Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 4
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Capítulo 4: Sobrestimarse
Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.
— Personaje hablando —
/ Personaje pensando /
Me senté junto a las vasijas vacías, sintiendo el silencio cómodo a mi alrededor. El cielo nocturno se extendía sobre mí, un manto infinito de estrellas con la luna brillando en lo alto, como un ojo impasible que observaba desde las alturas. La brisa nocturna traía consigo el aroma de la hierba húmeda y la tierra, un recordatorio de lo efímero que era todo. En ese momento, no era un niño soldado ni un enemigo de la aldea, solo un hombre reflexionando bajo la vastedad del firmamento.
Mis pensamientos se deslizaron por caminos inciertos. Mi nueva vida estaba sujeta a cambios impredecibles, a giros inesperados que nadie podía prever. Cada película, cada OVA, cada juego y cada fanfic representaban una posibilidad en esta versión del mundo en la que me encontraba atrapado.
No había certezas, solo caos que dictaba el destino. Ni siquiera los sapos eran una apuesta segura. En algunas ficciones, eran leales a Jiraiya por encima de Naruto; en otras, se mantenían neutrales, observando desde las sombras sin intervenir; y en algunas versiones, tomaban el lado de Naruto sin dudar. Nada estaba escrito en piedra, nada era absoluto hasta que se hacía realidad.
Este mundo estaba envuelto en muerte y traiciones. No importaba cuántas veces alguien prometiera lealtad, siempre existía la posibilidad de que todo se torciera. La política, las alianzas, las promesas… Todo podía desmoronarse en un instante. No era una cuestión de poder o de voluntad, sino de la naturaleza misma de este mundo. Era una partida de shogi donde todos eran piezas que podían sacrificarse en cualquier momento.
Fue entonces cuando sentí una presencia acercándose. No necesité girar la cabeza para saber quién era. Su andar era ligero, pero no había ese sonido de pasos pesado cuando alguien es hostil y camina firmemente. Yugao estaba parada frente a mí, con su máscara ANBU reflejando la luz de la luna. Sus ojos, ocultos tras la fría mascara, me observaban con intensidad, buscando respuestas que ella sabía que no podía exigir.
Recordaba claramente una enseñanza en la academia, la aldea tenía reglas, y una de ellas, impuesta por el Tercer Hokage ya que lo favorecía a el y su clan, era una que protegía a los invocadores y sus contratos. No tenían obligación de revelar sus secretos, siempre y cuando sus actos no fueran obviamente en contra de Konoha.
Sin decir una palabra, saqué el vino que había guardado y coloqué dos vasos simples en el suelo. El líquido oscuro cayó en cada copa con un sonido suave en la silenciosa noche donde solo las cigarras cantaban. Extendí una de ellas hacia Yugao en un gesto mudo. Durante unos segundos, no se movió. La tensión se mantuvo en el aire pero finalmente, sin decir nada, se sentó detrás de mí, lo suficientemente lejos para no ser una amenaza, pero lo bastante cerca para aceptar la invitación.
Bebí un sorbo, dejando que el licor se deslizara por mi garganta como un fuego líquido, una creación más allá de lo mundano. Un suspiro ahogado escapó de Yugao. Intentó contener su reacción, pero fue evidente que el sabor la había tomado por sorpresa. No la culparía; después de todo, no existía en este mundo un licor como el que yo había creado.
Nos quedamos así, en un silencio cómodo, solo acompañados por el murmullo del viento y el distante croar de los sapos en el estanque cercano. No había necesidad de palabras. En este momento, no éramos ANBU ni ninja, no éramos enemigos ni aliados. Solo dos personas compartiendo un momento fugaz bajo la noche.
Antes de terminar mi vaso, lo alcé ligeramente en el aire.
—Por el porvenir. Que Konoha proteja a los jóvenes brotes, y a cambio, los brotes protegeremos a la Hoja —.. Dije con calma.
Era una burla sutil, una ironía amarga ante la posibilidad de mi futuro destierro o un intento de encarcelamiento. Yugao no respondió pues no había necesidad. Ambos sabíamos lo que significaba ese brindis.
Me levanté con tranquilidad, sintiendo el peso de la noche sobre mis hombros. Sin mirar atrás, emprendí el camino de regreso a la aldea, dejando a Yugao sola con su copa a medio terminar y la luna como su única compañía.
Mientras me alejaba del campo de entrenamiento, mis pensamientos se enfocaban en el futuro. Había demasiadas variables en juego, demasiadas rutas que podrían torcerse con la más mínima alteración, y debía prepararme para todas ellas. No importaba qué tan firmes fueran mis planes; el destino tenía la costumbre de sorprender incluso a los más calculadores.
Con un suspiro, levanté la mano y activé el sello en mi palma, sacando un pequeño mechón de cabellos castaños oscuros. Eran hilos finos, suaves, pero lo que contenían los volvía un recurso invaluable. Estos cabellos pertenecían a Hanabi Hyūga. No los había obtenido por capricho ni por simple curiosidad, sino por una medida de previsión.
Hanabi era, según palabras del propio Hiashi, la segunda persona con el Byakugan más puro de su generación, solo por detrás de su primo, Neji. No era casualidad que Toneri Ōtsutsuki la hubiera considerado por encima de cualquier otro Hyūga en su obsesión por la pureza. Eso significaba que su ADN era especial, de un valor incalculable si alguien sabía cómo aprovecharlo.
No planeaba hacer nada con él en este momento, pero en un mundo donde la clonación ya era una realidad donde existían individuos capaces de replicar personas enteras con la mezcla adecuada de conocimientos y tecnología nunca estaba de más contar con una carta bajo la manga.
/En este mundo de locura, no me sorprendería que alguien lograra clonar solo un par de ojos. Si alguien como Orochimaru pudo modificar células para crear técnicas prohibidas y extender su vida, entonces en algún lugar debe existir un método para extraer y reproducir únicamente los dōjutsu. Como reencarnación de Asura, poseo una pequeña fracción de chakra Ōtsutsuki en mi interior. Si llegara a obtener un Byakugan, ese podría ser el primer paso hacia el despertar del Tenseigan. Pero por ahora, esto es solo una precaución./
En mi mundo original, la clonación a partir de cabellos era imposible. Las células capilares estaban muertas, y su ADN solía degradarse con el tiempo, volviéndose inútil para cualquier tipo de reproducción biológica. Pero este mundo no seguía las reglas de la ciencia ordinaria. Aquí, la biología se retorcía bajo el poder del chakra, desafiando cualquier lógica convencional.
