Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 26
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Capítulo 26: Miseria
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
— Biju hablando —
/Biju pensando/
“Dioses hablando”
Pov Neji
El prodigio del clan Hyūga se desplazaba ágilmente entre los árboles, su equipo detrás lo seguía silenciosamente. No hacía mucho que habían desembarcado en las costas del País del Fuego, liberados al fin del extraño y prolongado cautiverio que Naruto Uzumaki les impuso. Sin embargo, uno de sus miembros no los había acompañado. Sakura Haruno había decidido quedarse atrás, pese a las repetidas advertencias de Neji.
Sakura Haruno se había quedado. Contra toda lógica, a pesar de sus súplicas, advertencias e incluso órdenes, la kunoichi del equipo siete se negó a regresar. Eligió permanecer junto a su antiguo sensei, Kakashi Hatake, que aún no podía caminar. Neji suspiró. Tendría que explicar eso al Hokage… y no sabía cómo sería recibido.
Llevó la mano derecha a su frente, por debajo del protector de la aldea. Ahí, aunque su piel estaba limpia, sentía aún el eco del sello del Pájaro enjaulado. Ya no sentía esa marca asfixiante, pero la marca emocional seguía impresa en su memoria. Desde niño vivió encadenado a ese símbolo, a esa sentencia injusta que le impusieron por nacer en la rama equivocada. Había odiado a su familia, a su clan, y al destino que se burlaba de su talento.
Pero ahora era libre, libre gracias a quien alguna vez llamó fracasado, a ese mismo muchacho que lo venció y le mostró cuán errada estaba su creencia en un destino inquebrantable.
Flashback
Neji fue conducido hasta una casa sencilla, hecha de madera firme y tejados curvos, sin lujos pero limpia y sólida. Allí, sentado en el centro del piso, lo esperaba Naruto Uzumaki, su cuerpo ahora el un adolescente como debía ser, en lugar de un infante aunque su mirada decía otra cosa. Neji no sabía por qué lo habían llamado, pero mantuvo la compostura. Hasta ese momento los habían tratado con decencia, pese a ser prisioneros, y no pensaba poner en riesgo la situación de sus compañeros por hablar de más.
Naruto estaba grabando el suelo con sellos complejos. Los símbolos, incomprensibles para el prodigio de los Hyuga, eran intrincados y elegantes. Neji lo observó en silencio, sorprendido. Alguna vez pensó que ese muchacho era un fracaso, una muestra mas de que el destino es inamovible. Pero Naruto siempre encontraba la forma de desmontar lo preestablecido, de arrastrar al mundo por el camino que él mismo construía, como si las leyes que ataban a los demás no fueran más que sugerencias para él.
Cuando terminó, Naruto se giró con el ceño fruncido.
—Neji, tengo una propuesta para ti… pero primero debo mostrarte que puedo hacer lo imposible—.
Llamo a alguien afuera, y uno de sus seguidores entró con un cerdo. Neji apenas arqueó una ceja sin moverse. No entendía qué planeaba, pero algo en su instinto le pedía que esperara y que observara. El animal fue colocado dentro de uno de los dos círculos tallados. Neji fue guiado al otro. El ambiente se volvió más pesado, como si el aire cargara chakra, tensión… y destino?.
Naruto activó el sello. En el instante siguiente, un fuego invisible le mordió la frente. No era solo dolor físico, era como si algo arraigado y podrido se arrancara de su alma. Ahogó un grito en su garganta, su mirada sin embargo, se fijó en el cerdo. Lo que vio lo dejó paralizado, sobre la frente del animal, lentamente, comenzó a dibujarse el símbolo del Pájaro enjaulado.
El proceso duró solo segundos, pero pareció eterno. Cuando todo terminó, Naruto se acercó y le tendió un espejo de metal bruñido. Neji lo tomó con manos temblorosas, por primera vez en mucho tiempo. Al mirarse, quedó mudo. Su frente estaba limpia. Por completo, sin sello, sin cadena. Solo piel pristina.
Fin del flashback
Neji sintió el peso ilusorio del falso sello del Pájaro enjaulado sobre su frente. Un simple engaño, una fachada cuidadosamente construida por Naruto para que nadie sospechara que había sido liberado. A simple vista parecía idéntico al real, una cicatriz humillante de subordinación. Pero no era más que tinta y chakra, un disfraz para ocultar su libertad.
El verdadero regalo que le otorgo esa contradicción andante que era Naruto era otro, un Exibris único, un sello de estampado. Naruto lo llamó un “faro”, un sello que podía estamparse sobre otros miembros de la rama secundaria. Cuando llegara el momento, todos los marcados serían convocados con un jutsu similar al Hiraishin. No habría alboroto, solo una evacuación instantánea hacia la Isla del País de las Olas. Era una promesa. Libertad para todos, no solo para él.
Naruto no exigía fidelidad ciega; ofrecía libertad y una ciudadanía plena en lugar de la esclavitud impuesta por la rama principal. Solo pedía lealtad y que cualquier objeto, conocimiento o vestigio del clan Hyūga vinculado a la Luna le fuera entregado. No entendía del todo el motivo de ese interés, pero lo consideraba un precio irrisorio a cambio de romper para siempre los sellos esclavizantes de sus parientes. No hubo órdenes ni chantajes, solo una elección honesta, y Neji ya había tomado la suya.
Ahora caminaba entre los árboles en dirección a Konoha, pero no regresaba como prisionero. Avanzaba con el peso de una promesa sobre los hombros y el estandarte invisible de un libertador. Cada paso lo acercaba a aquellos que aún no sabían que podían ser libres. Su regreso no era una rendición, sino el inicio de una ruptura largamente postergada.
Naruto también le ofreció otro camino, quedarse, empezar de nuevo, vivir sin cadenas ni responsabilidades ajenas. Neji pudo haber aceptado, pudo haberse permitido esa paz, pero no lo hizo. No podía, no mientras otros de su sangre seguían marcados. Muchos en la rama secundaria habían nacido creyendo que el sello era parte de su carne; otros lo aceptaban por miedo, por costumbre o por una lealtad mal dirigida. Neji los arrancaría de esa prisión, incluso si debía arrastrarlos. Porque solo sin la marca podrían, por primera vez, elegir a quién amar, a quién seguir… o a quién desafiar.
Y si para lograrlo debía escupir en el rostro de la rama principal, o traicionar a una aldea que permitía la esclavitud de sus propios shinobi… que así fuera. Ya no era un peón. Era un hombre libre con causa propia. Y su causa era clara, quebrar las cadenas que el clan llamaba tradición.
/Tal vez debería llevarme a Hinata-sama y Hanabi-sama…/. Una sonrisa critica curvó sus labios mientras avanzaba por las ramas húmedas.
/Se encariñaron con Naruto antes de que él se fuera. Sería irónico… que el “fracaso” les ofreciera la única libertad que su linaje jamás les daría/.
Sin cadenas en la frente ni en el alma, marchaba hacia su prisión natal… Neji Hyūga, por fin libre, volaba hacia su prisión… solo para quemar los barrotes desde dentro.
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POV Naruto
Me senté en mi pequeña morada, pensando en aquellos como Neji. Un esclavo demasiado joven, atado a la servidumbre, marcado como ganado y entrenado para matar desde la infancia, como tantos otros niños en este mundo de mierda. Llámenme hipócrita, demente o lo que quieran, pero esta vida, este yo, seguía marcado por las creencias de mi otra existencia. Los niños soldados siempre me habían repugnado.
Era consciente de que existían en muchos lugares de mi otra vida tambien. África, América, Asia, Europa; cada continente tenía los suyos, lo sabía bien. Entenderlo no lo hacía aceptable, jamás lo haría. Como cualquier persona mínimamente normal, la idea me revolvía el estómago. No importaban las excusas, las banderas ni las tradiciones; usar niños como armas era una línea que no pensaba cruzar.
