Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 32
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Capítulo 32: Traslado
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
— Biju hablando —
/Biju pensando/
“Dioses hablando”
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Durante generaciones, el Clan Hyūga fue uno de los tres grandes pilares de Konoha. Senju, Uchiha, Hyūga, el trío dorado que definió el poder militar y económico de la aldea. Pero los Senju se extinguieron casi por completo, sus líneas se diluyeron entre civiles. Los Uchiha fueron aniquilados en la infame masacre. Solo quedaban ellos como el último gran clan noble. Tras el reciente escándalo que hundió a los Sarutobi, los Hyūga se consolidaron como los más ricos y políticamente influyentes de la aldea.
Ese dominio descansaba sobre un sistema cruel, el Sello del Pájaro Enjaulado. Una marca que reducía a la rama secundaria a sirvientes sumisos bajo amenaza de muerte. Para la rama principal era perfecto, poder absoluto, obediencia incuestionable, administración sencilla. Ya no contaban los víveres, no auditaban arsenales, solo firmaban los inventarios elaborados por la rama secundaria. Todo parecía en orden porque el miedo aseguraba la disciplina, o eso pensaban.
Pero obediencia forzada no es lealtad. La rama secundaria jamás olvidó su humillación. Generación tras generación de padres enseñando a sus hijos a agachar la cabeza, aceptar golpes y órdenes, mientras sus primos vivían como nobles. Esa rabia no simplemente ardía, se volvía metódica y fria. Fue un plan de décadas, alterar números, falsear registros, “olvidar” cajas de armas selladas en sótanos, desviar sacos de arroz al granero improvisado bajo un cobertizo donde eran sellados y su vida útil se extendía muchísimo. Todo con un cuidado extremo.
La vieja tradición del clan prohibía usar el Byakugan en el recinto como muestra de respeto y confianza mutua. Una regla nacida del orgullo, convertida en su mayor debilidad. Nadie vigilaba con el ojo blanco a los suyos. Así, los de la rama secundaria movían cargas a plena luz del día. Un carrito extra aquí, un registro de contabilidad manipulado allá. Los niños aprendían desde pequeños a sonreír mientras desviaban recursos bajo las narices de sus amos.
Con el paso de los años, esa reserva secreta creció. Dinero sellado, armas, medicinas, pergaminos con técnicas menores, semillas, víveres de emergencia. Todo estaba siendo almacenado para un el solo propósito de huir. Escapar de la jaula que sus propios parientes habían construido, ser libres. Ahora, con el Hokage a un paso de ser depuesto, la política al borde del colapso y el Daimyō en colera, el momento por fin había llegado.
Y mientras la rama principal se congratulaba por ser el último clan noble intacto de Konoha, la rama secundaria afinaba su arma más peligrosa, la paciencia. Una paciencia que estaba a punto de dar fruto. Porque la noche se acercaba y con ella, la promesa de libertad.
Mientras tanto, Neji Hyūga, el prodigio del clan, caminaba con paso firme por los pasillos de la gran mansión del patriarca. Era el orgullo de la rama secundaria, un genio no visto en generaciones, pero esa fama le costaba caro. Los ojos fríos de la rama principal lo seguían en silencio, cargados de juicios velados y un odio apenas contenido. ¿Cómo se atrevía? decían esas miradas perladas sin palabras. ¿Cómo podía este esclavo marcado superar a los legítimos? Era un insulto viviente a su supuesta superioridad.
Neji mantuvo el rostro estoico, pulido en años de disciplina. Un semblante en blanco, como se enseñaba a cada niño de la rama secundaria. Un Hyūga debe ser orgulloso. serio e imperturbable. Incluso si, en realidad, no eran más que siervos marcados por el sello del Pájaro Enjaulado. En su pecho ardía la ira contenida, pero también una claridad helada. Las cosas se acercaban a su conclusión. El plan al que habían apostado todo estaba a punto de comenzar.
Mientras avanzaba hacia su destino, pensó en quien lo había salvado de la oscuridad, Naruto. Fue él quien destruyó su fatalismo a golpes y le mostró que la jaula no era inviolable. Que el destino podía ser roto. Gracias a esa esperanza, ahora Neji se preparaba para darle libertad a todos sus parientes marcados. Bajo sus ropas, en la muñeca, el sello brillaba, oculto por el relieve de sus vendas que ocultaban manos callosas por años de entrenamiento. Ese sello sería el faro para el jutsu que los transportaría a la libertad.
Todos los miembros de la rama secundaria que eran de confianza ya habían recibido la marca y sabían el plan. Los que no eran de confianza los que se habían rendido y aceptado su rol de sirvientes con lealtad estaban vigilados. Llegado el momento, serían inmovilizados y llevados a la fuerza. Nadie sería dejado atrás, ninguno quedaría para servir como esclavo. Allá donde fueran, podrían elegir servir a un nuevo amo si querían… pero ya no como propiedad hereditaria.
Y mientras caminaba, Neji sintió el peso de esa promesa sobre sus hombros. No lo hacían por venganza aunque la merecían sino por dignidad. Porque no dejarían a nadie atrás para servir como recordatorio de su humillación. No darían nada a sus amos. Ni su lealtad, ni su miedo, ni su sangre.
Con un suspiro pesado, Neji llegó finalmente a su destino, los aposentos de la ex heredera del clan, Hinata Hyūga. Su prima, la persona por la que, desde niño, le habían enseñado que debía morir. Ese era su rol, ese era el sentido de su vida según la rama principal, ser un escudo de carne, una herramienta para proteger su linaje puro y mantener el orden del clan. Ese pensamiento siempre le había quemado el pecho como un hierro candente.
Frente a la puerta estaba Natsu, una mujer de la rama secundaria como él. Su postura era perfecta, recta, mirada baja y manos juntas frente al obi. Criada personal de Hinata, como muchas mujeres de la rama secundaria desde niñas se le había enseñado a obedecer sin rechistar, a ser la encarnación del “honor” Hyūga, sumisa, silenciosa, invisible.
Neji la miró con una mezcla de rabia y lástima. Natsu era una chūnin de pleno derecho, más que capaz en combate, y sin embargo la habían reducido a niñera, sin siquiera la dignidad de ser una guardaespaldas oficial.
/Qué desperdicio/. Pensó Neji con amargura.
/Qué insulto/. Su mente se quejo pero Natsu no parecía compartir su desdén.
Era leal al sistema hasta los huesos porque así la habían criado, moldeado, programado. Esa lealtad inquebrantable hacia quien no la merecía le revolvía el estómago. Sin embargo, necesitaba su cooperación, y había sido previsivo y ya habia pedido una audiencia con su prima y Hinata ya la había informado a Natsu de la reunión. Al llegar, Neji solo inclinó la cabeza ligeramente.
Natsu respondió con un gesto respetuoso y dio un paso a un lado sin emitir palabra. No preguntó nada, su misión era sencilla, vigilar la puerta, impedir interrupciones y obedecer las órdenes de su señora. Su señora, que no era Hisashi-sama ni ningún patriarca de la rama principal, sino Hinata-sama. Y Natsu, criada o no, seguiría esas órdenes con la obediencia implacable que le inculcaron desde niña. Neji tragó saliva, sintiendo el nudo en su garganta.
Cuando Neji entró en la habitación, se detuvo en silencio por un momento. Hinata estaba sentada junto a la ventana; su cabello, ligeramente más largo, caía como un velo índigo oscuro sobre su rostro, herencia de su madre en un clan donde predominaban el negro y el castaño. Sus ojos perlados parecían fijos en algo muy lejano, tan lejos que ni siquiera el Byakugan podía alcanzarlo.
Ella habló sin girarse, con un tono apagado que le rompió algo en el pecho.
—Se ha decidido que seré marcada con el sello… —. Murmuró, con la voz cargada de cansancio y una resignación triste, casi mecánica.
—Debido a las tensiones políticas en la aldea, quieren asegurar una heredera “estable”. Alguien que no sea considerado un fracaso según los estándares de los ancianos. Así que… me marcarán pronto—.
Neji se estremeció. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que esa noticia le habría causado una oscura satisfacción. Un cruel sentido de justicia torcida por la rabia, pero ya no. Ahora solo sintió un nudo amargo en la garganta.
/Naruto… tú me enseñaste a ver más allá de mi odio mal dirigido/. Bajó la mirada sintiéndose enfermo ante su antiguo yo, odiando a su prima cuando debio odiar a los politicos que presionaron por la muierte de su padre no una niña que fue secuestrada.
/Naruto… tú me enseñaste a ver más allá de mi odio mal dirigido./
Bajó la mirada, sintiéndose enfermo ante su antiguo yo. Había odiado a su prima cuando debió odiar a los políticos del clan, a los ancianos que presionaron hasta provocar la muerte de su padre. No a una niña que también había sido una víctima.
—Lo siento—.
Fue todo lo que pudo decir. Su voz sonó ronca, tensa, cargada de un dolor torpe que no sabía cómo expresar. Nunca había sido bueno consolando. Mucho menos a alguien a quien el clan estaba a punto de encadenar de por vida. Hinata negó con la cabeza sin mirarlo. Demasiado amable, siempre demasiado amable.
Neji pensó que ella no estaba hecha para ser una shinobi. No porque fuera débil, tenía potencial, técnica, disciplina; era mas bien porque carecía de crueldad. De ambición implacable, de esa voluntad sucia y feroz necesaria para sobrevivir en el fango sangriento de su mundo. Ese fuego que, a veces, hacía falta para seguir matando y sonriendo.
—Supongo que ahora seremos más iguales, Neji-niisan y también al fin seré libre de las expectativas de mi padre —. Sus dedos jugueteaban con el dobladillo de su yukata, un tic nervioso que nunca había perdido, ni siquiera ahora.
Neji respiró hondo. El honorífico le cayó encima como un golpe silencioso “Niisan”. No lo merecía, nunca lo había merecido. No había sido un hermano, ni siquiera un pariente digno. Había sido un muro, un resentimiento vivo, una sombra nacida de decisiones que otros tomaron y que él aceptó sin cuestionar. Durante años, cada vez que la miró, no vio a Hinata. Vio al clan, vio la jaula y eligió no ver a la niña atrapada dentro.
La vergüenza lo atravesó con una lentitud insoportable. No ardía como la rabia de su juventud; pesaba. Era vieja, densa, imposible de ignorar. Ella lo llamaba así sin rencor, sin reproche, ofreciéndole un lazo que él había rechazado una y otra vez. Incluso ahora, cuando estaba a punto de ser marcada, de perder algo que no podría recuperar jamás, seguía tratándolo con una gentileza que él nunca supo devolverle.
“Ahora seré libre”, había dicho. Y esa palabra le dolió más que cualquier insulto. Libre… cuando lo que le esperaba era otra jaula, solo que más pulida, más aceptable para el clan. Una prisión disfrazada de estabilidad. Neji apretó los puños, sintiendo cómo algo se quebraba dentro de él. Si no había podido protegerla antes, si no había sabido alzar la voz cuando aún importaba, entonces haría lo único que todavía estaba a su alcance.
Tal vez nunca fue un hermano. Pero estaba dispuesto a aprender a serlo. Aunque fuera tarde. Aunque fuera poco, aunque solo pudiera devolver una fracción de la amabilidad que ella le ofrecía mientras caminaba, serena y sola, hacia su propio sacrificio.
Neji no habló en voz alta. En su lugar, levantó las manos y comenzó a comunicarse mediante lenguaje de señas, una disciplina básica que se enseñaba a todos los shinobi desde la academia.
Silencio, precisión y claridad eran herramientas indispensables para misiones de infiltración, pero también, en ese momento, la única forma segura de decir la verdad sin que el clan escuchara. Le contó todo, su encuentro con Naruto. Cómo le había quitado el sello. La oferta hecha a la rama secundaria, un lugar, una salida, libertad a cambio de lealtad y de todo el conocimiento que el clan poseyera sobre la luna y sus secretos.
Hinata dudó al principio. Sus manos temblaron levemente al responder, insegura, como si aún temiera que aquello fuera un sueño demasiado frágil. Pero cuanto más Neji explicaba, cuanto más detallaba los planes, la figura de Naruto, la posibilidad real de escapar, algo comenzó a encajar dentro de ella.
No era solo la oportunidad de estar junto a su enamoramiento. Era la posibilidad de ser libre de las expectativas de su padre, libre de un destino impuesto desde su nacimiento, libre del sello del pájaro enjaulado que aún no marcaba su piel, pero que ya la asfixiaba.
Ella ceptó y como aún no había sido marcada, Hinata podía acceder a zonas prohibidas de la biblioteca del clan. Lugares vetados incluso para muchos jōnin. Además, había sido entrenada como heredera; conocía los escondites, las cámaras selladas, los compartimentos reservados solo para los más selectos.
Robaría todo, pergaminos, registros, técnicas, contratos antiguos. Todo aquello que el clan Hyūga ocultaba al mundo. Así, entre señas rápidas y miradas firmes, se formuló el plan.
Pensó en todo. Los escondites llenos de suministros repartidos fuera del complejo. El dinero desviado en pequeñas cantidades durante años. Las armas selladas, retiradas una a una sin levantar sospechas. Los guardias comprados o, peor aún, demasiado ignorantes para notar lo que ocurría.
Los ancianos de la rama secundaria coordinando en silencio, unidos por una esperanza que jamás se habían atrevido a pronunciar en voz alta. La marca en su propia muñeca, idéntica a la que había colocado en cada uno de los confiables, no como un símbolo de esclavitud, sino de pertenencia voluntaria.
—Todos están listos para partir —dijo Neji, con la voz endurecida por la responsabilidad.
—Supongo que… con la noticia de la marca ya no tienes dudas de venir con nosotros—.
