Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 30
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Capítulo 30: Vegetales
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
— Biju hablando —
/Biju pensando/
“Dioses hablando”
Tres idiotas observaban el mar congelado frente a ellos. Tres idiotas que, para desgracia del mundo, albergaban en su interior a tres de los seres más poderosos del planeta y que, aun así, eran incapaces de leer un mapa aunque su vida dependiera de ello.
En la cintura del idiota rubio, una cabeza parlante tiritaba de frío mientras los maldecía con un vocabulario cada vez más creativo por no seguir instrucciones básicas. Según el, cualquier persona con dos neuronas funcionales habría entendido el camino. Evidentemente, aquel grupo no calificaba.
—Les dije que giraran en el último cruce —. Gruñó la cabeza, con los dientes castañeteando.
—No después, no más o menos. En el maldito y jodido cruce—.
Naruto volvió a mirar el mapa, lo giró noventa grados y luego al revés, como si eso fuera a revelar un secreto oculto, no lo hizo.
—El mapa está mal —. Dictaminó al fin, con absoluta convicción.
—Estas montañas no se parecen en nada—.
—¡Porque estás mirando el margen! —. Le respondió la cabeza, furiosa.
—¡Eso es decoración!—.
Fū estaba de manos y rodillas sobre el hielo, respirando hondo mientras se preguntaba en qué punto exacto de su vida todo se había desviado tanto. Aun así, sabía que volvería a huir con Naruto del control de Taki sin dudarlo si la situación se repetía. No se arrepentía de eso. Lo que sí cuestionaba era su decisión de no quedarse en Wave esta vez, donde al menos el suelo no intentaba matarla por hipotermia.
Killer B observó el horizonte con la calma de un veterano de mil batallas, como si evaluara una obra de arte particularmente ofensiva. En su mente, la pregunta era simple, ¿valía la pena seguir avanzando o era más sensato dar media vuelta y regresar a Kumo fingiendo que todo aquello había sido una misión de reconocimiento extremadamente corta? No lo dijo en voz alta. Tenía la sospecha de que, si lo hacía, el mapa terminaría siendo arrojado a su cara.
—Yo digo que sigamos recto —. Comentó al final.
—El mar congelado tiene… potencial—.
La cabeza por imposible que parezca giró lentamente hacia él.
—Eso no significa nada—.
—Pero suena bien—. Respondió inmediatamente B.
Naruto asintió, como si aquello confirmara una teoría profunda.
—¿Ves? B entiende—.
La cabeza suspiró con una resignación casi trágica.
—Cuando reconstruiste tu cuerpo ¿por casualidad también reconstruiste tu cerebro al revés?—. Murmuró,
Naruto se quedó pensativo.
—No era tan malo orientándome antes —. Respondió a la cabeza
— …Creo—.
Tras armar un campamento improvisado para resguardarse de los elementos, el grupo tomó una decisión poco ortodoxa, delegar la navegación a Hidan. Para ser solo una cabeza, resultó ser sorprendentemente competente en ese ámbito. Era francamente perturbador verlo manejar un compás con la boca, calcular ángulos y murmurar coordenadas con más precisión que cualquier ninja del grupo.
Incluso Naruto, que ya había aceptado cosas mucho más absurdas en su vida, se quedó observándolo con una mezcla de respeto y ligera conmoción.
—Estamos en el País del Hierro —. Anunció Hidan al final, con tono seco.
El silencio que siguió fue incómodo.
Hidan revisó sus cálculos otra vez, luego el mapa, y después el horizonte. Venían de la frontera entre el País de las Aves y el de la Tierra. Llegar allí sin atravesar varios países intermedios era, sencillamente, imposible. Físicamente imposible, Hidan lo sabía. Lo entendía perfectamente. Por eso decidió, en un acto de profunda madurez espiritual, maldecir en voz baja, jurar paciencia a Jashin-sama e ignorar el hecho por completo.
—Rumbo al País de los Vegetales —. Sentenció.
—Última parada antes de volver a Wave. Y que conste que esto no es culpa mía—.
A partir de ese momento, cada corrección de rumbo vino acompañada de una maldición distinta, cuidadosamente dedicada a cada giro erróneo previo. Durante el trayecto, Naruto optó por la solución más eficiente, cargó a Fū sobre la espalda y sujetó a Killer B bajo un brazo, echándose a correr a velocidades tan altas que incluso B, acostumbrado a movimientos extremos, alzó una ceja con sincera sorpresa.
—Oye… —. Comentó B, mientras el paisaje se convertía en una franja borrosa.
—Esto no estaba en el folleto turístico—.
—Ahórrate el comentario —. Gruñó Hidan desde la cintura.
—Y no se muevan tanto—.
Naruto no respondió. Estaba demasiado concentrado en correr, seguir las indicaciones… y no pensar en el pequeño detalle de que, de algún modo, habían cruzado medio continente sin darse cuenta.
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Una pequeña caravana avanzaba desde el País de las Flores hacia el País de los Vegetales. Entre sus integrantes viajaba Haruna, prisionera política y única hija del daimyō de los Vegetales. Su cautiverio no había sido de cadenas ni golpes; nunca le pusieron una mano encima.
Aun así, los años de desprecio, las burlas veladas y los insultos disfrazados de cortesía en las cortes del daimyō de las Flores habían dejado marcas igual de profundas. Las palabras, al final, también sabían herir. Ahora, exhausta y hastiada, regresaba por fin a casa tras años de encierro político.
El contexto había cambiado. Los Vegetales habían sellado una alianza con la Tierra del Silencio, obteniendo por primera vez una posición real frente al País de las Flores y su pacto con la Tierra. No era una victoria gloriosa, pero sí suficiente para forzar negociaciones… y permitir el retorno de la heredera. Haruna observaba el camino con una mezcla de alivio y cautela. Volvía a casa, pero sabía que el mundo que la esperaba ya no era el mismo.
La caravana se detuvo antes de lo previsto.
En el camino, un trío particularmente ruidoso discutía con una seriedad desproporcionada sobre la responsabilidad culinaria del grupo.
