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Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 27

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Capítulo 27: Tradiciones

Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.

— Personaje hablando —

/ Personaje pensando /

“Biju hablando mentalmente”

— Biju hablando —

/Biju pensando/

“Dioses hablando”

Los líderes del Clan Fūma, los representantes de los pueblos ya integrados a nuestra causa, así como mis aliados más cercanos, se reunieron en el edificio central. Bajo sus pies se encontraba el núcleo de la matriz que había grabado personalmente. Algunos líderes de aldeas aún no unidas al asentamiento también asistieron, movidos por el rumor de la naciente industria maderera, el acceso privilegiado a rutas marítimas y la seguridad que ofrecía esta unión.

Pero también estaban llenos de dudas. Temían que esta centralización volviera al pequeño país un blanco demasiado visible para entidades como lo fue la Compañía Gatō o incluso las aldeas shinobi. Pero allí estaban, esperando ver que respuestas tenia este supuesto joven posible daimyo.

Con todos presentes di la señal. Mis clones se habían encargado durante veinticinco horas ininterrumpidas de grabar y enlazar cientos de matrices por todo el perímetro de la isla. La red que habían construido era la más vasta que había diseñado hasta ahora. El corazón de esta formación era el edificio donde ahora vivía Kurama, custodiando el núcleo energético, grandes baterías alimentadas por su chakra, diseñadas para sostener el flujo de poder sin interrupción. La preparación había terminado.

Conecté mi qi al sistema. Actué como llave de activación y, lentamente, la formación respondió. Una esfera invisible emergió desde el centro y se expandió hasta rodear la isla por completo, manteniendo una distancia constante de un kilómetro desde las costas. Era una defensa total tanto marítima, aérea y subterránea.

Una fortaleza sellada a todo lo que portara cualquier tipo de energía más allá del de una criatura silvestre. En el caso de este mundo nada con chakra significativo ya sea invocaciones o shinobis por débiles que sean, no podría atravesarla sin ser rechazado. Para los espías y asesinos, era una barrera infranqueable.

La barrera era sólida y translúcida al ojo humano, alimentada de forma dual, por el qi ambiental que brotaba de Nordrassil y por el chakra masivo de Kurama. Permitía el paso de fauna marina, pero cualquier presencia con chakra denso se estrellaría contra una muralla invisible. Habia delegado unas cuantas tareas, el Clan Fūma se encargaría de patrullar las zonas costeras en busca de civiles que pudieran haber sido entrenados como espías. No habría rutas ocultas para ingresar a la isla, la única entrada era el puente principal… ese puente que con tanto esfuerzo logré renombrar.

—No podía permitir que se llamara “Puente Naruto” —. Murmuré con resignación.

—Tardé días en convencerlos, pero ahora es el “Puente Uzumaki”. Algo más digno, un poco más… soportable—.

Observé el silencio en la sala, la mezcla de temor y asombro reflejada en los rostros de los líderes. No hacía falta hablar más. La demostración había respondido sus dudas. Esta isla, esta nueva nación… estaba protegida. Segura de invasiones extranjeras, aislada por el momento, con la única entrada y salida siendo el puente. Una vez se construyera una ciudad adecuada y un puerto marítimo funcional, se abriría el comercio a gran escala.

Los del Clan Fūma, firmes y orgullosos a mi derecha, no intentaban ocultar su reacción. Sabían que su “joven maestro” era poderoso, me habían estado llamando asi en publico para mostrar su lealtad, aunque me incomodara. Pero esto superaba cualquier expectativa. Sasame fue la primera en romper el silencio con una voz casi reverente.

—Nuestro joven maestro… esto ya no es un refugio. Es un bastión. Una fortaleza como las grandes aldeas shinobis—. La niña tenia un don para la teatralidad

—Esto es como aquellos jutsu de guerra de las grandes guerras shinobis —. Murmuró uno de los ancianos Fūma, con la voz temblorosa.

—Con esto podríamos haber protegido nuestras tierras hace generaciones… jamás imaginamos que algo así fuera posible—.

Algunos veteranos Fūma se quedaron en silencio rememorando, por un sentimiento de respeto que nacía de la certeza, ya no eran un grupo de exiliados armados. Éran parte de algo más grande.

Entre los líderes de las comunidades que ya se habían unido a la isla, el ambiente era distinto. Muchos se miraban entre ellos, aliviados, incluso emocionados. Una mujer, líder de una aldea pesquera que había sido asediada por piratas, apretó los puños con lágrimas contenidas.

—Mis hijos podrán dormir sin miedo por primera vez desde que nacieron —. Su voz fue un murmullo bajo, y alguien a su lado le tomó el brazo, compartiendo el mismo sentimiento.

—Y eso que aún no hemos comenzado a prosperar realmente, cuando comience el comercio todo mejorara —. Añadió otro hombre, con tono esperanzado.

—No solo estamos a salvo… tenemos un futuro—.

En contraste, los líderes de las aldeas que habían venido a observar sin comprometerse aún mostraban rostros tensos, marcados por la duda, pero ya no podían negarlo, esto valía la pena. Algunos comenzaban a hacer preguntas a sus asistentes, otros tomaban notas con ansiedad. Uno de ellos se levantó, aún dubitativo pero presionado por la evidencia.

—¿E-esto es permanente? ¿No depende de que usted use su chakra a diario para mantenerlo? —. Preguntó uno de los líderes, con la voz teñida de inseguridad.

Sonreí listo para empezar a vender la idea del zorro glotón como guardián del país.

—No, la matriz se alimenta del qi ambiental que emite Nordrassil y del chakra del Guardián de Wave. No requiere mantenimiento constante, solo inspección periódica—.

—¿El Guardián…? ¿Te refieres a esa criatura…? —. Preguntó otro, ladeando la cabeza hacia donde, cerca de las grandes baterías, se encontraba una pequeña figura rojiza, de un pelaje brillante y ojos inteligentes, recostado en un cómodo lugar acolchado para su comodidad.

Kurama, en su forma chibi de zorro de una sola cola, estaba sentado sobre un cojín bordado, alzando su hocico con una dignidad tan desproporcionada a su tamaño que arrancaba sonrisas disimuladas a los presentes que sabían quien era. Un par de niños lo miraban desde la entrada, uno de ellos ofreciéndole en secreto una bola de arroz, que Kurama aceptó con un gruñido complacido.

—Sí, el Guardián de Wave cuida esta tierra y a quienes la habitan—. Dije con calma, aunque Kurama me fulminó con la mirada al escuchar eso. A él no le importaba ser un guardián; estaba aquí por la comida que le ofrecí a cambio de alimentar las baterías.

