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Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 5

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Capítulo 5: Encierro

Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.

— Personaje hablando —

/ Personaje pensando /

Nos movimos rápidamente por los tejados, deslizándonos entre las sombras de los edificios hasta llegar a la torre del Hokage. La brisa matutina acariciaba mi rostro, pero no tenía tiempo para disfrutar del aire fresco. Mi mente estaba ocupada con pensamientos sobre lo que me esperaba. Sin embargo, al cruzar la puerta de la oficina, no fui recibido por Tsunade, sino por Shikaku Nara, quien estaba sentado fuera de la habitación con la puerta abierta de par en par. La oficina, curiosamente, estaba vacía.

El comandante jōnin me observó con una expresión agotada, como si cargar con el peso de Konoha le estuviera pasando factura. Soltó un largo suspiro de hastío antes de hablar, y su tono dejó en claro que preferiría estar en cualquier otro lugar en ese momento.

—Niño, se te dijo que no salieras de la aldea —. Dijo con voz pausada, como si apenas tuviera la energía para regañarme.

—Deberías recibir una reprimenda formal, pero ya interrogamos a Anko, ya que fue la última persona con quien se te vio antes de desaparecer—. Su mirada se perdió en la pared por un momento antes de continuar, y pude notar que incluso hablar parecía un esfuerzo para él.

—Pero la verdad es que estoy demasiado cansado para lidiar con esto. Así que simplemente no vuelvas a salir de la aldea sin permiso—. Fruncí el ceño ante su respuesta.

Me habían dicho que Tsunade me había llamado, pero en su lugar me encontraba recibiendo órdenes de Shikaku. Algo no cuadraba.

—Me dijeron que el Hokage quería verme —. Comenté, manteniendo la confusión en mi tono. Shikaku suspiró nuevamente, pero esta vez su expresión mostraba algo más que agotamiento.

—Tsunade-sama está ocupada. Las reuniones son constantes, y la situación en la aldea es más delicada de lo que crees. Apenas pude escaparme un momento para transmitirte su mensaje —. Explicó, inclinándose levemente en su asiento antes de proseguir.

—Además, ya no tendrás a un ANBU siguiéndote de cerca. Estamos cortos de personal, así que no podemos desperdiciar recursos en vigilarte—. Su mirada se afiló levemente, aunque su tono de voz seguía siendo el mismo.

—Asegúrate de no salir de las murallas de Konoha nuevamente, o esta vez enfrentarás consecuencias disciplinarias más serias—. Su mano hizo un gesto perezoso para ahuyentarme, como si ya estuviera harto de la conversación.

Yo, por mi parte, permanecí inmóvil un momento antes de girarme y salir de la torre. Mi mente seguía trabajando, analizando lo que acababa de escuchar.

/Si Tsunade ni siquiera pudo tomarse un momento para verme, significa que la situación es mucho peor de lo que imaginaba/.

Las reuniones continuas, la falta de personal, el hecho de que los altos mandos estuvieran tan ocupados… Todo apuntaba a que algo grande estaba sucediendo. Cada vez me convencía más de que tenía que prepararme. Konoha estaba al borde de algo, y no podía darme el lujo de quedarme de brazos cruzados.

———————————————————————————————————————-

Rápidamente partí en busca de mi pequeño autoproclamado “aprendiz”. No tardé demasiado en encontrarlo en el patio de la academia, donde estaba junto a Moegi y Udon en medio de un entrenamiento matutino.

Desde la distancia, llamé la atención del trío y, como era de esperarse, los tres vinieron corriendo hacia mí con ojos brillantes, llenos de emoción y entusiasmo.

—¡Jefe! —. Exclamaron al unísono, con la energía de quienes estaban listos para cualquier misión que les encomendara.

Levanté una mano para que bajaran la voz y me acerqué a ellos con una expresión seria.

—Shh, trío de idiotas. Tengo una misión muy importante para cada uno de ustedes. Si logran cumplirla, cuando se gradúen les enseñaré un jutsu especial—.Murmuré en tono conspirativo.

Los tres niños vibraron de emoción, impacientes por recibir su misión secreta. No importaba cuánto tuvieran que esperar; el simple hecho de que les prometiera un jutsu era suficiente para motivarlos. Fue Konohamaru quien, incapaz de contener su impaciencia, habló primero.

—¿Qué jutsu nos enseñarás, jefe? —. Preguntó con los ojos brillando de emoción, mientras sus dos compañeros asentían con ansias.

Solté un suspiro antes de hacer un sello de manos. Un clon apareció a mi lado y, con perfecta sincronización, comenzamos a moldear chakra. Primero, la forma. Luego, la rotación. Poco a poco, una esfera azul empezó a girar en mi palma, creciendo hasta estabilizarse en un torbellino de energía comprimida.

Los tres niños se quedaron boquiabiertos, sus ojos reflejaban pura fascinación. Moegi y Udon intentaron extender la mano para tocar la esfera de chakra, pero les di un ligero golpe en la cabeza antes de que cometieran semejante tontería.

—Este es el Rasengan. Si cumplen su misión, les enseñaré esta técnica. Pero no será fácil para ninguno de ustedes. Aprenderla dependerá completamente de su esfuerzo y determinación—. Susurré con un tono misterioso

Los tres asintieron con fervor, más decididos que nunca a completar su misión. Primero me dirigí a Udon. Le entregué una cantidad considerable de dinero y le di instrucciones claras.

—Ve a la farmacia más cercana y compra jeringas y recipientes para muestras en grandes cantidades. Si alguien te pregunta, di que son para las clases de la academia. Cuando termines, quédate cerca y vigila los alrededores. Si notas algo sospechoso, me lo dices de inmediato—.

Udon se cuadró con una seriedad poco común en él y salió corriendo con el dinero en la mano. Luego miré a Konohamaru.

—Tu misión es conseguir un pergamino de la biblioteca de tu familia —le dije en voz baja—. No se trata de jutsus ni técnicas secretas del clan, así que no estarás rompiendo ninguna regla. Solo necesito uno titulado “Historia de los sellos de los Estados en guerra”, o cualquier otro que hable sobre la localización de personas selladas—.

El niño frunció el ceño, sin entender del todo el propósito de la tarea. Sin embargo, desde pequeño le habían enseñado a no entregar jutsus ni información clasificada del clan Sarutobi, y aquel título no entraba en ninguna de esas categorías. Tras pensarlo unos segundos, asintió con determinación y salió disparado hacia la biblioteca, prometiendo que mantendría todo en secreto.

Finalmente, me volví hacia Moegi.

—Tu tarea es un poco diferente —. Le dije con calma. Tuvimos que esperar a que Udon volviera con los suministros, pero en cuanto los tuve en mis manos, procedí con su misión.

—Respira hondo —. Le pedí mientras preparaba una jeringa.

Moegi asintió, aunque pude notar la ligera tensión en su postura. Con precisión, extraje una pequeña cantidad de su sangre, asegurándome de no hacerle daño innecesario. Luego, con una herramienta más fina, tomé una pequeña muestra de piel y unos cuantos cabellos con raíz. Moegi soportó los pinchazos sin emitir ni un solo sonido, aunque apretó los dientes con fuerza.

—Bien hecho, eres valiente—. Le dije con una leve sonrisa

Una vez tuve todo lo que necesitaba, sellé las muestras en la palma de mi mano. Al ser consideradas ingredientes alquímicos, podía almacenarlas sin problema junto con otro cabello que ya había obtenido anteriormente, el de Hanabi Hyūga.