No me sorprendería que alguien con el conocimiento adecuado pudiera reconstruir el ADN completo a partir de estos cabellos, aislar los genes responsables del Byakugan y replicar la estructura de un ojo funcional. Pero para ello, necesitaba recursos, un laboratorio y, lo más importante, a alguien con las habilidades y la mente dispuesta a desafiar los límites de la ciencia.
Y en ese sentido, mi mejor opción era Amado.
En el futuro, aquel hombre se convertiría en un científico al nivel de Orochimaru, un visionario cuyas creaciones pondrían en jaque a las grandes naciones. Sin embargo, lo que realmente me interesaba de él no era su intelecto, sino su mayor debilidad, la enfermedad de su hija.
Según mis recuerdos, la mujer padecía una dolencia incurable, una enfermedad que, sin importar cuánto lo intentara, Amado no pudo detener. Su desesperación lo llevó a hacer lo impensable, crear un clon suyo en un intento de aferrarse a lo que había perdido. Esa creación sería Delta, una de sus más peligrosas bioarmas, una copia de su hija diseñada para albergar el Karma y devolverle la vida de la forma en la que Isshiki lo hacía con sus recipientes.
Si podía ofrecerle una cura antes de que la tragedia se consumara, podría tentarlo a unirse a mí. Su intelecto, su tecnología y sus conocimientos sobre modificación genética serían invaluables para mis planes. Convencerlo no sería sencillo, pero si lograba darle esperanza, aunque fuera mínima, tendría una oportunidad de cambiar su destino antes de que se convirtiera en la fría máquina de guerra que conocía.
Después de todo, no hay enfermedad que la alquimia no pueda curar con los ingredientes adecuados.
Aun así, no debería ser difícil encontrar a Amado. Un científico de su nivel no era alguien que pudiera pasar desapercibido fácilmente, especialmente si ya estaba trabajando en algo importante. Si estuviera afiliado a alguna aldea, habría registros de su actividad, rumores al menos. Nuevamente, maldije mi conocimiento superficial de Boruto. No tenía una línea de tiempo exacta sobre sus movimientos antes de unirse a Kara, pero tendría que arreglármelas con lo que tenía.
Tal vez contratar a una aldea shinobi para encontrarlo fuera la mejor opción. Konoha tenía sus propios recursos de inteligencia, pero si buscaba discreción, otras aldeas podrían ser más útiles. El dinero no sería un problema; con mi conocimiento de la alquimia, podría generar riquezas con facilidad, ya fuera vendiendo medicinas superiores a las píldoras estándar de los ninjas o fabricando materiales valiosos. No necesitaba oro, solo el interés de la gente adecuada.
Pero dejando de lado el reclutamiento del científico loco, guardé cuidadosamente el cabello de Hanabi en un sello y volví a enfocarme en mi descubrimiento más reciente. Primero, lo obvio.
/Me están vigilando./
La aparición de Yugao había sido demasiado rápida cuando invoqué a Gamabunta. Si bien la invocación de un ser de ese calibre era algo que llamaría la atención, la velocidad de su llegada solo podía significar una cosa, ya había un ANBU asignado para seguirme. Lo más probable era que incluso en este momento hubiera alguien observándome desde las sombras.
Pero eso no me preocupaba demasiado. Que supieran que podía hacer vino con alquimia no era algo significativo. No había mostrado nada lo suficientemente anormal como para levantar sospechas serias.
Lo segundo que noté era aún más interesante, Jiraiya no estaba en la aldea.
Si estuviera aquí, habría venido de inmediato a ver quién había invocado a Gamabunta. El Sannin no se habría quedado de brazos cruzados ante la presencia de su invocación más poderosa sin motivo alguno. Esto significaba que estaba fuera, probablemente en una de sus misiones de espionaje o perdiéndose en sus “investigaciones”. Eso me daba un respiro.
Suspiré, frustrado por la falta de libertad de movimiento. No importaba qué tan cuidadoso fuera, siempre habría ojos siguiéndome.
Decidí cambiar de estrategia y relajarme un poco. Dejando de lado mis pensamientos estratégicos por el momento, seguí el delicioso aroma que flotaba en el aire hasta una tienda de comida.
A pesar de que mis píldoras alimenticias me proporcionaban los nutrientes necesarios para diez días sin comer, aún tenía el deseo psicológico de disfrutar una comida de verdad. No era solo una cuestión de supervivencia, sino de placer mundano.
Entré al establecimiento y me senté, observando el menú. Sin dudarlo, pedí una orden de dango y una jarra de sake. El dueño del lugar me lanzó una mirada severa, con el ceño fruncido, pero aun así trajo lo que pedí.
No perdí de vista al hombre en ningún momento. La paranoia era una herramienta de supervivencia en este mundo. Me aseguré de que no hiciera nada sospechoso con mi comida antes de tomar un bocado del dango. El dulzor del recubrimiento contrastaba con la textura suave y ligeramente firme del interior, una delicia simple.
Luego, tomé el sake y lo probé con calma, dejando que el ardor del alcohol se deslizara por mi garganta.
/Un mundo donde se le sirve alcohol fuerte a un niño de 13 años sin pestañear…/
Ser un shinobi me hacía legalmente un adulto. A los ojos de la ley, era mayor de edad, pero la gente seguía viéndome como un niño en muchos aspectos. Era curioso cómo aún conservaban cierta “moralidad” al respecto, como si la edad realmente importara cuando la guerra podía llevarse a cualquiera sin importar cuán joven fuera.
Y fue entonces cuando el cliché golpeó la puerta con la sutileza de un toro en una tienda de cristalería, anunciando la entrada de Anko Mitarashi junto a Kurenai Yuhi. En una aldea con una población aproximada de 100,000 habitantes, encontrarme con personajes tan usados en los fics y con tanta relevancia en el canon era absurdo.
/Maldito sea este mundo y sus clichés/. Maldije en mis pensamientos mientras me encogía en la silla, intentando hacerme lo más pequeño posible para no llamar la atención de la dama serpiente. Pero fue inútil.
En cuanto Anko me vio, sus ojos se iluminaron con el reconocimiento, y, al ver mi obvio intento de esconderme, una sonrisa maliciosa se formó en su rostro. Contoneándose con su seductor cuerpo, jaló a Kurenai hacia la mesa. Les ofrecí una sonrisa tímida mientras ellas se sentaban frente a mí.
