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Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 31

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Capítulo 31: Construcción

Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.

— Personaje hablando —

/ Personaje pensando /

“Biju hablando mentalmente”

— Biju hablando —

/Biju pensando/

“Dioses hablando”

POV Ninja Fūma

La niebla salada del amanecer flotaba sobre el Puente Uzumaki, difuminando el horizonte donde el mar se fundía con el cielo. En la torre de vigilancia más cercana al extremo continental, tres ninjas Fūma compartían el primer turno del día. El té humeaba en sus tazas metálicas mientras intercambiaban comentarios en voz baja, como lo hacían siempre antes de comenzar el protocolo de inspección.

— ¿Lo oyeron? las noticias recientes de los comerciantes que vienen de las aldeas shinobis dicen que el joven amo no solo derroto al Hachibi jinchūriki… sino que fue una derrota aplastante—. Susurró uno, con tono reverente.

—Un solo golpe bastó para dejarlo fuera de combate. Dicen que ni siquiera el Bijuu pudo hacer nada—.

— Es solo un rumor… —. Respondió otro, más escéptico, aunque su voz titubeó al final.

—Pero… si fuera cierto… significaría que derrotó a uno de los hombres más fuertes del continente. A uno de los jinchūriki más veteranos. Eso lo pondría por encima de algunos Kage—.

— Rumor o no, lo cierto es que Kumogakure está en silencio desde el suceso algo extraño con un rumor de ese calibre rondando —. Añadió el tercero, más veterano.

—No hay que ser sabio para entenderlo, si el Hachibi está desaparecido y guardan silencio… es porque se toparon con algo que no pueden enfrentar—.

El primero asintió y bajó la voz aún más.

— Y no olviden lo que sí vimos. Nosotros estuvimos allí cuando se enfrentó al monstruo de Kiri y al asesino del clan Uchiha. Dos clase S, al mismo tiempo. El Sharingan… y ese tiburón andante. Salió vivo y los hizo huir. ¿Quién más puede decir eso?—.

Hubo un silencio cargado de respeto. Afuera, el mar parecía estar en calma. Luego, uno de los más jóvenes habló en voz baja, casi como quien comparte una travesura.

— Escuché que la chica bronceada que viaja con nosotros… la que no se separa ni para dormir… es la portadora del Nanabi. Dicen que la domó como si nada. Que ahora lo sigue por voluntad propia—.

El veterano le lanzó una mirada afilada, bajando la taza con un golpe seco.

— Cuida tu lengua. Aunque fuera cierto, esa chica es leal al joven amo. Se ha ganado su lugar. No es asunto nuestro hablar así de quienes están bajo su protección—.

El más joven desvió la mirada, algo avergonzado. El segundo vigía asintió con firmeza.

— Si está con él, es porque él lo decidió. Y eso la hace importante, punto. No como los políticos que mandan regalos para comprarse su favor—.

— Sí… esos ya están moviéndose —. Agregó el primero.

—Daimyō del Té, de la Primavera, incluso del Arroz. Quieren alianzas, tratados e intercambios comerciales. Todos sienten que se están quedando atrás. Que si no se acercan ahora, no serán parte de lo que viene—.

— Hace un mes, esto era solo una isla pobre. Ahora tenemos campos, industrias nacientes, un bosque vivo… y un muro que ningún sensor puede cruzar. Y todo eso… lo levantó él. Un chico, uno solo.

— No es un chico —. Murmuró el veterano, con una media sonrisa.

—Es el nuevo Shinobi no Kami—.

Justo entonces, un joven vigía del clan Fūma ajustó el catalejo y enfocó hacia el continente. La neblina matutina comenzaba a disiparse, y en medio del paisaje costero apareció una figura conocida. Sus ojos se abrieron con sorpresa, y casi dejó caer el aparato.

— ¡Es él… ha vuelto! —. Murmuró con emoción mientras bajaba el catalejo.

A lo lejos, un gran sapo del tamaño de un caballo avanzaba con paso ágil por el puente, cargando algo sobre su espalda. A su lado, corriendo con velocidad constante, venía la figura inconfundible del joven maestro, Uzumaki Naruto, señor de Wave y próximo daimyo. A su izquierda iba la chica bronceada, Fū, siempre cercana, siempre vigilante y cargando a una joven mientras corria. Y detrás de ellos, una figura nueva, un hombre alto, de piel oscura y porte intimidante.

El vigía palideció un poco. Recordó las descripciones de los libros de Bingo y solo podía ser uno, el Hachibi jinchūriki.

— ¡Despierten! ¡El joven amo ha regresado! ¡Y trae compañía! —. Gritó con fuerza mientras hacía sonar el cuerno tres veces, la señal de alerta de máximo nivel para visitas de alto rango.

En segundos, la torre entera se activó. Uno de los más veloces partió rumbo al interior de la isla, sin perder tiempo. Tenía instrucciones claras de que si el joven amo regresaba, la señorita Karin debía ser la primera en saberlo. No solo por ser su pariente, una Uzumaki de sangre pura, sino porque el joven amo la había nombrado su segunda al mando en ausencia.

En la práctica, era quien tomaba decisiones políticas, logísticas cuando él no estaba. Pese a su juventud, su voz se respetaba incluso entre los ancianos del clan, y más de un visitante extranjero aprendió por las malas a no subestimarla.

Luego estaba Temari, extra oficialmente, la embajadora de Suna y oficialmente una guardaespaldas pero en la práctica, mucho más. Los rumores en el mercado hablaban de un contrato de matrimonio entre la hermana del Kazekage y el amo de Wave. Una jugada política astuta, lo bastante creíble como para que la trataran con suma deferencia. Era fuerte, directa, una líder nata. Cualquier cosa que sucediera, Temari lo analizaba en privado. Y su cercanía a él, la convertía en una figura de peso.

Y por último… Sasame. La más escandalosa de las tres, al menos en apariencia. Muchos la recordaban como la mensajera rebelde del Clan Fūma, pero ahora era otra persona. Asistente directa del joven amo, con acceso a su agenda, sus experimentos, y sus planes a futuro.

Sasame podía no tener títulos rimbombantes ni linaje noble, pero conocía más secretos del joven amo que casi cualquier otro ser vivo en la isla. Incluso algunos detalles de seguridad y sellos que ni la señorita Karin había visto. Nadie lo decía en voz alta, pero muchos sabían que si Sasame quería, podría susurrar ideas al joven amo y el consideraría seriamente su opinión.

Los vigilantes se reunieron en la parte alta de la torre, expectantes. Aún estaban lejos, pero incluso sin ser sensores, podían sentirlo. El chakra del joven amo pesaba sobre el aire como una tormenta algo que solo los monstruos de este mundo podian hacer. No era solo cantidad; era la intensidad, la naturaleza misma de su presencia. Como si una criatura demasiado grande para este mundo caminara dentro de un cuerpo humano. Y el hombre que lo acompañaba no se quedaba atrás. Todo indicaba que ese hombre era el mismísimo jinchūriki del Hachibi. El chakra era salvaje, denso, inmenso… pero no hostil.