—Yo no vuelvo a tocar una olla —. Declaró el hombre del hitai-ate de Kumo, señalando con el pulgar una fogata aún humeante.
—La última vez terminó siendo carbón—.
—Técnicamente seguía caliente —respondió la tercera de cabello verde, pensativa.
—Pero sí, ya no rimaba con “comida”—.
El rubio intervino , removiendo el contenido de una pequeña olla con absoluta concentración.
—Por eso cocino yo, al menos es seguro de consumir—.
El aroma no respaldaba esa afirmación.
—¿Eso qué es? —. Preguntó el de Kumo, inclinándose con cautela.
—Un engrudo nutritivo —. Respondió el rubio, demasiado orgulloso.
—Tiene todo lo necesario, para estar nutridos—.
—¿Sabor?—. Pregunto de forma inquisidora la peliverde.
—Opcional—. Fue la respuesta demasiado rápida del cocinero del grupo.
El tercero probó una cucharada, masticó con cuidado y asintió despacio.
—Sabe a cartón hervido… pero de forma comestible—.
—¿Ves?, es funcional—.
Los conductores de la caravana, tras intercambiar miradas rápidas, optaron por esperar. Los escoltas, en cambio, observaron con atención. Uno de aquellos individuos llevaba el hitai-ate de Kumo sin ocultarlo. El otro, con marcas de bigotes demasiado evidentes para ser ignoradas, era imposible de confundir.
La comidilla favorita de los nobles en los últimos meses. El shinobi que había provocado caos en el País del Fuego, en la Hierba, en el de los Ríos y en el recientemente renombrado País de la Primavera… además de muchos otros lugares que los informes preferían resumir con un “etcétera” inquietante.
Desde el interior del carruaje, Haruna observó la escena en silencio. Sintió un leve escalofrío, no por miedo inmediato, sino por intuición. Si aquel grupo era capaz de discutir así por algo tan básico como la comida, entonces el viaje de regreso a casa acababa de volverse… impredecible.
Lentamente, el rubio giró la cabeza, dándose cuenta de que ya no estaban solos. Desde el costado del camino, donde cocinaban, sus ojos se clavaron en la caravana detenida y una sonrisa aterradora se dibujó en aquel rostro de niño bonito, demasiado amplia para ser tranquilizadora.
—Hey, amigos —. Dijo con un tono alegre que no coincidía del todo con la expresión.
—Vengan, acérquense a nuestro humilde campamento. Compartamos suministros—.
Todos los miembros de la caravana tuvieron el mismo pensamiento y, por un instante, el mismo impulso, gritarle que era evidente que solo quería algo mejor que aquel engrudo soso con sabor a cartón que hervía en la olla, pero nadie lo hizo.
Haruna fue la primera en responder. Aceptó con una sonrisa tensa y perfectamente ensayada para la política. Sus guardias eran, al menos, jōnin sólidos si se los comparaba con los estándares de países menores. Sin embargo, frente a aldeas como Kumo o Konoha, serían aplastados sin esfuerzo. Y aquel muchacho no solo llevaba las marcas de un Uzumaki en su ropa denotando su herencia; era una calamidad con nombre propio, uno que empezaba a sonar con demasiada fuerza.
Haruna no era tonta. Había sobrevivido a la política de la corte de las Flores y aprendido una verdad elemental que muchas familias de daimyō parecían olvidar con el tiempo, atacar a un daimyō era una estupidez y una sentencia de muerte. No por justicia, sino porque los demás daimyō se unirían para castigar al responsable y dejar claro el precedente. No se mata a un daimyō… nunca.
Pero ella no era el daimyō. Era solo la hija de uno y aunque su padre montaría en cólera, los demás no moverían un dedo por el familiar caído de otro daimyō. Todos lo sabían. Era un juego sucio, cruel… pero limpio dentro de sus propias reglas.
Así que Haruna avanzó, manteniéndose deliberadamente del lado correcto de la historia… y, con suerte, del lado seguro del Uzumaki.
El campamento se armó poco después. Sus hombres tomaron la cocina con eficiencia profesional y, en cuestión de minutos, produjeron algo que podía describirse sin exagerar como comida. Haruna aceptó un plato y por pura cortesía diplomática, permitió que el rubio le ofreciera una porción de su famoso engrudo.
—Es nutritivo —. Dijo él, empujándole la escudilla con entusiasmo.
—Con esto puedes sobrevivir días enteros con una sola ración—.
Haruna probó una cucharada. Se obligó a masticar y tragó.
—…No tiene sabor —. Comentó, tras una breve pausa.
—¡Exacto! —. Respondió el joven, animado.
—Así no cansa—.
—La textura es… memorable —. Añadió ella, eligiendo sus palabras con cuidado.
El rubio bajó los hombros de inmediato.
—Kurama dice que es la peor comida que a probado —. Murmuró, abatido.
—El cree que soy un alquimista glorioso, pero un cocinero mediocre—.
—Eso no rima con nada bueno, suena más bien a veneno —. Opinó el hombre del hitai-ate de Kumo.
—Pero sigue siendo mejor que cuando yo cocino—.
—Ey, no empieces —. replicó el otro.
—Lo tuyo termina siendo carbón “artístico”—.
En ese momento, como si se tratara del comentario más trivial del mundo, el rubio añadió:
—Ah, por cierto, somos jinchūriki—.
El silencio cayó como una losa.
—¿Perdón? —. preguntó Haruna, con una sonrisa perfectamente ensayada, aunque sintió cómo algo frío le recorría la espalda.
—Los tres —. Aclaró él, señalándose a sí mismo, luego ala peliverde y finalmente al rimador.
—Bueno… técnicamente también hay una cabeza parlante—.
—¡Te oigo, mocoso! —. Gritó una voz desde su cintura.
—Y maldigo este lugar lleno de polen, este camino y a todos ustedes… Achu—.
Haruna parpadeó una vez. Luego dos.
—Comprendo —. Dijo finalmente, con una calma que ni ella misma sabía de dónde sacaba.
—Es… información relevante—.
—No somos inestables —. Añadió Naruto, rápido.
—Bueno. No mucho—.
—Habla por ti, yo soy bastante estable. —. Comentó el de Kumo.
