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Danmachi el caballero negro - Capítulo 10

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10: continuación 10: continuación Sirius dio un paso al frente cuando Hefesto le indicó el centro de la oficina.

El suelo de piedra parecía esperar, como si también quisiera verlo moverse.

Inspiró profundo y desenvainó lentamente la espada de prueba que colgaba de un soporte cercano.

Su postura fue firme desde el inicio: pies separados a la anchura de los hombros, rodillas flexionadas, el cuerpo ligeramente ladeado.

No era la guardia rígida de un soldado de formación, sino la de alguien acostumbrado a adaptarse.

La espada se movió con precisión, trazando arcos controlados, alternando entre ataques directos y cambios rápidos de dirección.

Sirius giró, avanzó, retrocedió.

Cada movimiento hablaba de resistencia más que de fuerza bruta, de alguien que sabía sobrevivir.

Hefesto observó en silencio, con una ceja alzada.

—Interesante… —murmuró.

Aurora sonrió con orgullo.

—Eso es todo —dijo Sirius, bajando el arma.

—Entonces acompáñennos —ordenó Hefesto, levantándose—.

Esto no se decide aquí.

Salieron de la oficina y caminaron por un pasillo más estrecho, donde el sonido lejano del metal golpeado comenzaba a hacerse presente.

Aurora y Hefesto conversaban animadamente, como viejas amigas que no se veían desde hacía siglos, mientras Sirius avanzaba atento, absorbiendo cada detalle.

Finalmente, Hefesto se detuvo frente a una pesada puerta metálica y la abrió de golpe.

El calor lo envolvió de inmediato.

Sirius miró a su alrededor: yunques, braseros encendidos, armas a medio forjar.

Entonces Hefesto alzó la voz.

—¡Tsubaki, ven!

Desde detrás de la forja emergió una mujer de piel bronceada, con pantalones holgados manchados de hollín.

Su busto estaba ajustado por tiras de tela blanca, tensas por el trabajo constante.

Tenía un parche en el ojo y el cabello recogido en una coleta alta, y sus brazos marcados hablaban de fuerza y experiencia.

Era Tsubaki.

—¿Qué sucede, diosa Hefesto?

— preguntó, limpiándose el sudor del rostro.

Hefesto sonrió de lado.

—Ven, Tsubaki.

Te presento a mi amiga del cielo, Aurora… y a su hijo, Sirius.

Han venido a comprar una espada y una armadura para el.

Tsubaki observó a Sirius de arriba abajo, con una mirada crítica pero curiosa.

—Claro, diosa.

Déjamelo a mí.

Se acercó un paso.

—A ver, chico —dijo—.

Muéstrame tus posturas de lucha.

Sirius repitió sus movimientos, esta vez con mayor confianza.

Tsubaki rodeó su figura, observando ángulos, equilibrio, la forma en que sostenía la espada.

—Una mano —concluyó ella—.

Necesitas velocidad y control, no peso innecesario.

Y una armadura que no te frene.

Sin decir más, Tsubaki entró a la forja.

El sonido del metal resonó brevemente.

Cuando regresó, traía consigo una espada de una mano: elegante, firme, con grabados finos que recorrían la hoja, y una empuñadura que parecía hecha para encajar justo en la mano de Sirius.

Junto a ella, una armadura de cuero negro, flexible pero resistente, reforzada en puntos clave.

Sirius sintió un escalofrío.

—Esto… —dijo en voz baja— es perfecto.

Aurora y Hefesto intercambiaron una mirada cómplice.

Sirius se colocó la armadura de cuero negro bajo la mirada atenta de Tsubaki.

El material se ajustó a su cuerpo como si hubiera sido hecho a medida desde el inicio.

No restringía sus movimientos; al contrario, parecía acompañarlos.

Tomó la espada de una mano y dio unos cortes al aire.

El arma respondía con ligereza y firmeza, equilibrada, segura.

—Te queda bien —dijo Tsubaki con una sonrisa satisfecha—.

Cuídala y ella te cuidará a ti.

Sirius asintió con respeto.

Poco después, colocó sobre el mostrador una bolsa pesada.

—Nueve mil valis —anunció.

El trato quedó sellado.

Tras despedirse, Sirius inclinó la cabeza ante Tsubaki.

—Gracias.

—Haz que valga la pena —respondió ella.

Ya fuera de la forja, mientras caminaban por los pasillos de Babel, Sirius cargaba su nuevo equipo y varias bolsas de ropa.