—¿Y qué pasa si lo atacan los ninjas? —. Insistió otro, más escéptico, con el ceño fruncido, como si buscara una excusa.

Sasame se adelantó.

—Entonces la aldea que ataque tendrá que explicar por qué agredió sin provocación alguna a una nación civil con un daimyo —. declaró, dejando claro que esa línea no se cruzaría sin consecuencias. Luego, agregó sin rodeos

—Ahora que el joven maestro Naruto es el daimyo, Wave ya no está indefensa. Cuando se envíen los informes de que tenemos un líder reconocido, podrá exigir derechos frente a otros daimyos—.

Me incomodó un poco que aún me llamara “joven maestro” frente a otros, aunque por suerte, cuando estábamos solos con los más cercanos, usaba mi nombre. Pero tenía razón, Nos enseñaron en la academia un poco sobre esto, pues era un secreto a voces que los daimyos eran muy celosos del poder.

Cuando una familia real era asesinada, los culpables no eran juzgados, eran exterminados. La orden venía de los demás daimyos, y no por solidaridad ni por respeto a la sangre derramada, sino por supervivencia colectiva. Permitir que el asesinato de un soberano quedara impune era abrir la puerta a un mundo donde cualquiera con suficiente poder militar podía reclamar un trono. Eso era inaceptable.

Si un vacío de poder se producía, los daimyō actuaban con rapidez. El aspirante al trono no era elegido por el pueblo ni por méritos, sino evaluado como una variable política. Su linaje, su capacidad de recaudar impuestos, su disposición a obedecer las reglas no escritas del sistema y, sobre todo, su relación con los shinobi eran puestos bajo escrutinio.

Si cumplía con los mínimos exigidos, se le reconocía. Si no, se le mantenía en un limbo diplomático hasta que surgiera alguien más conveniente. Era un secreto a voces que los daimyō formaban un bloque cerrado. Se odiaban, competían, se saboteaban entre sí mediante embargos, tratados asfixiantes y guerras económicas encubiertas. Pero jamás cruzaban cierta línea. Porque todos entendían la misma verdad incómoda de que los shinobi eran armas demasiado peligrosas como para ser usadas contra iguales.

Un daimyō jamás enviaría asesinos ninja contra otro. No porque fuera inmoral, sino porque el precedente sería devastador. Si se normalizaba el asesinato político mediante shinobi, ninguna capital sería segura, ningún heredero viviría lo suficiente para gobernar, y las aldeas ocultas se convertirían en reyes de facto. La aristocracia perdería el control, y el mundo volvería a la era del caos.

Por eso, un ataque shinobi directo contra la capital de un país era una violación absoluta del orden mundial. Un acto que justificaba represalias conjuntas, bloqueos totales, e incluso la erradicación sistemática de la fuerza responsable. No se castigaba al agresor por justicia, sino para restaurar el miedo correcto.

Y ahora, esta isla sería la capital del País de Wave, y los daimyō no podrían deshacerse de mí con la ligereza con la que eliminan cualquier otra anomalía. Antes tendrían que ponerme a prueba políticamente, medir si mi eliminación justificaría represalias, evaluar si rompería el equilibrio tácito entre ellos. Matarme sin consenso sería peligroso. Y yo ya tenía un pie dentro del sistema.

Después de todo, no había aparecido de la nada. Había unificado varios pueblos pobres bajo una sola administración, creado una aldea más grande, empezado a establecido rutas, impulsado el comercio local y, lo más importante, generado estabilidad. Para los daimyō, eso era el verdadero lenguaje del poder. No ideales o justicia, lo que importaba eran resultados.

Wave había sido durante décadas un territorio menor sin daimyō, demasiado pobre e irrelevante como para justificar una intervención directa. Una tierra de nadie útil precisamente por su insignificancia. Pero eso había cambiado. El pueblo había reconocido a un líder, existían símbolos de autoridad y una futura capital definida.

Oponerse ahora implicaría algo mucho más peligroso que simplemente tolerar a Wave. Implicaría admitir que los daimyō podían negar la soberanía de un país por mera conveniencia. Que el reconocimiento no dependía de estabilidad o control, sino del capricho del más fuerte. Un precedente venenoso para cualquiera que no fuera shinobi. Hoy sería Wave. Mañana, otro país menor. Pasado mañana, uno de los grandes.

Y los daimyō podían ser muchas cosas, pero no estúpidos. Así que, aunque les desagradara que un shinobi de mi calibre aspirara al puesto, aceptar a Wave era la opción racional. No porque Wave importara, ni porque yo importara, sino porque el sistema importaba. Y como siempre, el sistema se protegía a sí mismo, incluso cuando eso significaba tolerar algo que no le gustaba.

Porque incluso con fuerza, podían matarte económicamente. Y a menos que planeara conquistar el mundo a corto plazo, me convenía entrar en el tablero político, por más que lo odiara.

El bostezó exagerado de Kurama me devolvió a la realidad. El pequeño bijuu mostro sus pequeños colmillos blancos, y se acurrucó para dormir como si el tema no le interesara en absoluto. Algunos rieron con nerviosismo. Otros, sin saber por qué, se sintieron extrañamente seguros al verlo comportarse como una mascota perezosa, aunque sus instintos les advertían que no había nada ordinario en ese zorro.

Un silencio reverente se extendió por el grupo. Kurama, aunque fingía estar dormido, escuchaba. Lo conocía demasiado bien para no notar su incomodidad apenas contenida, su única cola se movía de un lado a otro con ritmo constante. Todo esto fue una estrategia, vincularlo emocionalmente a la isla, hacer que su ego se alimentara de la admiración, del cariño inocente, de la gratitud de los que lo rodeaban, que sintiera con su habilitad que no había malicia hacia el.

/Hey, zorro glotón, dales una demostración de poder/. Le dije mentalmente.

Kurama gruñó en mi mente, molesto, pero accedió. Liberó una pequeña parte de chakra del cuerpo que habitaba, más densa que la de los miembros más fuertes del Clan Fūma. Ellos se mantuvieron en alerta, plenamente conscientes de la identidad de la criatura. Para los civiles, en cambio, fue una experiencia inaudita. El chakra visible y la presión que emanaba del pequeño zorro se grabaron en sus mentes como la presencia de una deidad protectora.

Suspiré al escuchar los murmullos crecer. Algunos de los visitantes, antes dudosos, ya discutían sobre trasladar sus comunidades. Eran pequeñas, pobres, no más de quinientos habitantes cada una. Esta isla podía sostenerlos a todos. Tazuna tenía órdenes claras, planificar zonas de alta densidad, y el Mokuton permitiría reemplazar rápidamente las construcciones temporales por viviendas definitivas.

