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Cultivador mediocre en naruto - Capítulo 8

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Capítulo 8: Negociación

Descargo de responsabilidad (Disclaimer)Los personajes y el universo de Naruto son propiedad exclusiva de Masashi Kishimoto. Esta historia es un trabajo de ficción sin fines de lucro, creada únicamente con fines de entretenimiento. Cualquier similitud con la historia original es intencional y se utiliza para construir una narrativa alternativa o expandir el mundo existente. No tengo ninguna afiliación con el autor o con las empresas que poseen los derechos de la franquicia.

— Personaje hablando —

/ Personaje pensando /

Mi clon de madera resultó ser una bendición. Gracias a sus propiedades únicas, la madera creada con el Mokuton tenía la capacidad natural de reprimir el chakra bijū, lo que significaba que podía mantenerlo activo durante largos períodos sin el temor constante de que el Kyūbi intentara tomar el control. Además, la transferencia de información funcionaba de manera eficiente: si quería recuperar los recuerdos del clon, solo necesitaba entrar en contacto físico con él. En ese instante, el clon se reiniciaba, recargándose con mi chakra y transfiriendo sus memorias a mí.

Sin embargo, había una limitación importante, la fatiga y las experiencias no se transferían. Eso significaba que, aunque podía usar los clones para realizar tareas manuales y experimentar con técnicas, no servirían para entrenar de manera efectiva. Aun así, su utilidad era innegable.

Decidí crear tres clones en total, aunque tuve que espaciar su invocación en intervalos de tiempo debido al agotamiento de chakra que sufría por mi falta de habilidad con el Mokuton. Durante los siguientes días, con la ayuda de estos clones, comencé a dar forma a un pequeño jardín donde cultivé plantas medicinales.

Pero no se trataba de un simple huerto pues usé una matriz para nutrir las plantas con Qi. No solo aceleraba su crecimiento, sino que también enriquecía sus propiedades espirituales, transformándolas en ingredientes ideales para la elaboración de auténticas píldoras de cultivo.

Todas las hierbas que estaba haciendo crecer tenían un el propósito de sanar el cuerpo.

Aunque mi cultivo de un año y medio había fortalecido mi organismo, no había reparado el daño que ya estaba presente. Diez años de malnutrición y descuido no desaparecen de la noche a la mañana. Aún conservaba secuelas de mi infancia, mi metabolismo había sido forzado a sobrevivir con escasos nutrientes, y mi desarrollo había sido más lento de lo que debía. Mis tenketsu, aunque superiores a los de un ninja común e incluso a los de los clanes, aún no alcanzaban su verdadero potencial.

Mi genética me permitía mucho más. Ser un jinchūriki me daba la capacidad de alcanzar niveles sobrehumanos, pero no bastaba con tener la sangre de un Uzumaki y la influencia del Kyūbi, tenía que optimizar mi cuerpo para que alcanzara su máximo esplendor.

Además, había un problema latente que pocos considerarían, el chakra del Kyūbi, por su naturaleza, era increíblemente tóxico para los humanos. Yo había estado expuesto a él desde el útero. Aunque esta exposición me otorgó ventajas, como un chakra más denso y en mayores cantidades, también intoxicó lentamente mi cuerpo.

Con el tiempo, este veneno latente provocaría un envejecimiento prematuro, algo que se hizo evidente en la línea de tiempo de Boruto, donde mi versión futura mostraba un desgaste que no correspondía con la longevidad esperada de un Uzumaki. No tenía intenciones de seguir ese mismo destino.

Para contrarrestarlo, envié a mis hombres a conseguir una cabra. Alimentándola con algunas de las plantas ricas en Qi, esperaba que desarrollara un bezoar con propiedades espirituales. Una vez que el bezoar estuviera listo, sacrificaría al animal y lo sometería a una matriz de refinamiento, creando un antídoto de grado panacea. Este no solo eliminaría las toxinas acumuladas por el chakra del Kyūbi, sino que también purificaría mi organismo, asegurando que mi cuerpo alcanzara su máximo potencial sin los estragos de la contaminación energética.

El proceso llevaba tiempo, pero la paciencia era una virtud de los cultivadores.

Mientras trabajaba en mi plan de recuperación física, los días pasaban rápidamente. Había transcurrido una semana desde que reuní al clan Fūma bajo mi protección, y poco a poco, la incertidumbre comenzaba a instalarse en mi mente. Ahora habían pasado dos semanas desde mi escape de Konoha… y ni una sola señal de la aldea.

Nada.

No había rumores, ni rastros de búsqueda, ni siquiera un murmullo que indicara que estaban intentando localizarme. Algo no cuadraba.

—No me gusta esto…—. Murmuré mientras observaba el fuego de la fogata, sintiendo una inquietud creciente.

Sasame, quien me había estado ayudando estos días, notó mi expresión seria y frunció el ceño con preocupación.

—¿Algo anda mal, Joven maestro?—. Preguntó con cautela.

Aún no me acostumbraba a que me llamaran “Maestro”, pero tampoco me molestaba del todo. Era mejor que “dobe”, eso seguro.

—Es Konoha—. Respondí, apoyando los codos sobre mis rodillas.

—Se supone que ya deberían estar buscándome. No soy cualquier ninja… soy su maldito jinchūriki. Y sin embargo, ni una señal de ellos—. Sasame me miró con una mezcla de sorpresa y preocupación.

—Tal vez… no quieren encontrarte—. Sugirió en voz baja.

—Eso o están ocupados con algo más—. Agregué con seriedad.

Ese pensamiento no me tranquilizaba.

Por otro lado, tampoco había recibido respuesta de Orochimaru. Habían pasado tres días desde que enviamos el mensaje a la facción del clan Fūma bajo su mando… y la serpiente aún no daba señales de vida.

—Si no responde en las próximas 48 horas, entonces moveremos al clan Fūma al lugar donde planeo asentarlos permanentemente— . Declaré finalmente, poniéndome de pie.

Sasame asintió con determinación. —¿Significa eso que pronto dejaremos este lugar?—.

—Sí, este sitio solo era una parada temporal. Nos estamos preparando para algo más grande—. Confirmé.

Mis ojos se desviaron hacia el cielo estrellado. Sabía que el camino que había elegido no sería fácil. Pero si algo era seguro… era que este mundo estaba a punto de cambiar.

—————————————————————————————————————————-

Tsunade observaba la taza de sake con la mirada perdida. Sus manos temblaban ligeramente, pero no era por el alcohol. No había bebido en semanas, desde que cometió el peor error de su vida.

Desde que dejó que Naruto se fuera. Desde que lo entregó a la Prisión de Sangre, creyendo que así estaría a salvo. ¿Pero qué había hecho? ¿Cómo pudo haberlo traicionado de esa manera?

Se pasó una mano por el rostro, intentando ahogar el torbellino de pensamientos que la carcomían día y noche. Pero no importaba cuánto lo intentara, su mente siempre volvía a él. Siempre volvía a Naruto.

Su estúpida sonrisa. Su ridículo cabello dorado. Su absurda persistencia. Dioses, hasta su forma de hablar le recordaba tanto a ellos…

A Nawaki. A Dan.

Era como si el destino la estuviera castigando, obligándola a ver en Naruto la viva imagen de las dos personas que más amó en su vida.

A veces, cuando él entraba corriendo a su oficina con esa sonrisa boba, con esos ojos llenos de sueños y ambición… veía a su hermano menor, corriendo hacia ella después de un entrenamiento.

“¡Onee-chan! ¡Algún día seré Hokage, lo juro!”

A veces, cuando Naruto la miraba con esa gentileza que solo él tenía, podía jurar que Dan estaba de pie frente a ella, susurrándole palabras de amor.

“Tsunade, cuando todo esto termine… quiero que construyamos una vida juntos.”

Maldita sea. Golpeó la mesa con los puños, con suficiente fuerza como para hacer temblar el escritorio.

¿Por qué el destino le hacía esto? ¿Por qué tenía que recordarle, una y otra vez, lo que había perdido?

¿Por qué Naruto tenía que ser como ellos? ¿Por qué tuvo que encariñarse con él?

¿Por qué tuvo que necesitarlo tanto?