— Él lo domó —. Murmuró uno de los vigías, recordando los rumores temblando de incredulidad.

—Derrotó al jinchūriki de Kumo. Y ahora lo trae consigo… como aliado—.

El sol apenas comenzaba a asomar por el horizonte, tiñendo el cielo de escarlata. Pero en el puente, avanzando con paso firme, venía una presencia que eclipsaba incluso la luz del amanecer. Nadie lo dijo, pero todos lo sintieron. Naruto Uzumaki había vuelto. Y con él, el mundo cambiaría un poco más.

——————————————————————————————————————————–

POV Naruto

Corríamos a través del largo Puente Uzumaki cuando el sapo gigante tropezó ligeramente. En su lomo cargaba un ataúd blindado por capas de sellos, más denso que cualquier prisión. Dentro, yacía una figura momificada por sellos, Hikari Uchiha. Un nombre perdido en mitos, una presencia que había sido relegada a los archivos prohibidos… y sin embargo, ahora era real. Los pergaminos Senju que recuperé de los Sarutobi no mentían.

Había sido sellada hace casi un siglo, con ayuda del clan Uzumaki, enterrada bajo un templo olvidado. Ocultada del mundo porque era demasiado peligrosa para dejarla libre… o viva.

Lo que más temía era su poder. un Mangekyō Sharingan con habilidades absurdas. Su técnica “Tsukuyomi Grabado” no necesitaba contacto visual directo. Le bastaba una imagen reflejada en la luna para encerrar a su víctima en un genjutsu eterno. La otra, “Yachihoko”, alteraba memorias, emociones y percepciones. Con eso, incluso el Naruto adulto había sido manipulado sin darse cuenta. Era un poder que no podía vagar libre en un mundo donde aún existían clanes, guerras y codicia.

No me engañaba. Tenía que elegir entre dos caminos, sellarla para siempre… o matarla. Y elegí un tercero. La traje aquí. Con la esperanza de convencerla. No de servir, sino de vivir. Si firmaba un contrato, quedaría ligada a mí. No sería una esclava. Pero tampoco sería libre de ir a donde quisiera. Planeaba prohibirle ser ninja. No más batallas, no más ser un arma vivientes. Que aprendiera a ser persona… si aún podía.

— Lo siento, Hikari —. Murmuré mientras reforzaba la matriz de barrera que agregue al ataúd.

—No soy un salvador. Pero tampoco permitiré que vuelvas a ser un arma—.

Pronto tendría que liberarla. Hablar con ella y decidir… si podía convivir con una bomba atómica dormida bajo mi techo. Al llegar al puesto de avanzada, pedí suministros para una persona. No tardaron en traerlos, ropa fresca, un kit de higiene, alimentos sellados. Se los entregué directamente a Killer B.

— Supongo que aquí nos separamos —. Dije, apoyando el ataúd sellado contra una de las paredes del fuerte.

—Deberías volver a Kumo antes de que tu hermano declare la guerra a Konoha—.

Le sonreí. Era un tipo raro, molesto, pero divertido. Tenía esa energía extraña que solo un jinchūriki podía entender. No hacía falta decir mucho. Solo compartir silencios largos, intercambios de chakra y la mutua comprensión de ser tratados como armas.

— ¡Yo, no tan rápido, pequeño rubio, no tan frío! A no ser que me eches, aquí sigo tranquilo, chico —. Cantó B, guiñándome el ojo mientras estiraba los brazos como si acabara de despertar de una siesta.

Fu frunció el ceño con tristeza apenas disimulada, dándome ojos de cachorro.

— Tiene que irse… era divertido cantar con él. Además, a Hidan le agrada —. Dijo la chica, señalando a la cabeza que reposaba en su mochila mientras devoraba lo que quedaba del postre de Fu, trofeo de su última partida de cartas.

— ¡No me metas en esto, mocosa! —. Gruñó Hidan con la boca llena.

—Pero sí… tiene buen ritmo, el bastardo—.

Suspiré, cansado. No quería otro incidente diplomático. Taki era irrelevante en la política continental, así que no me molestaba tener a Fu aquí. Pero Kumo… eso era distinto. Era una potencia militar, orgullosa y con un Raikage impredecible. Una guerra con ellos no era conveniente. Ni siquiera para mí.

— Solo si firmas un contrato —. Dije con seriedad, sosteniendo el pergamino.

—Y le informas a tu hermano que te quedas por voluntad. No quiero más responsabilidades sobre mi espalda—.

Para mi sorpresa, B soltó una carcajada grave y rítmica. Luego, con su típica teatralidad, sacó un pergamino doblado de su túnica y se lo entregó a uno de los guardias Fūma.

— Asegúrate de enviarlo al correo shinobi. Es el informe para mi hermano, ¡me tomé vacaciones, y no es broma! —.

Luego extendió la mano hacia mí, pidiéndome el contrato de Wave. Confundido, se lo pasé. Era el estándar para shinobis como el de Kakashi y Sakura, obedecer las leyes locales, no abandonar la isla sin permiso del líder a cargo, no espiar ni pasar información y mantener la paz.

— ¡Yo! Te gané por una, mocoso sin duda. Firmé con pluma fina, tinta pura y con swing de cuna —. Canturreó, agitándolo frente a mi cara con una sonrisa burlona.

—Si A quiere drama, que se vista de gala. Aquí me quedo, sin pena ni bala—.

Me quedé un momento boquiabierto, procesando todo.

— ¿Desde cuándo tenías planeado esto? —. Pregunté con el ceño fruncido.

B se encogió de hombros con una gran sonrisa y los brazos cruzados como si acabara de ganar una batalla.

— Desde que me curaste, me diste cama, comida y chance. Eso fue suficiente, no me hace falta más romance. ¡Yo! Vacaciones sin tensiones, sin misiones ni explosiones. Si A quiere atacar a la Hoja con presión… ya no será mi maldita decisión—.

Fu soltó una carcajada, divertida por la escena. Hidan bufó desde su rincón, masticando lo que quedaba del postre de Fu. Yo solo asentí. Otro jinchūriki en Wave, la reacción política seria interesante.

Corrimos el resto del camino hacia Wave. Cuando finalmente cruzamos el puente y pisamos la isla, una comitiva nos esperaba al otro lado del puente, Tazuna, Tsunami e Inari al frente, y detrás varios comerciantes, obreros, jefes de sección… y un par de civiles entrometidos que querían ver al futuro daimyo regresar. Pero apenas me acerqué, una furia pelirroja se me lanzó encima.

—¡¡BAKA!! —. Gritó Karin antes de morderme la cabeza como una fiera salvaje con problemas de abandono.

—¡¡AAAH, KARIN, SUELTA!! ¡¡QUE ME TIREN DEL CABELLO SI DUELE!! —.

—¡¡MAS DE UN MES!! ¡¡ME DEJASTE CON UN MONTÓN DE HOMBRES QUE PIENSAN QUE “PLANIFICACIÓN” ES GRITAR MÁS FUERTE!! —.

