Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 33
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Capítulo 33: Tratos
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
“Biju hablando mentalmente”
— Biju hablando —
/Biju pensando/
“Dioses hablando”
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Me senté en la cabecera improvisada de aquella larga mesa de madera, resistiendo el impulso de bostezar en sus caras. Lo llamaban “consejo”, pero se parecía más a un corral lleno de gallos peleando por ver quién cantaba más fuerte. Ancianos del Clan Fūma con el ceño fruncido de falsa dignidad, comerciantes ricos de Wave que se inclinaban demasiado al hablarme con sonrisas engrasadas, y los líderes del pueblo intentando parecer serios con sus ropas nuevas. Como si el brillo del kimono los hiciera más capaces.
Dos ancianos Hyūga se encontraban entre ellos, sentados con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas. Observaban cada intercambio con esa frialdad aristocrática tan propia del clan, midiendo palabras, gestos y silencios con cuidado excesivo. Todavía no parecían haber procesado del todo que habían sido rescatados de su esclavitud en mitad de la noche… como ganado que alguien decidió reclamar.
A mi derecha, Karin se veía como un halcón a punto de arrancarle los ojos a alguien mientras tomaba notas. A mi izquierda, Neji estaba callado y firme, la cara de póker más profesional de todo el país del Fuego. Sasame estaba tras de mí con un pergamino abierto, anotando cada idea sin levantar la vista. Temari… Temari solo se reía para sus adentros mientras los miraba discutir, cruzada de brazos con su abanico colgando como un recordatorio de quien tiene la fuerza aquí.
Hinata estaba cerca, demasiado cerca para lo que cualquiera consideraría prudente. Al parecer había decidido de forma unilateral que su lugar era algo parecido a mi sombra, moviéndose a mi alrededor con una naturalidad silenciosa que resultaba difícil de ignorar. Me servía té antes de que lo pidiera, llamaba a quien necesitara para hablar y permanecía atenta a cada palabra que decía, con una concentración tan absoluta que, por momentos, me ponía los pelos de punta.
Sin su padre ni la presión constante de la rama principal pesando sobre sus hombros y exigiéndole que se inmiscuyera en la despiadada política del clan, algo en ella había cambiado.
Parecía como si gran parte de su timidez se hubiera evaporado ahora que no vivía bajo el estrés permanente de temer que cada gesto o palabra ofendiera las rígidas tradiciones Hyūga. Su postura era más relajada y, al mismo tiempo, comenzaba a mostrar una compostura más noble, reflejo de la educación que recibió como antigua heredera.
Aunque seguía siendo amable y tímida cuando hablaba directamente conmigo, esa timidez ya no la dominaba. Había en ella una firmeza nueva, una seguridad silenciosa que no necesitaba imponerse para hacerse notar.
Tampoco parecía importarle lo evidente que resultaba su cercanía conmigo. No había vergüenza ni torpeza excesiva como antaño, solo una atracción tranquila y asumida, casi natural, como si ya no sintiera la necesidad de ocultar lo que pensaba o lo que sentía. Esa honestidad silenciosa, hacía la situación aún más difícil de ignorar.
Mientras tanto, el “consejo” se lucía con palabras envueltas en terciopelo.
—Uzumaki-dono, con todo respeto, es evidente que usted posee el carisma y la fuerza para liderar —. Dijo uno de los comerciantes, inclinándose demasiado al pronunciar el dono, como si esperara que el gesto valiera más que el contenido.
—Pero necesitamos crear un sistema estable a su alrededor. No puede cargar con todo solo—.
—Debe delegar autoridad —. Añadió un anciano del Clan Fūma, con un tono paternal que me provocó una urticaria inmediata.
—Un líder sabio no gobierna en soledad—.
—Por eso proponemos un gabinete asesor —. Intervino otro.
—Personas confiables que puedan decidir en su nombre cuando sea necesario—.
—Imagínese el peso que le quitaríamos de los hombros —. Agregó un cuarto, frotándose las manos con demasiado entusiasmo.
—Los Hyūga podrían encargarse de la administración interna, los Fūma de la seguridad y los comerciantes de la tesorería. Un equilibrio perfecto—.
A mi derecha, Karin murmuró sin dejar de escribir.
—Equilibrio mi trasero—.
Neji no dijo una palabra, pero su mirada era tan afilada como la de un halcón midiendo presas. Temari se recargó contra la pared, cruzándose de brazos, y dejó escapar una risita seca que no intentó disimular.
—Qué considerados —. Intervine al fin, con la voz plana.
—Tan dispuestos a sacrificarse y tomar el control de todo, solo para que yo “no me canse”—.
El silencio que siguió fue incómodo, espeso, casi palpable. Un anciano Hyūga carraspeó antes de enderezarse con rigidez ceremonial.
—No buscamos quitarle autoridad, Uzumaki-dono. Solo… ayudarlo a ejercerla correctamente. Es una carga demasiado grande para alguien tan joven—.
—Joven y poderoso —. Corrigió otro, sonriendo como un gato que ya se imagina dueño de la casa.
Sasame no levantó la vista del pergamino mientras escribía con total calma.
—Traducción: “Demasiado joven para que le importe que le roben medio reino, siempre que sonrían lo suficiente”—.
Hinata me sirvió otra taza de té. Yo solo la acepté con un asentimiento breve, sin apartar la vista del consejo.
—Aprecio tanto entusiasmo —. Dije con ironía.
—Pero si de verdad quieren ayudar, podemos hablar de reubicar a los refugiados, asegurar suministros, repartir tierras, preparar cultivos—.
Un murmullo se extendió entre ellos. Uno de los comerciantes parpadeó.
—Eso… son asuntos importantes, claro. Pero de administración diaria. Usted debería enfocarse en los temas mayores. Política exterior, defensa—.
—Matar bichos grandes—. Murmuró Temari en tono seco.
Me recosté en el asiento. Hinata me alcanzó los documentos que Karin tenia para mi.
—Política—. Dije al fin, dejando la palabra colgar como un mal olor.
Todos asintieron solemnemente.
—Una mierda —. Terminé.