La industria pesquera sustentaría la alimentación durante años, gracias a los excesos provocados por el qi de Nordrassil que enriquecía los bancos marinos. Ese excedente sería vendido como principal fuente de ingresos. Y cuando todos firmaran el Contrato de Lealtad, liberaría el diseño de los hornos alquímicos básicos, dando inicio a una revolución alimentaria.

Cada familia pueda transformar cuatro kilos de alimento en diez píldoras alimenticias. Cada una capaz de sostener a una persona durante diez días. Sin hambre, sin escasez. Lo que se venda generará ingresos, y esos ingresos volverá al pueblo cuando paguen impuestos en forma de infraestructura, salud y seguridad.

Los Fūma se mantenían firmes, aunque ahora con un brillo diferente en la mirada. Estaban listos para lo que viniera. Y los visitantes… habían dejado de ser meros observadores. Ahora consideraban unirse a algo que no volvería a repetirse en generaciones.

——————————————————————————————————————————-

Con un suspiro, me desplomé en el sofá de Tsunami. La mujer estaba emocionada con todo lo que había estado ocurriendo; su pueblo, golpeado durante años por la piratería y los asaltantes, por fin veía un respiro. Gato había sido la peor calamidad, y los idiotas de Iwa que ahora tenía capturados eran apenas el más reciente episodio de ese largo sufrimiento.

Kurama, por su parte, se daba un festín con la comida de la abuela Sanshō y de Tsunami. Normalmente me sentiría culpable por aprovecharme de su hospitalidad, pero con el exceso de pesca que tenían ahora, había comida de sobra para todos.

Las chicas me rodeaban, algunas con miradas confusas, otras simplemente expectantes. Sasame, sin embargo, se mostraba visiblemente incómoda, como si algo la carcomiera desde dentro. La primera en romper el silencio fue Temari.

—¿Por qué me necesitas para controlar al Clan Fūma? ¿No deberías hacerlos firmar esos contratos tuyos? —. Preguntó con esa mezcla de desdén y curiosidad que solía usar cuando no entendía mis planes, después de todo el conocimiento de los contratos era algo que recientemente libere al grupo.

Karin cruzó los brazos, frunciendo el ceño con fastidio.

—Es verdad. Si te preocupa la lealtad, esas cosas serían la solución perfecta—.

Sus palabras, aunque racionales, no tenían en cuenta lo delicado de la situación. Pude ver cómo Sasame bajaba la mirada, claramente afectada por cómo hablaban de su clan, como si fueran herramientas rotas que solo necesitaban un poco de presión para funcionar.

Decidí salir de mi letargo sensorial y activé todos mis sentidos. Normalmente embotaba mi percepción, oído, olfato y vista. Cuando salí de reparar mi cuerpo, mis sentidos eran demasiado fuertes y era un poco abrumador ser consiente todo el tiempo. Una sobrecarga constante de información que agotaba la mente. Pero ahora necesitaba leer a Sasame con claridad.

Las feromonas pueden revelar mucho, nerviosismo, tensión, miedo. Junto con las expresiones faciales, los microgestos musculares y el ritmo cardíaco, era suficiente para determinar el estado emocional de alguien con notable precisión.

Eso era crucial, porque solo podía utilizar la Matriz de la Verdad tenia su deficiencia al solo poder usada con una persona a la vez, y había demasiadas en esta habitación. Tenía que saber con certeza que pensaba Sasame.

Mientras analizaba las reacciones de Sasame, respondí con calma a las dudas planteadas por Temari y Karin.

—El Clan Fūma me ha visto hacer cosas que van más allá de lo común, incluso para los estándares shinobi. Han presenciado la creación de barreras impensables, el resurgir del Mokuton, combates contra enemigos de rango S de los que salí con vida…—. Me estremecí ante el recordatorio de Akatsuki.

—He producido medicinas que serian conocimientos celosamente guardados por clanes y demostrado poder moldear la tierra misma. No son ingenuos y saben que esos contratos implicarían un compromiso profundo, y no los firman a ciegas. Quieren algo a cambio. Algo real que pueda asegurarles el bienestar a largo plazo—.

Sasame se removió incómoda en su asiento, pero terminó asintiendo con una expresión resignada.

—El Clan Fūma no firmará un juramento de lealtad sin garantías. Necesitan un lugar donde asentarse, tierras que puedan llamar suyas, una ciudad que les dé futuro. Sólo entonces aceptarán inclinar la cabeza. Porque su supervivencia lo exige—.

Y ese era el núcleo de todo, se nos enseño muy claramente que los shinobi no eran samuráis. El honor, el deber o las palabras solemnes tenían poco peso frente a la realidad del campo de batalla. Ellos se movían por conveniencia, por poder, por la seguridad de su linaje. Se sometían solo ante quien pudiera garantizarles una mejor oportunidad de vida. No seguían a los justos, seguían a los fuertes.

El respeto en el mundo shinobi no se ganaba con promesas ni nobleza. Se arrebataba con fuerza, con hechos imposibles de ignorar. Para ellos, la lealtad era sinónimo de utilidad. Si te debilitabas, si perdías valor como líder, te abandonaban sin dudar. Y si representabas una amenaza para su supervivencia, te traicionaban sin remordimiento alguno.

—Ese es el camino de los clanes —. Dijo Sasame, con la mirada baja, pero la voz firme.

—No buscan gloria ni ideales, buscan supervivencia. Si les das tierras, techo, un sitio que puedan llamar hogar… entonces se inclinarán ante ti. Porque entenderán que seguirte es mejor que oponerse—.

—No están esperando a un héroe —. Añadí, cruzando los brazos.

—Esperan a alguien que no se quiebre bajo presión. Alguien que los haga prosperar. No les ofrezco fe, les ofrezco resultados. No me necesitan como inspiración… me necesitan como piedra angular—.

—Exacto —. Confirmó Sasame, más tranquila al ver que entendía.

—El Clan Fūma no firmará ningún juramento de lealtad si no tiene asegurado su futuro. No lo harán por tu apellido, ni por tus hazañas, ni siquiera por lo que representas. Pero si construyes esa ciudad, si haces realidad lo que prometiste… entonces lo firmarán sin dudar—.

—Y si fallo —. Dije en voz baja, mirando al techo

—Me abandonarán igual de rápido—.

Sasame no miro a nadie a los ojos ante su siguiente declaración.

—Sí —. Respondió ella sin rodeos.