El nudo en su garganta se apretó aún más. Se obligó a respirar hondo, no podía dejarse llevar. No ahora, pero todo había empeorado. Naruto… escapó.

Y lo hizo de la manera más absurda posible. Modificó el sello de la Prisión de Sangre.

Un fuinjutsu de un nivel tan avanzado que ni siquiera Jiraiya podría replicarlo con facilidad. ¿De dónde demonios había aprendido algo así?. Ella no lo sabía. Nadie lo sabía. Pero él lo hizo.

Lo logró sin ayuda. Sin entrenamiento. ¿Qué más escondía Naruto?. Pero eso no era lo peor, Naruto ya no era un shinobi de Konoha. Para poder encerrarlo en la prisión, fue necesario retirarle su estatus de shinobi y enviar el registro oficial al Daimyō.

Era un procedimiento estándar, una forma de asegurarse de que un ninja desterrado no pudiera fingir lealtad ante otras aldeas. Pero ahora había un problema, por ley, no podían incluirlo en el libro Bingo de Konoha. No era un ninja renegado, porque legalmente ya no era un ninja.

Los Consejeros lo sabían. El Consejo Civil lo sabía. Y aun así, hicieron lo imposible por cambiar las reglas; presionaron, usaron influencias en la capital. Movieron hilos en las sombras, querían que Naruto fuera cazado como un animal. Y lo lograron.

En unas horas, una nueva hoja sería distribuida en todo el continente.

Nombre: Uzumaki Naruto.

Estado: Renegado.

Recompensa: Captura viva o muerta. Nivel de amenaza: Rango “A”

No mencionaban el Kyūbi. No mencionaban que era un Jinchūriki, pero eso no importaba. Una vez que estuviera en el libro Bingo, nada impediría que los cazadores fueran tras él.

Tsunade sintió su respiración volverse irregular. Se llevó una mano al pecho.

Naruto…

Naruto, el mocoso que le devolvió la fe en la aldea.

Naruto, el único que logró hacerla sonreír de verdad en tanto tiempo.

Naruto, que le pertenecía.

Que era suyo.

Y ahora… lo estaban arrebatando de su lado.

Su rostro se endureció. Se levantó lentamente y caminó hacia la ventana de su oficina, observando la aldea que alguna vez pensó en proteger.

—¿Por qué soy Hokage…? —susurró, con una sonrisa amarga.

Tal vez era hora de dejar el puesto.

Tal vez era hora de ir tras él.

Y esta vez… no lo dejaría ir.

—————————————————————————————————————————-

Allí estaba yo, frente a la barrera, observando a Kabuto Yakushi y a la disfrazada Kagerō al otro lado. Mientras los observaba, sentí un extraño estremecimiento recorrer mi cuerpo, como si algo invisible estuviera acechando en la sombra. Era como una sensación que solo un animal hambriento podría provocar, pero no veía ninguna amenaza inmediata. Mis clones de madera, fusionados con los árboles que rodeaban el área, me aseguraban que no había rastro de Orochimaru, pues darían una una señal en caso de ver al Sannin.

Sin embargo, esa sensación persistía, una incomodidad inexplicable que me dejaba inquieto, como si estuviera esperando algo más… o alguien más. Quizás algo relacionado con el pasado, tal vez… No podía ponerle nombre, pero algo estaba mal. Decidí ignorarlo y centrarme en lo que tenía enfrente.

—Cuatro ojos, un placer verte de nuevo. Dime, ¿sigues secuestrando niños para los gustos raros de tu amo? —. Le dije, sonriendo divertido.

Kabuto, como siempre, devolvió la sonrisa con su típica calma, pero no pudo evitar un ligero movimiento de sorpresa.

—Sasuke-kun es suficiente para Lord Orochimaru, Naruto —. Respondió con una sonrisa algo forzada, con la intención de desatar en mí una reacción emocional vinculada a la obsesión que mi antiguo yo sentía por Sasuke.

Asentí, fingiendo comprensión, y sonreí aún más abiertamente.

—Sí, Sasuke siempre fue un caso raro… Nunca prestó atención a las chicas, supongo que tenía esos gustos—.

Kabuto, sorprendido, trató de ocultar su desconcierto, pero no pude evitar notar que algo en su mirada había cambiado. No sabía si lo había desconcertado, pero disfruté ese momento de incomodidad.

—Pero dejando las bromas de lado, quiero una reunión con Orochimaru. Supongo que estás aquí para ver quien pedía la reunión —. Continué, volviendo a ponerme serio

Kabuto se quedó en silencio por un momento, observándome, antes de hablar, como si estuviera evaluando si mi cambio de actitud era genuino o si había algo más detrás.

—Así es, Naruto. Me sorprende verte… tan cambiado. En estos pocos meses sin encontrarnos has crecido mucho—. Respondió Kabuto mirándome fijamente.

—Y seguiré creciendo, este es solo el principio—. Le respondí con calma, sin inmutarme.

Dejé de prestarle atención por un momento y saqué una pequeña píldora de mi bolsillo. La lancé hacia la barrera, y Kabuto la atrapó con agilidad, observándola con el ceño fruncido.

—¿Qué es esto? —. Preguntó, desconcertado.

—Contiene los nutrientes de diez días en un solo bocado. Si la tomas, no necesitarás comer ni beber durante ese tiempo. Todo lo que tu cuerpo necesita estará allí, y lo mejor de todo, no tendrás desechos, porque tu cuerpo lo absorberá todo perfectamente—.

Kabuto observó la píldora, claramente intrigado, pero antes de que pudiera replicar, me adelanté.

—Sé que Orochimaru está sufriendo. Perdió una parte importante de su alma a manos del Sandaime. Aunque haya cambiado de huésped, el dolor y la incomodidad siguen siendo insoportables—.

Sabía que había tocado un punto sensible. Kabuto no dijo nada al principio, pero su expresión se tornó más grave. La sensación de incompletitud de Orochimaru, la sensación de estar “roto”, debía estar volviéndolo loco.

—Puedo crear una píldora que alivie su sufrimiento. No lo curará completamente, pero al menos reducirá el dolor y la incomodidad. A cambio, quiero tres cosas de él—.

Kabuto se quedó en silencio, pensativo. Sabía que esto no era una simple oferta. Era algo que Orochimaru necesitaría. La imagen de su maestro, torturado por el dolor constante, era lo suficientemente poderosa como para hacerlo considerar mi propuesta.

Pero Kabuto no era tonto. Sabía que si Naruto había logrado algo tan complejo como alterar el fuinjutsu de la Prisión de Sangre, probablemente podía cumplir lo que prometía. Sin embargo, no era el mismo Naruto que había conocido.

—¿Quién eres en realidad? —. Preguntó, su voz más baja, más seria.

Lo miré directamente a los ojos. No sentí miedo, ni necesidad de demostrar nada.

—Créelo o no, soy Uzumaki Naruto. Pero si quieres más explicaciones, solo se las daré a Orochimaru. Él vendrá aquí, donde estoy. Si no lo hace, el Clan Fūma y yo nos marchamos—.

El silencio se hizo denso. Kabuto, visiblemente intrigado, frunció el ceño, pero no dijo nada. Sabía que las implicaciones de mis palabras eran grandes, pero en ese momento, todo dependía de Orochimaru. Si no respondía, si no acudía a esta cita que había organizado, perdería una gran oportunidad.

Kagerō, quien había estado en silencio todo el tiempo, se tensó al escuchar mi ultimátum. Podía ver la preocupación en su rostro, porque si yo me iba, sus planes para el clan Fūma se irían al traste. Todo lo que habían hecho hasta ahora, todo el esfuerzo, podría desmoronarse en cuestión de horas.

—Orochimaru sabe que no estoy jugando. Tienes doce horas —. Sentencié. Mi voz era firme, y no dejaba lugar a dudas.

Kagerō me miró con una mezcla de alarma y desesperación. Sabía lo que significaba mi oferta. Si Orochimaru no se presentaba, todo lo que sacrifico por el clan seria en vano, la gente por la que quería luchar se iría.

Kabuto me miró fijamente, sus ojos afilados analizando cada detalle, antes de guardar la píldora en su túnica con un gesto medido. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y desapareció en la espesura del bosque. Yo, por mi parte, no tenía intención de perder el tiempo. Me alejé unos pasos de la barrera y me concentré en preparar a uno de mis clones de madera. En su interior incrusté la matriz de veneno más potente que podía crear.