Temari soltó una carcajada. Karin se tapó la cara, conteniendo maldiciendo mi falta de tacto. Neji simplemente cerró los ojos. Sasame anotó la frase sin corregir nada. El consejo se removió, incómodo, sin saber si reír, protestar o aplaudir. Yo solo bebí té, aburrido. Viéndolos como lo que eran, un puñado de buitres intentando ponerme una corona solo para pelear por el oro de debajo del trono. Y, por desgracia, eran el único gobierno que teníamos.
Saqué con lentitud el grueso fajo de contratos y lo dejé caer sobre la mesa con un golpe sordo. El sonido se propagó como un latigazo, silenciando a todos. Los pergaminos estaban sellados, con mi marca personal y la de Karin.
—Bien—. Dije con voz tranquila, dejando que el silencio trabajara por mí.
—Todos los conocen ya—.
Los ancianos Fūma fruncieron el ceño. Los comerciantes se removieron en sus asientos. Incluso los Hyūga se tensaron. A mi derecha, Karin se acomodó los lentes y empezó a alinear los contratos, mirando a todos como si evaluara cuántos problemas se ahorraria al envenenarlos a todos.
—Para los Hyūga, se los explico, estos…—. Dije señalando los papeles.
—No son solo “promesas” de lealtad. Son contratos absolutos. Cuando los firmas, tu te vinculas con el contenido. Tu alma misma te obliga a cumplirlos—.
Uno de los ancianos Hyūga carraspeó, incómodo.
—…Restringen el libre albedrío—.
—Restringen el crimen —. Corrigió Karin con sequedad.
—No hay robos, no hay asesinatos, no hay extorsión. Porque físicamente no puedes—.
Hubo un murmullo bajo. Los Hyūga lo asimilaron con esos rostros fríos, pero sus ojos estaban afilados.
Temari bufó desde la pared.
—Y eso los tiene nerviosos—.
—Los contratos también obligan al gobernante —. Añadí con calma, girando el rostro para mirar a cada uno.
—Si yo ordenara algo contra la ley o el bienestar del país… los contratos me quemarían igual. No hay trampa unilateral—.
Un comerciante viejo levantó una mano, la voz aceitosa pero cuidadosa.
—Uzumaki-dono, nadie duda de su… fuerza. Pero administrar un país es caro. No podemos asumir obligaciones tan grandes sin una retribución apropiada—.
Asentí entendiendo, después de todo no era un comunista.
—No voy a fingir que no van a enriquecerse administrando. Gestionar tierras, cobrar rentas, vender cosechas, organizar comercio. Es trabajo, y se paga apropiadamente—. Golpeé el contrato con un dedo.
—Pero se hace bajo términos claros, sin corrupción. Sin explotación desmedida, sin conspirar para quedarse con todo—.
Se hizo un silencio más pesado. Los Hyūga, reunidos en su extremo, se pasaban el pergamino. Leían lentamente, midiendo cada cláusula. Finalmente, uno de los ancianos se aclaró la garganta y habló con voz medida.
— Uzumaki-dono, nuestro clan desea… cercanía a usted. No todos los nuestros están listos para una vida libre. Muchos de los mayores, incluso jóvenes, han vivido toda su vida como sirvientes. No saben otra cosa mas allá de limpiar, cuidar, obedecer… es todo lo que han conocido. Si les das libertad sin dirección, solo tendrán miedo—.
Lo miré, en silencio.
—No lo pedimos por que queramos volver a tener amos —. Añadió, anticipándose a mi queja.
—Pedimos que aquellos que no pueden vivir de otra forma, sirvan directamente bajo ti. Con estabilidad, sin abusos y con propósito—.
Me costó no fruncir el ceño. No me gustaba, no quería convertir a nadie en siervo era demasiada molestia. Pero entendía la lógica. La libertad también podía ser una condena cuando no te habían enseñado a vivirla. Miré a Neji y el bajó la mirada, con un gesto duro asintió. El entendía mejor que nadie lo que significaba no tener un rumbo o errar en cual rumbo tomar.
—Está bien —. Dije con voz firme y un suspiro molesto.
—Todo aquel que quiera servir directamente a mi casa firmará un contrato distinto, más estricto. Con deberes específicos, no serán esclavos, pero sí trabajadores personales. Sin violencia, sin castigos humillantes. Y sus hijos podrán elegir cuando crezcan si quieren otra vida—.
Karin asintió mientras marcaba una línea en los documentos.
—Se registrará por separado, su posición quedará clara. No tendrán poder político, pero sí estabilidad y manutención garantizadas.
Neji murmuró, casi en voz baja, con el ceño fruncido y la voz apenas temblando.
—Si ellos eligen servir… que sea su decisión. Vinimos hasta aquí para poder ser libres. Las decisiones que tomen son suyas ahora. Y sus hijos… serán libres de elegir qué hacer en un futuro. Ese es el peso y la responsabilidad de poder decidir nuestro propio destino—.
Lo miré. Mis dedos tamborileaban sobre la mesa, pero asentí.
—Es lo mínimo que puedo prometerles—.
Karin resopló, pero sonrió mientras trazaba algo en su pergamino.
—Y bien pensado, evita futuros problemas. No los encierra en un sistema que no entienden. Deja espacio para que cambien con el tiempo—.
El silencio que siguió fue incomodo. Hasta que uno de los comerciantes un hombre bajo y corpulento, con manos callosas por el trabajo pero con anillos caros en los dedos levantó la mano despacio. Su voz tenía ese tono aceitoso de quien sabe medir las palabras con cuidado.
—Uzumaki-dono volviendo al tema. Si vamos a invertir en granjas, puertos, escuelas… queremos asegurarnos de que nuestras familias puedan heredar esos proyectos. Queremos continuidad—.
Lo observé sin parpadear. No era una petición ilógica. Sabían que estaban cediendo mucho poder a mis reglas.
—Se puede —. Respondí al fin, con la voz más neutral que pude.
Vi el brillo de alivio en sus ojos, pero levanté la mano antes de que celebrara.
—Pero si uno de sus herederos no firma los contratos, o rompe la ley, pierde todo. Sin excepciones. Nada de herencias corruptas. El legado es suyo, pero no está por encima de la ley y ustedes como personas en el poder deben demostrar su integridad al pueblo. Grandes recompensas traen grandes castigos—.