Corrí en círculos mientras ella se aferraba a mi espalda como un parásito rojizo con rencor acumulado. Me mordía la oreja, jalaba el cuello de mi ropa y me daba pequeñas patadas en los riñones.

Todos los presentes miraban la escena con una mezcla de asombro y diversión. Tazuna se rascaba la cabeza riendo y un poco aliviado al ver al niño actuar mas como un joven y no como un adulto. Tsunami reía tapándose la boca con delicadeza, e Inari apenas podía contener la carcajada.

—Parece que el joven amo tiene su castigo… justo —. Comentó un comerciante, tragándose la risa.

—¿Seguro que esa es la “consejera oficial”? —. Preguntó uno de los nuevos obreros.

Sasame corrió hacia Fu y se abrazaron con fuerza, ignorando el espectáculo como si fuera rutina. Se habían vuelto buenas amigas, y ese reencuentro sí fue tierno y cálido. Fu sonreía con los ojos cerrados presentando a Haruna, mientras Hidan se burlaba de todo.

—Tsk… y yo soy el lunático, pero esa pelirroja es una maldita chiflada homicida —.

B soltó una carcajada desde atrás, levantando el puño en señal de apoyo.

—¡Esa pasión es pura devoción! ¡Eso sí es administración! ¡Mujer que manda, la aldea levanta! ¡Yo! —.

Karin, sin soltarme, miró a B con un tic en el ojo.

—¡Siguiente rima, te meto un sello explosivo en la boca, poeta del infierno! —.

—¡Ayyy! ¡Karin, paz y amor, por favor! —.

Finalmente, Sakura apareció caminando tranquilamente, como si ver a alguien mordiéndome el cuero cabelludo fuera lo más normal del mundo. Con una media sonrisa, me agarró por el hombro y me detuvo en seco.

—Ya, ya… suéltalo, Karin. Lo vas a dejar calvo —.

A regañadientes, la pelirroja se bajó de mi espalda, pero no sin antes darme un último rodillazo “accidental”.

—¡Eso fue por los informes que tuve que firmar! —. Gruñó antes de sacarse las gafas para limpiarlas, fingiendo compostura.

Sorprendentemente, parecían bastante cercanas. Sonreían, se quejaban del trabajo del otro, pero lo hacían con ese tono de confianza que solo nace de una verdadera amistad. Respiré hondo, sobándome la cabeza.

—Estoy en casa… definitivamente estoy en casa —.

Tsunami me recibió con una sonrisa cálida y propuso preparar un banquete para celebrar mi regreso. Tazuna asintió con entusiasmo, ya estaba coordinando con los cocineros y cerveceros locales. Pero no todos los rostros eran solo festivos, los comerciantes y nuevos líderes de la isla me entregaron reportes formales, especialmente sobre el comercio marítimo.

— Estamos exportando toneladas de recursos marinos, joven amo —. Explicó uno de ellos.

—Pero la sobreabundancia es tal, que si no pescamos más, la vida marina podría colapsar. Ya solicitamos un préstamo al Banco del Fuego para comprar barcos pesqueros industriales. Es una situación… insólita—.

Nordrassil lo había hecho otra vez, su energía alteraba el ecosistema a tal punto que el mar estaba demasiado lleno. Una bendición… y un problema. Mientras pensaba en cómo regularlo, Kakashi apareció. Llevaba su típica máscara, pero se veía distinto. Tenía un bronceado saludable, ojeras menos marcadas y hasta una leve sonrisa.

— Kakashi… pareces humano —. Bromeé.

— Los pescadores me adoptaron. Ahora soy uno de ellos —. Respondió con falsa solemnidad.

—Me llaman “el ninja caña”. Supongo que es mejor que asesinar gente por encargo—.

Kakashi parecía más en paz. Había intercambiado el manto de shinobi por el de pescador y guía local. Me alegraba por él, realmente necesitaba algo de paz y por el contrato que firmo no podía ejercer de shinobi.

— Pensé que ya habrías regresado a Konoha —. Le dije a Sakura.

— Kakashi-sensei me está entrenando —. Respondió sin dejar de arrastrar a Karin de la oreja.

—Y no pienso desaprovechar tener tiempo libre sin misiones estúpidas, ademas ya informe a Tsunade-sama que me quedare—.

Con un asentimiento deje que ella y Karin se divirtieran. Me dirigía hacia el corazón de la barrera, donde residía la marioneta que Kurama usaba como ancla para alimentar el sistema. A cada paso, más y más informes me eran entregados. Ninjas, comerciantes todo el maldito mundo parecía tener algo que contarme. Lo ignoré a medias mientras hojeaba lo más urgente.

La población seguía creciendo. Grupos enteros se trasladaban desde las islas menores hacia la principal, atraídos por la seguridad, los recursos y la promesa de empezar de nuevo. Los asentamientos temporales estaban al límite; tiendas, chozas y construcciones improvisadas brotaban como hongos tras la lluvia. Si no alzaba la ciudad pronto con Mokuton, las condiciones comenzarían a deteriorarse. El orden era frágil, sostenido solo por la expectativa.

Entonces surgió el problema. Tazuna me entregó unos planos, demasiado complejos, demasiado completos para haber sido elaborados en tan poco tiempo. No eran simples bocetos, sino el diseño integral de una ciudad… moderna. Antinatural para este mundo. Konoha había crecido de forma orgánica, expandiéndose según la necesidad, pero aquello era distinto, una urbe pensada desde el inicio. Lo miré, confundido, y sin decir palabra me pidió que lo siguiera.

La población seguía creciendo. Grupos enteros se trasladaban desde las islas menores hacia la principal, atraídos por la seguridad, los recursos y la promesa de empezar de nuevo. Los asentamientos temporales estaban al límite; tiendas, chozas y construcciones improvisadas brotaban como hongos tras la lluvia. Si no alzaba la ciudad pronto con Mokuton, las condiciones comenzarían a deteriorarse. El orden era frágil, sostenido solo por la expectativa.

Entonces surgió el problema. Tazuna me entregó unos planos demasiado complejos, demasiado completos para haber sido elaborados en tan poco tiempo. No eran simples bocetos, sino el diseño integral de una ciudad moderna y claramente antinatural para los estándares de todo lo que había visto en este mundo.

Recordé mi tiempo en Konoha y cómo nos enseñaron en la academia que la aldea había crecido de forma orgánica, expandiéndose según la necesidad. Incluso tras el incidente del Kyūbi, cuando grandes zonas fueron reconstruidas, nunca hubo un diseño así de cerrado y premeditado. Aquello era distinto. Estos planos correspondían a una urbe pensada desde el inicio. Lo miré, confundido, y sin decir palabra, Tazuna me pidió que lo siguiera.

Me condujo hasta nuestro centro neurálgico, donde yacía el núcleo de la barrera. Allí lo habían reunido todo. Al parecer, había recordado un pequeño edificio administrativo, el “ayuntamiento”. Una casa modesta donde se almacenaban planos, registros y restos burocráticos de lo que fue este país antes de convertirse en Wave. Entre los documentos, el símbolo del remolino aparecía una y otra vez.