¿Por qué haría esto?

La respuesta era simple. Moegi, en Boruto, había despertado el Mokuton. Si era una usuaria natural de esa habilidad, su ADN era invaluable. Y yo no tenía la intención de dejar pasar semejante oportunidad

Nos dirigimos a un parque cercano, un lugar tranquilo donde podríamos esperar sin levantar sospechas. Nos acomodamos en una banca de madera mientras abríamos las bolsas de dulces que Udon había comprado por orden mía. Mientras los niños disfrutaban de su recompensa, aproveché la oportunidad para hablarles de algo que les sería útil en el futuro.

—Escuchen bien, dúo de idiotas. Hay algo que deben saber sobre los clones de sombra—. Comencé, llamando su atención

Los dos se enderezaron de inmediato, con la emoción reflejada en sus ojos. Para ellos, cualquier conocimiento nuevo era emocionante, especialmente si venía de mí.

—Son una técnica increíble, pero también muy peligrosa. A diferencia de un clon normal, estos clones son reales, pueden interactuar con el entorno, pelear y, lo más importante, todo lo que experimentan vuelve al usuario original. Pero aquí está el problema, consumen enormes cantidades de chakra—.

Me aseguré de hacer contacto visual con cada uno para que entendieran la importancia de mis palabras.

—Si alguien con poco chakra intenta usarlos sin control, podría terminar completamente agotado, incluso inconsciente. Por eso, antes de que siquiera piensen en aprenderlos, necesitan mejorar su control de chakra—.

Los dos asintieron con seriedad, comprendiendo que no era una advertencia vacía.

—Por eso, cuando Konohamaru regrese, quiero que lo convenzan de exigirle a Ebisu ejercicios de control de chakra. No solo para él, sino para los tres. Mientras mejor sea su control, más preparados estarán para lo que venga cuando se gradúen—.

Durante la espera, creé un par de clones con los que Moegi y Udon jugaron, ayudándolos a entender un poco más cómo funcionaban. El tiempo pasó rápido entre conversaciones, risas y pequeños ejercicios con chakra. Sin embargo, yo mantenía mi atención en la dirección por la que Konohamaru debía volver.

Más de una hora después, por fin apareció. Venía corriendo, con una sonrisa orgullosa en el rostro, y cargando un pergamino de tamaño moderado.

—¡Aquí está, jefe! —. Exclamó, entregándomelo.

Al tomarlo en mis manos, sentí mi estómago hundirse. Si este pergamino daba la ubicación de personas selladas durante la época de los clanes combatientes, eso significaba que aquella chica era real en este mundo. No sabía mucho sobre ella, pero en mi vida pasada recordaba aquel juego donde su nombre aparecía en Boruto.

Esto representaba un enorme problema. Tenía que tomar una decisión: liberar a la inestable Uchiha o darle descanso eterno. Los problemas se acumulaban, pero por el momento, nadie más sabía sobre esto. Aunque varios de los sellados aquí eran responsables de crímenes atroces, incluso para una época de guerras atroces, esos individuos podrían ser una fuente útil de ingredientes.

Pertenecían a diferentes clanes con kekkei genkai, entre ellos había un Kaguya, un par de Senju e incluso un miembro del clan Kyōki, del cual provenía Jūgo, ese inquietante personaje que había conocido en mi vida pasada. Esa conexión hacía que todo fuera aún más problemático. Ahora, todo esto estaba en manos de un impulsivo Naruto Uzumaki… es decir, yo. Pero esta vez iría preparado antes de acercarme a cualquiera de ellos.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda al darme cuenta de cuanto desconocía de este Au y cuanto mas grande se volvía cada vez que encontraba información. Respiré hondo, manteniendo mi rostro neutral. No podía alarmar a los niños, no en este momento. En su lugar, tomé un puñado de dulces de la bolsa y los repartí entre ellos.

—Hicieron un buen trabajo. Se ganaron su recompensa—. Les dije con sinceridad

Ellos celebraron, felices y ajenos al caos que comenzaba a formarse en mi mente. Me levanté con calma, guardando el pergamino con cuidado.

—Nos veremos pronto. Recuerden lo que les dije sobre el control de chakra, y cuando llegue el momento, les enseñaré ese jutsu—. Con esas palabras, me alejé, sintiendo cómo el peso de una nueva preocupación se instalaba sobre mis hombros.

———————————————————————————————————————–

Faltaban unas pocas horas para la hora pico de la comida, pero decidí acercarme a Ichiraku. Aunque la píldora alimenticia que llevaba me permitiría prescindir de la comida durante los próximos ocho días, no podía evitar disfrutar de la sensación de llenar el estómago con algo sabroso. Además, Ichiraku me daba una sensación de calidez, de hogar.

Era un lugar que me conectaba con una parte de mi vida más sencilla, cuando las cosas no eran tan complicadas y no me veía envuelto en tramas tan oscuras. Después de todo, el trato que el viejo Teuchi y Ayame me habían brindado durante mi niñez había sido más que suficiente para recordar que aún existían esos pequeños momentos de paz.

—¡Viejo Teuchi, dame dos platos de miso! —le sonreí al viejo, quien, sin necesidad de palabras, ya había entendido la orden y comenzó a preparar la comida con la precisión y destreza de siempre.

En la trastienda, Ayame apareció, y aunque su belleza no era tan ostentosa ni tan llamativa como la de otras kunoichis, había algo en su simplicidad que la hacía aún más encantadora. Su figura era delicada, y su rostro reflejaba la calidez de una persona que había crecido en este pequeño rincón de la aldea. Tenía ese aire a la amiga de la infancia que siempre estaba allí, dispuesta a apoyarte, sin necesidad de ser tan perfecta.

—Ayame, cada día eres más hermosa —. Le dije con una sonrisa, más sincera de lo que mi tono juvenil probablemente sugería. A fin de cuentas, veía a Ayame como una hermana más que como una chica en ese sentido.

Ella me alborotó el cabello con cariño y negó con la cabeza, como si todo aquello no fuera gran cosa.

—Crece un poco más antes de intentar coquetear, pequeño bribón —. Respondió, con ese tono tan alegre que solo ella podía tener, y que me hizo sentir como si el peso del mundo se aligerara un poco más.

Me limité a sonreír, disfrutando de la comida y del ambiente que había en Ichiraku. Era un lugar donde la familia parecía tener más importancia que cualquier otra cosa. Un sitio en el que las preocupaciones se desvanecían, aunque solo fuera por un rato. No como esos otros lugares de la aldea donde, de niño, me había enfrentado a miradas frías o incluso al rechazo a propósito. Aquí, entre los cálidos sabores de los platos y la sonrisa de Ayame, me sentía, de alguna manera, parte de algo.

Después de pagar por mi comida, me levanté con calma, y mientras salía del local, mi mente comenzó a centrarse en los próximos pasos. Caminé por la aldea, marcando mentalmente los lugares importantes. Tiendas de suministros, locales que vendían medicinas, esos negocios de la zona civil que me habían cerrado la entrada en el pasado.

Había tenido que enfrentarlos y aprender a sobrevivir, incluso cuando me vendían artículos inflados a precios que no tenían sentido. Lo guardé todo en mi mapa mental, cada rincón importante, cada local que había sido indiferente o injusto conmigo.