El comerciante tragó saliva. Asintió con rigidez. Sabía que era un trato duro, pero justo. Mejor que la costumbre de los daimyō de expropiar a la mínima sospecha o del feudalismo brutal que había arruinado otras tierras
Pense en la maldita logistica.
/Sí. Tendrán sus negocios, serán privados. Yo invertiré dinero público en infraestructuras, hospitales, defensa. No voy a imponer un modelo comunista. Podría, con estos contratos podría hacer un comunismo real, inquebrantable. Pero mataría el crecimiento. La competencia sana. Todo mi plan es evitar la corrupción, no ahogar la iniciativa privada/.
Temari me miró con esa sonrisa felina divertida, cruzándose de brazos con descaro.
—Están atrapados, y lo saben. Pero no pueden decir que no es el trato más limpio que han tenido en sus vidas—.
—No soy idiota —. Gruñí, clavándoles la mirada a todos.
—No quiero hacerlo todo yo. No puedo hacerlo todo yo pero esto no será un feudo corrupto donde el más fuerte exprime al débil hasta matarlo. Si quieren puestos de poder, se ataran con sangre a la ley. Sin excepciones—.
Hinata, a mi lado, se inclinó para servirme té. Su voz fue suave, clara, sincera.
—Están asustados… pero también aliviados. Creen en ti más que en ellos mismos—.
Un anciano Fūma masculló con voz ronca.
—Tu sistema es duro. Pero… justo. Más justo de lo que jamás nos ofrecieron—.
Pasé la vista por la mesa. Mi expresión estaba cansada. No quería ser un tirano. Pero tampoco un tonto.
—Pueden irse ahora mismo, decidan si aceptaran los cargos de poder y firmaran los contratos—. Dije, con la voz más calma y seria que pude reunir.
—Pagar sus impuestos. Vivir como comerciantes libres. Nadie los forzará a firmar nada más que el contrato básico, no crimen, no conspiración. Eso es todo—.
Los murmullos crecieron. Miradas ansiosas, cálculos silenciosos. Los Hyūga ya lo sabían, no tenían mejor opción. Para muchos de ellos, esto era la primera vez que tenían siquiera una opción.
—Pero —. Continué más bajo, arrastrando las palabras para que cada sílaba calara.
—Si quieren gobernar conmigo. Si quieren ser parte del país que voy a construir. Si quieren poder de verdad… firman aquí. Cumplen todo—.
Finalmente, uno de los comerciantes más viejos, el más adinerado, levantó su pergamino con dedos temblorosos. Su voz fue apenas un susurro ronco.
—¿Dónde firmo?—.
Yo solo me recosté en el respaldo. Cerré los ojos y deje salir un suspiro largo mientras como un torrente firmaban y aceptaban sus cargos de poder.
—Política. Asquerosa, pero necesaria—. Murmure
Y, mientras oía las plumas raspar el papel con las primeras firmas, pensé en lo mucho que aún me faltaba por hacer. Me levanté despacio y salí de la sala, dejando atrás la sede para que empezaran a organizar mejor las cosas. Al fin y al cabo, la mayoría de los presentes tenían más experiencia administrativa que yo. Gracias a los contratos podía delegar gran parte de la gestión sin miedo a corrupción. Aun así, mantendría un ojo sobre ellos. La vigilancia nunca acababa.
Avancé por las calles iluminadas por faroles de aceite hasta llegar al puerto. El olor a sal y madera húmeda me despejó un poco la mente. Allí estaban los Kamizuru, reunidos con sus equipajes modestos, listos para partir. Suzumebachi conversaba en voz baja con dos de sus parientes más viejos, su expresión seria pero decidida. Se volvieron hacia mí en cuanto llegué. Hubo un momento de silencio respetuoso.
Todos ellos ya habían firmado su contrato de silencio. Además, ellos llevaban consigo una copia incompleta del libro del Tsuchikage. Su misión era sencilla, regresar a Iwa con esa versión mutilada del libro, medir la reacción del viejo Tsuchikage hacia su clan. Si el trato seguía siendo el mismo de siempre, frío, marginal, lleno de desdén usarían el mismo tipo de faro que empleé con los Hyūga para marcar a su gente, y luego enviarían un mensajero para que yo los trajera a Wave.
Por contrato, no podían revelar nada sobre, mis planes o el libro. Sus mentes estaban tranquilas, pero sus cuerpos algo tensos, había ansiedad en el aire. Querían volver rápido, quería ver si Suzumebachi realmente cumplía con su promesa de convencer a todo su clan.
Cruzamos miradas. Ella inclinó la cabeza, solemne. Sin una palabra más, subieron al barco, revisaron la carga y soltaron amarras. Yo observé mientras el velamen se desplegaba y el casco se deslizaba sobre las aguas tranquilas.
/Shinobi o no, todos son humanos. Décadas de ser tratados como basura de segunda clase, habria dejado resentimiento. Iwa despreciaba su linaje, siempre temerosos de sus insectos, siempre relegándolos. Y yo… simplemente ofrecía algo mejor. Una oportunidad. Un trato justo, a cambio de lealtad/.
Además, no era caridad, era una inversión. Quería su invocación de abejas, no como arma aunque no despreciaba su valor en combate, sino como recurso. Abejas inteligentes, entrenadas, mucho mejores que las salvajes para la polinización. Con mi Mokuton podía cultivar flores gigantes, diseñadas para producir polen abundante y de calidad. Y el qi ambiental, nutrido por Nordrassil, volvía el suelo más fértil y las plantas más sanas.
La miel, era un recurso tan viejo como valioso. Entre más pura, más nobles querrían pagar por ella. Y no cualquier miel, miel rica en qi, con propiedades únicas. Una exportación premium.
Mientras el barco desaparecía lentamente en la bruma del puerto, exhalé despacio, cruzándome de brazos.
/Política, economía, contratos. Nada épico en ello. Pero es como se construye un país. Ladrillo por ladrillo. Flor por flor. Abeja por abeja./
/A veces, conquistar no es con la espada. Se atraen mas moscas con miel que con vinagre/.
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Me senté en mi centro de mando. Bueno, “centro de mando” era un decir, porque había tenido que ampliarlo más de una vez. Desde que el consejo empezaba a tomar forma y los comerciantes se multiplicaban como hongos después de la lluvia, necesitábamos algo más digno que mi vieja sala improvisada.