Si la situación se volvía crítica, el clon se detonaría, liberando la toxina en el exterior de la barrera. La estructura, siendo completamente impermeable, nos mantendría a salvo, mientras que el veneno se adheriría al chakra de Orochimaru. No importaba cuántas veces usara su jutsu de muda de piel, la esencia de la sustancia permanecería con él, envenenándolo poco a poco y obligándolo a retirarse.

Pasaron diez horas antes de que finalmente llegara. Su presencia era tal y como la recordaba de la serie: inquietante y sofocante. Su piel pálida contrastaba con la oscuridad del bosque, y su sonrisa depredadora parecía estar siempre a punto de devorarlo todo. Me sostuvo la mirada con intensidad, analizándome como si fuera un espécimen extraño bajo su microscopio. Luego, con un movimiento apenas perceptible, varios de sus subordinados emergieron de entre los árboles, rodeando la barrera con precisión militar.

Había previsto esta posibilidad. Todos los exploradores del Clan Fūma estaban dentro, a salvo tras la protección de la barrera que rodeaba la antigua residencia del clan. Los ninjas del Sonido que rodeaban el lugar parecían lo suficientemente astutos como para no acercarse demasiado. Sabían que una barrera desconocida podía ser letal si se activaba de la manera incorrecta.

—Naruto-kun, diría que es un placer volver a verte, pero según lo que Kabuto me ha contado, es posible que no seas el verdadero —. Dijo con su característico tono sedoso, aunque había un matiz de curiosidad en sus palabras.

—Y ese cambio de apariencia es… interesante. Ahora que estoy aquí, ¿podrías explicarte?—.

Entrecerré los ojos, entendiendo lo que estaba haciendo. Esta demostración de poder, el despliegue de sus shinobi, era su forma de reafirmar su control sobre la situación. El Clan Fūma no tenía números para contrarrestar esa amenaza; apenas contaban con unos pocos chūnin. El resto eran sus familias, civiles que no podrían resistir un ataque directo. Pero no necesitaba números para hacerlo tambalear.

Tenía algo mucho más valioso, conocimiento.

—Dime, ¿aún guardas la piel de serpiente que encontraste en la tumba de tus padres? —. Pregunté con voz serena, mi expresión completamente neutra.

Orochimaru no reaccionó de inmediato. Su rostro permaneció imperturbable, pero vi el leve espasmo en sus pupilas al contraerse. Era un detalle mínimo, casi imperceptible, pero suficiente.

—Conoces cosas que solo yo y un hombre muerto sabíamos, Naruto-kun —. Respondió finalmente, su tono aún relajado, pero con un interés mucho más tangible.

Asentí, sin necesidad de decir más. Ambos sabíamos a quién se refería.

—Bien, supongo que has venido a negociar… o a intentar amenazarme. Pero como hombre de ciencia, imagino que estás intrigado y tienes preguntas. Responderé, pero solo lo que considere necesario—.

Orochimaru sonrió ampliamente, mostrando sus colmillos afilados. Su diversión era evidente, pero también lo era la chispa de curiosidad en su mirada.

—Muy bien. Dime, ¿eres realmente Uzumaki Naruto? —. Su tono era burlón, pero su mirada era calculadora.

—Tu cambio de actitud y esas rumoreadas habilidades con el fūinjutsu contradicen todos los informes que reuní de la Konoha sobre ti—.

Solté un leve suspiro antes de levantar mi camisa, exponiendo mi abdomen. Canalicé chakra y el sello de los Ocho Trigramas apareció con claridad. Observé cómo los ojos de Orochimaru se afilaban con un interés renovado.

—Minato selló una parte de su chakra en mí, supongo que como una especie de clon de sombra dentro del sello, en caso de emergencia. Pero no contó con que el sello, diseñado para filtrar el chakra del Kyūbi, haría lo mismo con el suyo. Durante mi encierro ocurrieron cosas… y tuve acceso a sus últimas memorias. Digamos que tuve un aprendizaje rápido sobre su experiencia—.

Orochimaru entrecerró los ojos, evaluando mis palabras. Sabía que Minato era un genio y que su mente operaba a un nivel que pocos podían comprender. Durante los tres años que permaneció en Konoha tras mi nacimiento, Orochimaru nunca tuvo acceso al sello, lo que significaba que no podía verificar si decía la verdad o no. Sin embargo, recordaba claramente sus discusiones con el Sandaime, insistiendo en la necesidad de estudiar el sello de un jinchūriki recién nacido.

Los recuerdos de Naruto eran una bendición y una maldición al mismo tiempo. Ahora podía acceder a cada detalle de su vida con una claridad devastadora. Recordaba los momentos de abandono, las miradas frías de la aldea, los susurros a sus espaldas… y también recordaba las palabras que hablaron frente a un bebe que pensaban no entendía nada.

—Ya veo… suponiendo que lo que dices es cierto, entonces posees información privilegiada —. Dijo finalmente Orochimaru, sus ojos volviéndose aún más afilados.

—Dime, ¿quién era tu madre?—. Su tono era casual, casi juguetón, pero podía sentir la intensidad con la que esperaba mi respuesta.

—Uzumaki Kushina. Anterior jinchūriki, esposa del Yondaime… y la razón por la que se inventó el Rasengan—. Orochimaru asintió lentamente, sopesando la información.

—Interesante… aunque aún no te creo del todo. Esa información podrías haberla obtenido de Sarutobi… o incluso de Jiraiya—.

Fruncí el ceño. Ahora estaba realmente molesto.

—Sabes tan bien como yo que ese tonto nunca me contó nada. Abandonó cualquier deber que tenía como padrino para buscarte, mantener su red de espías y seguir con su investigación. ¿Por qué demonios me diría algo? Estoy seguro de que se llevaría la información a la tumba antes que confiar en mí. De hecho, si se presentara la oportunidad, apostaría a que se lanzaría a una misión suicida antes de explicarme la verdad, prefiriendo dejarme en la ignorancia—.

Orochimaru me observó en silencio por un momento. Luego, una sonrisa volvió a curvar sus labios, pero esta vez, había algo más detrás de ella. No solo diversión o burla, sino un interés genuino.

—Vaya, Naruto-kun… qué cambio tan drástico. Debo admitir que ahora sí me has intrigado—.

Suspiré. Toda esta charla no era más que un juego de manipulación, una danza en la que ambos buscábamos debilidades y tratábamos de tomar la delantera. Pero, en realidad, no tenía el menor interés en los secretos de la serpiente.

Orochimaru moriría cuando dejara de ser útil. No podía permitirme dejar a un loco genocida suelto, incluso si su inteligencia y conocimientos eran invaluables. Su falta total de empatía y su inmoralidad lo hacían peligroso en más de un sentido. Sin embargo, por ahora, no tenía el poder suficiente para hacer algo al respecto.

Por eso, debía aprovechar su utilidad mientras durara.

—Basta de tonterías —dije con firmeza—. Estoy dispuesto a negociar. Dime, ¿aceptarías librarte de tres cosas que no necesitas a cambio de acabar con el dolor?

Orochimaru no mostró molestia, pero negó con la cabeza lentamente, como si mi propuesta le divirtiera más de lo que lo contrariaba.

—Naruto-kun, si crees que te daré a Sasuke, estás muy equivocado. Él me pertenece—.

Yo solté un suspiro pesado, irritado por esa maldita idea.

—Mira, quédate con él. En serio. No tengo ningún interés en meterme en el drama de un adolescente con complejo de superioridad. Solo te advierto algo…—.

Me acerqué un poco a la barrera y le señalé con el dedo, con expresión completamente seria.

—Cuando Itachi venga a buscarlo, y créeme, lo hará, tú serás el que tenga que lidiar con él—.

Por primera vez en toda la conversación, Orochimaru parpadeó, su sonrisa temblando apenas un poco.

—Oh… —. Murmuró, como si esa idea no se le hubiera pasado por la cabeza hasta ese momento.

Yo asentí con gravedad.

—Exacto. Y te diré algo más. No importa qué tan profundo te escondas, no importa cuántos laboratorios secretos tengas… él te encontrará. Y cuando lo haga, espero que hayas disfrutado cada segundo con Sasuke, porque te garantizo que será lo último que hagas en esta vida—.