—Eso tampoco rima —. Señalo la peliverde.
Haruna asintió despacio, manteniendo la compostura con una maestría digna de años en las cortes de las Flores. Los rumores sobre los jinchūriki como armas vivientes eran un secreto a voces, y ella no tenía ninguna intención de comprobarlos de primera mano. ella se limito a sonreír.
—Me alegra que el camino nos haya reunido. Confío en que nuestro descanso conjunto será… tranquilo—.
Por dentro, decidió que aquel grupo no solo era peligroso. Era, sin discusión posible, demasiado fuera de lo común.
Como buena política, comenzó a indagar con cuidado. Preguntas suaves, comentarios aparentemente inocentes, silencios calculados. Así aprendió sus nombres: Uzumaki Naruto, el hombre o más bien el jovencito del que todo el mundo hablaba; Killer B; y la pequeña Fū, tres jinchūriki. Y para su horror, los tres se dirigían directamente a la capital de los Vegetales. Haruna mantuvo el rostro sereno, entrenado durante años para no delatar pensamientos incómodos.
Fue el rubio quien terminó de desarmarla. Comentó, con una naturalidad inquietante, que sabía que se avecinaba un golpe contra su país. Que alguien planeaba asesinar a su padre. Que él iba a impedirlo y que, de paso, pretendía formalizar una alianza entre el naciente país de Wave y los Vegetales.
Era demasiada información, demasiado rápido. Haruna escuchó sin interrumpir, asintiendo cuando correspondía, pero por dentro su mente corría a toda velocidad. Solo entonces lo comprendió. Aquello no había sido un encuentro fortuito. No una coincidencia del camino ni una casualidad desafortunada. Ellos sabían quién era ella. Sabían adónde se dirigía. Y habían fingido ese cruce, esa discusión absurda, esa cercanía casi torpe, para suavizar el terreno.
Habían soltado la información con aparente descuido para parecer accesibles, incluso amistosos. Para que una posible alianza naciera sin la rigidez de una negociación formal… sino desde algo más humano.
Haruna sintió un escalofrío, porque comprendió que aquel Uzumaki, bajo la sonrisa extraña y el engrudo incomible, estaba jugando a la política con una naturalidad aterradora.
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Cuando nuestro grupo de inadaptados llegó a la capital, el ataque ya había comenzado. Un pequeño contingente de jōnin, liderados por un trío de hermanos, cuyos nombres honestamente, no recordaba había lanzado la ofensiva. Las casas ardían, la guardia estaba siendo diezmada y el caos se extendía sin control. El País de los Vegetales era un territorio agrícola; tenía ninjas y samuráis, pero al estar lejos de las grandes aldeas y de sus conflictos constantes, sus fuerzas no eran particularmente poderosas. Estaban siendo superados con rapidez.
Miré a Fū y le sonreí, una sonrisa breve y tranquilizadora.
—Quédate con Haruna. Asegúrate de que no haga nada tonto. B, te encargo cuidar de este grupo. Supongo que no querrás involucrarte en un conflicto político sin el permiso de tu hermano—.
B resopló, cruzándose de brazos.
—Me estás pidiendo que me quede quieto mientras el mundo arde. Eso duele… pero tienes razón—. Respondió malhumorado pero su postura se puso tensa para cuidar al grupo.
Con un simple sello de una sola mano, de mi espalda brotó madera que se retorcía con viva. Siete clones de madera se formaron en un instante y se dispersaron por la capital, moviéndose con rapidez, impulsados por chakra, con órdenes claras, capturar a todos los invasores con vida si era posible.
Yo no perdí más tiempo, invocando el Kubikiribōchō, me lancé a toda velocidad. Sin pasajeros, cruzar la capital fue cuestión de segundos. El palacio del daimyō ya comenzaba a arder cuando llegué. Sobre él, en el cielo, se alzaba un enorme espejo de hielo, actuando como una lupa gigantesca que concentraba la luz para incinerar todo debajo.
Un clon de sombra apareció a mi lado. No hubo palabras, el sabia que hacer. Un Rasengan bastó para destrozar el espejo en una explosión de fragmentos cristalinos que cayeron como lluvia sobre el patio. El calor se disipó al instante, y entonces lo sentí.
Mi mirada se clavó en una figura al fondo del recinto.
—Te encontré —. Murmuré, ajustando el agarre del Kubikiribōchō.
—Ahora hablemos del dueño de ese jutsu—.
El responsable del intento de toma de poder no era más que un imbécil con exceso de confianza. De algún modo había logrado una imitación burda de yōton y, peor aún, había llegado a la conclusión de que asesinar a un daimyō y sentarse en su lugar no traería consecuencias. Como si los otros daimyō no vivieran atentos a cualquier precedente que pudiera volverse contra ellos.
No hubo discursos. No hubo amenazas grandilocuentes. Ni siquiera tiempo para explicaciones. Un solo movimiento basto y Kubikiribōchō describió un arco, el golpe con su lado plano lo sacó de combate de inmediato. El cuerpo cayó como un saco de arroz mal apilado, inconsciente antes de tocar el suelo. La madera brotó después, envolviéndolo con firmeza; mokuton sellando su chakra.
—Qué anticlimático —. Murmuré, más para mí que para nadie, recordándome que el Naruto canon lo venció, así que yo, siendo mucho mas fuerte era obvio lo que sucedería.
Mientras comprobaba que el daimyō seguía con vida, respirando, aunque aterrorizado, un pensamiento incómodo se abrió paso. Era muy probable que alguno de mis clones de madera hubiera matado a un invasor.
Mi primera muerte.
Indirecta, delegada, repartida entre copias hechas de chakra y… aun así, mía. No sentí náuseas ni pánico. Tampoco orgullo. Solo una extraña calma pesada, como si algo se hubiera asentado en su lugar correcto y al mismo tiempo incorrecto. Tenía los recuerdos de la academia, toda la teoría fría sobre matar en combate, la necesidad, la misión, el deber.
Y también estaban los otros recuerdos, los de crecer en un mundo donde matar no era una opción aceptable, donde era un tabú absoluto, algo que te convertía en monstruo sin matices. Aquí no era así, nunca lo había sido.