Aquellos registros antes eran ignorados, casi invisibles, como si nadie pudiera fijarse en ellos. Recordé mi pelea con Itachi, el momento exacto en que rompí aquella cadena que ocultaba información a escala mundial. Solo podía suponer que se trataba de la omnipotencia del clan Ōtsutsuki; no conocía ninguna otra técnica capaz de algo así. Ahora, lentamente, la gente comenzaba a recordar… o al menos a notar lo que siempre había estado allí.

Revisé cada pergamino, cada libro contable, cada registro. Todos llevaban el sello Uzumaki. Fruncí el ceño al darme cuenta de cuánto de Uzu había sobrevivido, disperso y enterrado, esperando simplemente ser recordado. ¿Cuánto más habría esparcido por el mundo sin que nadie lo notara?

Tazuna explicó que, al revisar los archivos, encontraron los planos de la ciudad antigua, y que eran mucho más avanzados que cualquier cosa que él o cualquiera hubiera visto. Entonces lo recordé, el único vistazo canónico de Uzushio, donde se mostraban restos de edificios imposibles, demasiado modernos para esta era. Estos planos lo confirmaban, urbanismo planificado, estructuras pensadas a largo plazo, una ciudad que ni siquiera las capitales de los daimyō poseían. Uzu no solo fue poderoso. Fue adelantado a su tiempo.

Y eso trajo de vuelta la pregunta inevitable ¿qué demonios destruyó Uzushio?, ¿o qué causó su caída para que pudiera ser eliminado por otros, cuando se sabía que eran capaces de sellar monstruos como se mostro?

Negué con la cabeza. Tenía tiempo. Antes de que Akatsuki saliera de las sombras y comenzara su cacería, al menos dos años. Tiempo suficiente para desenterrar las ruinas de Uzu en Wave… y averiguar qué fue lo que realmente ocurrió así que me concentre en otras cosas.

Mientras bajaba por el pasillo lleno de matrices que llevaba al núcleo de la barrera, una nube de vapor tibio me envolvió. El aire olía a sal y tinta de calamar… y mantequilla. Claro, otra vez el glotón. Cuando empujé las puertas de madera cubierta de matrices de protección, encontré la escena de siempre, la marioneta, inmóvil en el centro de la matriz, y sobre ella, una mesa improvisada con un mantel sucio y una montaña de comida.

— ¿¡Eso es… ramen de anguila con caldo de tuétano!? —. La voz de Kurama resonó con un gruñido placentero desde la marioneta que canalizaba su conciencia.

/Se suponía que Kurama alimentando la barrera lo haría el guardián de Wave, digno de leyendas/. Pense, ajustando la matriz para asegurarme que la barrera seguía estable.

/Pero no… es un zorro glotón comiendo platillos importados como si fuera un noble gourmet/.

— Hmph. Por lo menos reconoces mi buen gusto —. Replicó Kurama con altivez, su tono satisfecho y lleno de orgullo escuchando mis pensamientos.

—¿O crees que cualquier bijuu aceptaría mantener tus juguetes mágicos activos por cualquier basura enlatada? Esto es un intercambio entre iguales, mocoso—.

— Sigues sellado dentro de mí —. Le recordé, cruzándome de brazos.

—Esta es solo tu conciencia en la marioneta. Ni siquiera tienes un cuerpo para comer—.

—Es tu culpa, tu hiciste este cuerpo para que disfrutara de la comida, yo lo siento como si masticara con colmillos reales. Eso lo convierte en comida real para mí —.

Negué con la cabeza, observando cómo la marioneta que canalizaba su presencia hacía un gesto exagerado de satisfacción, levantando un cuenco lleno de humeante ramen. Los cocineros del distrito pesquero ya habían empezado a competir entre sí para ver quién preparaba el “plato favorito del guardián” hasta ahora la abuela Sanshō era la ganadora indiscutible.

Lo peor es que disfrutaba que se pelearan por satisfacer su apetito.

— Espero que estés usando solo la mitad de tu chakra para alimentar la barrera. No quiero que fundas la marioneta intentando tener mas tiempo para zamparte veinte comidas en una hora—.

— Tranquilo. Soy el Kyūbi no Yōko, el más grande, el primero. Esta barrera no se cae mientras me sigan sirviendo con respeto… y un poco más de ese pastel con té verde—.

Sí… el demonio zorro de nueve colas, temido por todo el continente, ahora estaba atado al corazón energético de Wave… a cambio de almuerzos.

B entró poco después, cargando sobre su espalda el gran ataúd sellado. Cada centímetro de su superficie estaba cubierto por sellos uzumaki, capas antiguas aun funcionando, una muestra de la maestría del clan. Lo colocó junto a la matriz principal sin decir palabra. Luego se retiro a buscar los restaurantes, después de nuestras desastrosas comidas durante el viaje. El quería algo que no fuera cartón mojado.

Este era el lugar más seguro de toda Wave. La barrera impedía que entrara cualquier chakra ajeno sin autorización directa, y más importante aún, si cierta Uchiha intentaba manipular la conciencia de Kurama a través de la marioneta… el vínculo con mi sello lo devolvería automáticamente a su prisión original.

Formé ocho matrices, entrelazadas entre sí para mantener una estructura firme e impenetrable. Ocho, el número de la suerte, la abundancia y el equilibrio en muchas culturas. En este tipo de rituales, las supersticiones no eran simple folclore… eran principios que afectaban realmente. Solo un idiota subestimaría su peso.

—Kurama —. Dije con firmeza, observando cómo las matrices giraban en sincronía.

—Vigila el ataúd. Si alguien intenta abrirlo por la fuerza… mátalo. Si es alguna de las chicas, captúrala. Nadie—. Y remarqué cada sílaba con la gravedad que requería.

—Debe acceder a este sitio. O estaremos todos condenados—.

Me acerqué y con un gesto de mi mano, el Mokuton respondió a mi voluntad, deslizándose y cerrando la raises sobre el ataúd hasta dejarlo sepultado bajo el núcleo del santuario. Hikari Uchiha quedaría ahí, en letargo absoluto, hasta que pudiera construir un contrato tan perfecto, tan absoluto, que ni su mangekyō pudiera violarlo.

Solo entonces… y solo si aceptaba, le permitiría volver a caminar. Por ahora, mi único consuelo era confiar en mis sellos. Y en Kurama, el glotón más orgulloso y peligroso del mundo, que para mi sorpresa se había tomado su nuevo rol de guardián bastante bien. Me giré sin decir nada más. Había mucho por hacer y demasiado que proteger.

Más tarde, estaba sobre una plataforma de observación hecha con Mokuton, erguida en el corazón del terreno designado. A mi alrededor se extendía el claro más amplio de toda la isla principal. Este lugar había sido cuidadosamente elegido por los mejores constructores de Wave, encabezados por Tazuna. Había sido nivelado, despejado y compactado con ayuda de doton del clan Fuma. Frente a mí, extendidos sobre una mesa improvisada, estaban los planos para las primeras zonas residenciales.