Hubo un largo silencio. Luego, Orochimaru carraspeó, componiendo nuevamente su sonrisa habitual.

—Qué encantador de tu parte preocuparte por mi seguridad, Naruto-kun—.

—No es preocupación, es un consejo—.Me encogí de hombros.

—Pero bueno, si quieres quedarte con el boleto dorado para una muerte prematura, adelante. Solo asegúrate de dejar algún testamento, porque tengo curiosidad por saber a quién le dejarás todos tus frascos llenos de partes humanas—.

—Qué considerado de tu parte, Naruto-kun. Pero dudo que me preocupe por algo tan… trivial—. Respondió con su habitual tono sedoso, recuperando la compostura—.

—Sí, claro. Como si no hubieras salido corriendo la última vez que cruzaste miradas con él —repliqué con una sonrisa burlona.

—Pero en fin, Sasuke no es mi problema. Lo que quiero es el Clan Fūma. Todos sus miembros. No te sirven más que como sujetos de prueba, así que dejarlos ir no debería suponer una gran pérdida para ti—.

Orochimaru ladeó la cabeza, evaluando mis palabras, pero no me interrumpí.

—También quiero a la pelirroja que conseguiste recientemente. Ya debiste haber tomado todas las muestras que querías de ella, así que no te es de utilidad ahora. Y, por último, quiero los registros del Mokuton—.

Esta vez, la sonrisa de Orochimaru desapareció por completo. No era enojo… era contemplación.

El Clan Fūma era irrelevante. Un puñado de shinobi venidos a menos que ya habían cumplido su propósito como conejillos de indias. Dejarlos ir no le suponía ninguna pérdida real.

La Uzumaki, sin embargo, era distinta. Su linaje era valioso, su compatibilidad con su investigación la hacía una pieza clave en sus estudios. Pero, ¿lo suficiente como para aferrarse a ella en su estado actual? Tal vez no.

Lo que realmente lo intrigaba era mi petición sobre los registros del Mokuton. Durante décadas, se había infiltrado y recopilado fragmentos de la investigación de Konoha, robando documentos y experimentando sin descanso en busca de replicar las habilidades del Primer Hokage. Pero nunca logró un éxito real. Todos sus sujetos murieron… todos excepto uno. Kinoe. O Tenzō, como lo llamaban ahora en la ANBU.

¿Para qué quería Naruto algo que él había considerado un fracaso?

Orochimaru entrecerró los ojos, su lengua asomándose apenas entre sus labios mientras me estudiaba. Luego, una sonrisa afilada apareció en su rostro.

—Naruto-kun… cada vez eres más interesante —. Murmuró Orochimaru, con una idea sospecha surgiendo en su mente, claramente intrigado por el rumbo que estaba tomando nuestra conversación.

—Bien, supongo que no me acompañarás a mi base para nuestro trato —. Dijo con una sonrisa que no llegó a ser sincera, claramente una broma de mal gusto que ambos sabíamos era una obvia trampa.

Lo miré fijamente, sin cambiar mi expresión. Sabía que no era una invitación amistosa, sino una forma de ponerme en claro quién llevaba las riendas. Pero no caí en el juego, ni tenía intenciones de ir a su base. No iba a ser tan fácil.

—Bien, Naruto-kun, la pelirroja está cerca, tardará medio día en llegar. También enviaré a los miembros del Clan Fūma contigo, que están entre los míos. Pero espero esa supuesta medicina. Si intentas engañarme, ni siquiera esta barrera te protegerá —. Su voz se tornó más severa mientras, con un susurro casi imperceptible, su figura se fundía con el suelo, desapareciendo de la vista. Sus hombres se marcharon con rapidez, cada uno en diferentes direcciones, sin perder su vigilancia.

El tiempo comenzó a transcurrir lentamente. Los miembros del Clan Fūma salieron a patrullar los alrededores mientras mi clon de madera emergía del suelo en el mismo lugar donde Orochimaru había estado, preparado para lo que fuera necesario. El clon comenzó a crecer, transformándose en un árbol.

Era una forma de reposo, ahorraba chakra mientras esperaba una señal para actuar. Sabía que, en caso de emergencia, su detonación liberaría el veneno que había preparado, protegiéndome y dificultando cualquier intento de captura por parte de Orochimaru.

Mientras tanto, me moví hacia los demás miembros del Clan Fūma. Estaban ocupados con las compras que había ordenado, todo el cobre y hierro disponibles en las cercanías. Aquellos con afinidad terrestre ya estaban haciendo moldes y fundiendo el hierro para crear una vasija sencilla de un metro de altura. El cobre se fundió en cinceles y herramientas de orfebrería, todas listas para su uso.

—Joven Maestro —. La voz de Sasame interrumpió mis pensamientos. Mi ayudante del Clan Fūma se acercó con paso seguro, sosteniendo un pergamino.

—He supervisado la recolección de materiales. Todo está listo según tus especificaciones—.

La observé con atención. Sasame había demostrado ser eficiente, y aunque el Clan Fūma la había enviado para asegurarme de que su lealtad estaba conmigo, ella parecía estar adoptando su papel con seriedad.

—Bien, Sasame, asegurate de que todos tengan lo necesario para partir—. Dije mientras tomaba el pergamino y lo enrollaba de nuevo.

—Por supuesto, Joven Maestro, pasare el mensaje—. Respondío con determinación..

Una vez que todo estuvo preparado, me concentré en grabar los patrones dictados por el libro de la cultivación en las herramientas. Usé mi qi para cargar los grabados con energía. Esto provocó que mejoraran sus propiedades, aumentando su dureza y densidad, y dotándolas de la capacidad de dañar materiales más duros o hacer grabados más profundos.

Cuando comencé a grabar el complejo patrón en la vasija de hierro, utilicé las herramientas de cobre reforzado, cuyas ranuras absorbían mi qi, permitiéndome trabajar como si estuviera tallando en mantequilla. Todo fluía con una naturalidad que solo el entrenamiento y la experiencia podían lograr.

—Es impresionante… —. Murmuró Sasame mientras observaba cada uno de mis movimientos.

—¿Estos patrones aumentan la eficacia de los materiales?—. Pregunto curiosa la joven.

—Así es. Sin estos grabados, la energía no podría fluir correctamente. Es la base de toda arte de refinamiento—. Respondí sin apartar la vista de mi trabajo

El patrón me tomó un par de horas, pero al final, estaba listo. Mientras tanto, mi clon de madera ya había preparado la matriz que fungiría de horno para la preparación ante los ojos asombrados de los miembros del Clan Fūma, quienes ayudaban en lo que podían. Los observaba con cierto desinterés pues aún no eran útiles, pero eso cambiaría cuando los asentara. No podía negar que estaban colaborando lo suficiente como para que las cosas avanzaran a tiempo.

———————————————————————————————————————–

Tomé la vasija de hierro grabado con patrones de cultivación y la coloqué en el centro de la matriz de energía que mi clon de madera había preparado previamente. Su interior brillaba con un tenue resplandor mientras se alimentaba del qi, que el clon de madera inyecto, estabilizando la formación.

Primero, vertí el aceite de incienso dentro de la vasija. Su esencia era densa y espesa, actuando como base para la mezcla. El incienso tenía propiedades calmantes y servía para canalizar mejor la energía espiritual, lo que permitiría que el elixir penetrara directamente en las capas más profundas del alma. Sin este elemento, los ingredientes solo surtirían efecto en el cuerpo físico, pero no en la esencia misma de Orochimaru.

La preparación del elixir requería una armonización perfecta entre la materia y el qi. La esencia de este mundo estaba limitada al chakra, pero con la formación adecuada, podía desatar el verdadero potencial de los elementos y manifestar sus propiedades simbólicas.

—¿Por qué necesitamos reforzar ingredientes tan comunes?—. Sasame pregunto, observando atentamente.

—Porque en su estado natural, son solo materia inerte —. Respondí, extendiendo la mano hacia los ingredientes.

—Pero al impregnarlos con qi, despiertan sus propiedades simbólicas y se convierten en algo más—.

