Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 29
- Inicio
- Todas las novelas
- Cultivador mediocre en naruto
- Capítulo 29 - Capítulo 29: Interacciones
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 29: Interacciones
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
— Biju hablando —
/Biju pensando/
“Dioses hablando”
La lluvia caía a cántaros sobre la avanzada shinobi de Kumo. La vieja fortaleza de madera y piedra, oculta entre los acantilados, temblaba con cada trueno. Era como si el cielo compartiera la desesperación de quienes acababan de llegar. Karui apenas logró mantenerse en pie tras cruzar el umbral. Su cuerpo, agotado hasta los huesos, colapsó al instante. Sus rodillas tocaron el suelo con un golpe sordo, su respiración entrecortada mientras gotas de sudor y lluvia se mezclaban en su rostro.
— B-sama… —. Susurró sin voz, los ojos abiertos, pero vacíos.
Omoi no estaba mejor. Se apoyó en uno de los pilares del salón de mando, su katana colgando flojamente a un costado. Sus labios se apretaban intentando contener el temblor de su mandíbula. Y en sus pensamientos solo había una imagen, la silueta de B, siempre sonriente, siempre fuerte, reducida a un cuerpo inconsciente colgado del hombro de su enemigo.
/No… no puede ser real. Él es más fuerte que eso. Más que cualquiera de nosotros. No debía terminar así/.
— ¡¡Mensaje urgente!! —. Rugió Samui al irrumpir, su voz cortando el aire como una cuchilla.
— ¡Prioridad púrpura! ¡Jinchūriki en peligro! —. Añadió sin mirar atrás.
Ella no jadeaba ni mostraba agotamiento, pero su rostro de hielo ocultaba una tormenta interna. Su papel no era lamentarse. Era actuar, evaluar, controlar y ahora mismo, todo estaba fuera de control.
— Informen inmediatamente a Kumo, B fue derrotado —. Dijo, su tono neutro, pero sus dedos se crispaban al hablar.
—Bee-sama fue vencido por Naruto Uzumaki el Jinchūriki del Kyūbi, ninja renegado de Konoha. Lo ha secuestrado—.
Karui cerró los ojos con fuerza, mordiéndose el labio hasta sangrar.
/¡No, no, no! ¿Cómo… cómo pudo pasar? B-sama… tú eras nuestra roca. Nuestro faro. ¿Qué se supone que hagamos ahora sin ti?/
— ¡No debería ser posible! —. Gritó de pronto Karui, con la voz quebrada la presa rota después de correr hasta aquí.
—¡Él no puede ser derrotado! ¡Es imposible! ¡No por un niño! ¡No por ese… ese mocoso!—.
— No fue un niño —. Murmuró Omoi, su voz ronca, agotada.
— No hubo duda, ni siquiera liberó al Kyūbi… y aun así, lo venció—.
Un chūnin se acercó con un halcón mensajero y el pergamino sellado. Samui lo tomó, sin dudar. Sus manos escribieron con rapidez.
“Código Púrpura. Fecha: ********. Hora del incidente: *****. Coordenadas aproximadas: **°N, ***°E. Cordillera que separa el País de las Aves del País de la Tierra. Nimbre en clave Killer B, jinchūriki del Hachibi, ha sido derrotado y secuestrado por Naruto Uzumaki, jinchūriki del Kyūbi. Confirmado por escuadrón Samui. Riesgo de pérdida de activo clase S+. Posible incidente diplomático con Iwagakure debido a la ubicacion del enfrentamiento. Solicito órdenes directas.”
Amarró el mensaje con firmeza al halcón y lo elevó al cielo.
— Vuela, a toda velocidad. A-sama debe recibir esto inmediatamente —.
El ave se perdió entre las nubes. Un trueno resonó justo después, como un mal presagio. Karui alzó el rostro, aún en el suelo. Su voz era apenas un murmullo.
— ¿Qué vamos a hacer sin él…? No hay forma de que vuelva. No lo van a perdonar. Si lo capturan… lo matarán. Lo matarán, Samui —.
— Cállate —. Respondió Samui con frialdad. Pero no era dureza… el miedo era obvio en sus ojos.
Ella conocía el protocolo. Sabía qué pasaba si un jinchūriki era considerado irrecuperable. Sabía lo que vendría después, represalias. Interrogatorios, intervenciones de alto nivel. Y si el Hachibi era extraído… guerra. Omoi se dejó caer de rodillas junto a Karui. Su espada sonó al chocar con el suelo.
— ¿Esto va a provocar una guerra, verdad? ¿Konoha va a decir que no fue su culpa… y A-sama va a exigir represalias?—.
— Sí —. dijo Samui sin mirarlos, su mirada estaba fija en el horizonte.
—Y si no encontramos a Bee en los próximas días… esa guerra ya habrá comenzado—.
Dado su posicion como encargada de vigilar al Jinchuriki, Samui tenia autoridad así que activo el protocolo de rastreo y movilización inmediata. Varios chūnin comenzaron a reunir suministros y mapas. Los rastreadores fueron llamados de sus turnos de descanso.
— ¡El escuadrón debe partir en menos de diez minutos! No podemos perder más tiempo. Si no tenemos una ubicación en seis horas, se dará por desaparecido en combate —.
Karui se limpió la cara con rabia, pero no pudo detener las lágrimas.
— No lo dejaremos, no lo abandonaremos. Te lo juro, B-sama… yo te encontraré—.
Y mientras la base se agitaba como un panal golpeado, muy por encima, entre las nubes, el halcón se alejaba a toda velocidad. Hacia Kumo. Donde un hombre de músculos titánicos y mirada como acero rompía el escritorio de su oficina con un puñetazo… un mal presentimiento le calaba los huesos.
—————————————————————————————————————————
Pov Naruto
Extendí el mapa sobre la roca plana en el centro de la cueva. La luz de la fogata bailaba sobre las paredes húmedas, lanzando sombras irregulares que hacían parecer que los viejos caminos trazados se movían como serpientes. Un jutsu básico de viento se encargaba de que el humo fluyera hacia la salida, evitando que nos asfixiáramos o delatáramos la ubicación.
—Mhm… aquí… y aquí también… —. Murmuré, marcando con carbón los escondites reforzados mientras usaba mi meñique para golpear el punto de acupuntura detras de mi oreja, me estremecí ligeramente al recuperar mi sensación de dolor normal.
Me concentre en los mapas, Konohamaru me había pasado estos mapas antes de que me encerraran en la prisión de sangre . Viejos mapas de Sarutobi y los Senju, anotaciones marginales de rutas olvidadas, zonas selladas por Uzumakis… sellos que ni los ANBU podían romper sin arriesgarse a destruir su contenido. Pero yo sí podía.
Idiotas, no sabían que Kurama, con solo concentrarse un poco, podía corroer esas barreras. Corroerlas, como ácido sobre un candado. Era lento, muy lento… pero seguro. Habíamos saqueado tres hasta ahora, técnicas antiguas, documentos olvidados, oro de guerra, frascos médicos. Pero cargar con B ralentizaba todo.
