Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 28
- Inicio
- Todas las novelas
- Cultivador mediocre en naruto
- Capítulo 28 - Capítulo 28: Contenedores
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 28: Contenedores
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
— Biju hablando —
/Biju pensando/
“Dioses hablando”
Pov Killer B
La gente gritaba, lloraba, murmuraba… pero el jinchuriki perfecto solo veía la escena por lo que realmente era, un teatro. Una ejecución pública para apaciguar al pueblo. El supuesto traidor, Komei, de rodillas ante el verdugo, cargando con un crimen que no cometió. Sabíamos la verdad, yo la sabía. El asesino fue Mōsō, el consejero del anterior daimyo, y ahora el titiritero del actual.
No sentí culpa pues había hecho cosas peores por órdenes menos justificadas. El equipo fue contratado para investigar la muerte del anterior señor feudal del País de las Aves. Oficialmente, para verificar si había muerto por causas naturales. Pero todos sabíamos qué clase de misión era esta, política encubierta, guerra de información y control.
No tardamos en descubrir la verdad. El supuesto consejero leal, Mōsō, había sido el cerebro detrás del asesinato. Ambición, manipulación, poder. Lo habitual en las cortes de los daimyo. Pudimos haberlo delatado, dejar que la justicia local hiciera su trabajo… pero hicimos algo más útil y negociamos por beneficios para el País del Rayo.
A cambio de permitir que tomara el control tras bambalinas del país, Mōsō accedió a que Kumogakure estableciera una base operativa secreta dentro de su territorio. Cinco años, sin interferencia del daimyo, sin ojos ni informes. Vigilancia perfecta sobre las rutas comerciales, las alianzas vecinas y sobre las aldeas de Iwa y Suna. Una pieza estratégica demasiado valiosa para perderla por idealismos.
Mi hermano aceptó. Yo lo ejecuté, literal y figurativamente. Ahora estaba aquí, viendo cómo Mōsō tejía su pantomima final. El estratega Komei, el único con suficiente integridad para oponerse, iba a ser ejecutado como traidor. El pueblo, ciego y el nuevo daimyo, una marioneta. Y yo, observando en silencio, como corresponde a un shinobi.
Y entonces, Gyūki habló.
“Se acerca uno… es rápido. Y es un jinchūriki.”
Mi cuerpo se tensó de inmediato. No pregunté quién, por que ya lo sentí. El chakra me atravesó el estómago como un zarpazo. Un rugido sin sonido, un huracán contenido. Era como estar cerca de un volcán que aún no ha explotado, pero ya convirtió el aire en ceniza. Y entonces… llegó.
Un salto, un impacto. El polvo se alzó como una ola y los civiles gritaron corriendo buscando resguardarse, yo no.
—¡Samui, Karui, con Mōsō! ¡Omoi, protege al daimyo!—.
Las órdenes salieron solas, claras y frías sin la habitual rima. Porque sabía exactamente lo que significaba que un jinchūriki apareciera sin aviso, potencial catástrofe de nivel ciudad destruida.
Los combates entre portadores de bijū no son peleas. Son desastres naturales entre. cada golpe puede abrir cráteres, cada técnica puede quebrar hacia retumbar el suelo. Una batalla entre dos jinchūrikis no se mide en jutsus, se mide en cuántas generaciones tardará en sanar el terreno. Y estábamos en la capital del País de las Aves un lugar que no podía ser destruido amenos que quisiéramos una pesadilla política.
El chakra en el aire era abundante e increíblemente denso, y de una magnitud varias veces mas que un Kage El muchacho que llegó no era cualquier ninja… y cuando vi a la chica que lo acompañaba, el rompecabezas se completó.
—Yo, número nueve y siete de la suerte, ¿a qué se debe esta visita tan fuerte? Compañeros jinchūrikis, en esta tierra tan pequeña, ¿buscan guerra, paz… o romper alguna cadena?—.
La niña respondió. Viva y alegre, como una chispa de fuego.
—¡Yo soy Fū! ¡Contenedora del Nanabi! ¡La número siete! ¡Y esta es una visita sorpresa, no un ataque sorpresa!—.
La niña sabia rimar… me cayó bien. Pero la simpatía no disipa el peligro. El rubio… ese era distinto. Había algo en su mirada. No solo poder, era… un rostro que debería reconocer como si ya nos hubiéramos visto antes, pero no sabia en donde. Se movía con calma y eso me preocupó más que si hubiera desenvainado.
El chakra de Gyūki se agitó. Como si reconociera algo que yo no.
“Bee… ese chico… lleva algo más. El poder que tiene es algo viejo, algo antiguo que los humanos no deberían dominar”
Tome nota de la advertencia de mi compañero y observé al número nueve acercarse al daimyo como si tuviera derecho. Como si el mundo fuera suyo. Nadie cuerdo camina así delante de un jinchūriki. A menos que sepa que puede sobrevivir.
—Daimyo del País de las Aves, soy Uzumaki Naruto, líder provisional del País de las Olas. He venido a prestar un servicio en señal de buena voluntad entre nuestras tierras—.
Así que ese era su nombre, Uzumaki. Tenía sentido. El chakra denso y en raudales lo confirmaban. La conversación fue rápida, pero cada palabra suya era un escalón hacia algo que yo no podía permitir. Si él actuaba, si cambiaba el equilibrio que con tanto cuidado habíamos establecido… Kumogakure perdía ventajas.
Coloqué mi espada sobre su hombro. Como una advertencia.
—Tu nombre suena firme, tu andar seguro, pero yo defiendo este suelo oscuro. Nuestra misión no admite juego, así que vete, chico, antes del fuego. Que si doy un paso, será el final, y tu destino… se volverá fatal—.
Pero él no retrocedió. Me miró a los ojos como si supiera cuántas veces he matado, como si no le importara.
—No tengo interés en un conflicto con Kumogakure. Tampoco creo que tengas permiso para destruir una capital por voluntad propia. Una pelea entre nosotros borraría este lugar del mapa—.
Y tenía razón. Él chico mas el numero nueve y la chica Fū con el siete de la suerte… contra mí y Gyūki. Tres bestias, veinticuatro colas. Un escenario listo para una catástrofe, que solo las grandes guerras shinobi han visto.
/Una sola técnica con bijūdamas y habría un cráter aquí que los pájaros usarían como lago los próximos veinte años. Y no solo eso… el impacto político sería irreversible. El Raikage no lo aprobaría. Las otras naciones responderían. Los tratados caeríany las guerras comenzarían. Todo por una pelea de orgullo/. Pensé en el delicado equilibrio que podría romperse fácilmente aquí y ahora.
Así que medí mis palabras. Me estiré y señalé una cordillera a lo lejos.