Así que, sin mucha ceremonia, hice crecer una casa elegante con Mokuton, sólida, elegante y lo bastante imponente como para recordarles dónde estaban. Acomodado en el asiento principal, solté un suspiro lento antes de alzar la vista hacia los invitados no deseados.
Frente a mí estaban Anko y el equipo diez. Ino parecía incómoda, lanzando miradas nerviosas a los guardias Fūma que custodiaban la entrada, con esa tensión rígida de quien aún no termina de aceptar la realidad. Por su expresión, podía adivinar el pensamiento, el niño huérfano, ruidoso y despreciado de la academia ahora ocupaba algo parecido al lugar de un daimyo, rodeado de soldados, asesores y autoridad. No dijo nada, pero el choque era evidente, como si su mundo se hubiera reordenado sin pedirle permiso.
Chōji, en cambio, estaba mucho más tranquilo, masticando algo con total naturalidad mientras observaba el lugar con curiosidad genuina y sin rastro de miedo. Para él, el entorno era raro, pero no amenazante, y eso se notaba en la forma relajada en que se movía.
Shikamaru era otra historia. Estudiaba la habitación con los ojos entrecerrados, y esa expresión de pereza crónica brillaba por su ausencia. Detrás de esos párpados pesados podía ver los engranajes girando, evaluando jerarquías y posibles escenarios con una precisión inquietante.
Anko, por su parte, permanecía de pie, apoyada de forma descuidada, con una sonrisa depredadora que no intentaba disimular. Parecía divertirse con la situación, como si todo aquello fuera una cacería interesante en lugar de una reunión política.
A su lado, Isaribi se mantenía algo nerviosa, pero sorprendentemente más relajada de lo que esperaba, considerándolo todo. No se apartaba de Anko, casi como si su cercanía le diera estabilidad.
/Demonios, me había olvidado de su trama/. Pero, por la forma en que Isaribi se mantenía pegada a ella, resultaba evidente que Anko había resuelto ese asunto sin necesidad de mi intervención, y sin seguir el camino del canon. No sabía exactamente cómo lo había hecho, pero el resultado parecia bueno. Un problema menos en una lista que no dejaba de crecer.
Anko silbó despacio al recorrer con la mirada el interior pulcro y sorprendentemente bien decorado del lugar, evaluando cada detalle. La madera viva del Mokuton, las líneas sobrias y la distribución pensada para reuniones largas no pasaban desapercibidas para alguien que se dedicaba a recabar información. Al final, ladeó la cabeza con una sonrisa ladeada, más divertida que impresionada.
—Vaya. Supongo que todas esas ofertas diplomáticas ya no sirven de mucho —. Dijo, encogiéndose de hombros con un aire casi coqueto, como si hablara del clima y no de tensiones entre países.
—Pero bueno, mi misión era entregar el mensaje—.
Me tendió un pergamino lacrado con el sello inconfundible de Konoha. Lo tomé sin prisa, sintiendo cómo el ambiente se tensaba de inmediato; las respiraciones contenidas del equipo diez eran casi audibles. Rompí el sello con un gesto despreocupado y leí con calma, dejando que cada línea se asentara. Era una oferta, o más bien un recordatorio disfrazado de que aún había tiempo para dialogar, aún podían ofrecer concesiones si aceptaba “reintegrarme” al sistema.
Contuve una carcajada antes de que escapara, cerrando el pergamino con cuidado. Alcé la vista y dejé que mi mirada recorriera a Ino, Chōji y Shikamaru uno por uno, midiendo sus reacciones. No había enojo en mí, solo una fría claridad que hacía tiempo había dejado atrás cualquier ilusión infantil.
—Supongo que la misión de ustedes tres era apelar a alguna nostalgia —. Dije en voz baja, con un tono aburrido que no intenté disimular.
—Pero seamos honestos… no somos amigos—.
Chōji abrió la boca para protestar, el gesto impulsivo ya asomando en su rostro, pero Shikamaru alzó un dedo sin siquiera mirarlo, deteniéndolo con una autoridad tranquila que solo usaba cuando estaba completamente seguro de algo. Sus ojos perezosos no tenían burla ni dureza, solo una lucidez incómoda.
—Chōji… literalmente compartimos una bolsa de papas dos veces y nos escapamos de clases juntos tres, más allá de la misión de recuperación de Sasuke —. Dijo con su tono lánguido de siempre.
—En todos nuestros años en la academia esa mínima interacción no nos hace realmente cercanos—.
No pude evitar asentir con lentitud, sintiendo una extraña mezcla de alivio y amarga validación. No era crueldad; era simple honestidad, algo que rara vez me habían concedido en Konoha. Que alguien lo dijera en voz alta tenía más peso del que debería.
—Exacto. En el mejor de los casos, somos conocidos —. Añadí con calma.
—Yo en ese entonces era el chico problema, un fracaso, un paria al que ustedes ignoraban. Y no los culpo, pues Konoha entera estaba bastante cómoda fingiendo que yo no existía—.
Ino apretó los labios y bajó la mirada, incómoda, atrapada entre la culpa y los recuerdos de una indiferencia que en su momento había parecido normal. Chōji se removió en su sitio, claramente fuera de su zona de confort, mientras Shikamaru soltaba un suspiro largo, hundiendo las manos en los bolsillos.
Mientras tanto, Anko me estudiaba con esos ojos brillantes, ladeando la cabeza con la misma una curiosidad felina. Pero había algo distinto en su sonrisa, una tensión nueva que me raspaba los nervios.
Desde el incidente con su sello sabía que, tarde o temprano, ese error volvería para morderme el trasero, pero no esperaba que lo hiciera tan pronto. Aquella mirada no era simple interés ni burla. Era… algo más. Y eso no me gustaba en absoluto.
Cuando tomé el alma del sello maldito para estabilizarlo, dejé un fragmento de la mía como ancla, convencido de que bastaría para evitar el colapso y salvarle la vida. Pensé que el impacto sería lento, casi imperceptible, algo que podría corregir con tiempo. Subestimé enormemente la velocidad con la que el sello activo deformaba la lealtad, cómo ese vínculo artificial se alimentaba de mi propia esencia para reescribir prioridades dentro de ella.
Me volví hacia Anko, incómodo, forzando la voz a mantenerse neutral.