Apreté los dientes un segundo, exhalé despacio y seguí avanzando. Pensarlo demasiado no cambiaría lo ocurrido. Había un país en llamas y decisiones que no admitían pausas largas.
Para cuando cayó la noche, el ataque había sido contenido. Las llamas se apagaban una a una, reducidas a humo y brasas, y los muertos empezaban a ser contados con una eficiencia triste. Muchos civiles, también defensores. Gente que no había pedido nada de esto contaba sus perdidas.
Y yo… yo había segado cuatro vidas. Cuatro imbéciles que no se rindieron, que decidieron que usar civiles como escudos era una buena idea. Suspire despacio, con ese peso incómodo que no se va del pecho. Sabía que matar en este mundo era inevitable, que aferrarse a viejos valores era imposible pero aun así era difícil. Aun así, entenderlo no lo hacía más fácil.
—No te pongas esa cara —. Gruñó Bee a mi lado.
—Si no eras tú, era alguien más. Y ellos eligieron mal, yo solo digo verdades con ritmo natural—.
No respondí y Fu me miró un segundo, ladeando la cabeza, y luego me dio una palmada suave en el brazo, como si no supiera bien qué decir pero tampoco quisiera dejar el silencio intacto. Se lo agradecí en silencio.
Me distraje de mis propias complicaciones morales cuando vi a Haruna reunirse con su padre. Fue… incómodo. El hombre que tenía enfrente no era un villano caricaturesco ni un tirano evidente, solo un gobernante cansado, con demasiados compromisos y decisiones sucias acumuladas en la espalda. Aun así, había enviado a su hija como prisionera política durante ¿qué?, ¿una década? La tensión entre ambos se podía cortar con un kunai.
—Has crecido —. Dijo él, tras un largo silencio.
—Eso suele pasar cuando te mandan lejos —. Respondió Haruna, correcta, fría y distante, con una sonrisa que no alcanzaba a los ojos.
Yo desvié la mirada, dándoles espacio. No era asunto mío, aunque una parte de mí no podía evitar juzgarlo. En este mundo, la política se hacía con personas, no con ideas, y Haruna había sido una ficha más en el tablero. Vi cómo apretaba los puños y luego los relajaba, controlándose con una disciplina que solo se aprende a las malas. Definitivamente, este grupo, este país… y este mundo entero seguían siendo un desastre.
No podía permitirme perder más tiempo en reflexiones largas; mientras hablábamos y la ciudad comenzaba a respirar otra vez, mis clones de madera ya trabajaban en silencio. La Matriz de la Verdad se cerraba sobre los tres hermanos, forzando recuerdos, rutas de pensamiento y secretos que no podían ocultarse con simple voluntad.
El mayor era el responsable del jutsu que había convertido el cielo en un arma. Su técnica no era Yōton verdadero, sino una aberración brillante, espejos de hielo ultra comprimido, dispuestos con precisión geométrica para refractar y concentrar la luz solar como una lupa colosal. No era solo destructivo, era elegante. Un genio absoluto en el diseño de jutsu, con una comprensión absurda de óptica, chakra y termodinámica.
Su problema no era el talento, era la personalidad; arrogante, impulsivo, incapaz de pensar más allá del corto plazo. En una gran aldea shinobi, con disciplina y recursos, habría escalado sin duda a nivel Kage creando armas estratégicas de destrucción masiva.
El hermano del medio era más pragmático, más sucio. Su cuerpo había sido modificado lentamente durante años mediante una dieta forzada de limaduras metálicas tratadas con chakra, conocimientos médicos comprados a un grupo nómada de médicos ninja y ejercicios constantes de polarización. El resultado, una forma artificial de magnetismo corporal.
No controlaba arena de hierro como un Kazekage, pero podía magnetizar su sangre, su piel y cualquier metal cercano, atrayendo armas, desviando proyectiles y endureciendo su cuerpo en combate. No era un kekkei genkai natural, sino una imitación burda y peligrosa… y aun así, funcional. Otro talento desperdiciado por la ambición mal dirigida.
El menor no tenía el talento crudo de sus hermanos, pero había sobrevivido adaptándose, y en este mundo eso ya decía mucho. Fue, curiosamente, el que más ganancia directa me dejó.
De él obtuve un contrato de invocación completo, depredadores marinos que incluían pirañas y tiburones, bestias rápidas y voraces, perfectas para alguien como yo, con reservas de chakra lo bastante grandes como para crear masas de agua artificiales y permitirles combatir incluso en tierra firme mediante su propio ninjutsu acuático. Lo guardaría como una carta de reserva, por si alguna vez necesitaba cortar mi conexión con los sapos.
Cuando el interrogatorio terminó los prisioneros fueron entregados para que fueran públicamente ejecutados por el daimyo, exhalé despacio. Había ganado información, técnicas y contratos. Para una sola incursión, el balance era más que favorable. Aun así, mientras observaba las brasas apagarse en la capital, no podía evitar pensar que cada “ganancia” en este mundo siempre venía manchada de sangre.
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Había sido fácil ganarse al daimyō. Ya me tenía en buena estima por haberle salvado la vida; bastó una sonrisa honesta y un regalo de alcohol de altísima calidad para sellarlo. El licor casi lo hizo saltar cuando lo probó. Mi alquimia seguía funcionando, para los mortales, incluso un brebaje mediocre rozaba la ambrosía.
Cuando le hablé del naciente País de Wave, respondió con teorías de gobierno, consejos y advertencias diplomáticas. Ni por un instante consideró una alianza formal; la distancia entre nuestros territorios la volvía inviable. Aun así, obtuve un acuerdo bajo la mesa. Me permitiría plantar un árbol. A cambio, si el país volvía a ser atacado, podría solicitar mi ayuda… y yo acudiría.
Con eso hecho, volví a sumergirme en mi mar interior. Allí me encontré otra vez con Nordrassil. Formé un nuevo cuerpo físico para el parásito, un Árbol de Vida más pequeño que el de Wave, pero ligado directamente a mí. Me concentré y sentí a Nordrassil de Wave, su versión física. De su madera se desprendió un fragmento que tomó forma, unido al nuevo árbol por una cuerda de madera viva. Era una conexión directa. Frágil, como una marioneta mal hecha, pero suficiente para ejercer control, para estar presente si era necesario.