—Pero mientras cumplas… mientras crees algo real, algo tangible… entonces te seguirán hasta el infierno si hace falta—.

Y así era. En el mundo shinobi, la lealtad no era un lazo sagrado. Era un contrato tácito de poder, beneficios y supervivencia. Esa realidad no era exclusiva de los ninjas, claro, también existía en el mundo de antes… en el mundo del que yo provenía. Solo que allá se escondía bajo máscaras de ideales, discursos bonitos y palabras vacías. Aquí, al menos, no lo disimulaban.

Los shinobis eran más primitivos y crudos en ese aspecto. No te seguían por lo que creías, ni por lo que soñabas. Te seguían si eras fuerte. Si los protegías, si les dabas un techo. Y cuando aparecía otro más fuerte, otro que prometía más… simplemente se iban. No eran traidores, solo seguían su instinto para sobrevivir.

Pero incluso ese patrón tenía un punto de ruptura. Si el más fuerte les daba algo más que seguridad si les ofrecía un hogar real, un lugar donde sus hijos pudieran crecer sin miedo entonces se quedaban. Incluso si aparecía alguien más poderoso. Porque ya no se trataba solo de seguir la fuerza… se trataba de proteger lo que se había construido con ella.

Esa fue la razón por la que el Clan Fūma me siguió. No por respeto, ni por admiración. Su daimyo los había abandonado. Sus tierras habían sido arrasadas. Estaban desesperados. Y cuando vieron a alguien capaz de protegerlos… lo eligieron.

Odiaba esa mentalidad. Me parecía vacía, fría y cínica. Pero no podía cambiarla en una sola generación. De hecho, ni siquiera podía empezar a cambiarla hasta que los Ōtsutsuki fueran eliminados. Mientras ese clan de devoradores de mundos siguiera vivo, mientras la amenaza pendiera sobre nuestras cabezas, nadie pensaría en ideales. Solo en sobrevivir.

Tenía tiempo podía sentirlo. Mi núcleo dorado estaba cerca de completarse. Cuando lo lograra, mi longevidad aumentaría por siglos. Quinientos años, al menos, serían míos sin dificultad. Y una vez avanzara más allá, quién sabe cuánto viviría. Tal vez, con suficiente tiempo… sí podría cambiar el corazón del mundo.

La razón por la que Karin y Temari no entendían esa realidad era simple. A Karin nunca se la enseñaron. Creció siendo poco más que un botiquín viviente, una bolsa de sangre para los demás. Su valor se medía por su habilidad para curar, no por su capacidad para decidir. Nunca tuvo el lujo de aprender sobre política, lealtad o poder, solo sobre obedecer o sobrevivir.

—¿Crees que me importaba quién mandaba? —. Dijo de pronto Karin, su voz áspera, entre el fastidio y la resignación.

—A mí solo me decían dónde estar y a quién curar. Si no servía, me golpeaban. Si servía, me dejaban en paz. ¿Eso es lo que llaman lealtad?—.

La mire sin lastima, pues era lo ultimo que ella queria.

—No, eso es esclavitud. Pero lo entiendo, estar atrapada en algo que no elegiste, sin poder decidir tu destino… Eso también es un tipo de prisión—. Respondí, sin apartar la mirada

Temari, por otro lado, era una princesa. Podía negarlo cuanto quisiera, pero seguía siendo la hija del Kazekage. Criada con privilegios, protegida de las verdaderas penurias de la vida shinobi. Sí, sufrió viendo a Gaara en su etapa más inestable, pero incluso entonces estaba aislada. Suna no iba a permitir que algo le pasara a su pieza política más valiosa. Más que un soldado, era moneda de cambio.

Temari no acepto esto en silencio.

—¿Tú crees que no entiendo cómo funciona el mundo? —. Soltó Temari, apretando los puños.

—He estado en guerras, he enterrado compañeros, he visto cosas horribles…—.

Suspire ante este arrebato.

—Pero nunca tuviste que elegir entre morir de hambre o vender tu alma —. Respondí, recordando las memorias de un joven Naruto buscando comida bajo la lluvia, en basureros y lugares similares, por el miedo a esos ojos indiferentes que todos le daban cuando intentaba comprar alimentos.

Sasame intervino, su voz calmada pero firme.

—Algunas mujeres del clan tuvieron que hacer eso. Entregar más que su cuerpo para que sus familias sobrevivieran. Yo vi eso de cerca—.

No fue sino hasta que Temari se unió al equipo de su hermano, en ese entonces un arma incontrolable, que empezó a ver el mundo sangriento por lo que realmente era. Antes de eso, vivía tras los muros de Suna, protegida por su linaje.

—Quizás… no vi tanto como tu—. Admitió Temari, mirando a otro lado ante las palabras de Sasame.

—Quizás sí estuve protegida. Quizás por eso nunca entendí por qué alguien seguiría a un monstruo como Orochimaru.—.

—Y por eso la lealtad no siempre nace del respeto o la admiración. A veces es miedo, necesidad… a veces solo es la única forma de sobrevivir—.

Mi mente vagó por aquellos ejemplos marcados a fuego en mi memoria. Haku y su lealtad absoluta a Zabuza, que rozaba la devoción. El clan Kamizuru, condenado por Ōnoki y aun así fiel a Iwa hasta el final. El clan Kurama, moribundo y silencioso, todavía aferrado a su aldea pese al abandono, todo por la seguridad que brinda pertenecer a la aldea.

El mismo clan Fūma, que cuando los encontré no eran más que cenizas. Incluso el anterior Naruto, ese niño solitario, era una muestra de lealtad inquebrantable… ciega, pero pura a cambio de la sensación de pertenencia y seguridad.

—La lealtad no se trata solo de amor o admiración. A veces solo es miedo o la falta de opciones un ejemplo de ese miedo es el clan Fuma—. Murmure cansado de esta conversación.

Mientras tanto, Sasame había crecido en medio del declive. Vio con sus propios ojos cómo el clan caía, cómo perdían el favor de su daimyō y eran arrojados a la miseria. Fue testigo de cómo Orochimaru llegó, les ofreció cobijo y algunos lo siguieron sin dudar.

—Y luego llegaste tú. Arrancaste al clan de las garras del sannin. Eso significa algo en este mundo—. Dijo Sasame mirando directo a mí.

Fruncí el ceño al recordar como tuve que negociar con Orochimaru debido a mi debilidad.

—Lo sé. Por eso sé que no basta con tener poder. Hay que darles un refugio, algo real que proteger y aferrarse—.

Sasame asintió.

—Nosotros no seguimos líderes… seguimos a quien nos ofrece una verdadera estabilidad—. Explicó Sasame con voz fría, pero sincera.