—¿Algo más que quieras decir?—.
Anko se encogió de hombros y sonrió, pero no era su mueca burlona habitual. Aquello era distinto. Demasiado suave, demasiado… dócil para alguien como ella. Cuando habló, su voz fue un ronroneo bajo que me erizó la piel.
—Lo que decidas, yo lo haré. Entregué el mensaje. Lo demás… es asunto tuyo, Naruto-sama—.
El silencio cayó como un bloque de plomo. Yo me quedé rígido, y no fui el único. El equipo diez la miró con los ojos abiertos de par en par; Ino parpadeó, completamente descolocada; Chōji dejó de masticar a mitad de movimiento. Shikamaru frunció el ceño con una lentitud ya calculando y diseccionando ese honorífico. Ese “sama” no había sido irónico. Sonó sincero, sonó… devocional.
El estómago se me hundió.
/El maldito sello… avanzó mucho más rápido de lo que pensé/. No me gustó en absoluto. Creí que tendría tiempo, margen para encontrar una solución. Otra vez, me equivoqué.
Anko, con una calma aterradora, se quitó la diadema de Konoha. La sostuvo un segundo, observando el metal con un desprecio apenas velado, como si mirara un objeto ajeno. Luego la lanzó hacia Shikamaru con un movimiento seco.
—Mocoso Nara. Estás a cargo. Diles a Konoha que renuncio—.
Shikamaru atrapó la placa casi por reflejo. La sostuvo un instante, la observó como si pesara más de lo que debería y luego levantó la vista hacia Anko. Su ceja se contrajo, los ojos se le cerraron un segundo y soltó un suspiro largo, cargado de un cansancio que no correspondía a su edad. Simplemente aceptó la realidad con resignación pura.
—… Problemático —. Murmuró al fin.
Anko no esperó respuesta. Dio media vuelta con un chasquido seco de botas y rodeó la mesa con paso despreocupado, hasta detenerse a mi lado. Demasiado cerca. Lo suficiente para invadir el espacio personal que ya no parecía importarle respetar. Temari cruzó los brazos, los labios temblándole mientras luchaba contra la risa, hasta que finalmente dejó escapar un resoplido que casi fue una carcajada.
—Bueno… eso fue directo —. Murmuró la princesa de Suna, claramente entretenida.
Yo solo quería desaparecer. Hinata, desde un costado, tragó saliva con una incomodidad evidente, sin saber dónde mirar ni qué hacer con las manos. Sasame escribía con una velocidad alarmante, el pergamino vibrándole bajo la pluma sin atreverse a alzar la vista. Karin se recostó en su silla y me lanzó una mirada cargada de veneno puro-
—Felicidades, mi señor —. Escupió con sarcasmo ácido.
—Adoptaste a otra lunática devota para tu corte. Seguro que nada saldrá mal—.
Me cubrí la cara con una mano y solté un suspiro que parecía salir desde lo más profundo del alma.
—… Por favor, que alguien me pegue un tiro —murmuré, derrotado.
Anko dejó escapar una risita suave, peligrosamente satisfecha.
—No tan rápido, Naruto-sama —. Dijo con una alegría que no necesitaba fingir.
— Apenas comienzo mi servicio. No quiero quedarme sin jefe tan pronto—.
—¡Cállate! —. Repliqué sin siquiera mirarla, con una voz cansada que solo consiguió provocarle otra risita encantada.
Y supe, con una certeza absoluta, que ese día no iba a terminar bien. Shikamaru, con la diadema de Konoha en la mano, negó con la cabeza y murmuró.
—Definitivamente… problemático—. Mientras se guardaba la placa de Konoha con gesto exhausto.
El equipo 10 no perdió tiempo. Literalmente, se marcharon casi cómicamente rápido. Ino con el ceño fruncido, Chōji lanzándome miradas nerviosas y Shikamaru con ese paso arrastrado que no lograba disimular el apuro. Los vi irse y me recosté en el asiento, dejando que el silencio cayera.
—Bueno —. Resoplé con sarcasmo cansado.
—Ahí van los diplomáticos de Konoha—.
Karin no se molestó en ocultar su sonrisa burlona mientras pasaba la página en su libro de registros.
—Quedaron encantados con tu hospitalidad, Naruto-sama —. Entonó con sarcasmo.
—No empieces —. Gruñí, frotándome las sienes.
Sasame ni levantó la vista de su propio pergamino mientras intervenía con aire inocente.
—Exacto. Naruto prefiere el título de joven maestro. Mucho más elegante—.
La forma en que alargó las palabras hizo que Temari resoplase de risa mal contenida.
Yo solté un gruñido ahogado y me dejé caer sobre la mesa con un golpe sordo, quedándome con la frente apoyada en la madera.
—Dioses… mátenme. Por favor—.
A mi izquierda, Hinata bajó la mirada pero no se movió ni un centímetro. Sostenía la tetera como si fuera ceremonial, firme, decidida a seguir cumpliendo con su autoproclamada función de asistente y sombra personal. Del otro lado, Anko se acomodó en su silla o trono improvisado, si uno leía la arrogancia en su postura con una sonrisa casi satisfecha.
—Sabes que ahora tienes dos sombras, ¿verdad? —. Comentó Temari con humor seco mientras observaba la escena.
Suspiré.
—Saben que soy más fuerte que ustedes, ¿verdad? —. Gruñí, pasándome la mano por el cabello con frustración.
—No necesito guardaespaldas—.
Anko se encogió de hombros con toda la calma del mundo.
—Igual que cualquier Kage—.
Se cruzó de brazos, mirando el techo con una sonrisa retorcida.
—Pero tener guardaespaldas no es para protegerte a ti —. Dijo Karin con paciencia teatral, como si le explicara a un niño especialmente obtuso.
—Es para demostrar que puedes darte el lujo de tener gente fuerte a tu lado. Es poder militar e imagen. Nadie quiere meterse con el tipo al que dos kunoichi mortales siguen de día y de noche—.
Temari asintió con lentitud, disfrutando cada palabra.
—No suele ser tu estilo, pero… tienes que admitir que funciona—.
Hinata se sonrojó con violencia pero no dio un paso atrás. Enderezó la espalda, aferró la tetera con más fuerza.