Me alejé de las zonas más transitadas, moviéndome hacia una parte más tranquila, un parque lleno de árboles donde, con la paz del lugar, pude concentrarme y darme el tiempo necesario para lo que debía hacer. Allí, invoqué a un sapo que pudiera viajar a un punto sin hacer preguntas. Un sapo anodino, sin demasiados adornos ni frases de cortesía. Su mirada fija sobre mí me indicaba que estaba listo para recibir las órdenes.

Le entregué todos los pergaminos que había conseguido hasta ahora. Con ellos, le di instrucciones claras, debía viajar hasta el País de las Olas y enterrar todo lo que le entregué, incluyendo la espada que se encontraba en ese lugar, a 100 metros al este de la tumba de Zabuza. No era un encargo sencillo, pero yo confiaba en que lo cumpliría.

El pequeño sapo dibujó una cifra en el suelo con su pata, indicándome su precio por la misión. No dudé en pagarle lo que pedía. El costo fue alto, pero no importaba. Tenía claro que el dinero no era un problema, lo importante era la seguridad de la misión. Además, ahora formaba parte del clan de los sapos, gracias a mi aceptación por parte de Gamabunta.

Sabía que este sapo no me traicionaría. Aunque no era el más grande ni el más destacado de los sapos, su lealtad estaba asegurada por mi posición dentro del clan. Gamabunta, el jefe de los sapos, ya me había aceptado como parte del clan. Había demostrado mi valor al haber sido parte de la copa de ayer, y nadie que pertenezca al clan de Gamabunta se arriesgaría a traicionar a otro miembro, especialmente cuando ese miembro tiene la protección y la autoridad que la aceptación en el clan le otorga.

Gamabunta, con su comportamiento que recordaba al de un jefe yakuza, era alguien con quien no se jugaba. Su palabra era ley, y traicionar a un miembro del clan sería una ofensa tan grave como atentar contra el mismo Gamabunta. Sabía que, si alguno de los sapos decidiera traicionarme, no solo perdería su acceso a este círculo, sino que enfrentaría las consecuencias más graves, que no serían nada menos que el castigo ejemplar de Gamabunta.

La lealtad dentro del clan era feroz, y cualquier intento de doblegar esa lealtad sería un acto de suicidio. Confiaba en que este sapo llevaría a cabo la misión sin problemas, y al pagarle el precio acordado, me aseguré de que no quedara ningún resquicio de duda sobre mi seriedad.

El sapo se marchó tragándose los pergaminos para el viaje, observé cómo se desvanecía en el humo, mientras un suspiro se escapaba de mis labios. Sabía que había tomado la decisión correcta, pero también comprendía que las acciones que tomaba a partir de ahora no serían fáciles de revertir. Había comenzado a caminar por un camino peligroso, y el futuro, como siempre, no era algo que pudiera prever por completo. Pero al menos, esta vez, sabía que tenía las cartas que necesitaba para jugar el juego con la mayor cautela posible.

Decidí que era hora de dormir un poco, así que regresé a casa. Me recosté y, aunque al principio me costó un poco, al final me quedé dormido hasta entrada la noche. El cansancio me había vencido, y necesitaba descansar para estar preparado para lo que se avecinaba. Cuando desperté, sentí el peso de la situación aún sobre mis hombros, pero había algo que tenía que hacer primero: invocar a Gamakichi.

—Gamakichi —. Llamé en voz baja, concentrándome para realizar la invocación. El pequeño sapo apareció ante mí, mirando alrededor con su actitud relajada pero atenta.

—Necesito que entregues un mensaje a Gamabunta. Debido a ciertos problemas con la aldea, no puedo dirigirme al lugar adecuado para hacer el sake del jefe. Me disculpo por los inconvenientes—.

Gamakichi frunció el ceño, algo fastidiado, pero rápidamente aceptó. Antes de irse, exigió sus dulces, lo que me hizo sonreír. Era un pequeño precio a pagar por algo tan importante.

Después de que se fue, me senté con calma a preparar lo que necesitaba para lo que venía. Busqué recetas en mi libro, haciendo una lista de ingredientes que tendría que conseguir. Algunos podían obtenerse fácilmente en la aldea, pero otros no. Sabía que me esperaba algo difícil, y tenía que estar preparado para cualquier cosa.

La sensación de que las cosas no estaban bien se había instalado en mi pecho, como una presión constante. Los problemas no tardarían en llegar, y ya no podía darme el lujo de quedarme atrás.

———————————————————————————————————————–

El día siguiente amaneció con una extraña quietud, y antes de lo que esperaba, un ANBU se presentó en mi puerta para escoltarme a la torre Hokage. Mis instintos estaban alerta, sabiendo que algo no estaba bien. A medida que me acercaba a la torre, mi suspicacia creció. Había varios ANBU apostados alrededor del edificio, lo cual contradecía lo que Shikaku me había dicho el día anterior sobre la falta de personal disponible. Sabía que no era coincidencia, y la inquietud me carcomía.

Al entrar en la torre y acercarme a la oficina de Tsunade, mi ansiedad aumentó. Cuando llegué frente a las puertas, noté cómo la boca se me secaba y mi nerviosismo se intensificaba. Aunque ya había preparado varias respuestas y planes en mi mente, sabía que nada de eso me haría sentir más tranquilo. En mi bolsillo, sentí el peso de la etiqueta explosiva.

Lo divertido era que solo yo, Naruto, podía usar una táctica loca como esa con los clones, gracias a mis reservas y mi habilidad para crear clones en masa. Pero, solo lo haría en una emergencia, si las cosas se ponían realmente malas.

Abrí las puertas, y lo que vi dentro me hizo fruncir el ceño. Tsunade estaba allí con una expresión sombría, mientras que Shizune permanecía a su lado, también seria. Lo que realmente me desconcertó fue la ausencia de Tonton. Siempre estaba con ellas, nunca las dejaba solas. Eso significaba que las cosas estaban realmente mal.

Al fondo, estaba Jiraiya, con la expresión en blanco, como si estuviera procesando todo lo que sucedía. Y, finalmente, un ANBU con cabello castaño, cuya presencia no pude evitar reconocer a pesar de su máscara.

Mi autocontrol se puso a prueba al instante. Era Yamato. Usé todo mi maldito autocontrol para no reaccionar como normalmente lo habría hecho al verlo, pero, debo admitirlo, fallé. Fue imposible ocultarlo completamente. Sabía que mi cuerpo había reaccionado antes que mi mente, pero traté de mantenerme lo más calmado posible.

Mientras esperaba que alguno de los adultos hablara, me fijé en las fotografías de los Hokages anteriores que adornaban las paredes de la oficina. Cada uno de ellos había dejado una huella en la historia de la aldea, un legado que pesaba sobre los hombros de quienes ahora lideraban. Yo, Naruto, solo era un espectador más de ese ciclo que parecía no tener fin, pero también alguien que, en algún punto, tendría que tomar su lugar en él.

Finalmente, Tsunade rompió el silencio, su mirada fija en mí, observándome detenidamente, evaluando mi reacción. Hizo una pausa antes de hablar.

—Naruto… Actualmente se ha estado discutiendo el resultado de la misión de recuperación del Uchiha —. Dijo tranquilamente, su voz firme, pero con un matiz de preocupación. Yo solo asentí, sabiendo que esto no auguraba nada bueno.

—Mucha gente está molesta por la pérdida del último miembro leal del clan Uchiha. Algunos culpan a cierto miembro del escuadrón de recuperación que envié… —. Su mirada se fijó aún más en mí mientras decía estas palabras, y fue entonces cuando lo supe. Sonreí irónicamente, consciente de que yo era esa persona de la que hablaba.