Aurora caminaba a su lado, pensativa.

—Hefesto —dijo finalmente—, sobre la casa… ¿conoces a alguien que pueda construirnos una?

La diosa de la forja la miró de reojo.

—¿La quieres ya hecha o diseñada a tu gusto?

—Tenemos cinco días más en una posada —respondió Aurora—.

Y un millón de valis.

Hefesto sonrió.

—Entonces lo mejor será la Familia Goibniu.

Son herreros como nosotros, pero también excelentes constructores Y rápidos ellos te ayudaran con ello.

Tras agradecerle, Aurora la invitó a su casa cuando estuviera terminada.

Hefesto aceptó con una risa suave antes de despedirse.

El camino hacia el taller de la Familia Goibniu los llevó por la vía principal y luego por callejones más estrechos.

Finalmente, un letrero de hierro llamó la atención de Sirius: tres martillos cruzados, pesados y sólidos.

Entraron.

Un enano de barba espesa los recibió de inmediato.

—¿Qué necesitan?

—Queremos ver un presupuesto para construir una casa —respondió Aurora.

El enano asintió.

—Entonces hablen con nuestro dios.

Los guió hasta el fondo del edificio, subieron unas escaleras de piedra y entraron a una oficina amplia.

El enano se retiró en silencio.

Aurora avanzó y saludó al dios Goibniu.

Tras intercambiar palabras formales, desplegó sobre el escritorio un dibujo: el diseño de la casa que tenía en mente.

Goibniu lo observó con atención.

—¿Ya tienen el terreno?

—No —respondió Aurora.

—Eso aumentará el costo.

—Está bien, también agregarias un sótano al dibujo.

—bien lo tendré listo en 4 días ahora dime dónde será el lugar que quieres para tu casa.

Goibniu tomó entonces un mapa de Orario y lo extendió sobre la mesa.

—¿En qué zona la quieren?

Sirius dio un paso al frente.

—En el suroeste de Orario.

El dios asintió, como si esa respuesta confirmara algo.

—Muy bien, allí ay uno cuentos lugares desocupados.

Redactó el contrato con rapidez.

Aurora lo firmó sin dudar y colocó sobre la mesa un millón de valis.

El acuerdo quedó sellado.

Al salir, el peso de las decisiones parecía haberse aligerado.

Sirius ajustó las correas de su mochila y miró a Aurora.

—¿Comemos?

Ella sonrió.

—Sí.

Nos lo hemos ganado.

El restaurante no era grande ni lujoso.

Estaba escondido en una calle secundaria, lejos del ruido principal de Orario.

Lámparas de luz suave colgaban del techo de madera, y el aroma de pan recién horneado y carne especiada llenaba el ambiente.

Sirius dejó su equipo cuidadosamente apoyado junto a la pared y se sentó frente a Aurora.

Por primera vez en horas, sus hombros se relajaron de verdad.

—No sabía que comprar una casa cansara más que pelear —dijo él, con una pequeña risa.

Aurora apoyó el codo en la mesa y lo observó con ternura.

—Las decisiones importantes siempre pesan más que una espada.

La comida llegó poco después: guisos calientes, pan crujiente y una jarra de bebida dulce.

Sirius comió con ganas, como si el cansancio recién ahora se hiciera notar.

Entre bocado y bocado, le pregunto sobre el diseño de la casa.

Aurora guardó silencio unos segundos mientras terminaba de comer La luz de la lámpara reflejaba tonos dorados en su cabello, como un amanecer detenido.

—Eso será sorpresa cuando lo veas te gustará mucho, además ahora sí tendremos un lugar que llamar hogar que sera simbolo—dijo finalmente—.

No solo fuerza, sino estabilidad,un lugar para desahogarte de los ojos de la gente, y relajarte.

Sirius bajó la mirada, conmovido.

—Gracias… por estar conmigo lady aurora.

Aurora sonrió.

—Eres más fuerte de lo que crees.

Y no hablo solo de tu cuerpo.

Comieron en silencio un momento, cómodo, sin prisas.

Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero allí dentro el tiempo parecía moverse más despacio.

Cuando terminaron, Sirius se recostó un poco en la silla.

—¿Qué sigue ahora?

Aurora levantó la vista, pensativa.

—Descansar.

Mañana te irás a buscar a la mazmorra, mientras que yo supervisaee como irá llendo la casa.

Y pronto… —su voz se suavizó— tendrás tu propio hogar.