—Haré… lo que sea necesario. Por Naruto-kun—. Dijo bajito, casi inaudible.
Sentí el músculo de la sien palpitarme. Cerré los ojos y exhalé un suspiro tan largo que podría haberme quedado sin pulmones.
—… Lo odio—.
Karin carraspeó con fingida solemnidad, sin apartar la vista de sus pergaminos.
—Todos votamos que eso es irrelevante—.
Temari levantó una mano con aire solemne.
—A favor—.
Hinata, roja como un tomate pero firme, levantó la suya.
Sasame ni se molestó en alzar la vista, pero murmuró.
—A favor—.
Anko alzó el kunai como si fuera un voto válido.
—A favor—.
Giré la cabeza hacia Neji, buscando piedad. Él solo suspiró, me sostuvo la mirada… y asintió con resignación.
—Lo siento. A favor—.
Solté una carcajada breve, seca, más un ladrido amargo que otra cosa.
—No se supone que soy el posible futuro daimyo. ¿No tengo voz en esto?—.
El coro fue unísono.
—No—.
Hundí la cara en las manos.
—¿Por qué no pueden ser adolescentes normales?—.
Ellos se encogieron de hombros con total sincronía, como si hubieran ensayado.
—Al menos hagan algo normal, por una vez —. Murmuré desde entre los dedos.
Anko… sonrió. Esa sonrisa inquietante, mezcla de servidumbre sincera y puro amor por el caos.
—Como ordene, Naruto-sama —. Entonó con deleite venenoso.
Temari se inclinó apenas, voz burlona y fina como un kunai.
—Da gusto ver cómo crece el harén militar del señor feudal—.
—¡Temari! —. Exclamó Karin, escandalizada, casi tirando sus pergaminos.
Temari alzó ambas manos con descaro.
—¡Es broma, es broma!—.
Hinata solo bajó más la cabeza, dejando que su flequillo ocultara el brillo de sus mejillas encendidas. Sasame no levantó la vista ni un segundo, pero el temblor en sus hombros delataba que estaba aguantándose la risa a duras penas. Yo me hundí más en la silla, las manos colgando inútiles a los costados.
/Al diablo con el chakra, con el sistema ninja y con este mundo que crea niños tan precoces… ¿por qué no pueden ser adolescentes normales?/
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Me retiré de ese manicomio con un suspiro pesado, dejando atrás sus voces, sus risas y sus intrigas. Caminé solo hasta Nordrassil, la gran copa extendida como un techo viviente sobre el mundo. Subí hasta una de sus ramas anchas y me acomodé allí, dejando que el viento fresco despeinara mi cabello para escapar, pero también para buscar algo, entre sus ramas y respiré.
El qi del mundo fluía denso y lento, purificado por Nordrassil hasta parecer agua clara. Al inspirarlo, lo sentía llenar mis meridianos y recorrerme como un río subterráneo que conocía cada grieta de mi cuerpo. El dantian giraba con constancia, refinando y absorbiendo sin pausa. Con cada ciclo, los músculos se fortalecían y la mente se expandía un poco más. El mundo y yo nos tocábamos, se reconocían… pero nunca llegábamos a fundirnos del todo.
Porque, aunque este cuerpo fuera mío ahora, aunque estos recuerdos se hubieran mezclado con los míos hasta volverse casi indistinguibles, la frontera de la Fundación seguía intacta. Un límite invisible que no respondía a técnica ni a voluntad, sino a algo más profundo. En ese silencio interior, la pregunta siempre regresaba, punzante, imposible de ignorar.
/¿Quién soy realmente?/.
Naruto, el paria de Konoha. El portador de Kurama. ¿O el intruso que ocupó su lugar sin permiso? Esa grieta interna se negaba a cerrarse, resistiendo cada intento de consolidación completa. El viento se deslizaba entre las hojas con un murmullo frío, como si el propio mundo me invitara a soltarlo todo, a cerrar los ojos y abandonar el yo. A seguir el sendero fácil de la paz interior.
En algunos momentos casi cedía. El qi se volvía difuso, sin nombre ni frontera, fundiéndose conmigo en una calma absoluta. Era tentado, en esa quietud, los cimientos del cultivo intentaban formarse por sí solos, atraídos por la armonía natural del mundo. Entonces lo entendí, era el camino del Buda. La disolución del yo.
Y ahí estaba el error. No era miedo a morir, ni siquiera miedo a cambiar. Era miedo a traicionar. A él, a mí, a lo que significaba vivir en este mundo con este nombre y este rostro. Podía imponer leyes justas, construir puertos, abolir sellos malditos y reescribir destinos. Pero no podía avanzar si renunciaba a existir como individuo.
Mi respiración se volvió lenta y profunda. El qi seguía fluyendo, fortaleciéndome pese a todo. La cultivación avanzaba, aunque mi mente gritara por detenerse. Cada inhalación era una afirmación de existencia; cada exhalación, un recordatorio de que no debía desaparecer para progresar. No era un Buda, era un cultivador. Mi senda no era fundirme con el mundo, sino afirmarme frente a él.
No huí ni forcé nada. Permanecí allí, dejando que Nordrassil crujiera bajo mí, que el qi llenara mis canales una y otra vez, obediente pero indómito. Rechacé la paz fácil y abracé la fricción. La frontera persistía no como un obstáculo, sino como una prueba, el límite que separa al que se disuelve del que se consolida.
Aunque hoy no cerrara el cimiento, aunque la Fundación aún resistiera, seguiría avanzando. Cada respiración era un voto silencioso de permanencia, una afirmación obstinada de existir sin diluirme. Algún día, en este mundo que había elegido como propio, hallaría el equilibrio correcto. No perderme en lo que era, ni negar lo que debía ser.
Porque el poder de un cultivador no nace de desaparecer, sino de mantenerse firme. De sostener el yo incluso cuando el mundo empuja a disolverlo, de imponer la propia voluntad frente a la armonía falsa que promete descanso. Proteger no por deber universal, sino porque así lo decidió.
Los que caminaban este sendero siempre fueron egoístas. Obstinados. Locos, según cualquier estándar razonable. Y aun así, eran ellos quienes torcían el destino, quienes arrancaban milagros al cielo a la fuerza. Ese era el camino que elegiría recorrer, no el de la paz absoluta, sino el de la afirmación implacable.