Miré fijamente a Tsunade, sin moverme un centímetro, pero mi mente estaba trabajando a mil por hora, analizando cada detalle de la habitación. Había algo en el aire, una sensación pesada que no podía ignorar. Todos sabían que este tipo de situaciones podían volverse peligrosas, y si algo había aprendido, es que nunca debía bajar la guardia.

Me encogí de hombros y me apoyé contra la pared, adoptando la actitud despreocupada de siempre, pero en mi interior ya estaba preparado para lo peor. Mis ojos, sin embargo, no dejaron de moverse, evaluando las posibles rutas de escape, las posiciones de los presentes, incluso la distribución de los muebles. Si la cosa se ponía fea, tenía que saber cómo reaccionar. Actuar con calma era lo único que podía salvarme en este tipo de circunstancias.

—¿Y? No fue mi culpa que el teme se fuera con la serpiente. Hice todo lo que pude para traerlo, pero al final, estaba mejor entrenado que yo. Con un Rasengan y clones no podía hacer nada —. Dije con un tono de indiferencia, como si lo que dijera no fuera de importancia. Pero sabía que estaba tocando un tema delicado, uno que todos querían evitar, pero que a mí no me importaba discutir.

Tsunade frunció el ceño. Su mirada era penetrante, calculadora, mientras hacía un gesto hacia Shizune. La secretaria comenzó a escribir rápidamente, dejando claro que todo lo que decía no pasaría desapercibido. Yo ya no esperaba compasión, pero lo que no me esperaba era que las palabras de Tsunade fueran tan directas.

—Independientemente de quién estaba mejor entrenado, fallaste en traer al Uchiha. Ahora los clanes están exigiendo un castigo por negarle a la aldea el Sharingan —. Dijo Tsunade, sin levantar la mirada de sus papeles. Cada palabra era como una daga lanzada en mi dirección.

La tensión se hizo palpable en la habitación. Yo lo sabía, estaban buscando una forma de darme un castigo ejemplar. Mi cuerpo se tensó al instante, pero logré mantener la calma exterior. Respondí con una sonrisa irónica.

—Lástima por Shikamaru, él era el líder de la misión, así que está jodido con el castigo que le den. No soy el único responsable —. Dije, tratando de desviar la culpa. Sabía que no podría zafarme de todo, pero al menos podía asegurarme de que no todo el peso cayera sobre mí.

Jiraiya, que hasta ese momento había estado en silencio, soltó un pesado suspiro y se frotó los ojos. Era evidente que estaba tan cansado de esta situación como yo.

—Mocoso, planean castigarte a ti. Hemos estado tratando de evitar cualquier castigo estúpido, pero tuve que salir por una emergencia de la aldea y en ese tiempo anularon a Tsunade. Ahora se llevará a cabo una reunión en un par de meses para decidir tu destino —. Dijo un tono de frustración. Pero lo que dijo me hizo pensar. Una reunión para decidir mi futuro. Era una farsa. Lo sabían y lo sabía.

Me enderecé completamente, clavando los ojos en los tres adultos frente a mí, sin mostrar ni un atisbo de temor. Esto iba más allá de un simple castigo. Si pensaban que me iba a quedar callado mientras jugaban con mi futuro, estaban muy equivocados.

—¿Quieres decir que esos tontos planean usarme de chivo expiatorio? —. Pregunté, mis palabras llenas de sarcasmo. Mi tono cambió, ahora más desafiante, ya que mi paciencia comenzaba a agotarse. No pensaba ser el chivo expiatorio de nadie.

Tsunade me miró, pero esta vez sus ojos eran diferentes. Sabía que no podía evitar que la situación se saliera de control. La política en la aldea era un juego sucio, y yo estaba en medio de la pelea.

—Sí, pero evitamos tu ejecución. Debido a tu… posición única en la aldea como Jinchuriki , pero no pudimos evitar tu encarcelamiento. Por votación se decidió que debías estar retenido hasta el juicio —. Respondió Tsunade, su voz llena de malestar.

Mis músculos se tensaron aun mas. Estaba preparando mi cuerpo, mi chakra, cada fibra de mi ser. Un encarcelamiento, ¿en serio? No iba a permitir que me metieran en una celda por una decisión estúpida. Ya había pasado suficiente tiempo confinado en esta aldea como para dejar que se repitiera, esta vez en una celda.

—No dejaré que me encierren por una mierda que no fue mi culpa. En todo caso, es responsabilidad del jefe de la misión o de ti, Ba-chan, por enviar a genin a esa misión —dije, mi tono grave y lleno de desafío. El ambiente de la habitación se volvía aún más denso, cargado de tensión.

Tsunade suspiró profundamente, como si no quisiera seguir discutiendo, pero su rostro mostraba el cansancio de los últimos días, donde estaba en constante lucha con los clanes y el concejo civil.

—Naruto, cálmate. Durante estos meses lucharemos para retirar cualquier cargo… —. Intentó decir, pero no pude soportarlo. No iba a quedarme callado mientras me trataban como un criminal.

—No, fallaste en evitar esta farsa. ¿De verdad crees que pueden evitar que esos tontos hagan una tontería? Son mayoría. Siempre ganarán cualquier votación. El lado civil me odia sin razón, y los clanes votarán por lo que sea que les llene los bolsillos y evitar que los suyos sean culpados —. Dije, mi voz cargada de amargura. Podía sentir cómo la rabia crecía dentro de mí, mientras todo a mi alrededor me empujaba hacia una conclusión inevitable.

Mi mirada se mantuvo fija en Tsunade, Jiraiya y los demás. No podían seguir pensando que yo iba a aceptar cualquier cosa solo porque me lo dijeran. Ya había hecho demasiado por esta aldea para ser tratado como un peón más. Podrían controlarme por un tiempo, pero no por mucho.

El golpe seco de Tsunade en la mesa rompió el silencio, dejando claro que la conversación había llegado a su fin. Su mirada era fría y calculadora, sin rastro de piedad. Ya había tomado su decisión, y no había espacio para más discusión.

—Genin Uzumaki Naruto, serás encarcelado en Hōzukijou, una entidad neutral en este problema político de la aldea. Durante los siguientes cuatro meses, una vez cumplido ese periodo de tiempo, se te escoltará de nuevo a la aldea para la reunión donde se decidirá tu castigo —. Sentenció, su voz grave y autoritaria.

Mi respiración se volvió más pesada, pero no dejé que la tensión me dominara. Miré a Tsunade, sin ceder, mis ojos desafiantes. No me rendiría tan fácil, y lo sabían.

—Hablaré con la prisión. Serás tratado diferente al resto de los prisioneros. Estarás allí para ser protegido de los bandos de esta disputa, no queremos que lleguen a ti y hagan algo tonto —. Dijo intentando suavizar un poco la situación, como si sus palabras pudieran cambiar algo.

Sabía que lo que decía era solo una formalidad, un intento inútil de tranquilizarme. Pero no me iba a rendir tan fácilmente. Mis manos se movieron rápidamente hacia el característico sello, el que había usado tantas veces. Lo formé en un instante, preparando mis clones.

Tsunade, Jiraiya y Shizune sabían lo que estaba a punto de hacer, y Yamato también lo sabía, aunque no podía evitarlo. Tan pronto como activé el sello, el chakra se liberó y un millar de clones se materializaron alrededor de mí. Los clones empezaron a salir disparados en todas direcciones antes de que Yamato pudiera atraparme.