—Vaya, vaya, qué coincidencia encontrarme con el mocoso favorito de la Hokage aquí—. Dijo Anko con tono juguetón, mientras Kurenai sonreía con una expresión de disculpa hacia mí.
—Anko-san, Kurenai-san, ¿a qué debo el placer de que compartan mi mesa?—. Respondí, ignorando las provocaciones. Si tuviera la mentalidad de un adolescente, probablemente estaría más nervioso ante la presencia de dos bellezas tan cercanas.
—Solo venimos a molestar a un niño problemático—. Dijo Anko sin tapujos, con una sonrisa pícara.
—Después de todo, se corre el rumor de la misión fallida, y como Kurenai-chan acaba de regresar de su misión hoy con lo que queda de su equipo, te vimos todo solo y queríamos molestarte un poco—.
Anko recibió un golpe suave de Kurenai por ser insensible, lo que me ña hizo ruborizarse un poco. Anko, con su actitud traviesa, sacó la lengua mientras pedía una gran cantidad de dango.
—Siento que sea así, Naruto-san—. Continuó Kurenai con una sonrisa.
—Sin embargo, esta tarde te fuiste antes de que pudiera entregarte los pergaminos con el entrenamiento de chakra que me pediste, así que tuve que buscarte—.
Me sorprendí un poco ante sus palabras y, al darme cuenta de lo que había sucedido, sentí vergüenza por mi descuido. Había olvidado por completo que me estaba esperando. No podía evitar reprenderme por olvidar eso.
—Gracias, lo olvidé debido a la conversación que tuve con Hinata—. Respondí, tomando los pergaminos con algo de incomodidad.
La mención de Hinata trajo consigo una ráfaga de pensamientos, pero me obligué a concentrarme en la situación presente. Ahora sabía que me había encontrado con Anko y Kurenai porque me estaba buscando, lo cual tenía sentido dada su rango como jōnin, no sería tan raro que me hubieran encontrado tan fácilmente.
Mientras comenzaba a examinar los pergaminos, Kurenai hizo un pequeño gesto como si intentara suavizar el ambiente con una sonrisa tímida. Anko, sin embargo, parecía disfrutar demasiado de la situación, y no pude evitar sentirme atrapado entre las dos.
Mi mirada se desvió inconscientemente hacia el cuello de Anko, buscando el sello maldito oculto bajo su gabardina. Sin darme cuenta, un impulso irracional me llevó a pensar si alguna de mis matrices podría transferir el sello a un recipiente temporal, atrapando el fragmento del alma de Orochimaru que contenía. Aunque solo fuera un pedazo, ese fragmento de alma podría ser increíblemente valioso para un cultivador como yo. Había tantas posibilidades con algo así.
—Ojos arriba, mocoso—. Dijo Anko, claramente malinterpretando mi mirada, seguramente pensando que observaba su pecho, cubierto por la rejilla de metal y la ajustada camisa negra debajo. Kurenai puso los ojos en blanco y, sin decir palabra, se levantó para pedir algo de sake para acompañar las tonterías de Anko.
Al darme cuenta de mi error, moví mis ojos rápidamente hacia los suyos, pero este cuerpo impulsivo no pudo evitar soltar un comentario que no debía.
—Podría quitarte el sello—.
La atmósfera se volvió tensa al instante, y un pesado silencio llenó la mesa. Me maldije internamente, dándome cuenta de que había metido la pata, malditos sean los recuerdos de este bocazas que me afectan a ser tan impulsivo. Podía ver la irritación en sus ojos entrecerrados, y su expresión me decía claramente que estaba considerando la idea de desollarme vivo por tal comentario.
Anko me señaló con el palillo de dango, apuntando cerca de mi yugular.
—Piensa bien lo que vas a decir, mocoso. Incluso Jiraiya no pudo hacer nada. Ni el equipo de sellado de la aldea pudo descifrar qué demonios es este sello, y tú dices que podrías hacerlo. Si es así, ¿por qué no se lo quitaste al mocoso Uchiha?—.
El sudor comenzó a caerme por la frente al darme cuenta de que había cometido un gran error. Necesitaba salir de esta situación, pero al mismo tiempo, era una oportunidad única. Conseguir un fragmento de Orochimaru y lo que probablemente era el prototipo del sello maldito era algo que no podía dejar pasar. Un sello capaz de otorgar un modo sabio imperfecto. Si mal no recordaba, ese poder otorgaba un multiplicador de diez veces el chakra y la fuerza. Incluso un multiplicador por dos sería útil para mí.
La miré fijamente, midiendo mis palabras. Mis ojos se desviaron hacia Kurenai en la barra, y por un segundo, no pude evitar admirar su figura, luchando por controlar mi mente adolescente y hormonal. Volví a mirar a Anko.
—Es un secreto. Puedo ayudarte, pero nadie puede saberlo. No pierdes nada intentándolo, y ganarías mucho si logro hacerlo—. Susurré, en voz baja.
Anko entrecerró los ojos. El deseo de liberarse del sello de su antiguo maestro era demasiado fuerte como para no considerar mis palabras, aunque vinieran de un genin. Pero no era un genin común; era el jinchuriki, el mismo que había traído a Tsunade junto con Jiraiya de los Sannin, quien luego se convirtió en la Quinta Hokage. Según los rumores, también podría ser aprendiz del sabio sapo Jiraiya.
—Bien, mocoso, inténtalo. Pagaré lo que pidas si logras quitarme el sello. Y pagaré tu precio, incluso si es algo… pervertido—. Dijo, esbozando una sonrisa maliciosa que me dejó aún más confundido.
—¿Qué?—. Respondí, completamente desconcertado, dándome cuenta de las implicaciones de mis propias palabras.
Sin previo aviso, me tomó del cuello como si fuera un gato y me arrastró fuera del establecimiento, dejando a Kurenai sin decir una palabra. Usando una serie de Shunshin, Anko me llevó rápidamente a un lugar apartado, a lo que supuse era una pequeña casa en medio del bosque. La serie de movimientos de alta velocidad me mareó, y caí al suelo, confundido.
Aunque Naruto había experimentado el Shunshin antes, mi mente no estaba acostumbrada a esa sensación. Era incómodo moverse a tal velocidad sin previo aviso.
—Bien, hazlo, mocoso. Quítame el sello. Cuanto más rápido falles, antes podré obligarte a comprarme dango—. Dijo Anko burlonamente, claramente sin creer que pudiera hacer algo.