Mi técnica lo había dejado con más daño del que quería admitir. Seguía inconsciente, murmurando versos rotos. Cada tanto le daba pastillas de nutrición comprimida, estabilizadores nerviosos y le transfería algo de mi chakra para ayudarle a sanar. Estaba mejor, se recuperaba lentamente pero al menos estaba vivo.
—Una semana desde la pelea… Kumo debe estar furioso —. Susurré mientras ajustaba el mapa mayor, el que mostraba nuestro desplazamiento hacia el País de los Osos. Región montañosa. Mínima presencia shinobi. Ideal para ocultarse.
Detrás de mí, las ramas crujieron y la voz de la desesperación resonó con fuerza.
—¡No puedes mover al general así, mocosa! ¡Eso es trampa, maldita sea! ¡Ya me gané tus bollos de ciruela y tus galletas de té! ¡¡Otra vez!!—.
Miré por el rabillo del ojo. Fū estaba boca abajo frente al tablero de shōgi, con la cara aplastada contra la piedra, las piernas estiradas y los brazos desparramados. Su ceja izquierda temblaba como si quisiera renunciar al cuerpo.
—Esto no es una partida. Es tortura verbal sistemática. ¡Me estás saboteando mentalmente, cabeza parlante! —. Se quejó con un gruñido.
—¡Técnica secreta: Jutsu de psicología pasivo-agresiva nivel Jashin! ¡¡Y funcionó otra vez!! —. Hidan carcajeó como un loco, su cabeza apoyada sobre un pequeño cojín improvisado, mientras movía las piezas con la lengua.
—¡Gané de nuevo! ¡Soy invencible, estúpida mocosa! ¡Justicia divina! ¡Alabado sea Jashin!—.
/Genio asesino inmortal y cabeza parlante: uno. Niña con trauma y cero resistencia al sarcasmo, cero/.
—Te juro que esta vez sí te ahogare en el río —. Gruñó Fū, apenas levantándose del suelo como un cadáver.
—¡Y sin cuerda de regreso!—.
—¡A ver si puedes! ¡Yo floto! ¡Y si me traga un pez, Jashin lo maldecirá hasta convertirlo en sushi! ¡Ahahahaha! —. Chilló Hidan, arrastrando su cráneo con la barbilla hasta su rincón asignado, junto a un termo lleno de té tibio y un bollo a medio comer.
Me rasqué la cabeza. No podía creer que lo pensaba… pero estaba agradecido de tener a Hidan. Por muy lunático, homicida y detestable que fuera, su presencia mantenía la tensión baja. Y, en su extraño equilibrio, hacía que Fū se distrajera. No dejaba que se hundiera en su propio silencio.
Me acerqué a Bee. Respiraba con algo más de fuerza ahora. Cada tanto murmuraba cosas sin sentido.
—Yo tengo ritmo, tú solo un mito… ¿huh…? no es mi estilo… sin papel pa’l verso, no hay sigilo…—.
Sude ante la idiotez que murmuraba.
—Tranquilo, viejo loco. No te traje aquí para que mueras. Solo necesito tiempo —. Murmure.
Volví al mapa, había un punto marcado cerca de un cañón fronterizo con Takigakure. Supuestamente, un almacén Sarutobi del periodo de Hashirama, usado para sellar armas que ni los propios Senju quisieron tener cerca. Tal vez hallara pistas del paradero de cierta Uchiha… o el sitio exacto donde la sellaron. No tenía nombres pero debia encontrarla, era demasiado peligrosa como para dejarla sellada.
—Después de eso… el meteorito de Hoshigakure… —. Murmuré, era el paso más arriesgado. Pero si lograba integrarlo, podría terminar de cimentar mi cultivo y forjar el núcleo dorado que necesitaba. Era una locura pero también, el camino que elegí.
—————————————————————————————————————————
Pov Sasuke
La sangre seguía fresca en sus manos, tibia aún, pegajosa entre los dedos. A su alrededor, los cuerpos yacían desordenados, algunos con heridas limpias, otros reducidos a una masa irreconocible. Ninguno respiraba y Sasuke alzó lentamente la vista hacia el borde superior del foso, donde Orochimaru lo observaba desde lo alto, recostado como un espectador satisfecho. Su sonrisa era la de un depredador que acababa de ver a su cría devorar carne por primera vez.
Era la tercera vez que lo lanzaban a una prueba de ese tipo. Ninguna instrucción, ninguna salida. Solo otros shinobi hambrientos de sobrevivir, sin aliados, sin tregua. Sasuke siempre era el único que salía de allí. La primera vez sintió repulsión. La segunda, vacío y ahora, solo notaba una calma tensa. Como si el peso de arrebatar vidas hubiera dejado de dolerle. Sabía que Orochimaru deseaba exactamente eso.
Cojeando, salió del foso sin decir palabra. Kabuto lo esperaba, con vendas listas y una bandeja de instrumental médico. No intercambiaron miradas. Sasuke se sentó en silencio mientras el otro limpiaba sus heridas con manos frías y precisas. Cuando terminó de vendarlo, sin una sola palabra de consuelo, extrajo una muestra de sangre y algunos cabellos. Sasuke no reaccionó, ya era rutina.
—Órdenes de Orochimaru-sama. Desea hacer más pruebas—.
No necesitaba escuchar más. Sabía lo que eso implicaba. Se levantó sin vacilar y se adentró en los corredores del laboratorio. Las paredes estaban cubiertas de estanterías con órganos flotando en líquido, especímenes deformes encerrados en frascos. Pero lo peor era la galería de ojos. Sharingan flotando como faroles muertos. Sasuke sintió un retorcimiento breve en el estómago, pero lo reprimió.
Orochimaru le había mostrado cómo lo hacía. Clonación, replicaba los ojos del clan Uchiha a partir de células preservadas. Pero ninguno de sus recipientes los soportaba. El cuerpo rechazaba los dōjutsu. El chakra colapsaba, el sistema nervioso se corroía. Solo Kakashi había logrado mantener uno, pero con consecuencias. Su desgaste era constante, su cuerpo nunca lo aceptó por completo.
Sasuke sí podía. Él tenía el linaje, la sangre original. No necesitaba robar ni adaptar. Era un Uchiha puro. Y Orochimaru lo repetía con deleite en cada entrenamiento, mientras lo empujaba más cerca del abismo. Lo sometía a tortura física y emocional. Le enseñaba técnicas que erosionaban su empatía. Le hablaba del poder como un derecho, no como un peso. Poco a poco, su resistencia se agrietaba.
Lo odiaba pero no se alejaba. Sabía que Orochimaru era un monstruo. Pero lo necesitaba, cada técnica, cada sello, cada batalla era un paso más hacia el único objetivo que mantenía vivo a Sasuke, la venganza. La destrucción absoluta de su hermano. Si debía pisotear su alma para lograrlo… entonces lo haría.