Soñaba con un lugar seguro para ellos, un sitio donde no se enviara a críos de siete años al frente de batalla ni se les enseñara a matar antes siquiera de haber perdido todos los dientes de leche. ¿Un pequeño capricho mío? No, simplemente algo que cualquiera haría si tuviera el poder para hacerlo, a menos que fueras un loco. Tal vez era ingenuo, pero no podía concebir un futuro que no incluyera eso.
Me reí de mis propios pensamientos. Ya estaba algo loco, no lo negaba. Nadie que cultivara durante tanto tiempo permanecía del todo cuerdo; la reclusión constante terminaba aflojando algunos tornillos. Aun así, seguía teniendo mis caprichos, y este era uno del que no pensaba desprenderme, por más absurdo que pareciera en este mundo.
Me senté a servir té, hundido en la introspección, repasando todo lo que había fallado. Nada salía perfecto, nunca lo hacía. ¿Anko? La cagué por confiado. ¿El clan Fūma? Un complejo de héroe me empujó a ayudarlos sin medir del todo las consecuencias. ¿Gaara y su familia? Un apego heredado de mi yo anterior como Naruto, difícil de arrancar de raíz.
¿Karin? Remordimiento puro al conocer su pasado. ¿Kabuto? Un instante de miedo e ira, una debilidad que no supe ocultar. Como cualquier otro humano me equivoqué, fallé y me atormenté por mis errores, pero me tragué el asco y el miedo y seguí adelante. Después de todo, este mundo está condenado si no intervengo.
—Todo sería más fácil si fuera un vagabundo asesino como esos otros que fueron arrojados a mundos de ficción. Matar sin miramientos, ser un edgylord viendo solo yo, y yo, y yo, dejando todo y a todos por mi propio bien, sin hacer apegos y tratando a los demás como herramientas. Pero esos tipos son repugnantes; no miran atrás, no sienten que hicieron mal. Yo me he equivocado, he fallado, la he cagado—.
Sostuve con fuerza el libro de cultivación, mi trampa personal. Lo abrí y avancé hasta una sección concreta: cultivadores demoníacos, sectas heréticas, o cualquier nombre que se les diera a aquellos que iban contra la mínima moral que aún conservaban los cultivadores, si es que realmente tenían alguna. No era mucha en primer lugar, y aun así lo que leía hacía que el estómago se me revolviera.
Leí sobre una píldora de verdadera sangre y, por Dios, era horrible. Moler niños, jóvenes y adultos hasta volverlos pasta, refinarlos hasta obtener píldoras de bajo grado. Una sola aumentaba la esperanza de vida en diez años y permitía saltarse cinco años de cultivo, pero requería decenas de personas. Y esa era de las más “normales”, métodos simples para ganar poder al precio de abandonar por completo la humanidad.
Otros lo harían sin dudar. Esperarían una masacre como la del clan Uchiha y molerían a todo el clan para fabricar píldoras, usando cualquier método a su alcance, sin límites ni remordimientos. Por eso ellos ya eran dioses, comparados con el tiempo que a mí me había tomado llegar apenas a un nivel kage sólido. Yo había elegido un camino más lento, y también más pesado, pero todavía podía mirarme al espejo.
Suspiré, cansado, dejando que el amargor del té me devolviera un poco de claridad. Cada decisión que tomaba parecía la más torpe, la más problemática posible. A veces deseaba poder ser como esos protagonistas de ficción que confían sin pensar, que avanzan sin dudar y todo les sale bien. Yo no podía permitirme eso.
Tuve que recurrir a la Matriz de la Verdad incluso para confiar mínimamente en otros. La usé en algún punto con todos, con los Fūma, con Temari, con Fū, con Karin. Cada lazo, cada conexión real, era un peso añadido a mi avance. Al menos eso dirían muchos.
Pensé entonces en lo que ya podía hacer. ¿Ganar poder? ¿Conseguir maestros para aprender a pelear mejor? La invocación de los sapos, la invocación inversa… el clan Toad ofrecía demasiadas ventajas, pero también demasiadas incógnitas. ¿Eran leales a Jiraiya o aliados independientes? Si Jiraiya lo pedía, ¿me invocarían inversamente para llevarme ante él? ¿Ma y Pa me entrenarían de verdad, o intentarían arrastrarme a la dichosa profecía del viejo sapo, convenciéndome de que debía ser entrenado por Jiraiya?
No confiaba en los sapos. El jefe me había salvado más de una vez y por eso le guardaba gratitud; si alguna vez necesitaban mi ayuda, acudiría sin dudarlo. Aun así, seguían siendo una incógnita, especialmente cuando pensaba en el Modo Sabio. Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas claras.
Suspiré mientras divagaba. ¿Cómo otros protagonistas tomaban decisiones tan fáciles? A estas alturas ya tenían su harén, de dudosa moralidad ya armado, persiguiendo versiones más jóvenes de Hinata o Ino de las que yo conocía, o saltando sin pudor hacia mujeres cuarenta años mayores como Tsunade. Todo les resultaba sencillo, directo, sin fricciones. Un viaje de poder puro y duro, sin detenerse a pensar en las consecuencias.
Yo no. Yo era un tipo sin talento natural para la pelea cuerpo a cuerpo, alguien que tuvo que hacerse pedazos para poder siquiera acceder al qi. Un cuerpo destruido hasta los cimientos por una infancia de mierda, que tuve que rehacer con dolor, paciencia y errores. Cada avance costó algo, y casi siempre fue demasiado doloroso.
Y ahora, como si eso no bastara, tenía que meterme en política. Pactos, clanes, intereses cruzados. Realmente, lo único que quería era irme a una montaña, encontrar una cueva olvidada y cultivar durante un par de décadas, lejos de todos. Pero ese lujo no existía. No para alguien que ya había decidido intervenir en un mundo condenado.
Antes de que pudiera hundirme del todo en la depresión, una pelirroja me interrumpió con comida. Tenía píldoras, muchas, pero aun así no le gustaba que me saltara las comidas, como si el simple acto de comer fuera una línea que no debía cruzar. Su presencia cortó el espiral de pensamientos de golpe, devolviéndome a algo más simple, más real.
Le di una palmadita distraída en la cabeza mientras comía. Karin frunció el ceño y se quejó, inflando las mejillas en un puchero exagerado, pero no se apartó. Ese gesto, tan pequeño y cotidiano, alivió el ruido constante en mi mente más de lo que cualquier técnica lo habría hecho.
—Tienes el alma de un viejo. Ahora come, no te saltarás más comidas—.
Solo le sonrei
/Oh, cuánta razón tienes, pequeña Karin/. Pensé divertido ante su acierto.
Miré mis papeles dispersos y decidí volver a un tema menos deprimente que mis complejos morales y mi lento descenso a la locura. Había asuntos prácticos que no podían esperar, aunque tampoco ofrecieran consuelo. Pensar en ellos al menos mantenía mi mente ocupada, lejos del abismo.
Con la partida del equipo de Neji también se fue una de mis mayores apuestas a corto plazo. Todo dependía de que aceptara el trato y comenzara a marcar con el sello de estampado a los miembros de la rama secundaria. Podía, en teoría, entregarlo todo a Konoha, pero honestamente no creía que lo hiciera. El sello de la verdad lo había dejado claro, su deseo de liberar a su gente era genuino. Aun así, una persona podía cambiar de opinión, y si eso ocurría, tendría que improvisar.
El verdadero problema era otro, la matriz de teletransportación. Detestaba todo lo que implicaba, no por lo técnico, sino por lo filosófico. Analizar y descomponer un cuerpo para reconstruirlo en otro lugar no era moverse, era morir y renacer como una copia. Esa era la verdad detrás de la teletransportación. No me gustaba y no quería que se hiciera así.
