaban, una tras otra. El cambio abrupto, la mirada vieja en un rostro joven, la madurez inusual. Si era cierto, si realmente Minato había hablado con su hijo desde dentro del sello, entonces Naruto sabía. Sabía quiénes fueron sus padres. Sabía cómo murió su familia. Sabía que su existencia fue un secreto vergonzoso para la aldea que debía honrarlo. Y peor aún, sabía quién lo había abandonado.
Kakashi tragó saliva, incapaz de sostenerle la mirada.
/¿Lo vio todo? ¿Su padre vio lo que le hicimos? ¿Lo que no hice? ¿Cómo lo ignoré, como un cobarde, escondido tras mis misiones y esa excusa ridícula de “obedecer órdenes”?/.
Su corazón se aceleró. Cada error, cada ausencia, cada silencio pesaban más ahora que comprendía cuántos ojos los habían visto. Ojos que importaban, el silencio se alargó. El grupo ANBU no se movía. Todo se reducía a ese instante un hombre frente al hijo de su mentor, enfrentado al peso de su propia cobardía.
—Eso explica por qué no quieres volver… y por qué eres tan diferente a lo que solías ser —. Susurró finalmente, más para sí mismo que para Naruto.
Lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, no como shinobi, no como subordinado ni como espía… sino como un hombre arrepentido, viendo el precio de su apatía reflejado en los ojos de un niño que jamás debió sentirse solo.
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Pov Naruto
Contarle esto a Kakashi, justo delante de los ANBU, no fue casualidad. Fue una jugada necesaria.
El antiguo yo habría callado por respeto o inseguridad, pero ese niño ya no existe. Yo necesito una razón, un marco para justificar mis acciones, un perfil claro que desvíe atención indeseada y mantenga alejadas las ideas absurdas de redención o reintegración. Que sepan que cambié. Que no soy alguien que se pueda atraer con palabras vacías o gestos nostálgicos.
Si creen que Minato me habló, si creen que conozco mis orígenes, entonces Konoha tendrá que andar con más cuidado. Ya no soy solo un niño rebelde, soy una potencial amenaza diplomática. La posibilidad de que la verdad sobre el linaje Namikaze-Uzumaki se filtre no solo los haría quedar como miserables, sino que pondría a muchos de sus enemigos históricos en alerta. Y no lo permitirán.
/La reputación de una aldea shinobi es tan valiosa como su poder militar. Y esa reputación es frágil/.
Las aldeas, al fin y al cabo, no son más que compañías de mercenarios glorificadas, y como toda organización de ese tipo, viven del contrato. Los daimyo, los señores feudales, los comerciantes poderosos, los clanes menores… todos contratan según confianza y prestigio. Una mancha como la mía, una prueba viva de que Konoha ocultó a el hijo de uno de sus grandes héroes, lo usó como contenedor, lo despojó de nombre, legado y humanidad, sería dinamita política.
Los clientes podrían retirarse. Los contratos podrían disminuir, tal como le pasó a Suna. Bastó con que perdieran el favor de su daimyo para que entraran en crisis. El flujo de misiones se secó, sus shinobi fueron considerados demasiado volátiles, y su economía empezó a tambalearse. Kazekage o no, incluso Rasa lo supo, sin clientes, una aldea no es más que una colección de armas sin propósito.
Yo puedo ser esa amenaza para Konoha. La infamia es importante y el miedo es un escudo útil. Lo que sucedió en la mina Katabami no se quedará ahí. El mundo shinobi siempre escucha, y el rumor viaja más rápido que cualquier cuervo. Saben que estuve allí. Saben que salí con vida tras enfrentarme al asesino del Clan Uchiha y al monstruo de Kiri.
Probablemente los daimyo ya lo sepan. Los líderes de las aldeas también. Quizás incluso hayan empezado a preguntarse cosas. “¿Qué más puede hacer ese niño?”. Esa incertidumbre es mi armadura.
Konoha está débil. No pueden darse el lujo de enviar a Jiraiya tras de mí, no sin comprometer otras operaciones. Es su único rango S activo, y además, el maestro de espías de la aldea. Lo necesitan más que nunca, ahora que han perdido al Sandaime y acaban de sobrevivir a la invasión conjunta de Suna y Otogakure. Jiraiya debe estar en el campo, reuniendo información, no persiguiéndome.
No lo moverán por capricho. Y ningún otro se atreverá a intentar algo directo. Los ninjas de rango S no se enfrentan a la ligera. Son la élite de la élite, y por mucho que les duela admitirlo, el simple hecho de haber ahuyentado a esos dos monstruos me pone peligrosamente cerca de ese nivel.
/Y yo me encargaré de que piensen que ya lo alcancé… aunque aún no lo haya hecho/.