Y, con algo de persuasión a los sapos, también podría servir como punto de invocación. Una manera de atravesar el mapa de un extremo a otro. Después de todo, la matriz que planeaba construir en un futuro cercano, por ahora, solo me llevaría de regreso a Wave.
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Me encontré mirando el cielo estrellado desde mi habitación en el palacio del daimyō. Planeábamos partir al día siguiente, con suministros nuevos y conocimiento útil. Fu dormía a pierna suelta en un futón cercano; después del banquete, la chica estaba genuinamente feliz, agotada y satisfecha.
B se sentó a mi lado, bebiendo con evidente placer sorbos de un licor exquisito de arroz, una de mis creaciones, saboreándolo como si fuera un pequeño lujo robado al caos del mundo. Nos quedamos en silencio un buen rato. No era incómodo, era de esos silencios que solo existen entre un par de parias. Al final, fue él quien habló, con voz tranquila, sin rap ni exageraciones.
—Te estás metiendo en juegos peligrosos, pequeño Número Nueve. Los jinchūriki no deberían tener poder político. A los que realmente controlan el mundo no les va a gustar—.
Le sonreí y en mi palma nació una flor, lenta y obediente, formándose a partir de chakra y voluntad. Observé cómo abría sus pétalos mientras pensaba en su advertencia.
—Hashirama no solo fue fuerte —. Dije finalmente sin dejar de mirar la vida que nacio de chakra.
—Fue un punto de quiebre. Antes de él, el mundo ninja era una carnicería interminable de clanes que se devoraban entre sí. Después de él, el equilibrio cambió para siempre—.
La flor se meció suavemente con el viento nocturno.
—El Mokuton no sometió solo ejércitos. Sometió voluntades, los grandes clanes, los mercenarios eternos, incluso a los daimyō. El del País del Fuego no cedió territorio por diplomacia, lo hizo porque entendió que resistirse significaba desaparecer. Konoha nació porque Hashirama podía obligar al mundo a aceptar algo nuevo… y porque decidió no gobernarlo con miedo—.
Alcé la vista hacia el cielo.
—Creció en guerra y eso lo volvió un hombre que deseaba paz. Y ahora existe otro usuario de Mokuton, otro error imposible de ignorar. No importa lo que yo quiera o deje de querer. El mundo va a reaccionar a mi existencia igual que reaccionó a la suya—.
Miré a B y le sostuve la sonrisa, tranquila y peligrosa. Él negó con la cabeza, entendiendo demasiado bien lo que eso implicaba. Sabía que el camino no sería sencillo, que ningún cambio real lo era. Para bien o para mal, un usuario de madera había puesto fin a la era de los clanes combatientes y había dado inicio a la era de las aldeas.
Y ahora, otro usuario de madera estaba a punto de cerrar una era distinta… no con discursos ni banderas, sino obligando al mundo a adaptarse, o romperse, ante el nacimiento de la siguiente.
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Suspiré mientras observaba al gran sapo de tiro que había invocado para jalar el carruaje lujoso. Un mercenario común del clan de Gamabunta, ancho como una muralla y con cara de no querer estar allí más de lo necesario. El sapo mascó una moneda entre los dientes, la escupió en su palma y asintió con un gruñido satisfecho.
—Pago completo. No me importa a quién lleves dentro —.
—Solo arrastra. Eso y nada más—. Respondí.
El sapo resopló y comenzó a tirar del carruaje sin una queja más. Profesional hasta la médula. Miré la estructura rodar tras él y pensé en su contenido. Una alianza real, eso era lo que el daimyō de Vegetales quería ahora. Había tenido tiempo para racionalizar, para entender lo que significaba el Mokuton, para ver con sus propios ojos cómo una extensión de Nordrassil había echado raíces en su territorio.
—Ahora sí quiere hablar de “vínculos duraderos” —. Murmuré.
No fue una decisión inmediata ni valiente; fue miedo procesado por asesores. Podía imaginar la sala cerrada, las discusiones tensas, los murmullos nerviosos cuando comprendieron que aquello no era un jutsu vistoso, sino una presencia permanente. Algo que no se iba a marchar cuando yo me fuera.
Y aquí estaba yo, atrapado con Haruna como moneda de cambio.
—Mi hija no puede heredar —. Había dicho él, con voz firme.
—Aún puedo engendrar un sucesor adecuado. Un varón—.
Lo dijo sin pudor, como si hablara de cosechas o tratados comerciales. En el canon, con su muerte, Haruna habría sido la daimyō; aquí no. Libre de la presión del País de las Flores, decidió que aún tenía margen para jugar a la dinastía… y volvió a colocar a su hija en el tablero.
—Mi hija permanecerá en Wave. Como garantía de buena fe. Una práctica común entre países civilizados.—
No necesitó decir más. El subtexto era tan obvio como desagradable. Un rehén político hoy, una influencia constante mañana. Y, con el tiempo, una unión “conveniente” si el joven usuario de Mokuton resultaba tan maleable como esperaban. Mi ceja tembló cuando me negué.
—Siempre puedo enviarla a otro territorio —. Añadió con un encogimiento de hombros.
—Algún noble sabrá apreciar el gesto—.
Malditos políticos.
No lo dejé pasar. Pedí hablar con Haruna a solas. La encontré de pie, recta, con una compostura que solo alguien criada entre cuchillos envueltos en sonrisas podía mantener.
—No tienes que aceptar esto. Wave es una opción pero no como rehén. No como garantía mas bien como invitada. Puedes vivir allí como quieras—.
Ella me observó en silencio unos segundos demasiado largos, midiendo cada palabra no dicha.
—¿Y qué espera usted a cambio, Uzumaki-san? —. Preguntó al fin, con cautela entrenada.
—Nada, solo tranquilidad para mi conciencia ya sucia de que no te conviertan en moneda de cambio otra vez—. Respondí.