El verdadero problema era otro: la matriz de teletransportación. Detestaba todo lo que implicaba, no por lo técnico, sino por lo filosófico. Analizar y descomponer un cuerpo hasta el último patrón de chakra, información y materia para luego reconstruirlo en otro punto del espacio no era moverse. Era morir, y lo que aparecía al otro lado no era la misma persona, sino una copia perfecta con recuerdos intactos, convencida de ser el original. Esa era la verdad incómoda detrás de la teletransportación.
Podía justificarlo con eficiencia, con resultados, con estadísticas de éxito, pero no conmigo mismo. No importaba cuán limpia fuera la técnica ni cuán indoloro el proceso. La continuidad de la conciencia se rompía, y para mí eso era una línea imposible de ignorar. No quería construir un sistema que tratara a las personas como datos transferibles.
Tendría que implementar otro medio de transporte, más complejo, más lento y definitivamente más costoso, pero seguro. Uno que preservara la continuidad real del ser, no una ilusión conveniente. Aunque tomara más tiempo y recursos, ese precio era preferible.
Le di a Neji un límite de dos meses. En la luna llena del segundo mes, todos los marcados serían trasladados. Suspiré al entrar a nuestro improvisado cuartel, también conocido como la casa de Tsunami. Lo primero que vi fue a Fū, roncando en el sofá sin una pizca de dignidad. Temari tomaba té con Tsunami, hablando como si fueran viejas amigas. Karin se fue a conversar animadamente con Sakura, ambas riéndose como las adolescentes que eran. Algo bueno en mis libros, al menos por ahora.
—Karin, te nombro daimyo de Wave. Adiós—. Intenté escapar como un cobarde, pero ella se lanzó hacia mí sin dudar.
Me mordió con fuerza en el hombro, aunque no pudo atravesar mi piel.
—¡Explica ahora, maldito idiota! —. Gruñó, sin soltarme.
Resignado, me senté. Expliqué lo ocurrido, los ricos e influyentes del País de las Olas habían decidido, por mayoría, que yo fuera el nuevo daimyo. Yo no quería el cargo. No me interesaba gobernar nada. Era demasiado perezoso para algo tan aburrido como administrar impuestos o gestionar cultivos.
Temari se rió, pero sus dedos escribían algo rápido en un pergamino sellado. La vi claramente. Estaba enviando un informe a Gaara. Me dio escalofríos, sabía lo ansioso que estaba por sellar una alianza política conmigo. Ahora, como daimyo aunque fuera de un país pequeño tenía la excusa perfecta para lanzarme a Temari… probablemente con vestido ceremonial y todo.
/La política es peligrosa, Kurama/. Comente al viejo zorro en el sello.
“Más peligroso que pelear con dioses, claramente”. Respondio divertido de mi sufrimeinto.
/¿Y si solo fingía mi muerte? ¿Es demasiado tarde para eso?/. Pense en la opción, pero la descarte.
-—Muy bien… —. Suspiré al sentarme con resignación.
—No tengo una forma razonable de escapar del cargo con la ciudad que estoy construyendo—.
La riqueza del mar que Nordrassil proporciona, el aumento de la pesca, el clima templado, el crecimiento milagroso… la gente probablemente no se opondrá a que me nombren daimyo. Y siendo sincero, ya planeaba apoderarme de este país. Esto solo facilita las cosas.
Clavé los ojos en Karin. Ella se sonrojó levemente y se removió incómoda, fingiendo revisar sus papeles como si no me escuchara.
—Aún tengo cosas que hacer fuera de Wave. Así que necesito a alguien que se haga cargo en mi ausencia. La mejor opción… eres tú, Karin. Eres una Uzumaki, al igual que yo. No tendrás responsabilidades reales, no te haré cargar con eso, solo necesito el apellido en el cargo mientras estoy fuera. Necesito una figura que los burócratas reconozcan, y tú eres perfecta para eso—.
—¿Me estás haciendo regente solo por genética y conveniencia? —. Preguntó con una sonrisa torcida.
—Qué amable de tu parte, Naruto—. Dijo sarcásticamente la pelirroja.
Me giré hacia Temari. Tenía los brazos cruzados y una ceja arqueada, ya esperándose que le asignara algo.
—Y tú eres la única ninja fuerte que puede mantener al Clan Fūma a raya. Aunque me vean como su “líder”, siguen siendo shinobi. Buscarán siempre lo que beneficie más a su clan. Tú, por otro lado, tienes a Suna observándote, y te conviene que yo siga en el poder. Así que confío en ti para mantenerlos lejos de cualquier estupidez—.
—Oh, claro —. Dijo, fingiendo entusiasmo.
—Nada me emociona más que vigilar a un montón de rebeldes armados mientras tú sales a jugar al héroe continental—.
/Confío hasta cierto punto en Sasame, pero su lealtad estará siempre con el Clan Fūma. Para ella, el clan es prioridad. Necesito a alguien de afuera, alguien fuerte, que los vigile con objetividad. Temari es ideal. Nadie en ese clan podría derrotarla/.
Fu se desperezó desde el sofá, aún medio dormida.
—¿Y yo qué? ¿Me vas a dejar cuidando niños otra vez?—.
—No, tú vienes conmigo. No puedo dejarte sin vigilancia con Taki seguramente buscándote… y porque sé que vas a seguirme igual aunque te diga que no—.
—¡Obvio! ¿Qué clase de compañera sería si no? —. Sonrió, mostrando los dientes con una sonrisa demasiado inocente.
—Además, aquí se están volviendo demasiado serios—. Murmuro molesta ante la gente que se había movido y empezaba a reclamar tierras.
Me volví hacia todas con tono firme.
—Una vez la barrera esté lista, partiré al amanecer. La barrera mantendrá al país a salvo de intrusos. Se impondrá ley marcial, los comerciantes podrán salir, pero solo podrán entrar los mismos que salieron. Ninguna entrada extranjera hasta que regrese. Quiero todo bajo control—.
Todas me miraron con expresiones distintas: Temari, evaluando riesgos. Karin, preocupada y molesta por tener que fingir ser política. Fu, contenta de poder salir. Pero eran las más confiables.
El Clan Fūma velaría por su bienestar… pero sobre todo por el suyo. Fu era demasiado peligrosa para dejarla sola. Karin, aunque gruñona, era brillante. Temari, era la mayor en quien podía poner mas responsabilidad, era el equilibrio perfecto. No me gustaba dejar Wave sin mi presencia… pero confiar en los ancianos sería como entregar un mapa a enemigos y políticos ambiciosos.
Solo en estas mujeres confiaba para que pudieran sostener mi obra. Además, tenía fe en que Tsunami podría mantener a raya al pueblo. Era respetada, querida y, si eso fallaba, un poco de intimidación de parte de Temari bastaría para que los civiles se comportaran hasta mi regreso. Teníamos la ventaja de un futuro próspero, y todos sabían que arruinarlo sería su ruina.
Me puse de pie y me dirigí hacia la celda donde Kakashi seguía retenido. Sakura estaba allí, cuidándolo. El ciclope ya había despertado, pero seguía sujeto por el Mokuton; su chakra era drenado lentamente, dejándolo demasiado cansado como para escapar o resistirse. El Clan Kamizuru seguía en la misma celda, recuperándose de sus heridas. Tenía planes para ellos, pero primero… debía hablar con nuestro viejo maestro.
Me senté frente a Kakashi y, como era costumbre ya, llevé licor. Esta vez le pasé una copa a Sakura también. Aún era joven, pero quería incluirla en este momento, excluirla seria malo para la confianza de la joven. Dudó unos segundos, pero aceptó.
—Brindemos con nuestro sensei. Nunca tuvimos la oportunidad… y como van las cosas, esta podría ser nuestra última chance de hacerlo—.
Sakura bajó la mirada. Sus dedos apretaron la copa con suavidad, como si temiera romperla, y murmuró con voz baja.
—Falta Sasuke…—.
Pero se tragó las palabras antes de que terminaran de nacer. Aún lo recordaba y ella aún lo estimaba. Pero en sus ojos ya no había esa ceguera que antes nublaba todo. Era tristeza lo que había en esos ojos verdes. Era duelo pero ya no era dependencia. Ya no era obsesión, y eso era una mejora.