Hinata asintió muy despacio. Su cabello se balanceó como seda negra mientras jugueteaba con las mangas de su ropa y se mordía el labio inferior, perdida en pensamientos que no se atrevía a decir de inmediato. Pensaba en Hanabi, en su hermana menor.
En lo que sería de ella una vez que se marcharan. Ya sentía la presión caer sobre sus hombros como futura heredera, y cuando ellas desaparecieran, esa presión no haría más que intensificarse. Hinata se negó, incluso en la sola idea, de dejarla sola en aquel nido de víboras que era la rama principal. No permitiría que la envenenaran igual que habían intentado hacerlo con ella. Hanabi aún era joven, todavía podía salvarse.
—Hanabi… no es mala —. Confesó por fin, con la voz baja, casi temblorosa.
—No quiero que se quede y la conviertan en otra igual al resto del clan. Hay Hyūga buenos en la rama principal, pero… temo que los ancianos y mi padre la moldeen para ser cruel—.
Algo se retorció en el estómago de Neji. Porque lo entendía, sabía que no todos eran monstruos, pero el sistema lo era. El clan no perdonaba la debilidad; la marcaba, la quebraba o la transformaba en algo irreconocible. Miró a Hinata con una frialdad que ahogaba las emociones de compasión, la expresión de alguien que ya había tomado decisiones irreversibles, y bajó la voz como si estuviera confesando un pecado.
—Hay algo más que debes saber —. Dijo tras una breve pausa.
—La rama secundaria… hemos planeado llevarnos a Hanabi-sama también. Incluso si ella no quiere. Aunque tengamos que usar la fuerza—.
Hinata contuvo el aliento.
—Será nuestro último insulto al cla. Si nos vamos, no dejaremos herederas para que se recupere. No les daremos esa opción—.
Hinata levantó los ojos al fin. Grandes, húmedos, brillando con una mezcla de miedo y esperanza que le atravesó el pecho a Neji y el tragó saliva. Porque incluso ahora, incluso después de todo… seguían siendo su familia. Y no iba a dejarlas atrás. Ni a Hinata, ni a Hanabi, ni a ninguno de los que aún conservaban algo que mereciera ser protegido. Esta vez, no se hundiría en su odio y actuaria como debía hacerlo la familia.
Mas tarde, la noche cayó sobre la mansión Hyūga como un manto pesado y silencioso. En el salón principal, los ancianos del clan viejos shinobi retirados y administradores del supuesto linaje puro se reunieron entre murmullos de inquietud. Hablaban con tono grave sobre la situación política en Konoha, la debilidad del Hokage y los rumores de su inminente destitución. Para ellos, el caos exterior no era una amenaza, sino una oportunidad. Cuando la aldea flaqueaba, los clanes fuertes debían reafirmar su dominio.
Hiashi Hyūga escuchaba en silencio, sentado en el lugar de honor. No necesitaba intervenir demasiado; conocía bien ese juego. Los ancianos discutían cómo usar el peso económico del clan, sus conexiones y su influencia histórica para asegurar privilegios futuros. Presionar al consejo, negociar desde la fuerza, recordar a Konoha que los Hyūga no eran un recurso prescindible. Como tantas otras veces, la solución era simple, más control, más disciplina, menos fisuras internas.
La conversación derivó, inevitablemente, hacia la sucesión. Hinata ya no era una opción viable. Demasiado blanda, demasiado compasiva, incapaz de imponer la autoridad que el linaje exigía. En cambio, Hanabi representaba todo lo que el clan deseaba mostrar al exterior: talento temprano, disciplina, una voluntad aún maleable. Fuerte para intimidar, dócil para obedecer. Una heredera que podía ser moldeada sin resistencia.
Los ancianos lo discutieron sin elevar la voz, como si hablaran de reformas administrativas y no del destino de un par de niñas. Hiashi escuchó en silencio y asintió una sola vez, lento y solemne. Para el clan, aquello no era crueldad. Era tradición, era orden.
Afuera, la luz de la luna bañaba los corredores de madera pulida con un brillo frío y distante. En otra ala de la mansión, una figura menuda avanzaba con paso firme. Hinata Hyūga caminaba sobre el tatami sin hacer ruido, su respiración controlada, el Byakugan inactivo. Su corazón latía con fuerza, pero su expresión era serena. Había aprendido una verdad cruel con los años, cuando nadie espera nada de ti, te vuelves invisible.
Era un fantasma para la rama principal. Y esa invisibilidad, por primera vez en su vida, jugaba a su favor. Hinata avanzó por los corredores y se cruzó con patrullas nocturnas, miembros de la rama secundaria. Ninguno habló, solo un leve asentimiento bastó pues todos estaban confabulados. Con el Byakugan activado, se deslizó entre sombras, esquivando con precisión a los miembros de la rama principal, anticipando cada giro, cada pausa, cada punto ciego.
Se detuvo frente a la gran biblioteca del clan. Un lugar vetado para la rama secundaria, protegido por sellos que reconocían solo a quienes no llevaban la marca del Pájaro Enjaulado. No era solo seguridad, era un símbolo. Un recordatorio cruel de jerarquía y control. Pero ella… aún era la heredera. Aún no estaba marcada. Todavía pertenecía, al menos en apariencia, al círculo de los intocables.
Hinata se arrodilló ante el umbral y liberó chakra con cuidado. El sello chisporroteó, analizó su sangre y respondió con un susurro antes de abrirse. Dentro, el aire olía a tinta antigua, pergaminos envejecidos y secretos que nunca debieron existir. Con el Byakugan plenamente activó observo, y el mundo se abrió ante ella, compartimentos ocultos, estantes falsos, trampas diseñadas para matar intrusos… pero no a un Hyūga.
Con manos firmes, evitó las defensas y comenzó a sellar el contenido en pergaminos de almacenamiento. Cada tomo del Jūken, cada registro genealógico, cada documento de alianzas, cada técnica secreta, cada mención prohibida sobre la luna desapareció uno a uno en su manga. Sus dedos temblaban, pero no se detuvieron. No ahora, no cuando el futuro del clan se desangraba en silencio.
/Esto les fue negado solo por nacer de la persona equivocada. Ya no más/. Con cada pergamino sellado, Hinata sentía cómo el peso de su legado dejaba de ser una cadena… y se convertía, por fin, en un arma de libertad.
Terminó en la biblioteca común y avanzó sin dudar hacia el corazón prohibido del complejo, la biblioteca privada del Patriarca. No estaba protegida por simples barreras, sino por un sello de sangre antiguo, uno que no reconocía a ancianos ni consejeros, solo a quien cargaba el linaje intacto del clan… y a la heredera. Hinata se mordió el pulgar y dejó caer una gota sobre el fūinjutsu. El sello reaccionó, pulsó como un ojo que despierta, y finalmente cedió.
Dentro reposaba el conocimiento que nunca debía compartirse. No solo técnicas y registros, sino relatos antiguos, textos velados, historias que durante su niñez le enseñaron como alegorías, como cuentos ceremoniales para una heredera obediente. Escritos sobre la luna, sobre un origen lejano, sobre ancestros que observaron el mundo desde lo alto antes de descender. De niña los había tomado como cuentos… pero Naruto-kun había preguntado por ellos con demasiado interés como para que fueran solo fábulas.
Había registros, artefactos sellados, reliquias presentadas como recuerdos rituales de una era imposible de verificar. Fragmentos de un pasado que el clan prefería envolver en mito. Hinata no dudó y selló los pergaminos, los cuentos, los registros y los objetos uno a uno, como si rescatara piezas de una verdad enterrada. Cuando terminó, la sala estaba casi vacía.
Cerró la puerta tras de sí sin nostalgia. Solo con un último vistazo frío, como quien deja atrás un santuario que ya no merece ser custodiado.
/Si pretenden marcarnos como esclavos, no se quedarán con nada de valor/.
Con el sonido distante de las conversaciones de los ancianos retumbando por los pasillos, Hinata escondió los pergaminos bajo su yukata, respiró hondo y desapareció en la oscuridad. El plan seguía en marcha y por primera vez en su vida, sentía que esa noche no era la heredera de nadie. Solo una mujer dispuesta a liberar a su familia.
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POV Naruto
Bebí un sorbo de café mientras repasaba la monstruosa matriz que cubría casi todo el suelo de la cámara más fortificada del país, un lugar cuya existencia estaba clasificada incluso por encima del núcleo de la barrera nacional. Enterrada bajo las raíces de Nordrassil, profunda en la tierra, allí donde el chakra y el qi apenas se atrevían a fluctuar sin permiso.
A simple vista parecía un caos deliberado, sellos entrelazados, runas arcaicas y surcos grabados en la roca, bañados por un resplandor azulado que latía con calma, como un corazón dormido.
Pero no había nada aleatorio en ella. Cada línea cumplía una función precisa, cada nodo existía para sostener a otro, y cada capa ocultaba fallos diseñados para destruir la matriz si alguien intentaba manipularla sin comprenderla. No era tan delicada como la matriz de dilatación temporal que utilicé durante mi encierro y recuperación, pero esta la superaba en escala, redundancia y profundidad. Capas sobre capas, reforzadas para resistir sabotaje, desgaste y algo peor, curiosidad ajena.
En esencia, era una matriz de transporte dimensional. No un simple desplazamiento espacial. No un truco de espacio-tiempo. Era un sistema capaz de anclar un punto de salida incluso fuera del marco normal de este mundo, siempre que la energía y la voluntad fueran suficientes. Apoyé la taza en el suelo y exhalé despacio. Si funcionaba, cambiaría demasiadas cosas. Si fallaba, nadie sabría siquiera dónde buscar los restos.
A mi lado, Fū roncaba sin el menor pudor, con un fino hilo de baba escapando de la comisura de sus labios. Sasame se frotaba las sienes con los ojos entrecerrados, claramente mareada por patrones que se negaban a ser seguidos por la mente humana. Temari, de brazos cruzados, fruncía el ceño con molestia; la migraña que se le estaba formando era evidente al intentar comprender aquella cosa antinatural grabada en el suelo.
—Tengo conocimientos básicos de fūinjutsu, pero esto… —. Temari negó con la cabeza.
—Esto no es fūinjutsu. Ni siquiera el sello del Shukaku es así de complejo. ¿Qué demonios estás haciendo?—.
Karin hojeaba pergaminos con creciente desesperación, pasando páginas cada vez más rápido, como si la respuesta pudiera aparecer por insistencia. Kakashi, a su lado, intentaba explicarle los principios más simples de los sellos para descartar hipótesis, pero incluso él terminó en silencio. Su Sharingan, analizaba la matriz con una cautela inusual, como si por primera vez dudara de su propia capacidad para comprender lo que veía.
—Esto no es un sello tradicional —. Admitió al fin.
—Ni siquiera los de Kushina-sama se acercaban a algo así. Y eso ya es decir mucho—. Su mirada se desplazó por las capas superpuestas.
—Naruto… esto ni siquiera es fūinjutsu, ¿verdad?—.
No porque la información fuera excesiva, sino porque la matriz estaba viva. No era un diseño estático ni un conjunto cerrado de fórmulas esperando ser copiadas, sino un sistema en movimiento perpetuo. El qi la recorría como un pulso consciente, fluyendo por cada surco y runa, ajustando tensiones, desplazando símbolos, reescribiendo relaciones internas en tiempo real. Cada observación alteraba su estado, como si la propia estructura reaccionara a ser entendida.
La matriz se adaptaba de forma continua a las fluctuaciones del espacio-tiempo. Pequeñas variaciones aleatorias, imperceptibles para cualquier sensor común, ondulaciones diminutas en el tejido del universo provocadas por efectos cuánticos a escalas minúsculas o por la gravedad distante de cuerpos masivos. Donde un sello normal fallaría, ella corregía. Donde un esquema rígido colapsaría, ella se reajustaba.
Algo así no podía fijarse en la memoria. No podía congelarse en un patrón estable. No podía copiarse amenos que tuvieras el patron original el cual use y cuando se estabilizo empezó a adaptarse constantemente.
Suspiré, le di otro trago al café y asentí despacio.
—No. Esto es, básicamente, un Puentes de Einstein-Rosen—.
Los miré uno por uno. Temari fruncía más el ceño, Sasame parecía a punto de marearse otra vez, Karin había dejado de pasar páginas. Todos compartían la misma expresión de confusión absoluta.
/Genial. Toca dar clase otra vez/. Suspiré por lo bajo. No era ningún genio, pero al menos entendía lo suficiente de esta locura imposible como para explicarla sin que explotara nada.
—Escuchen. Supongamos que queremos ir desde el País del Fuego hasta el País del Agua. Normalmente, eso toma más de diez días en barco, si el clima es perfecto—. Tomé una hoja de papel, dibujé dos puntos y los marqué con cuidado. “A” y “B”. Luego la doblé.
—Si doblas el espacio, los puntos se tocan—. Levanté la hoja para que lo vieran.
—Eso es lo que hace un motor de curvatura. No viajas más rápido que la luz. No la rompes. Simplemente doblas el espacio mismo para que el lugar al que vas esté… aquí—.
Temari parpadeó, claramente procesando la idea con esfuerzo.
—¿Y eso cómo lo hace? ¿Chakra?—.
Negué con la cabeza y alcé un dedo, corrigiendo antes de que la idea se asentara mal.
—No. Usa la energía que solo yo manejo, el qi—. Di otro sorbo al café.
—El chakra es demasiado… limitado para esto. Depende de una estructura biológica para generarse, y el chakra ambiental o natural es caótico, inestable, responde al entorno y a las emociones. Intentar usarlo aquí sería como construir un puente con humo—.
Apoyé la taza y señalé la matriz bajo nuestros pies.