—No puedo dejar que lo impidas, eso no es broma, pelearemos allí, lejos de la zona. El Raikage habló, misión es misión, así que cumple o enfrentas mi explosión—.
Y él, simplemente, me dijo:
—Me niego—.
Como si tuviera ese derecho. Pero el chico lo tenía, obligarlo no era una opción o desataría una pelea en el lugar que quiero evitar que se destruya. El chico Uzumaki entregó un contrato. El daimyo firmó y Kumogakure perdió la jugada. Sin violencia, sin gritar solo con inteligencia y temple. Y eso lo hizo aún más peligroso, no por su bijū, ni por su chakra. Sino porque era un jinchūriki estable, que pensaba en diplomacia y no como el resto, que fueron entrenados para pelear sin pensar y yo lo sabía. Porque yo también soy un arma y reconocería a otra.
——————————————————————————————————————————–
Pov Naruto
Me tomó menos de quince minutos capturar al traidor, desenmascararlo, presentarlo ante el daimyo y hacerlo confesar bajo mi Matriz de la Verdad. Cobré la recompensa, todo lo que alguna vez fue suyo me pertenece ahora. Una buena suma de dinero, pero eso no era lo importante. Al revisar su almacén, encontré la verdadera razón por la que había venido a este país.
Técnicas de clanes. Este grupo de shinobis errantes, demasiado débiles para sobrevivir como verdaderos ninjas, se había convertido en una plaga silenciosa, ladrones de historia, de linajes, de secretos. Entre sus pertenencias había pergaminos robados de casi todas las grandes naciones. Técnicas del Kagemane de los Nara, jutsus de expansión de los Akimichi, sellos Uzumaki que solo deberían existir en ruinas. Técnicas de fuego Sarutobi, genjutsus de los Uchiha.
Había también Raiton en abundancia, claramente sustraído de Kumo, y jutsus de viento que reconocí como propiedad de clanes de Suna. Técnicas de clanes extintos de Kiri, perdidas tras las purgas de sangre. Incluso tenían Roca Agravada y Roca Ligera, dos jutsus tan celosamente guardados por Iwa que nadie fuera de la familia directa de Onoki los había visto ejecutar.
Pero la joya de su colección eran dos técnicas que no deberían estar en manos de nadie fuera de sus dueños originales. La primera, Cubierta Desconcertante sin Polvo, el jutsu que hizo famoso al Segundo Tsuchikage como “Mujin”. Usaba vapor para curvar la luz ocultando su presencia e incluso ocultar el chakra, haciéndolo indetectable incluso para los sensores más hábiles. La segunda, el Rayo Negro de Kumo, un jutsu que hasta donde sé, solo Darui conoce. Según los apuntes que leí, está vinculado al Senjutsu.
—Estos malditos eran increíblemente débiles, pero unos ladrones de primera para haber despojado a tantos clanes a lo largo de la historia—. Estaba sorprendido. No tenía idea de que este país escondiera semejante botín oculto bajo la sombra de mercenarios sin nombre.
Sellé todo rápidamente. Los pergaminos, las técnicas robadas, incluso los objetos de valor que encontré entre los restos del clan de mercenarios. Luego se los entregué a Fū.
—Protége esto a toda costa. Tengo el presentimiento de que me espera un encuentro con Killer B… y tú no debes involucrarte si puedes evitarlo—.
Sabía que Fū lo entendería. Era práctica, y lo suficientemente astuta como para esconderse o escapar. Nos quedamos unos días más para asistir a la ejecución pública del traidor. El daimyo apareció… o mejor dicho, La daimyo.
Toki, hermana del antiguo señor feudal, reveló su verdadera identidad. Había asumido el rol de su difunto hermano con el fin de atrapar al verdadero culpable detrás de su muerte. Tras la confesión forzada del traidor, el pueblo la aceptó con una mezcla de respeto y alivio. No era el típico monarca, y eso les agradó.
Firmamos una alianza simbólica, nada demasiado comprometedor dada la distancia entre nuestras tierras.
—Gracias por todo, Naruto-sama —. Dijo, con una sonrisa sincera.
Y la verdad… no era desagradable. De hecho, nos llevamos bastante bien.
/Todo fue platónico. Quiero pensar que fue platónico. /
Pero claro, Fū no ayudaba. Me miraba con picardía, sonriendo como una tonta mientras me daba codazos.
—Voy a contarle a Temari y a Sasame de tu infidelidad, jejeje Karin te matara también pequeño mujeriego jejeje —. Susurraba con esa vocecita burlona.
/ Pequeña descarada, se diverte como si esto fuera un juego… /
Durante esos días de descanso y preparativos, no pude evitar notar al equipo de Kumo. Rondaban cerca, vigilándome con descaro. Aunque su misión había terminado con la ejecución del traidor, era evidente que nos esperaban. No me molestaba de hecho, lo había previsto.
El día de nuestra partida, dejé todo listo. Fū tenía instrucciones estrictas, no intervenir pase lo que pase. Proteger el tesoro, y solo si era estrictamente necesario, escapara los alumnos de B al punto de reunión. Pero rogaba no llegar a ese punto. No me gusta la idea de dejar que una niña tenga que pelear contra otros dos de su edad… y una adulta que pasaba los veinticinco.
Salimos rápido. Esta vez no a mi velocidad máxima. Corrimos hacia la misma cordillera que B había señalado días atrás y esperamos allí un par de horas. El clima era seco, las piedras calientes al tacto. Fū estaba tranquila, más de lo que debería. Después de una charla con Chōmei, tendría acceso a una buena porción de chakra bijū si llegaba el momento de luchar por su vida. Ya había dejado un clon de madera oculto en el terreno.
Y tal como esperaba apareció el intento de rapero.
—Saludos, número Ocho. Hablemos un momento. Que tus alumnos esperen con mi amiga Fū más allá. Confío en que se mantendrán civilizados—.
B asintió sin decir nada. Con una seña, Omoi y Karui se alejaron con Fū. Estaban tensos, pero obedecieron. No me molesté en mirarlos de nuevo. El verdadero peso estaba en quien se quedó, Samui. Le lanze una mirada y sin palabras, le hice la pregunta con los ojos.
—Órdenes del Raikage. B-sama debe mantenerse vigilado… o intentará escaparse para unas vacaciones—. Respondió secamente.
Asentí. Había lógica en ello por lo que entendía de la personalidad de B.
—Ya veo… tú eres su vigilante. Te aseguras de que no se salga de la correa. Debes tener un sello o algo peor preparado para suprimirlo, si es necesario—.
B frunció el ceño. No rimó esta vez, su tono era sobrio, serio. Nada de ritmos, nada de bromas.
—Se ha corrido el rumor sobre lo que pasó en Konoha. Y sobre que ahora eres un ninja renegado. Kumo ha estado buscándote… para ofrecerte un reclutamiento. Pienso que es una tontería, pero el hermano mayor quiere una ventaja más para Kumo—.