Tomé la primera esencia: Ceniza de Raíz Marchita. En su forma mundana, era el residuo de raíces secas de árboles antiguos, sin más utilidad que la de un polvo inerte, pero utilizado en la medicina tradicional aunque sin verdadero uso, lo que me interesaba era su simbolismo.

Pero al canalizar mi qi en su estructura, las cenizas comenzaron a brillar débilmente, adquiriendo la propiedad de conexión espiritual. Ahora, ya no era solo polvo, era un puente entre el cuerpo y el alma, un ancla que evitaría que la esencia de Orochimaru se dispersara aún más.

Vertí la ceniza en la vasija, donde fue absorbida por el aceite en la base, difundiéndose como un río de tinta oscura.

El siguiente ingrediente era aún más delicado. Pétalos de Loto Mustio, una flor sin qi en su estado original. Normalmente, solo un loto floreciente tendría algún valor, pero en la alquimia, lo importante no era la frescura, sino el simbolismo. Un loto marchito representaba el renacer a través del sufrimiento.

Sujeté los pétalos en mi palma y vertí sobre ellos una corriente de qi refinado. La reacción fue inmediata, los bordes oscurecidos se iluminaron con un resplandor plateado y, por un instante, la flor pareció revivir. Sin embargo, su verdadera esencia no era florecer de nuevo, sino contener el poder de la resiliencia del alma.

—El loto… está absorbiendo su energía —. Murmuró Sasame, con fascinación.

—No simplemente absorbiéndola…, mi energía está despertandolos—. Corregí.

Pero el ingrediente más importante era el último. Alas de Mariposa, insectos insignificantes en su forma mundana, pero que en su ciclo de vida simbolizaban la transformación entre la vida y la muerte pues el folclore eran la encarnación del alma de los difuntos. Trituré las alas en un polvo fino y lo dispersé en la vasija. Al contacto con el líquido, la mezcla comenzó a girar lentamente por sí sola, impulsada por la resonancia del qi que había imbuido en los ingredientes.

Entonces, canalicé una segunda oleada de qi, más refinada, más potente.

La matriz brilló intensamente cuando mi energía se filtró en el caldero, refinando la mezcla a nivel fundamental. Su estructura cambiaba, trascendiendo lo mundano para convertirse en algo completamente nuevo.

El aceite en la base se volvió dorado, y una fragancia embriagadora llenó el aire. El elixir estaba completo.

Sasame tomó un frasco de cristal y lo extendió con ambas manos. Vertí el líquido cuidadosamente, asegurándome de que no se disipara ni una sola gota de qi.

—Esto aliviará su alma… pero su cuerpo no lo soportará por mucho tiempo —. Dije en voz baja.

—Entonces… Necesitara una píldora que lo fortalezca—. Asentí para mi mismo y volví mi atención al siguiente paso.

Para la píldora, los ingredientes eran diferentes. Ya no se trataba de curar el alma, sino de fortalecer la carne lo suficiente como para soportar el poder del elixir.

El primer componente era Savia de Árbol enfermo, extraída de árboles moribundos. En su estado natural, era solo un líquido espeso, pero con suficiente qi, su esencia se transformaba en un catalizador de para un veneno o un antidoto ante la debilidad.

Coloqué la savia en la palma de mi mano y liberé un pulso de qi. Su consistencia cambió de inmediato, endureciéndose hasta formar una sustancia cristalina. Al triturarla, sus propiedades fueron liberadas, listas para ser absorbidas en la píldora.

El segundo ingrediente era Polvo de Hueso de Bestia Errante, restos de criaturas que habían vagado entre la vida y la muerte. Por sí solo, era solo un material óseo desgastado, pero cuando lo empapé con mi qi, su resonancia cambió, reforzando su propiedad de dureza y resistencia.

—Esto… ¿es seguro?—. Sasame frunció el ceño al ver cómo el polvo comenzaba a vibrar.

—Ahora lo es. Su esencia está estabilizada —. Dije con calma, moldeando la mezcla con mis manos

Finalmente, añadí Fragmentos de Caparazón de Tortuga, representaba la longevidad. Sin este componente, la píldora solo daría fuerza temporal, pero con él, el efecto sería más duradero.

Cuando la masa estuvo lista, comprimí la mezcla con con fuerza reforzando mi cuerpo con qi, forzándola a adoptar una estructura más densa. El resultado fue una esfera pulida, con un núcleo brillante en su interior, conteniendo la esencia de todos los ingredientes en perfecta armonía.

La píldora brillaba con un resplandor dorado y rojizo. Era perfecta y tan simple pues solo era un realce corporal ligero, pero debido al qi fortalecería el cuerpo para resistir un Elixir sin efectos secundarios

Coloqué la píldora en un pequeño frasco junto al elixir. Sasame la observó por un momento, luego me miró con una mezcla de respeto y comprensión.

—Cuando el elixir se agote, él vendrá en busca de más—. Sonreí, con conplicidad.

—Y cuando lo haga… estaré listo para deshacerme de el—.

Si pensaba que podría capturarme, se equivocaba. Para ese entonces, ya estaría consolidado y preparado para evitar cualquier intento de coaccionarme. Orochimaru tenía su utilidad antes de su necesario final.

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No pasó mucho tiempo después de la creación del elixir cuando uno de los vigilantes del Clan Fūma llegó corriendo hacia mí. Su respiración estaba agitada, y su expresión denotaba alerta.

—¡Naruto-sama! Un pequeño grupo de ninjas del Sonido se acerca. Pero… hay algo extraño. Traen a alguien con ellos. Por lo que pude ver, parece herida—.

/¿Qué planea la serpiente?/. Pensé mientras mis ojos se afilaban.

Me dirigí hacia el borde de la barrera, asegurándome de estar protegido tras la pared traslucida que representaba el limite. Sasame llegó a mi lado en silencio, sus ojos color avellana brillando con atención mientras observábamos la comitiva acercarse.

No tardé en ver a Orochimaru liderando el grupo, acompañado por Kabuto. Sus movimientos eran relajados, casi perezosos, como si estuviera disfrutando de la situación. Pero lo que realmente captó mi atención fue la figura de una joven pelirroja que caminaba a su lado, forzada a avanzar por los ninjas del Sonido.

Karin.

Era baja para su edad, más de lo que recordaba de la serie. Si mi memoria no fallaba, debía tener unos trece años en este momento, pero su estatura era menor incluso que la de Naruto original a su misma edad. Su infancia en Kusagakure había sido aún peor que la mía en Konoha; ella y su madre fueron tratadas como meros recursos de guerra, utilizadas como bolsas de sangre vivientes para los ninjas de su aldea.

Pero Karin no era lo único que Orochimaru traía consigo.

Mis ojos se posaron en los subordinados del sannin, quienes cargaban otra figura pelirroja. Esta era aún más delgada, pálida y con un aire enfermizo. Lo más impactante, sin embargo, era la ausencia de sus piernas desde las rodillas hacia abajo.

A pesar de su estado, la reconocí al instante. Tayuya.

La kunoichi del Sonido, la misma que se suponía había muerto en combate contra Shikamaru y Temari. Pero aquí estaba, viva… aunque apenas. Su ropa de paciente y la falta de su gorro característico la hacían parecer una sombra de sí misma, pero su rostro era inconfundible.

La pregunta era… ¿por qué traerla aquí en este estado?

Mis pensamientos se interrumpieron cuando Orochimaru dejó escapar una carcajada baja y burlona. Se encogió de hombros con teatralidad, como si la escena que se desarrollaba frente a nosotros fuera una broma privada de la que solo él disfrutaba.

—Nunca especificaste qué pelirroja querías, Naruto-kun —. Dijo con esa sonrisa serpentina.

—Así que traje ambas. Puedes quedarte con la otra como un regalo—. Hablaba con la misma naturalidad con la que alguien regalaría una herramienta rota. Como si estuviera entregándome un objeto sin valor, algo que ya no le servía.

Sasame, que hasta ahora se había mantenido en silencio, frunció el ceño con disgusto.

—¿Regalar personas como si fueran objetos? Vaya forma de mostrar aprecio por tus subordinados… —. Murmuró, sin molestarse en ocultar su desdén.

Orochimaru giró su mirada hacia ella, su lengua asomándose levemente entre sus labios.

—Oh, ¿y quién es esta? —. Susurró con una mueca entretenida.