No voy a mentir, no entendía ni la mitad de lo que decían. Palabras como “retícula urbana”, “drenaje perimetral pasivo” o “estructura antisísmica de doble anclaje” eran tan misteriosas como un sello barrera de cuatro niveles escrito en sánscrito antiguo. Tazuna, con su habitual tono agrio y su andar tambaleante por el sake, me lo había explicado… pero sinceramente, lo seguía respetando más como bebedor que como orador.

Sin embargo, una cosa sí entendía, ese viejo construyó un puente de kilómetros de largo, atravesando corrientes impredecibles y uniendo un archipiélago fragmentado con el continente… todo mientras su país era oprimido por un tirano. Y en el canon original, lo llamaron desde Konoha para ayudar a reconstruir la aldea tras la destrucción de Pain. Si eso no demostraba competencia, no sé qué lo haría.

Así que hice lo que cualquier líder sensato haría, me callé, obedecí las instrucciones… y les di poder.

Primero, nivelé el terreno. Usé un jutsu doton que Kakashi me enseñó, una técnica de compactación por vibración que estabilizaba capas subterráneas de tierra y piedra, reforzándolas para soportar el peso de edificios pesados. Era algo que los constructores shinobi usaban para erigir fortalezas o crear trampas para enterrar vivos a sus enemigos.

Trazamos zanjas profundas y las rellenamos con capas alternadas de grava y barro endurecido, luego selladas con Mokuton, para crear un sistema de drenaje natural que evitaría inundaciones. A eso le sumamos una red de tuberías simples hechas con madera endurecida prácticamente imposibles de pudrirse por el chakra, dispuestas para futuras conexiones de agua potable y desechos que serian cambiadas poco a poco según el país crecía y obteníamos materiales de afuera, especialmente metales y otros.

Después vinieron los cimientos. Pilares de madera endurecida brotaron desde el suelo, anclados a la tierra con chakra, y luego cubiertos por concreto tradicional reforzado con mallas metálicas que Tazuna y sus hombres habían traído desde talleres del continente. A cada conjunto habitacional se le dejó un núcleo abierto, una especie de patio interno que serviría como jardín compartido.

Tomé inspiración directa de mi manual de cultivación. Las grandes sectas de los textos solían construir con patrones que optimizaban la circulación de energía natural, creando espacios autosuficientes para sus discípulos. Espacios que no solo fortalecían el cuerpo, sino también el espíritu. Ahora esa filosofía nutriría a familias enteras, aumentando su vitalidad, prolongando su salud y hasta su longevidad, si permanecían lo suficiente en estos entornos armónicos ricos en el qi que Nordrassil producía.

Adapté esas enseñanzas al diseño de cada edificio. Incorporamos jardines hidropónicos tanto en las terrazas como en los niveles subterráneos, pensados para aprovechar la humedad natural del subsuelo y canalizarla hacia cultivos interiores. Sumamos un sistema de almacenamiento de agua pluvial eficiente y automatizado mediante canaletas embebidas en Mokuton. Si Wave algún día era sitiada, cada complejo residencial podría sobrevivir de forma autónoma durante semanas, incluso meses.

Y todo, en una solo semana con una decena de clones de madera y decenas de clones de sombra. Levanté con mis manos y chakra decenas de estructuras de tres pisos. Usé Mokuton para dar forma a viviendas familiares robustas, con cimientos reforzados, entramados respirables, techos inclinados aptos para canalización o captación solar, balcones con espacio para plantas medicinales y refuerzos internos ocultos pensados para futuras ampliaciones. Cada conjunto era funcional, sobrio, pero tenía alma. Y alma era lo que esta isla necesitaba para sostenerse.

Las calles las tracé con precisión usando Doton, compactando el suelo usando una mescla de Calzadas Romanas y Calles de tierra estabilizada que podía crear con doton. Dejé espacio reservado para luminarias y torres de distribución, con ductos embebidos para futuras instalaciones eléctricas.

Sin embargo, la electricidad era el siguiente gran obstáculo. Quemar carbón era una solución provisional… y arcaica. No podía permitirnos construir un nuevo mundo sobre cimientos viejos. Así que decidí usar lo que ya teníamos, qi que abundaba en el ambiente.

Nordrasil, no solo purificaba el chakra. Había elevado el Qi ambiental en toda la región. Era denso, perceptible incluso sin que necesitara cultivar para sentirlo. Un recurso valioso que estaba desperdiciándose en el aire. Con eso en mente, comencé el diseño preliminar de una matriz de llama perpetua, una estructura que condensara el Qi ambiental, lo canalizara y mantuviera encendida una llama mundana constante, sin necesidad de combustibles fósiles.

La llama no tendría propiedades sobrenaturales, no quemaría con intensidad anormal ni destruiría sellos. Solo sería una fuente constante de calor y energía, ideal para mover turbinas de vapor y alimentar una red eléctrica estable.

Para construir la planta necesitábamos maquinaria moderna, turbinas resistentes y materiales que no podía replicar con Mokuton. Así que decidimos encargar la estructura a los artesanos del País de la Primavera, conocidos por su tecnología avanzada y conocimiento en ingeniería energética. Los planos ya estaban siendo revisados, y tan pronto se formalizara el préstamo con el Banco del Fuego, comenzaríamos la importación de piezas.

Pero mientras tanto, una verdad se anclaba en mi pecho como un sello de gravedad.

/Yo elegí esto, nadie me obligó a quedarme aquí. Nadie me pidió levantar una nación. Yo decidí tomar este lugar. Yo decidí proteger a esta gente. Así que no haré las cosas a medias/.

Suspiré, agotado, pero satisfecho. A mis pies, los nuevos hogares brillaban con la luz dorada del atardecer, erguidos como los pilares de un nuevo mundo.

Y sí, todo este trabajo hubiera sido imposible sin Kurama. El chakra que pasaba a través del sello me permitía mantener el ritmo. Cada raíz invocada, cada muro alzado, cada viga moldeada… todo era gracias a la presencia constante del zorro dentro de mí. Si no fuera por él, todo esto me habría llevado meses de agotamiento absoluto.

Pero no, era líder, era cultivador. Era jinchūriki y esta ciudad no sería un sueño, ni una promesa vacía. Sería la prueba de que Wave ya no era una tierra olvidada. Era un futuro, uno que yo levantaría, aunque tuviera que alzar cada ladrillo con mis propias manos.

Temprano por la mañana, cuando el sol apenas acariciaba los tejados nuevos y los cimientos aún humeaban con el calor del chakra residual, Karin llegó al corazón del nuevo distrito con paso decidido. Iba seguida por Sasame, Temari, Sakura y Kakashi, todos visiblemente desconcertados por el paisaje que se alzaba ante ellos.

Docenas de edificios se extendían en hileras perfectas. El Mokuton los había moldeado con una precisión que incluso los artesanos de de wave envidiarían. Techos firmes, muros resistentes, patios internos, sistemas de canalización y terrazas cubiertas de jardines. Una ciudad en miniatura, levantada en apenas semanas. El aire olía a madera nueva y tierra húmeda.