El silencio se extendió entre nosotros. Lo miré fijamente, su postura era neutra, pero su mirada cargaba honestidad. No tenía intención de atacarme, todavía.
Le di una sonrisa divertida. No burlona, sino genuinamente entretenida. Samui frunció el ceño al instante, pero B no se inmutó. Su rostro seguía sereno, como si ya conociera mis pensamientos.
—Déjame ver si entiendo esto… ¿Quieren que cambie mi antigua prisión, Konoha… mi antiguo amo, por otro nuevo? ¿Kumo? ¿Un lugar que haría exactamente lo mismo? ¿Convertirme también en un arma útil mientras dure?—.
Samui se tensó como un resorte. Su mirada era puro reproche.
—¿Cómo te atreves? Kumo es diferente a otras aldeas. B-sama es tratado con respeto. Es el guardián de nuestra aldea—.
No pude evitarlo, me reí. Una carcajada honesta, como si me acabaran de contar el mejor chiste de la semana. Fue sólo la mano de Bee, firme sobre el hombro de Samui, lo que evitó que ella me atacara.
—Dios… eso fue bueno. ¿De verdad ella cree en esa idiotez B? —. La miré de reojo, casi con pena.
—¿Realmente piensa que él es amado? B vive fuera de la aldea. Lejos de la gente, siempre vigilado constantemente por shinobis. Lo siguen como sombras, como carceleros disfrazados de amigos. ¿Eso es amor? ¿Eso es respeto?—.
Volteé a verla, directo a los ojos.
—Tú misma eres el ejemplo perfecto—. Mi voz era baja, rezumando diversión.
—Eres quien maneja su correa, pero actúas como si solo fueras parte de su equipo. Tú misma lo dijiste, debes mantenerlo vigilado. ¿Por qué? Porque le tienen miedo. Porque en cuanto puede, trata de escapar. No para hacer daño, sino para tener un descanso. Deja de ser un arma, y de inmediato se convierte en un riesgo—.
Sus labios apenas temblaron demostrando su ira, pero no dijo nada. Su silencio era más elocuente que cualquier defensa.
—Te dieron un sello para usarlo, ¿no? En caso de que “se vuelva inestable”—.
Mi mirada se deslizó hacia B.
—Pero él no lo es. Nunca lo fue, solo quiere vivir en paz… lejos de todo esto—. Bee no dijo nada, podía verlo en su rostro, el ya sabia todo esto, era demasiado viejo demasiado hastiado para no saber ya estas verdades.
Entonces recordé a Yugito. Recordé cómo murió en el canon. Recordé que durante la Cumbre de los Cinco Kages, el Raikage ni siquiera la mencionó. No lloró o exigió justicia. No gritó su nombre. Yugito era una herramienta perdida… reemplazable. Un arma más que había fallado.
—¿Y Yugito? ¿También es una “guardiana”? ¿O es solo otra pieza en el inventario de armas de tu aldea? Otra etiqueta bonita para cubrir el olor a mercancía usada—.
Samui temblaba de rabia. Pero debajo de esa rabia estaba la grieta, un atisbo de duda. Esa duda que empieza como una molestia en la garganta y acaba desmoronando creencias enteras si la dejas crecer. No era la Samui del canon, distante, imperturbable, casi mecánica. Esta era humana. Leal, pero joven. Engañada y adoctrinada.
No la culpaba. Yo también creí una vez que la aldea me amaba. Fue B quien rompió el silencio. Sin sus rimas, sin alegría. Solo voz grave y cansada.
—Supongo que eso es un no—. No sonaba decepcionado. Más bien resignado.
—Todos los jinchūriki renegados que he conocido disfrutan ser libres. Liberarse de las cadenas que los criaron… es natural. No te juzgo por eso—.
Pero su voz cambió. No su tono, sino su peso. Cayó como plomo.
—Sin embargo… representas un peligro. Y ya lo has demostrado al interferir en una misión de Kumo. No puedo ignorarlo—.
Suspiré con decepción. Esta conversación no podía terminar de otro modo. Me relajé, dejando que el chakra fluyera lentamente por mi cuerpo… pero era el qi el que me fortalecía más allá de lo que el chakra jamás lograría. Profundo, sereno, absoluto. Como el peso de una decisión tomada.
—Entonces ven, Guardián de Kumogakure—. Me enderecé, mirándolo con serenidad.
—Muéstrame cuánto te importa Kumo… o cuánto la soportas solo porque no tienes otro lugar donde pertenecer—.
Mis ojos se deslizaron hacia Samui… luego de regreso a Bee. Sin decir palabra, invoqué la Kubikiribōchō. La hoja colosal apareció en una nube de humo, el metal pesado retumbando al clavarse en la tierra. Con un giro de muñeca, comencé una serie de sellos para el Chidori. El crujido del rayo resonó, y el chakra crepitó a mi alrededor como una tormenta naciente. La hoja se cubrió de electricidad, no solo afilándola, sino protegiéndola.
Sabía lo que B podía hacer. Él era un maestro del rayo… y su chakra era tan agudo que podía cortar el acero como si fuera papel. No podía darme el lujo de permitirle esa ventaja.
—Hagamos un trato B. Dile a Samui que se aleje. Que tus alumnos dejen en paz a Fū. A cambio, no los tocaré. No los usaré como rehenes ni buscaré una ventaja. Mientras Fū no sea atacada, no intervendrá. Pero si lo hacen… —. Mi mirada se volvió más dura
— No creo que Omoi o Karui puedan enfrentar al Nanabi. Y cualquier sello que tenga Samui sería inútil contra ella— .
Bee observó a Samui… y asintió.
—Haz lo que dice—. Fue todo lo que dijo, sin rimas. No había tiempo para juegos.
Samui apretó los dientes, pero retrocedió. Se alejó con rapidez, obedeciendo sin cuestionar. A fin de cuentas, B era su técnicamente su superior… y ninguno de ellos podía arriesgar una guerra en territorio extranjero.
Entonces, lentamente, él desenvainó sus espadas. Una tras otra, hasta tener todas en sus manos. El metal brilló con reflejos mortales mientras una fina capa de electricidad las recubría. Un control absoluto de su chakra raiton. Perfecto, refinado y dominante. El tipo de control que solo un guerrero de mil batallas podía desarrollar.
Ninguno de los dos habló pues no hacía falta. Ambos sabíamos que esta pelea era innecesaria… y sin embargo, inevitable.
Él no quería luchar, yo tampoco. Pero yo no iba a retroceder, y él… él obedecería las órdenes de eliminar amenazas a Kumo. Así comenzó una batalla sin odio… pero no por eso menos letal.