Mirando alrededor, fruncí el ceño mientras ingresaba a la pequeña cabaña. Saqué mi libreta de cultivación y alquimia, buscando en ella. Mi dedo recorrió las páginas hasta que encontré lo que necesitaba, una matriz devoradora de demonios, usada para sellar un alma oscura en forma de cristal para ser utilizada luego, ya sea como ingrediente o para otros fines.
Otra formación que encontré fue el sello de esclavitud y lealtad, que por su nombre ya se entendía lo que haría. Además, permitía modificar otros sellos de esclavitud con nuevas directrices, pero en este caso planeaba usarlo para romper el sello maldito de Anko. Por último, estaba la matriz de energía, lo más cercano a la capacidad del sello de extraer energía natural.
Anko me miró impacientemente mientras leía el libro. Con un dedo endurecido por chakra, comencé a grabar las matrices, siguiendo las instrucciones de cada una y superponiéndolas de manera básica para mis fines. Era un trabajo sencillo y antinaturalmente instintivo para mi, pero el sello de Anko era el prototipo, por lo que no debería tener la complejidad de otros sellos. Estas matrices estaban hechas para cosas más poderosas y complejas, pero usarían enormes cantidades de chakra, especialmente porque aún no poseía Qi.
Anko observó confundida la compleja matriz que había confundido con fuinjutsu. Cada vez que lo miraba, la Tokubetsu Jonin se daba cuenta de que era algo complejo, algo que, según los informes sobre el jinchuriki, no debería ser capaz de hacer. Intentó leer el libro de cultivación mirando sobre mi hombro, pero para ella era un galimatías. Sin embargo, como miembro del departamento de interrogatorios y aprendiz de Orochimaru, reconoció un lenguaje cuando lo vio, dándose cuenta de que el libro estaba cifrado.
Me tomó casi dos horas terminar de dibujar la matriz, y otra hora más para corregir errores. Pero Anko no se quejó ni me apuró cuando se dio cuenta de que realmente estaba haciendo algo, y no simplemente fanfarroneando.
Soltando un suspiro cansado, revisé una vez más la matriz. Era más compleja de lo que entendía. No sabía cómo funcionaba exactamente, pero sabía que debía hacer. Era más avanzada de lo que debería arriesgarme a intentar usar, pero una oportunidad así no podía dejarla pasar.
La matriz tenía tres espacios, en uno coloqué un pergamino vacío y de almacenamiento cortesia de Anko, donde se copiaría toda la información del sello maldito, así como una copia del mismo. El otro sería para formar el cristal demoníaco que contendría el fragmento del alma de Orochimaru, y el último, el central, era para Anko.
—En el centro de la matriz, siéntate y quítate cualquier cosa metálica o que contenga chakra, como sellos de almacenamiento, chakra metal, etc. Si tienes algo así, podría fallar todo el proceso—. Le dije mientras la observaba. Anko, que suponía que se trataba de un fuinjutsu avanzado, obedeció sin pensarlo dos veces.
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POV Neutral:
Anko siempre fue una persona impulsiva. Su mente, atrapada entre la desesperación y el deseo de romper todo vínculo con el hombre que una vez fue su maestro y que la había utilizado como experimento, no pudo evitar saltar ante la posibilidad que el mocoso Uzumaki le ofrecía. Ignoró todas las señales de advertencia, señales que cualquier ninja experimentado habría reconocido de inmediato.
Sabía que lo más sensato habría sido informar al Hokage sobre los conocimientos mostrados por el adolecente, sobre lo que estaba haciendo, y sin duda enviaar a un equipo para investigar más a fondo lo que estaba ocurriendo aquí. Debería haber interrogado a Naruto sobre el libro que tenía en sus manos, un libro que claramente no pertenecía a la aldea, preguntar cómo lo había obtenido y de qué tipo de conocimientos prohibidos o secretos podría estar plagado.
Sin embargo, Anko estaba tan centrada en su odio hacia Orochimaru, en su odio hacia todo lo que representaba ese hombre y la mancha que había dejado en su vida, que la lógica quedó a un lado.
Esta era su oportunidad de liberarse, de cortar con ese mal que le había marcado, de destruir la conexión que la ataba a él, y no iba a dejar que nada ni nadie se interpusiera en su camino. Incluso sabía que este proceso podía ser peligroso, que podía no funcionar o incluso salir mal, pero la idea de quedar atrapada con la marca, viviendo con la sombra de Orochimaru sobre ella, era una tortura aún peor.
Ella ya no pensaba en lo que podría suceder si algo salía mal. Su mente solo pensaba en una cosa, liberarse. La posibilidad de salirse con la suya, de cortar los lazos con Orochimaru de una vez por todas, le cegó ante la realidad de que lo que estaba haciendo no era algo que cualquier ninja corriente debería intentar.
Era como si una urgencia, una necesidad más profunda que el sentido común, la estuviera empujando a actuar sin pensar. Se olvidó de los protocolos, de las posibles consecuencias. Incluso el hecho de que estaba claramente involucrando conocimientos más allá de lo que el rango y habilidades del joven podrían justificar, lo ignoró todo, como si el miedo a seguir viviendo bajo el dominio del pasado fuera más fuerte que cualquier posible repercusión.
La desesperación era su guía, y aunque sabía que debería haberle cuestionado más, la decisión ya estaba tomada en su mente. No le importaba lo que debía informar al Hokage, ni el riesgo de que no interrogar a Naruto sobre el libro. No, Anko necesitaba tomar esa oportunidad para deshacerse de los restos de su pasado oscuro, y no dejaría que nada la detuviera.
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POV Naruto:
Retirando cualquier posible obstáculo que pudiera afectar el proceso, Anko se acomodó en el centro de la matriz, su cuerpo rígido y su respiración apenas controlada. Sus dedos se crisparon levemente antes de relajarse, como si en el último momento su instinto le gritara que dudara, pero lo reprimiera con pura voluntad. No podía permitirse la indecisión.
Yo, sin perder tiempo, activé la matriz. En cuanto lo hice, sentí mi chakra ser absorbido a un ritmo alarmante. Era como si una bestia hambrienta lo devorara sin piedad, drenándome más rápido de lo que habría imaginado. Si no fuera por el Kyubi, dudo que hubiera tenido suficiente para sostener el proceso. Aun así, tuve que ser cuidadoso. No podía permitirme desperdiciar chakra de manera que pudiera ser detectado fuera de la cabaña; debía mantener un flujo estable y controlado.
