Danmachí: Combinación Exponencial. - Capítulo 25
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Capítulo 25: El Veneno más mortal de todos: La envidia.
Punto de Vista: Narrador
En los niveles inferiores conocidos como la “Capital del Agua”, el aire estaba saturado de humedad y el eco de las espadas chocando contra caparazones endurecidos. Un grupo numeroso de aventureros se encontraba en plena refriega contra una horda de crustáceos de gran tamaño. La Vanguardia, sudorosa y jadeante, mantenía a los grandes monstruos a raya, usando sus escudos para evitar que las pinzas trituradoras avanzaran hacia las filas traseras. Los sanadores se movían con rapidez entre los guerreros, tratando cortes y contusiones, mientras los arqueros y algunos magos de apoyo lanzaban ráfagas constantes para desgastar la resistencia de los crustáceos.
El estrépito de la batalla pareció desvanecerse, quedando suspendido en un instante de calma artificial cuando una voz, hermosa pero imbuida de una autoridad mística, reclamó el aire de la caverna.
—”Congela y atraviesa a todos mis enemigos. Que tu frío filo y tu punzante hielo encuentren un lugar en ellos. ¡Icicle Spear!”
La responsable del hechizo era una semielfa de una belleza radiante. Su largo cabello castaño ondeaba con la presión del maná y vestía un elegante vestido verde que portaba, con orgullo en el pecho, la insignia de la familia Cratos: un puño cerrado sosteniendo una espada. A su alrededor, la humedad del ambiente se condensó violentamente, formando lanzas de hielo cristalino que brillaban con una luz azulina antes de salir disparadas como flechas certeras.
Las lanzas atravesaron el aire y perforaron los caparazones de los cangrejos con una facilidad aterradora. Aquellos monstruos que lograron bloquear el impacto con sus pinzas no corrieron mejor suerte; el hielo comenzó a extenderse desde el punto de contacto, congelando las articulaciones de los crustáceos y resquebrajando su armadura natural. Los aventureros de la vanguardia no desperdiciaron la oportunidad y arremetieron contra los enemigos debilitados, acabando con la horda en un despliegue de eficiencia coordinada.
Una vez que el peligro pasó y los sanadores terminaron de atender a los heridos, los miembros de la familia se agolparon alrededor de la semielfa, cubriéndola de elogios y miradas de admiración.
—¡Lyra onee-san, eso fue increíble!
—¡Como se esperaba de la Vicecapitana! —exclamó un joven con los ojos brillantes.
—¡Lyra-sama se ve tan hermosa como siempre cuando lanza su magia! —añadió una chica mientras guardaba su arco. —Me da algo de pena, mi magia no hizo nada en comparación con la de Lyra-san —comentó otro mago, suspirando con una mezcla de envidia sana y respeto.
Lyra Bellafiore, conocida en Orario como “Flashing Light”, simplemente soltó una pequeña carcajada, intentando calmar el entusiasmo de sus subordinados con una humildad que parecía no encajar con la brutalidad de la familia a la que pertenecía.
—Okey, calma a todos. Esto fue un esfuerzo de equipo y todos se han esforzado al máximo. Ya ha sido suficiente por hoy; volvamos a la superficie. Hoy fue un excelente día para el entrenamiento y recolección —dijo con una sonrisa amable que iluminaba su rostro.
Lyra no solo era la vicecapitana por su carácter; era una maga de un talento prodigioso. Aunque acababa de usar hielo, su verdadera especialidad era una devastadora magia de rayos llamada Thunderstrike, que le permitía variar sus ataques en tres formas diferentes de potencia. En las calles de Orario, incluso miembros de otras familias susurraban que su potencial era comparable al de Riveria Ljos Alf, la famosa “Nine Hell”, quien alguna vez se había referido a ella como una joven con un futuro brillante. Ese prestigio no hacía más que alimentar el orgullo de la Familia Cratos, al menos en la superficie.
Al regresar de la expedición, el grupo llegó a la sede de la familia: una finca espaciosa pero de arquitectura austera. En el gran patio de hierba se distribuían pequeñas casas y tiendas que servían de hogar para los novatos, mientras que los miembros principales residían en la casona central, el dominio del dios Cratos.
Lyra caminó por los pasillos hasta la estancia de su deidad. Al entrar, encontró a Cratos sentado en un sofá de cuero, con la mirada perdida en un libro. Era un hombre de facciones duras y maduras, con un cuerpo robusto que quedaba parcialmente oculto tras sus togas blancas con ribetes verdes. No levantó la vista cuando ella entró.