Sasuke entró en sus aposentos sin decir una palabra. La habitación era estéril, carente de cualquier señal de personalidad. No había muebles decorativos, ni recuerdos, ni objetos personales. Solo paredes grises, una cama dura y silencio. Se dejó caer sobre el colchón y, sin quitarse la ropa, se hizo un ovillo.
Cerró los ojos con fuerza, tratando de dormir. Mañana lo esperaba otro día de entrenamiento brutal, donde Orochimaru volvería a romper su cuerpo y su mente con una sonrisa complacida. Durante los escasos momentos en los que el dolor no dominaba su atención, sus pensamientos lo arrastraban al pasado.
Recordaba a su padre, siempre recto, exigente, imponente. Y a su madre, amable, serena, con esa calidez que parecía envolver toda la casa. A veces incluso creía sentir su aroma, escuchar su voz llamándolo para cenar. Pero esa memoria siempre se torcía, se teñía de rojo. Las paredes, el suelo, sus cuerpos fríos y sin vida. La sonrisa materna desfigurada por la muerte.
Luego venían los recuerdos más recientes, el equipo siete. Naruto, Sakura, Kakashi. Había llegado a apreciarlos en algún rincón enterrado de su ser. Eran molestos, pero eran reales. Genuinos, humanos y eso lo confundía. Porque a pesar de todo… Naruto seguía avanzando, crecía y cambiaba. Se hacía más fuerte, aquel perdedor que alguna vez corrió detrás de él ahora lo igualaba. Tal vez incluso lo superaba y esa idea lo llenaba de ira, de miedo.
Por eso lo atacó. Por eso lo apuñaló en el Valle del Fin, para romper ese lazo, para ahogar esa parte débil que aún se aferraba a algo más que el odio. Quería cortar de raíz toda emoción que lo atara. Quería poder, solo eso. Sin cadenas, sin vínculos, sin vacilaciones. Pero el mundo no se detenía. Antes de caer en el sopor de la inconsciencia, recordó las noticias de Naruto. Nuevas hazañas. Nuevas victorias, cada vez más fuerte. Cada vez más lejos de él.
——————————————————————————————————————————–
Pov Kabuto
Kabuto se desplazaba por la base como si nada. Era la sombra eficiente de Orochimaru, su mano derecha, y nadie cuestionaba su presencia. Tomaba notas, revisaba los sellos de contención, organizaba los estantes con sumo cuidado. Para cualquier observador, parecía que mantenía el orden… pero en realidad, estaba desmantelando la base pieza por pieza.
Copiaba informes, sustraía resultados de experimentos, memorizaba fórmulas, y se llevaba incluso algunos frascos con muestras delicadas. Compartimentos ocultos se abrían a su paso. Varios Sharingan, etiquetas de técnicas prohibidas, registros quirúrgicos… todo pasaba por sus manos. Kabuto falsificaba documentos, sustituía etiquetas, manipulaba los catálogos para que ninguna pérdida fuera notoria. Y quién podría sospechar de él, si era quien revisaba cada inventario.
En rollos cuidadosamente preparados sellaba toda la información útil. Orochimaru jamás se daría cuenta. Kabuto era, después de todo, uno de los mejores espías que el mundo había conocido. Reunió muestras de sangre y tejido de los clanes más diversos, Hyūga, Aburame, Kaguya, Senju Yuki e innumerables mas. Incluso conservaba rastros genéticos de linajes extintos que Orochimaru había recolectado desde su paso por la raíz de Danzō hasta sus años en Konoha.
Las joyas más valiosas las encontró en la bóveda. Células de los cinco Hokage, fragmentos de ADN de sus familiares, órganos conservados en suspensión, e incluso la mano que Orochimaru perdió al enfrentarse con Itachi. Kabuto la sustituyó por una copia idéntica, imposible de distinguir sin análisis exhaustivos. Nadie revisaría algo tan oculto.
El último objetivo era el más complejo, el pergamino de invocación del clan serpiente. Un contrato ancestral, resguardado en una caja de múltiples sellos y trampas destructivas. Orochimaru lo protegía con obsesión, sin llevarlo nunca encima. Kabuto rompió cada defensa con precisión, extrajo el original y lo reemplazó por una copia perfecta, indistinguible a simple vista.
Todo esto lo hacía por su nuevo amo. Desde que Naruto-sama coloco aquel sello en su cuerpo, Kabuto había cambiado. No solo obedecía… lo adoraba. El símbolo grabado no era solo una atadura era un reordenamiento total de su mundo interno. Lo que para cualquier otro habría sido esclavitud, para él era salvación. Por primera vez, no tenía que fingir ser alguien. No debía adaptarse, complacer, manipular. Por fin era útil, por fin tenía dueño.
— Naruto-sama… usted es perfecto —. Murmuró, sellando con chakra el último pergamino.
Su mano no temblaba, su respiración era tranquila. Por dentro, todo lo que antes era ruido, culpa, inseguridad, necesidad de aprobación ahora era silencio puro.
/Así debe sentirse la fe/. Pensó, acomodando los tubos de ensayo que contenían líneas genéticas valiosísimas.
No había traición, ni mentiras, ni agendas ocultas. Su voluntad era la de Naruto-sama. Sus pensamientos eran extensiones de un solo propósito de servirlo, elevarlo, protegerlo. La matriz no solo había condicionado su chakra. Había realineado su alma.
Antes, Kabuto era un espejo fragmentado, una criatura de máscaras y adaptaciones. Espía, médico, asesino, discípulo, doble agente… Había vivido tantas vidas que ya no sabía cuál era la suya. La muerte de Nono lo había dejado a la deriva, y la sombra de Orochimaru solo había intensificado su vacío. Pero ahora… ahora todo tenía sentido. Naruto-sama era el sol que reorganizaba sus órbitas internas.
— Cada muestra, cada célula, cada secreto… serán suyos. Todo lo que recolecté, mi señor… se lo entrego sin reservas —. Dijo al aire.
Kabuto comenzaba a desarrollar una devoción patológica, pero funcional. Su inteligencia seguía intacta, su astucia y precisión sociopática también. Pero toda su capacidad ahora tenía dirección, Naruto Uzumaki. El amo que no necesitaba manipularlo ni usarlo como herramienta. El amo que lo marcó, ahora le pertenecía y Kabuto no necesitaba ser más que eso. Y eso, para Kabuto, era glorioso.
Mientras sellaba los últimos documentos robados, Kabuto sonrió como un hombre completo. Por fin servía a alguien digno. Por fin era leal por elección, aunque la matriz se lo hubiera impuesto. En su mente distorsionada, esa contradicción no importaba. La libertad nunca le había traído paz. La esclavitud, sí.
——————————————————————————————————————————–
Kumogakure – Oficina del Raikage
El silencio en la oficina era espeso, roto solo por el crujido de los nudillos del Raikage al apretarse el puño con fuerza. Había pasado una semana desde la desaparición de Killer B. Una semana sin noticias, sin rastro confiable, sin una sola pista sólida. Solo teorías, suposiciones… excusas. A, el hombre más fuerte de la aldea, sentía que el mundo entero lo estaba burlando.