En medio de mis cavilaciones, Kakashi me devolvió a la realidad. Aun perdido en pensamientos, seguía alerta. Siempre lo estoy. Nunca bajo la guardia.
/No puedo permitirme hacerlo, no ahora/. Pense cansado.
—Tus manos han dejado de temblar —. Dijo con su tono neutro habitual.
—Ahora que estás más tranquilo, debo darte las noticias. Han dado la orden de traerte de vuelta a Konoha. El daimyo está presionando. No puedo revelar mucho, pero… te ofrecen bastante por volver—.
Reí secamente ante la declaración de mi otrora sensei, Kakashi me había dado espacio para recomponerme, sin decir nada sobre el estado en que estaba tras lo de Kabuto. No lo sabía, pero ese acto silencioso me salvó más de lo que él creía.
/Estaba destrozado por dentro. Lo que paso con Kabuto tal vez… fue necesario. Y eso es lo que me asusta/.
Estos momentos de calma me permiten ver cuán ingenuo sigo siendo. Necesito prepararlos. Este mundo no está listo para los Ōtsutsuki. No seré un tirano… pero sí un arquitecto. Un reformador brutal si hace falta. Les daré algo mejor, a quienes acepten. A quienes no… simplemente quedarán atrás. No es ideal, no es justo. Pero es necesario.
Miré a Kakashi, curioso. Casi divertido. Qué curioso que justo él fuera el primero en encontrarme, apenas salí de Wave.
/El cliché me sigue como una sombra/. Acabé lo poco que quedaba del licor, dejé el cuenco a un lado y me puse de pie. Extendí la mano hacia él.
—Ven conmigo. Ya has dado demasiado por esa aldea. Tu padre, tus amigos, tu maestro… todo lo has perdido por Konoha. Y aún así, te sigue exigiendo. Te ofrezco algo diferente, un lugar. Como maestro, no como soldado. No como asesino. Redímelo todo, redímete a ti mismo—.
Sus ojos se estrecharon. No habló de inmediato, pero la duda… la vi. Se reflejó apenas mencioné todo lo que había perdido. Porque duele y porque sabe que es verdad.
—Naruto… Mi lealtad es con Konoha. Además… nunca estarás a salvo…—.
—Lo estaré —. Lo interrumpí.
—Tú debes saber de la barrera que hice en Suna. ¿No crees que puedo crear algo aún mejor, en el lugar que planeo llamar hogar? Será inexpugnable. Te ofrezco dejar atrás esa vida que solo te ha dado dolor y pérdida—.
Un leve chasquido metálico me hizo girar apenas la cabeza. Los ANBU habían desenvainado sus espadas.
//El sonido del miedo/. Sus corazones se aceleraron.
Pude oírlos, pude sentirlo. Les aterraba siquiera considerar la idea: Kakashi, el hijo del Colmillo Blanco, el ninja copia, una élite entre élites de Konoha… pensando en desertar. No necesitaba que lo dijeran en voz alta; sus cuerpos hablaban por ellos.
Volví a mirar a Kakashi mientras me estiraba. Con un leve gesto de mano, tome Kubikiribōchō. Saque la hoja colosal del suelo con un eco metálico que cortó el silencio. Vi la reacción inmediata en su rostro. El recuerdo de Zabuza lo sacudió, como una sombra que nunca lo había dejado. Delante de la hoja, formé sellos manuales que le resultaban dolorosamente familiares.
—Chidori —. Susurró, con asombro y desconcierto. No era posible. Sasuke tardó un mes en dominarla, y eso con la ventaja del sharingan.
Lo observé con una mezcla de respeto y lástima. El Naruto antiguo lo habría llamado “sensei” con orgullo, incluso tras tantos fracasos. Kakashi le falló como maestro. Nunca estuvo realmente preparado para formar a alguien. Demasiado roto, demasiado cansado, siempre ausente en los momentos cruciales. No me enseñó lo que necesitaba aprender. No corrigió mis errores.
Y sin embargo cuando se volvió mi sensei, fue mas como un hermano incómodo, como figura silenciosa al margen de mi vida, fue decente. Estaba allí, no cuando más lo necesitaba, pero sí lo suficiente como para que no me sintiera del todo solo. Fue uno de los pocos que alguna vez mostraron bondad real. Me llevó a comer ramen no por obligación, sino porque entendía lo que era comer solo. Me trajo comida fresca, asegurándose de que tuviera algo mejor que sobras.
Nunca me dio palabras inspiradoras ni grandes lecciones, pero sí gestos pequeños, casi imperceptibles, que el viejo yo atesoraba como si fueran tesoros. Él, un hombre moldeado para la guerra, intentó torpemente, hacerme sentir parte de algo. Aunque fuera a su manera rota y distante, lo intentó. Y para un niño que nunca tuvo nada, eso era mucho más de lo que el resto dio.