—El qi es distinto. Es la energía espiritual del universo, no pertenece a un cuerpo ni a un lugar. Esta matriz reconoce una señal de qi que yo haya dejado antes, un “faro”. Calcula no solo sus coordenadas físicas, sino también las espirituales… y luego distorsiona el espacio-tiempo para hacer que ambos puntos coincidan—.
Hice un gesto lento con la mano, como si plegara algo invisible.
—No fuerza el viaje. Convence al mundo de que la distancia nunca existió—.
Kakashi frunció el ceño, el Sharingan girando lentamente mientras buscaba un punto de referencia.
—Como el Hiraishin… pero multiplicado por mil—.
Negué con la cabeza despacio.
—No exactamente—. Dejé la taza a un lado.
—El Hiraishin es brillante por su simplicidad, pero también está encadenado a ella. Funciona como una invocación extrema, crea un túnel directo entre el punto A y el punto B. No interpreta el espacio, no lo entiende. Solo abre un camino entre dos marcas ya fijadas y lo recorres casi al instante—.
Hice un gesto corto con la mano, como trazando una línea recta.
—Su límite es la distancia y la masa. El coste energetico crece de forma absurda y exponencial cuanto más lejos están los sellos y cuanta mas masa llevas en tu viaje, y por eso nunca pasa de unos pocos kilómetros sin volverse impracticable—.
Señalé la matriz bajo nuestros pies, el pulso azul recorriendo sus surcos como un organismo vivo.
—Esto no salta. Esto pliega el continuo espacio-tiempo. No vas de A a B… haces que A y B sean el mismo lugar durante un instante—.
Karin frunció el ceño con fuerza, claramente perdida. Sasame ya se había rendido. Así que hice lo único razonable que se me ocurrió, con qi tracé en el aire una versión deformada de las ecuaciones de campo, símbolos ardiendo y curvándose como si el propio espacio se quejara.
—Si el Hiraishin corre por el mundo… esto le pide al mundo que se doble—. Suspiré, y con un gesto lento terminé de trazar la ecuación en el aire. Los símbolos se reorganizaron solos, cerrándose sobre sí mismos, formando la solución que describía un Puente de Einstein–Rosen.
Karin dio un grito ahogado.
—¡¿Eso son kanjis o maldiciones?!—
—Matemáticas —. Gruñí, dándole otro sorbo al café.
—Básicamente, eso describe cómo la energía le dice al espacio dónde y cómo curvarse—. Continué, señalando la ecuación flotante.
—La matriz usa qi como referencia absoluta, fija un punto aquí y otro allá, y ajusta la geometría entre ambos hasta que la distancia efectiva sea cero. No abre un portal ni crea un túnel artificial. Reescribe la relación entre los puntos—.
Los símbolos giraban despacio, acomodándose solos, como si corrigieran cualquier error antes de que pudiera existir.
—El espacio no se rompe. Acepta la forma que le impones… durante un instante—.
Temari se masajeó las sienes, claramente arrepintiéndose de haber preguntado.
—Entonces… ¿vas a doblar el mundo para traer a los Hyūga?—.
—Exactamente eso—. Asenti sabiendo que esto era mas que solo para traer a los Hyūga, esta matriz tendría infinitos usos, mas allá de salvar al clan.
Fū se desperezó sin abrir del todo los ojos, estirándose como un gato satisfecho.
—Eso suena ilegal—. Murmuró, medio dormido.
—En más de un sentido —. Asentí sin darle importancia, como si hablar de violar leyes universales fuera parte del desayuno.
—La mayoría de estas ecuaciones están prohibidas llevarlas a la practica por simple sentido común—.
Sasame, pálida pero concentrada, señaló el símbolo que latía en el centro de la matriz, más brillante que el resto, como un ancla clavada en la realidad.
—¿Y ese símbolo raro?—. Preguntó, con una mezcla de miedo y fascinación.
—Nodo de estabilización topológica —. Respondí por reflejo.
—Distribuye la tensión de la curvatura. Sin eso, el espacio-tiempo colapsaría sobre sí mismo y nosotros… bueno, acabaríamos convertidos en sopa interdimensional—. Hice una mueca.
—Y honestamente, no sé qué pasaría con el planeta después—.
Kakashi se rascó la cabeza, claramente arrepentido de haber aceptado venir.
—¿Y en palabras que entienda un ser humano promedio?—.
—Es el fuelle que mantiene la puerta abierta —. Dije con calma.
—Sin él, la puerta se cierra… y el universo decide que no deberíamos existir en ese punto—.
Volví a beber café mientras todos me miraban como si acabara de anunciar que podía hacer llover ramen o romper el cielo con una cucharilla. Me encogí de hombros. Para mí, ya era rutina.
—Tranquilos. Solo yo puedo activar este… posible aparato del fin del mundo —. Dije, alzando la taza a modo de brindis fúnebre.
—Necesita qi refinado para encenderse. Algo que solo yo puedo producir y, hasta donde sé, soy el único cultivador de este mundo—. Me encogí de hombros.
—Así que sí. Nadie más puede activarlo—.
Fū levantó la mano sin abrir del todo los ojos.
—¿Me despiertan cuando dejes de ser un genio loco?—.
—No prometo nada —. Respondí, con una media sonrisa cansada, antes de darle otro sorbo al café.
Bajé la mirada hacia mi libro de cultivo, esa condenada biblia marcial de otro mundo, y suspiré. Allí estaba todo explicado con una naturalidad insultante, como si no estuviera describiendo una violación elegante de las leyes del universo. “Diseña la formación con líneas de meridiano celeste. Localiza el faro con intención espiritual. Estabiliza el qi ambiental en los nudos de anclaje para formar la senda.” Fácil de decir.
Solo un loco con demasiado tiempo libre o una cantidad obscena de clones de sombra podía grabar cada maldito sello, ajustar cada nodo y no perder la cordura en el proceso. Cerré el libro con cuidado.
Negué con la cabeza mientras deslizaba un dedo por uno de los anillos exteriores, allí donde las runas bebían del qi ambiental como raíces sedientas.
/Y eso es lo realmente roto…/. Pensé.
La matriz usaba el qi del entorno como combustible. Nordrassil había convertido aquel lugar en un manantial de energía densa y estable, casi obsceno en su abundancia, el escenario perfecto para alimentar una formación de esta escala. El flujo era constante, predecible, domesticado. Pero aun así, no bastaba. Para encenderla hacía falta algo más que simple energía acumulada.
El catalizador debía ser qi refinado. No el qi crudo del mundo, sino aquel pasado por un núcleo, templado por voluntad, intención y cultivo. Y ahí estaba el verdadero cuello de botella. Yo era el único usuario de qi que existía en este miserable planeta. El único capaz de refinarlo. Nadie más podía activar aquello. Podían estudiarlo durante generaciones, memorizar cada runa, copiar cada surco con devoción religiosa… pero sin un cultivador, la matriz no era más que un dibujo bonito grabado en piedra.
Ese requisito la hacía tan segura como peligrosa. Nadie podía usarla para invadirnos ni robarnos el control. Pero tampoco podía delegar su activación. Si algo salía mal, si yo caía… la puerta simplemente dejaría de existir. Y por primera vez desde que terminé la matriz, entendí que no había construido solo un camino. Había creado una dependencia.
Dejé la taza con un golpe sordo sobre la mesa improvisada y repasé los indicadores espirituales. Localicé el faro que le di a Neji. El sello ardía con un pulso firme, inconfundible. Era mi ancla al otro lado. Conté las señales vinculadas: unas 170 fuertes, shinobi sin duda. Otros 50 débiles, civiles, niños, ancianos. El Clan Hyūga no era gigantesco, su orgullo, su obsesión con la pureza, había limitado su tamaño durante generaciones.
Respiré hondo, haciendo circular qi por mis meridianos para calmar el temblor en mis manos.
/Esta noche doblare el maldito tejido del mundo para sacarlos de su celda de oro. Porque nadie más puede. Porque si no lo hago yo, nadie lo hará/.
Suspire mirando a todos y pensando en la pesadilla que vendría.
/Esta noche será un infierno logístico… pero si no lo hago yo, nadie lo hará/.
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Llegada la noche, la zona estaba iluminada por faroles y antorchas que proyectaban sombras danzantes sobre la tierra. El Clan Fūma había tomado posiciones alrededor del claro, formando un cordón de seguridad con una disciplina sorprendente. Más allá, mis clones de madera se ocultaban entre los árboles, quietos como estatuas, mientras al menos un centenar de clones de sombra se movían en patrullas, revisando cada rincón.
Kakashi observaba todo en silencio, con las manos en los bolsillos y el sharingan cubierto. Su único ojo visible mostraba un cansancio resignado. Técnicamente seguía siendo mi prisionero, pero ya se había adaptado con esa actitud relajada suya. Suspiró, murmurando algo apenas audible mientras se rascaba la nuca.
Sabía que, de nuevo, estaba presenciando cómo yo desestabilizaba a Konoha. Al menos esta vez no parecía molesto, solo resignado. En el fondo, creo que entendía que no lo hacía por odio.
—Bueno… —. Dijo con voz baja, mirando hacia el cielo
—Al menos aquí no me dan misiones suicidas. Y pescar es relajante—.
A mi lado, Karin estaba visiblemente nerviosa, repasando una pila de pergaminos con sellos y contratos. Cada documento detallaba las obligaciones mínimas para los Hyūga que llegarían, respetar leyes locales, no salir del país sin permiso, acatar a quien estuviera al mando. Nada demasiado opresivo, pero suficiente para garantizar que no causarían un desastre diplomático.
—Bien… —dije, alzando la vista hacia el monolito cubierto de matrices.
Me quedé observándolo unos segundos más de lo necesario, repasando mentalmente cada capa, cada función superpuesta. Ese sería el puerto. El punto de llegada, el lugar donde el espacio doblado escupiría a quienes cruzaran el umbral. Controlado, limitado, preparado para recibir… pero no para revelar nada más allá.
La verdadera matriz, el motor, permanecía oculta bajo Nordrassil, enterrada en capas de tierra, raíces y sellos que ni un dios curioso atravesaría sin mi permiso. Nadie iba a pisar esa sala. Nadie iba a ver el corazón del sistema.
Neji, con los sellos marcados en los Hyūga, sería el faro. No un punto fijo, sino una firma viva, reconocible solo para la matriz. Un llamado que no podía ser imitado con chakra ni falsificado con fūinjutsu tradicional.
—Espero que todo salga bien o terminaremos volando el planeta—.
Karin me lanzó una mirada fulminante, con los ojos tan abiertos que casi parecían salírsele de las órbitas.
—Estás… bromeando… ¿verdad?—.
La ignoré por completo, revisando los últimos trazos y comprobando la orientación de los nodos de estabilización. Karin, sin rendirse, murmuraba en voz baja con un tono cada vez más ansioso.
—Naruto… no va a pasar nada raro… ¿verdad? Dime que no vamos a explotar. Dímelo, por favor…—.
Seguí trabajando, dándole la espalda con toda la calma del mundo, mientras Karin lanzaba un quejido ahogado de pánico y se agarraba el cabello.
Tomé aire despacio, dejando que mis pulmones se llenaran hasta doler. Luego exhalé con calma, moviendo el qi por mi dantian. Cerré los ojos un segundo, enfocándome.
/Kurama… dame una mano. Si todo sale bien esta noche, cenarás mucho cerdo/.
Desde nuestro enlace mental, Kurama respondió con su característico tono gruñón, su marioneta de chakra todavía en las baterías de la barrera que mantenían la zona segura.
“Bien, pero quiero mucho cerdo agridulce. Y con salsa extra”.
No pude evitar rodar los ojos con una sonrisa cansada. Con el pacto sellado, me puse a trabajar de inmediato. Tres colas de chakra carmesí brotaron de mi espalda como llamas líquidas, densas y pesadas; cuando la cuarta empezó a tomar forma, respiré hondo y las forcé a regresar. El flujo se plegó hacia mi dantian, donde mi cuerpo las trituró sin miramientos, refinándolas y convirtiéndolas en qi a un ritmo obsceno.
—Arte del Horno de Carne Dorada: Primer Horno—. Mi temperatura interna se elevó al instante. No era calor externo, sino una combustión profunda, como si cada músculo y cada órgano ardieran desde dentro, descomponiendo el chakra hasta su esencia más burda. El chakra rugió al resistirse, violento, indómito.
—Segundo Horno—. La presión aumentó. El qi resultante pasó por una segunda criba, más lenta y cruel, donde las impurezas fueron aplastadas y suavizadas. El flujo se volvió más denso, más obediente, menos salvaje. Cada latido del corazón marcaba el ritmo del refinado.
No permití que quedara como qi yang puro y abrasivo que usaba en el combate y que no necesitaba un refinamiento tan exhaustivo. Lo pulí capa por capa, reduciendo su filo hasta volverlo casi neutro. La vibración cálida se asentó en mi vientre, pesada pero estable, lista para ser canalizada sin destrozar todo a su paso. Kurama me daba un caudal cercano a siete colas… y aun así, lo devoraba tan rápido como llegaba.
Cuando reuní suficiente qi, aplaudí con fuerza para centrar la mente. No era un gesto vacío, era un símbolo de oración y quietud, un ancla mental. Para un cultivador, el simbolismo no es superstición; es una herramienta. La intención guía a la energía, y la energía obedece. Con ese ritmo interno controlado, concentré el qi en las palmas hasta sentirlas densas, casi pesadas.
Di un paso al frente. El núcleo de la matriz me esperaba, las líneas brillando con una cadencia lenta, paciente. Estaba a punto de colocar las manos sobre él, de iniciar el proceso, cuando algo cambió. No fue una alarma ni una explosión de energía, sino una disonancia sutil, un error en la armonía.