—¿Tu nueva sirvienta, Naruto-kun?—. Sasame apretó los puños, pero no dijo nada. Sabía que responderle directamente solo haría que el sannin se divirtiera más a su costa.

Yo, por mi parte, no aparté la vista de Tayuya. No me importaba que Orochimaru pensara que me hacía un favor. No importaba si había venido como una espía. Ella tenía el sello maldito… y con ello, un fragmento del alma de Orochimaru.

El fragmento de Anko ya casi se había consumido en la matriz de dilatación temporal que había usado antes en mi confinamiento. Este nuevo pedazo de alma sería una adición invaluable.

Miré a Karin, luego a Tayuya. Una estaba llena de potencial, la otra era una pieza rota… pero yo no creía en herramientas desechables.

—Las aceptaré. Pero si crees que esto es un pago por el elixir, estás equivocado—. Dije finalmente, con una voz tranquila.

Orochimaru sonrió con diversión.

—Oh, por supuesto que no, Naruto-kun. Considera esto… un gesto de buena voluntad—.

Los ninjas del Sonido empujaron a las dos chicas hacia la barrera. Karin tambaleó hacia adelante, mirando con desesperación a su alrededor, mientras que Tayuya apenas reaccionó, su cuerpo demasiado débil para resistirse.

Kabuto se adelantó con una mirada inquisitiva.

—Si vas a repararla, será interesante ver qué tan hábil eres, Naruto-kun. Esa chica no durará mucho en este estado—.

Mis ojos brillaron con desden. —No necesito tu consejo—.Kabuto solo sonrió antes de dar un paso atrás.

Creando dos clones de sombra, estos se acercaron a las pelirrojas, colocando una mano sobre sus cabezas. Dejaron fluir qi, recorriendo sus cuerpos como una corriente invisible que reaccionaría ante cualquier irregularidad.

En Tayuya, como era de esperarse, encontré el sello maldito de Orochimaru. Su presencia era una marca imborrable, un lazo que la ataba a su amo. No era una sorpresa, pero sabía que podía alterarlo con el tiempo.

En Karin, en cambio, no había ninguna alteración. Ni sellos, ni marcas de control, ni rastros de interferencias externas. Su estructura energética estaba limpia. Mis clones retiraron las manos tras completar el escaneo.

—Nada en Karin —. Informó uno,

—Tayuya tiene el sello maldito activo, pero es estable—. Informo el otro.

Asentí con la cabeza, dando la señal para el siguiente paso.

Los clones inscribieron una matriz en sus palmas y tocaron a ambas chicas, asegurando su entrada sin riesgos. Cruzaron la barrera con ellas, donde los miembros del Clan Fūma ya esperaban.

—Ocúpense de su recuperación —. Ordené, refiriéndome a Tayuya.

Durante mi tiempo al mando del Clan Fūma, habíamos reunido fondos para todo vendiendo mis medicinas. Ahora, teníamos buenas reservas de mis medicamentos entre ellos; antibióticos, píldoras de sangre y una píldora alimenticia le fueron administrados a la debilitada pelirroja. Poco a poco, su respiración se estabilizó, pero seguía en un estado crítico.

—Vigílenla bien. No debe morir—. Añadí, los Fūma asintieron, llevándosela para recibir atención.

Sin perder más tiempo, me volví hacia Orochimaru, quien observaba todo con una sonrisa que no auguraba nada bueno. De un movimiento fluido, lancé un pequeño contenedor hacia él. Kabuto lo atrapó en el aire y lo examinó antes de entregárselo a su amo.

—Tu cuerpo no soportará la medicina en su estado actual. Esa píldora lo fortalecerá lo suficiente como para resistirla—. Dije con calma

Orochimaru miró la pequeña pastilla con curiosidad, y su sonrisa se ensanchó. Seguramente confiaba en su jutsu de muda de piel para eliminar cualquier veneno que intentara dañarlo. Sin dudar, la llevó a su boca y la tragó.

No tardó mucho en reaccionar. Sus ojos se entrecerraron y su expresión cambió de burla a comprensión al sentir los efectos. Un cambio sutil pero innegable recorrió su cuerpo.

—Hmm… interesante —. Susurró con una voz serpenteante.

Su mirada afilada clavándose en mí con un hambre de conocimiento que me hizo contener un escalofrío. Ese hombre estaba disfrutando demasiado esto. El dio una señal para que los miembros del Clan Fūma que le servian se acercaran a la barrera. Entre ellos estaba Arashi.

Mis clones repitieron el proceso de inspección con cada uno. Algunos presentaban sellos menores, probablemente de rastreo o escucha, pero eran demasiado básicos para preocuparme. Con un simple pulso de qi, los erradiqué frente a los ojos de Orochimaru, reduciéndolos a cenizas.

/Sin pequeños trucos/. Le gruñi a Orochimaru.

Pero Arashi no cruzó la barrera. Uno de mis clones le hizo un gesto para que esperara, bloqueando su entrada. Sasame, quien había estado observando en silencio, se tensó y dio un paso adelante, su voz temblorosa pero firme.

—¿Por qué mi primo no puede entrar?—. Pregunto preocupada mi pequeña asistente.

No le respondí. Solo le dirigí una mirada firme, dejando en claro que no era el momento de cuestionarlo. Sasame cerró la boca, pero no ocultó la preocupación en sus ojos. Finalmente, mis ojos volvieron a posarse en Orochimaru.

Entrecerré la mirada y saqué un recipiente de vidrio. Dentro, un líquido dorado con matices rojizos brillaba tenuemente a la luz.

El elixir.

Me acerqué al límite de la barrera con él. Como respuesta, Kabuto se adelantó, sosteniendo un pergamino.

Mi clon lo tomó y lo inspeccionó con precisión absoluta. Buscaba trampas, mecanismos ocultos, cualquier traza de chakra o intención dañina.

Nada.

Solo era un pergamino ordinario.

Kabuto hizo lo mismo con el recipiente del elixir. Su mirada analítica recorrió el líquido como si pudiera entenderlo solo con los ojos. Pero sabía que no podía. Ese elixir no pertenecía a su campo de conocimiento.

—Kabuto, toma seis gotas y masajea los brazos de Orochimaru nueve veces. Debe ser específico para que funcione.— Dije con voz firme, el sanador ajustó sus gafas con un gesto calculado.

—Ya veo… ¿un método ritualista? —. Comentó con interés, pero no esperó respuesta.

Se arrodilló junto a Orochimaru y vertió seis gotas exactas del elixir en sus manos. Luego, comenzó a masajear los brazos de su amo con movimientos rítmicos y calculados.

Vi a Orochimaru tensarse de inmediato. Sus dientes se apretaron, un leve siseo escapó de su boca. El dolor lo golpeó con la misma intensidad con la que se disipaba.

Y lentamente, su expresión cambió, su cuerpo, que hasta ahora había estado crispado por el dolor constante de su alma fragmentada, se relajó. Era la primera vez que lo veía tan… tranquilo.

Hasta ahora no me había dado cuenta de cuánto sufría realmente.

(japones 6 (六, roku):También puede tener connotaciones de buena fortuna en contextos específicos.

chino 9 (九, jiǔ): Asociado con la longevidad y la eternidad, ya que suena como “jiǔ” (久), que significa “duradero” o “para siempre”.)

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Pov Orochimaru

Orochimaru observaba al joven frente a él, sintiendo el alivio inmediato al notar cómo el dolor infernal en sus brazos comenzaba a desvanecerse. Desde su batalla contra Sarutobi, había estado viviendo en una constante agonía, incluso después de cambiar de cuerpo. El dolor persistía, implacable, a pesar de sus mejores esfuerzos con jutsus, drogas y experimentos.

Pero lo que más le sorprendió fue lo que ese el joven Naruto-kun, había ofrecido, una solución que parecía demasiado improbable. Sin embargo, al borde de la desesperación, aceptó la oferta.

Y había sido una buena decisión, la picazón y el ardor abrumador en sus brazos finalmente comenzaron a calmarse, y se sintió aliviado, por primera vez en mucho tiempo.