Lentamente, la matriz transformó mi chakra en Qi, un proceso que podía sentir con cada fibra de mi ser. Luego, la matriz se extendió, analizando y desglosando el sello maldito. Mientras avanzaba, sentí que el funcionamiento del sello se desplegaba ante mi mente como un libro abierto, revelándome su naturaleza en capas complejas y entrelazadas.
Era una pieza de fuinjutsu completamente demente, con estructuras biológicas injertadas que, tras analizarlas, deduje que provenían de Jūgo. Estas permitían absorber e integrar chakra natural en el usuario, una hazaña impresionante por sí sola. Sin embargo, había algo más, una función oculta que forzaba la obediencia al alma integrada. En este caso, esa parte estaba desactivada.
Anko, con su orgullo feroz y su inquebrantable terquedad, había resistido esa parte del sello desde el inicio. Su voluntad fue suficiente para rechazar la sumisión, provocando que el mecanismo de obediencia quedara inactivo, ademas otras funciones de fortalecimiento que tenia se desactivaron con el de sumisión. Su mente y espíritu se habían negado a ceder, incluso cuando su cuerpo había sido marcado como un experimento fallido de Orochimaru.
Y me di cuenta de lo inevitable, quitar el sello mataría a Anko, el sello estaba tan entrelazado con el sistema de chakra de Anko que eliminarlo, significaría un colapso total en su chakra y por ende la muerte, ahora entendía por que era un prototipo.
Tal vez no podría liberarla del sello, pero sí del alma de Orochimaru, hacer que la marca se vuelva invisible y se funda con su piel, además de activar sus mecanismos beneficiosos para convertirlo en una ventaja en lugar de un grillete.
Mientras mi comprensión del sello aumentaba, encontré lo más problemático, el contenedor del alma. Era una pieza de fuinjutsu absurdamente avanzada, más allá de mi conocimiento. Su propósito era claro, mantener un fragmento del alma de Orochimaru atrapado dentro del sello, alimentándose del chakra de Anko, drenando su vitalidad y limitando su crecimiento. En lugar de potenciarla, la debilitaba constantemente. Ese era el verdadero defecto del sello, Anko, al resistirse a la obediencia, había convertido la “bendición” del sello en una maldición.
/Anko no se doblegó… Resistió la dominación de Orochimaru. Eso es digno de respeto/. Pensé mientras la matriz se filtraba en los intrincados trazos de fuinjutsu.
La matriz de esclavitud para modificar el sello no era necesaria; la parte de obediencia estaba defectuosa y completamente apagada. Era una pequeña bendición.
Pude sentir cada parte del sello, cada trazo, cada hilo de chakra que lo formaba. No comprendía la teoría detrás de su funcionamiento, pero era como manejar un sistema complejo sin saber programar, no entendía los fundamentos, pero podía manipularlo lo suficientemente bien para cumplir mi propósito. Lentamente, copié el diseño en un pergamino, desglosando su estructura para su posterior estudio. No dejaría que este conocimiento se perdiera.
Una vez hecho eso, pasé a la parte más delicada. Retiré con sumo cuidado una muestra del componente biológico de Jūgo y la sellé en el pergamino. El sello, mientras tanto, comenzó a camuflarse en la piel de Anko, volviéndose invisible a simple vista. Ella permanecía inmóvil, sumida en un trance inducido por la matriz, diseñada para evitar que el paciente interfiriera con el proceso.
El siguiente paso era la activación de la absorción de chakra natural. Analicé rápidamente su cuerpo. Había algo inusual en su afinidad con esta energía, una conexión que no era natural para la mayoría.
/¿Pasó por el mismo proceso de muerte que Sasuke? Tal vez Orochimaru la llevó al mismo umbral de muerte para forzar su adaptación cuando era su alumna/. Me pregunté pensando en teorías sobre la afinidad de Anko a la energía natural.
Decidí correr el riesgo y activé la absorción de energía natural. Si Anko no hubiera sido compatible, el resultado habría sido catastrófico. Sin embargo, su cuerpo la aceptó sin problemas.
Pero lo peor aún estaba por venir.
El fragmento de alma de Orochimaru se aferraba a ella como una sanguijuela, extrayendo su chakra y vitalidad en lugar de absorber energía natural. Un error de cálculo por parte del sannin, sin duda. Lentamente, la matriz comenzó a despegar el fragmento, separándolo centímetro a centímetro… hasta que el alma contraatacó.
El sello tembló violentamente, y en un parpadeo, perdí el control de la matriz.
Antes de que pudiera reaccionar, la matriz se descontroló por completo. En un acto de pura brutalidad, arrancó el fragmento del alma de Orochimaru de su anfitriona, desgarrándolo como un depredador que arranca la carne de su presa. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando sentí el vacío que dejó en el sello.
Pero aquello no fue el fin.
La función de absorción de chakra natural que había activado se desbordó, perdiendo el control. La energía natural comenzó a fluir sin restricciones, inundando el cuerpo de Anko. Su piel, de un momento a otro, se tornó escamosa. Su respiración se volvió errática. Estaba perdiéndola.
Intenté estabilizarlo por medios convencionales, pero era inútil. Había arrancado el fragmento de alma demasiado violentamente, si hubiera sido lento y meticuloso el sello no se habría desestabilizado, pero ahora, el sello se desmoronaba, deshaciéndose como un tejido viejo que pierde sus hilos. El chakra natural, antes contenido, se acumulaba de manera descontrolada, desgarrándola desde dentro. Las venas de Anko se marcaron en un negro enfermizo, y su cuerpo empezó a convulsionar.
No había tiempo. Tenía que actuar. Creé un clon de sombra con apenas una centésima parte de mi chakra. Una cantidad insignificante… pero tendría que ser suficiente.
No estaba seguro. Era una corazonada, un riesgo enorme… pero era esto o dejarla morir.
Sabía que los clones de sombra compartían un vínculo con el alma del usuario, un concepto que había entendido tras ver la pelea de Hiruzen cuando utilizó el Shiki Fūjin. Si la muerte podía reclamar un clon de sombra como un sacrificio válido para un dios, entonces tal vez… solo tal vez, podía engañar al sello.
No había garantías, pero no podía permitirme dudar. El clon se coloco en la matriz y canalicé la esencia del clon en el sello.
La reacción fue instantánea. El clon se desintegró sin resistencia, pero en el último segundo, sentí un tirón dentro de mí. Algo más profundo que el chakra, más allá de lo físico. Un dolor sordo se propagó por mi pecho mientras una astilla de mi propia alma ocupaba el vacío en el sello.