—Nos aferramos a lo que prometa sobrevivir—.

—El poder importa, pero el hogar, Naruto… eso es lo que mantiene unida a la gente cuando todo se desmorona—.

Asentí, cruzando los brazos.

—Por eso estoy construyendo eso. Un lugar al que quieran defender, incluso cuando ya no esté. Un hogar lo bastante fuerte… para que ningún otro monstruo vuelva a arrebatárselo—.

Un silencio pesado siguió a mi declaración. Nadie dijo nada, cada quien se sumió en sus pensamientos, digiriendo palabras que sabían amargas. Pero fue un sollozo breve, apenas un jadeo ahogado, lo que rompió ese silencio.

Fue Fū quien se abalanzó sobre Sasame, envolviendo a la chica en un abrazo cálido y torpe. La tomó por sorpresa. Sasame parpadeó, rígida, sin saber cómo reaccionar. Nunca fue buena recibiendo consuelo.

La chica de cabello verde menta la abrazaba con fuerza mientras acariciaba su cabeza con una ternura natural.

—No sabía que lo habías pasado tan mal, Sasame-chan… —. Susurró Fū con una voz temblorosa.

Yo, por mi parte, sudé frío al ver la escena.

/Esto… esto es más de lo que esperaba/. Me di cuenta en ese instante de algo evidente, Fū era incluso más protegida de lo que creía. Puede que hubiera vivido en soledad, pero Taki debió recluirla con celo.

Su forma de maravillarse con cosas simples durante el viaje… su curiosidad infantil… todo tenía sentido. No sabía nada del exterior. Mientras meditaba sobre eso, noté algo fuera de lugar. Algo… o más bien alguien.

Embotando mis sentidos nuevamente me relaje pero fruncí el ceño la notar una ausencia.

—Hey, Fū… ¿y Hidan?—.

La kunoichi se congeló en pleno abrazo. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Ay no…! —. Salió corriendo como si se hubiera incendiado el suelo bajo sus pies.

Me llevé la mano a la cara.

—No me digas que lo olvidó en algún lugar… Voy a fingir que no vi nada—.

Sacudí la cabeza.

/Esa cabeza idiota probablemente sigue tirado en algún lugar hablando sobre Jashin./

——————————————————————————————————————————-

La cabeza decapitada descansaba sobre una roca en medio del claro, dando un discurso con una pasión desbordante. La falta total de cuerpo no parecía afectarle en absoluto.

—¡Escuchen bien, pequeños herejes! ¡Mi dios Jashin enseña que el dolor purifica el alma! ¡Que la sangre es sagrada y el sacrificio es amor!—.

Frente a él, un grupo de niños lo observaba con sonrisas enormes… para luego estallar en carcajadas.

—¡Mira, sigue hablando de ese sayayin!—

—¡Es graciosos como se le mueven las cejas!—

—¡Di otra vez lo de la sangre!—

Uno de los niños le puso una corona de flores en la cabeza. Otro le tapó un ojo con una hoja mientras otros dibujaban en su rostro.

—¡¿ME ESTÁN TOMANDO EN SERIO?!—. Rugió Hidan, indignado.

—¡ESTO ES DOCTRINA SAGRADA!—

—¿Que es “doctrina”?— repitió uno de los niños, riéndose.

—¿Doctrina es cuando gritas mucho?—

Una piedrita rebotó contra su frente.

—¡HEY! ¡RESPETO! ¡SOY UN INMORTAL BENDITO POR JASHIN!—.

—¿Yashín?— preguntó una niña.

—¿Es tu papá?—.

Hidan sintió cómo algo se rompía dentro de él. No sabía qué, pero aun así dolió.

—¡NO! ¡ES UN DIOS OSCURO, SANGUINARIO Y TODOPODEROSO!—.

—Ah ¿Entonces por qué eres solo una cabeza?—. Dijo un niño, poco impresionado.

Silencio, un silencio largo, incómodo, y existencial para Hidan invadió el claro.

—…¡DETALLES TÉCNICOS!—. Gritó Hidan finalmente.

Los niños volvieron a reír, y uno de ellos le acercó un pedazo de pan.

—¿Comes?—

—¡NO!—

—¿Duermes?—

—¡NO!—

—¿Entonces para qué sirves?—

Hidan jamás se había sentido tan completamente derrotado en su vida, y allí quedó, una cabeza olvidada en el bosque, convertida en juguete educativo improvisado, predicando una religión de sacrificio a un público que solo lo veía como el payaso más raro que habían encontrado ese día.

Fū lo había olvidado, los niños que dibujaban en su rostro eran molestos, y el se vengaría algún día por esta ofensa contra su persona. Mientras tanto el soportaría.

——————————————————————————————————————————-

Sin más que hacer, comencé a preparar todo para partir. El amanecer no tardaría. Reuní algunas provisiones y un poco de ropa, cortesía de la gente de Wave. Ellos no tenían mucho, pero aún así ofrecieron lo que pudieron.

Antes de marcharme, había una última cosa que debía hacer.

—Cierto tuerto testarudo debe estar en la plaza… —. Murmuré para mí, mientras ajustaba los vendajes de mis muñecas las cuales tenian un sello de almacenamiento simple que contenían las Kiba y Kubikiribocho.

Me despedí del grupo, uno por uno. Con palabras breves, promesas de regresar pronto. Les dije que podían enviarme mensajes a través de Chibi Kurama. El zorro seguiría conectado con migo.

—Y cuando Fū regrese, que alguien la mande a la plaza con sus cosas listas para partir—. Añadí.

Caminando hacia la plaza, lo vi. Arrodillado en el frío suelo, con el rostro parcialmente oculto por su máscara, ese inconfundible cabello plateado lo delataba. Me acerqué sin prisa, y me agaché a su nivel.

—Veo que intentaste escapar… —. Dije con una sonrisa divertida.

—Pensé que el contrato era claro. Pero supongo que creíste que era solo palabrería—.

Kakashi no respondió. Solo desvió la mirada hacia un costado, incapaz de sostener la mía. Su silencio era la confirmación de su vergüenza. Un ANBU veterano, atrapado como un novato. Engañado… y ahora sellado por un niño.

Suspiré.

—Bien, puedes moverte —. Agregué, dándole libertad de acción.

El jōnin se puso de pie despacio, estirándose con lentitud, como si los huesos le pesaran más por el orgullo herido que por la incomodidad. Me miró fijamente por primera vez desde que llegué.

—¿Qué… se supone que debo hacer ahora? —. Preguntó como si aún no entendiera por qué lo mantenía aquí.