— ¿Hiciste todo esto tu solo? —. Murmuró Temari, cruzada de brazos, frunciendo el ceño mientras recorría el lugar con los ojos.

—No nos dijiste que planeabas construir una maldita ciudad entera, pensábamos que seria algo simple—.

Apenas voltee la cabeza para verla.

— Tres semanas —. Dije, sin dejar de revisar unos planos mientras un clon supervisaba las conexiones de agua.

—Usé Mokuton, chakra del kyubi, doton que me mostró Kakashi… y algo de inspiración de mis libros.

Sasame silbo, asombrada.

— Naruto, esto es demasiado incluso para ti. Estás ojeroso, apenas comes, no duermes más de tres horas. No puedes seguir a este ritmo—. Dijo preocupada la chica de cabello naranja

Karin, que ya había notado mi estado desde la hace unos días, ella frunció el ceño y se cruzó de brazos lanzándome una mirada filosa.

— ¡¿Y desde cuándo decidiste jugar al arquitecto, gobernador y esclavo a la vez?! ¡No somos inútiles! ¡Podrías habernos pedido ayuda!—.

— No—. Mi respuesta fue tajante y todos callaron. Levanté la mirada por fin.

—Esto… tengo que hacerlo yo—.

Kakashi me observó con seriedad, ya sin su típica sonrisa perezosa.

— ¿Por qué? No es una cuestión de poder. Has demostrado que puedes pero esto va más allá, Naruto—.

Me pasé una mano por el cabello, estaba realmente cansado.

— Porque si quiero que esta gente me dé su lealtad, tengo que ganármela. No puedo exigir sacrificios sin ofrecer algo primero. Les doy casas, calles, alimento. Un futuro y a cambio, les hago firmar contratos que piensan que son mundanos… pero no lo son—.

Sakura abrió los ojos, sorprendida.

— ¿Los contratos…? ¿Son algo mas que cosas legales verdad?

Asentí en silencio, era obvio que como ella no rompió ninguna clausula, no se dio cuenta de cuanto control me dan sobre la gente esos contratos.

— Sí. Los atan los obligan a seguir la ley. Los protegen… pero también los obligan a no traicionarnos. Si quiero dormir tranquilo sabiendo que esta nación no se desmoronará por una puñalada en la espalda, necesito algo más fuerte que leyes de papel. Necesito… compromiso real—.

— Y por eso haces todo tú solo… —. Murmuró Temari, con tono entre comprensión y resignación.

— Porque si soy yo quien levanta estas casas, si soy yo quien crea sus calles, quien planta sus techos y talla sus cimientos… entonces podré mirar a los ojos de cada uno y saber que me deben algo. Que cuando firmen ese papel, lo hagan creyendo que es justo—.

Karin suspiró, acercándose. Puso una mano en mi espalda con suavidad.

— Idiota. Eres un líder… pero sigues comportándote como si todo el peso del mundo fuera tuyo solo, tienes que aprender a delegar—.

— Porque lo es, Karin, yo elegí esto, nadie me obligó—.

Kakashi me miró largo rato. Luego sonrió, aunque con un deje amargo.

— Eres un tonto… pero mucho más testarudo. tienes que aprender a pedir ayuda y confiar en otros—.

— Me recuerdas mucho a Minato-sensei, siempre llevando la responsabilidad sobre sus hombros, siempre culpándose de todo—. El murmullo de Kakashi no fue escuchado por nadie

Sasame soltó una risita suave, aunque en sus ojos había preocupación.

— Entonces… ¿nuestra misión es evitar que te derrumbes antes de que termines de construir este paraíso, joven amo Naruto?—.

Me estremecí y Sasame sonrió ante mi reacción. Ella sabe que odio ese maldito titulo.

— Más o menos, ustedes están para evitar que me mate accidentalmente—. Respondí, con una sonrisa cansada.

Me giré hacia los planos una vez más, dejando que su presencia me diera un respiro del silencio. En el fondo, sabía que tenían razón. Estaba sobrecargado, estresado, exhausto. Pero era el precio por fundar una nación prácticamente desde cero. Si quería construir algo eterno, tendría que sangrar por ello.

/…la luna llena estaba próxima y traería a toda la rama secundaria aquí/.

Lo había preparado todo. Una docena de clones trabajando en turnos, repasando los grabados uno por uno. Las líneas de la matriz de transporte eran delicadas, exigentes. El sello que Neji estamparía en los Hyuga que vendrían actuaría como coordenada fija. Como una antorcha en medio del vacío. El puente hacia su libertad.

Y mientras hacía eso, también alzaba esta ciudad.

— El primer cuadrante necesita una reconfiguración —. Murmuré, revisando uno de los planos en mis manos.

—El sistema de drenaje podría colapsar si la población se triplica en dos años…—. Murmure

El peso real era mental. Cada ladrillo representaba una promesa. Cada trazo en la tierra, una responsabilidad. Y cada contrato firmado por un civil uno que ellos creían mundano, pero que ataba su alma de forma suave pero irreversible, era una carga que me echaba al hombro.

Porque esta no era una misión. Era una decisión.

Yo elegí levantar esta tierra.

Yo llamé a esta isla “hogar”.

Yo declaré que la protegería.

Y no podía hacerlo a medias.

Ni podía permitir que nadie más lo hiciera por mí, o la promesa perdería valor. Solo si yo mismo alzaba estas calles, solo si les entregaba un lugar real… podría pedirles lealtad.

Pero incluso mientras mis manos pasaban las páginas, revisando diseños de ventilación cruzada o distribución del peso estructural, mis ojos ya no enfocaban. La mente se me nublaba. Los números empezaban a bailar. Sentía el vértigo de no haber dormido más de un par de horas por día y usar constantemente chakra sin descanso durante semanas. Ni siquiera noté cuando los pasos llegaron por detrás, ni cómo me apartaron suavemente de los planos.

Solo supe que alguien decía mi nombre. Y que mis piernas, por primera vez en días… ya no querían sostenerme. Cuando me di cuenta, estaba atado de pies a cabeza, literalmente. Al parecer, mientras disociaba por estrés y murmuraba cosas sobre presión, distribución de peso y contratos vinculados al alma, alguien, probablemente Sakura, con ayuda de Temari y un nudo sospechosamente experto de Sasame decidió que ya era suficiente.

— ¡¿Por qué estoy atado con cuerda shinobi de grado militar?! —. Alcancé a protestar, aunque ya iba en posición horizontal siendo cargado por Kakashi y B como si fuera un saco de papas.

/¿Cuando llego el viejo?/.

— Porque si no lo hacíamos así, te ibas a meter en otro proyecto absurdo —. Respondió Temari sin mirarme siquiera.

— ¿Qué sigue, una represa? ¿Un castillo flotante? ¿Un tren con chakra? Descansa, idiota—.

Murmure mareado pensando en sus palabras.

— Necesito una estación de tren… como olvide eso—. Ellos ignoraron mis murmullos.

— Te estás volviendo loco por exceso de pensamiento —. Añadió Karin desde atrás, con los ojos entrecerrados mientras me escaneaba.