Algo que no debía estar allí… estaba.
Un silencio antinatural cayó era espeso, opresivo, como si el mundo hubiese olvidado cómo seguir funcionando. No hubo explosión de energía ni choque visible, pero lo sentí igual, una torsión suave y profunda, como cuando algo enorme se acomoda en un espacio que no fue hecho para contenerlo. La realidad no se rompió en su lugar cedió a los caprichos de ese algo.
Mi piel se erizó. El qi del entorno vaciló, desincronizado, como un rebaño que de pronto pierde a su pastor. Nadie más reaccionó, para ellos, el aire seguía siendo aire. Para mí, cada instinto gritaba que algo imposible había cruzado un umbral que no existía.
Giré la cabeza despacio, con una resistencia extraña en las articulaciones, como si mi propio cuerpo dudara en aceptar lo que iba a ver. Allí, en un punto muerto de la visión de todos flotaba un anciano.
Suspendido en posición de loto, inmóvil. Un shakujō descansaba sobre sus piernas como un símbolo olvidado por el tiempo. De su frente surgían cuernos cortos, no como adornos, sino como extensiones orgánicas. No proyectaba chakra. No proyectaba qi. Proyectaba… presencia.
Su rostro era sereno, pero no transmitía paz. Sus ojos estaban abiertos, atentos, carentes de emoción, de juicio o de intención reconocible. No miraban como lo hace una persona. Miraban como observa una ley, como si cada partícula de mi ser estuviera siendo registrada, clasificada, archivada. No sabía si me veía… o si me estaba desmontando concepto por concepto.
Mi respiración se quebró. Las pupilas se me dilataron por reflejo, y tuve que luchar para no retroceder. Había algo profundamente incorrecto en él. Como si el espacio intentara expulsarlo y, al mismo tiempo, se reorganizara obediente a su alrededor, aceptándolo como un axioma. Una contradicción viviente.
El anciano ladeó apenas la cabeza. No fue un gesto amable. Fue la inclinación mínima de una entidad que acaba de notar una anomalía interesante. La curiosidad fría de quien estudia un patrón nuevo en una criatura atrapada bajo el cristal, sin odio, sin crueldad… porque esas cosas requieren humanidad.
Entonces habló, y la palabra no resonó en el aire, sino directamente en el tejido de mi percepción.
//Interesante//
Y supe, con una certeza helada, que un dios estaba precente. Su chakra era inexistente. No había chakra, no había qi, no había nada. Como si fuera una memoria grabada en el tejido del universo. Como si fuera parte del mecanismo que mantiene el tiempo corriendo y la materia pegada. Y entonces, se desvaneció.
Sin transición, sin sello, sin espacio intermedio. Solo desapareció pero el vacío que dejó seguía allí, como una grieta invisible en mi percepción. Me mordí el labio con tanta fuerza que sangré. Kurama seguía en silencio, demasiado silencio. Él no lo notó pero yo sí y eso era lo que más miedo me daba. Sabía quién era.
Hagoromo.
El Sabio de los Seis Caminos. El primero, el arquitecto del chakra en este mundo. Un Otsutsuki disfrazado de hombre. Una criatura que caminó como nosotros, pero que nunca fue uno de nosotros. Criado entre humanos, pero no humano su mente seguía reglas distintas. Su lógica era como un espejo deformado del pensamiento. Ni benevolente ni malvada. Solo… otra cosa. Algo que el cuerpo reconoce como peligroso antes que la mente lo entienda.
Sentí que había hecho algo que llamó su atención. Que algo de lo que estaba a punto de hacer había arañado su interés como una uña en una puerta olvidada y ya no había vuelta atrás. Temblando, cerré los ojos, canalicé el qi en mis manos, y me obligué a continuar. La matriz brilló con fuerza, sus líneas activándose mientras el vacío bajo mis pies parecía inclinarse hacia lo imposible. Rezando que esa mirada no volviera a caer sobre mí.
Temblando por el encuentro previo, cerré los ojos y aspiré hondo. El qi en mi dantian giraba como un vórtice, su poder vibrando contra mis huesos, exigiendo ser liberado. Kurama estaba en silencio. Apreté las manos sobre el núcleo del monolito.
Los surcos a mis pies se encendieron al instante. Un azul pálido y frío recorrió las líneas laberínticas del monolito como un río. El aire se cargó de ozono, de esa electricidad estática que erizaba la piel y hacía castañetear los dientes. Fue como si el mundo mismo se preparara para sostener la respiración.
Sentí el qi abandonar mi cuerpo en un torrente, succionado por los grabados. No era energía normal era qi refinado, domado a la fuerza por mi dantian, convertido en un combustible que el mundo nunca había conocido. El suelo tembló, pequeñas piedras levitaron, vibrando al compás de una resonancia grave y gutural que surgía del vacío mismo.
En un instante, la matriz hizo su búsqueda. Pude sentirla como una red lanzada al océano del espacio-tiempo, hurgando en cada rincón del mundo conocido y más allá. Allí, en la distancia, decenas cientos de marcas encendieron la oscuridad como brasas. Los sellos grabados en sus cuerpos respondieron como faros en la niebla. Las coordenadas llegaron a mí no como números, sino como conocimiento crudo, impresas en mi mente como un mapa grabado a fuego. La matriz analizó, comparó, calculó y se decidió.
Un crujido retumbó como un trueno, pero no vino del cielo, sino de todo el espacio. Fue un sonido imposible, como si el mismo tejido del mundo gritara cuando lo forzaban a doblarse por primera vez. Frente a mí, el aire se agrietó en geometrías imposibles. Líneas de luz negra destellaron, revelando la curvatura forzada del espacio-tiempo, doblándolo como papel. Era como si el mundo hubiera dejado de ser plano y se convirtiera en un embudo. Todo se deformó. Las estrellas temblaron. El suelo mismo se estiró y contrajo, aunque no se rompió porque la matriz lo obligaba a obedecer.
De pronto, los faros se alinearon. En un parpadeo, el espacio colapsó sobre sí mismo y se replegó con la obediencia de un pergamino enrollándose en manos expertas. La distancia entre la Aldea Oculta de la Hoja y este claro dejó de existir y en ese momento, decenas, cientos de figuras se materializaron. No llegaron volando, ni corriendo. Simplemente estaban. Ni siquiera hubo un destello final o una explosión de luz. Fue como si el mundo recordara, de golpe, que ellos debían estar allí.
Los Hyūga aparecieron, muchos tambaleantes, otros con kunai desenfundados por puro instinto, algunos niños asustados aferrados a sus madres. Todos marcados, todos esclavos liberados de su prisión, aunque no lo supieran aún. El sello en sus manos ardía brevemente, iluminándose como brasas antes de apagarse con un chisporroteo y un silbido sordo. La matriz reconoció el éxito y dejó de brillar, las líneas en el suelo apagándose una a una, devolviendo el lugar a la penumbra, mientras el aire recuperaba su forma habitual como un lago al calmarse tras una tormenta.
Me desplomé de rodillas, el sudor cayendo a chorros. Jadeé como un animal herido. Todo mi qi se había ido. La sensación era la de haber vaciado el alma. Las líneas de la matriz se apagaban a mi alrededor como brasas moribundas.
Hubo silencio pero no duró mucho.
“¡IMBÉCIL!”. Rugió Kurama en mi mente con un eco que me retumbó en los huesos, su voz hizo vibrar mis pensamientos.
/Lo logré…/. Pensé con la garganta seca, apenas pudiendo formular la idea.
“¡LOGRASTE QUÉ, EXACTAMENTE!”. Bramó, su tono cargado de ira y miedo a partes iguales
” ¡Creaste la forma más absurda, eficiente y peligrosa de moverse que este miserable planeta haya visto! ¡UNA maldita curvatura espacial sin coste creciente!”.
Me obligué a tragar saliva.
—Usa… misma… energía… no importa distancia… o cantidad… —. Musité en voz baja, apenas un murmullo ronco.
Kurama bufó, un sonido gutural.
“¡Exacto, maldito genio suicida! ¡Eso es lo que me da pavor! ¿Entiendes lo que hiciste? ¡El Hiraishin al menos tiene costes proporcionales! ¡Te cansas al usarlo dependiendo de la distancia, masa y cantidad! ¡PERO ESTO… ESTO NO!”
Me estremecí. Temari gritaba órdenes cerca, pero su voz se sentía lejana, amortiguada por el zumbido en mis oídos. Kurama siguió con un tono más bajo, más peligroso.
“Si esto se sabe, Naruto… todos se aliarán para tomarlo. Los Kages… incluso los Daimyō , todos. ¡Por miedo a que lo usemos!”
Un escalofrío me recorrió la columna.
/Es… no es solo para rescatar a los Hyūga/. Protesté mentalmente, con la voz interior temblando mientras me obligaba a inhalar el aire frío y húmedo del claro.
/Era la prueba. Es… nuestra maldita carta oculta, cuando la perfeccione el costo se reducira a algo manejable/.
Kurama gruñó, un rugido grave que sacudió mis huesos desde adentro.
“¿Carta oculta? “. Escupió con rabia helada.
“¡Naruto, creaste una forma de migración interestelar! ¡Una puerta para que ejércitos se desplacen sin coste! ¡Ni siquiera mi padre soñó con algo tan eficiente!”
Me mordí el labio hasta sangrar de nuevo.
/¡Es por si pierdo, Kurama!/. Pensé, y el pensamiento salió casi histérico, desesperado, más un grito ahogado que una idea coherente.
Sentí su confusión atravesarme, brusca, casi torpe.
“¿Qué…?” Pregunto el gran zorro confundido por mis palabras.
No lo contuve más. Dejé que el miedo saliera, crudo, sin orgullo ni disfraces.
/¡Si no puedo detener a los devoradores! ¡Si fallamos! ¡Al menos podré sacar a una parte de la humanidad de aquí! ¡A otro mundo! ¡A cualquier maldito lugar que no esté condenado!/.
Kurama guardó silencio. Un silencio pesado, inusual en él. Solo su respiración profunda resonó en mi cabeza, lenta, como si midiera algo que no quería aceptar.
“… Idiota… “. Su tono grave y amargo.
“Pero esto… Naruto… si alguien más comprende lo que hiciste… te cazarán. ¡Te diseccionarán para robarte el secreto! ¡Todos los kages, todos los señores feudales, los dioses, los demonios! ¡El miedo los uniría contra ti!”. Kurama continuó, más bajo
Me estremecí y no solo del frío.
/Lo sé, por eso… nadie más aprenderá a encenderla. Solo yo puedo. Solo yo… usaré el qi y nadie sabrá el verdadero alcance de esta cosa/. Susurré.
Kurama gruñó de nuevo, menos furioso, más cansado.
“¿Y si mueres, cabeza hueca? ¿Qué pasa con tu gran plan?”.
Me obligué a sonreír con ironía amarga.
/Entonces… nadie en este mundo podría detenerlos, si yo muero toda la humanidad nunca tendría una oportunidad/. Exhalé cansado.
Kurama guardó un silencio terrible. Un silencio que parecía durar siglos.
“Maldito mocoso… No eres Uzumaki, eres un demonio”. Dijo al fin.
Sentí su chakra denso y caliente arremolinarse alrededor de mi núcleo vacío, su forma de rodearme con un brazo invisible. Solo para asegurar que recargara mi qi. A mi alrededor Temari gritaba órdenes. Karin corría hacia mí con el pergamino de contratos en sus manos. Kakashi me miraba con un ojo cínico pero preocupado, leyendo demasiado en mi expresión. Yo solo cerré los ojos.
/Al menos… funcionó/.
Pero en el fondo de mi mente, Kurama murmuraba aún, con un filo de miedo que jamás le había escuchado.
“Demasiado bien, Naruto… funcionó demasiado bien”.
Me ayudaron a ponerme de pie mientras me limpiaba el sudor de la frente. Mi qi estaba casi agotado, las manos temblorosas, pero no podía darme el lujo de sentarme. Karin se me acercó con paso rápido y el rollo de contratos bien sujeto contra su pecho.
—Naruto, están todos reunidos —. Dijo, con la voz tensa.
—Necesito que confirmes el orden. ¿Dividimos primero a los atados o firmamos todos juntos?—.
Respiré hondo, controlando el mareo.
—Primero los libres, que firmen. Asegúrate que usen sus Byakugan para que no se quejen de que podría haber algo raro. Los otros… que los aparten, para después—.
Karin asintió.
—Entendido, solo yo manejo los contratos. Nada toca los contratos ademas del que los firma—.
Temari estaba un poco más allá, voz firme y fuerte como siempre.
—¡Fūma, muévanlos en filas de cinco! ¡Nada de empujones! ¡Abran paso, Sakura ayuda a los médicos de Wave y los del clan Fūma! ¡Revisen si hay algún herido ya!—.
La médico obedecía, revisando niños, curando rasguños. Sakura me lanzó una mirada reprobatoria, pero siguió trabajando. Sasame se desplazaba entre las filas con un pergamino abierto.
—Nombre, edad, habilidades… —. Murmuraba mientras tomaba nota.
—Vamos, rápido, no tenemos toda la noche—.
—¡Señora, este no quiere dar su nombre! —. Gritó un Fūma.
Sasame levantó la vista.
—Entonces llévalo con los atados y sigue—.
Me quise reír pero apenas pude mover los labios. Me giré hacia Fu, que estaba un poco apartada, los brazos cruzados y la mirada vigilante, con un ceño fruncido que la hacia ver adorable antes que amenazante.
—¿Ves algo? —. Pregunté con voz ronca.