Sirius cerró los ojos un instante, escuchando el murmullo del lugar, sintiendo por primera vez que Orario ya no era solo una ciudad extraña.

La posada los recibió con un silencio acogedor, muy distinto al bullicio de las calles nocturnas de Orario.

Las luces eran tenues y el suelo de madera crujía suavemente bajo sus pasos.

Sirius subió las escaleras cargando su equipo, aunque esta vez el peso no le resultaba molesto; era un recordatorio tangible de todo lo que había cambiado en un solo día.

La habitación era sencilla: dos camas, una mesa pequeña y una ventana que daba a los tejados de la ciudad.

Sirius dejó la espada apoyada junto a la pared y colocó la armadura con cuidado, como si fuera algo frágil pese a su resistencia.

Aurora cerró la puerta y apoyó la espalda en ella por un momento, observándolo.

—Hoy fue un gran día —dijo en voz baja.

—Sí —respondió Sirius—.

Nunca pensé que terminaría así.

Se sentaron.

El cansancio cayó sobre ambos de golpe, pero no era un cansancio pesado, sino uno cálido.

Aurora se acercó a la ventana y abrió apenas las cortinas.

La luz de la luna iluminaba la habitación con un brillo pálido.

—Mañana empezarás a entrenar en serio —dijo—.

No será fácil bajar otro piso Sirius asintió.

—No espero que lo sea.

Hubo un breve silencio.

Luego, Aurora habló con un tono más suave.

—Sirius… —lo miró con atención—.

No tienes que demostrarme nada.

Tu camino es tuyo.

Él levantó la vista.

—Lo sé.

Pero quiero probarme a mi mismo.

Aurora sonrió, una sonrisa llena de paciencia antigua.

—Ya sé eso.

Se acercó y apoyó una mano sobre su cabeza acariciando lo.

Sirius cerró los ojos, dejándose llevar por ese gesto sencillo.

Afuera, el viento nocturno movía las cortinas con suavidad.

Poco después, cada uno se recostó en su cama.

La habitación quedó en penumbra.

Sirius observó el techo un rato, escuchando la respiración tranquila de Aurora.

Pensó en la espada, en la casa que aún no existía, el plan para ganar más valis.

Antes de quedarse dormido, una sola idea cruzó su mente:es hora de tener un simpatizante para ganar más dinero.

Sirius despertó antes de que la luz del sol entrara por la ventana.

La posada aún estaba en silencio, y por un momento se quedó sentado en la cama, respirando hondo.

El día había llegado.

Se levantó sin hacer ruido y fue hasta la palangana.

Tomó agua fresca y se limpió el rostro; el frío lo despejó al instante.

Luego pasó las manos por su cabello, peinándolo hacia atrás y asia delante solo con el agua, dejando que cayera de forma natural.

Se miró un segundo en el espejo gastado: ya no veía al chico perdido de días atrás.

Comenzó a vestirse.

Pantalón negro, firme y cómodo.

Camisa negra de manga larga, ajustada lo suficiente para no estorbar.

Botas de cuero café oscuro, bien atadas.

Después tomó su nueva armadura de cuero negro.

Se la colocó con cuidado, ajustando correas y hebillas hasta sentirla parte de su cuerpo.

El cinturón fue lo siguiente, asegurando la espada en la cadera derecha.

Finalmente, las dos piezas de cuero en los antebrazos, apretadas, protectoras.

Todo encajaba.

Tomó la mochila nueva y la abrió.

Dentro colocó la cantimplora llena de agua, varios sándwiches envueltos con cuidado, y dos pociones rojas para la salud.

Luego desplegó el mapa del piso seis, siete y ocho, lo dobló con precisión y lo guardó en un compartimento seguro.

Listo.

Aurora ya estaba despierta cuando él se giró.

Lo observó en silencio, como si memorizara ese momento.

—¿Preparado?

—preguntó.

Sirius asintió.

—Sí.

Salieron juntos de la posada.

El aire de la mañana era fresco, y Orario comenzaba a despertar.

Frente a la entrada, Sirius se detuvo y se volvió hacia Aurora.

—nos vemos al atardecer lady aurora—dijo con sinceridad.

Aurora lo miró con calma, con esa expresión que mezclaba divinidad y afecto.

—Camina con cuidado —respondió—.

Y regresa.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES hendo_132 hola chicos siento no Aver publicados capítulos aye se avía ido el internet, pero aquí están en unas horas se publicarán los otros 2 capitulos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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