Por eso le ofrezco esto. No como enemigo o por una estrategia. Le hablo en nombre de ese Naruto que ya no existe, pero que aún vive dentro de mí. El niño que deseaba un hermano, una guía, alguien que no lo abandonara. Esa parte de mí, aunque enterrada, todavía quiere salvarlo.
—Es tu última oportunidad, Kakashi. Ven conmigo. Únete a mí y busca tu felicidad. Puedo ver que odias esta vida. Odias ser un asesino. Pero es lo único que sabes hacer. Te criaron para eso. Conmigo no tendrás que serlo nunca más—.
Kakashi me miró con pesar. Lentamente, se colocó la máscara ANBU, y yo solté un suspiro triste al ver que había tomado su decisión… y, con ello, me obligaba a tomar la mía. Konoha debía debilitarse. Todas las aldeas debían hacerlo. Suna ya estaba tambaleando, un simple soplo bastaría para derrumbarla. Kiri estaba en ruinas tras las purgas de sangre. Kumo… pronto perdería al Hachibi y al Nibi en mis manos. E Iwa, cuando la visitara, se quedaría sin sus dos jinchūriki. Uno por uno, los pilares del mundo ninja caerían.
Konoha aún resistía. Incluso sin mí como activo, como jinchūriki, seguía fuerte. Pero eso podía cambiar. Kakashi sería el golpe que necesitaban.
El Chidori crepitaba en mi mano, y al tomar a Kubikiribōchō, el rayo la envolvió. La hoja inmensa zumbaba como si estuviera viva, cubierta por rayos que danzaban sobre su superficie. Esta vez, el consumo era casi nulo. Mi cuerpo estaba sano. Mi control de chakra magnitudes superior.
Los ANBU estaban listos. Sus corazones latían como locos, nerviosos, al borde de romperse. Puro instinto de supervivencia. Pero Kakashi… él era diferente. Su corazón latía rápido pero no erráticamente. Era un ritmo firme, taimado y eso lo convertía en un verdadero elite. Aun así, sabía que estaba a punto de hacer algo que marcaría un antes y un después. Konoha tenía que entender el mensaje. El mundo debía sentirlo.
/Kurama, ¿estás ahí?/. Me comunique con el zorro.
El zorro gruñó, molesto.
“¿Por fin dejaste de ser emo, mocoso? Tus hembras están preocupadas. Están a punto de salir a buscarte.”
Hice una mueca ante esa información. Me esforcé por respirar profundamente, llenando mis músculos de oxígeno, preparando mis cuerdas vocales y estabilizando el pulso.
/ Primero no son mis hembras, pero diles que estoy bien. Que volveré pronto. Pero dejando eso de lado… necesito mandar un mensaje a Konoha. ¿Me das una mano, viejo zorro?/.
Un gruñido fue toda su respuesta y eso bastó. Chakra bijū se coló por el sello, ardiente y crudo como lava viva. De inmediato, entré en el estado de tres colas. Un manto denso, oscuro, burbujeante, cubrió mi piel como agua hirviendo. Pero no me dañaba. Mi cuerpo ya era demasiado resistente para eso. En cambio, para mis oponentes… fue un infierno. Sus corazones, ya tensos, comenzaron a latir desbocados. Enfrentar a un jinchūriki con control, aunque parcial, no era algo que cualquiera pudiera soportar.
A través de los agujeros de la máscara ANBU, pude ver el Sharingan de Kakashi girando salvajemente. Incluso él comprendía que enfrentarse a un jinchūriki sin darlo todo era una locura. Sus manos se movieron con velocidad para formar los sellos del Raikiri, pero yo fui más rápido. Balanceé la inmensa hoja de Kubikiribōchō con una presión de chakra y fuerza bruta que rompió el aire, generando una onda cortante. Kakashi apenas esquivó a tiempo; un paso más lento y habría perdido la cabeza.
Los ANBU se lanzaron sin dudar, reconociendo finalmente que yo no era solo un objetivo, era una amenaza. Inhalé con fuerza, mis pulmones se llenaron de qi, mis cuerdas vocales se tensaron como acero al rojo vivo. El qi fluyó con violencia.
—Técnica Terrenal: Rugido de León, Primera Etapa —.
La onda de infrasonido se expandió como un latigazo invisible. Todos a mi alrededor perdieron el equilibrio de inmediato, tímpanos perforados, cerebros confundidos. Mientras los ANBU tambaleaban, balanceé el lado romo de mi espada como un martillo, dejándolos fuera de combate con un solo golpe. En el pasado, esta técnica habría destrozado mi garganta… ahora solo la sentía irritada. Una muestra del abismo que separaba al antiguo Naruto del que soy ahora.
