Danmachi el caballero negro - Capítulo 12
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12: crecimiento 12: crecimiento Sirius regresó lentamente hacia la entrada del sexto piso.
Cada paso dolía, pero el dolor ya no lo dominaba; lo escuchaba, lo medía, lo aceptaba.
El eco de la gran cámara quedaba atrás, y con él el combate que casi lo había quebrado.
Aquí, cerca del acceso, los túneles eran más estrechos, más transitados por monstruos errantes.
Era el lugar ideal.
Se detuvo, apoyándose un momento en la espada.
Respiró profundo.
Cerró los ojos.
No voy a forzar nada, pensó.
Voy a pulirlo.
Un sonido húmedo rompió el silencio.
Dos tiradores rana emergieron de un costado, seguidos por una sombra de guerra que se despegó del suelo como una mancha viva.
Sirius abrió los ojos.
—Astrum.
El aura rojo oscuro apareció, pero esta vez fue tenue, apenas un resplandor controlado en el filo de la espada.
No había explosión.
No había presión innecesaria.
La primera rana atacó.
La lengua salió disparada, rápida.
Sirius dio un paso lateral y cortó sin detenerse.
El movimiento fue corto, económico.
La lengua cayó al suelo.
Antes de que el monstruo pudiera reaccionar, Sirius avanzó y lo atravesó por el ojo.
La segunda rana intentó envolverle el tobillo.
Sirius concentró Astrum en el pie solo por un instante.
La patada fue limpia, precisa, suficiente.
El cráneo del monstruo se rompió contra la pared.
La sombra atacó.
Sirius no retrocedió.
Dejó que la garra pasara rozándole el hombro y respondió con un corte ascendente, apuntando al brazo.
La sombra lo bloqueó, pero Sirius ya había previsto eso.
Movió el aura del filo a la empuñadura y empujó con el cuerpo, rompiendo el equilibrio del monstruo.
Un giro.
Un segundo corte.
La sombra se partió en dos.
Sirius exhaló lentamente.
—Así… —murmuró—.
Así es como debe sentirse.
Durante las siguientes dos horas, el combate no se detuvo.
Monstruos aparecían solos o en pequeños grupos: tiradores rana ocultos en charcos, sombras de guerra emboscando desde los muros.
Sirius los enfrentaba uno a uno, sin prisa, sin desperdiciar movimientos.
Cada pelea era una práctica.
Probó canalizaciones parciales de Astrum: solo en los dedos para mejorar el agarre, solo en el antebrazo para reforzar un bloqueo, solo en el tobillo para ajustar una esquiva.
Ya no necesitaba pronunciar el cántico completo cada vez; a veces bastaba con pensarlo.
Las sombras de guerra, que antes lo habían llevado al borde de la muerte, ahora caían tras tres o cuatro intercambios bien ejecutados.
Sirius aprendió a leer sus patrones, a anticipar el momento exacto en que reaparecían tras desvanecerse.
—Ahí —decía para sí mismo.
Y la espada ya estaba donde debía.
Cuando finalmente se detuvo, su respiración era agitada, pero estable.
Se sentó contra la pared, sacó los sándwiches y bebió agua con calma.
Cada bocado sabía mejor que el anterior.
Cerró los ojos durante veinte minutos, dejando que el cuerpo se recuperara y la mente se aquietara.
Menos mente… más eficiencia.
Se levantó de nuevo.
La segunda tanda comenzó.
Esta vez, Sirius buscó activamente a las sombras de guerra.
Se movía con sigilo, controlando el ruido de sus pasos, apagando por completo Astrum hasta el instante del ataque.
Una sombra apareció detrás de él.
Sirius giró y lanzó una estocada directa al torso.
Astrum se activó solo en el filo durante el impacto.
El monstruo se disolvió sin siquiera contraatacar.
Otra sombra cayó tras un deslizamiento bajo su ataque, seguido de un corte al tendón oscuro que sostenía su forma.
Sirius comenzó a combinar movimientos nuevos: Fintas sin aura, seguidas de golpes potenciados breves Desplazamientos bajos, usando Astrum en los pies solo para cambiar ángulo Bloqueos con antebrazo + contraataque inmediato, sin pausa La espada ya no era solo un arma.
Era una extensión de su intención.
Tras otras dos horas, el suelo estaba cubierto de núcleos mágicos y objetos oscuros.
Sirius recogió todo con calma, guardándolo en la mochila.
Su cuerpo estaba agotado.
La mente, extrañamente clara.
Se detuvo.
Sacó la última poción roja.