Me giré hacia el mar, observando cómo la oscuridad retrocedía lentamente ante el amanecer. A lo lejos, los pescadores comenzaban a preparar sus barcas, aprovechando la sobreabundancia que la nueva isla traía al ecosistema.

—Ayuda a los pescadores. Seguramente tus jutsus pueden servirles para obtener una buena pesca. Gánate la vida hasta que regrese—.

Di media vuelta sin añadir nada más. No necesitaba explicaciones y el tampoco las pidió.

—Soy un shinobi… no un pescador —. Murmuró Kakashi detrás de mí, con una mezcla de resignación y fastidio.

Pero el contrato era claro. Tenía que acatar la ley de la isla mientras durara su sentencia. Sin privilegios, sin rangos, solo trabajo honesto. Suspirando, comenzó a caminar en dirección al muelle, buscando algún barco que aceptara un par de manos extra… aunque esas manos fueran las de uno de los más letales ninjas de Konoha.

Pasaron unos quince minutos desde que el sol asomó por el horizonte cuando Fū llegó corriendo por el camino de tierra, cargando una mochila grande sobre la espalda… y la cabeza de Hidan colgando de un nudo improvisado, como si fuera una sandía atada con cuerdas. La cabeza dormía, roncando plácidamente.

—¿Cómo puede alguien dormir sin cuerpo…? —. Musité con incredulidad.

Fū, como si nada, colocó a Hidan con cuidado, colgándolo de mi cinturón con la cara mirando hacia atrás. La cabeza se balanceó un poco antes de quedar quieta, encajada entre mis cosas. Luego, me miró expectante.

Señalé mi espalda con un leve movimiento del pulgar.

—Sube—.

No preguntó. Solo asintió y saltó, aferrándose a mis hombros con brazos y mi cintura con sus piernas, como si ya lo hubiera hecho muchas veces antes. Noté cierta confusión en su expresión, pero ninguna resistencia.

Respiré hondo.

Cinco años… Cinco años pasé dentro de la cámara de dilatación temporal, inmerso en un mar de dolor y qi. Cinco años de cultivación constante, de reparar cada célula, de observar cómo el qi se movía, cómo fluctuaba con mis emociones, cómo respondía a cada pensamiento y respiración. Cinco años para convertirme en algo que no existía antes.

Extendí los brazos ligeramente, dejando que el aire rozara la piel de mis dedos. Lentamente, con la calma de un monje, moldeé el qi. A mi alrededor se formó una burbuja fina, translúcida, casi invisible al ojo común. Un halo protector que cubría a Fū por completo, aislándola del viento, la presión y la fuerza G que estaba a punto de aplicar.

Flexioné las piernas, y en mi mente esta vez no había rabia, no había odio, solo intención. Mi chakra reforzó los músculos, pero fue el qi el que alineó la energía. No hubo grietas en el suelo, ni explosiones de poder descontrolado. Solo un impulso limpio, fluido y elegante.

Y entonces… salté.

El mundo se volvió un borrón momentáneo de cielo y mar. Atravesé el aire, dejando apenas un susurro tras de mí. Aterrizé sobre el océano, mis pies tocando la superficie sin perturbarla más que una brisa y corrí.

Mis pisadas eran silenciosas. Cada paso sobre el agua producía una ondulación mínima, casi imperceptible. Lo que debería haber sido imposible para cualquiera sin un control exquisito de chakra, lo compensaba con el flujo perfecto de qi. La superficie del mar parecía aceptarme, como si me reconociera.

Fū no decía nada. No podía, no por falta de palabras, sino porque estaba boquiabierta, completamente protegida dentro de la burbuja de qi. El viento no la tocaba. La velocidad no la sacudía. Solo podía sentir la calma vibrante del qi que la rodeaba.

El mundo era un borrón para Fū. Aun siendo fuerte, su cuerpo no estaba preparado para desplazarse a velocidades que solo unos pocos en la historia podrían haber mantenido. Para ella, todo era una mezcla vibrante de viento amortiguado, luces distorsionadas y el ritmo firme de mi corazón resonando a través de la burbuja de qi que la protegía.

Mi velocidad actual era muy superior a la que usé cuando cacé a Kabuto. Aquella vez actué movido por la ira. Ahora, con la mente despejada y una emocionalidad estable, podía concentrarme por completo en la eficiencia. Y así, corrí.

Me tomó exactamente 25 minutos cruzar los ciento cincuenta kilómetros que separaban el País de las Olas del continente. Cuando mis pies tocaron tierra firme, hice un cálculo rápido, trescientos cincuenta kilómetros por hora. Era una velocidad que algunos jōnin podían alcanzar con el Shunshin no Jutsu… pero solo por una fracción de segundo. Un estallido, no una marcha constante.

Yo la había sostenido por kilómetros. Y eso que me contuve por Fū, para mantener la estabilidad de la burbuja que la envolvía. Era una buena velocidad, aceptable para una travesía larga… pero no tenía tiempo que perder. Sin detenerme, giré levemente el torso y me lancé de nuevo al movimiento, esta vez desplazándome por los árboles.

Cada salto me llevaba decenas de metros. Saltaba de rama en rama, de tronco en tronco. Cada vez que mis pies tocaban corteza, no dejaban más que una leve marca de presión, sin dañar el árbol. Mi control de qi era impecable. Mi control de chakra, en cambio…

Chasqueé la lengua con frustración al notar que seguía siendo burdo, ineficiente. Aún dependía demasiado del qi para compensar su falta de fineza.

/Tengo que encontrar tiempo para practicar. No puedo permitirme seguir ignorando una de mis dos energías/.

Cada ciertos kilómetros me detenía en lo alto de algún árbol particularmente robusto, sacaba un mapa y verificaba mi posición. Tenía un destino claro, el País de las Aves.

Debía confirmar si los eventos del canon ya habían ocurrido… o si aún estaba a tiempo de intervenir. Siempre era útil ganarse el favor de un daimyo, especialmente uno de una nación menor. Podía convertirse en una base estratégica, en un refugio… o en un mensaje para los demás señores feudales.

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Pov Capital del País del Fuego

El actual daimyo del País del Fuego, Homura Enji, dejó escapar un suspiro molesto al releer la carta que tenía en sus manos. Su ceño fruncido hablaba por sí solo. Era una misiva oficial del País de la Primavera.

Kazahana Koyuki, actual gobernante de aquella nación y, otrora, una princesa desesperada, reclamaba formalmente el retiro del joven Naruto Uzumaki del libro Bingo de Konoha. No solo exigía explicaciones sobre la persecución política que enfrentaba el muchacho quien era considerado un héroe nacional por haberla ayudado a liberar su tierra, sino que advertía sobre una posible ruptura diplomática si no se le brindaba una respuesta satisfactoria.