Sentí un cambio bajo mis pies. Apreté los dientes, levanté el pie y lo estampé contra el suelo. El clon de sombra que Kakashi había enterrado para su técnica de Decapitación Oculta fue dispersado por la onda expansiva. Su intento fue astuto, pero mis sentidos aumentados lo delataron desde el primer crujido en la tierra.
Volví mi atención al verdadero Kakashi, que ahora se curaba los oídos con un jutsu médico básico. Me sorprendió pues no recordaba que supiera Palma Mística… pero tenía sentido. Un ANBU de su calibre debía tener conocimientos de sanación.
No podía permitir que se recuperara. Me lancé de inmediato, moviendo la espada como un vendaval para golpearlo. Los ANBU restantes se interpusieron. Quizá entendían que Kakashi era su única esperanza. Sus espadas chocaron contra mi piel, pero no me atravesaron.
El absurdo de mi resistencia física las volvió inútiles. Uno, posiblemente un jōnin, intentó con una hoja recubierta de viento. La técnica logró perforar la dermis… pero no el músculo. Rebotó, impotente. Uno por uno, los dejé inconscientes, aún reacio a matar sin necesidad, después de todo eran débiles, no representaban amenaza para mi.
Kakashi retrocedió. Ya recuperado, extrajo su tantō y lo apuntó hacia mí. Para mi incredulidad, pronunció una técnica que no se suponía que conociera.
—Chidori Nagashi —.
Un relámpago se extendió como una lanza eléctrica en mi dirección. Por puro reflejo, levanté a Kubikiribōchō y usé su tamaño como escudo. La hoja, cubierta también por rayos detuvo el ataque. El impacto fue amortiguado, anulado por la naturaleza gemela del chakra. Bajé la espada y lo miré, desconcertado.
—¿Cómo…? ¿De donde sacaste ese jutsu?—.
Kakashi no respondió de inmediato. Un clon eléctrico emergió, distorsionando su chakra con genjutsu para camuflarse. Podía seguirlo por el sonido de sus pasos… pero no me importaba. No aún. Necesitaba entender.
—Fui yo quien creó el Chidori hace más de una década. ¿No es lógico que también lo perfeccionara? ¿Que desarrollara nuevas versiones?—. El respondió inclinando la cabeza con curiosidad ante mi duda.
Me quedé en silencio.
Tenía razón. En el canon, Kakashi creó el Chidori, y más tarde lo refinó como Raikiri. Nunca se explicó realmente cómo Sasuke obtuvo el Chidori Nagashi con Orochimaru. Pero esto no era un manga. Era un mundo real. Lleno de variables, de lógica, de experiencia acumulada. Y Kakashi… él nunca fue un personaje secundario aquí.
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Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.
Este Naruto tiene moral. No es un asesino sediento de sangre ni un monstruo que repite a Maquiavelo como si fuera un mantra. No actúa desde el pragmatismo frio y absoluto, porque ya existen demasiados protagonistas así.
Bueno, Naruto demuestra una vez más lo impulsivo que puede ser. El miedo a perderse en Asura lo lleva a romper una de sus propias reglas. La esclavitud está mal, pero este pequeño colapso también era necesario para que se dé cuenta de lo ingenuo que es pensar que puede sobrevivir en este mundo con un código moral tan estricto. Tiene métodos para asegurar la lealtad de cualquiera, pero teme arrebatarles el libre albedrío. Ahora que ha cruzado esa línea, veremos cómo decide avanzar.
Por otro lado, siempre me ha parecido bastante absurdo que Sasuke desarrollara tantas variantes del Chidori, mientras Kakashi simplemente dejara de lado la técnica. Es mucho más creíble que Kakashi haya sido quien creó todas esas variantes, y que Sasuke solo las haya replicado con la ayuda de Orochimaru. Kakashi usa más el Raikiri porque es una técnica superior en varios aspectos, no porque haya olvidado el Chidori.
En el próximo capítulo planeo darle más respeto a Kakashi durante la pelea, demostrando por qué es el legendario Ninja Copia. Esta vez no tendrá que proteger a nadie, así que podrá pelear con todo su potencial.
Por último, recordarles que Naruto sigue siendo un peleador torpe. Es un maldito tanque físico con poder bruto en cantidades absurdas, pero todavía carece de variedad técnica. Más allá del Rasengan, el Chidori, los clones de sombra y un puñado de habilidades de Mokuton, su repertorio sigue siendo limitado. En cuanto a qi, apenas domina un par de técnicas.
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