Porque solo alguien que se atreve a decir esto es mío puede realmente defenderlo.
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Mientras Naruto buscaba paz sobre Nordrassil, abajo la atmósfera estaba cargada. Neji sudaba frío. Su Byakugan estaba apagado, pero no necesitaba activarlo para sentirlo, instinto asesino puro se filtraba como veneno en el aire. Su entrenamiento le salvó, se quedó absolutamente inmóvil, fingiendo ser un cadáver. Si respiraba más fuerte, sabía que esas miradas mortales se volcarían sobre él.
En el centro de la sala, las chicas habían formado un círculo cerrado alrededor de Anko. Sakura estaba en una esquina, conteniendo el aliento. Observaba con horror la escena, considerando si era momento de intervenir o rezar por el alma de la víctima.
Temari avanzó medio paso, su abanico de guerra ya desenfundado su agarre tensó en el, un filo en la sonrisa.
—No nos hagas repetirlo —. Dijo con calma helada.
Anko sonrió con placer casi burlón, pero sus ojos no tenían rastro de miedo. Más bien chispeaban con esa obediencia torva y sincera que la hacía tan inquietante.
—Ah, vamos… no planeo nada. Naruto-sama me dijo que me quedara. Yo obedezco, es asi de simple—.
Karin avanzó un paso, sello explosivo en mano, con voz cargada de veneno.
—No me hagas reír. Esa forma de mirarlo… no es simple. Es sedienta y todos aquí lo hemos notado—.
Sasame no dijo nada, pero giraba su kunai con parsimonia. La hoja reflejaba la luz como un ojo frío. Desde las vigas superiores, Fu bostezó y abrió los ojos, el iris verde afilado como un cuchillo.
—Si se vuelve un problema… me encargo —. Dijo con indolencia, su voz arrastrada, pero peligrosa—.
Anko bajó las manos en señal de paz, aunque su sonrisa nunca desapareció.
—No entiendo por qué tanta hostilidad. Solo sirvo a mi señor, el me aceptó. Eso es suficiente para mí—.
Temari apretó la mandíbula.
—¿Suficiente para ti? No para nosotras. No confiaremos a ciegas. No de alguien de Konoha, no con alguien que parece tan… ansiosa.
Karin bufó.
—Mantén tus manos y tus planes lejos de él. O aprenderás por las malas qué tan “hospitalarias” somos aquí—.
En la esquina, Sakura tragó saliva con fuerza, sintiendo el aire pesado como plomo. La mano se le crispó sobre su botiquín mientras evaluaba la tensión como si fueran fracturas expuestas.
—Uhm… chicas… —. Intentó, con la voz algo más firme.
—Naruto odia cuando los jóvenes… ya saben, ejercen violencia entre ellos. No le gustaría ver esto—.
Karin giró la cabeza, su sello explosivo aún entre los dedos.
—No es violencia si es… diplomacia preventiva —. Murmuró con un filo venenoso en la voz.
Temari ni se dignó a mirarla. Su abanico de guerra permanecía apoyado, pero el modo en que tamborileaba los dedos sobre él era puro cálculo.
—Sakura tiene razón pero entiéndelo, Anko. No confiamos en ti, nada personal. Bueno… casi nada—. Añadió con un suspiro
Anko ladeó la cabeza, el cabello cayendo en cascada sobre su hombro. Sus labios se curvaron en una sonrisa desconcertante, una sumisión inquietante.
—Él confía en mí. Yo vivo para obedecerlo, nada más—.
Ese tono silenció a todas. Incluso Karin dejó de moverse, y el kunai de Sasame se detuvo en el aire. Fu, desde la viga, abrió ambos ojos con alerta felina. Temari cerró el abanico con un chasquido seco.
—Perfecto. Entonces obedece y recuerda… no todas aquí somos tan fáciles de engañar—.
En la pared del fondo, Neji parecía haberse fusionado con el mobiliario. No se movía de echo apenas respiraba, había aprendido que, como buen ninja, a veces la mejor estrategia era imitar un cadáver. Y por nada del mundo quería llamar la atención en ese momento. Sakura dio un paso incómodo al frente, levantando ambas manos en un gesto conciliador.
—Por favor, relájense. Naruto no quiere facciones ni peleas internas —. Dijo Sakura con un intento de autoridad, aunque su voz temblaba un poco.
Honestamente, no entendía cómo habían llegado a esto, la tensión era irreal. Ella estaba parada en medio de un campo minado emocional, rodeada de kunoichis listas para matarse con una sonrisa, y su cerebro seguía preguntándose por qué demonios seguía aquí.
Había enviado una carta a sus padres semanas atrás. Tsunade-sama le había dado permiso especial para permanecer en el País de las Olas bajo el pretexto de entregar mensajes a Kakashi. Porque, claro, él no podía enviar ninguno. Técnicamente estaba preso, aunque nadie se atrevía a tratarlo como tal. Tampoco podía ordenar a Sakura que hiciera nada en su nombre… pero al menos podía escuchar lo que decía la aldea.
Y Sakura había cumplido. Informó todo lo que debía. Menos una cosa pero, el contrato. Ese contrato maldito que le impedía espiar, mentir, conspirar, manipular, encubrir, falsificar… básicamente todo lo que haría un ninja en una misión de inteligencia. Sakura, sin quererlo, se había convertido en un espía que no podía espiar. Una presencia neutral. Ni una traidora, ni leal. Un cabo suelto con botiquín y ahora, estaba allí, intentando mediar entre kunoichis territoriales y una mujer marcada por un sello maldito.
Hinata, por su parte, permanecía en silencio. Pero su Byakugan estaba activo, sus pupilas pálidas fijas en Anko con una intensidad casi antinatural. Veía cada cambio en su respiración, cada tensión en sus músculos, como si evaluara la mejor forma de reaccionar si se atrevía a moverse. Sentía animosidad, ardía con un resentimiento silencioso. Naruto la había aceptado demasiado fácil, demasiado rápido. No había pruebas ni penitencia, nada. Y eso le hervía la sangre.