——————————————————————————————————————————–
Pov Fū
Ella los miró desde la sombra del árbol, con la tranquilidad de quien ya ha vivido ese tipo de escena demasiadas veces. Frente a ella, los dos genin de Kumo estaban tensos, los músculos duros, el chakra agitado. Tenían miedo, y no lo ocultaban bien. Fū lo reconocía al instante, porque había crecido entre miradas como esa. Miradas que no la veían como una niña, sino como un monstruo.
Jugó con un escarabajo que encontró en la corteza, haciéndolo caminar por la palma de su mano. Chōmei le decía que esos insectos eran frágiles, y que ella podía aplastarlos sin esfuerzo. También podía hacerlo con esos genin si lo deseaba… pero no lo haría. Naruto no quería que peleara. A él no le gustaba que los niños lucharan, algo que a veces le parecía extraño en un mundo como el suyo, donde hasta los más jóvenes morían por órdenes ajenas.
Pero Naruto era amable. La trataba con respeto, con palabras dulces y bromas ligeras. Era divertido, distinto a todos. Por eso le haría caso. No empezaría una pelea, aunque sabía que podría terminarla en un instante. Solo si tocaban a Naruto… solo entonces, aplastaría todo a su paso sin dudarlo.
Fue entonces cuando llegó la mujer rubia, de pechos grandes y rostro sereno. Fū la observó con atención. Mentiría si dijera que no sintió un poco de celos. Había algo en esa mujer que llamaba la atención, una mezcla de fuerza y belleza que ella aún no tenía. Pero no importaba, negó con la cabeza suavemente. Ella también crecería., algún día sería tan fuerte y tan hermosa como esa mujer, o incluso más.
Vio cómo la recién llegada hablaba con los chicos de Kumo. Les dio órdenes, como si supiera que estaban en peligro. Fū no se movió, pero estaba lista. Si uno solo de ellos intentaba algo contra Naruto, los aplastaría sin piedad. Eso hacían los amigos, los verdaderos amigos.
Conforme pasaba el tiempo y las explosiones resonaban a lo lejos, la tensión crecía. El chakra se agitaba como una tormenta lejana. No era solo poder, era algo más oscuro, más denso. Chakra de bijū filtrándose por el aire, los genin de Kumo palidecieron. El sudor les bajaba por el cuello. No estaban preparados para esto, y lo sabían.
El miedo se convirtió en pánico cuando una figura colosal emergió entre los árboles distantes. Era el Hachibi. El pulpo-buey rugió, sacudiendo el suelo y los cielos por igual. En sus fauces se formaba una bijūdama, una esfera negra e hirviente que crecía y giraba como una promesa de destrucción. El aire temblaba, todo se volvió estático. Incluso Chōmei se quedó en silencio.
Pero entonces… el cielo se rasgó con un estallido, los truenos rugieron. Rayos zigzaguearon desde las nubes, reuniéndose en un punto brillante sobre el campo. Un dragón hecho de puro raiton descendió, majestuoso y letal. Su cuerpo chispeaba con millones de voltios. Cayó sobre el Hachibi con la fuerza de una tormenta divina, interrumpiendo la bijūdama.
Hubo un grito de furia. Luego, una explosión. La onda expansiva fue tan violenta que arrancó árboles de raíz y cubrió el horizonte en un resplandor blanco. Fū se alzó de un salto, cubriéndose.
——————————————————————————————————————————–
Pov Naruto momentos antes
Killer B se movió sin previo aviso. Las ocho espadas ya estaban en su lugar, una entre los dientes, dos en las manos, otras en codos y rodillas. Su cuerpo se volvió una tormenta en movimiento. Cada extremidad era un filo; cada paso, una danza mortal. Giraba y se deslizaba como un trompo humano, impredecible, salvaje, hermoso en su brutalidad. No había duda, B no solo luchaba, danzaba con la muerte.
Mis sentidos, agudizados por el qi, fueron lo único que evitó que me partiera en dos. Movimientos imposibles de leer para cualquiera más lento o sin el sharingan, pero aun asi eran demasiado caóticos para siquiera pensar en encontrar un patrón. Me deslicé hacia un lado, haciendo girar a Kubikiribōchō para bloquear el primer aluvión. El impacto sacudió la espada, y las chispas de chakra raiton se esparcieron por el campo como fuegos artificiales.
Las espadas chocaban una y otra vez. Cada contacto era estruendoso. Descargas brotaban de nuestras armas, iluminando los rostros, quemando el aire entre nosotros. No había tiempo para respirar. Cada defensa mía era respondida con un ángulo distinto, una combinación más agresiva. B no me daba tregua, coreografiara cada golpe con años de experiencia, pero sin repetir un solo patrón.
Retrocedí, giré, rodé por el suelo, detuve una estocada con el filo de mi hoja y la desvié lo justo para que no tocara mi brazo. Mis pies se deslizaban por la tierra humedecida. Kubikiribōchō, ahora reforzada con chakra raiton, me servía más de escudo que de arma. B me presionaba, probando mi límite. Era como enfrentar a una tormenta, bastaba un error y el rayo partiría el mundo en dos.
B cambió de ritmo. En lugar de girar, se agachó, impulsándose con un salto que lo lanzó sobre mí. Las espadas rotaron en sus codos mientras giraba en el aire, cortando todo lo que hubiera encima y debajo. Me cubrí con la hoja, absorbí el impacto, y fui lanzado varios metros atrás. Aterricé con un giro, clavé la espada en el suelo y frené el impulso.
—¡Vamos, chico! ¡No puedes quedarte solo en defensa! —. Rugió B, su voz resonando.
—¡Demuéstrale lo que tienes!—.
B cargo, el suelo tembló cuando su manto de bestia apareció parcialmente. Tentáculos de chakra surgieron como látigos. Al mismo tiempo, una de sus espadas se clavó junto a mi rostro, desviada apenas por una maniobra de muñeca. No podía seguir aguantando. Tenía que responder. Tenía que cambiar el ritmo o esa danza me mataría.
Tomé una respiración profunda, abrí mi postura y dejé que el qi fluyera. No como un río… sino como un rayo. Mi cabello se erizo, cargado de energía. El chakra empezó a girar en espiral en mi núcleo, mezclándose con el qi, provocando una vibración en el aire que le arrancó un silbido.
—Ahora es mi turno… —. Susurré, y me lancé hacia él.
Kubikiribōchō giró, no como escudo, sino como un martillo. Cargada con chakra relámpago, impactó contra las espadas de Bee, devolviéndole la fuerza con una onda de choque. La tierra tembló bajo nuestros pies. Ahora, bailábamos los dos.