Kakashi sonrió levemente, apenas alzando la comisura del labio bajo la máscara, y entrecerró su único ojo visible. A pesar del moretón hinchado que le cubría parte del rostro, parecía más tranquilo que antes, como si vernos juntos hablando, brindando aliviara algo en su pecho. Le liberé uno de los brazos del Mokuton. No podía confiar del todo en él aún, pero merecía al menos este gesto.
Tomó la copa con lentitud, observando el contenido ámbar que se movía en su interior como si escondiera respuestas.
—Lamento haber sido un maestro tan malo —. Murmuró finalmente, sin levantar la vista.
—Debería haberles enseñado más. Mucho más—.
Hubo un silencio pesado.
Sakura, aún con las mejillas encendidas por el alcohol y el momento, bebió un sorbo tembloroso. El licor le quemó la garganta, pero también le dio valor.
—No nos enseñaste nada… pero fuiste amable, y siempre nos cuidaste. Nunca fuiste cruel, ni indiferente, y eso… eso fue suficiente para mí. Así que gracias por eso, Kakashi-sensei —. Dijo, haciendo una leve reverencia con los ojos brillosos.
Yo asentí, dejando que el silencio le diera peso a sus palabras, y levanté mi copa.
—Realmente eres un mal maestro —. Admití sin crueldad, con media sonrisa.
—Pero eres un buen camarada. Y eso vale más que cualquier lección. Brindo por nosotros… y por el tonto, víctima de un sistema que lo empujó a alejarse—.
Sasuke.
El nombre no lo dije, pero todos lo pensamos. Me incomodaba recordarlo, pero no podía seguir evitándolo. Era un niño, pero uno marcado por una tragedia que llevaba generaciones cultivándose en silencio. Una maldición vieja como el mundo shinobi. No lo buscaría para matarlo. Tampoco para salvarlo, solo le diría la verdad, sobre el Clan Uchiha, sobre Itachi… y él decidiría qué hacer con eso.
Si vivía o moría, dependería de su camino. Yo ya no cargaría la responsabilidad de su redención.
Sasuke era una bomba nuclear. Potencial en estado puro, alimentado por la furia de Indra. Si elegía el camino de sus antecesores… si decidía ser otro Madara, entonces tendría que detenerlo. No por venganza, sino por necesidad. Por los niños, por los inocentes, por los que no podían defenderse. Era una decisión amarga… condenar a otro niño traumatizado. Pero era necesaria.
Kakashi bebió, en silencio.
Sus ojos no decían mucho, pero lo que sí vi fue comprensión. Tal vez culpa, tal vez ambas. Pero no se excusó, tampoco intentó negar nada. Solo bebió, y compartió el momento.
Y entre el aroma fuerte del licor, la tenue luz del sol que se filtraba por la celda, y el silencio que solo los viejos compañeros pueden soportar… brindamos. Por última vez. Como el equipo que nunca fuimos. Como el vínculo que nunca supimos construir… pero que aún resistía, herido, golpeado… y vivo.
—Por el Equipo Siete —. Susurró Sakura, con un susurro apenas audible.
Brindamos juntos, y el eco de las copas chocando resonó como un viejo recuerdo mal conservado. Terminamos el licor en silencio, aunque no por falta de palabras, sino porque no eran necesarias.
Sakura fue la primera en mostrar los efectos. Sus mejillas adquirieron un tono rosado y sus ojos se humedecieron un poco, aunque no por tristeza al menos no del todo. El licor era fuerte para una joven sin resistencia, pero no lo suficiente como para derribarla. Estaba achispada, pero alerta.
—Esto… esto patea más fuerte que el sake de mi madre… —. Murmuró, parpadeando como si el mundo girara apenas un poco más rápido. Y yo anote esa curiosidad como chantaje para mas adelante.
Kakashi, en cambio, sonrió con evidente disfrute. Dio un segundo trago, lento, meditativo.
—Vaya. El mejor licor que he probado en mi vida… ¿Esto lo preparaste tú? —. Preguntó, levantando la copa vacía con una ceja alzada.
—Sí. Lo destile para el jefe Gamabunta. Quería algo que no le supiera a agua de arroz fermentado—. Me encogí de hombros.
—Así que está pensado para sapos gigantes con hígados de acero y alcohol en la sangre desde el nacimiento—.
Kakashi parpadeó. Sakura también.
—…¿Entonces por qué nos diste esto a nosotros? —. Preguntó, con una voz que mezclaba temor e incredulidad.
—Tranquilos. Le bajé la graduación. No quería que murieran… —. Respondí, fingiendo seriedad mientras me servía otra copa para el gusto.
Para mí, el sabor era bueno, ligeramente dulce, con un regusto amaderado que venía de las vasijas que use, vasijas que se curaron con el humo de la madera. Pero no me afectaba en lo absoluto. Mi cuerpo ya estaba reforzado por el cultivo, purificado hasta niveles que hacían que el veneno de un víbora me pareciera un condimento, y el alcohol de este licor… apenas me daba cosquillas.
Dejando eso de lado… era momento de hacer algo mucho más importante.
Adoptar a Kakashi.
Saqué un pergamino sellado con una matriz. Aparentemente era simple, un trozo de papel con buena caligrafía y un marco decorativo, como un contrato legal cualquiera. Pero estaba imbuido con un principio, la obediencia por consentimiento. Si alguien lo firmaba voluntariamente, su alma quedaba atada al cumplimiento del contenido, siempre y cuando el contrato no fuera modificado ni forzado, ya sea con amenazas o otras formas.
Lo coloqué frente a Kakashi con solemnidad.
—Firmarás esto, Kakashi —. Dije, con voz firme pero sin hostilidad.
—En este contrato aceptas no dejar el País de las Olas sin permiso, seguirás las leyes locales, y si te acercas a los límites, volverás por tu propia voluntad, te arrodillarás frente al regente y confesarás cualquier transgresión cometida—.
Sakura soltó un pequeño “¿Qué?” detrás de mí, pero la ignoré.
—Además, no divulgarás ninguna información aprendida en Wave ni sobre sus habitantes. Ni escrita, ni hablada, ni simbólica, ni cifrada, ni por señales de humo ni origami. Tampoco usarás invocaciones, aves mensajeras, telepatía ni métodos ninja o no ninjas para transmitir datos—.
Kakashi parpadeó, desconcertado.
—¿Estás… bien? —. Preguntó, mirando el papel como si buscara una broma entre líneas.
—Esto suena como algo que firmaría un un genin muy desesperado—.
—¿Firmas o no? —. Repliqué, señalando el espacio en blanco.
Él se encogió de hombros y firmó con indiferencia, hizo una especie de garabato. Probablemente pensaba que era alguna clase de sello que podía romperse con chakra o fuerza de voluntad si era necesario. Pobre iluso.
Apenas la tinta selló su nombre, una leve corriente de qi recorrió el pergamino. El símbolo central brilló suavemente casi imperceptible, invisible a ojos comunes. Kakashi sintió algo, lo noté por el leve escalofrío que recorrió su nuca. Pero no dijo nada.
Solté sus ataduras de madera. Él se incorporó, mirándome con confusión.
—¿Ya está? ¿Así de simple?—.
—Eres libre de vagar por Wave. Mientras recuerdes lo que firmaste. Especialmente la parte de no escapar. Esa es importante—.
Kakashi alzó una ceja.
—No planeas ponerme un collar o algo así, ¿verdad?—.
—No. Aunque no niego que consideré un sello explosivo—.
Se rió, pero era un poco nervioso. Me giré hacia Sakura, sacando otro pergamino.
—Tu contrato será similar. Pero temporal. Tres meses. Después puedes decidir si quedarte o regresar a Konoha. Si no quieres firmar, puedes marcharte ahora mismo—.