Aunque aliviado, no era un hombre que se dejara llevar por la desesperación, y lo sabía. A pesar de la aparente bondad del trato, Orochimaru seguía siendo consciente de las implicaciones. El chico afirmaba haber aprendido del alma de su padre a través del sello. Si eso era cierto, entonces explicaría los cambios de personalidad y la profunda comprensión detrás de esos sellos.

Tal conocimiento no podía pasarse por alto, y la oportunidad de obtener más de él era demasiado tentadora. Era un paso hacia lo que Orochimaru siempre había querido, el conocimiento, la comprensión completa del alma humana. Si conseguía más de él, podría desbloquear secretos que ni siquiera él había alcanzado a soñar.

Pero Naruto era inteligente. Más de lo que Orochimaru esperaba. No permitió que el sujeto de prueba, aquel fracaso que había creado a partir de sus experimentos, ingresara a la barrera. Había alterado el ADN de ese individuo, creando una criatura defectuosa, una amalgama que absorbía a otros.

Había sido un intento fallido, una obra de ingeniería de la cual Orochimaru no tenía demasiada esperanza. Pero el chico, astuto una diferencia a sus anteriores encuentros, no permitió que el monstruo se acercara. Y, a pesar de la oportunidad, el sujeto de prueba se quedó donde estaba, inútil, como un simple muñeco, una muestra del fracaso de ese experimento.

Orochimaru sonrió levemente al ver a Naruto interactuar con la chica Fūma. El sanin se sintió aliviado, no solo por el hecho de que el dolor en sus brazos hubiera desaparecido, sino porque la situación parecía tener aún más capas que explorar. Tayuya sería útil incluso como una patetca excusa de ninja ahora una tullida, siempre leal gracias al sello maldito maldito.

Podría ser una espía, una informante, y si las circunstancias lo permitían, tal vez incluso un medio para conseguir algo aún más valioso, un bebé Uzumaki, un nuevo recipiente para el. Orochimaru no pensaba en detenerse solo con lo que había, siempre miraba hacia adelante.

Mientras veía a la chica Fūma llorar y suplicar por El experimento fallido, Orochimaru no mostró piedad, era demasiado viejo y astiado para eso. La joven fue llevada por los miembros del clan, y triste y resignada, miro al fracaso.

El sanin observó cómo miraba al experimento, a ese monstruo fallido llamado Asashi. En su mente, no importaba el nombre de la criatura, ni si había sido Asashi o Arashi. Para él, era un fracaso, una creación defectuosa que no merecía más que desaparecer. Era solo una de las muchas piezas descartadas en su búsqueda por la perfección.

Pero la atención de Orochimaru volvió a centrarse en Naruto cuando este salió de la barrera, audazmente, mientras él todavía estaba presente.

/¿Realmente piensa que puede salir mientras estoy aquí?/. Pensó Orochimaru, ligeramente divertido por la osadía del chico. Pero lo que ocurrió a continuación le hizo desviar su mirada con una rápida chispa de interés.

Naruto, de repente, miró a Arashi con una expresión fría. Orochimaru pudo sentir el cambio en el ambiente, una fluctuación en el chakra. Años de experiencia le permitieron reconocer la intensificación del chakra de Naruto. Los músculos del joven se tensaron, y con una velocidad que solo un jōnin de alto nivel como Kakashi podría alcanzar, Naruto se abalanzó sobre el fracaso.

En un abrir y cerrar de ojos, pateó al sujeto de prueba con una fuerza tan brutal que la cabeza de Arashi se desintegró en una nube de neblina roja. La criatura, fue destruida, y la amenaza desapareció.

Naruto regresó tranquilamente a la barrera, como si no hubiera hecho nada fuera de lo común. Y antes de irse, lanzó una última mirada a Orochimaru, diciendo con calma.

—Nos veremos, Orochimaru—.

Y con esas palabras, el joven se adentro en su pequeña fortaleza. Orochimaru, que había permanecido inmóvil, observó cómo el trato se cerraba de manera tan sencilla.

/El chico tiene potencial/. Pensó Orochimaru mientras se alejaba.

/Pero si alcanzó ese nivel de poder tan rápidamente, Sasuke-kun hara una rabieta cuando se entere/. Penso el sanin mientres se marchabar con kabuto guardondo selosamente el llamado elixir que alibiaba su dolor.

Pero en su mente había algo más.

/¿Qué es lo que realmente quiere Naruto-kun?/. Eso le rondaba la mente mientras se marchaba, sabiendo que su búsqueda de poder solo acababa de comenzar

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Omake: Yamamoto Uzumaki, el Guardián del Clan

Hashirama sonreía de oreja a oreja, confiado en que su plan para traer equilibrio a las nacientes aldeas shinobi iba por buen camino.

/Cinco de las nueve bestias con cola ya habían sido capturadas con mi Mokuton/. Pensaba feliz el Primer Hokage.

Mientras tanto observaba a su hermano Tobirama, quien con su estrategia e inteligencia había rastreado y localizado a las bestias. Y su amada Mito-chan, con la habilidad que solo ella poseía, sellaba a esas criaturas en recipientes adecuados. Todo estaba siendo orquestado a la perfección, y cada pieza caía en su lugar.

Hashirama estaba convencido de que su visión de un mundo de paz, donde las aldeas vivieran en armonía, era el futuro.

/Si conseguimos capturar a las bestias con cola, podremos repartirlas entre las aldeas. Así, todas las aldeas tendrán la capacidad de defenderse y la paz será posible/. Pensaba mientras veía el proceso de sellado en marcha.

/Pronto todo estaría bajo control/. Aunque en el fondo, algo lo incomodaba, la ausencia de Madara pesaba en su corazón.

/Madara… te extraño/.

Tobirama observaba las tropas con una calma calculada, analizando la situación mientras el Nibi, la segunda bestia con cola, era contenido y Mito comenzaba el proceso de sellado. No podía evitar sentirse incómodo con la decisión de su hermano.

/ Hashirama y su tonta obsesión con la paz… /. Pensaba mientras organizaba las tropas, asegurándose de que todo estuviera bajo control.

/Sé que Hashirama cree que esto es lo correcto, pero… tal vez esté cegado por su idealismo/.

Pero de repente, una presión colosal se sintió en todo el campo. Fue como si el aire mismo se volviera denso, como si toda la energía del mundo se hubiera concentrado en un solo punto. La presión era tan intensa que se sentía como si los cuerpos de todos los presentes estuvieran siendo aplastados por una fuerza invisible.

Tobirama, que había experimentado muchas batallas, sintió cómo su respiración se volvía más difícil.

/¿Qué es esto?/. Pensó, completamente desconcertado. Miró a su hermano, Hashirama, y vio que, a pesar de su fuerza, estaba de rodillas. Incluso el hombre conocido como el “Kami no Shinobi”, la personificación de la paz y el poder, estaba siendo afectado por esa presión.

/Esto no es normal/. Gruño ante tal presión.

Mito, con el sudor recorriéndole la frente, sabía perfectamente de quién se trataba.

/No puede ser…/. Su corazón latía rápidamente mientras recordaba las historias. Habían pasado décadas desde que su presencia desapareció, pero ahora estaba de vuelta, ¿por qué? ¿Qué habían hecho ellos para que él regresara?

/¿Por qué ahora? /. La preocupación era palpable en su rostro.

Los demás, aunque intentaron mantenerse firmes, sentían una opresión en sus corazones. Todos miraron hacia el horizonte, viendo una figura acercándose a lo lejos. Cada paso que daba el hombre aumentaba la sensación de presión. A medida que se acercaba, la imagen se volvía más clara.

Un hombre anciano, con una larga barba blanca y la cabeza calva, su rostro marcado por las cicatrices de innumerables batallas. Su cuerpo parecía estar cubierto por la misma energía que emanaba, como si su ser entero estuviera imbuido con un poder inmenso. Y cuanto más cerca llegaba, más fuerte se sentía la presión.

Cuando finalmente llegó ante ellos, Mito, con rapidez y respeto, se arrastró hasta él, postrándose en el suelo, reconociendo su presencia como la de un ser superior. No era solo un anciano común. Era el ancestro Uzumaki, el más fuerte de todos, el protector del clan, el hombre que se convirtió en leyenda. Su nombre resonaba como un eco entre los antiguos, y su poder era tal que solo su presencia era capaz de aplastar a los grandes shinobi.