—Solo a un montón de idiotas asustados—. Masculló
No me gustaba verlos involucrados. Fu era fuerte, Temari también, Karin estaba sobrecargada con los contratos. Sasame hacía el registro, Sakura curaba y Kakashi… bueno. Kakashi simplemente estaba allí, un paso más atrás, con los brazos cruzados, su ojo único siguiendo cada movimiento como un halcón.
—¿No vas a decir nada? —. Le solté con ironía.
El jōnin se encogió de hombros.
—Estoy pensando en la cara de Tsunade-sama si viera esto—.
Rodé los ojos y casi me desplomo de nuevo, pero Karin me sostuvo.
—Naruto, quédate quieto. Si te desmayas ahora voy a matarte—. Gruñó
Temari levantó la voz otra vez, la mano en su abanico.
—¡Los niños primero! ¡No se amontonen! ¡Karin, ¿cuántos contratos más?—.
—80 firmados. Sesenta por revisar, los tercos van después—.
Fu giró un poco la cabeza, mirando a Temari con fastidio.
—Podrías gritar menos. A Naruto le duele la cabeza—.
—Cállate y vigila—.Respondió Temari sin mirarla.
Vi el intercambio con cansancio, pero no dije nada. Ellas eran fuertes, más de lo que me gustaría admitir, y Kakashi podía encargarse de un ejército si se aburría. Pero todos estaban allí por mí. Eso me dolía un poco, aún eran jóvenes. Les había arrastrado a esta locura, tragué saliva y observe, dándoles un poco de autoridad.
Observé cómo se movían, Karin revisando cada pergamino con los Hyūga que usaban el Byakugan para comprobar cláusulas ocultas. Temari gritando pero logrando que todos se movieran como un escuadrón bien entrenado. Sasame tomando nota de cada nombre. Sakura limpiando sangre de rodillas. Fu cruzada de brazos, los ojos como dagas. Kakashi, inexpresivo pero atento.
Me dolía admitirlo, pero eran las personas más cercanas que tenía. Y también las únicas que confiaba para algo así.
/Si esto sale mal, no solo es mi cuello el que rodara/. Pensé mientras me relajaba.
/Pero… ya estamos demasiado metidos para echarse atrás/.
Y cuando terminaron de leer los contratos, revisándolos con su Byakugan buscando cláusulas ocultas y sin encontrar nada, comenzaron a firmarlos uno a uno. Karin llevaba el conteo con un pergamino abierto, su voz seca marcaba el ritmo.
—¡Siguiente! Firma aquí. No, más claro. ¡Eso es! Avancen—. Chasqueaba la lengua cuando alguien dudaba.
—¡No tenemos toda la noche!—.
A un lado, los Fūma guiaban a un gran grupo de ganado hasta la zona acordada, vacas, cerdos, uno por cada Hyūga con sello. Uno de ellos, joven pero serio, levantó la voz.
—¡Abran paso con cuidado! ¡Mantengan la línea! ¡No empujen a los animales! —.
Temari se giró para imponer orden con su tono filoso:
—¡Silencio! ¡Mantengan la calma! ¡Esto es parte del trato! ¡Quien se mueva sin permiso será reducido!—.
Mis clones de madera avanzaron en fila, sus pasos pesados en la tierra húmeda. Una docena se desplegó alrededor de los Hyūga marcados. Hubo un murmullo nervioso.
—¿Q-qué están haciendo? —. Preguntó un hombre mayor, voz quebrada.
—Transfiriendo el sello —. Expliqué.
—El sello sera puesto en los animales, ustedes saldrán de aquí libres—.
Vi a una mujer cubrirse la boca, conteniendo un sollozo. Otro hombre murmuró un agradecimiento casi inaudible. Karin se giró con el pergamino en alto.
—¡Siguiente! ¡No se queden ahí como estatuas! ¡Firmen y avancen!—.
Los animales mugieron y chillaron cuando mis clones colocaron sus manos sobre ellos. Los sellos brillaron en sus frentes antes de extinguirse. Temari me lanzó una mirada dura.
—Estás pálido como un cadáver—.
—Estoy bien—. Mentí, respirando hondo Incluso con mis enormes reservas de chakra y Kurama rellenándolas constantemente, era agotador transferir tantos sellos y crear clones constantemente después del espectáculo con Hagoromo y la matriz.
En menos de treinta minutos, todos los Hyūga adultos marcados habían quedado libres. Sakura caminaba entre los niños, arrodillándose para revisarlos.
—Tranquilos. No dolerá nada. Mira, solo un rasguño, eres muy valiente—. Murmuraba mientras les aplicaba una pomada.
Una niña de ojos perlados la abrazó de golpe.
—Gracias… —.
Sakura tragó saliva, sonrojada y avergonzada.
—Sí… de nada. Vamos, al siguiente—.
Al final, un silencio incómodo se apoderó del claro. Los Hyūga se miraban las frentes, frotándose la piel, algunos con lágrimas contenidas. Nadie celebraba en voz alta. Karin se pasó la mano por el flequillo, exhausta.
—Contrato por contrato… Maldita burocracia—.
Yo solo cerré los ojos y exhalé despacio.
—Al menos… funcionó—.
Pero cuando abrí los ojos, los vi. Neji de pie, con el ceño fruncido, y a su lado Hinata, temblorosa, sujetando a Hanabi, que se aferraba a ella como un koala. Mi ceja tembló.
—… ¿De verdad…? —. Suspiré.
Temari me lanzó una mirada seca.
—Felicidades. Ahora tienes dos princesitas más en tu lista de problemas diplomáticos—.
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Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.
Por fin los Hyuga están en el rebaño. Y trajeron a las herederas del clan. Cuando en Konoha se enteren de dónde están el resto de los Hyuga, va a haber problemas.
Espero haber explicado bien cómo funciona la matriz… después de todo, la teletransportación me da miedo XD.
Si investigas cómo funciona realmente, vas a entender por qué ese tipo de viaje es un rotundo “no” para mí.
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
— Biju hablando —
/Biju pensando/
“Dioses hablando”
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Me senté en la cabecera improvisada de aquella larga mesa de madera, resistiendo el impulso de bostezar en sus caras. Lo llamaban “consejo”, pero se parecía más a un corral lleno de gallos peleando por ver quién cantaba más fuerte. Ancianos del Clan Fūma con el ceño fruncido de falsa dignidad, comerciantes ricos de Wave que se inclinaban demasiado al hablarme con sonrisas engrasadas, y los líderes del pueblo intentando parecer serios con sus ropas nuevas. Como si el brillo del kimono los hiciera más capaces.
Dos ancianos Hyūga se encontraban entre ellos, sentados con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas. Observaban cada intercambio con esa frialdad aristocrática tan propia del clan, midiendo palabras, gestos y silencios con cuidado excesivo. Todavía no parecían haber procesado del todo que habían sido rescatados de su esclavitud en mitad de la noche… como ganado que alguien decidió reclamar.
A mi derecha, Karin se veía como un halcón a punto de arrancarle los ojos a alguien mientras tomaba notas. A mi izquierda, Neji estaba callado y firme, la cara de póker más profesional de todo el país del Fuego. Sasame estaba tras de mí con un pergamino abierto, anotando cada idea sin levantar la vista. Temari… Temari solo se reía para sus adentros mientras los miraba discutir, cruzada de brazos con su abanico colgando como un recordatorio de quien tiene la fuerza aquí.
Hinata estaba cerca, demasiado cerca para lo que cualquiera consideraría prudente. Al parecer había decidido de forma unilateral que su lugar era algo parecido a mi sombra, moviéndose a mi alrededor con una naturalidad silenciosa que resultaba difícil de ignorar. Me servía té antes de que lo pidiera, llamaba a quien necesitara para hablar y permanecía atenta a cada palabra que decía, con una concentración tan absoluta que, por momentos, me ponía los pelos de punta.
Sin su padre ni la presión constante de la rama principal pesando sobre sus hombros y exigiéndole que se inmiscuyera en la despiadada política del clan, algo en ella había cambiado.
Parecía como si gran parte de su timidez se hubiera evaporado ahora que no vivía bajo el estrés permanente de temer que cada gesto o palabra ofendiera las rígidas tradiciones Hyūga. Su postura era más relajada y, al mismo tiempo, comenzaba a mostrar una compostura más noble, reflejo de la educación que recibió como antigua heredera.
Aunque seguía siendo amable y tímida cuando hablaba directamente conmigo, esa timidez ya no la dominaba. Había en ella una firmeza nueva, una seguridad silenciosa que no necesitaba imponerse para hacerse notar.
Tampoco parecía importarle lo evidente que resultaba su cercanía conmigo. No había vergüenza ni torpeza excesiva como antaño, solo una atracción tranquila y asumida, casi natural, como si ya no sintiera la necesidad de ocultar lo que pensaba o lo que sentía. Esa honestidad silenciosa, hacía la situación aún más difícil de ignorar.
Mientras tanto, el “consejo” se lucía con palabras envueltas en terciopelo.
—Uzumaki-dono, con todo respeto, es evidente que usted posee el carisma y la fuerza para liderar —. Dijo uno de los comerciantes, inclinándose demasiado al pronunciar el dono, como si esperara que el gesto valiera más que el contenido.
—Pero necesitamos crear un sistema estable a su alrededor. No puede cargar con todo solo—.
—Debe delegar autoridad —. Añadió un anciano del Clan Fūma, con un tono paternal que me provocó una urticaria inmediata.
—Un líder sabio no gobierna en soledad—.
—Por eso proponemos un gabinete asesor —. Intervino otro.
—Personas confiables que puedan decidir en su nombre cuando sea necesario—.
—Imagínese el peso que le quitaríamos de los hombros —. Agregó un cuarto, frotándose las manos con demasiado entusiasmo.
—Los Hyūga podrían encargarse de la administración interna, los Fūma de la seguridad y los comerciantes de la tesorería. Un equilibrio perfecto—.
A mi derecha, Karin murmuró sin dejar de escribir.
—Equilibrio mi trasero—.
Neji no dijo una palabra, pero su mirada era tan afilada como la de un halcón midiendo presas. Temari se recargó contra la pared, cruzándose de brazos, y dejó escapar una risita seca que no intentó disimular.
—Qué considerados —. Intervine al fin, con la voz plana.
—Tan dispuestos a sacrificarse y tomar el control de todo, solo para que yo “no me canse”—.
El silencio que siguió fue incómodo, espeso, casi palpable. Un anciano Hyūga carraspeó antes de enderezarse con rigidez ceremonial.
—No buscamos quitarle autoridad, Uzumaki-dono. Solo… ayudarlo a ejercerla correctamente. Es una carga demasiado grande para alguien tan joven—.
—Joven y poderoso —. Corrigió otro, sonriendo como un gato que ya se imagina dueño de la casa.
Sasame no levantó la vista del pergamino mientras escribía con total calma.
—Traducción: “Demasiado joven para que le importe que le roben medio reino, siempre que sonrían lo suficiente”—.
Hinata me sirvió otra taza de té. Yo solo la acepté con un asentimiento breve, sin apartar la vista del consejo.
—Aprecio tanto entusiasmo —. Dije con ironía.
—Pero si de verdad quieren ayudar, podemos hablar de reubicar a los refugiados, asegurar suministros, repartir tierras, preparar cultivos—.
Un murmullo se extendió entre ellos. Uno de los comerciantes parpadeó.
—Eso… son asuntos importantes, claro. Pero de administración diaria. Usted debería enfocarse en los temas mayores. Política exterior, defensa—.
—Matar bichos grandes—. Murmuró Temari en tono seco.
Me recosté en el asiento. Hinata me alcanzó los documentos que Karin tenia para mi.
—Política—. Dije al fin, dejando la palabra colgar como un mal olor.
Todos asintieron solemnemente.
—Una mierda —. Terminé.
Temari soltó una carcajada. Karin se tapó la cara, conteniendo maldiciendo mi falta de tacto. Neji simplemente cerró los ojos. Sasame anotó la frase sin corregir nada. El consejo se removió, incómodo, sin saber si reír, protestar o aplaudir. Yo solo bebí té, aburrido. Viéndolos como lo que eran, un puñado de buitres intentando ponerme una corona solo para pelear por el oro de debajo del trono. Y, por desgracia, eran el único gobierno que teníamos.
Saqué con lentitud el grueso fajo de contratos y lo dejé caer sobre la mesa con un golpe sordo. El sonido se propagó como un latigazo, silenciando a todos. Los pergaminos estaban sellados, con mi marca personal y la de Karin.
—Bien—. Dije con voz tranquila, dejando que el silencio trabajara por mí.
—Todos los conocen ya—.
Los ancianos Fūma fruncieron el ceño. Los comerciantes se removieron en sus asientos. Incluso los Hyūga se tensaron. A mi derecha, Karin se acomodó los lentes y empezó a alinear los contratos, mirando a todos como si evaluara cuántos problemas se ahorraria al envenenarlos a todos.
—Para los Hyūga, se los explico, estos…—. Dije señalando los papeles.
—No son solo “promesas” de lealtad. Son contratos absolutos. Cuando los firmas, tu te vinculas con el contenido. Tu alma misma te obliga a cumplirlos—.
Uno de los ancianos Hyūga carraspeó, incómodo.
—…Restringen el libre albedrío—.
—Restringen el crimen —. Corrigió Karin con sequedad.
—No hay robos, no hay asesinatos, no hay extorsión. Porque físicamente no puedes—.
Hubo un murmullo bajo. Los Hyūga lo asimilaron con esos rostros fríos, pero sus ojos estaban afilados.
Temari bufó desde la pared.
—Y eso los tiene nerviosos—.
—Los contratos también obligan al gobernante —. Añadí con calma, girando el rostro para mirar a cada uno.
—Si yo ordenara algo contra la ley o el bienestar del país… los contratos me quemarían igual. No hay trampa unilateral—.