— ¿¡Ni uno solo fue capaz de seguirlo!? ¿¡Con qué maldito sentido entrenamos a rastreadores si no pueden encontrar a mi hermano!? —.
/Este chico debe ser un maestro en disfrazar su rastro. Tal vez un especialista sensorial. O tal vez… un genio táctico/.
Mientras tanto…
Fu revisaba el mapa con el ceño fruncido. Giró la cabeza, miró al horizonte… y parpadeó.
— Naruto… ¿estás seguro que estamos en el lugar correcto? No debería haber una cordillera aquí… —. Pregunto confundida la chica.
— Debería… pero, uh… —. Naruto alzó la vista.
— …aquí hay un mar. Literalmente un mar—.
Ambos se quedaron mirando el agua, desconcertados. Desde el costal de equipaje, una cabeza decapitada giró los ojos con hastío.
— ¡Idiotas! ¡El mapa está al revés! Por Jashin… dame paciencia con estos imbéciles… —.
Naruto le lanzó una piedra. Fu le dio la vuelta al mapa.
— …oh. Tiene sentido ahora. —
De regreso en Kumogakure…
— Definitivamente un genio escapando de la persecución… — . Murmuró el Raikage con tono sombrío, sin saber cuán cerca estaba… y a la vez, cuán lejos.
Sus gritos sacudieron el edificio, pero nadie se atrevió a alzar la voz. A era un líder formidable, gobernado por emociones intensas. Su rabia era legendaria… pero su amor por Killer B lo era aún más. Sin B, estaba al borde.
Y allá, en medio del océano, Naruto seguía girando el mapa mientras Fu se preguntaba si volverían a ver tierra firme en esta década.
A se enfurecía con cada informe, sabía que debía mantener la cabeza fría. Era el Raikage y tenía responsabilidades, límites, deberes más grandes que su orgullo o su rabia. No podía atacar a ciegas, ni levantar acusaciones sin pruebas… pero el nombre Uzumaki Naruto ya se repetía demasiado. Aparecía una y otra vez, en informes, rumores, amenazas veladas. Era una sombra creciente, una anomalía.
Lo habían identificado como el último en enfrentarse a Killer B. Un paria, el jinchūriki del Kyūbi. Y ahora… un posible secuestrador. ¿Por qué? ¿Con qué fin? Nada encajaba. Nada tenía sentido.
Había ordenado una investigación a fondo. Y lo que descubrieron fue inquietante. El expediente del mocoso Uzumaki era una contradicción viviente. Un fracaso académico… pero con un historial de misiones exitosas que bordeaba lo improbable. Usaba clones de sombra a una escala absurda. Eso explicaba por qué los rastros se dividieron en miles de rutas falsas. Era como cazar niebla. Y peor aún… no estaba solo.
El daimyō del País de la Primavera lo respaldaba públicamente. En Nami no Kuni, incluso rebautizaron un puente con su nombre. Los informes sobre la invasión a Konoha lo mostraban deteniendo la manifestación del Shukaku antes de que destruyera la aldea. Había enfrentado a Orochimaru durante una misión de reconocimiento, según testigos.
Y recientemente había sobrevivió a un combate contra dos criminales de rango S, Uchiha Itachi y Hoshigaki Kisame. Ademas lo mas preocupante era que B no era el primer Jinchuriki que secuestraba, según rumores de Taki.
Nada de eso coincidía con los informes de sus espías dentro de Konoha. Según los registros internos de la aldea, el chico era débil, patético e incapaz. Sin embargo, el daimyō del Fuego había comenzado a imponer sanciones contra Konoha por maltrato y negligencia hacia él. El chico no era solo un ninja con poder, era un símbolo. Un símbolo que se les escapaba de las manos a esos tontos de Konoha.
Todo era confuso y el el Raikage lo detestaba.
— Tsk… esto es más complicado de lo que esperaba. Pero si ese maldito mocoso… si le hiciste algo a B… —.
/No. No pienses así. Bee es fuerte, más fuerte de lo que la mayoría cree. Pero si está vivo… ¿por qué no ha vuelto?/.
El Raikage cerró los ojos con fuerza. La ira le ardía en el pecho. La política era un arma que usaría. Y Konoha, quiera o no, era responsable del chico Uzumaki. Si el jinchūriki del Kyūbi se había vuelto un ninja renegado, alguien tenía que responder. Y si no había respuestas… Kumogakure las arrancaría con los puños.
— Preparen al embajador. No declararemos la guerra… aún. Pero quiero ver la cara de esa anciana de la Hoja cuando escuche el nombre de B. Quiero ver qué dicen cuando los acusemos de encubrir a un secuestrador—.
— Y si no dan respuestas claras… entonces sabrán lo que es la furia de un hermano—.
/Estoy yendo por ti, Bee. Aunque tenga que abrirme paso a través de la Hoja con mis propias manos/.
——————————————————————————————————————————–
Pov Anko
Saltaba entre ramas, veloz, decidida, casi eufórica. El viento golpeaba su rostro pero no le importaba; lo único que le importaba era llegar. Llevaba consigo un regalo… no, una ofrenda, algo digno de él. Naruto, su salvador, su luz, su nuevo centro. Y para alguien tan especial, traía algo igual de especial. Isaribi, una pobre chica mutada, marcada como ella. Alguien que el mundo había decidido despreciar por lo que otros le hicieron. Naruto entendería. Naruto la entendería.
Porque él también era un paria. Un arma descartada, un niño al que todos querían usar o ignorar. Anko se veía en él como en un espejo distorsionado por la sangre y el veneno del pasado. Y aún así, él la salvó. No con palabras dulces ni promesas vacías. Lo hizo con sus manos manchadas, arrancando de su sello el fragmento de alma que Orochimaru había dejado.
Anko no lo sabía del todo. No lo recordaba con claridad pero cada noche desde entonces soñaba con un chakra dorado, cálido, como si la envolviera, guiándola, murmurándole que todo estaría bien mientras lo siguiera. Era diferente al veneno que Orochimaru le había inyectado en la mente. Era más sutil, más íntimo. Y aún así, la estaba consumiendo con más fuerza que cualquier droga.
/No quiero estar lejos de él. No debo. Tiene que verme útil… tiene que verme fiel. ¡Tiene que verme leal!/.
El sello en su cuello, otrora maldición, ahora ardía con una devoción que no le pertenecía. Era un prototipo; Orochimaru lo había usado para controlar, para quebrar. Pero Naruto, había activado la función de lealtad profunda y ella… estaba floreciendo torcida, con raíces nuevas y peligrosas.
Cargaba en su gabardina un pergamino sellado, todas sus pertenencias sentimentales, sus ahorros, provisiones. Había tomado la decisión. Esta sería su última misión. Luego buscaría al chico. Se uniría a él, ella no era una esclava. No una marioneta, no otra vez…
/¿Verdad?/.