Eso bastó para que bajara la mirada. No lloró, ella solo asintió, despacio, aun sin creerse mis palabras. Maldita sea mi debilidad por las princesas. Parpadeé cuando una idea todavía más irritante me golpeó, Naruto había sido un imán para ellas… y ahora yo lo era también.
—Ohhh, míralo —. Canturreó Fu desde atrás.
—Rescatando damiselas otra vez—.
—Patrón repetido, destino cumplido. —. Añadió B, ya escribiendo frenéticamente en su cuaderno.
—Esto rima solo, hermano—.
Gemí y me llevé una mano al rostro mientras el carruaje avanzaba a una velocidad indecente, con nosotros encima y Haruna dentro. Política sucia, alianzas forzadas y decisiones tomadas por miedo. El mundo seguía siendo igual de desagradable… solo que ahora me tocaba arrastrar nuevamente las consecuencias conmigo, quisiera o no.
—Otra más para el harem en crecimiento —. Murmuró Fu por lo bajo.
Sus risitas me recordaron demasiado a un viejo pervertido de cabello blanco. Sin pensarlo mucho, le di un golpe seco en la cabeza a la peliverde.
—No voy a acostarme con todas las mujeres que conozca ni a meterlas en un harem imaginario que solo existe en tu cabeza. No soy un perro cachondo—. Gruñí, mirando a la niña que parecía creer que esas cosas eran fáciles.
—¡Auch! Solo digo lo que todos piensan—. Se quejó ella, sobándose
Desde el otro lado, B soltó una carcajada, claramente disfrutando demasiado de la escena.
—Hermano, negarlo con tanta pasión solo mejora la rima —. Comentó, anotando algo más en su cuaderno.
Cerré los ojos un segundo. Definitivamente, necesitaba más paciencia… o un mundo menos empeñado en malinterpretarlo todo.
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El sapo era rápido. Del tamaño de un caballo, con extremidades hechas para devorar distancia sin descanso. Nos movimos a una velocidad muy superior a la de cualquier montura común, atravesando los caminos como una flecha viva. Gracias a las instrucciones constantes de Hidan, acortamos rutas sin pudor, cruzamos ríos de frente, escalamos laderas imposibles, bordeamos lagos helados sin rodeos, todo mientras el sapo cargaba el carruaje como si fuera una extensión natural de su cuerpo.
Donde un viaje normal habría tomado meses, nosotros llegaríamos a Wave en una semana. Al principio, Haruna no dijo mucho. Viajaba erguida dentro del carruaje, con la compostura rígida de alguien que había aprendido que mostrarse demasiado cómoda era una debilidad. Observaba en silencio, medía palabras y evaluaba cada gesto. No confiaba, pero tampoco protestaba. Para alguien criada entre cortes hostiles, aquello ya era una forma de cortesía.
Fu, en cambio, no entendía de silencios largos. Se coló en el carruaje a la primera oportunidad, se sentó frente a Haruna con las piernas cruzadas y empezó a hablarle de todo y de nada, de los pueblos que había visto, de lo horrible que era la comida en algunos países, de lo mucho que odiaba a Taki. Al principio, Haruna la ignoró con elegancia y cortesía típica de su estatus. Luego respondió con monosílabos. Al tercer día, ya le hacía preguntas.
No eran grandes conversaciones, pero algo se aflojó. Conmigo fue distinto. Haruna no buscó cercanía, pero tampoco evitó el diálogo cuando surgía. Hablábamos de rutas, de logística, de cómo funcionaba Wave, de lo que implicaba reconstruir un país desde cero. No había ilusión romántica, solo intercambios prácticos ella tenia 18 yo 13. Aun así, noté cuándo dejó de verme como una calamidad impredecible… y empezó a verme como alguien peligrosamente competente.
A B lo ignoró casi por completo. No por alguna clase de miedo, sino por decisión consciente. Cada rima improvisada, cada comentario cantado, cada carcajada fuera de lugar chocaba de frente con su educación rígida. B lo notó rápido y, para su crédito, no insistió demasiado. Se limitó a observarla con curiosidad, como quien toma notas mentales para una canción futura que tal vez nunca escribiría.
Por las noches, cuando el sapo se detenía y armábamos campamento, la distancia entre nosotros ya no era tan marcada. Haruna se sentaba más cerca del fuego, escuchaba las discusiones triviales, incluso sonrió una vez cuando Fu exageró una historia de forma descarada. No era una sonrisa amplia, pero era real.
No se había vuelto confiada o se había vuelto feliz. Pero por primera vez en mucho tiempo, dejaba de sentirse sola en el trayecto. Y en un mundo como este, eso ya era un cambio importante.
Me habría gustado avanzar aún más rápido, pero reducir el ritmo tuvo una ventaja inesperada. Me dio la excusa perfecta para saquear un par mas de antiguos alijos de la era de los clanes combatientes. Y, por los dioses, qué buena decisión fue esa. Muchos de esos escondites estaban protegidos por barreras y sellos que sus creadores nunca esperaron que fueran rotos, diseñados no para resistir un ataque frontal, sino para sobrevivir al tiempo, confiando en que la erosión y el olvido harían el resto.
No fue el caso. Una dosis controlada de chakra bijū, corrosivo y violento por naturaleza, combinada con qi enfocado para quemar la estructura simbólica del sello, bastaba para forzar una apertura. No los rompía de golpe; los descomponía capa por capa, invalidando su lógica hasta que simplemente dejaban de existir. Era un método lento, pero limpio, y evitaba activar trampas residuales pensadas para ladrones impacientes.
Lo que encontré fue más que oro o armas. Estaba desenterrando la herencia de clanes que ya no existían, riquezas acumuladas cuando la guerra era constante y la supervivencia dependía de prever generaciones enteras. Pergaminos de técnicas olvidadas, tratados incompletos de sellado, armas selladas con nombres que nadie recordaba. Cada cámara era una lección sobre cómo pensaban los antiguos… y sobre por qué habían caído.
Pero el mayor tesoro no fue lo que encontré dentro de aquellos alijos, sino la razón misma por la que existían. Por eso había conseguido los registros de manos de Konohamaru. No buscaba riquezas, buscaba algo demasiado peligroso para ser dejado abandonado, algo que nadie se atrevió a destruir y que, aun así, no podía permanecer en el mundo sin vigilancia. Todo lo demás había sido solo un beneficio adicional.