El colapso se detuvo.
Anko dejó de convulsionar.
El chakra natural, antes salvaje y caótico, se estabilizó.
Mi respiración se entrecortó. Sentí un vacío indescriptible, como si una parte de mí hubiera sido arrancada, como si un eco de lo que era se hubiera perdido para siempre.
Pero Anko vivía.
Solté un suspiro tembloroso. Había sido una locura, un acto desesperado con consecuencias desconocidas. Pero funcionó.
Ahora solo quedaba esperar…
Por suerte, como futuro cultivador, sabía que existían formas de sanar y restaurar un alma. A largo plazo, esta pérdida no sería permanente. Eventualmente, podría recuperar lo que sacrifiqué.
Pero por ahora… no tenía idea de qué efectos podría sufrir.
Revisé la matriz con manos temblorosas, sintiendo un sudor frío recorrer mi espalda. Estaba dañada, fracturada por la brutalidad del acto que acababa de cometer. Pero cuanto más la examinaba, más evidente se volvía la magnitud de mi error. No solo había forzado una técnica que apenas comprendía, sino que había alterado algo que no debía tocar. Esta matriz estaba más allá de mi comprensión. No debí haberla usado.
Mi avaricia y mi orgullo me cegaron. Mi ambición me llevó a cruzar una línea que jamás debí haber pisado. Y ahora, tanto Anko como yo estábamos pagando el precio. El sello maldito de Orochimaru tenía un mecanismo de obediencia absoluta, diseñado para someter al portador a su voluntad.
Antes, esa parte del sello estaba inactiva, un vestigio latente sin función. Pero con mi intervención, la estructura se rompió. El mecanismo defectuoso se activó… solo para quemarse en el proceso. Ahora estaba permanentemente encendido.
Y la parte más aterradora era el hecho de que el fragmento de alma que había sustituido al de Orochimaru… era el mío. Sentí un escalofrío recorrerme al comprender lo que eso significaba. Con el tiempo, sin que pudiera evitarlo, Anko empezaría a alinearse conmigo. No sería un cambio abrupto ni una esclavitud inmediata, pero poco a poco su lealtad se inclinaría hacia mí. Una influencia sutil y silenciosa que, con los años, podría convertirse en algo absoluto. Intentar modificar el sello en este estado solo lo haría colapsar, y con ello, podría matarla.
Si quería solucionar esto, tenía que entender el sello desde sus cimientos. Y eso significaba años de estudio, diseccionando una técnica creada por un genio que operaba en un nivel que aún no alcanzaba. Pero el problema era que, para cuando lograra encontrar una forma de revertirlo, quizás ya sería demasiado tarde. La lealtad impuesta no sería un simple control mental; con el tiempo, podría volverse parte de su propia identidad, un sentimiento tan arraigado que ni siquiera sería consciente de que fue impuesto.
El chakra natural le otorgaba un poder inmenso, una capacidad que la mayoría de los shinobi jamás podrían dominar. Pero ese regalo venía con un precio oculto. Los seguidores de Orochimaru no eran simples subordinados; su devoción era inquebrantable, moldeada por un sello que manipulaba su propia percepción.
Para resistirse a ese tipo de influencia, se necesitaba una voluntad fuera de lo común, una determinación absoluta que trascendiera la lógica y la razón. Y aunque Anko era fuerte, no tenía la maldita bendición de ser un transmigrante de Indra como Sasuke.
Observé su cuerpo inconsciente y sentí una ira profunda e impotente contra mí mismo. Había cometido un error que quizás jamás podría reparar. Quise golpearme, gritar, hacer algo para liberar la frustración, pero no tenía sentido. Maldije mi estupidez en silencio, pero no podía hacer nada más que esperar y en ese tiempo roge la terca personalidad de Anko fuera suficiente para resistir como ya lo hizo antes.
La espera fue larga, tortuosa. Y cuando el amanecer llegó, trajo consigo un cambio.
Anko despertó.
Se incorporó con lentitud, parpadeando varias veces mientras trataba de ubicarse. Sus ojos recorrieron el lugar hasta posarse en mí. No dijo una sola palabra, pero su mirada me inquietó. Había algo distinto en ella.
No era devoción, no era amor ni admiración, pero tampoco era la misma indiferencia desafiante de antes. Había una suavidad en su expresión, una familiaridad casi imperceptible que no debería estar ahí a menos que lo buscaras como yo lo estaba haciendo ahora. Apenas un leve cambio… pero sabía exactamente en qué se convertiría con el tiempo.
La misma lealtad que los seguidores de Orochimaru sentían por él.
—Anko…—. Traté de hablar, pero antes de que pudiera articular palabra alguna, ella me envolvió en un abrazo tan fuerte, tan desesperado, que me quitó el aliento.
Su calidez me rodeó por completo, y por un momento, fue como si el mundo exterior dejara de existir. Estaba ahí, aferrándose a mí como si fuera lo único real en ese instante, mientras yo, atrapado en mi propia culpa y memorias de una necesidad desesperante de este tipo de amor, no sabía cómo responder.
—Bien hecho, mocoso. Puedo sentirlo… ese cansancio, ese malestar constante ya no está. Lo hiciste… hiciste algo que nadie más en Konoha pudo—. Su voz, aunque temblorosa, estaba cargada de una mezcla de gratitud y alivio.
A medida que acariciaba mi cabeza, sentí cómo sus dedos se deslizaban suavemente por mi cabello, como si quisiera asegurarme de que todo había terminado. Mi rostro, enterrado en su pecho, solo pudo sentir el latido acelerado de su corazón.
—Gracias—. La gratitud en su tono me revolvió las entrañas. Quería gritar, quería decirle la verdad, pero las palabras se ahogaban en mi garganta.
Si ella supiera lo que realmente había hecho, si supiera cómo había manipulado el sello sin entender las consecuencias, probablemente me odiaría o intentaría matarme mientras pudiera.
Tragué saliva, el peso de lo que estaba a punto de decirme aplastaba el pecho. Obligándome a hablar, mi voz salió entrecortada, como si mis palabras fueran un castigo por lo que sabía que había hecho.
—Anko… el sello tenía un fragmento del alma de Orochimaru. Lo quité—. Ella se tensó al instante.