—Tsk… “amablemente”. ¿A esto llaman diplomacia ahora? —. Murmuró Enji con desdén.

Aunque ya había dado las órdenes necesarias para que Uzumaki fuera reincorporado a la estructura oficial o al menos traído nuevamente al redil, Konoha no había movido un dedo útil. Las compensaciones económicas a las cuentas Uzumaki estaban en curso, pero traer de vuelta al propio Uzumaki era otro asunto.

El problema era que Uzumaki ya no era un niño ni un shinobi promedio. Se había convertido en una potencia individual, al nivel que solo un escuadrón ANBU completo o un shinobi de élite podían acercarse sin correr el riesgo de ser completamente neutralizados. Y nadie en su sano juicio iba a ofrecerse voluntario para eso.

Y ahora Koyuki exigía respuestas. Enji entendía perfectamente lo delicado de la situación, el País de la Primavera no era cualquier nación. Desde la caída del régimen de Doto y la estabilización interna, su crecimiento había sido meteórico, impulsado en gran parte por su enorme producción de carbón mineral.

Primavera era, de hecho, el principal productor de carbón mineral de todo ese lado del continente. El País del Fuego, a pesar de su tamaño y poder, importaba el recurso en grandes cantidades desde allí. ¿La razón? Económica y pragmática, era mucho más barato comprarles el carbón directamente que invertir en crear una industria minera propia desde cero, con toda la infraestructura, logística y mano de obra especializada que eso implicaría.

Enji no era un sentimental, era un político. Sabía que no podía permitirse una ruptura con Koyuki y obviamente la reciente daimyo también lo sabia. No solo por el prestigio, sino porque cualquier alteración en ese flujo comercial afectaría directamente a las fábricas, talleres y al sustento energético de decenas de ciudades del País del Fuego. No, ese frente debía mantenerse estable. Y eso significaba ceder… o aparentar que cedía.

Para empeorar las cosas, otro informe descansaba sobre su escritorio, esta vez proveniente del País de la Cascada.

—¿Y ahora qué? —. Masculló con irritación, abriendo la carta sellada.

La demanda era clara, el País de las Cascadas exigían la devolución inmediata de su jinchūriki, o una compensación financiera equivalente al valor histórico del Nanabi, invocando el precedente de los acuerdos establecidos por Hashirama Senju.

—Ridículo. Hashirama no cobró un solo ryō por ese bijū. Fue un gesto de amistad. Un regalo…—. Gruñó Enji ante tal ridícula exigencia.

Golpeó la mesa con frustración.

—Últimamente, esa aldea solo me trae dolores de cabeza—.

Pasó a los siguientes documentos. Informes económicos, balances regionales, proyecciones fiscales… hasta que uno llamó particularmente su atención. Los Hyūga.

El clan estaba retrasando los pagos de las sanciones impuestas por su ocupación indebida de las tierras que antaño pertenecieron a Uzumaki. Para empeorar las cosas, los jueces de su corte le habían informado que los Hyūga estaban haciendo presión política directa en la capital, buscando favores y tecnicismos legales para obtener la propiedad formal de las tierras usurpadas.

El rostro del daimyo se endureció, no como líder político. Sino como amo del país.

—Parece que tendré que usarlos como ejemplo. Que les quede claro a todos… no importa cuánto se crean nobles por su sangre o linaje. Yo estoy por encima de todos ellos—. Musitó con voz grave

Se inclinó sobre el escritorio, marcó con tinta roja el reporte Hyūga y sacó un pergamino nuevo.

—Prepárame un edicto —. Ordenó a su escriba.

—Uno que hable de traición, sanciones y expropiaciones… y que lo haga con elegancia—.

Porque si los clanes pensaban que podían desafiar su autoridad con impunidad, les demostraría lo que significaba tentar el poder del Señor del País del Fuego.

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Pov Hiashi Hyūga

Hiashi Hyūga se masajeó la frente con pesadez, leyendo por tercera vez los informes que acababan de llegar. Las sanciones económicas impuestas al clan eran ridículas en cantidad y ofensivas en significado. Parcelas que el Sandaime les había otorgado como “regalos” por servicios prestados en tiempos de guerra, ahora se consideraban propiedad indebida. Lo que antaño fueron recompensas por lealtad al Clan Sarutobi, hoy eran multas que drenaban lentamente las arcas del clan Hyūga.

Y no solo eso. Varios de sus negocios más lucrativos, edificados en aquellas tierras, ahora debían pagar un alquiler elevado. Las zonas en cuestión habían sido reclasificadas como parte del distrito comercial shinobi, un sector clave para el desarrollo económico de Konoha. A pesar de la riqueza histórica de los Hyūga, entre multas, nuevos impuestos y restricciones, el golpe financiero comenzaba a sentirse con fuerza en las reservas internas del clan.

Todo esto, por culpa del anciano tonto de Hiruzen Sarutobi.

/¿En qué estaba pensando, entregando tierras del jinchūriki como si fueran suyas?/.

Pero claro, en ese entonces, nadie lo objetó. Incluso él mismo asumía que el jinchūriki no era más que propiedad de la aldea. ¿Qué valor tenía un huérfano marcado por un bijū? Era lógico que sus tierras fuesen administradas por el Hokage en nombre del bien común.

Pero los tiempos cambiaban, y con ellos la posición política del joven Uzumaki. Su linaje había sido reconocido, su poder era innegable, y peor aún, su influencia crecía. Ya no podían tratarlo como una herramienta. Su nombre arrastraba aliados, y sus enemigos acumulaban sanciones. Ahora se le consideraba un actor político real incluso si el niño no lo sabia, y eso lo volvía peligroso incluso sin estar presente.

Uno de los ancianos, de rostro ajado y voz cansada hablo regresando a Hiashi a la reunión que estaba ocurriendo en el clan.

—Si esto continúa, el Consejo de Clanes podría volverse contra nosotros —.

—Ya se murmura que somos arrogantes, que nuestra sangre noble no puede mantenerse a flote sin favores—.

Otro anciano espetó, uno de los más viejos, cuya mirada cargada de desprecio denotaba orgullo herido

—¿Y qué propones? ¿Inclinar la cabeza ante un mocoso con poder prestado?. Todo esto… empezó cuando dejamos que el demonio se creyera humano—.

Hiashi no respondió de inmediato. Observaba en silencio los rostros arrugados por el tiempo, pero firmes por la tradición. Sabía que esa generación no retrocedería ni un paso sin resistencia.