En una cordillera cercana al País del Fuego encontré el túmulo. Casi invisible y apenas un accidente más del terreno, marcado en los registros con una referencia tan vaga que rozaba lo inútil. Sin saber exactamente qué buscar, cualquiera habría pasado de largo. Yo mismo estuve a punto de hacerlo. Fue solo que Kurama al sentir la presión residual del chakra en el aire me dijo que aquel lugar no estaba muerto.
Al descender, la razón se volvió evidente. Una cámara funeraria excesivamente protegida, sellos superpuestos hasta el absurdo, capas enteras de contención pensadas para resistir no años, sino eras.
La mayoría eran de origen Uzumaki, complejos, redundantes, diseñados para no fallar. Otros no los reconocí de inmediato, pero su lógica era inconfundible, Sarutobi, Senju, Nara. Clanes que en aquel tiempo no eran aliados por conveniencia, sino por necesidad, unidos por un enemigo común mucho antes de la formación de las aldeas o incluso del nacimiento de Hashirama.
No era una tumba pensada para honrar a un muerto. Era una prisión diseñada para no volver a abrirse jamás.
En el centro, un sarcófago envuelto en sellos de suspensión absoluta. No de contención. Sellos pensados no para someter, sino para impedir que el tiempo avanzara siquiera para lo que descansaba dentro. Y sobre la piedra negra, grabado el símbolo del clan Uchiha.
Mientras saqueábamos todo lo que no estaba literalmente anclado al lugar, encontré los registros en una cámara contigua. Pergaminos antiguos, tratados incompletos, notas redactadas con una caligrafía meticulosa, fría, sin una sola línea desperdiciada. No eran crónicas heroicas. Eran informes, evaluaciones y advertencias. Allí estaba el nombre que le dieron.
Nanashi “Sin nombre”. Un título funcional, no una identidad.
Según los registros, Nanashi nunca fue una líder ni una figura política. No fundó nada, no dejó discípulos ni descendencia reconocida. Para el clan Uchiha fue, desde el primer día, un arma. Una herramienta moldeada para servir, utilizada sin miramientos desde su nacimiento hasta el momento en que fue sellada. Tenía catorce años. Apenas una adolescente. No conoció otra vida que no fuera obedecer órdenes y ejecutar voluntades ajenas.
Había nacido con un Sharingan que no seguía una evolución lineal. Su dōjutsu no era un paso previo a algo mayor, era ya una aberración completa. Una versión infinitamente superior al ya aterrador Kotoamatsukami de Shisui, sin el enorme intervalo de enfriamiento que lo hacía manejable. Nanashi no necesitaba pausas, rituales ni condiciones externas. Era una influencia constante, silenciosa, omnipresente. Servía a su clan no por lealtad, sino porque nunca se le enseñó a ser otra cosa.
No necesitaba el Mangekyō para ser letal. El día que lo despertó, el problema dejó de tener una solución convencional para los Senju. La amenaza era tal que se vieron obligados a formar alianzas temporales con otros clanes, Sarutobi, Nara y el entonces recién consolidado clan Yamanaka. Juntos organizaron una emboscada contra la fortaleza donde los Uchiha resguardaban a su arma. No fue una guerra simbólica ni un conflicto menor. Fue una operación desesperada para retirar del tablero algo que no podían permitir que siguiera existiendo en manos enemigas.
¿Por qué no la mataron? Los registros eran ambiguos. Se hablaba de reacciones inconscientes de su Sharingan, de defensas automáticas que se activaban sin que ella diera una orden consciente. Nada estaba del todo claro. Lo único consistente era el resultado.
Cada intento de ejecución terminó en desastre. No porque escapara, sino porque quienes la enfrentaban dejaban de existir como agentes conscientes. Aliados que se convertían en enemigos. Guardias que abrían celdas para devolverla al campo de batalla, convencidos de que ese era su deber. Escuadrones enteros aniquilándose entre sí, seguros de estar actuando correctamente. No había resistencia, no había lucha interna. Solo obediencia inducida.
La solución final no fue vencerla, fue sacarla del juego. Los Uzumaki diseñaron los sellos. Los Senju aportaron la fuerza vital necesaria para sostenerlos. Los Yamanaka reforzaron la protección mental para que el proceso fuera posible. Los Sarutobi financiaron la operación con sumas obscenas de dinero, comprando silencio, recursos y tiempo. No fue un acto heroico ni limpio. Fue una decisión colectiva nacida del miedo.
Suspiré mientras cargaba el sarcófago repleto de sellos sobre el sapo de tiro. Nos llevábamos a la chica. Los registros no mentían, Nanashi había sido tratada como nada más que una herramienta desde que fue descubierta, renombrada para borrar su identidad y utilizada una y otra vez hasta que el propio mundo la encarceló por miedo a lo que era capaz de hacer. Su historia no era la de una villana, sino la de alguien que solo conoció cadenas, odio y órdenes sin descanso.
Recordaba el juego, aun después de siglos sellada, su mente seguía marcada, llena de resentimiento hacia todos, no solo hacia quienes la maltrataron, sino hacia un sistema entero que la usó sin preguntarle si quería vivir. Sabía que no sería fácil. Sabía que podía romperse, volverse peligrosa o solo… odiar al mundo que la había creado como arma y luego tratado como objeto. No quería que fuera así, pero la historia de Nanashi no era una de inocencia; era una de dolor profundo y abandono.
Mientras el sapo se movía, supe que no podía ignorar eso. No podía tratarla como un saco más de poder, ni confiar en que su ira se disiparía por arte de magia. Si realmente quería que Nanashi encontrara algo parecido a una elección, tendría que enfrentar no solo su fuerza, sino su pasado entero. No porque fuera fácil… sino porque era lo único que podía hacer.
La sola idea de tener que matarla me resultaba repulsiva. No por ingenuidad, sino porque entendía demasiado bien lo que eso implicaba. Nanashi era peligrosísima; los registros eran claros y mi propia memoria del juego lo confirmaba. Había sido capaz de someter incluso a un Naruto adulto, un jinchūriki perfecto, alguien que no debía poder ser controlado de esa manera.