—Antes de subir… —dijo en voz baja.
La bebió.
El calor recorrió su cuerpo, cerrando heridas menores, aliviando el agotamiento profundo.
No lo dejó como nuevo, pero sí suficiente.
Sirius miró hacia el túnel que llevaba al piso superior.
—Vamos a casa.
Guardó la espada.
Ajustó la mochila.
Al comenzar a subir, una sensación nueva lo acompañaba: no arrogancia, no confianza ciega, sino algo más firme.
Certeza.
Había entrado al sexto piso como alguien que luchaba para sobrevivir.
Salía como alguien que sabía cómo ganar.
Y Astrum, ahora refinada, silenciosa y obediente, latía con él.
La luz fue lo primero que sintió.
Después de horas de penumbra, humedad y sombras, el resplandor que descendía desde la superficie parecía casi irreal.
Sirius subió los últimos escalones con paso firme, aunque el cansancio pesaba en cada músculo.
El murmullo del calabozo quedó atrás y fue reemplazado por voces, pasos y el sonido constante de Orario en movimiento.
Había salido.
El aire de la superficie era distinto.
Más limpio.
Más ligero.
Sirius inhaló profundamente, dejando que llenara sus pulmones.
Por un momento se quedó quieto, con los ojos cerrados, simplemente sintiendo el mundo.
—Bienvenido de vuelta —murmuró para sí mismo.
Ajustó la mochila sobre los hombros y caminó entre los aventureros que entraban y salían.
Algunos lo miraron de reojo; su armadura estaba marcada, su espada tenía rastros evidentes de uso, y su expresión ya no era la de alguien que dudaba.
No tardó en verla.
Aurora estaba cerca de la entrada, de pie, observando el flujo constante de personas.
Su presencia destacaba incluso entre la multitud.
Cuando Sirius apareció, ella lo sintió antes de verlo.
Giró lentamente.
Sus miradas se encontraron.
Aurora no sonrió de inmediato.
Caminó hacia él con paso firme, observándolo de arriba abajo.
Las marcas en la armadura.
La forma en que se movía.
El cansancio profundo, pero controlado.
—Saliste —dijo simplemente.
—Sí —respondió Sirius—.
Y completo.
Aurora soltó el aire que había estado conteniendo.
—Vamos —dijo—.
Cuéntame.
Se alejaron un poco del bullicio y se sentaron en un banco de piedra cercano.
Sirius dejó la mochila a un lado y bebió un poco de agua antes de empezar.
—Estuve principalmente en el sexto piso —dijo—.
Tiradores rana y sombras de guerra.
Aurora frunció levemente el ceño.
—Las sombras no son enemigos fáciles.
—Ya lo sé —respondió él—.
Casi me matan.
Aurora lo miró con atención, pero no lo interrumpió.
—Al principio usaba Astrum como fuerza bruta —continuó—.
Me drenaba rápido.
Pero después… aprendí a moverla.
A no cargarla donde no hacía falta.
Le mostró sus antebrazos.
—Ahora puedo concentrarla solo en el filo, o en los pies, o en las manos.
Gasto menos mente.
Las sombras… ya no me superan si peleo con cabeza.
Aurora guardó silencio unos segundos.
—¿Cuánto tiempo estuviste dentro?
—Un poco más de cinco horas activas.
Peleé dos horas, descansé, luego otras dos.
Antes de subir me tomé la última poción.
Aurora cerró los ojos un instante.
—Eso es… mucho para alguien que recién empieza.
—Lo sé —dijo Sirius—.
Pero sentía que si me iba antes, no iba a aprender lo suficiente.
Aurora abrió los ojos y lo miró directamente.
—Y sobreviviste.
—Sí.
Ella alzó una mano y la apoyó suavemente sobre su hombro.
No había reproche en su gesto.
Había orgullo… y alivio.
—Tu control de Astrum —dijo—.
¿Cómo se siente ahora?
Sirius pensó un momento.
—Como si siempre hubiera estado ahí.
Ya no tengo que forzarla.
Solo… fluye.
Aurora sonrió, una sonrisa genuina, cálida.
—Eso no se enseña —dijo—.
Eso se gana.
Se levantó y lo ayudó a ponerse de pie.
—Hoy hiciste bien —añadió—.
Pero ahora descansarás.
Comerás.
Y dormirás.
Sirius asintió.
—Sí, mi diosa.
Aurora le dio un pequeño golpe en la frente con dos dedos.
—así no.
Para ti solo soy lady Aurora.
Sirius río suavemente.