—El demonio, como lo llamas, ya no se lo puede despreciar —. Murmuró finalmente Hiashi, su tono más cansado que agresivo.

—Tiene nombre, poder y ahora… aliados. No es una herramienta, es una fuerza que crece, para nuestro disgusto—.

Uno de los mas ambiciosos hablo su voz anciana suave como la seda.

—Una fuerza puede ser dirigida, si se le ata correctamente. Atarlo con sangre. Una esposa de la rama secundaria, seleccionada cuidadosamente. Que no solo le ablande el corazón, sino que lo una al clan. Si lo hacemos bien, incluso nos agradecerá la unión—.

Otro anciano asintió, pensando en las tantas veces que los clanes habían echo acciones similares.

—Ya hay precedentes. Matrimonios políticos con ramas menores han sellado alianzas más frágiles que esta. Si entra al clan por matrimonio, nuestras pérdidas se compensan a través de su cuenta Uzumaki, que ahora engorda día tras día con pagos atrasados y beneficios comerciales—.

El anciano mas pragmático hablo seguro del plan.

—Además, mientras su reputación crece, también lo hacen sus enemigos. No le será difícil aceptar protección. Y nadie protege mejor que una esposa leal con ojos que todo lo ven—.

Hiashi cerró los ojos un momento, pensativo.

/¿Y si no acepta? ¿Y si se convierte en un enemigo más que controlar, uno que ya no se puede encerrar?/ .

—Que se prepare un listado—. Dijo finalmente, su voz serena pero firme.

—Solo las más obedientes, discretas… y deseables. No cometeremos el error de subestimar sus estándares. Si esto va a hacerse, se hará con elegancia—. Sentenció Hiashi, sin emoción, como si ya no hablara de personas sino de herramientas.

Un silencio denso cayó sobre la sala hasta que una voz, vieja y cargada de veneno, rompió el aire con arrogancia.

—Elegancia, dices… —. El anciano levantó la mirada con desprecio hacia su propio hijo.

—El chico es demasiado valioso. Mokuton, como un Senju; sangre Uzumaki, como la extranjera esa que el Cuarto se atrevió a tomar. Y ahora, el control del bijū… según el último informe que conseguimos obtener—.

La mirada del patriarca recorrió lentamente a todos los presentes, con la calma de quien sabe que sus palabras no pueden ser refutadas.

—Tiene demasiada sangre noble en sus venas. No tan pura como la nuestra, por supuesto… pero suficiente. Más que suficiente—.

—Ese mocoso es demasiado valioso para relegarlo a una simple rama secundaria, como pretendes.—. Sus ojos se clavaron en Hiashi como cuchillas.

Hiashi apretó los puños bajo la mesa. El aire a su alrededor se tensó.

El anciano continuó con gélida solemnidad

—Normalmente, el liderazgo no se discute. El primogénito hereda. Es la ley de los Hyūga. Pero Hanabi… Hanabi tiene demasiado potencial. Sellarla sería desperdiciar un linaje precioso. No necesitamos otro Neji relegado a la rama secundaria solo para preservar las apariencias—.

—¿Qué propones, padre? —. Dijo Hiashi, con la voz medida, aunque ya conocía la respuesta pero necesitaba oírla en voz alta.

El anciano sonrió. Fue una sonrisa sin calidez, sin afecto. Una sonrisa de estratega, de serpiente envuelta en seda.

—Atar al niño a la rama principal. Casarlo con el fracaso de tu hija mayor. Que esa inútil sirva para algo por fin. Así, Hanabi heredará sin romper la tradición. Y el hijo que nazca de esa unión… ese niño será nuestro—.

Sus ojos brillaron con una ambición, sin remordimiento.

—Un Uzumaki-Senju con la sangre Hyūga… criado como uno de los nuestros. Una adición gloriosa al linaje principal—.

—No solo eso. Podríamos unirlo con el hijo de Hanabi en el futuro. Así sus herederos ascenderán a liderar el clan, combinando los mejores genes de las ramas más nobles—.

Otro murmuro cada vez mas convencido de esto.

—Será el futuro que asegure la supremacía de nuestro linaje, sin importar el precio personal. El poder y la sangre son lo único que importan—.

Nadie en la sala cuestionó. Sabían que en el clan, las tradiciones y la nobleza del linaje estaban por encima de cualquier sentimentalismo.

El clan debía prevalecer. Siempre.

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Pov Kurama

Mientras gran parte de mi conciencia descansaba en esa marioneta indignamente, disfrutando de los placeres mundanos de la comida, debía admitir que no era un mal trato. Me alimentaban con la devoción que merezco, y a cambio mantenía esa barrera activa con un gasto mínimo de chakra para alguien tan glorioso como yo.

Sin embargo, una pequeña chispa de mi ser seguía anclada en el sello del mocoso, vigilando, comunicándome, aunque no lo reconozca, esa conexión se ha vuelto… extrañamente valiosa.

Sentí entonces una energía familiar, cercana y poderosa. Mientras nos acercábamos al destino que ese niño ha estado recorriendo, percibí a uno de mis “hermanos”. Sólo podía ser uno, Chōmei está unido a la niña de cabello verde, así que ese otro poder… Gyuki debía estar cerca.

No puedo negar que esa proximidad me inquieta, aunque mi orgullo me empuje a despreciarlo. Después de todo, ese mocoso es o al menos eso creo, la reencarnación de aquel que me dio forma, mi propio padre y aunque nunca lo admitiré abiertamente, me importa.

Pero no me confundas, sigo siendo el ser supremo aquí. Soy mucho más que perfecto. Soy la esencia misma del poder, el verdadero rey de los bijū.

Que se preparen todos. Ninguno está a mi altura y mi contenedor debe demostrar por que es digno de ser mi recipiente.

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Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.

Una cosa que hay que dejar clara: Hiashi es un pésimo padre. Nunca le importó Hinata; lo único que valoraba era la fuerza. Más adelante, con los retcons y el intento de suavizar a ciertos personajes, lo mostraron como alguien que quizás no era tan malo… pero lo era.

No fue hasta el episodio 389 que nos mostraron que las reglas para decidir al heredero podían cambiarse por combate. Esto quiere decir que el sistema no es tan rígido como se planteó al principio: no es simplemente “el primogénito es la rama principal y el segundo la secundaria”. Si pueden modificar cómo se elige al heredero, también pueden decidir qué hacer con Hinata y Hanabi.

Se acerca el encuentro entre el jinchuriki perfecto y nuestro protagonista… ¿Qué pasará?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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