Ella abrió la boca, cerró la boca. Miró el contrato. Luego a mí, luego al vaso del licor que aún ardía en su garganta.
—…Estás muy raro últimamente, Naruto. Pero está bien, confío en ti —. Dijo, y firmó.
Pobre ilusa. Apenas la tinta se asentó, sonreí con discreción.
/Dos adopciones más aseguradas/.
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Pov Konoha
El informe aún estaba caliente, la tinta del sello ANBU apenas seco. El mensajero, de rodillas ante ella, respiraba con la cadencia rígida de quien ha corrido sin detenerse ni para sangrar. Su máscara, agrietada, dejaba entrever parte de su rostro magullado.
Por suerte o más bien, por piedad de Naruto Uzumaki todos los miembros del escuadrón habían regresado con vida. Heridos y humillados, también pero vivos. Algo que, no estaba garantizado en su linea de trabajo.
Tsunade leía el pergamino sin pestañear. Su ceño fruncido marcaba una sombra profunda sobre sus ojos.
—¿Estás seguro de lo que viste? —. Preguntó finalmente, sin levantar la vista.
—Sí, Hokage-sama—. Respondió el ANBU, con voz grave.
—El escuadrón fue neutralizado en menos de un minuto. No mató a ninguno de los nuestros. Nos desarmó y paralizó, algunos de los nuestros fueron incapaces de moverses incluso después de que él se marchó—.
Tsunade cerró el informe con lentitud.
—Y Hatake… ¿qué sucedió?—.
—Combatió brevemente. Hasta que Uzumaki… cambió.
El silencio que siguió fue pesado.
—¿Cambió?—.
—Su chakra se multiplicó. Su cuerpo… se volvió más fuerte, más rápido. Rompió el suelo con una patada. Sus golpes hacían vibrar el aire. Pensamos que eran las Ocho Puertas, pero no hubo ninguno de los signos de su uso… y sus ojos… no eran los de alguien que perdía el control por chakra bijuu—.
Tsunade se apoyó contra el respaldo de su silla, entrelazando los dedos. Cerró los ojos un instante. Tres colas, según el testimonio. Y dominio completo, eso era más que inquietante.
—¿Y Kakashi?—.
—No murió. Fue incapacitado, cuando regresé al lugar del enfrentamiento, su cuerpo ya no estaba. Había huellas. Profundas y pesadas. Con chakra aún fresco, al parecer lo arrastró… en dirección a Wave—.
Tsunade dejó el informe sobre la mesa, con un suspiro casi inaudible. Kakashi… capturado.Por Naruto, por su alumno.
/¿Lo seguiría considerando un alumno? ¿O ya era un factor externo? ¿Un poder propio? ¿Un nuevo actor político con voluntad independiente? ¿O un peligro creciente con rostro familiar?/.
No podía enviar a cualquier escuadrón a investigar. Naruto había demostrado capacidades en combate comparables a un shinobi de rango S, y los peligros en estos tiempos tumultuosos ponían a Konoha en una cuerda muy delgada en tiempos de incertidumbre.
Enviar a Jiraiya podría ser una opción. Él debería conocer a Naruto mejor que nadie siendo Jiraiya el padrino del niño. Pero un encuentro entre ellos podría derivar en un enfrentamiento… y ese era un lujo que no podían permitirse. No ahora.
El Daimyō seguía presionando por el regreso del ultimo Uzumaki masculino y tal vez el ultimo Senju masculino. Pero con esa diplomacia pasivo-agresiva que empleaban los nobles cuando algo los incomodaba demasiado como para ignorarlo.
Y lo más grave el Daimyō lo quería de vuelta por voluntad propia.
Tsunade se levantó, caminó hasta el archivador lateral y comenzó a revisar informes de misión. Anko Mitarashi estaba asignada en el País del Té, supervisando canales de información y escuchas. Una posibilidad. Su vista se desvió a un informe más reciente. El equipo 10 estaba en misión de escolta en el País del Bosque, no muy lejos del corredor que conectaba con Wave.
/Viejos compañeros de academia. No una amenaza pero si una cara familiar/.
Cerró el gabinete.
—Haré que el equipo 10 se reúna con Anko. —. Dictó en voz alta, para Shizune.
—No como fuerza operativa. Como emisarios. Si Naruto los ve, quizás no se cierre de inmediato—.
/Quizás… aún haya algo de Konoha en él/. Aunque en el fondo, Tsunade ya no lo creía.
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Pov Danzō
Danzō Shimura hojeó el informe con la calma. El símbolo de ANBU estaba marcado en la esquina. El escuadrón había regresado derrotado, humillado y lo peor, sin Kakashi Hatake. El viejo halcón tarareó en voz baja. Un gesto vacío, automático, más por hábito.
—Un activo valioso perdido… Konoha empieza a sangrar por las grietas que Tsunade se niega a sellar—. Musitó
El jinchūriki se había llevado a uno de los suyos. Eso era lo peligroso. Naruto Uzumaki ya no era un niño impulsivo. Ya no podia ser considerado un recurso. No, era una bomba de chakra descontrolada que dirigía sus colmillos a Konoha.
/Es un individuo que se revelo contra quienes debía servir. Y eso es intolerable/.
Había sido un error dejarlo campar a sus anchas en su niñez, debió vigilárselo mas. Pero Hiruzen quería fomentar un lazo familiar con el muchacho, y ahora se ve que fallo miserablemente .
/Esa clase de sentimentalismos siempre fueron un veneno para el deber/. Pensó con disgusto.
Danzō se levantó de su asiento, caminando lentamente hacia la ventana de su despacho. Desde allí, todo lo que miraba era sombra. Y eso le complacía.
Ya tenía un escuadrón preparado. Uno que no volvería con informes, solo con resultados. No eran para capturar, eran para matar. Cortar el problema de raíz. Pero aún no era el momento, no sin el recipiente listo.
Había estudiado los informes. Había un posible Uzumaki que acompañaba al sujeto, una chica. Análisis preliminares indicaban una compatibilidad genética . Ella sería capturada junto a Naruto. Los dos, preservados.
—Se extraerán sus gametos —. Dijo en voz baja, como si recitara un poema de guerra.
—Se utilizarán madres sustitutas. Se reiniciará la línea Uzumaki, esta vez al servicio de Konoha, sin voluntades rebeldes. El clan renacerá en silencio, solo utilidad—.
Naruto, entonces, sería eliminado. Pero el proceso no podía comenzar aún.
—Necesito el sello del Shinigami —. Murmuró, sus dedos apretando el bastón con frustración contenida.
Había revisado todos los archivos, los prohibidos, los sellados, incluso los destruidos. El Shiki Fūjin no se encontraba en el pergamino de técnicas prohibidas. Ni siquiera entre los secretos ANBU. Estaba más resguardado que el Edo Tensei, incluso más que los protocolos de defensa interna. Solo el Hokage tenía acceso y Tsunade jamás lo liberaría.
No por a petición, de el ni la de nadie. Especialmente si significaba la muerte del niño al que aún llamaba “mi Naruto” cuando pensaba que nadie la escuchaba.
—Sentimental y débil… como todos los Senju—.
Frunció el ceño. Incluso Orochimaru había conseguido acceder a técnicas prohibidas. Pero el Shiki Fūjin… ese era diferente. Eso era legado directo de Kushina pues realmente el sello pertenecia a Uzumaki. Probablemente bajo una protección sellada con sangre. Necesitaría otro ángulo, otra llave, necesitaba hurgar en lo que dejo Sarutobi, de alguna manera su viejo amigo conocía el sello.
Danzō se sentó nuevamente, masajeando su hombro. Aunque la carne regenerada por las células de Hashirama respondía con eficiencia, el dolor fantasma del brazo perdido persistía. Un recuerdo amargo de sus fracasos. De su humanidad.
Pero la voluntad de fuego no era ternura. Era sacrificio y si debía sacrificar cien para salvar uno… lo haría sin dudar. Siempre lo había hecho. El viejo halcón entrecerró los ojos.