Un comerciante viejo levantó una mano, la voz aceitosa pero cuidadosa.
—Uzumaki-dono, nadie duda de su… fuerza. Pero administrar un país es caro. No podemos asumir obligaciones tan grandes sin una retribución apropiada—.
Asentí entendiendo, después de todo no era un comunista.
—No voy a fingir que no van a enriquecerse administrando. Gestionar tierras, cobrar rentas, vender cosechas, organizar comercio. Es trabajo, y se paga apropiadamente—. Golpeé el contrato con un dedo.
—Pero se hace bajo términos claros, sin corrupción. Sin explotación desmedida, sin conspirar para quedarse con todo—.
Se hizo un silencio más pesado. Los Hyūga, reunidos en su extremo, se pasaban el pergamino. Leían lentamente, midiendo cada cláusula. Finalmente, uno de los ancianos se aclaró la garganta y habló con voz medida.
— Uzumaki-dono, nuestro clan desea… cercanía a usted. No todos los nuestros están listos para una vida libre. Muchos de los mayores, incluso jóvenes, han vivido toda su vida como sirvientes. No saben otra cosa mas allá de limpiar, cuidar, obedecer… es todo lo que han conocido. Si les das libertad sin dirección, solo tendrán miedo—.
Lo miré, en silencio.
—No lo pedimos por que queramos volver a tener amos —. Añadió, anticipándose a mi queja.
—Pedimos que aquellos que no pueden vivir de otra forma, sirvan directamente bajo ti. Con estabilidad, sin abusos y con propósito—.
Me costó no fruncir el ceño. No me gustaba, no quería convertir a nadie en siervo era demasiada molestia. Pero entendía la lógica. La libertad también podía ser una condena cuando no te habían enseñado a vivirla. Miré a Neji y el bajó la mirada, con un gesto duro asintió. El entendía mejor que nadie lo que significaba no tener un rumbo o errar en cual rumbo tomar.
—Está bien —. Dije con voz firme y un suspiro molesto.
—Todo aquel que quiera servir directamente a mi casa firmará un contrato distinto, más estricto. Con deberes específicos, no serán esclavos, pero sí trabajadores personales. Sin violencia, sin castigos humillantes. Y sus hijos podrán elegir cuando crezcan si quieren otra vida—.
Karin asintió mientras marcaba una línea en los documentos.
—Se registrará por separado, su posición quedará clara. No tendrán poder político, pero sí estabilidad y manutención garantizadas.
Neji murmuró, casi en voz baja, con el ceño fruncido y la voz apenas temblando.
—Si ellos eligen servir… que sea su decisión. Vinimos hasta aquí para poder ser libres. Las decisiones que tomen son suyas ahora. Y sus hijos… serán libres de elegir qué hacer en un futuro. Ese es el peso y la responsabilidad de poder decidir nuestro propio destino—.
Lo miré. Mis dedos tamborileaban sobre la mesa, pero asentí.
—Es lo mínimo que puedo prometerles—.
Karin resopló, pero sonrió mientras trazaba algo en su pergamino.
—Y bien pensado, evita futuros problemas. No los encierra en un sistema que no entienden. Deja espacio para que cambien con el tiempo—.
El silencio que siguió fue incomodo. Hasta que uno de los comerciantes un hombre bajo y corpulento, con manos callosas por el trabajo pero con anillos caros en los dedos levantó la mano despacio. Su voz tenía ese tono aceitoso de quien sabe medir las palabras con cuidado.
—Uzumaki-dono volviendo al tema. Si vamos a invertir en granjas, puertos, escuelas… queremos asegurarnos de que nuestras familias puedan heredar esos proyectos. Queremos continuidad—.
Lo observé sin parpadear. No era una petición ilógica. Sabían que estaban cediendo mucho poder a mis reglas.
—Se puede —. Respondí al fin, con la voz más neutral que pude.
Vi el brillo de alivio en sus ojos, pero levanté la mano antes de que celebrara.
—Pero si uno de sus herederos no firma los contratos, o rompe la ley, pierde todo. Sin excepciones. Nada de herencias corruptas. El legado es suyo, pero no está por encima de la ley y ustedes como personas en el poder deben demostrar su integridad al pueblo. Grandes recompensas traen grandes castigos—.
El comerciante tragó saliva. Asintió con rigidez. Sabía que era un trato duro, pero justo. Mejor que la costumbre de los daimyō de expropiar a la mínima sospecha o del feudalismo brutal que había arruinado otras tierras
Pense en la maldita logistica.
/Sí. Tendrán sus negocios, serán privados. Yo invertiré dinero público en infraestructuras, hospitales, defensa. No voy a imponer un modelo comunista. Podría, con estos contratos podría hacer un comunismo real, inquebrantable. Pero mataría el crecimiento. La competencia sana. Todo mi plan es evitar la corrupción, no ahogar la iniciativa privada/.
Temari me miró con esa sonrisa felina divertida, cruzándose de brazos con descaro.
—Están atrapados, y lo saben. Pero no pueden decir que no es el trato más limpio que han tenido en sus vidas—.
—No soy idiota —. Gruñí, clavándoles la mirada a todos.
—No quiero hacerlo todo yo. No puedo hacerlo todo yo pero esto no será un feudo corrupto donde el más fuerte exprime al débil hasta matarlo. Si quieren puestos de poder, se ataran con sangre a la ley. Sin excepciones—.
Hinata, a mi lado, se inclinó para servirme té. Su voz fue suave, clara, sincera.
—Están asustados… pero también aliviados. Creen en ti más que en ellos mismos—.
Un anciano Fūma masculló con voz ronca.
—Tu sistema es duro. Pero… justo. Más justo de lo que jamás nos ofrecieron—.
Pasé la vista por la mesa. Mi expresión estaba cansada. No quería ser un tirano. Pero tampoco un tonto.
—Pueden irse ahora mismo, decidan si aceptaran los cargos de poder y firmaran los contratos—. Dije, con la voz más calma y seria que pude reunir.
—Pagar sus impuestos. Vivir como comerciantes libres. Nadie los forzará a firmar nada más que el contrato básico, no crimen, no conspiración. Eso es todo—.
Los murmullos crecieron. Miradas ansiosas, cálculos silenciosos. Los Hyūga ya lo sabían, no tenían mejor opción. Para muchos de ellos, esto era la primera vez que tenían siquiera una opción.
—Pero —. Continué más bajo, arrastrando las palabras para que cada sílaba calara.
—Si quieren gobernar conmigo. Si quieren ser parte del país que voy a construir. Si quieren poder de verdad… firman aquí. Cumplen todo—.
Finalmente, uno de los comerciantes más viejos, el más adinerado, levantó su pergamino con dedos temblorosos. Su voz fue apenas un susurro ronco.
—¿Dónde firmo?—.
Yo solo me recosté en el respaldo. Cerré los ojos y deje salir un suspiro largo mientras como un torrente firmaban y aceptaban sus cargos de poder.
—Política. Asquerosa, pero necesaria—. Murmure
Y, mientras oía las plumas raspar el papel con las primeras firmas, pensé en lo mucho que aún me faltaba por hacer. Me levanté despacio y salí de la sala, dejando atrás la sede para que empezaran a organizar mejor las cosas. Al fin y al cabo, la mayoría de los presentes tenían más experiencia administrativa que yo. Gracias a los contratos podía delegar gran parte de la gestión sin miedo a corrupción. Aun así, mantendría un ojo sobre ellos. La vigilancia nunca acababa.
Avancé por las calles iluminadas por faroles de aceite hasta llegar al puerto. El olor a sal y madera húmeda me despejó un poco la mente. Allí estaban los Kamizuru, reunidos con sus equipajes modestos, listos para partir. Suzumebachi conversaba en voz baja con dos de sus parientes más viejos, su expresión seria pero decidida. Se volvieron hacia mí en cuanto llegué. Hubo un momento de silencio respetuoso.
Todos ellos ya habían firmado su contrato de silencio. Además, ellos llevaban consigo una copia incompleta del libro del Tsuchikage. Su misión era sencilla, regresar a Iwa con esa versión mutilada del libro, medir la reacción del viejo Tsuchikage hacia su clan. Si el trato seguía siendo el mismo de siempre, frío, marginal, lleno de desdén usarían el mismo tipo de faro que empleé con los Hyūga para marcar a su gente, y luego enviarían un mensajero para que yo los trajera a Wave.
Por contrato, no podían revelar nada sobre, mis planes o el libro. Sus mentes estaban tranquilas, pero sus cuerpos algo tensos, había ansiedad en el aire. Querían volver rápido, quería ver si Suzumebachi realmente cumplía con su promesa de convencer a todo su clan.
Cruzamos miradas. Ella inclinó la cabeza, solemne. Sin una palabra más, subieron al barco, revisaron la carga y soltaron amarras. Yo observé mientras el velamen se desplegaba y el casco se deslizaba sobre las aguas tranquilas.
/Shinobi o no, todos son humanos. Décadas de ser tratados como basura de segunda clase, habria dejado resentimiento. Iwa despreciaba su linaje, siempre temerosos de sus insectos, siempre relegándolos. Y yo… simplemente ofrecía algo mejor. Una oportunidad. Un trato justo, a cambio de lealtad/.
Además, no era caridad, era una inversión. Quería su invocación de abejas, no como arma aunque no despreciaba su valor en combate, sino como recurso. Abejas inteligentes, entrenadas, mucho mejores que las salvajes para la polinización. Con mi Mokuton podía cultivar flores gigantes, diseñadas para producir polen abundante y de calidad. Y el qi ambiental, nutrido por Nordrassil, volvía el suelo más fértil y las plantas más sanas.
La miel, era un recurso tan viejo como valioso. Entre más pura, más nobles querrían pagar por ella. Y no cualquier miel, miel rica en qi, con propiedades únicas. Una exportación premium.
Mientras el barco desaparecía lentamente en la bruma del puerto, exhalé despacio, cruzándome de brazos.
/Política, economía, contratos. Nada épico en ello. Pero es como se construye un país. Ladrillo por ladrillo. Flor por flor. Abeja por abeja./
/A veces, conquistar no es con la espada. Se atraen mas moscas con miel que con vinagre/.
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Me senté en mi centro de mando. Bueno, “centro de mando” era un decir, porque había tenido que ampliarlo más de una vez. Desde que el consejo empezaba a tomar forma y los comerciantes se multiplicaban como hongos después de la lluvia, necesitábamos algo más digno que mi vieja sala improvisada.
Así que, sin mucha ceremonia, hice crecer una casa elegante con Mokuton, sólida, elegante y lo bastante imponente como para recordarles dónde estaban. Acomodado en el asiento principal, solté un suspiro lento antes de alzar la vista hacia los invitados no deseados.
Frente a mí estaban Anko y el equipo diez. Ino parecía incómoda, lanzando miradas nerviosas a los guardias Fūma que custodiaban la entrada, con esa tensión rígida de quien aún no termina de aceptar la realidad. Por su expresión, podía adivinar el pensamiento, el niño huérfano, ruidoso y despreciado de la academia ahora ocupaba algo parecido al lugar de un daimyo, rodeado de soldados, asesores y autoridad. No dijo nada, pero el choque era evidente, como si su mundo se hubiera reordenado sin pedirle permiso.
Chōji, en cambio, estaba mucho más tranquilo, masticando algo con total naturalidad mientras observaba el lugar con curiosidad genuina y sin rastro de miedo. Para él, el entorno era raro, pero no amenazante, y eso se notaba en la forma relajada en que se movía.
Shikamaru era otra historia. Estudiaba la habitación con los ojos entrecerrados, y esa expresión de pereza crónica brillaba por su ausencia. Detrás de esos párpados pesados podía ver los engranajes girando, evaluando jerarquías y posibles escenarios con una precisión inquietante.
Anko, por su parte, permanecía de pie, apoyada de forma descuidada, con una sonrisa depredadora que no intentaba disimular. Parecía divertirse con la situación, como si todo aquello fuera una cacería interesante en lugar de una reunión política.
A su lado, Isaribi se mantenía algo nerviosa, pero sorprendentemente más relajada de lo que esperaba, considerándolo todo. No se apartaba de Anko, casi como si su cercanía le diera estabilidad.
/Demonios, me había olvidado de su trama/. Pero, por la forma en que Isaribi se mantenía pegada a ella, resultaba evidente que Anko había resuelto ese asunto sin necesidad de mi intervención, y sin seguir el camino del canon. No sabía exactamente cómo lo había hecho, pero el resultado parecia bueno. Un problema menos en una lista que no dejaba de crecer.
Anko silbó despacio al recorrer con la mirada el interior pulcro y sorprendentemente bien decorado del lugar, evaluando cada detalle. La madera viva del Mokuton, las líneas sobrias y la distribución pensada para reuniones largas no pasaban desapercibidas para alguien que se dedicaba a recabar información. Al final, ladeó la cabeza con una sonrisa ladeada, más divertida que impresionada.
—Vaya. Supongo que todas esas ofertas diplomáticas ya no sirven de mucho —. Dijo, encogiéndose de hombros con un aire casi coqueto, como si hablara del clima y no de tensiones entre países.
—Pero bueno, mi misión era entregar el mensaje—.
Me tendió un pergamino lacrado con el sello inconfundible de Konoha. Lo tomé sin prisa, sintiendo cómo el ambiente se tensaba de inmediato; las respiraciones contenidas del equipo diez eran casi audibles. Rompí el sello con un gesto despreocupado y leí con calma, dejando que cada línea se asentara. Era una oferta, o más bien un recordatorio disfrazado de que aún había tiempo para dialogar, aún podían ofrecer concesiones si aceptaba “reintegrarme” al sistema.