Pero aunque sus raíces de madera me envolvieron y me inmovilizaron, mis clones no se detenían. Salieron por la gran ventana, dispersándose rápidamente por toda la aldea, haciendo lo que mejor sabía hacer, crear caos y distracción. No importaba cuántos destruyeran los ANBU la mayoría ya estaba fuera, causando problemas en cada esquina, desorientando a la aldea y a sus defensores.

Yamato me sostuvo firme, sus raíces apretándome con fuerza, pero mis clones ya estaban fuera de su alcance. No era una victoria, pero era algo. Al menos, podía retrasar lo inevitable, aunque sabía que mi resistencia no duraría mucho.

Mis músculos estaban tensos, mi respiración acelerada. Pero a pesar de la situación, no iba a rendirme. Mi desafío estaba en el aire, aunque el futuro se me escapaba entre los dedos.

Las raíces de Yamato se aferraron a mi cuerpo con la fuerza de una prisión viviente, retorciéndose y apretando hasta inmovilizarme por completo. Apenas tuve tiempo de intentar forcejear antes de que un ardor helado quemara mi frente.

—Es un sello de restricción. No podrás usar chakra por un tiempo —. Dijo Jiraiya con tono grave mientras retiraba la mano.

Tsunade exhaló pesadamente, su mirada dura como el acero.

—Se acabó, Naruto—. Pero ella y todos en esa sala sabían que era una mentira. Ya era demasiado tarde.

—¡Mierda! —. Shizune se asomó con el rostro pálido, viendo la oleada de siluetas naranjas corriendo por los tejados como un enjambre incontrolable.

—¡Destruyan los clones! ¡No los dejen escapar! —. Bramó Tsunade, golpeando la mesa con un estruendo que hizo vibrar la habitación.

Jiraiya reaccionó al instante, saltando tras ellos, seguido por una docena de ANBU y jōnin. Pero el caos ya estaba en marcha, imposible de contener.

Los clones se desparramaron por Konoha con una precisión escalofriante. No se detenían a pelear, no intentaban resistir; solo se movían como una marea imparable, ejecutando su misión con eficiencia brutal.

El distrito comercial fue el primero en hundirse en la histeria. Los dueños de tiendas de alimentos, medicinas y productos químicos apenas tuvieron tiempo de girarse antes de ver a los clones aparecer como ráfagas de viento, vaciando estantes con manos rápidas y seguras.

—¡Nos están robando! —. Gritó un comerciante al ver cómo un clon se deslizaba entre la multitud huyendo después de vaciar sus estantes.

Los gritos de alarma se propagaron como un incendio, pero lo peor aún estaba por venir. Los clanes de Konoha fueron los siguientes en ser arrasados. Los Hyūga intentaron reaccionar con rapidez.

—¡Byakugan! ¡Encuentren al verdadero!—. Gritó un jōnin mientras decenas de shinobi del clan activaban su dōjutsu

Pero no servía de nada. Yo no estaba allí. Podían destruir diez, veinte, cien clones… pero con que uno solo lograra entrar en sus almacenes, el trabajo estaba hecho. Uno bastaba para hacer desaparecer en un instante medicamentos raros y provisiones esenciales.

Los Nara fueron tomados por sorpresa.

—¡No puede ser! ¡Deténganlos!—. Gruñó un anciano del clan, observando con horror cómo los clones saqueaban sus reservas de hierbas medicinales

Los Nara intentaron usar sus sombras para atrapar a los clones, pero eran demasiados, moviéndose, imposible de predecir. Por cada clon inmovilizado, otros dos tomaban su lugar, recogiendo todo lo de valor antes de desaparecer.

Los Akimichi también sufrieron la embestida.

—¡No se atrevan a tocar nuestra comida! —. Rugió un shinobi fornido al ver cómo los clones sellaban barriles enteros de provisiones esenciales para misiones de largo plazo, cajas de píldoras desaparecían, incluso un clon logro saquear a un miembro de alto rango que tenia las píldoras secretas del clan, aquellas que uso Chōji en la misión reciente .

Pero daba igual cuánto se interpusieran. Con cada almacén infiltrado, los clones sellaban todo en cuestión de segundos antes de desvanecerse, dejando nada más que caos a su paso.

Los Yamanaka intentaron reaccionar con sus habilidades mentales.

—¡Encuentren sus verdaderas intenciones! —. Ordenó Inoichi, enviando varios miembros de su clan a invadir las mentes de los clones, pero era casi imposible capturarlos pues se disipaban cuando un miembro del clan intentaba capturarlo.

Los Kurama, fueron saqueados al igual que otros clanes, incluso le dejaron un mensaje a cierta joven. Junto a los Sarutobi los Kurama fueron los menos afectados; los Sarutobi por consideración a mi pequeño subordinado se les provoco el menor caos posible, pero eso podría cambiar a futuro.

Incluso los Aburame fueron víctimas del asalto. —¡Mis insectos no encuentran al real! —. Exclamó un shinobi del clan al ver cómo sus kikaichū chocaban contra decenas de clones, sin poder distinguir cuál era el verdadero enemigo.

Las nubes de insectos devoraban clones uno tras otro, pero no podían evitar lo inevitable. Las reservas de antídotos y venenos del clan desaparecían con cada clon que lograba infiltrarse.

El caos era absoluto, y las explosiones fueron la guinda del pastel.

Los sellos explosivos detonaron en los almacenes más grandes, haciendo que el suelo temblara y columnas de humo negro ascendieran al cielo. Las detonaciones no solo ocultaban la huida de mis clones, sino que también convertían cualquier intento de hacer un inventario en una pesadilla. Tardarían semanas en descubrir cuánto había desaparecido.

Desde la Torre del Hokage, Tsunade vio la aldea sumida en el caos. Incendios menores, shinobi corriendo sin orden, gritos desesperados y explosiones aún resonando en la distancia.

—Ese mocoso… —. Murmuró, con la mandíbula apretada entre furia e incredulidad.

—No planeó esto con tiempo… pero lo convirtió en un golpe maestro en segundos—. Jiraiya suspiró con resignación, pasándose una mano por la cara.

Yo, aún atrapado en las raíces de Yamato, no pude evitar sonreír con arrogancia.

—Si me van a juzgar… al menos que sea por algo grande—. Mi risa se mezcló con el estruendo de la aldea en llamas.

—Cuando esto termine, Naruto… más te vale rezar—. Tsunade me miró con una furia apenas contenida, sus manos temblando de ira.

Pero para entonces, el daño ya estaba hecho.

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Una vez se eliminaron los clones Tsunade no perdió tiempo. Con voz firme, ordenó a Jiraiya y Yamato que me escoltaran fuera de la aldea de inmediato.

—Llévenselo ya. Si se queda aquí, lo matarán antes del atardecer—. Gruñó, con el ceño fruncido.

Jiraiya suspiró pesadamente. Yamato no dijo nada, pero con un solo movimiento de manos hizo que gruesas raíces emergieran del suelo, encerrándome en una jaula de madera. Aún seguía atado, con los sellos de supresión de chakra quemando mi piel. La impotencia hervía en mi interior, pero no iba a callarme.

—¿Así es como termina?—. Murmuré con amargura. Jiraiya evitó mi mirada. Yamato ni siquiera reaccionó.