Pero su mente la traicionaba. Había comenzado a racionalizar todo lo que hacía por él. Cada pensamiento giraba en torno a Naruto. Qué pensaría de su ropa, si notaría el nuevo perfume, si aprobaría que llevara a Isaribi como muestra de su compromiso. ¿Sería suficiente? ¿Notaría su entrega? ¿Le permitiría quedarse a su lado? No tenía un plan, pero eso no importaba. Solo tenía una dirección… él.
— Me odiarías si supieras todo lo que quiero hacer por ti… — . Susurró, riendo con un dejo histérico.
Pero no se detuvo. Porque aunque aún no lo sabía, ya no corría hacia Naruto. Corría alrededor de él. Como un satélite loco, condenado a orbitar hasta destruirse.
Pero antes de partir en su busqueda llegó el mensaje. Una orden directa desde Konoha, encontrarse y llevar al equipo 10 a cumplir una misión delicada. Una “tentativa de recuperación”, así la llamaron. Convencer a Uzumaki Naruto de regresar a la aldea. Anko rió. Rió con fuerza, sola, con el pergamino aún en la mano, el texto oficial temblando entre sus dedos. ¿Regresarlo? No entendían nada. No sabían quién era ese chico. No sabían lo que él ya era.
— Perfecto —. Susurró, con una sonrisa ladeada y los ojos brillando con algo que no era del todo sano.
—Es la excusa perfecta, y ahora se donde esta no necesito buscarlo—.
Lo llevaría a cabo, claro. Acompañaría al equipo 10, cumpliría con el protocolo. Pero esa no era su misión. Su verdadera intención era otra, encontrarse con Naruto, entregarle a Isaribi, mostrarle que podían ser una familia de parias rotos. Y luego, quedarse a su lado. Para siempre. Porque el mundo era un lugar podrido, y solo alguien como él podía purgarlo.
Porque nadie más la miraría como él. Nadie más le daría un propósito.
/Esto no es una misión. Era el destino mostrandole su lugar/.
——————————————————————————————————————————–
Pov Temari
La “princesa” de Suna observaba en silencio cómo se desarrollaban las cosas en la floreciente País de las Olas. Nunca imaginó acabar como guardaespaldas personal de un posible daimyo… pero tampoco se quejaba. Naruto era impredecible, peligroso, desequilibrado, brillante. En algún nivel, incluso inspirador. Y esta posición, extraña como era, la había alejado del destino habitual que los ancianos de su aldea le tenían reservado.
— Puede que todo este asunto del contrato de matrimonio sea solo una maniobra para evitar que me casen por conveniencia política… pero esto no está tan mal —. Susurró para sí, cruzada de brazos, con una media sonrisa en los labios.
Karin organizaba todo con precisión militar. Tenía un talento natural para dar órdenes y ser obedecida sin titubeos. Las primeras maquinarias para fabricar papel chakra habían llegado desde el País del Fuego. Gracias a los árboles creados por Naruto, eran altos, vigorosos y saturados de chakra, la madera era perfecta para pergaminos de sello. Pronto, esas exportaciones comenzarían a moverse a precios de lujo.
La pesca también era abundante, quizás incluso demasiado. Las aguas enriquecidas por Nordrassil rebosaban vida, y la comida nunca faltaba. Aquel lugar antes pobre y oprimido se transformaba rápidamente en un nodo económico con una eficiencia que bordeaba lo absurdo. Y aún faltaba lo más importante, la ciudad. Cuando Naruto regresara, levantaría los cimientos con Mokuton. Una ciudad entera, construida por su mano.
/Cuando envie el informe a Gaara y le dije que este chico era el próximo Hashirama… no fue una exageración/.
Pensarlo como posible esposo no le resultaba incómodo. Tenía carácter, convicciones, y un poco de la locura que todo shinobi tiene, ademas un poder que opacaba a los ninjas actuales. No era perezoso, no se escondía tras títulos ni excusas. Y lo más importante, odiaba que los niños fueran entrenados como armas.
/Mis hijos, si alguna vez tengo no tendrán el destino de Gaara/. Eso, por sí solo, ya era un consuelo. No más sangre de familia en el campo de batalla. No más infancias robadas.
Pero eso no era todo el chico tenia un poder descomunal, sin embargo Naruto tenía una cualidad que lo volvía aún más peligroso en el juego político, lo despreciaba. No le interesaban los títulos, ni las alianzas, ni los juegos de poder tradicionales. Para él, el valor de una persona estaba en sus acciones, no en su apellido ni en las expectativas que el mundo les imponía. Eso lo hacía imposible de controlar… pero también increíblemente genuino.
Karin era el ejemplo más claro de como pensaba el chico. No solo la respetaba, había intentado nombrarla daimyō de este nuevo territorio, confiando en ella no por ser una Uzumaki, sino porque veía su capacidad y su temple. La apreciaba enormemente; de hecho, tanto ella como Fū parecían ser sus anclas más firmes a la cordura.
Todos lo sabían, aunque nadie lo decía en voz alta. Naruto estaba peligrosamente cerca del borde. Todos los shinobi lo estaban, en mayor o menor medida, pero quienes caminaban más cerca del abismo eran los jinchūriki. Y Naruto… él llevaba demasiadas cargas para alguien con tanto poder.
Si Karin salía herida, Naruto quemaría el mundo. No por rabia ciega, sino porque para él ella ya era familia. Temari estaba convencida de que solo era cuestión de tiempo antes de que la chica terminara como esposa del rubio. Después de todo, cualquiera que conociera la historia de Karin sabía una cosa, si ella lo hubiese pedido, Kusa habría ardido en las manos de Naruto por la forma en que la trataron.
Aquella chica, según los pocos fragmentos que Temari había escuchado, había sido usada como una herramienta; nada más que una bolsa de sangre para curar a otros. Y aun así, en lugar de buscar venganza, había elegido construir. Dejar el pasado atrás y guiar a quienes venían después junto al rubio.
Y sí, el brillo en sus ojos cuando miraba a Naruto era imposible de ignorar. No era obsesión ni devoción ciega, sino un flechazo simple, torpe e inocente… precisamente el tipo de vínculo que, sin saberlo, mantenía al chico más peligroso de aquel mundo del lado correcto.
Y luego estaba Sasame, la enviada del Clan Fūma, técnicamente una ofrenda. Un intento de congraciarse con Naruto entregando a una joven prometedora. Nadie lo decía en voz alta, pero todos sabían que el clan esperaba que se convirtiera en su concubina. En cambio, él la convirtió en su asistente. Le dio tareas, responsabilidades reales.
La integró, no como adorno, sino como alguien con voz. Un gesto pequeño para él, pero demoledor para la política tradicional. Naruto no aceptaba obsequios, solo compromiso. Y Sasame lo había entendido mejor que nadie. Se esforzaba el doble, buscando ser digna no del favor… sino del puesto que se ganó.