Contuve una carcajada antes de que escapara, cerrando el pergamino con cuidado. Alcé la vista y dejé que mi mirada recorriera a Ino, Chōji y Shikamaru uno por uno, midiendo sus reacciones. No había enojo en mí, solo una fría claridad que hacía tiempo había dejado atrás cualquier ilusión infantil.
—Supongo que la misión de ustedes tres era apelar a alguna nostalgia —. Dije en voz baja, con un tono aburrido que no intenté disimular.
—Pero seamos honestos… no somos amigos—.
Chōji abrió la boca para protestar, el gesto impulsivo ya asomando en su rostro, pero Shikamaru alzó un dedo sin siquiera mirarlo, deteniéndolo con una autoridad tranquila que solo usaba cuando estaba completamente seguro de algo. Sus ojos perezosos no tenían burla ni dureza, solo una lucidez incómoda.
—Chōji… literalmente compartimos una bolsa de papas dos veces y nos escapamos de clases juntos tres, más allá de la misión de recuperación de Sasuke —. Dijo con su tono lánguido de siempre.
—En todos nuestros años en la academia esa mínima interacción no nos hace realmente cercanos—.
No pude evitar asentir con lentitud, sintiendo una extraña mezcla de alivio y amarga validación. No era crueldad; era simple honestidad, algo que rara vez me habían concedido en Konoha. Que alguien lo dijera en voz alta tenía más peso del que debería.
—Exacto. En el mejor de los casos, somos conocidos —. Añadí con calma.
—Yo en ese entonces era el chico problema, un fracaso, un paria al que ustedes ignoraban. Y no los culpo, pues Konoha entera estaba bastante cómoda fingiendo que yo no existía—.
Ino apretó los labios y bajó la mirada, incómoda, atrapada entre la culpa y los recuerdos de una indiferencia que en su momento había parecido normal. Chōji se removió en su sitio, claramente fuera de su zona de confort, mientras Shikamaru soltaba un suspiro largo, hundiendo las manos en los bolsillos.
Mientras tanto, Anko me estudiaba con esos ojos brillantes, ladeando la cabeza con la misma una curiosidad felina. Pero había algo distinto en su sonrisa, una tensión nueva que me raspaba los nervios.
Desde el incidente con su sello sabía que, tarde o temprano, ese error volvería para morderme el trasero, pero no esperaba que lo hiciera tan pronto. Aquella mirada no era simple interés ni burla. Era… algo más. Y eso no me gustaba en absoluto.
Cuando tomé el alma del sello maldito para estabilizarlo, dejé un fragmento de la mía como ancla, convencido de que bastaría para evitar el colapso y salvarle la vida. Pensé que el impacto sería lento, casi imperceptible, algo que podría corregir con tiempo. Subestimé enormemente la velocidad con la que el sello activo deformaba la lealtad, cómo ese vínculo artificial se alimentaba de mi propia esencia para reescribir prioridades dentro de ella.
Me volví hacia Anko, incómodo, forzando la voz a mantenerse neutral.
—¿Algo más que quieras decir?—.
Anko se encogió de hombros y sonrió, pero no era su mueca burlona habitual. Aquello era distinto. Demasiado suave, demasiado… dócil para alguien como ella. Cuando habló, su voz fue un ronroneo bajo que me erizó la piel.
—Lo que decidas, yo lo haré. Entregué el mensaje. Lo demás… es asunto tuyo, Naruto-sama—.
El silencio cayó como un bloque de plomo. Yo me quedé rígido, y no fui el único. El equipo diez la miró con los ojos abiertos de par en par; Ino parpadeó, completamente descolocada; Chōji dejó de masticar a mitad de movimiento. Shikamaru frunció el ceño con una lentitud ya calculando y diseccionando ese honorífico. Ese “sama” no había sido irónico. Sonó sincero, sonó… devocional.
El estómago se me hundió.
/El maldito sello… avanzó mucho más rápido de lo que pensé/. No me gustó en absoluto. Creí que tendría tiempo, margen para encontrar una solución. Otra vez, me equivoqué.
Anko, con una calma aterradora, se quitó la diadema de Konoha. La sostuvo un segundo, observando el metal con un desprecio apenas velado, como si mirara un objeto ajeno. Luego la lanzó hacia Shikamaru con un movimiento seco.
—Mocoso Nara. Estás a cargo. Diles a Konoha que renuncio—.
Shikamaru atrapó la placa casi por reflejo. La sostuvo un instante, la observó como si pesara más de lo que debería y luego levantó la vista hacia Anko. Su ceja se contrajo, los ojos se le cerraron un segundo y soltó un suspiro largo, cargado de un cansancio que no correspondía a su edad. Simplemente aceptó la realidad con resignación pura.
—… Problemático —. Murmuró al fin.
Anko no esperó respuesta. Dio media vuelta con un chasquido seco de botas y rodeó la mesa con paso despreocupado, hasta detenerse a mi lado. Demasiado cerca. Lo suficiente para invadir el espacio personal que ya no parecía importarle respetar. Temari cruzó los brazos, los labios temblándole mientras luchaba contra la risa, hasta que finalmente dejó escapar un resoplido que casi fue una carcajada.
—Bueno… eso fue directo —. Murmuró la princesa de Suna, claramente entretenida.
Yo solo quería desaparecer. Hinata, desde un costado, tragó saliva con una incomodidad evidente, sin saber dónde mirar ni qué hacer con las manos. Sasame escribía con una velocidad alarmante, el pergamino vibrándole bajo la pluma sin atreverse a alzar la vista. Karin se recostó en su silla y me lanzó una mirada cargada de veneno puro-
—Felicidades, mi señor —. Escupió con sarcasmo ácido.
—Adoptaste a otra lunática devota para tu corte. Seguro que nada saldrá mal—.
Me cubrí la cara con una mano y solté un suspiro que parecía salir desde lo más profundo del alma.
—… Por favor, que alguien me pegue un tiro —murmuré, derrotado.
Anko dejó escapar una risita suave, peligrosamente satisfecha.
—No tan rápido, Naruto-sama —. Dijo con una alegría que no necesitaba fingir.
— Apenas comienzo mi servicio. No quiero quedarme sin jefe tan pronto—.
—¡Cállate! —. Repliqué sin siquiera mirarla, con una voz cansada que solo consiguió provocarle otra risita encantada.
Y supe, con una certeza absoluta, que ese día no iba a terminar bien. Shikamaru, con la diadema de Konoha en la mano, negó con la cabeza y murmuró.
—Definitivamente… problemático—. Mientras se guardaba la placa de Konoha con gesto exhausto.
El equipo 10 no perdió tiempo. Literalmente, se marcharon casi cómicamente rápido. Ino con el ceño fruncido, Chōji lanzándome miradas nerviosas y Shikamaru con ese paso arrastrado que no lograba disimular el apuro. Los vi irse y me recosté en el asiento, dejando que el silencio cayera.
—Bueno —. Resoplé con sarcasmo cansado.
—Ahí van los diplomáticos de Konoha—.
Karin no se molestó en ocultar su sonrisa burlona mientras pasaba la página en su libro de registros.
—Quedaron encantados con tu hospitalidad, Naruto-sama —. Entonó con sarcasmo.
—No empieces —. Gruñí, frotándome las sienes.
Sasame ni levantó la vista de su propio pergamino mientras intervenía con aire inocente.
—Exacto. Naruto prefiere el título de joven maestro. Mucho más elegante—.
La forma en que alargó las palabras hizo que Temari resoplase de risa mal contenida.
Yo solté un gruñido ahogado y me dejé caer sobre la mesa con un golpe sordo, quedándome con la frente apoyada en la madera.
—Dioses… mátenme. Por favor—.
A mi izquierda, Hinata bajó la mirada pero no se movió ni un centímetro. Sostenía la tetera como si fuera ceremonial, firme, decidida a seguir cumpliendo con su autoproclamada función de asistente y sombra personal. Del otro lado, Anko se acomodó en su silla o trono improvisado, si uno leía la arrogancia en su postura con una sonrisa casi satisfecha.
—Sabes que ahora tienes dos sombras, ¿verdad? —. Comentó Temari con humor seco mientras observaba la escena.
Suspiré.
—Saben que soy más fuerte que ustedes, ¿verdad? —. Gruñí, pasándome la mano por el cabello con frustración.
—No necesito guardaespaldas—.
Anko se encogió de hombros con toda la calma del mundo.
—Igual que cualquier Kage—.
Se cruzó de brazos, mirando el techo con una sonrisa retorcida.
—Pero tener guardaespaldas no es para protegerte a ti —. Dijo Karin con paciencia teatral, como si le explicara a un niño especialmente obtuso.
—Es para demostrar que puedes darte el lujo de tener gente fuerte a tu lado. Es poder militar e imagen. Nadie quiere meterse con el tipo al que dos kunoichi mortales siguen de día y de noche—.
Temari asintió con lentitud, disfrutando cada palabra.
—No suele ser tu estilo, pero… tienes que admitir que funciona—.
Hinata se sonrojó con violencia pero no dio un paso atrás. Enderezó la espalda, aferró la tetera con más fuerza.
—Haré… lo que sea necesario. Por Naruto-kun—. Dijo bajito, casi inaudible.
Sentí el músculo de la sien palpitarme. Cerré los ojos y exhalé un suspiro tan largo que podría haberme quedado sin pulmones.
—… Lo odio—.
Karin carraspeó con fingida solemnidad, sin apartar la vista de sus pergaminos.
—Todos votamos que eso es irrelevante—.
Temari levantó una mano con aire solemne.
—A favor—.
Hinata, roja como un tomate pero firme, levantó la suya.
Sasame ni se molestó en alzar la vista, pero murmuró.
—A favor—.
Anko alzó el kunai como si fuera un voto válido.
—A favor—.
Giré la cabeza hacia Neji, buscando piedad. Él solo suspiró, me sostuvo la mirada… y asintió con resignación.
—Lo siento. A favor—.
Solté una carcajada breve, seca, más un ladrido amargo que otra cosa.
—No se supone que soy el posible futuro daimyo. ¿No tengo voz en esto?—.
El coro fue unísono.
—No—.
Hundí la cara en las manos.
—¿Por qué no pueden ser adolescentes normales?—.
Ellos se encogieron de hombros con total sincronía, como si hubieran ensayado.
—Al menos hagan algo normal, por una vez —. Murmuré desde entre los dedos.
Anko… sonrió. Esa sonrisa inquietante, mezcla de servidumbre sincera y puro amor por el caos.
—Como ordene, Naruto-sama —. Entonó con deleite venenoso.
Temari se inclinó apenas, voz burlona y fina como un kunai.
—Da gusto ver cómo crece el harén militar del señor feudal—.
—¡Temari! —. Exclamó Karin, escandalizada, casi tirando sus pergaminos.
Temari alzó ambas manos con descaro.
—¡Es broma, es broma!—.
Hinata solo bajó más la cabeza, dejando que su flequillo ocultara el brillo de sus mejillas encendidas. Sasame no levantó la vista ni un segundo, pero el temblor en sus hombros delataba que estaba aguantándose la risa a duras penas. Yo me hundí más en la silla, las manos colgando inútiles a los costados.
/Al diablo con el chakra, con el sistema ninja y con este mundo que crea niños tan precoces… ¿por qué no pueden ser adolescentes normales?/
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Me retiré de ese manicomio con un suspiro pesado, dejando atrás sus voces, sus risas y sus intrigas. Caminé solo hasta Nordrassil, la gran copa extendida como un techo viviente sobre el mundo. Subí hasta una de sus ramas anchas y me acomodé allí, dejando que el viento fresco despeinara mi cabello para escapar, pero también para buscar algo, entre sus ramas y respiré.
El qi del mundo fluía denso y lento, purificado por Nordrassil hasta parecer agua clara. Al inspirarlo, lo sentía llenar mis meridianos y recorrerme como un río subterráneo que conocía cada grieta de mi cuerpo. El dantian giraba con constancia, refinando y absorbiendo sin pausa. Con cada ciclo, los músculos se fortalecían y la mente se expandía un poco más. El mundo y yo nos tocábamos, se reconocían… pero nunca llegábamos a fundirnos del todo.
Porque, aunque este cuerpo fuera mío ahora, aunque estos recuerdos se hubieran mezclado con los míos hasta volverse casi indistinguibles, la frontera de la Fundación seguía intacta. Un límite invisible que no respondía a técnica ni a voluntad, sino a algo más profundo. En ese silencio interior, la pregunta siempre regresaba, punzante, imposible de ignorar.
/¿Quién soy realmente?/.
Naruto, el paria de Konoha. El portador de Kurama. ¿O el intruso que ocupó su lugar sin permiso? Esa grieta interna se negaba a cerrarse, resistiendo cada intento de consolidación completa. El viento se deslizaba entre las hojas con un murmullo frío, como si el propio mundo me invitara a soltarlo todo, a cerrar los ojos y abandonar el yo. A seguir el sendero fácil de la paz interior.
En algunos momentos casi cedía. El qi se volvía difuso, sin nombre ni frontera, fundiéndose conmigo en una calma absoluta. Era tentado, en esa quietud, los cimientos del cultivo intentaban formarse por sí solos, atraídos por la armonía natural del mundo. Entonces lo entendí, era el camino del Buda. La disolución del yo.
Y ahí estaba el error. No era miedo a morir, ni siquiera miedo a cambiar. Era miedo a traicionar. A él, a mí, a lo que significaba vivir en este mundo con este nombre y este rostro. Podía imponer leyes justas, construir puertos, abolir sellos malditos y reescribir destinos. Pero no podía avanzar si renunciaba a existir como individuo.