—Sigo velando por ti, Konoha. Aunque todos los demás hayan olvidado cómo hacerlo—.
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Pov Azuma
El humo del cigarrillo ascendía lento, serpenteando en espirales hasta perderse entre las vigas del techo. Asuma exhaló, los labios cerrados, los ojos fijos en el retrato familiar sobre el escritorio. La figura del viejo, del Sandaime Hokage le devolvía la mirada desde un marco polvoriento. Su expresión serena parecía burlarse de todo lo que había dejado atrás.
—Viejo… realmente jodiste al clan con tus acciones… —. Murmuró, sin molestarse en contener el desprecio en su voz.
—Nunca pensaste que algo podía salir mal, ¿no?—.
Sus dedos temblaban ligeramente al sostener el cigarro. Por rabia contenida y por impotencia. El Clan Sarutobi se estaba desmoronando. Ya no quedaban aliados políticos, ni siquiera una reputación sólida a la que aferrarse. Lo único que quedaba eran sanciones. Demandas y sospechas, ademas de una vergüenza demasiado pesada para arrastrarla solo.
Su hermano mayor, otrora un alto cargo ANBU, ahora degradado y bajo investigación. El clan entero, reducido a una sombra de su gloria, quedaba al borde del exilio político dentro de su propia aldea. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabían, los Sarutobi se habían beneficiado demasiado. Y durante demasiado tiempo.
El humo del cigarrillo le ardía en la garganta más de lo habitual. Asuma lo dejó colgar entre los labios mientras sus ojos recorrían, por enésima vez, el informe sellado sobre su escritorio. Papeles oficiales, números, confiscaciones, sanciones… y una lenta pero irreversible caída hacia el descrédito total.
El Daimyō había sido claro. Las tierras que antaño pertenecieron al Clan Uchiha, antes del incidente del Kyubi, parcelas enteras en el corazón de Konoha que su padre otorgo al clan Sarutobi serían oficialmente expropiadas. Un 30% de lo recaudado en su venta sería depositado en cuentas inactivas a nombre del linaje Uchiha. Aunque Sasuke hubiera desertado, se esperaba que algún descendiente directo heredara los fondos en el futuro. El 70% restante, por supuesto, pasaría a engrosar las arcas del feudo del señor feudal.
Pero eso era solo la punta del iceberg. Los Sarutobi también estaban pagando, y caro.
El clan había sido obligado a ceder una parte sustancial de sus activos líquidos como reparación directa al niño Uzumaki. ¿La razón? El fraude patrimonial silencioso cometido por Hiruzen durante sus mandatos. Documentos archivados con su firma legalmente vinculantes demostraban que había redistribuido las tierras que originalmente pertenecían a Kushina Uzumaki, heredadas a su vez de los Senju por parte de Mito-sama. Tierra otorgada a la primera Jinchuriki como dote matrimonial cuando se caso con el Shodaime.
Su padre el Sandaime convirtió esas tierras de Uzumaki en en favores políticos y alianzas temporales.
—Un niño que ni siquiera tuvo un hogar… y tú le quitaste hasta sus raíces —. Espetó con amargura, mirando la vieja foto del Sandaime en la pared.
—Un antiguo templo que cayo en el incidente del Kyubi, ahora convertido en centro comercial de lujo… y ahora todos esos clanes que se beneficiaron tienen que pagar alquiler, y ellos nos culpan por eso—.
La ironía era asfixiante. Esos clanes Nara, Yamanaka, Akimichi, Kurama, incluso algunas ramas de los Aburame que antaño se aliaron con los Sarutobi, ahora se daban la vuelta, resentidos. Debían pagar arriendo a un adolescente por operar en propiedades que antes creían suyas.
El templo Uzumaki, antiguamente parte del sistema de sellado del jinchuriki, fue demolido tras el ataque de la bestia, y Hiruzen vendió esas tierras a bajo costo, encubriendo la transacción bajo la excusa de “recuperación económica”. Una excusa que le granjeó poder… y hoy, la ruina.
Asuma apagó el cigarro con un movimiento brusco, como si pudiera extinguir con ello décadas de podredumbre política.
—Y ahora yo tengo que limpiar todo esto… cargar con tu legado… cuando ni siquiera fuiste hombre para admitir tus errores antes de morir—.
El sabor amargo del tabaco le dejó la lengua seca. Se dejó caer en el asiento, la mano en la frente, intentando contener una jaqueca que venía siendo compañera habitual desde que el escándalo salió a la luz. El golpe más reciente había llegado desde la Oficina de Registro de Tierras.
Documentos desclasificados confirmaban que Mito Uzumaki, en sus últimos años, transfirió una porción considerable de las tierras Senju a Kushina como último intento de preservar la línea Uzumaki dentro de Konoha. Al morir Kushina, esas tierras debieron pasar directamente a Naruto. Sin embargo, eso nunca ocurrió. En su lugar, su padre metió mano donde no debía, repartiendo títulos, fondos y propiedades entre clanes leales. Compró lealtades con herencias que no le pertenecían.
Ahora, con todo saliendo a la luz, las consecuencias eran aplastantes. El clan Sarutobi debía enfrentar restituciones financieras no solo al niño Uzumaki, sino también al clan Senju, una entidad dirigida por Tsunade que exigía compensación por el uso indebido de su patrimonio. No era solo una cuestión de dinero, sino de legitimidad y abuso de poder.
Después de todo, casi todos estaban ya convencidos de que el niño Uzumaki era descendiente Senju, y el Mokuton había sido la prueba definitiva. Eso le dio a Tsunade la excusa perfecta para intervenir, luchar por esas tierras en nombre del niño y arrojar aún más tierra sobre los Sarutobi. No era solo justicia. Era una guerra política disfrazada de restitución histórica.
Y lo peor no era el dinero, era la reputación. Los Sarutobi, antaño el modelo de virtud, ahora eran sinónimo de corrupción, clientelismo y saqueo institucional.
Hasta Kurenai se había alejado. Asuma la había estado cortejando con éxito durante meses, pero cuando las noticias comenzaron a filtrarse, ella se distanció en silencio. No por desprecio, sino por pragmatismo. No podía darse el lujo de arrastrarse con un nombre envenenado.
Solo, así es como se sentía Asuma. Atrapado entre la sombra de un padre demasiado negligente, que paso toda su vida como un líder y no como un padre, Asuma nunca estuvo cerca del viejo y ahora tenia que cargar con los crímenes que cometió, todo para mantener en pie el tambaleante clan Sarutobi… el peso de un apellido que ya nadie pronunciaba con respeto.
Aferró la botella de sake sin abrir sobre su escritorio. Dudó, luego la apartó. El alcohol no arreglaría nada.
—¿Cómo demonios se arregla un legado roto… cuando tú mismo eres parte de él?—.
Silencio, solo el retrato del viejo lo miraba. Frío e imperturbable y Asuma Sarutobi encendió otro cigarro, sabiendo que no quedaba mucho por salvar.
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POV Jiraiya
El autoproclamado súper pervertido no se sentía ni un poco animado esa noche. Sentado sobre el monumento Hokage, justo encima del rostro pétreo de su maestro Hiruzen, contemplaba la aldea en silencio. Una copa de sake en una mano, la botella medio vacía a su lado. La vista era la de siempre, tejados grises, murallas imponentes y las luces parpadeantes de una Konoha que fingía normalidad. Demasiado orden para un lugar que se resquebrajaba por dentro.
Jiraiya lo sabía mejor, todo se estaba cayendo a pedazos, y lo más absurdo era que el epicentro fueran dos niños, apenas genin. Sasuke Uchiha y Naruto Uzumaki. Debería haber sido imposible que críos desestabilizaran una aldea militar como Konoha, pero esos dos eran mucho más de lo que aparentaban.