/Qué mensaje más claro para todos los clanes, no pueden comprarlo, no pueden manipularlo. Sólo pueden seguirlo si trabajan a su nivel/.
Temari contemplaba la escena desde un alto vigilando a Karin, los brazos cruzados, la brisa moviendo su cabello. No sería una ama de casa, ni un símbolo político vacío. Era hija del anterior Kazekage, hermana del actual, y lo sabían, si la casaban, sería por conveniencia. Por unificación, por tratados. Pero si ese matrimonio debía ser con Naruto…
/No me disgusta/. Penso la joven orgullosa.
Al menos no tendría que ocultar su ambición, ni renunciar a sus metas. En su cercanía, uno podía crecer… o ser tragado por su paso.
— Por lo menos, no me aburriré —. Musitó con una sonrisa irónica, mientras observaba cómo la gente seguía con sus vidas.
El chico era una tormenta. Y Temari pensaba bailar en en el ojo de esa tempestad.
——————————————————————————————————————————–
Pov Rama Secundaria Hyūga
La noche caía densa como tinta derramada, y con ella se reunían en secreto los que siempre habían vivido a la sombra. En una casa vieja, en la parte mas alejada del centro del complejo Hyūga, los miembros más antiguos y experimentados de la rama secundaria se sentaban en círculo. Nadie hablaba en voz alta. Nadie se atrevía aún, las vendas ocultaban sus frentes, pero todos sabían qué había debajo, el sello del pájaro enjaulado que había marcado sus destinos desde la tierna infancia.
Neji estaba de pie frente a ellos. Su frente, desnuda, era una afrenta al sistema pues no había marca. El prodigio había vuelto distinto, con los ojos más duros y la espalda más recta. Decía que Uzumaki Naruto lo había liberado. Que había arrancado su sello y lo había transferido a una bestia. ¿Era eso posible? ¿Una vida sin el miedo a un gesto? ¿Una infancia sin dolor y sin fuego en el cráneo?
— No lo entiendo —. Susurró una anciana kunoichi, con la espalda encorvada por los años.
—¿Por qué él? ¿Por qué un jinchūriki, un paria, nos daría algo que ni la rama principal nos ofreció jamás?—.
/Porque él también es como nosotros/. Pensaron varios.
/Un arma, un recipiente. Alguien que nació condenado a servir y eligió romper su jaula en lugar de permanecer encadenado/.
No sabían si seguirlo era sensato. Pero por primera vez, en generaciones, había una opción. Una posibilidad de levantar la cabeza sin miedo. Una tierra prometida más allá del dominio de los Hyūga principales. Una sola palabra estaba en sus labios, cargada de duda, esperanza y riesgo.
Los ancianos se miraron en silencio, cada uno sumido en sus propios cálculos. Neji les había dicho que en dos semanas habría luna llena, ese sería el día. El momento exacto en que todos debían estar marcados con el sello de invocación entregado por el Uzumaki. Una bastardización del Hiraishin, según entendían, una técnica que, les permitiría ser transportados a Wave en un solo instante. Todos, absolutamente todos.
Según la información recopilada por Neji, Wave se encontraba ahora protegida por una barrera colosal, capaz de aislar completamente una isla. Una fortaleza imposible de penetrar sin permiso. Un refugio perfecto para comenzar de nuevo. Pero tendrían que moverse con cautela. Había entre ellos quienes aún aceptaban su servidumbre. Aquellos que creían que la obediencia era nobleza. Si descubrían la conspiración, los denunciarían sin dudar.
— Ya fueron identificados hace mucho tiempo —. Murmuró uno de los más viejos.
—Si se interponen, serán neutralizados y llevados por la fuerza. No dejaremos atrás a nadie—.
La idea de “libertad” para la rama secundaria no significaba desprenderse del orgullo Hyūga. Incluso como esclavos, habían sido criados como nobles. Había que preservar su linaje, su dignidad, su estatus. Y ahora se abría una puerta a algo mejor. El Uzumaki era joven, sí. Pero poderoso, impredecible… y, lo más importante, moldeable desde las sombras. No había razón para oponerse. Al contrario, era el momento de apostar todo al nuevo poder.
— Juraremos servidumbre al chico, es solo cuestión de tiempo que tome el poder de todas las islas de wave y luego sea nombrado daimyo, nadie mas en esas islas posee las cualidades para tomar el poder, es un resultado obvio—. Dijo otro anciano, con una sonrisa astuta.
Su vejez era el testimonio de un hombre que había visto al anterior Kami de los shinobi: Hashirama. No al falso Hiruzen, que se había apropiado indignamente de un título que nunca le perteneció.
—No como esclavos, sino como guardianes. Nuestra fuerza protegerá al futuro joven daimyo. Nuestro papel como cuidadores hará que nos encarguemos de sus necesidades. Eso nos garantizará privilegios, cercanía… influencia—.
Las mentes más sagaces ya veían la jugada completa. Si el clan servía con eficacia, pronto se convertirían en indispensables para el nuevo gobierno de Wave. Ya no serían armas obedientes para una familia que los despreciaba. Serían nobles por mérito, consejeros por derecho
La lealtad sería real, pero nunca ciega. Primero el bienestar del clan; después, todo lo demás. Ese había sido siempre su credo.
Como era tradición, pensaron en sellar su presencia futura con una joven prometedora. La vieja costumbre política volvió a sus labios como un susurro inevitable, asegurar el futuro con un vínculo de sangre.
— Una muchacha Hyūga, joven, bien educada, de modales suaves y obediencia probada… es el tipo de esposa que cualquier noble querría —. Comentó uno de los ancianos con voz mesurada.
— Incluso nuestros enemigos admiten la elegancia de nuestras hijas. Se nos niega compartirlas para mantener la supuesta pureza del clan, pero esta vez… podríamos ofrecernos por voluntad propia—.
Y el muchacho, ese Uzumaki que todos comenzaban a temer y admirar, no era un cualquiera. La sangre que corría por sus venas tenía pedigrí. Hijo de Kushina Uzumaki, heredero del Mokuton, y si los rumores eran ciertos, descendiente directo del Cuarto Hokage. La convergencia de tres linajes poderosos. No era un niño cualquiera, era una figura emergente. Un futuro daimyo. Y el clan Hyūga debía estar atado a él antes de que otros lo hicieran primero.
Los ancianos se miraron, y por un instante, la codicia no fue por oro ni poder bruto, sino por dignidad. Demasiado tiempo habían sido sombras bajo la rama principal, esclavos que fingían nobleza mientras cargaban una marca maldita en la frente. Ahora querían más. Anhelaban ser algo distinto. Y para eso, jugarían el juego de la política como cualquier noble.
Las hijas Hyūga crecían con gracia cultivada. Hermosas, disciplinadas, con cuerpos preparados para la maternidad y mentes entrenadas en la discreción. No eran armas, eran adornos con filo, capaces de moverse en la corte con elegancia. Para muchos nobles, eran inalcanzables. Pero para Naruto… serían un regalo. Una forma de asegurar que alguien de su confianza siempre estuviera cerca. Que una voz suave le susurrara a su oído cuando decidiera el destino de los clanes.