Lentamente, el manto bijū también me cubrió. Tres colas brotaron de mi espalda con violencia, girando como látigos de chakra encendido. B respondió al instante, su forma cubierta con el mismo nivel de poder. Tres colas de Hachibi lo rodearon como armadura viva, zumbando con energía cruda. El aire se volvió pesado, denso, casi líquido por la concentración desmedida de chakra corrosivo que ambos emanábamos. La vegetación se secó. La tierra se agrietó, a la distancia, los shinobi que observaban retrocedieron instintivamente.
Y entonces volvimos a chocar. Esta vez no éramos solo hombres, ni shinobi, ni espadachines. Éramos las extensiones vivas de nuestras bestias, de nuestras voluntades. El crujido del suelo acompañaba cada movimiento. Las ondas de choque partían rocas, levantaban escombros y hacían vibrar el aire como un tambor de guerra.
B rugió una rima incompleta, interrumpida por el golpe de mi espada contra su guardia. No había pausa, cada instante era una colisión de poder, de velocidad, de instinto. Por un lado, un veterano experimentado, jinchūriki entrenado desde niño, maestro de raiton y espadachín sin igual.
Por el otro, un niño que no debería estar a su nivel… y, sin embargo, lo estaba. No por experiencia, sino por linaje. Por genética, por voluntad. Por el qi que corría como fuego divino por mis meridianos.
Una a una, las espadas de B comenzaron a ceder. La primera se astilló con un chirrido al recibir un corte descendente. La segunda se quebró cuando forcé un cruce en diagonal. Otra más explotó en pedazos cuando mi chakra, envuelto en relámpagos rojos, la atravesó como si fuera papel mojado. B retrocedía, pero no huía. En sus ojos no había miedo. Solo respeto, cautela y determinación.
Kubikiribōchō brillaba, vibraba, cantaba con cada corte. La hoja regeneraba sus daños absorbiendo la sangre de ambos, cada rasguño reforzándola, cada impacto cargándola más. Era un arma de guerra. Era el arma superior en esta pelea ,y aun así, las espadas de B… resistieron más de lo que debían. Forjadas para su estilo único, sus hojas luchaban con él, morían con él.
Pero lentamente, innegablemente… se fue quedando sin armas. Respiré hondo, con el pecho desnudo cubierto de chakra palpitante. Una estocada de B rasgó mi costado, otra casi se lleva mi oreja. Él también sangraba. Una ceja abierta, un brazo entumecido. Nos miramos entre los destellos, entre las colas que giraban y chocaban, entre el humo que brotaba de nuestros cuerpos por el exceso de chakra.
—Eres bueno, chico… tu falta de experiencia se compensa con esa resistencia absurda de Uzumaki y ese poder crudo—. Gruñó B, apenas jadeando, con una sonrisa torcida.
—¡Pero esto no ha terminado… voy a mostrarte mi verdadero nivel entrenado! ¡Ocho colas, sin temor, con estilo y con fervor… siente el rugido del destructor! —.
Con la pérdida de su última espada, B se enderezó como si el peso del mundo cayera de sus hombros… y lo arrojara de vuelta al cielo.
Entonces el aire vibró. Su piel comenzó a quebrarse. Se desintegró, deshecha por dentro, como si su cuerpo fuera un molde roto por la presión interna. La carne humana se evaporó ante la intensidad del chakra. Y en un latido… ocho colas brotaron como lanzas vivas, girando a su alrededor.
El chakra lo envolvió con violencia, denso como lava, hirviendo el aire a su paso. El campo entero pareció inclinarse hacia él. El suelo crujió, las rocas se alzaron del temblor. El cielo se oscureció por nubes formadas solo por la fricción del chakra. Y en medio del estallido, B emergió.
Cubierto por una capa grotesca y densa, deforme y viva, el manto nivel 2 del Hachibi se formó en segundos. Hueso de chakra creció sobre su brazo, formando un ariete con la forma de un cráneo de buey, símbolo del poder que ahora desataba sin contención.
—¡Soy Killer B, jinchūriki invencible! ¡Con Gyūki a mi lado, soy inquebrantable, indestructible! ¡Siente la furia del rayo encadenado, ¡mi rugido es ley, mi golpe es dictado! —.
El rugido lo soltó al cielo. Una onda expansiva recorrió kilómetros a la redonda, arrastrando polvo, agua y fuego en una sola sinfonía de destrucción. Y yo… sonreí.
Porque, por primera vez, no me sentí abrumado. No como contra Itachi. No como contra Kakuzu o el Akatsuki. Esta vez, sentía que tenía una oportunidad. Una chance real de hacerle frente a este monstruo de chakra que estaba frente a mí. Y esa oportunidad… era suficiente.
—Vamos, B —. Susurré mientras el manto de tres colas vibraba a mi alrededor
Con el dedo meñique, recubierto de chakra, apuñalé un punto preciso detrás de mi oreja, un pequeño nodo de acupuntura capaz de adormecer el dolor. No era un masoquista como para enfrentar lo que estaba por venir sin prepararme.
Ya no tenía sentido seguir usando Kubikiribōchō. La espada era una bestia de resistencia, pero no estaba hecha para esto. La sellé en un solo gesto y me detuve un instante. Respiré hondo. El chakra de Kurama se disipó alrededor de mí, absorbido. Mi dantian lo tragó como fuego que se une a otro fuego, y lo transformó en algo más puro. Qi de altísima calidad, que hervía en mis meridianos.
Había una técnica que entrené durante los seis años de reclusión, mientras reconstruía mi cuerpo desde los restos, aprovechando los breves intervalos en los que no estaba sumido en meditación profunda. En todo ese tiempo solo dominé tres artes. No eran muchas, ni remotamente comparables con los repertorios imposibles de los prodigios legendarios de la cultivación. Pero yo nunca fui un genio. Solo un necio con la obstinación suficiente como para no morir.
—Arte del Horno de Carne Dorada: Primer Horno—.
El Qi Yang rugió dentro de mí, un raudal sin concesiones. Mis venas ardieron como ríos de metal al rojo vivo mientras el cuerpo entero crujía bajo una compresión antinatural. Huesos, órganos, músculos y médula fueron invadidos por el calor dorado de la alquimia interna, no para destruirlos, sino para forjarlos una vez más. Me convertí en una forja viviente, un horno sellado en carne. Desde el interior, un resplandor escarlata recorría mi piel, y el aire a mi alrededor se deformaba, ondulando por el calor contenido.
La tierra bajo mis pies respondió de inmediato. Se agrietó como si soportara el peso de algo que no debía existir. No era solo resistencia, era masa real. Mi densidad física aumentaba con cada respiración, templada capa tras capa como hierro refinado durante años de circulación continua de qi. Tal vez no era el más talentoso de este mundo, pero nadie podía negar que mi cuerpo era una obra llevada al límite de lo posible.