Por linaje, herencia, potencial, por lo que portaban. Uno cargaba el Sharingan, un dojutsu de potencial prácticamente infinito si los registros antiguos eran ciertos. El otro, la bestia con cola más poderosa jamás sellada.
La deserción del primero fue un puñal directo a la espalda. El último Uchiha leal, el único con derecho legítimo a restaurar ese nombre, huyendo como un criminal. Arrastrado por la oscuridad que su hermano sembró y que Konoha regó con silencio, secretos y cobardía. No supieron protegerlo, no quisieron hacerlo, y ahora el precio se estaba cobrando con intereses.
Y luego estaba Naruto. Ese niño… ese desastre viviente, era igual de peligroso. Jiraiya bebió otro trago, sintiendo el ardor bajar por su garganta. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro le resultaba aterrador. No porque fuera oscuro, sino porque ya no estaba seguro de poder guiarlo como se suponía que debía hacer.
El encarcelamiento del chico, su posterior escape, y todo lo que eso arrastró, puso a la aldea en jaque. El jinchūriki fuera de control. Fuera de alcance, fuera del país. Jiraiya bebió, sintiendo el ardor descender por su garganta. Las otras aldeas no eran estúpidas. Espías se movieron, exploradores tantearon las fronteras. El olfato militar es como el de un buitre, huele la sangre en la tierra.
La red de inteligencia que él mismo había tejido durante décadas estaba ardiendo, sobrecargada. Todos sus informantes trabajando al límite. Normalmente, estaría afuera, vagando de país en país, recopilando información, haciendo lo que mejor sabía. Pero no ahora.
No podía dejar la aldea. Era uno de los pocos maestros del fuinjutsu capaces de contrarrestar a un jinchūriki enemigo. Ese debería haber sido el papel de Naruto. Ya lo demostró contra el Ichibi, un niño, enfrentando a una bestia ancestral. Y ganando pero ahora ese niño estaba fuera, y Jiraiya… atrapado.
/La última defensa real de esta aldea… un viejo escritor de libros subidos de tono y con un corazón roto desde hace décadas/.
—Qué maldito chiste… —. Murmuró, alzando la copa antes de vaciarla.
La herida se había abierto aún más con la pérdida de Taki como aliado.Cuando Konoha se negó oficialmente a recuperar al Nanabi de manos de Naruto, el país oculto en las cascadas rompió su alianza. El mensaje fue claro: si no lo recuperan de manos de su ninja renegado, no hay razón para seguir confiando en ustedes.
Idiotas.
No entendían que no podían permitirse atacar a dos jinchūriki al mismo tiempo. No comprendían que Naruto no estaba solo… ni vulnerable. Técnicamente, el chico estaba bajo protección del propio Daimyō, quien, presionado por el escándalo de los fondos y tierras Uzumaki desviadas, buscaba lavarse las manos devolviéndole a Uzumaki lo que por ley y herencia era suyo.
Lealtad shinobi, honor de aldea… al diablo con todo eso. Lo que le importaba al Daimyō era la banca, la economía. El prestigio de su gobierno frente al resto de los feudos.
Y así, Konoha fue obligada a negar la ayuda a Taki. No podían autorizar una operación militar contra alguien que, en teoría, era noble por derecho y protegido del señor feudal. Se tragaron el orgullo, firmaron el silencio… y perdieron otro aliado en el proceso.
/La Aldea Oculta entre las Hojas se está secando desde sus raíces/. Pensó con amargura el pervertido.
Jiraiya lo sabía. En cada reunión del consejo donde las palabras eran máscaras, donde los ancianos hablaban de “sacrificio” y “honor” como si no fueran sinónimos de abandono y cálculo. Donde la vida de un niño, su supuesto ahijado, fue usada como ficha de cambio por conveniencia.
Él había estado allí. Había escuchado a Hiruzen hablar de protegerlo en secreto. Mentira, no lo protegieron. Lo dejaron solo, lo ofrecieron al altar del miedo para mantener la ilusión de paz. Un par de sellos, un apartamento vacío y un estipendio miserable. Eso fue todo el legado que le dejaron a Naruto. El resto… lo llenaron con odio.
Y él, el gran sabio, el legendario Sannin, el héroe de guerras pasadas… no hizo nada.
Estaba muy ocupado espiando en burdeles, recopilando información, siendo útil para “el bien mayor” y revolcándose en su culpa. No fue parte de su vida. No le enseñó nada hasta que el chico se volvió valioso. No porque fuera familia o porque fuera humano. Sino porque era el Jinchūriki. Porque el chico seria necesario.
El mocoso era una herramienta. Una carta de poder y ahora que se les fue, todos fingen que fue una tragedia imprevisible, que nadie lo vio venir. Todos hipócritas incluido el. Todos sabían que un día se rompería. Que todo niño tiene un límite pero les convenía no mirar. Igual que a él, igual que a los clanes que ahora lloran las consecuencias como si no fueran cómplices.
Bebió y el sabor del sake no quitaba la amargura, pero servía para acallarla un rato.
La aldea era primero, siempre lo fue. Se lo repitió tantas veces que ya no sabía si era lealtad o cobardía. Prefería creer que era lo correcto. Que no cuidar al niño fue una decisión dura, no una omisión miserable. Aunque cada vez le costaba más mentirse.
Podía sentir la mirada decepcionada de Minato, el joven idealista que creyó en el sistema hasta el último aliento. Y la rabia de Kushina, la furia de una madre traicionada por todos. No por enemigos, sino por los suyos. Por él, por esa maldita aldea que tanto defendía. Pero aún así bebió. Porque era más fácil callar con licor que con remordimiento.
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Pov Obito
Se sentó en su dimensión Kamui, rodeado de un vacío sin forma ni fin. Allí el tiempo no avanzaba; se plegaba, se retorcía, dejándolo a solas con pensamientos que se arrastraban como serpientes venenosas por su mente. Observó la nada como si pudiera responderle, como si en ese silencio absoluto pudiera ordenar el caos reciente.
—Naruto-chan deserto—. El nombre se le escapó con una familiaridad que no intentó corregir.
Un jinchūriki huyendo de su aldea no era algo inédito; la historia estaba llena de ejemplos. Lo que perturbaba el plan no era la deserción en sí, sino su crecimiento. Demasiado rápido, el Mokuton, control sobre el chakra del Kyubi, informes que hablaban de una voluntad imposible de quebrar.
Itachi, incluso con el Mangekyō, había sido superado. Eso no era un niño. Era una anomalía, un error en una ecuación que Obito llevaba años calculando con precisión enfermiza.
Apretó los dientes detrás de la máscara. Minato, el pensamiento apareció sin permiso, como siempre. Lo odiaba por todo lo que había perdido, por el mundo que se le había derrumbado aquella noche. Y aun así… Naruto-chan era su hijo. El hijo de Minato y de Kushina-san. El recuerdo de ella le atravesó el pecho, donde debería haber estado su corazón, incómodo, punzante, Recordo aquella sonrisa tonta y esa voz mandona que siempre se preocupaba por el.
Su mente divago alejándose de esas memorias del niño que murió cuando Rin lo hizo.
Las aldeas aún creían que Akatsuki no era más que un grupo de mercenarios. Si atrapaban a Naruto-chan ahora, el mundo reaccionaría con pánico. Los jinchūrikis serían enterrados vivos bajo sellos y vigilancia constante. Años de paciencia, de sombras y sacrificios, se perderían en un instante. No podía permitírselo, no todavía.
Había considerado someterlo, como hizo con el Mizukage. Un genjutsu sencillo, una voluntad doblada bajo el Mangekyō. Pero si lo que dijo Itachi era cierto, si Naruto-chan podía resistir algo así, entonces usar su Sharingan no solo sería inútil, sería peligroso. La posibilidad lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
La sombra del fracaso lo acechaba, y Obito no podía darse ese lujo. El plan debía esperar. El Sanbi renacería en poco más de dos años y, cuando todas las piezas estuvieran finalmente en su lugar, el Tsukuyomi Infinito daría inicio. Hasta entonces, Zetsu vigilaría. Y él observaría desde la nada, atrapado entre el rencor hacia Minato y un cariño torcido que jamás debió sentir por el hijo de Kushina-san que había heredado su sonrisa tonta.