—No tienes idea del caos que causaste, Naruto—. Susurró el sannin con voz grave.

—¿Y qué esperabas, que me dejara encerrar injustamente sin represalias? ¡Todo lo que he hecho! ¡No saben todo lo que he sacrificado! Dejé de lado el odio, el rencor, el desprecio que me mostró esta aldea, y así me pagan, por fallar una sola misión—. Mi tono se volvió más agresivo, más dolido.

Jiraiya apretó los dientes. No respondió. Quizá porque en el fondo sabía que tenía razón.

Con un sello de manos, invocó a un sapo de gran tamaño que dejó escapar un resoplido antes de observar la jaula con curiosidad.

—¿Otra vez transportando prisioneros, Jiraiya? ¿Qué hizo esta vez?—. Bufó el sapo, sin mirarme.

—Destruyó lo poco que quedaba de la confianza de Konoha en él—. Respondió Jiraiya con cansancio.

El sapo no dijo nada más. Yamato fijó la jaula con raíces reforzadas sobre su lomo y emprendimos el viaje hacia Kusagakure, donde debía ser entregado. Mientras tanto, Tsunade se quedaba atrás, intentando restaurar el orden en una aldea que, en el fondo, me había rechazado desde el primer día.

Me reí ante la hipocresía de todo esto. Konoha nunca confió en mí, no les debía nada. Pero aún así, yo luché por ser digno. Luché por cada pedazo de reconocimiento y así terminan las cosas… /Realmente una comedia trágica, la vida de Naruto Uzumaki/.

Durante el trayecto, cerré los ojos, pero no para descansar. Revisé los recuerdos de mis clones. Caos. Ruinas. Gritos. Pero, sobre todo, riqueza. Lentamente, empecé a hacer cuentas, asegurándome de que nada se me escapara.

Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.

—¿De qué te ríes?—. Preguntó Jiraiya, sin disimular su molestia.

—Solo estaba pensando en lo bien que salió todo—. Dije con una sonrisa torcida.

—Sigues sin entender lo que hiciste…—. Murmuró, y esta vez su voz sonó menos severa y más decepcionada.

—No, tú no entiendes—. Abrí los ojos y lo miré con dureza.

—Konoha me dejó claro hace mucho que solo soy un arma o una molestia. Bueno, pues esta vez fui el arma… pero contra ellos—. Jiraiya bajó la mirada.

Un silencio pesado se prolongó, mientras pensaba en el plan apresurado que tuve que hacer, debido a lo repentino de mi situación. Sabía que la única razón por la que esto funcionó fue la fragilidad actual de la aldea.

La invasión del Sonido había debilitado a Konoha más de lo que querían admitir. Para evitar mostrar debilidad, la mayoría de los jōnin estaban en misiones, asegurando las fronteras. Incluso los clanes habían enviado shinobi fuera. Normalmente, al menos el cuarenta por ciento de las fuerzas permanecían en la aldea. Pero ahora, con menos del veinte por ciento y la mayoría siendo genin o chūnin, el camino estaba despejado.

Mis clones se infiltraron sin problemas. Robaron, destruyeron y se esfumaron antes de que alguien pudiera organizar una defensa ante ese ataque tan apresurado.

—De no ser por la baja cantidad de shinobi en la aldea, ni siquiera habrías tenido oportunidad—Dijo Yamato de repente, como una reprimenda.

—¿Eso crees? Siempre encuentro una manera. Revisa mi historial de misiones y mira las locuras que logré—. Me burlé.

—¿Siempre? ¿Y qué harás ahora?—. Jiraiya me miró fijamente.

—Seguir adelante, esperaré mi momento. Tal vez encontrar un lugar donde no me vendan por “mi seguridad”—. Respondí sin dudar.

Su expresión se endureció.

—Naruto, tus acciones harán que sea imposible ser libre. Cuando llegue el momento de la reunión en unos meses, los clanes y el consejo civil querrán sangre, tu sangre. Y con este acto, será muy difícil protegerte—.

Solo sonreí y medité, revisando en mi mente el plan para mi estancia en la prisión. Había una matriz muy peligrosa en la que pensaba, una técnica que me obligaría a tomar prestado un conocimiento de xianxia, algo que era más que riesgoso. La diferencia de poder era abismal, y la complejidad de ese camino sería como caminar sobre una cuerda floja a cientos de metros de altura.

La distinción entre wuxia y xianxia era clara. Mientras el primero se mantenía dentro de los límites terrenales, con cultivadores que podían alcanzar niveles impresionantes, pero siempre sujetos a las leyes de la naturaleza, el segundo trascendía cualquier noción de lo posible.

Xianxia iba más allá, desafiando la divinidad misma y alcanzando niveles de poder que cualquier ser humano ni siquiera podría soñar. Utilizar esa matriz me permitiría cerrar la brecha de poder entre un jōnin como Kakashi y el yo actual. Sería lo que necesitaba para sobrevivir y ganar algo de ventaja en un futuro incierto.

Pero la verdad era que el peligro era insostenible. Cada paso que diera en ese camino podría ser el último. Mis propios límites serían puestos a prueba de una manera que ni siquiera yo podía imaginar. La matriz, si no era controlada adecuadamente, podría consumir mi ser por completo. Pero… ¿qué otra opción tenía? Si quería salir de esta prisión con vida, necesitaba algo que me diera poder, y esa era la única opción.

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Fue un día y una noche entera de carrera a alta velocidad lo que les tomó a Jiraiya, Yamato y el sapo llegar a Kusagakure, más precisamente al castillo de la Linterna Demonio. El trayecto, que normalmente habría sido agotador para la mayoría, era solo una muestra más de la increíble capacidad de los shinobi de alto nivel.

Cruzar desde el centro de un país que en mi mundo seria pequeño, hasta otro en menos de dos días era una hazaña que solo los de este mundo podian lograr y Yamato y Jiraiya, moviéndose con destreza, parecían no tener límites. Sus cuerpos se movían con una agilidad y una precisión que desafiaban las leyes de la física. Mantener esa velocidad, además, requería un control de chakra impresionante, un recordatorio de lo sobrehumanos que podían ser.

Pero mis pensamientos se desvanecieron cuando llegamos al destino. La prisión se alzaba ante mí, como una gigantesca torre de piedra, imponente y fría. Era medio día cuando aterrizamos en la entrada del lugar, donde el alcaide Mui nos esperaba junto a un par de guardias. Jiraiya le entregó un pergamino que el alcaide revisó con detenimiento antes de asentir. Sin decir mucho más, me transfirieron a su custodia, yamato retiro mis restricciones de madera.

—Permanecerás aquí durante el tiempo estipulado. Se te alimentará tres veces al día, pero no se te permitirá tiempo en el patio, por orden de tu Hokage—. Dijo el alcaide, su tono seco y distante

Escuché sus palabras, pero no pude evitar una sonrisa amarga. Todo era parte del plan. La vida de un prisionero, al menos en este caso, era lo que yo quería. Cuatro paredes de piedra sólida, sin distracciones, solo el silencio que me permitiría concentrarme en lo que tenía que hacer. Un lugar aislado, donde mi mente sería la única compañía.

El alcaide, sin mucha ceremonia, colocó un sello en mi torso, uno que restringía mi chakra por completo. Sin embargo, me era irrelevante. Yo sabía que con o sin chakra, podía hacer lo que me propusiera. Este era el precio de mi libertad futura, y estaba dispuesto a pagarlo.