—¿Algún muerto? —preguntó Cratos. Su voz era plana, carente de cualquier atisbo de preocupación paternal.
—Ninguno por mi lado, Cratos-sama —respondió Lyra, realizando una reverencia impecable.
Cratos finalmente cerró el libro y la miró. Sus ojos eran fríos, analíticos, como si estuviera observando una herramienta de trabajo en lugar de a una de sus hijas. Tras un breve escrutinio, volvió a abrir el libro y pasó una página con indiferencia.
—Bien. Han superado su hito. Mañana envía a los que más se esforzaron. Solo si eliminaron a cinco monstruos de alto nivel tendrán derecho a que actualice su Falna —sentenció, volviendo a sumergirse en su lectura.
—Entiendo, mi dios. Le agradezco —respondió Lyra antes de retirarse, dejando al dios en su eterno y apático silencio.
En el pasillo, se encontró con un Braxon mucho más joven. Aún no portaba las cicatrices de la capitanía, pero su mirada ya denotaba una inteligencia superior. Lyra le sonrió con calidez, una expresión que guardaba solo para aquellos que consideraba amigos cercanos.
—Braxon, qué bueno verte. ¿Cómo fue tu expedición con Santaira? —preguntó ella, notando de inmediato la tensión en los hombros del joven.
—No muy bien… —respondió Braxon, ajustándose las gafas con un gesto nervioso—. Fuimos emboscados por monstruos venenosos. Santaira se negó a compartir nuestros antídotos con los afectados. Dijo que si no fueron lo suficientemente precavidos para llevar suministros extras o evitar el ataque, no merecían estar en la familia Cratos.
La mirada de molestia que cruzó el rostro de Lyra fue inmediata, superando incluso la frustración de Braxon. —Entiendo… lamento que tengas que pasar por eso al ir con ella. Confío en que ayudarás a todos los que puedas, Braxon. Gracias por lo que haces, y perdona las molestias que ella te causa.
El chico se sonrojó levemente ante la cercanía y la gratitud de la semielfa, desviando la mirada hacia el suelo. —N-no es una molestia… —murmuró, ocultando su timidez tras un gesto torpe.
Lyra continuó su camino hacia el cuarto de la Capitana, Santaira. Al entrar, encontró a la mujer de cabello rubio corto peinado en un estilo bob impecable. Santaira estaba sentada frente a una mesa de madera, dándole mantenimiento a un estilete con una parsimonia casi ritual. Al ver a Lyra, le dedicó una sonrisa que, aunque amable en apariencia, no lograba suavizar la disciplina militar de su postura. Santaira vestía una pechera verde ajustada que resaltaba sus curvas y unas hombreras doradas que gritaban autoridad.
—Lyra, me alegra ver que regresaste sin un rasguño. No espero menos de nuestra vicecapitana —dijo Santaira con tono tranquilo.
—Santaira, igualmente me alegra verte con salud —respondió Lyra con cortesía, aunque su rostro permanecía serio—. Lamento interrumpir, pero me enteré de que perdiste miembros en tu expedición.
Santaira asintió, sin dejar de pulir el metal de su arma. —Así es. No fueron precavidos. Sabían a dónde íbamos y decidieron no prepararse. Su falta de previsión los llevó al envenenamiento. Es simple causa y efecto.
—¿Pero no pudiste compartir un antídotos con ellos? —insistió Lyra.
La mirada de Santaira se afiló, volviéndose tan punzante como el estilete que sostenía. —Sabes que esta familia aprecia la fuerza sobre todo, Lyra. No puedo mostrar debilidad. Si les doy pociones cada vez que cometen un error, se volverán complacientes. Dependerán de mí para siempre, y yo no soy su niñera. Esto les servirá de enseñanza a los que sobrevivieron.
Lyra frunció los labios, sintiendo una punzada de impotencia. Entendía la lógica, pero su corazón no podía aceptarla. Sin embargo, sabía que discutir con Santaira era como hablarle a un muro de piedra, así que se despidió y volvió a sus labores habituales.
Durante los días siguientes, Lyra continuó siendo el pilar de la familia. Entrenaba a los novatos, escuchaba sus problemas y les ofrecía palabras de aliento. Una tarde, una joven maga de la familia se acercó a ella en busca de consejo, invitándola a su tienda para tomar un té.
—Entiendo tu preocupación —le decía Lyra a la joven mientras se sentaban frente a frente—. Pero no tienes que ser mejor que yo para destacar. Solo busca ser la mejor versión de ti misma. Aún tienes dos espacios para hechizos, ¿no? Si te esfuerzas, intentaré hablar con Lord Cratos para que la familia adquiera un Tomo Mágico para ti.