Fue una reacción casi imperceptible, pero la noté al instante, como si el aire alrededor se hubiera enfriado repentinamente. Sus labios se entreabrieron, como si quisiera decir algo, pero antes de que pudiera, se los lamió, como si estuviera buscando sus propias palabras, o quizás sus propias emociones. No me interrumpió. Me dejó seguir, y eso solo aumentó mi miedo.
Con cada palabra, trataba de ocultar la verdad, de suavizar la gravedad de lo que realmente había sucedido. Le expliqué cómo el sello, en su interior, contenía un fragmento del alma de Orochimaru, pero decidí omitir todo lo demás. No le conté cómo, al extraer ese fragmento, la conexión entre el sello y ella había cambiado, cómo su lealtad ahora se dirigía hacia mí, como si fuera su nuevo “maestro”.
No mencioné cómo, en realidad, lo que había hecho la vinculaba a mí, a pesar de mis mejores intenciones. Le dije que ahora tenía acceso a un poder que antes estaba sellado, una especie de senjutsu bastardo, una fuerza nueva que la haría mucho más fuerte.
Solo eso, no pude decirle mas, no pude decirle la verdad, era demasiado cobarde.
Anko me escuchó en silencio, su expresión no dejaba ver ninguna emoción clara, pero esa quietud en su rostro, esa intensidad en su mirada, me ponía los nervios de punta. El silencio entre nosotros era ensordecedor. Entonces, sin decir una palabra, sacó un kunai y lo acercó a la zona donde antes había estado el sello. Su reflejo en la hoja brillaba, y al verlo, la ausencia del sello en su piel, la sonrisa que apareció en su rostro fue como una punzada en mi pecho.
—Gracias otra vez—. Dijo con una suavidad que contrastaba con la furia que sentía dentro. La gratitud era tan genuina que me hizo sentir aún más culpable.
—Saber que tenía el alma de ese monstruo dentro es inquietante… pero me liberaste. Y ahora tengo más fuerza para matarlo con mis propias manos—. Acarició mi cabeza, y aunque el gesto era de afecto, a mí me golpeó como una espada afilada. ¿Cómo podría aceptarlo, cómo podría disfrutar de esa cercanía cuando sabía lo que había hecho?
Quise decírselo. Quise gritarle que la había cagado. Que destruí el sello sin entender cómo funcionaba realmente. Que nunca pensé en las implicaciones de mis actos, ni en lo que podría desatarse si manipulaba algo que no comprendía.
Que no consideré que el alma de Orochimaru lucharía por sobrevivir, y que al hacerlo, el sello, esa maldita marca colapsaría, y en mi intento de salvarla, crearía una conexión que la uniría a mí de forma inquebrantable. Quería decirle todo eso, pero no podía. Mi voz se ahogó en mi pecho, mis palabras se perdieron en el vacío.
Lo que había hecho no tenía vuelta atrás. No podía borrar la verdad. No podía rehacer lo que ya estaba hecho, así que como un cobarde me callé.
Me menti mí mismo. Me repetí en silencio que encontraría la forma de arreglarlo, que estudiaría el sello hasta comprenderlo y que, eventualmente, liberaría a Anko de la obediencia impuesta. Me convencí de que aún tenía tiempo.
—Bien, ¿y qué quieres como recompensa, pequeño bribón?—. Dijo con una sonrisa hermosa y sincera, una sonrisa que me hizo sentir como la peor escoria.
—Ya obtuve lo que quería… conocimiento. Aprendí cómo quitar el sello, eso es suficiente. Pero si puedo pedir algo, es que no le digas a nadie… al menos por una semana—.
Anko frunció el ceño, claramente extrañada por mi petición. Pero, al final, aceptó sin hacer demasiadas preguntas.
/Odio tener deudas/. Penso Anko, frunciendo el ceño, sorprendida por mi petición. Sus ojos reflejaron una ligera confusión, pero, al final, aceptó sin dudar demasiado.
/El mocoso hizo algo importante. Debo pagarle de alguna manera. Es un adolescente, un beso probablemente sea un buen inicio, pero lo dejaré para después. Por ahora, no quiero abrumarlo/. Pensó Anko, sin saber la tormenta interna que azotaba mi mente.
Nos despedimos, y antes de irse, me abrazó una vez más. Esta vez, su abrazo era mas cálido, reconfortante, pero no sentía consuelo. No podía. Sabía lo que había hecho. Sabía lo que le había hecho. Anko se marchó con una sonrisa en el rostro.
Y allí estaba yo con un pergamino que me permitiría replicar el sello y aplicarlo… pero no repararlo. Solo con un fragmento de chakra sólido, conteniendo la astilla del alma de Orochimaru, la razón de mi avaricia. Y lo peor de todo, con el conocimiento de que acababa de convertir a Anko en algo que jamás quise que fuera. Una esclava.
/Dios… soy escoria. Realmente soy escoria/. Pensé mientras salia de la cabaña mirando la luna y las estrellas de la madrugada.
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—Bueno, tal vez Anko se lo merezca…—. Murmuré con irritación, mientras veía cómo el sol comenzaba a asomarse por el horizonte. Al fin había encontrado el camino de vuelta a Konoha, después de que esa maldita loca me dejara en medio de la nada, a las afueras de la aldea, dejándome en un lío aún mayor.
—Seguramente el ANBU ya está buscándome por haberme escapado de la aldea…—. Gruñí mientras me arrastraba por las calles, apenas tocadas por los primeros rayos de sol. Mi cuerpo pedía descanso, pero la situación era más urgente que mi cansancio.
Finalmente, después de lo que me pareció una eternidad, llegué a casa. Con un suspiro de alivio, sellé todo rápidamente en el pergamino, incluyendo las cosas del cuarto de entrenamiento. Si alguien llegara a revisar el contenido, tendría que pasar horas revisando toda la basura que tenía almacenada, los pergaminos de la academia, las notas del Naruto original… ¿Quién querría revisar esa pila de papeles? Aun así, los mantuve bajo mi cama, sabiendo que en algún momento tendría que llevármelos.
Antes de dejarme caer en la cama y perderme en el dulce abrazo del sueño, invoqué a Gamakichi, el pequeño sapo adormilado. Con una mueca de cansancio, me lanzó el gran pergamino de un metro de altura, murmurando algo sobre dormir. Luego se fue en una nube de humo, dejándome solo con los ingredientes para seguir con mi trabajo.
—Me ocuparé de esto después…— . Murmuré, ya medio dormido, antes de dejarme vencer por el agotamiento.