Jiraiya, incómodo, me miró por un momento antes de hablar, como si estuviera buscando las palabras correctas. Finalmente, soltó un suspiro y dijo, como si lo hubiera practicado antes:

—Cuídate, Naruto. No olvides por qué estamos aquí. Este es solo un paso más. Cuando todo termine, volverás a Konoha.

No necesitaba decir mucho más. Yo lo sabía. Jiraiya, preocupado por mí, pensaba que este era solo un mal paso temporal, que lo que realmente quería era mantenerme alejado por un tiempo mientras todo se calmaba con lo de Sasuke y el caos que había dejado atrás.

Tal vez creía que al mantenerme aquí, alejado de la aldea, las tensiones disminuirían, y yo no sería el chivo expiatorio de todo lo que había salido mal. Pero no podía evitar sonreír de manera amarga al pensar en ello.

—Nos vemos, Ero.senin—. Respondí con sarcasmo y veneno, haciéndolo estremecer.

Cuando Jiraiya se despidió, se notaba que le costaba, pero no dijo nada más. Solo se dio media vuelta y se marchó sin mirar atrás, partiendo con Yamato. Fue un gesto que hablaba más de lo que cualquier conversación podría haber dicho. Era conciente que en su mente esto era lo mejor, pero como siempre se ignoro mi voluntad, solo era lo mejor para la aldea pero para ellos, era un sacrificio que yo debía hacer.

Mintras tanto me llevaron a una pequeña celda de piedra, aislada del resto del mundo. El aire era frío y la soledad se sentía como una pesada capa sobre mis hombros. Era el tipo de lugar que solo esperaba de una prisión, pero era exactamente como lo recordaba de aquella película.

Un pequeño agujero en la pared servía para mis necesidades, y la puerta de hierro separaba mi mundo del de todos los demás. La celda estaba vacía, desolada, pero a mí no me molestaba. En realidad, era perfecta.

Paseé mi mirada por el espacio y un leve suspiro escapó de mis labios. Era el ambiente ideal para lo que necesitaba hacer.

/Esto es perfecto/. Pensé mientras observaba las paredes de piedra que me rodeaban.

La prisión, tan rudimentaria y sencilla, no era más que una oportunidad. Un campo de entrenamiento en bruto. Sin distracciones, sin nadie que me interfiriera. Nada de lo que pudiera perturbar mi concentración. Este lugar, aunque simple, tenía el potencial de ser mi terreno de batalla personal. Podía sentirlo.

Una sonrisa apareció en mi rostro, fría, calculadora.

/Este es solo el principio/. Me dije a mí mismo. Lo sabía. Aunque estaba sellado y mi chakra estaba restringido, eso no importaba. Lo que realmente me importaba era mi mente, mi voluntad, mis recuerdos. Todo eso era suficiente para lo que tenía en mente.

Mi objetivo no era salir de esta prisión solo para “desaparecer” del radar de Konoha, no. Mi objetivo era mucho más grande. Este sería el lugar donde cerraría la brecha entre mi poder actual y el nivel de los shinobi más fuertes. A pesar de estar encerrado, a pesar de las restricciones, sabía que mi mente era más poderosa que cualquier barrera física que me pudieran imponer. Este lugar sería el espacio donde mi verdadero poder empezaría a despertar.

Sonreí como un loco al ver que el sello en mi palma funcionaba perfectamente. No podía usar chakra, eso lo sabía, pero este símbolo en mi palma no requería chakra. Al funcionar, me otorgaba acceso a los recursos que había sellado allí, y esa simple realidad me ponía la piel de gallina. En ese momento, las limitaciones físicas parecían desvanecerse ante la certeza de que aún tenía herramientas que no dependían de chakra.

Sacando del sello en mi palma un pequeño frasco de tinta y un pincel, me senté en el suelo de piedra. Abrí el libro de cultivo que era mi dedo de oro, buscando entre sus páginas hasta encontrar lo que necesitaba. No entendía nada de lo que veía en los símbolos y las líneas complicadas, pero, de alguna manera, algo en mi interior sabía qué hacer. Sabía lo que representaba esa matriz.

Con cuidado, coloqué una gota de mi sangre en la tinta. Empecé a trazar los complejos símbolos en las paredes de la celda, uno a uno. Cada trazo que hacía no era solo un dibujo, era un paso hacia algo mucho más grande. La matriz que estaba formando era peligrosa, y lo sabía. Cada línea se conectaba con una precisión inhumana, como si me guiara algo más allá de mi comprensión.

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Las paredes de la celda, frías y simples, comenzaron a transformarse ante mis ojos. Cada símbolo que trazaba sobre la piedra parecía cobrar vida, pero no de la manera que esperaba. No entendía del todo cómo funcionaba, pero sabía perfectamente lo que haría. La complejidad de la matriz era tal que, aunque no podía comprender todos sus matices, la intuición me decía cual era el resultado.

—Mucha de esta teoría está fuera de mi alcance… pero sé lo que esto hará—. Murmuré mientras observaba el patrón tomando forma. Esta matriz estaba relacionada con el tiempo, algo que podría cambiar las reglas del juego a mi favor.

Con cada símbolo que completaba, sentía cómo la atmósfera misma se volvía más densa. No entendía a fondo la naturaleza de lo que estaba creando, pero las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar. Ya no importaba si entendía o no. Lo único que me importaba era que esto me permitiría alcanzar algo que estaba mucho más allá de lo que cualquier shinobi normal podría soñar.

Cuando terminé de dibujar los últimos símbolos, saqué el cristal que contenía el fragmento del alma de Orochimaru. Sabía que, a pesar de no poder controlar el chakra por el momento, este objeto se convertiría en el centro de lo que estaba a punto de hacer. Con delicadeza, lo coloqué en el centro de la matriz que había trazado, viendo cómo los símbolos comenzaron a brillar tenuemente, como si cobraran vida propia.

Miré a través de la pequeña abertura de mi celda. Un pájaro volaba sin preocupaciones por fuera, moviéndose con agilidad en el aire, pero mientras observaba, algo sucedió. El cristal comenzó a emitir una extraña energía, y de repente, el pájaro pareció desacelerarse, flotando en el aire como si el tiempo alrededor de él se hubiera ralentizado.

—Esto… esto está funcionando—. Murmuraba para mí mismo.

Sabía que lo que había creado cambiaría las reglas. En ese momento, el tiempo dentro de mi celda ya no fluía como en el mundo exterior. Lo que fuera que la matriz estuviera haciendo, me permitiría ganar tiempo.

Dentro de la celda, un mes fuera sería equivalente a un año y medio. Aunque este efecto no lo entendía completamente, estaba claro que me brindaba la oportunidad de entrenar y crecer mucho más rápido de lo que podría fuera de estas paredes. Lo que parecía una prisión, se transformaba en mi campo de entrenamiento personal.

—Un mes afuera, un año y medio dentro… Esto es lo que necesitaba—. Dije en voz baja, mientras veía cómo el pájaro volaba. Era el momento de ponerme a trabajar. El tiempo ahora era mi aliado, y con él, podría avanzar de maneras que otros ni siquiera imaginarían.

Activando la ultima función que tenia esta complicada matriz, vi como los símbolos de la matriz se fusionaron con la piedra y el cristal se hundió en el suelo, dejando la anodina celda. Si alguien se acercaba, la matriz detectaría su sangre, y al no ser la que se usó para la tinta, se desactivaría, volviendo el tiempo a la normalidad.