Porque él no fallaría. Nada lo detendría de crear su mundo perfecto junto a Rin.
Miró el abismo una vez más. Lo hacía seguido, más de lo que admitiría. En el borde de su visión, ella siempre estaba allí. Rin, un eco persistente, una silueta tejida de ternura y reproche. Lo miraba como si supiera que todo aquello era una mentira grotesca. Como si entendiera que sus actos no nacían del amor, sino del miedo.
La voz que nunca se callaba le susurraba que estaba equivocado. Que ella no querría esto. Que ese mundo no era lo que Kakashi, Minato, Kushina… ni ella habrían deseado.
Obito cerró los ojos y negó con suavidad, como un niño que rechaza una verdad demasiado cruel.
—No es mi Rin. Ella me amará… cuando todo sea perfecto—, murmuró con una sonrisa rota.
Y en ese instante, el vacío de Kamui pareció volverse aún más profundo. Porque allí, en el rincón más oscuro de su alma, Obito ya no era un ninja. Era un espectro aferrado a un recuerdo. Un hombre que había decidido destruir el mundo real… por uno que solo existía dentro de su cabeza.
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Omake:
Al pelirrojo así lo llamaban en los mares, desde las rutas del noreste hasta los archipiélagos del sur. Nadie conocía su nombre real y pocos se atrevían a preguntarlo. Era un hombre simple en apariencia: robaba a shinobi y a comerciantes ricos que transportaban lujos destinados a la nobleza.
Tenía estándares; no ganaba nada hundiendo a pequeños mercaderes ni arruinando a quienes ya sobrevivían con lo justo. Eso, curiosamente, le ganó tanto enemigos poderosos como un respeto silencioso entre los puertos.
Durante un año entero tras su destierro de Uzu, el Pelirrojo saqueó, incendió y luchó contra todo lo que se interpusiera en su camino. Barcos de Kiri, convoyes de Kumo, escoltas shinobi de Konoha… ninguno salió ileso. Cada abordaje era rápido, violento y preciso, como si alguien con experiencia militar estuviera al mando. En las tabernas comenzaron a decir que no era un simple pirata, sino un ex-ninja o algo peor.
El punto de quiebre llegó cuando varios navíos mercantes del País del Rayo desaparecieron en una sola semana. No solo fueron saqueados, sus escoltas shinobi murieron sin oportunidad de huir. El daimyō del Rayo montó en cólera al ver las pérdidas acumuladas y la humillación pública. Un pirata no debía poder hacerles eso.
—Encuéntrenlo —. Ordenó con voz helada al Raikage.
—Y tráiganme su cabeza—.
Así, Kumo envió a los Hermanos Oro y Plata, sus armas vivientes, a cazar al Pelirrojo. Dos monstruos de chakra, veteranos de innumerables batallas, famosos por no dejar supervivientes. El mensaje fue claro, esto ya no era una cacería, era una ejecución. Pero no sabían que el mar, como siempre, sería el verdadero juez.
El encuentro ocurrió un par de semanas mas tarde al amanecer, cuando la neblina aún cubría el agua como un sudario. El barco del Pelirrojo estaba fondeado cerca de una isla. Permaneció quieto, balanceándose suavemente mientras dos figuras aterrizaban sobre la cubierta con un impacto que hizo crujir la madera. La tripulación retrocedió instintivamente… excepto él.
—Así que Kumo envió a sus perros grandes —El pelirrojo dijo con una sonrisa tranquila ante la situación.
—Debo admitir que me siento halagado—.
Los hermanos atacaron como tormentas vivientes. Chakra, armas legendarias y una violencia capaz de arrasar ejércitos enteros. El aire gritó cuando descendieron sobre él.Pero el Pelirrojo no retrocedió ni un paso. Su presencia cambió el mundo. El mar tembló. No por chakra sus enormes reservas de chakra como Uzumaki, sino por algo más pesado. Cuando desenvainó su sable, el aire se volvió denso, opresivo, como si la realidad dudara en permitir el siguiente movimiento.
El choque fue desmedido. Shichiseiken impactó contra el acero del sable del pelirrojo y del contacto brotaron relámpagos negros. No era electricidad, eso era voluntad cristalizada. Una pátina oscura cubrió el sable del Pelirrojo, aplastando la resistencia de las armas legendarias como si fueran de papel mojado.
En ese instante, Oro y Plata entendieron. No estaban peleando contra un pirata. Estaban frente a una voluntad que no aceptaba ser quebrada y cuando todo terminó, el barco seguía a flote. El mar, extrañamente quieto. Los Hermanos Oro y Plata yacían hundidos en el fondo del océano, arrastrados por su propia arrogancia.
El Pelirrojo limpió la sangre de su rostro con el dorso de la mano y observó el horizonte.
—Supongo que ya no soy solo un pirata, si las aldeas shinobi mandan a alguien con nombre tras de mí—. Murmuró mientras sus camaradas preparaban otra fiesta para celebrar otra victoria de su capitán.
— Bebamos muchachos, que mañana saquearemos un poco mas a Kaminari no Kuni antes de partir a otras aguas—. Con eso el ron fluyo como las aguas del mar en la cubierta.
Mientras el sol se alzaba, el rumor comenzó a correr por las capitales de las grandes naciones. El Pelirrojo ya no era algo que pudiera ignorarse.
Muy lejos de allí, en Uzushiogakure, el daimyo apretó un informe entre sus manos.
—Niño idiota… —. Gruñó.
—Te dije que aceptaras los pocos años que te di como destierro en silencio—.
Suspiró, cansado, con una mueca amarga al ver a su tonto hijo crear mas problemas..
—Ese idiota de Shanks… siempre hace lo que le da la gana—.
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Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.
Este es un capítulo con múltiples puntos de vista y un mayor ahondamiento en la psique rota y en cierto punto inestable de Naruto. Presenciamos la miseria que envuelve a Konoha tras los últimos acontecimientos y se resalta que el Daimyō dista mucho de ser una buena persona: está completamente movido por el dinero, la apariencia y la estabilidad política, no por la justicia ni por el bienestar real del pueblo.
También se aborda un tema interesante y a menudo malinterpretado: Jiraiya. Muchos lo idealizan como una figura paterna desde el inicio, pero la realidad es bastante más cruda. A Jiraiya no le importaba Naruto en lo absoluto antes del entrenamiento de los tres años. Fue recién durante ese viaje cuando comenzaron a forjar un vínculo genuino, casi paternal. Antes de eso, Jiraiya lo arrojó literalmente por un barranco, sabiendo que no podía escalar por sus propios medios. Fue una prueba brutal: “invoca algo útil o muere”. Un método extremo, por decir lo menos.
Como maestro, Jiraiya dejó bastante que desear. Durante los exámenes Chūnin, lo único que realmente le enseñó a Naruto fue a invocar y, más adelante, el Rasengan. Caminar sobre el agua fue mérito de Ebisu; Naruto no lo logró en su momento debido al sello de Orochimaru, no por falta de habilidad. Una vez retirado el sello, caminó sobre el agua al primer intento. El control del chakra del Kyūbi, por su parte, fue iniciativa de Naruto: Jiraiya solo le indicó qué emoción lo activaba, pero nunca le enseñó a dominarlo.
Nos esperan más momentos de adopción y crecimiento en el futuro. Ojalá las cosas comiencen a salirle bien a Naruto. Hasta ahora ha sobrevivido únicamente gracias a su terquedad y a una voluntad indomable. Su primera “victoria” real fue contra Kakashi, aunque incluso entonces este se contuvo bastante. Aun así, Naruto habría ganado por pura fuerza bruta.
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