No podía permitirme subestimarla ni engañarme con compasión mal entendida. Si llegaba el momento, sabía que tendría que mancharme las manos con sangre joven para evitar una catástrofe mayor. Aun así, mientras el sapo avanzaba cargando el sarcófago, solo podía rogar en silencio a los ancestros que ese momento nunca llegara, que no tuviera que cargar con el peso de matar a alguien que, en el fondo, nunca tuvo la oportunidad de ser otra cosa.
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Nos sentamos junto al fuego la última noche antes de llegar a Wave, un descanso pequeño pero merecido tras días de avance constante. Mire al par que disfrutaba amenamente. Podía parecer extraño que Haruna viajara sin una guardia, pero no lo era. Una comitiva oficial sería enviada más tarde; el daimyō había estado demasiado desesperado por asegurar algún tipo de vínculo inmediato, algo que fuera más allá del Árbol y de promesas.
Durante esa semana, Haruna se había encariñado mucho con Fu. La peliverde tenía ese talento natural para agradar, una mezcla de sinceridad infantil y ausencia total de malicia que desarmaba a la gente sin esfuerzo. Mientras Haruna la mimaba y compartían risas alrededor del fuego, yo seguía en lo mío, estudiando matrices, revisando una y otra vez el libro para entender qué demonios debía hacer y en qué orden.
Había demasiado que aprender y muy poco margen para el error. Cuando meditaba, cultivaba; cuando cultivaba, estudiaba matrices; y mientras tanto, a kilómetros de distancia, una docena de clones practicaban control de chakra. No me detenía, tenía demasiadas cosas esperándome en este mundo de mierda.
Uno de los textos que revisé hablaba de un elixir peculiar, adopción. No en el sentido social, sino ritual. Adoptar a un discípulo dentro de la familia para integrarlo a la línea de sangre, una práctica antigua usada para preservar o atraer talentos raros cuando la herencia genética era una apuesta demasiado incierta. Después de todo, ni siquiera los clanes más poderosos podían garantizar que sus hijos heredaran su don. En ese contexto, el matrimonio no era romanticismo.
Suspire, frustrado. Maldito mundo sin verdaderas antigüedades, más allá de Hagoromo y unos pocos mitos mal conservados. Había invocado a un pequeño sapo con una simple petición, y su respuesta fue desalentadora. No existían fósiles conocidos en este continente. Era como si la vida hubiera surgido de la nada… o como si una catástrofe hubiera barrido la superficie del planeta, borrando toda huella de las eras anteriores.
Y eso importaba. Importaba demasiado. La gran mayoría de píldoras, armas, elixires y armaduras de alto nivel requerían materiales que hubieran vivido durante períodos absurdamente largos. Cosas que acumularan significado, tiempo, historia. Pero lo más antiguo que podía encontrarse aquí no superaba los dos mil años, según los huesos que el sapo me había traído como muestra. Demasiado joven, demasiado frágil. Para un mundo que pretendía jugar a ser eterno, le faltaban raíces.
Miré a B, borracho y completamente desparramado junto al fuego. El rapero le había tomado un gusto peligroso a los licores que yo era capaz de producir. En parte por curiosidad, en parte por conveniencia, lo estaba usando como sujeto de pruebas.
Cuáles eran más aromáticos, cuáles golpeaban más fuerte, cuáles tenían ese equilibrio traicionero que hacía olvidar cuántas copas llevabas encima. Como jinchūriki, B no iba a morir por un coma etílico, así que resultaba un catador sorprendentemente fiable. Y, por la reacción del daimyō de Vegetales, estaba claro que ese tipo de alcohol se vendería como oro líquido entre la nobleza, pero serviría mas como regalos.
Cerré los ojos y dejé de prestar atención al ruido del campamento. Sentí la conexión. Dos anclas, dos formas corpóreas de Nordrassil existiendo al mismo tiempo, una en Wave, cercana, familiar; la otra en Vegetales, lejana, pero con raíces fuertes raíces que evite que se expandieran, ese árbol no producía qi era solo un nexo.
La madera no solo crecía. Recordaba su conexión conmigo y a través de ellas podía usar el chakra como un conducto estable, crear clones de madera simples en cualquiera de los dos puntos sin esfuerzo excesivo. No era teletransportación, no todavía, pero el potencial era evidente.
Si lograba convencer a los sapos de aceptar invocaciones desde esos clones, y luego ejecutar una invocación inversa hacia mí mismo, podría moverme de un extremo del continente a otro con una eficiencia absurda, sin depender de matrices complejas ni rituales prolongados. Un atajo elegante, casi ofensivo para los sistemas establecidos. Y aun así, aquello solo era la antesala.
Porque ya estaba planeando algo más grande. Algo estúpidamente ambicioso incluso para mis estándares. Viajes rápidos de verdad. No trucos, no parches… sino una solución definitiva. pero deje de divagar y medite, esperando el amanecer mientras el qi recorría mi sistema nutriéndolo asimilándolo.
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Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó y deja una reseña si te gusta mi historia, eso me ayudaría mucho.
La tercera princesa fue rescatada por Naruto y ahora será una futura residente del País de las Olas. En cuanto al País de los Vegetales, su importancia no radicaba en los recursos en sí. El verdadero objetivo siempre fueron los conocimientos de los hermanos; todo lo relacionado con los vegetales fue solo un beneficio adicional.
Naruto permitió que Haruna viniera porque contar con el apoyo de otro daimyō siempre es ventajoso. Con ese respaldo, ya sumaba tres aliados: Primavera, Aves y ahora Vegetales, todos potenciales apoyos para su candidatura como futuro daimyō, si es que no decide colocar a Karin en ese puesto.
Haruna no sera tan relevante a menos que se me ocurra una trama mas con vegetales. Por último, Nanashi o por su nombre real, Hikari proviene de un juego de Naruto. Me parece un personaje excesivamente poderoso, pero sera Mouseke herramienta Misteriosa que podrá usarse más adelante, cuando la historia lo requiera.
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