Mi respiración se volvió lenta y profunda. El qi seguía fluyendo, fortaleciéndome pese a todo. La cultivación avanzaba, aunque mi mente gritara por detenerse. Cada inhalación era una afirmación de existencia; cada exhalación, un recordatorio de que no debía desaparecer para progresar. No era un Buda, era un cultivador. Mi senda no era fundirme con el mundo, sino afirmarme frente a él.
No huí ni forcé nada. Permanecí allí, dejando que Nordrassil crujiera bajo mí, que el qi llenara mis canales una y otra vez, obediente pero indómito. Rechacé la paz fácil y abracé la fricción. La frontera persistía no como un obstáculo, sino como una prueba, el límite que separa al que se disuelve del que se consolida.
Aunque hoy no cerrara el cimiento, aunque la Fundación aún resistiera, seguiría avanzando. Cada respiración era un voto silencioso de permanencia, una afirmación obstinada de existir sin diluirme. Algún día, en este mundo que había elegido como propio, hallaría el equilibrio correcto. No perderme en lo que era, ni negar lo que debía ser.
Porque el poder de un cultivador no nace de desaparecer, sino de mantenerse firme. De sostener el yo incluso cuando el mundo empuja a disolverlo, de imponer la propia voluntad frente a la armonía falsa que promete descanso. Proteger no por deber universal, sino porque así lo decidió.
Los que caminaban este sendero siempre fueron egoístas. Obstinados. Locos, según cualquier estándar razonable. Y aun así, eran ellos quienes torcían el destino, quienes arrancaban milagros al cielo a la fuerza. Ese era el camino que elegiría recorrer, no el de la paz absoluta, sino el de la afirmación implacable.
Porque solo alguien que se atreve a decir esto es mío puede realmente defenderlo.
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Mientras Naruto buscaba paz sobre Nordrassil, abajo la atmósfera estaba cargada. Neji sudaba frío. Su Byakugan estaba apagado, pero no necesitaba activarlo para sentirlo, instinto asesino puro se filtraba como veneno en el aire. Su entrenamiento le salvó, se quedó absolutamente inmóvil, fingiendo ser un cadáver. Si respiraba más fuerte, sabía que esas miradas mortales se volcarían sobre él.
En el centro de la sala, las chicas habían formado un círculo cerrado alrededor de Anko. Sakura estaba en una esquina, conteniendo el aliento. Observaba con horror la escena, considerando si era momento de intervenir o rezar por el alma de la víctima.
Temari avanzó medio paso, su abanico de guerra ya desenfundado su agarre tensó en el, un filo en la sonrisa.
—No nos hagas repetirlo —. Dijo con calma helada.
Anko sonrió con placer casi burlón, pero sus ojos no tenían rastro de miedo. Más bien chispeaban con esa obediencia torva y sincera que la hacía tan inquietante.
—Ah, vamos… no planeo nada. Naruto-sama me dijo que me quedara. Yo obedezco, es asi de simple—.
Karin avanzó un paso, sello explosivo en mano, con voz cargada de veneno.
—No me hagas reír. Esa forma de mirarlo… no es simple. Es sedienta y todos aquí lo hemos notado—.
Sasame no dijo nada, pero giraba su kunai con parsimonia. La hoja reflejaba la luz como un ojo frío. Desde las vigas superiores, Fu bostezó y abrió los ojos, el iris verde afilado como un cuchillo.
—Si se vuelve un problema… me encargo —. Dijo con indolencia, su voz arrastrada, pero peligrosa—.
Anko bajó las manos en señal de paz, aunque su sonrisa nunca desapareció.
—No entiendo por qué tanta hostilidad. Solo sirvo a mi señor, el me aceptó. Eso es suficiente para mí—.
Temari apretó la mandíbula.
—¿Suficiente para ti? No para nosotras. No confiaremos a ciegas. No de alguien de Konoha, no con alguien que parece tan… ansiosa.
Karin bufó.
—Mantén tus manos y tus planes lejos de él. O aprenderás por las malas qué tan “hospitalarias” somos aquí—.
En la esquina, Sakura tragó saliva con fuerza, sintiendo el aire pesado como plomo. La mano se le crispó sobre su botiquín mientras evaluaba la tensión como si fueran fracturas expuestas.
—Uhm… chicas… —. Intentó, con la voz algo más firme.
—Naruto odia cuando los jóvenes… ya saben, ejercen violencia entre ellos. No le gustaría ver esto—.
Karin giró la cabeza, su sello explosivo aún entre los dedos.
—No es violencia si es… diplomacia preventiva —. Murmuró con un filo venenoso en la voz.
Temari ni se dignó a mirarla. Su abanico de guerra permanecía apoyado, pero el modo en que tamborileaba los dedos sobre él era puro cálculo.
—Sakura tiene razón pero entiéndelo, Anko. No confiamos en ti, nada personal. Bueno… casi nada—. Añadió con un suspiro
Anko ladeó la cabeza, el cabello cayendo en cascada sobre su hombro. Sus labios se curvaron en una sonrisa desconcertante, una sumisión inquietante.
—Él confía en mí. Yo vivo para obedecerlo, nada más—.
Ese tono silenció a todas. Incluso Karin dejó de moverse, y el kunai de Sasame se detuvo en el aire. Fu, desde la viga, abrió ambos ojos con alerta felina. Temari cerró el abanico con un chasquido seco.
—Perfecto. Entonces obedece y recuerda… no todas aquí somos tan fáciles de engañar—.
En la pared del fondo, Neji parecía haberse fusionado con el mobiliario. No se movía de echo apenas respiraba, había aprendido que, como buen ninja, a veces la mejor estrategia era imitar un cadáver. Y por nada del mundo quería llamar la atención en ese momento. Sakura dio un paso incómodo al frente, levantando ambas manos en un gesto conciliador.
—Por favor, relájense. Naruto no quiere facciones ni peleas internas —. Dijo Sakura con un intento de autoridad, aunque su voz temblaba un poco.
Honestamente, no entendía cómo habían llegado a esto, la tensión era irreal. Ella estaba parada en medio de un campo minado emocional, rodeada de kunoichis listas para matarse con una sonrisa, y su cerebro seguía preguntándose por qué demonios seguía aquí.
Había enviado una carta a sus padres semanas atrás. Tsunade-sama le había dado permiso especial para permanecer en el País de las Olas bajo el pretexto de entregar mensajes a Kakashi. Porque, claro, él no podía enviar ninguno. Técnicamente estaba preso, aunque nadie se atrevía a tratarlo como tal. Tampoco podía ordenar a Sakura que hiciera nada en su nombre… pero al menos podía escuchar lo que decía la aldea.
Y Sakura había cumplido. Informó todo lo que debía. Menos una cosa pero, el contrato. Ese contrato maldito que le impedía espiar, mentir, conspirar, manipular, encubrir, falsificar… básicamente todo lo que haría un ninja en una misión de inteligencia. Sakura, sin quererlo, se había convertido en un espía que no podía espiar. Una presencia neutral. Ni una traidora, ni leal. Un cabo suelto con botiquín y ahora, estaba allí, intentando mediar entre kunoichis territoriales y una mujer marcada por un sello maldito.
Hinata, por su parte, permanecía en silencio. Pero su Byakugan estaba activo, sus pupilas pálidas fijas en Anko con una intensidad casi antinatural. Veía cada cambio en su respiración, cada tensión en sus músculos, como si evaluara la mejor forma de reaccionar si se atrevía a moverse. Sentía animosidad, ardía con un resentimiento silencioso. Naruto la había aceptado demasiado fácil, demasiado rápido. No había pruebas ni penitencia, nada. Y eso le hervía la sangre.
Pero Hinata no dijo nada. Porque había decidido una cosa, si Naruto confiaba en alguien, ella también lo haría. Aunque le costara. Aunque doliera, aunque quisiera arrancarle la garganta a esa mujer con sus propias manos. Su mente se apretaba alrededor de un solo pensamiento
/Él decidió/. Y ella, que ya no tenía el yugo de la rama principal sobre su cuello, ya no era una sirvienta de un padre, de un clan o de una aldea.
Era libre y había elegido su lealtad de forma absoluta. Naruto era su señor, su razón, su camino. Libre para sentir, libre para amar. Libre para matar si alguien lo amenazaba. Así que se mantuvo neutral o al menos fingió serlo.
Temari no había soltado su abanico. Sus nudillos estaban blancos contra el mango. Karin mantenía los sellos en la manga, dedos tensos como garras esperando la orden. Sasame no dejaba de vigilar, el kunai brillando con luz inquieta. Fu no había bajado, pero su chakra se sentía como el de un tigre enroscado en la rama, listo para saltar.
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Me senté en mi “oficina” un par de días después de que la comitiva de Konoha abandonara Wave y Anko se asentara oficialmente en el país. Pasé horas leyendo informes, uno tras otro, hasta detenerme en el que Temari me había entregado personalmente.
Fruncí el ceño y solté un suspiro lento. Al parecer, la tribu nómada liderada por Kahito no solo existía, sino que actualmente se desplazaba por el País de la Tierra, siguiendo una ruta bien definida que los mantendría lejos del País del Fuego durante al menos un año más.
Eso complicaba las cosas. Para que los sucesos relacionados con las Piedras Gelel comenzaran como recordaba, esa gente debía estar mucho más cerca del País del Fuego. Además, mi memoria sobre ese relleno era incompleta y poco confiable. Tendría que esperar a que apareciera el antagonista de turno, quitarle ese maldito libro que llevaba consigo y extraerle toda la información necesaria para localizar las piedras. Forzar el hallazgo antes de tiempo sería contraproducente y arriesgado.
Tampoco podía contar con Gaara para este asunto. No quería que Suna pusiera demasiado interés en esa tribu ni que descubrieran algo que no necesitaban saber. La última cosa que necesitaba era otro poder mayor mirando con demasiada atención en la misma dirección. Así que opté por la vía discreta. Nada de movimientos bruscos, nada que llamara la atención.
Por eso encargué una serie de misiones menores de reconocimiento. Informes dispersos, aparentemente inconexos, tribus nómadas, clanes aislados, rutas comerciales olvidadas, localizaciones al azar en varios países. Desde fuera parecía una recopilación rutinaria de información general. Desde dentro, era exactamente lo que necesitaba, tiempo, control y la ilusión perfecta de normalidad mientras el tablero se acomodaba solo.
Continué revisando los informes hasta que una carta, colocada casi al final del montón, logró detenerme. Al leerla, sentí una punzada de tristeza que no esperaba. Antes de abandonar Konoha o, siendo más preciso, antes de que Konoha decidiera encarcelarme me había asegurado de hacerle llegar un mensaje a Yakumo. No era una promesa inmediata, sino una oferta a futuro de ayuda cuando la situación dentro de su clan se volviera insostenible, como sabía que tarde o temprano ocurriría.
La respuesta que ahora sostenía entre mis manos sellaba su destino de una forma que me dejó un sabor amargo. Yakumo rechazaba formalmente mi ayuda. Con cortesía, con la obediencia esperable de alguien atrapada en una jaula invisible. Sin embargo, en la misma carta, el clan ofrecía algo distinto, estaban dispuestos a contratar mis servicios… si yo tenía una manera de “arreglar” su problema.
Eso no podía aceptarlo. No solo porque no confiaba en ellos, sino porque ni siquiera estaba seguro de toda la verdad detrás del desastre de ese clan. Nunca supe si fue Sarutobi quien ordenó la eliminación de sus líderes, o si había sido obra del alter ego de Yakumo desatado por su poder. Podía sellar esa parte de ella, de eso estaba seguro; existían matrices capaces de aislar fragmentos del alma o la mente sin destruirlos. También podía curar o arreglar su cuerpo débil y fortalecerlo.
El problema era el precio. Para hacerlo tendría que poner un pie en Konoha y mientras Wave no fuera reconocida plenamente como una nación soberana, no pensaba hacerlo. No iba a entrar en una aldea que aún me veía como un recurso o un arma. No estaba dispuesto a arriesgarme a que intentaran capturarme “por el bien común” y verme obligado a borrar media aldea del mapa para escapar. Cerré la carta con cuidado y la dejé a un lado. Algunas tragedias no se evitan por falta de poder, sino por el momento equivocado.
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Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.
Ahora, una aclaración importante: muchos se preguntan por qué la gente obedece y sigue a Naruto cuando todavía es tan joven. Para los civiles y para no pocos shinobi que crecieron escuchando historias sobre Hashirama, la respuesta es bastante obvia.
El Primer Hokage no era solo un líder carismático: debió parecer un auténtico monstruo desde la perspectiva de la gente común. Las batallas que conocemos, vistas desde fuera, eran como presenciar a dioses enfrentándose… o peor aún, fuerzas de la naturaleza sin rostro humano. Naruto, en este punto de la historia, evoca exactamente ese mismo miedo reverente.
Muchos fics pasan por alto ese detalle y tratan el Mokuton con demasiada ligereza. Despertar esa habilidad no es “obtener un elemento raro”: es convertirse, de inmediato, en una pesadilla viviente para cualquiera que conozca la historia.
Que alguien despierte Mokuton y además sea capaz de reproducir o incluso acercarse a lo que mostró Hashirama, no inspira admiración primero, sino miedo. Miedo puro y racional.
Para los civiles y shinobi por igual, Mokuton significa ejércitos detenidos, bijū sometidos y batallas que redefinieron el mundo. Que un joven lo use con naturalidad no tranquiliza a nadie; al contrario, despierta el mismo terror reverente que rodeó al Primer Hokage. Naruto no es seguido solo porque convenza, sino porque su sola existencia recuerda a todos lo que ocurre cuando alguien así decide avanzar.
Killer Bee está de vacaciones en la Wave, así que no es un problema. Lo veremos poco, está disfrutando, pescando y relajándose. Para él, este lugar es un retiro ideal, perfecto para un Jinchūriki cansado.
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