B rugió, una bestia de chakra y furia, y yo avancé sin dudar y chocamos. No hubo jutsus, ni ilusiones, ni sellos. Solo fue cuerpo contra cuerpo, puño contra puño. El choque liberó una onda de impacto que arrancó árboles de raíz y pulverizó rocas cercanas. El bosque entero tembló… y luego quedó en silencio. Por un instante, incluso el País de las Aves pareció contener el aliento. Así de brutal fue el primer contacto.
Entonces comenzó el verdadero intercambio. Cada golpe resonaba como tambores de guerra, profundos y pesados, y cada choque hacía retroceder a la tierra misma. Relámpagos caían sin control, atraídos por la energía saturada en el aire. El chakra de B era tan violento que evaporaba la lluvia antes de que tocara el suelo. El mío… hacía crujir la piedra bajo mis pies, abriendo fisuras mientras la humedad interna hervía y la roca se resquebrajaba, incapaz de soportar la presión y el calor contenidos en mi avance.
Un jinchūriki perfecto, en Nivel 2, guiado por la bestia de las Ocho Colas. Contra un cultivador al borde de alcanzar el Núcleo Dorado, cuyo cuerpo era, en sí mismo, un horno viviente.
Nos movíamos a velocidades que ningún ojo normal podría seguir. El claro creado por el primer choque ya no existía; en su lugar había un cráter hundido y humeante. Cada golpe era una colisión de voluntades. Cada movimiento buscaba no solo herir, sino demostrar que el otro podía sangrar.
—¡Tus golpes tienen peso, chico, y tu cuerpo es bestial! ¡Pero el rayo aún danza, y mi furia es letal! —. Rugió B, mientras una de sus colas se solidificaba en un látigo óseo, azotando hacia mí con una fuerza que habría convertido a hombres menores en simple pasta.
Lo esquivé por centímetros y contraataqué. Mi brazo dejó una estela roja al avanzar. El aire entre nosotros ya no era aire, era chakra puro, denso y violento, como agua hirviendo. Quemaba, distorsionaba y hacía hervir cada aliento. Y aún no habíamos terminado. No hizo falta una señal, nos entendimos con una sola mirada.
B rugió y avanzó. Su cuerpo estaba cubierto por aquella capa densa y grotesca de chakra. El Nivel 2 había reconstruido su piel como una armadura viva. Cada uno de sus pasos hacía crujir la tierra bajo sus pies, y el aire a su alrededor hervía como vapor atrapado en una olla de presión. Sus ocho colas de chakra se agitaban como látigos, cargadas de una furia primitiva.
Yo también di el paso. El Horno de Carne Dorada seguía activo. Cada músculo vibraba con el calor del qi yang circulando por mis meridianos. No tenía una capa visible, pero mi piel ardía desde dentro, generando una presión constante que resquebrajaba la roca bajo mis talones. Mi cuerpo ya no era carne, era hierro al rojo vivo. Puro poder corporal.
El siguiente choque fue un puñetazo directo. Sin desvíos ni fintas, un golpe frontal, con todo el peso del mundo detrás. La onda de impacto barrió los árboles en un radio de cincuenta metros. Ambos nos hundimos hasta las rodillas en la tierra destrozada. Y, aun así, volvimos a golpear.
Él respondió con un gancho lateral que me sacudió los órganos. Yo contesté con un cruzado que le torció el cuello. Pero sus ojos seguían clavados en los míos. La capa de chakra chirriaba, reaccionando al calor de mi qi. El suyo era una marea violenta. El mío, una llama interna constante, sin descanso.
No había técnica, ni esquiva. Cada golpe entraba, cada músculo temblaba. Pero ninguno retrocedía. Mi brazo izquierdo ya no se alzaba por el dolor, pero el derecho seguía siendo una maza viva. B tenía fracturas en las costillas y el hombro dislocado, y aun así rugía. No por dolor, sino por la emoción pura de una pelea de este nivel.
—¡ESTO ES GUERRA! —. Gritó, con espuma en la boca.
—¡NO ES BAILE, NI JUEGO, NI ESTRATEGIA! ¡SON PUÑOS QUE GRITAN QUIÉN MERECE VIVIR! —.
Respondí con otro directo. Él contestó con un cabezazo. El cráneo de buey formado por su manto se estrelló contra mi frente. Sangre y chakra llovieron a nuestro alrededor, evaporándose casi al instante por el calor. Cada impacto sonaba como un trueno.
La tierra ya no podía contenernos, resquebrajándose bajo la violencia desatada. Hasta las nubes parecían retroceder ante la presión de nuestra lucha. No hablábamos. No pensábamos, solo golpeábamos. Puño contra puño, carne contra chakra y hierro contra fuego.
La diferencia entre nosotros no estaba en el poder. Era una simple pregunta. ¿Quién se rompería primero?
Entonces B dio el primer paso atrás. Fue un retroceso breve, casi imperceptible, pero innegable. El había logrado conectar un golpe, pero el mío había sido más limpio. Su pie crujió contra el suelo al afirmarse. La mandíbula se le tensó y rugió hacia el cielo, un sonido gutural y primitivo, y el chakra rojo respondió.
De pronto, se solidificó, y el hueso creció sobre todo su cuerpo como un exoesqueleto. No era carne, era chakra moldeado, chakra solidificado en una armadura nacida de la furia y la voluntad de Gyūki. Cada parte de su cuerpo quedó cubierta por aquella carcasa ósea, una versión infernal de un samurái. El aire se volvió espeso, pesado, y la temperatura se disparó ante la cantidad absurda de chakra que estaba liberando.
/Es diferente al canon, es muy diferente, es mas fuerte y esta forma es una que nunca se mostro/. Pensé en como era la segunda persona que mostraba una diferencia, primero Kakashi y ahora Killer B.
El aluvión de golpes que siguió me hizo tambalearme. Por un instante, un solo latido todo se redujo a presión y dolor. Fue suficiente para entenderlo, si no aumentaba mi nivel, me rompería. Cerré los ojos un segundo. Respiré hondo, luego grité con el alma.
—¡Segundo Horno!—.
Kurama respondió respondió a mi suplica y seis colas de chakra brotaron de mi espalda, violentas e indomables, y en lugar de envolver mi cuerpo, fueron arrastradas hacia dentro. El dantian las devoró sin piedad, triturándolas y refinándolas a la fuerza. El chakra bijū fue despojado de su naturaleza salvaje y reducido a combustible bruto, empujado más allá del límite humano, y el cambio fue inmediato, llegando a una nueva profundidad de poder.
Un poder aplastante recorrió mi médula. Los tendones se tensaron hasta volverse cuerdas de acero, la musculatura se compactó con una densidad antinatural y la piel adquirió una dureza metálica sin emitir brillo alguno. No había manto, no había aura visible. Solo peso y solo presencia. Mi cuerpo había sido elevado a un nivel físico superior, sostenido mientras el dantian siguiera devorando chakra.