— Ancestro, ¿qué hemos hecho para traer tu furia? —. Preguntó Mito, la voz quebrada, llena de arrepentimiento y miedo.

Hashirama, aún de rodillas, levantó la cabeza lentamente, mirando al hombre con una mezcla de asombro y respeto. Había escuchado las leyendas sobre él, historias sobre un hombre que había superado todas las adversidades, que había sido más fuerte que cualquier otro.

/Yamamoto Uzumaki…/. Pensó, sintiendo la tremenda energía que emanaba de él. Este hombre, quien había sido la fuente de la Voluntad del Fuego, la leyenda de los Uzumaki, estaba ante ellos. Y ahora, su presencia los oprimía de una forma que nunca habían experimentado.

Yamamoto, con una voz profunda y resonante, habló con autoridad, haciendo que la tierra misma pareciera temblar:

—Me has decepcionado, Mito. ¿Atacar, capturar y esclavizar seres sintientes? ¿Qué fue lo que te enseñé? ¿Por qué has elegido este camino?—.

El tono de Yamamoto era grave y lleno de poder, y su mirada parecía atravesar todo a su alrededor. No había ira en sus palabras, pero sí una tristeza profunda, como si estuviera lamentando una gran traición. Con una rapidez inhumana, movió su cuerpo y desenvainó su espadai. En un solo movimiento, cortó los árboles del mokuton de Hashirama, liberando al Nibi, la segunda bestia con cola.

—Matatabi, —. Dijo Yamamoto, dirigiéndose a la bestia con cola

—Lamento la estupidez de mi descendiente. Ten por seguro que liberare a tus hermanos para que no sufran más y educaré a mi tonta descendiente —. Dijo el anciano con una ligera reverencia.

El Bijū, el Nibi, observó con gratitud, asintiendo con un gesto de respeto. Sin pronunciar palabra alguna, comenzó a alejarse, moviéndose con dignidad y poder. Los presentes, aunque desconcertados, sabían que este acto significaba algo mucho más grande que simplemente liberar a una bestia con cola. El poder de Yamamoto no solo los había desbordado, sino que también había cuestionado todo lo que Hashirama había intentado construir.

Hashirama, alzando la vista, con una determinación inquebrantable, no dejaría que su visión de la paz se desmoronara. Sabía que debía actuar, debía pelear.

/No puedo dejar que todo mi esfuerzo se destruya por este anciano/. Pensó mientras entraba en el Modo Sabio. Comenzó a invocar su Mokuton, el Nacimiento de un Mundo de Árboles, creando una vasta red de árboles que se alzaron con furia como un maremoto hacia a Yamamoto.

— ¡Nacimiento de un Mundo de Árboles! —. Gritó Hashirama, mientras el mar de arboles avanzaba.

Pero Yamamoto, con una calma imperturbable, levantó su espada. Las palabras del ancestro resonaron en la mente de Hashirama incluso antes de que la espada se moviera.

— Reduce toda la creación a cenizas, Ryūjin Jakka —.

En un solo golpe, las llamas infernales comenzaron a emanar de la espada de Yamamoto. Las llamas no eran comunes. Eran llamas del alma, puras y destructivas. El Mokuton de Hashirama fue devorado por el fuego en un instante. Las raíces se carbonizaron y se convirtieron en cenizas en un abrir y cerrar de ojos. El mundo entero parecía arder mientras Hashirama luchaba por mantener el control de su respiración.

Hashirama, enfrentado al poder imparable de Yamamoto, observó cómo su creación se desintegraba ante él, mientras el anciano simplemente observaba en silencio. El calor abrasante envolvía el campo de batalla, y Hashirama, aunque en su forma más poderosa, no pudo evitar sentirse como una simple sombra frente a este ser.

El anciano Yamamoto Uzumaki avanzaba con pasos firmes y poderosos mientras guardaba su espada, sin siquiera mirar atrás. Su presencia seguía pesando sobre el campo de batalla, dejando a todos los presentes con el corazón oprimido y los cuerpos temblando. Había demostrado, sin ningún esfuerzo, que incluso el Kami no Shinobi, Hashirama Senju, no era nada ante su poder.

El Mokuton, la técnica legendaria de Hashirama, había sido reducido a cenizas en un abrir y cerrar de ojos, desintegrándose ante las llamas infernales de la espada que portaba, la espada que representaba su dominio absoluto sobre el fuego.

Yamamoto no se detuvo ni por un momento. Ni un solo atisbo de arrepentimiento ni emoción en su rostro. Simplemente caminaba, como si su presencia misma fuera suficiente para reconfigurar el mundo a su alrededor.

— Mito, vamonos—. Gruñó, sin detenerse, su voz profunda y autoritaria resonando por todo el campo de batalla. No había una pizca de suavidad en sus palabras.

— Trae a tus hijos, volvemos al clan Uzumaki. Serás castigada y reeducada para no convertirte en una esclavista. Tus hijos serán educados en la forma Uzumaki, no en la debilidad que has adoptado—.

Mito, muda de terror y arrepentimiento, lo siguió sin decir una sola palabra. No se atrevió a mirar a su esposo. La vergüenza la envolvía por completo. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Qué había hecho para que el ancestro, el protector de su clan, regresara para reprenderla de esta manera? ¿Realmente olvidó lo que su clan le enseñó cuando se casó con Hashirama?

El silencio entre ellos era palpable. Mito sentía su corazón pesado. No solo por la desaprobación de Yamamoto, sino también por la realidad de que su propia moralidad estaba en ruinas, que el amor por su esposo le hizo romper una de las leyes fundamentales del clan.

Yamamoto, por su parte, no mostró signos de remordimiento. Su rostro seguía impasible, mientras caminaba adelante con un paso firme.

— Mocosos impertinentes… —.Murmuró con desdén, como si estuviera conversando con las estrellas en lugar de con los presentes. Su tono era un gruñido de frustración, más que una queja.

—Me tomo unas vacaciones de un par de décadas y comienzan a olvidar las enseñanzas que les di. Qué estúpidos…—.

/La juventud del clan no comprende/ . Pensaba el anciano.

Había dedicado su vida a enseñarles los valores fundamentales del clan Uzumaki, a comprender que el poder debía ser controlado y respetado. El poder no era una herramienta para someter, sino para proteger. Pero la arrogancia y la ambición de las nuevas generaciones, como Mito, lo habían llevado por un camino peligroso. ¿Cómo habían olvidado todo lo que les había enseñado?

Yamamoto avanzó sin mirar atrás, dejando a Hashirama y Tobirama, entre otros, atrás, con la sensación de que un peso titánico se había levantado del mundo. Su presencia se desvaneció poco a poco, pero su impacto seguía resonando. Había traído el recordatorio de lo que significaba ser un verdadero Uzumaki, el verdadero guardián del clan, y lo había dejado claro, la paz no podía construirse sobre la esclavitud ni sobre la captura y control de seres sintientes.

Mito, sin atrever a contradecir al ancestro, llevó a sus hijos, sin un atisbo de oposición. La lección había sido clara y directa: el camino que había seguido, el poder que había buscado, no era el camino que el clan Uzumaki había caminado durante siglos.

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Notas: Gracias por leer. Si te gustó, comenta.

Si se preguntan cómo el Clan Fūma se dejó dominar tan fácilmente, vuelvan a ver el anime. Jiraiya usó un Rasengan débil en uno de ellos y, cuando se dieron cuenta de que era fuerte, básicamente se sometieron. Con esa demostración, trabajé el Clan Fūma. Están desesperados, en las últimas, y aceptarán ayuda de casi cualquiera, siempre que no sea un monstruo como Orochimaru.

El Naruto de mis primeros capítulos era bastante moralista, pero un año y medio en prisión en solitario te vuelve un poco loco, su mentalidad cambia, talvez necesite alguien que lo mantenga cuerdo. Además, la cultivación hace que los personajes cultivadores empiecen a ver la vida como algo fácil de despachar. ¿Está Naruto siendo afectado? Solo el tiempo lo dirá.

Naruto es más fuerte físicamente que casi todos los jōnin cuando se refuerza con chakra. Si usa qi superará a todos, obviamente sin técnicas especiales; solo con puro refuerzo, Naruto ganaría en lo físico. No tiene suficiente experiencia en combate, eso sí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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