Sin embargo, no pasaron ni cinco minutos antes de que un golpe insistentemente fuerte en mi puerta me despertara. Con un gruñido de molestia, me levanté como pude y abrí, solo para encontrarme con un ANBU frente a mí, esperando impacientemente.
—¿Me vas a escoltar hasta la oficina de Tsunade, verdad?—. Dije, ya anticipando el escenario. Claro, tenía que ser por salir de la aldea sin permiso. ¿Qué otra cosa podría ser?
El ANBU asintió sin decir una palabra, lo que solo aumentó mi mal humor. Maldita sea, todo lo que quería era descansar y este imbécil venía a arruinar mi paz.
Maldije entre dientes mientras comenzaba a caminar hacia la torre Hokage, cansado, gruñón, y con la sensación de que mi día apenas comenzaba.
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OMAKE:
El aire estaba cargado de tensión, como si el mismo campo de batalla respirara el sufrimiento de los caídos. Sasuke observaba con incredulidad a quien alguna vez fue su compañero, su amigo, su hermano espiritual. Pero lo que tenía frente a él no era el Naruto que había conocido. Este era un monstruo.
Naruto había trascendido más allá de lo que cualquiera podría haber imaginado. Su cuerpo, ahora imponente, alcanzaba los dos metros de altura. Sus músculos, abultados y bien definidos, eran tan monstruosos como su nueva forma. Cuatro brazos, tatuajes que recorrían su torso desnudo, y la extraña máscara sobre su ojo derecho que ocultaba una nueva visión con dos ojos en ese lado del rostro. Era un ser diferente, un ser que no podía ser detenido.
Sasuke apretó los dientes, sus ojos reflejaban desesperación. No quería pelear contra él, pero algo había cambiado en Naruto, algo que ni él mismo podía comprender.
—Naruto, ¿qué fue lo que te pasó? Este no eres tú…—. Gruñó Sasuke, su voz cargada de tristeza. Era un amigo perdido, pero también el último lazo que le quedaba a su humanidad, su único compañero en la lucha. Quería salvarlo, aunque la esperanza de hacerlo parecía una fantasía lejana.
Una risa cruel y profunda resonó en el aire, helando los huesos de quien la escuchaba. Naruto alistó una lanza, una creación suya, cuyo poder devastador había diezmado el ejército de la coalición ninja. Sasuke, inmóvil, sintió la presión de la nueva presencia de Naruto, que ya no era el mismo chico con el que había entrenado, el chico al que había llamado “dobe”. Ahora, era algo más, algo inhumano.
—Uchiha…—. La voz de Naruto se alzó, llena de desprecio y arrogancia.
—Veo que los papeles se invierten. Recuerdo el día en que te pedí lo mismo. Lástima para ti que he trascendido esas ideas. Ahora soy más. Soy superior a todo y a todos. Y tú, pequeño Uchiha, me entretendrás. Dame una buena pelea. Demuéstrame que existen buenos combatientes en esta era—.
Sasuke no podía evitar sentir un nudo en el estómago. Las palabras de Naruto no eran de su amigo. Eran las de una criatura que se consideraba por encima de todos, que había perdido su humanidad en aras de un poder absoluto.
La pelea estaba a punto de comenzar cuando la silueta del Diez Colas apareció en el horizonte, su sombra oscureciendo el campo de batalla. Sasuke se tensó, su mente en alerta, pero Naruto simplemente miró con desprecio a la criatura que avanzaba hacia ellos.
—Criatura repugnante…—. Murmuró Naruto, su voz llena de asco.
—No eres un oponente, solo eres un animal—.
Antes de que Sasuke pudiera reaccionar, Naruto desapareció a una velocidad tan impresionante que su Sharingan apenas pudo seguir su movimiento. En un parpadeo, Naruto ya estaba frente al Juubi, y sin un solo gesto de esfuerzo, sus manos se alzaron.
—Hachi…—. Susurró, como si estuviera pronunciando una sentencia.
Con un solo movimiento, las colas de la bestia fueron cortadas con una precisión mortal, y sus extremidades mutiladas cayeron al suelo en una lluvia de carne y sangre. Sasuke no pudo evitar sentir un escalofrío recorrer su espina dorsal. Esto ya no era una batalla, esto era una masacre.
Pero lo peor estaba por venir. Naruto, con una calma aterradora, formó llamas entre sus palmas, movimientos suaves, casi ritualísticos, como si estuviera invocando algo más allá de la comprensión humana. Extendió sus manos, como si fuera a lanzar una flecha de fuego.
—Kamino Fuga…—. Murmuró en voz baja, y un resplandor infernal iluminó el campo de batalla.
Sasuke activó el Rinnegan, buscando entender lo que estaba sucediendo. Lo que vio lo llenó de terror. Ese fuego no era común, no solo quemaba carne. No solo era fuego. Era algo mucho más siniestro. Ese fuego consumiría el alma, borraría la existencia misma del ser que fuera tocado por él.
La flecha de fuego se disparó, y en un instante, la bestia del Diez Colas se encontró atrapada por las llamas. Su cuerpo ardió, su alma quemándose, y con un grito desgarrador, el Juubi empezó a ser reducido a cenizas. Los últimos quejidos de la criatura fueron ahogados en el fuego imparable de Naruto.
Sasuke no pudo apartar la mirada, su Sharingan y Rinnegan observando horrorizados. No solo había destruido el cuerpo de la bestia. Había destruido su alma. Y Naruto, imperturbable, giró hacia él con una sonrisa desquiciada, una sonrisa que helaba la sangre.
—¿Dónde estábamos, Teme?—. Preguntó Naruto, su voz sedienta de sangre y locura.
Sasuke, incapaz de pronunciar palabra, sintió el peso del horror aplastarlo. Frente a él no había un amigo, no había un compañero. Solo un monstruo que había dejado atrás todo lo que alguna vez fue humano.
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Notas: Espero que les guste este capítulo. Gracias por leer, comenta y dime qué te parece.
Naruto aún se sobreestima, pensando que tiene el control, pero esperemos que este fallo le dé un golpe de realidad y entienda que todo puede salir mal.
Tengan en cuenta que, en su vida pasada, era un humano normal, y como cualquier persona medianamente decente y normal no se siente cómodo esclavizando a alguien o lavándole el cerebro a otros, pero poco a poco tendrá que acostumbrarse a las cosas feas de este mundo.
Díganme si me equivoqué con Amado o si consideran que el plan es una mala idea. Después de todo, no faltan científicos locos en Naruto a los que recurrir.
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