La joven sonrió, una expresión cargada de una gratitud que parecía demasiado intensa. —Es verdad… solo tengo que ser mi mejor versión. Gracias, Lyra-san.
La joven sirvió el té y Lyra, confiada, tomó un sorbo largo. De repente, el mundo se inclinó. Sus ojos se abrieron de golpe y la taza se le escapó de las manos, derramando el líquido caliente sobre el suelo. Lyra se llevó las manos a la garganta, soltando una tos violenta que le desgarraba el pecho. Intentó inhalar, pero el aire se negaba a entrar; era como si sus pulmones se hubieran convertido en piedra.
Cayó al suelo, retorciéndose mientras sus uñas arañaban su propio cuello en un intento desesperado por abrir una vía respiratoria. Las lágrimas nublaban su visión, pero a través del dolor, pudo ver a la joven maga. Ya no había gratitud en su rostro. La chica estaba de pie, observándola con una sonrisa llena de una euforia maníaca, disfrutando de cada espasmo de Lyra.
—¿Sabes algo? —susurró la chica, inclinándose sobre ella—. Siempre te odié. Odio cómo todos te miran, cómo te creen la más fuerte, la próxima Riveria… te odio tanto que me quema. Así que, por favor… muere. Muere y dame tu lugar.
Lyra, impulsada por un instinto de supervivencia primario, logró salir de la tienda a trompicones, chocando con los muebles. Llegó al patio principal, donde su estado lamentable fue visto por varios miembros. La conmoción fue inmediata; algunos corrieron a socorrerla, mientras otros quedaban paralizados por el horror. Si no hubiera sido por la rápida intervención de los sanadores más veteranos, el veneno habría terminado el trabajo en ese mismo instante.
Fue llevada a la enfermería en estado crítico. Mientras tanto, la joven fue apresada y llevada ante el dios Cratos. Cuando le informaron de la traición, el dios no mostró sorpresa, ni ira, ni tristeza. Suspiró con pesadez, como si le estuvieran informando de un retraso en el clima.
—¿Lyra fue envenenada? Se tardaron más de lo que esperaba. Lástima, tenía potencial…
—Señor Cratos… ¿no va a castigarla? —preguntó un novato, temblando mientras sostenía las cuerdas de la prisionera—. ¡Intentó matarla!
Cratos lo miró con esos ojos muertos que helaban la sangre. —No la mató. Y si lo hubiera hecho, habría sido culpa de Lyra por no ser lo suficientemente fuerte para evitarlo. Ya conocen el lema: “Fuerza sobre todo”. Ahora llévense a esa chica, que demuestre si realmente puede ocupar el lugar que tanto desea en el calabozo.
—¡Si Cratos-sama! ¡Le demostrare que soy 100 no… 1000 veces mejor que Lyra! —la joven sonrió con una mirada llena de soberbia y victoria, sabiendo que no seria castigada, ya que demostró ser más fuerte que su anteriora Vicecapitán, o es lo que ella se decía.
Ese momento marcó el fin de la Familia Cratos tal como se conocía. La apatía del dios fue interpretada como un permiso para la barbarie. Esa misma noche, un aventurero asesinó a su superior para robarle su equipo. Días después, una chica quemó el rostro de su compañera frente a todos por una simple disputa sobre la belleza. Los apuñalamientos por la espalda y las “muertes accidentales” en la mazmorra se volvieron cotidianos. Los miembros más débiles, aterrorizados, empezaron a pagar por protección, ofreciendo dinero o sus propios cuerpos a los más fuertes para no ser los siguientes en morir.
¿Y Lyra? Ella sobrevivió, pero a un costo devastador. El veneno había destruido sus cuerdas vocales y dañado permanentemente sus canales de maná vinculados al habla. Al perder su voz, perdió su capacidad de recitar conjuros; perdió lo que la hacía “Flashing Light”.
De un día para otro, el respeto se convirtió en burla. Los elogios se transformaron en insultos silenciosos. Ya no era la talentosa vicecapitana; ahora solo era “La muda”, una partidaria de Nivel 3 que solo servía para cargar el equipo de aquellos que antes no se atrevían ni a mirarla a los ojos. Ese día, Lyra Bellafiore murió por dentro, dejando atrás solo una sombra que caminaba en silencio por los pasillos de una familia que se devoraba a sí misma.
[Fin del Capítulo]
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