No sería amor, sería estrategia. Una esposa, una concubina o incluso una asistente personal. No importaba el título, siempre que sus raíces fueran Hyūga. Si lo lograban, entonces por primera vez en generaciones, no serían el escudo de otro. Serían la pluma que escribe las leyes. La rama secundaria, convertida en fundadora de un nuevo poder.
En la oscuridad de aquella noche sin luna, los ancianos sellaron sus votos. Sabían que el tiempo del pájaro enjaulado llegaba a su fin. Y harían lo que fuera necesario para que, cuando amaneciera sobre Wave, el estandarte del clan Hyūga ondeara más alto que nunca.
Neji solo suspiró, negando con la cabeza. Él lo sabía mejor que nadie, Naruto era una fuerza de la naturaleza, de espíritu indomable. Que los ancianos tramaran lo que quisieran; lo único que importaba era la libertad de los suyos. Además, ya había alguien destinado a ocupar la diestra de Naruto.
/Hinata-sama deberá esforzarse más en el futuro para mantener la atención del rubio/. Pensó Neji, divertido ante el enamoramiento tan evidente de su prima por el Uzumaki.
——————————————————————————————————————————–
Pov Naruto
Estaba frente a B. Fū se sentaba a mi lado. Los tres comíamos… bueno, intentábamos comer una sustancia marrón con la textura del lodo y el sabor del arrepentimiento. Fū me fulminó con la mirada mientras masticaba con esfuerzo lo que debió haber sido comida, pero no lo era. Hidan apoyado sobre una roca simplemente bufó con asco, negándose a probar siquiera el intento de engrudo.
— ¿Cómo es que eres una especie de super alquimista, pero no sabes cocinar? —. Reclamó Fū, masticando con el gesto de alguien que había perdido la fe en el mundo.
Suspiré, ahora sabia que debí haber traído a alguien con conocimientos culinarios. Claro, podíamos sobrevivir con píldoras alimenticias, pero vivir sin comida sabrosa era tortura psicológica. La moral estaba cayendo en picada más rápido que los intentos de B por escribir rimar.
Bee tragó con esfuerzo una cucharada y su expresión fue digna de una pintura trágica.
— Es incluso peor que las raciones de emergencia, ni rima me sale por esta indecencia—.
Comimos en silencio, porque cualquier conversación requería energía que ninguno quería gastar mientras lidiábamos con el sabor a cartón mojado.
Pensé en lo que había pasado este último mes. B había despertado hace dos semanas… pero, claro, decidió tratar todo el asunto del “secuestro” como unas vacaciones espirituales. Aún no informaba a Kumo que estaba bien porque “le cortarían las alas del rapero más free del mundo shinobi”. Y yo, por supuesto, yo era tan generoso para no patearlo hasta su aldea.
— Técnicamente, estás en deuda conmigo —. Le dije mientras él fingía no oírme.
—Te curé, no te vendí a ninguna aldea mientras estabas inconsciente… y no te enterré en un agujero cuando intentaste rapear dormido—.
B sonrió. Esa sonrisa de “no pienso pagarte”. Al menos estaba cumpliendo su parte del trato a cambio de quedarse cerca me enseñaría un poco de esgrima. Yo tenía los reflejos y los instintos de dos espadachines de la Niebla, pero ninguna técnica formal. B era un buen maestro, aunque hacía rimas mientras corregía posturas. “Gira tu muñeca, que tu estilo no apesta”, cosas así.
Y luego estaba el premio real, chakra del Hachibi. Cada día, B me recargaba una pequeña batería . Yo lo comprimía y lo transformaba en qi dentro de mi dantian, refinando poco a poco mi núcleo dorado. Kurama, por su parte, seguía tan cooperativo como una piedra.
— Zorro tacaño… —. Mascullé al bastardo que no me daba ni una gota de chakra para hacer qi.
Kurama bufó desde su dimensión interior.
/Pudrete, mocoso esto no es una emergencia. Y almenos yo estoy comiendo bien/. Dijo con arrogancia.
Ya podía imaginármelo, sentado con toda la dignidad del mundo, usando la marioneta en Wave para disfrutar de los manjares locales. Carnes sazonadas, postres suaves, pan recién horneado…
/¡Eso no se vale! ¡Yo me estoy tragando engrudo!/. Quise gritarle, pero sólo tragué otro bocado del desastre culinario.
B volvió a hablar estremeciéndose ante el sabor.
— Este sabor es un castigo divino, debería ser ilegal y prohibido—.
Fū levantó una ceja.
— Creo que me estoy muriendo por dentro. Si mañana despierto con rocas en el estomago, sera tu culpa—.
Hidan soltó una carcajada desde su rincón.
— Esto es mejor que torturar herejes. ¡Me estoy alimentando con su sufrimiento!—.
Mire el plato ofensivo en mis manos y pensé en las repercusiones de mantener a Killer B con nosotros.
— Esto no puede seguir así… —. Murmuré para mí.
— ¿Dijiste algo? —. Preguntó B, mientras intentaba partir el engrudo con un kunai sin éxito.
— Nada, solo que si el Raikage aparece furioso, vamos a tener un problema muy grande—.
Fū resopló desde el otro lado de la fogata, sin levantar la vista. Sus manos rebuscaban nuestras provisiones buscando algo comestible que no fuera esa cosa que cocinamos.
— ¿Tenemos plan si eso pasa? ¿Una estrategia de emergencia?—.
— Claro —. Respondí con la mejor sonrisa que pude fingir.
—Improvisamos, sobrevivimos y si todo falla… B baila hasta que su hermano se avergüence—.
B se levantó de golpe, hizo un giro y comenzó a rapear.
— Si el Raikage llega y me quiere atrapar, lo distraigo con rima y lo hago bailar—.
Fū y yo lo miramos con resignación. Ese era nuestro escudo humano. Un rapero mediocre.
Suspiré y recosté la cabeza contra una roca dura. Estábamos en medio de la nada, comiendo engrudo, entrenando como locos, eramos tres jinchūriki prófugos y una cabeza parlante. Nada de esto era normal. Pero después de todo lo que habíamos pasado… No era tan malo.
Revisando mis cosas, noté la caja de plomo que fabriqué con minerales que extrajimos durante nuestra estancia en las minas de Katabami. El plomo, además de usarse para tratar oro, era eficaz para contener radiación eso junto con una matriz simple mantenía esa desagradable radiación contenida.
Cuando me infiltré en Hoshigakure y robé su preciado meteorito, jamás imaginé que esa cosa era radiactiva. Si no fuera porque Kurama percibió que la energía que emanaba estaba afectando mi cuerpo, probablemente habría terminado igual que ellos, corrompido lentamente por su poder envenenado.