Pero Hinata no dijo nada. Porque había decidido una cosa, si Naruto confiaba en alguien, ella también lo haría. Aunque le costara. Aunque doliera, aunque quisiera arrancarle la garganta a esa mujer con sus propias manos. Su mente se apretaba alrededor de un solo pensamiento
/Él decidió/. Y ella, que ya no tenía el yugo de la rama principal sobre su cuello, ya no era una sirvienta de un padre, de un clan o de una aldea.
Era libre y había elegido su lealtad de forma absoluta. Naruto era su señor, su razón, su camino. Libre para sentir, libre para amar. Libre para matar si alguien lo amenazaba. Así que se mantuvo neutral o al menos fingió serlo.
Temari no había soltado su abanico. Sus nudillos estaban blancos contra el mango. Karin mantenía los sellos en la manga, dedos tensos como garras esperando la orden. Sasame no dejaba de vigilar, el kunai brillando con luz inquieta. Fu no había bajado, pero su chakra se sentía como el de un tigre enroscado en la rama, listo para saltar.
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Me senté en mi “oficina” un par de días después de que la comitiva de Konoha abandonara Wave y Anko se asentara oficialmente en el país. Pasé horas leyendo informes, uno tras otro, hasta detenerme en el que Temari me había entregado personalmente.
Fruncí el ceño y solté un suspiro lento. Al parecer, la tribu nómada liderada por Kahito no solo existía, sino que actualmente se desplazaba por el País de la Tierra, siguiendo una ruta bien definida que los mantendría lejos del País del Fuego durante al menos un año más.
Eso complicaba las cosas. Para que los sucesos relacionados con las Piedras Gelel comenzaran como recordaba, esa gente debía estar mucho más cerca del País del Fuego. Además, mi memoria sobre ese relleno era incompleta y poco confiable. Tendría que esperar a que apareciera el antagonista de turno, quitarle ese maldito libro que llevaba consigo y extraerle toda la información necesaria para localizar las piedras. Forzar el hallazgo antes de tiempo sería contraproducente y arriesgado.
Tampoco podía contar con Gaara para este asunto. No quería que Suna pusiera demasiado interés en esa tribu ni que descubrieran algo que no necesitaban saber. La última cosa que necesitaba era otro poder mayor mirando con demasiada atención en la misma dirección. Así que opté por la vía discreta. Nada de movimientos bruscos, nada que llamara la atención.
Por eso encargué una serie de misiones menores de reconocimiento. Informes dispersos, aparentemente inconexos, tribus nómadas, clanes aislados, rutas comerciales olvidadas, localizaciones al azar en varios países. Desde fuera parecía una recopilación rutinaria de información general. Desde dentro, era exactamente lo que necesitaba, tiempo, control y la ilusión perfecta de normalidad mientras el tablero se acomodaba solo.
Continué revisando los informes hasta que una carta, colocada casi al final del montón, logró detenerme. Al leerla, sentí una punzada de tristeza que no esperaba. Antes de abandonar Konoha o, siendo más preciso, antes de que Konoha decidiera encarcelarme me había asegurado de hacerle llegar un mensaje a Yakumo. No era una promesa inmediata, sino una oferta a futuro de ayuda cuando la situación dentro de su clan se volviera insostenible, como sabía que tarde o temprano ocurriría.
La respuesta que ahora sostenía entre mis manos sellaba su destino de una forma que me dejó un sabor amargo. Yakumo rechazaba formalmente mi ayuda. Con cortesía, con la obediencia esperable de alguien atrapada en una jaula invisible. Sin embargo, en la misma carta, el clan ofrecía algo distinto, estaban dispuestos a contratar mis servicios… si yo tenía una manera de “arreglar” su problema.
Eso no podía aceptarlo. No solo porque no confiaba en ellos, sino porque ni siquiera estaba seguro de toda la verdad detrás del desastre de ese clan. Nunca supe si fue Sarutobi quien ordenó la eliminación de sus líderes, o si había sido obra del alter ego de Yakumo desatado por su poder. Podía sellar esa parte de ella, de eso estaba seguro; existían matrices capaces de aislar fragmentos del alma o la mente sin destruirlos. También podía curar o arreglar su cuerpo débil y fortalecerlo.
El problema era el precio. Para hacerlo tendría que poner un pie en Konoha y mientras Wave no fuera reconocida plenamente como una nación soberana, no pensaba hacerlo. No iba a entrar en una aldea que aún me veía como un recurso o un arma. No estaba dispuesto a arriesgarme a que intentaran capturarme “por el bien común” y verme obligado a borrar media aldea del mapa para escapar. Cerré la carta con cuidado y la dejé a un lado. Algunas tragedias no se evitan por falta de poder, sino por el momento equivocado.
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Notas: ¡Gracias por leer! No olvides comentar si te gustó.
Ahora, una aclaración importante: muchos se preguntan por qué la gente obedece y sigue a Naruto cuando todavía es tan joven. Para los civiles y para no pocos shinobi que crecieron escuchando historias sobre Hashirama, la respuesta es bastante obvia.
El Primer Hokage no era solo un líder carismático: debió parecer un auténtico monstruo desde la perspectiva de la gente común. Las batallas que conocemos, vistas desde fuera, eran como presenciar a dioses enfrentándose… o peor aún, fuerzas de la naturaleza sin rostro humano. Naruto, en este punto de la historia, evoca exactamente ese mismo miedo reverente.
Muchos fics pasan por alto ese detalle y tratan el Mokuton con demasiada ligereza. Despertar esa habilidad no es “obtener un elemento raro”: es convertirse, de inmediato, en una pesadilla viviente para cualquiera que conozca la historia.
Que alguien despierte Mokuton y además sea capaz de reproducir o incluso acercarse a lo que mostró Hashirama, no inspira admiración primero, sino miedo. Miedo puro y racional.
Para los civiles y shinobi por igual, Mokuton significa ejércitos detenidos, bijū sometidos y batallas que redefinieron el mundo. Que un joven lo use con naturalidad no tranquiliza a nadie; al contrario, despierta el mismo terror reverente que rodeó al Primer Hokage. Naruto no es seguido solo porque convenza, sino porque su sola existencia recuerda a todos lo que ocurre cuando alguien así decide avanzar.
Killer Bee está de vacaciones en la Wave, así que no es un problema. Lo veremos poco, está disfrutando, pescando y relajándose. Para él, este lugar es un retiro ideal, perfecto para un Jinchūriki cansado.
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