El Horno de Carne Dorada se reforzó. Ya no era solo un cuerpo blindado. Era hierro forjado con fuego bijū.
El intercambio de golpes se reanudó. Ninguno cedía ni daba un paso atrás, quizá por orgullo, quizá por esa terquedad primitiva que nace del combate entre hombres.
Los puños de Bee, ahora cubiertos de hueso, me golpeaban sin cesar. Pero con cada impacto, pequeñas grietas nacían en su armadura. Sus nudillos se astillaban bajo la repetición. Mi regeneración, empujada aún más lejos por el Segundo Horno y alimentada por el qi yang, cerraba las fisuras internas, recolocaba huesos desplazados y cosía músculos desgarrados casi al instante. Mi cuerpo no retrocedía, se resistía a ceder y ardía con poder.
Fue ese empuje lo que me devolvió por completo al combate. La presión volvió a inclinarse a mi favor. Cada vez que golpeaba, el cráneo de buey temblaba bajo el impacto. La capa ósea se resquebrajaba en líneas cada vez más profundas. Él gruñía, se mantenía en pie por pura voluntad, y yo tampoco cedía.
Mi dantian devoraba el poco chakra que Kurama lograba filtrar a través del sello, demostrando una vez más por qué era el bijū más fuerte. Yo lo comprimía sin descanso, lo despojaba de su naturaleza salvaje y lo convertía en qi yang puro: el combustible del horno que se había vuelto mi cuerpo. Cada latido era refinamiento. Cada respiración, consumo.
Y poco a poco, golpe tras golpe, volví a ganarle terreno. El intercambio seguía siendo brutal, pero algo había cambiado. B se volvió más lento. No por falta de espíritu, sino porque su cuerpo mortal empezaba a ceder ante una violencia que no daba tregua. Fue entonces cuando lo vi. Una mínima apertura, un desfase en su guardia.
Me lancé, un golpe de doble palma, directo al torso. La defensa se quebró. La armadura ósea de su pecho estalló como cerámica sometida a una presión imposible. El impacto lo hizo retroceder varios pasos, soltando un gruñido ahogado. Esa fue la grieta. El punto de ruptura.
Su chakra comenzó a burbujear fuera de control. Un mar hirviente que distorsionaba el aire, deformaba la luz y hacía vibrar la tierra. El manto ya no obedecía a una forma estable. Entonces ocurrió., del cuerpo de B brotaron tentáculos de carne.
No era chakra, era carne real. Masa viviente arrancada directamente de Gyūki. La forma verdadera del Hachibi emergió como una ola de odio encarnado. Mostrando al Jinchuriki perfecto, al romper los límites del recipiente humano. El gigantesco buey-pulpo rugió, y el sonido sacudió árboles a kilómetros de distancia, como si la tierra misma gimiera.
Sus fauces se abrieron, enormes, antinaturales. En su interior, el chakra yin y yang comenzó a danzar, mezclándose en una marea primordial. Ya no era un combate entre hombres, y yo no podía permitirlo.
Salte lo mas lejos que pude. a esa distancia no tenía defensa. No sobreviviría a una explosión a quemarropa, así que actué sin dudar. Invoqué las espadas Kiba y las alcé hacia el cielo, liberando todo el chakra que podía forzar fuera de mi cuerpo. Las nubes, ya saturadas por el combate, reaccionaron de inmediato. El calor extremo había levantado corrientes ascendentes, mezclando vapor, polvo y chakra residual, creando una atmósfera inestable. Allí arriba, la separación de cargas comenzó casi por sí sola.
El chakra no creaba el rayo, solo aceleraba lo inevitable. Las nubes se estratificaron, acumulando carga negativa en la base y positiva en las capas superiores. El campo eléctrico creció hasta que el aire dejó de ser un aislante y el cielo entero pareció tensarse.
Usé las Kiba como pararrayos, como anclas. Canalicé tanto chakra que mi piel empezó a ampollarse, obligando a la energía a reconocerme como el punto de menor resistencia. No cree esta tormenta, solo la guié; le abrí el camino.
Los relámpagos naturales respondieron. Al principio fueron descargas dispersas, salvajes, pero pronto comenzaron a entrelazarse, atraídas hacia un eje dominante. Las corrientes se unieron, se comprimieron, se alinearon bajo una sola trayectoria. El cielo rugió como una bestia herida y la masa eléctrica tomó forma. No era chakra convertido en rayo, era rayo puro, refinado y dirigido por chakra. Un castigo celestial contenido en un solo descenso.
—¡Kirin! —. Susurré y el dragón descendió.
—Bijūdama—. Rugió Gyuki.
La esfera se formó al instante frente a Bee, girando como una estrella negra que devoraba luz y sonido. Yin y yang colisionaban en su núcleo, a punto de liberarse. No nos tomó más que unos segundos crear nuestros respectivos ataques, apenas un par de latidos, pero el mío fue más rápido. El dragón de rayos cayó desde el cielo con la furia completa de la tormenta y golpeó antes de que la Bijūdama pudiera ser disparada. La masa inestable fue atravesada, forzada a liberar su energía sin control… y entonces explotó.
La onda expansiva barrió todo el valle. Árboles, roca, montaña, tierra; nada quedó en pie. El mundo fue aplastado por una marea invisible y, en el centro, un hongo de fuego y energía pura se elevó como un sol nacido de la destrucción. El aire ardía, vibraba, gritaba, y durante un instante no existió nada más que luz y presión.
Cuando la explosión comenzó a asentarse, una gran mano emergió del caos y dispersó el viento como si apartara humo. Gyūki estaba de pie. Su cuerpo estaba cubierto de quemaduras profundas, la carne ennegrecida y resquebrajada en varios puntos, pero seguía erguido, imponente. Un tanque viviente, una criatura diseñada para resistir catástrofes, respirando con pesadez entre la devastación.
Su mirada recorrió el campo arrasado. El aire estaba tan saturado de chakra que no podía percibir nada más, ni el mío, ni el suyo, solo un mar espeso y distorsionado que lo cubría todo. Pero entonces lo sintió bajo sus patas. Algo vivo, algo que no pertenecía a la tormenta ni al fuego. El suelo se abrió y un bosque brotó de la nada, joven y voraz, raíces y ramas enredándose alrededor de su cuerpo.
La madera se cerró como un cepo, drenando su fuerza, anclándolo a la tierra misma. Gyūki gruñó, tenso, reconociendo al instante esa presencia maldita, esa herencia que no debía existir fuera de la leyenda.
—¡Mokuton… maldito Hashirama! —. Rugió.