Esos locos habían estado usando su chakra para adaptarse a la radiación, creyendo que se empoderaban. Y era cierto, en parte. Ganaban habilidades especiales, pero a un costo alto, mutaciones internas, muerte prematura, degeneración celular. Por eso tenían tan pocos ninjas activos. Su tasa de mortalidad era altísima… y probablemente su fertilidad también estaba comprometida. Al robarles ese objeto, sin saberlo, les hice un favor.
Pero no fui un ladrón cruel. Dejé un pergamino sellado a su líder más fuerte, Natsushi. Un informe completo, detallado y técnico de los efectos nocivos del meteorito. Les advertí que, muy posiblemente, eran la última generación de su aldea. El daño a sus gametos era irreversible. Si en los próximos años no nacían niños o estos nacían con malformaciones… sabrían que dije la verdad. Y les di una alternativa, venir a Wave si deseaban ayuda para encontrar una cura, los recibiria con los brazos abiertos.
/La mano de obra siempre es bienvenida/. Una sonrisa malvada se dibujo en mi rostro.
Como acto final, y advertencia simbólica, usé el Mokuton para crear un bosque de árboles titánicos alrededor de su aldea. No era solo un muro de madera; era una advertencia y demostración de que el linaje que doblego al mundo estaba vivo. El Mokuton de Hashirama Senju era sinónimo de dominación, de poder que cambiaba el curso de guerras. Lo dejé claro, no eran rival. No ahora, no nunca.
No deseaba hacerles daño. Pero si intentaban levantar la mano contra Wave, me vería obligado a defenderla. Con la barrera en funcionamiento y el corazón de Nordrassil latiendo en su centro, no había motivo para temer.
——————————————————————————————————————————–
Omake
El aire salado era algo con lo que había crecido en esta vida. Nací en la capital portuaria del País de Uzu, y me crie entre muelles, astilleros y barcos que jamás permanecían demasiado tiempo anclados. Uzu no era una aldea escondida ni una extensión de nadie más, era una nación insular, construida alrededor del mar y dependiente de él para existir. Para nosotros, el océano no separaba, conectaba.
Mis primeras memorias no fueron entrenamientos ni sellos, sino navegar. Aprendí a leer las corrientes antes que los mapas políticos, a reconocer una tormenta por el cambio en el viento, a entender que el mar no perdona la arrogancia. En Uzu, incluso los niños sabían eso.
Mi padre me dio un nombre peculiar. No eligió uno tradicional uzumaki ni algo cargado de misticismo espiritual. Me llamó Shank, como la parte más larga del ancla.Un nombre simple, práctico… y, en retrospectiva, peligrosamente profético.
Cuando mi sistema despertó, la ironía se volvió evidente. La plantilla del Pelirrojo, Akagami Shanks. Cuanto más viviera como él, cuanto más imitara su forma de existir y enfrentar el mundo, más de su poder despertaría en mí. No técnicas, no jutsu, solo la pura presencia, voluntad y dominio.
Ser el hijo de un daimyo me facilitó el camino. Recursos, autoridad y libertad para moverme sin que nadie pudiera detenerme con facilidad. Al fin y al cabo, Shanks había nacido entre dragones celestiales… y yo entre gobernantes. El poder vino rápido. Demasiado rápido. El verdadero problema era otro. Yo era un desastre político.
Detestaba las intrigas de salón, despreciaba las alianzas construidas sobre promesas vacías y tenía la mala costumbre de decir lo que pensaba incluso cuando callar era más seguro. Gobernar personas me agotaba más que enfrentar tormentas. La corte me asfixiaba. El consejo me aburría. La diplomacia me parecía una forma elegante de mentir.
Pronto me convertí en la vergüenza de mi familia.
—¿Para qué aprender a navegar, si tenemos un almirante de flota? ¿Para qué aprender a luchar, si tenemos shinobi?—. Repetían una y otra vez.
Me obligaban a pasar horas estudiando sellado, política, retórica… aprendiendo a sonreír mientras mentía. Pero siempre encontraba la forma de escapar, de volver al mar, de sentir el viento golpeándome el rostro.
Eso disgustaba profundamente a mi padre. Su primogénito era un desobligado, un bebedor, un mujeriego sin interés por el trono. Cada informe que llegaba sobre mí era peor que el anterior. Al final, dejó de intentarlo conmigo. Su mirada se volcó hacia mi hermano menor.
No hizo falta que nadie lo dijera en voz alta. todos sabían quién heredaría el título de daimyo. Yo quedé relegado, útil solo como una nota al pie incómoda en la historia del País de Uzu. Y, honestamente, me daba igual.
Mi interés nunca fue el trono, sino el poder. No por ambición vacía, sino por necesidad. Sabía lo que venía. Sabía que, cuando estallara la Primera Guerra Shinobi, Uzu estaba condenado. Nuestra sangre, nuestros sellos, nuestra posición estratégica… todo nos convertía en presas. Y traté de advertirlos.
—Reducir el poder militar es un error —. Les dije.
—Confiar ciegamente en Konoha y en el País del Fuego es suicida—. Pero nadie quería escuchar al hijo problemático que calumniaba a su mas antiguo aliado.
Mi padre estaba demasiado seguro de que el matrimonio de la tía Mito con Hashirama bastaba. Demasiado convencido de que una alianza personal equivalía a protección eterna. Creía estar del lado del dios de los shinobi. Yo sabía que incluso los dioses mueren… y que cuando eso ocurriera, nadie vendría a salvarnos.
——————————————————————————————————————————–
Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.
Aah, la política… asquerosa y desagradable. Necesaria, pero igual de asquerosa. Los matrimonios políticos son algo real y común, y en una sociedad tan absurdamente obsesionada con los linajes como lo es el universo de Naruto, serían una práctica bastante habitual y meticulosamente planificada para sellar alianzas. Después de todo, compartir tu linaje con otro sería una muestra de confianza y amistad de las más sinceras que podrían existir en ese mundo.
Ahora bien, ya vimos varios puntos de vista, pero déjenme aclarar que este capítulo transcurre a lo largo de un mes. Ha pasado un mes desde que Naruto salió de Wave y ha estado viajando, saqueando varios escondites que quedaron de la época anterior a las aldeas shinobi, cuando solo existían los clanes. En los primeros capítulos mencioné los pergaminos que contenían estos secretos, y fue Konohamaru quien se los dio a Naruto, de ahí que existan.
Killer B me gusta, pero escribir diálogos para él es un asco… ¡no sé rimar! xD
Por último, estamos a pocos capítulos del primer timeskip de un año. Los siguientes episodios serán sobre Naruto volviendo a cimentar su dominio sobre Wave… y el caos que se desatará cuando se sepa que un Jinchūriki quiere alzarse como Daimyō.
Y para cerrar: no tengo intención de incluir más relleno del anime aquí. Si quieren que tenga en cuenta algo de los rellenos, recuérdenmelo, y si me parece interesante, lo iré agregando poco a poco o lo mencionaré de pasada. Pero no quiero alargar demasiado la saga de Naruto niño. Quiero llegar pronto a la siguiente, donde conoceremos a un burrito muy especial.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com