—Tu pulso está regular, pero tu cerebro está quemado tu chakra es inestable y fluctúa demasiado—. Gruño usando su habilidad sensorial en mi.

Sasame no decía nada, pero reía por lo bajo, como si fuera la parte más divertida de su día.

— Hasta el Kyubi está preocupado. ¡El maldito Kyubi! ¡El zorro más orgulloso del mundo sdejo de comer por un minuto entero cuando te vio babeando sobre planos! —. Remató Fu con una mezcla de ternura y fastidio.

Me llevaron así hasta la casa de Tsunami, como un desfile improvisado del cultivador sobreexplotado. Los aldeanos nos vieron pasar y susurraban con una mezcla de asombro, vergüenza y… ¿orgullo? Algunos incluso aplaudieron.

— ¡Dejen de aplaudir, esto no es una procesión! —. Grité, retorciéndome inútilmente en mis ataduras mientras pasábamos por el mercado.

— ¡Claro que lo es! ¡Una procesión al futón de la salvación! —. Gritó Tsunami desde la puerta, riendo mientras la abría de par en par para que me metieran directo al interior.

Me arrojaron sin piedad en un futón grueso, mullido y peligrosamente cómodo mientras se quejaban de lo pesado que era.

/No es mi culpa ser puro musculo condensado con huesos como acero/.

Una manta cayó sobre mi pecho antes de que pudiera emitir más que un bufido de protesta.

— Duerme —. Ordenó Karin, con los brazos cruzados y mirada molesta.

Todos se movían con una coordinación alarmante, asegurándose de que no pudiera escapar. Pude ver al pequeño Ranmaru, serio como un adulto, entregándoles cadenas para asegurar las ventanas.

— Vigilen que no escape por la ventana —. Añadió Sakura, girando la cerradura con un clic y poniendo las cadenas.

— Le quité los pantalones —. Susurró Sasame, visiblemente sonrojada pero con una sonrisa de quien ha cometido un crimen del que no se arrepiente. .

— ¡¿QUÉ?! —. Pregunté, absolutamente confundido mientras intentaba levantarme, pero seguía atado y mareado por el cansancio.

En algún rincón, entre las sombras, pude escuchar la risita disimulada de Kakashi. Maldije al bastardo perezoso en silencio. Yo solo suspiré y me rendí.

Y, para ser honesto, el futón estaba endemoniadamente cómodo. Casi insultantemente perfecto. El tipo de descanso que uno sueña cuando está enterrado hasta el cuello en papeles, y responsabilidades autoinfligidas. Mientras me hundía en la suavidad, con los ojos pesados y los músculos finalmente relajándose después de semanas tensas, escuché esos susurros suaves entre ellas. Pensaban que ya dormía. Casi lo hacía. pero esas voces llegaron igual, envolviéndome con una calidez inesperada.

— Ese tonto… construye ciudades, hace contratos, invoca barreras, salva tanta gente… y todavía cree que debe hacerlo todo solo —. Murmuró Sakura, su voz cargada de algo entre ternura y frustración.

— No es que no pueda —. Dijo Temari en voz baja.

—Es que está empeñado en que debe —. Agregó Karin, su tono más suave que nunca.

No dije nada pero en algún rincón de mi mente, ya adormilada, sonreí. Porque sí… aunque mi cuerpo de cultivador pudiera seguir, ya necesitaba dormir. Y por suerte, tenía gente que me ataba al futón cuando olvidaba que, después de todo… seguía siendo humano.

——————————————————————————————————————————–

POV Tsunade

La, por desgracia, quinta Hokage observaba los pergaminos apilados frente a ella como si fueran espadas a punto de caer. Kumo exigía respuestas. La desaparición de su jinchūriki a manos de Naruto había desatado alarmas en todo el continente.

Cuando recibió los primeros reportes, los ANBU ya hablaban en susurros de la devastación causada por dos titanes. Incluso días después, en el lugar del enfrentamiento, aún se podía percibir el rastro corrosivo del chakra del Hachibi, mezclado con el denso miasma del Kyūbi. No había forma de negarlo, dos de los contenedores más peligrosos del mundo habían peleado… y Naruto había ganado.

La carta de Kumo no lo ocultaba. Era una amenaza diplomática vestida de exigencia, “Su ninja ha secuestrado a nuestro jinchūriki. Exigimos su devolución inmediata, o esto será tomado como un acto de guerra.” Lo firmaba A, con una fuerza que traspasaba el pergamino.

Tsunade cerró los ojos, llevándose una mano a la frente. Cada línea de ese mensaje le dolía… y a la vez, la tranquilizaba. Naruto era fuerte. Mucho más de lo que ella misma había previsto. Si había podido derrotar al jinchūriki del Hachibi, eso significaba que, al menos por ahora, no moriría. Nadie que pudiera doblegar esa montaña de músculo y chakra era fácil de aplastar.

Pero esa tranquilidad era amarga. Porque también significaba que lo había perdido por completo.

/Lo alejé, le fallé y ahora ni siquiera está bajo mi bandera/.

Apretó el puño sobre la mesa. No podía quebrarse, no frente a esto. Aun con el corazón hecho pedazos, tenía una aldea que sostener. Pero la siguiente carta terminó de arrastrarla a la realidad. Era del Daimyō del País del Fuego, cortante, oficial e irrefutable.

“Bajo su mandato, Konoha ha perdido a su último Uchiha, ha dejado escapar a su jinchūriki, ha tensado relaciones con Taki, ha sido abandonada por Suna, y ha dañado severamente nuestra alianza económica con la Nación de la Primavera.”

Con Naruto lejos, Danzō ha ganado fuerza en los círculos internos, pensó con una mueca amarga. La Dama Daimyō de la Primavera, que antes hablaba maravillas de Naruto y ofrecía tratos preferenciales, había retirado lentamente sus inversiones, elevado los precios de su maquinaria y dejado en claro que su interés en Konoha era cosa del pasado.

Todo por un niño.

Un niño al que había amado como a un hermano pequeño. Un niño al que había empujado lejos… por miedo, por política, por deber. Y ahora ese niño tenía más poder que cualquiera de sus ancianos consejeros, más influencia que los clanes de la aldea, y el cariño de aliados que ella no había sabido conservar.

Tsunade respiró hondo, sintiendo que el aire pesaba como plomo.

— Naruto… —. Susurró, con una mezcla de orgullo y dolor.

—Qué jodidamente lejos has llegado—.

/Y cuán lejos estabas de volver/.

Mientras se hundía en sus lamentaciones, la Quinta Hokage supo, con certeza dolorosa, que su tiempo había llegado a su fin.

El Daimyō del País del Fuego llevaba meses irritado. Las tensiones diplomáticas con Kumo eran el último clavo en un ataúd que se venía construyendo desde la muerte del Sandaime. El viejo señor feudal había tolerado muchas cosas… pero el colapso de su imagen internacional y, peor aún, el bochorno financiero que vino con el “descubrimiento” de que el Tercer Hokage había desviado los bienes Uzumaki y Namikaze, legalmente heredables por Naruto a cuentas estatales bajo su propio sello… eso lo había dejado furioso. Lo llamaban robo, lo llamaban traición fiscal.