No era el original. Era más tosco, menos preciso, una imitación nacida de la urgencia. Aun así, fue suficiente para retenerlo por unos instantes. Desde sus fauces, Gyūki liberó una ráfaga de chakra bruto; no una bijūdama, sino un torrente devastador que se encendió en fuego al salir. Las raíces ardieron y se carbonizaron al instante, reducidas a ceniza. Rugió con furia, todavía atrapado, todavía herido, negándose a caer.
No muy lejos de allí, separé las manos del sello con el que había invocado aquel bosque naciente. Mi torso desnudo estaba ennegrecido por la explosión, la piel agrietada y cubierta de marcas de quemadura. Aun así, sanaba lentamente. Las heridas se cerraban, las fracturas internas se reajustaban, el dolor retrocedía. Kurama alimentaba mi recuperación, y mis reservas, casi vacías, comenzaban a llenarse de nuevo con cada segundo que pasaba.
“Mocoso. Usa mi chakra. Ve más allá de las seis colas o no podrás con él”. Me aconsejó Kurama con urgencia.
/No, tengo un plan. Una criatura tan grande… es el blanco perfecto para el Rugido/.
Tenía una sonrisa enorme en el rostro. Por fin podía entender por qué a otros les gustaba pelear, la adrenalina, el ego, la emoción cruda del choque. Por primera vez lo sentía sin cadenas, sin preocuparme por proteger a otros, sin contenerme para no herir aliados, sin estar completamente superado por mi enemigo. Era libertad pura, embriagante y peligrosamente adictiva.
Pero aun así, no podía igualar a un bijū completamente desatado… así que tendría que terminar esta pelea usando lo más letal de mi arsenal.
Me lancé al cielo. El aire silbaba a mi alrededor mientras ascendía. Gyūki estaba distraído, concentrado en liberarse de los restos del Mokuton que aún lo sujetaban. Llené mis pulmones de qi, reforzando cada tejido de mis vías respiratorias, endureciendo garganta, pecho y diafragma. Activé el Primer Horno , mis músculos se tensaron, los huesos vibraron con energía concentrada, y caí como un proyectil.
Aterricé con ambas botas firmes sobre su cráneo, justo entre los cuernos.
—Técnica Terrenal: Rugido de León, Tercera Etapa—.
El sonido brotó de mí a 1 Hz y con una presión equivalente a 240 decibelios. No fue una onda que viajara, fue una vibración que devoró el espacio mismo. Una fuerza sorda e invisible atravesó carne, hueso y chakra como si fueran niebla. El aire se comprimió, el mundo pareció doblarse sobre sí mismo y, dentro del cráneo de Gyūki… todo se rompió.
Sus lóbulos se licuaron al instante. El líquido cefalorraquídeo hirvió y la presión sonora colapsó sus cavidades internas, deshaciendo tejido y desgarrando nervios antes de que siquiera pudiera gritar. El bulbo raquídeo fue destruido en un parpadeo. El coloso convulsionó, los músculos se tensaron sin control y las ocho colas se agitaron como látigos rotos, descoordinadas, inútiles.
La transformación se vino abajo de golpe. B cayó del cielo como un cuerpo muerto, sangre brotando a chorros de oídos, nariz y ojos. Su cuerpo impactó contra el suelo con violencia, rígido, roto, aferrándose a la vida. El campo de batalla, antes saturado de rugidos y chakra, quedó sumido en un silencio espeso.
“¡B, corre! ¡Si ese ataque te alcanza otra vez, estás muerto!”. Gritó Gyūki en su mente, su voz teñida de pánico. Se replegó al sello en un parpadeo, temblando de dolor, miedo… y algo más. Por primera vez, el Bijuu… tenía terror.
Aterricé cerca del debilitado B, escupiendo un poco de sangre. Mis cuerdas vocales estaban un poco lastimadas; había forzado más poder que nunca. Avancé hacia él, mientras su cuerpo temblaba en un vano intento por levantarse. No lo dejé, me agaché y le coloqué un sello. Uno que tomé de las pertenencias de Kakashi cuando lo capturé.
Estaba hecho para contener al Kyūbi, pero con B tan dañado, bastaba para neutralizar al Hachibi.
/El Rugido de León era demasiado peligroso. Un golpe directo era un insta-kill para cualquiera sin un bijū… o sin varios corazones como Kakuzu/.
Cargué a B sobre mi hombro y creé un clon de sombra. Este se deshizo al instante.
El que había seguido a Fū en secreto recibió la información, apareció junto a ella y asintió sin palabras. Fū no esperó explicación, corrió en dirección opuesta, alejándose, mientras los shinobi de Kumo se quedaban paralizados. No sabían qué había pasado con su Sensei, ni por qué Fū huía.
Pero no pudieron seguirla. Corrieron hacia la zona de la batalla, intentando alcanzar a su sensei. Llegarían… demasiado tarde.
Mientras yo corría al punto de encuentre designado con Fū, sonreí.
—Momento de intentar un nuevo secuestro. Adopción sorpresa, quise decir —. Murmuré, mientras desaparecía entre los árboles, B a cuestas y el sello aún brillando en su pecho.
——————————————————————————————————————————–
Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.
Bien, en el relleno se muestra que esos locos robaron a los clanes Akimichi, Sarutobi y Nara, así que no dudo que también robaran más técnicas de otros clanes.
Killer B vs Naruto: me encanta B, pero odio escribirlo; soy pésimo rimando. Ahora bien, así como hice a Kakashi más competente al darle el Chidori Nagashi, hice a B más peligroso. Después de todo, en la serie se dice que los jinchūriki son básicamente la opción nuclear de las aldeas, así que lo hice más fuerte en algunos aspectos cuando no entra en modo Bijū completo.
Y le di a B una tercera forma de manto Bijū: las dos ya conocidas y una forma ósea completa. Después de todo, pasó décadas con Gyūki y debía tener algo por encima de otros jinchūriki, además de la manifestación completa, que otros también logran, como Gaara y Yugito.
Me da risa cómo en otros fics toman como canon que Kumo ama a Killer B. Cuando en el canon se ve todo lo contrario: el tipo está aislado, lejos de la aldea, vigilado las 24 horas del día, y a la mínima cosa que hace se le informa al Raikage.
Obviamente no lo quieren dentro de la aldea, y tampoco tiene sentido pensar que él se haya aislado por voluntad propia, teniendo en cuenta cuánto le gusta que la gente escuche sus raps y llamar la atención. Ese ostracismo no es “respeto” ni “cariño”.
Kumo no trata mejor a sus jinchūriki que las demás aldeas; simplemente es más pragmática. No los odian abiertamente, pero tampoco los integran. Los consideran armas estratégicas, disuasión nuclear, no personas.
Así que toda esa idea de que “en Kumo sí aman a sus jinchūriki” es más una romantización del fandom que algo respaldado por el canon.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com