—Es momento de cultivar—. Fue mi murmullo mientras me preparaba para empezar el camino hacia la inmortalidad.

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Omake:

El Tercer Raikage estaba sangrando profusamente, sus heridas graves cubrían la mayor parte de su cuerpo. Nunca había imaginado que llegaría a este punto. Todo había salido terriblemente mal. Se esperaba que Uzu cayera con facilidad ante la coalición de Kumo, Kiri e Iwa, con más de 50,000 soldados atacando a la pequeña aldea.

Pero, a pesar de todo, Uzu resistió. Y todo gracias al recién ascendido Daimyo, el mocoso de no más de 18 años, quien había masacrado las fuerzas enemigas mientras su gente se concentraba en defender las murallas. El chico no se quedó atrás.

Hikaru Uzumaki, un joven que había demostrado un poder inconmensurable, salió al campo de batalla enfrentándose solo al ejército invasor. Usando un jutsu nunca antes visto, una ráfaga de luz que se movía a una velocidad que ni el Raikage, con su velocidad mejorada por su armadura de rayos, podía reaccionar a tiempo. El Mizukage ya había caído, y tanto Onoki como el Raikage apenas se mantenían con vida frente a este monstruo.

—Maldita sea… no puede ser real…—. Gruñó el Raikage A, mientras observaba impotente cómo el chico parecía bailar alrededor de ellos a una velocidad aterradora. Cada vez que intentaban atacarlo, él ya había desaparecido.

Finalmente, el Raikage, agotado pero decidido, cargó hacia Hikaru, su espada divina brillando en la mano, rodeado de rayos. Con un rugido ensordecedor, atacó con una velocidad que rivalizaba con la de un rayo. Pero fue Onoki quien, con una ráfaga de polvo, desintegró la mitad inferior del cuerpo del joven Uzumaki. La victoria parecía segura, pero… algo no estaba bien.

—¡Lo logramos! ¡Lo derribamos!—. Exclamó Onoki, con la voz llena de alivio, sin saber que aún les quedaba la peor parte.

De repente, el cuerpo de Hikaru comenzó a reformarse a una velocidad asombrosa. En segundos, su cuerpo, la mitad que había sido desintegrado, volvió a tomar forma con un haz de luz, como si el daño nunca hubiera existido. Los dos kages no podían procesarlo. ¿Cómo era posible?

Con un tono aburrido y una sonrisa despreocupada, Hikaru habló, su voz helada de indiferencia.

—Qué terrible…—. Dijo mientras su cuerpo se reformaba en una ráfaga de luz pura, completamente reparado, como si nada hubiera pasado.

—¿Pero qué demonios…?—. Dijo el Raikage, mirando horrorizado.

—Ah, ya lo entendieron… Al parecer no soy tan fácil de derrotar, ¿eh? —. Hikaru sonrió perezosamente, mirando a los dos viejos kages como si fueran solo una molestia.

El Raikage, sin embargo, ya no sabía qué hacer. Cada intento de atacarlo solo parecía hacer que la situación fuera aún más desesperante.

Hikaru levantó su dedo lentamente, apuntando hacia el Tsuchikage.

—¿Sabes lo que es realmente aterrador, viejo? La velocidad de la luz…. A ver si puedes seguirme el ritmo. —. Murmuró, tan despreocupado que parecía que estuviera bromeando.

Y en ese instante, sin previo aviso, disparó un rayo de luz hacia el Tsuchikage. Era tan rápido que el Onoki no tuvo tiempo de reaccionar. Apenas pudo ver una línea de luz antes de que fuera arrojado por el impacto. A medida que el anciano volaba por los aires, gritando, el Raikage pudo escuchar cómo el sonido del impacto llegaba un segundo después.

—¡O-¡Onoki!—. El Raikage intentó moverse para ayudar a su compañero, pero su cuerpo estaba agotado, y el chico ya estaba sobre él.

Con un movimiento casi aburrido, Hikaru levantó su pie. El Raikage apenas pudo procesarlo antes de que Hikaru dijera, con una sonrisa traviesa:

—¿Alguna vez te han pateado a la velocidad de la luz?—. Dijo, con perezosa diversión.

Antes de que el Raikage pudiera siquiera procesar el movimiento, Hikaru movió su pie hacia él. En el instante en que el golpe impactó, la fricción entre el aire y su pie hizo que todo se distorsionara, como si la propia realidad hubiera sido retorcida por la velocidad del impacto. El golpe creó una onda de choque tan intensa que el sonido de la explosión fue ensordecedor. Lo que sucedió a continuación fue como un desastre natural, una explosión similar a una nuclear. La onda de choque sacudió la tierra, derribando árboles, fragmentando el suelo y dejando una estela de destrucción a su paso.

La fracción de la velocidad de la luz a la que Hikaru había dado el golpe no era ni el 1% de su verdadera capacidad, pero el resultado fue más que suficiente para destruir al Tercer Raikage. El hombre, con su armadura de rayos y toda su fuerza, se desintegró en una niebla de sangre y carne.

Hikaru no parecía impresionado en lo más mínimo. Se dio vuelta, mirando la destrucción detrás de él con indiferencia.

—Vaya… Me pasé un poco con la velocidad. Pero, eh… ¿quién lo iba a decir? No tengo tiempo para contenerme. ¿Verdad?—. Comentó mientras observaba la nube de escombros que quedaba a su alrededor.

Se encogió de hombros, como si todo hubiera sido un simple entrenamiento. Un momento antes, había destrozado al Raikage con la facilidad con la que alguien destroza una muñeca de porcelana. Y ahora, parecía que todo era solo otro día en la vida de Hikaru Uzumaki, el chico que había salvado a su nación y que, sin piedad, había reducido a los poderosos kages a meros recuerdos sangrientos.

Sin mirar atrás, Hikaru caminó tranquilo hacia el horizonte, sin ninguna preocupación por el caos dejado en su estela.

—Esto se está poniendo aburrido. Tengo que ir a por la pequeña Kushina en Konoha, esos traidores… nos dejaron a nuestra suerte. El infierno se congelará antes de dejar que un miembro de mi clan se quede en su aldea—. Dijo Hikaru, con un tono de voz completamente relajado, mientras caminaba tranquilamente hacia el horizonte, dejando atrás el eco de la destrucción que había causado en cuestión de segundos.

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Notas: Espero que les haya gustado el capítulo. ¡Comenta si te gustó!

Decidí ir por la ruta del encierro; tendrá tiempo de entrenar gracias a recurrir a elementos peligrosos. Parece que el protagonista, en su desesperación, vuelve a usar poderes que no comprende. Esperemos que no le explote en la cara nuevamente.

Además, Mui no sabe qué es un jinchūriki; no ha investigado cómo lo hizo en la película, tres años después. Así que nuestro Naruto no estará en el complot de la caja.

Veamos qué hará con todo ese ADN que piensa seguir reuniendo.

Las matrices de ese calibre usan el qi ambiental, el qi del cultivador o las almas. En el caso de Naruto, con su chakra sellado, se ve obligado a usar el fragmento del alma de Orochimaru como combustible para la matriz.

Hikaru Uzumaki – “Hikaru” significa “luz” o “brillante”

La palabra “kyōki” (狂気) en japonés se traduce como “locura” o “desvarío”. Está formada por dos caracteres kanji:

狂 (kyō) significa “loco”, “desquiciado” o “insano”.気 (ki) significa “espíritu”, “energía” o “sentimiento”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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