La vergüenza pública había salpicado directamente al Banco del Fuego. A ojos del mundo, el País del Fuego no era capaz ni de custodiar una herencia real sin mancharla de corrupción y ahora esto, el secuestro de dos jinchūrikis, la fuga del propio jinchūriki de Konoha, la ruptura tácita con Suna, la pérdida de apoyo de la Nación de la Primavera, y la acusación directa de incompetencia administrativa.

Frente a ella estaba la carta, su sello real roto. La había leído tres veces. No necesitaba una cuarta.

Había sido depuesta.

Por decreto del Daimyō, su mandato como Hokage quedaba revocado “debido a la acumulación crítica de errores diplomáticos, estratégicos y de administración que ponen en peligro la estabilidad de la Nación”.

Tsunade bajó la cabeza. Sabía que iba a pasar. Tal vez desde el día en que Naruto se fue. La primera mujer en ocupar el puesto… y ahora, la primera en ser depuesta. No por guerra. No por vejez. Sino por la incompetencia heredada de su maldito maestro.

— Sarutobi-sensei… —. Susurró, entre el veneno y el dolor.

Él la había prácticamente criado, instruido, sido su líder. Y también le había dejado una herencia podrida, secretos sellados, mentiras institucionalizadas, decisiones cobardes y una aldea que llevaba décadas desangrándose bajo una falsa sensación de estabilidad. Ella había heredado las ruinas. Pero ahora que su autoridad se esfumaba, sabía lo que vendría. Sabía quién vendría.

Danzō, ese viejo buitre llevaba años esperando este momento. El día en que llegara su oportunidad para extender su sombra sobre la aldea. Y ahora, sin el poder del título, sin el respaldo del Daimyō, Tsunade era una simple kunoichi. Poderosa, pero no invencible.

/Contra toda la maldita Raíz, incluso yo caería tarde o temprano/.

Temía por su seguridad pero más que eso, temía por lo que vendría después. Por su conocimiento médico, por sus técnicas Senju. Por los secretos de regeneración, por sus sellos, sus fórmulas. Por Shizune, por su alumna. Por las pocas instituciones que aún funcionaban. Por todo lo que podría caer en las garras del halcón de guerra. Y lo peor de todo… por Naruto.

Porque aunque él ya no era de Konoha, Danzo lo seguía considerando un recurso. Y si él regresaba… si cometía el error de volver por alguna razón… lo intentarían convertir en un arma otra vez, Tsunade apretó los dientes.

— Sobre mi cadáver —. Susurró, pue ella ya había hecho su movimiento.

Mientras los ancianos debatían en susurros cobardes y el Consejo se reacomodaba como ratas abandonando un barco, Shizune trabajaba sin descanso bajo su mando. Toda esta semana, la antigua aprendiz había sellado cada documento, cada objeto, cada tesoro del legado Senju en la casa principal del complejo. Lo que alguna vez fue la cuna de la familia más grande que había dado la aldea ahora era una cámara de recolección, un santuario de recuerdos y poder.

La casa central estaba desierta salvo por ellas. No dejarían nada atrás. Cada técnica desarrollada por Tobirama, cada tratado médico de Hashirama, cada arma, armadura y registro genético. Fotos, cartas, libros de ninjutsu, anotaciones sobre el Mokuton… hasta el último jutsu que alguna vez fue creado por el clan. Todo había sido cuidadosamente clasificado, encapsulado en pergaminos de sellado triple, y encerrado en contenedores protegidos con sangre Senju. Era un saqueo sistemático… de su propia herencia.

No lo hacía por rencor, sino por deber. No permitiría que la raíz de Danzō ese engendro construido sobre secretos, traiciones y manipulaciones tocara nada de lo que aún quedaba puro de su linaje. La base y técnica de los Senju desaparecería de Konoha antes que mancharse con las manos de un traidor. Y lo cierto era que ya no tenía por qué quedarse.

Cuando aceptó ser Hokage fue por ese tonto rubio que la convenció con una sonrisa, con una mirada parecida a la de Nawaki… con una promesa de que las cosas aún podían cambiar. Ahora que él no estaba y que la habían destituido, no había motivos reales para seguir aferrándose a esta aldea.

Además, si iba a buscarlo porque sabía que lo haría tarde o temprano, no iría con las manos vacías. Si había un regalo digno de disculpa, de redención, era este, el verdadero núcleo del conocimiento oculto de Konoha. No solo el legado Senju, sino todo lo que Hiruzen había acumulado y escondido, sellos de alto nivel, estudios sobre chakra, teorías prohibidas, informes médicos únicos… lo necesario para reconstruir una nueva voluntad de fuego. Una que no naciera del engaño, sino del fuego real que Hashirama creyó posible transmitir.

Tsunade subió al tejado del edificio, observando la aldea con una tristeza que dolía en los huesos. El paisaje seguía siendo el mismo, los mismos callejones, los mismos techos, los mismos árboles que una vez cuidó. Pero ella ya no los reconocía. Estaban podridos, envenenados.

La semilla que su abuelo plantó había sido corrompida por generaciones de decisiones cobardes, de silencios cómplices y sacrificios inútiles. Había querido salvarla, lo había intentado. Pero como buena médica… sabía cuándo un paciente ya no podía ser sanado. Y esta aldea estaba desahuciada.

Con el viento ondeando su capa por última vez, Tsunade cerró los ojos. No con rencor, sino con claridad. Se marcharía. No huía, se llevaba la chispa y donde ella se asentara, donde encontrara un terreno fértil y una voluntad digna, construiría algo nuevo. Transmitiría el fuego verdadero de su abuelo. Uno sin máscaras. Uno que, por fin, pudiera arder limpio.

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Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.

Primero me gustaría aclarar que, en muchas ficciones, se subestima el peso político del Mokuton. Que alguien despierte una versión del Mokuton comparable a la de Hashirama haría que todo el continente volteara a mirar con atención. Después de todo, Hashirama no solo fue el fundador de Konoha, sino también el creador del sistema de aldeas shinobi, lo cual provocó el fin de las guerras constantes entre clanes. Durante su vida, no hubo conflictos serios, lo que habla del impacto que tuvo su poder en la estabilidad regional.

Ahora, con Naruto manifestando un Mokuton de alto nivel capaz de crear bosques y librar batallas a escalas enormes, empieza a captar la atención de todos los actores políticos. Muchos líderes y figuras de poder buscarán congraciarse con él para evitar enemistarse con alguien que, como Madara o Hashirama en su momento, podría conquistar una nación sin demasiada dificultad.

Naruto tiene subordinados, gente que lo obedece, a pesar de eso, Naruto mantiene la idea de que debe encargarse solo. Las únicas personas en quienes confía, aunque sea parcialmente, son niños, por lo que no les pedirá ayuda. no confía del todo en Kakashi, y Killer B es una incorporación reciente, así que tampoco cuenta con su apoyo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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