Caminaron juntos de regreso a la ciudad, mientras el sol comenzaba a descender sobre Orario.
Sirius sentía el cansancio, sí, pero también algo nuevo: la certeza de haber cruzado una frontera invisible.
Ya no era solo alguien con potencial.
Era alguien que había demostrado que podía crecer… y volver.
Y Aurora, caminando a su lado, lo sabía.
El edificio del Gremio se alzaba sólido y ordenado, como un ancla en medio del constante movimiento de Orario.
Sirius cruzó las puertas junto a Aurora, y el murmullo familiar de aventureros, recepcionistas y funcionarios los envolvió de inmediato.
Para Sirius, el lugar ya no se sentía intimidante.
Caminó con paso firme hasta el mostrador asignado a su consejera.
Detrás de él, Aurora observaba en silencio.
—Sirius —dijo una voz conocida.
La consejera Liz levantó la vista desde unos documentos.
Era una mujer un poco mayor, de cabello claro recogido en una coleta práctica y ojos atentos, siempre evaluando más de lo que mostraba.
—Has vuelto —añadió—.
Y no pareces ileso.
Sirius dejó la mochila sobre el mostrador.
—Regresé completo —respondió—.
Traigo botín del sexto piso.
Liz arqueó una ceja, interesada.
—¿Sexto piso?
Bien… veamos.
Sirius abrió la mochila y comenzó a sacar los objetos: núcleos mágicos, restos de tiradores rana y, finalmente, varios objetos de dedo de sombra de guerra.
Liz se quedó inmóvil un segundo al verlos.
Pero lo que le obtuvo su atención fue una garra de sombra de guerra más larga, gruesa y negra —Esto no es poca cosa —dijo, tomándolo con cuidado—.
Las sombras de guerra comunes no dejan caer este tipo de objeto solo las especies mejoradas.
—al parecer te topaste con una sombra de guerra mejorada después de comer cristales mágicos, no debió ser fácil vencerlo y salir ileso verdad.
—No lo fue —admitió Sirius—.
Pero aprendí mucho gracias a eso.
Liz levantó la vista.
—Cuéntame.
Mientras ella revisaba y clasificaba el botín, Sirius dio su reporte con calma: las horas dentro del calabozo, los combates repetidos cerca de la entrada del sexto piso, el descanso estratégico, el uso final de la poción antes de subir.
—¿Y tu magia?
—preguntó Liz, sin levantar la vista—.
La última vez dijiste que todavía la estabas forzando.
Sirius asintió.
—Astrum ya no la uso como antes.
Ahora la canalizo solo donde la necesito.
Filo, pies, manos.
Gasto menos mente y mantengo el control incluso en peleas largas.
Liz dejó de escribir.
—Eso es… un avance grande —dijo—.
No muchos logran refinar su magia en combate real sin colapsar primero.
Aurora sonrió levemente desde atrás.
Liz volvió a mirar el botín y comenzó a calcular.
—Bien.
Por esto —dijo, señalando los objetos—, tu ganancia será justa.
El gremio se queda con una parte estándar del porcentaje, son en total treinta y tres mil valis.
El resto es tuyo.
Deslizó una bolsa de valis hacia Sirius.
—Y dejaré constancia de tu desempeño.
Esto ayudará a tu perfil en el gremio.
Sirius tomó la bolsa y se inclinó ligeramente.
—Gracias, Liz.
Ella lo observó un momento más, con una mirada distinta a la de antes.
—Sirius… —dijo—.
Ten cuidado.
El ritmo al que estás creciendo llama la atención de familia Buenas y malas.
—Lo tendré en cuenta.
Liz asintió.
—Descansa hoy.
Mañana veremos si estás listo para algo más.
Sirius dio un paso atrás, colocándose la mochila al hombro.
Aurora se acercó a su lado.
—Buen trabajo —dijo Liz, por última vez.
Al alejarse del mostrador, Sirius sintió algo nuevo en el pecho.
No era orgullo desmedido, ni alivio.
Era reconocimiento.
Aurora lo miró de reojo mientras salían del gremio.
—Tu consejera confía en ti —dijo.
—Eso parece.
—Y yo también.
Sirius sonrió, mirando hacia la ciudad que se extendía frente a ellos.
El día había terminado.
Fue hora de comer algo rico.
—lady aurora dejemos nuestras cosas en la posada para bañarme y cambiarme y vamos a comer a un restaurante mucha comida por mi logro.
Aurora riendo le puso su mano en su cabeza acariciando su cabello.
—muy bien vamos sirius
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