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Danmachi el caballero negro - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 continuación y piso 7
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13: continuación y piso 7 13: continuación y piso 7 La posada los recibió con la misma calma que la noche anterior.

El murmullo lejano de Orario apenas alcanzaba el pasillo, y el ambiente cálido invitaba al descanso.

Sirius subió las escaleras con pasos más ligeros que antes; el cansancio seguía ahí, pero ya no lo aplastaba.

Dentro de la habitación, dejó la mochila sobre la cama.

Sacó el equipo uno por uno: la espada, la armadura de cuero, las protecciones de antebrazo.

Todo quedó ordenado, limpio dentro de lo posible.

Luego tomó la bolsa de valis y la colocó dentro del pequeño cofre de la habitación, cerrándolo con cuidado.

—Primero, el cuerpo —dijo Aurora con suavidad.

Sirius asintió.

El baño fue sencillo, pero suficiente.

El agua caliente recorrió su espalda, llevándose el sudor, la sangre seca y el polvo del calabozo.

Permaneció un rato bajo el chorro, con los ojos cerrados, dejando que la tensión abandonara sus músculos.

Cuando salió, se vistió con la ropa nueva: pantalón negro, cómodo y elegante; camisa negra de manga larga, ajustada sin apretar.

Luego tomó la capa negra con bordes rojos y la colocó sobre sus hombros.

Bajo la tela, aseguró la espada, oculta pero presente.

Al mirarse en el espejo, apenas se reconoció.

No parecía un novato.

Salieron de la posada y caminaron hacia un restaurante cercano, uno más animado, con mesas de madera y un aroma intenso a carne asada.

Se sentaron sin prisa.

—Hoy comerás bien —dijo Aurora.

—Eso espero —respondió Sirius con una leve sonrisa.

Cuando llegó el momento de pedir, Sirius no dudó.

—Costillas con salsa —dijo—.

Un filete… y una jarra pequeña de jugo de naranja.

Aurora pidió un filete y una copa de vino.

La comida fue abundante.

Sirius comió con verdadera hambre, disfrutando cada bocado.

Las costillas estaban tiernas, la salsa espesa y dulce; el filete, jugoso.

Bebió el jugo despacio, sintiendo cómo la energía regresaba poco a poco.

—Te lo ganaste —dijo Aurora mientras bebía su vino.

—Sí —respondió él—.

Hoy… fue un buen día.

Al terminar, regresaron caminando a la posada bajo el cielo nocturno de Orario.

La habitación los recibió en silencio.

Aurora cerró la puerta.

—Es hora —dijo.

Sirius se quedó quieto.

Se quitó la capa y luego la camisa, dejándola a un lado.

Se sentó en la cama y giró, dándole la espalda.

Su piel aún mostraba marcas recientes de combate, pero también algo nuevo: resistencia.

Aurora tomó una aguja fina.

Con un gesto preciso, se pinchó el dedo.

Una sola gota de sangre divina se formó.

—No te muevas —susurró.

La gota cayó sobre la espalda de Sirius.

En el instante en que tocó su piel, la habitación se llenó de una luz dorada.

La sangre se extendió como tinta viva, formando líneas brillantes.

Sirius sintió un calor profundo, no doloroso, sino firme, como un amanecer naciendo dentro de él.

La cresta familiar apareció claramente: un sol naciente, radiante, y a ambos lados, dos alas abiertas, extendidas con orgullo.

La luz se desvaneció poco a poco.

Sirius respiró hondo.

Aurora apoyó la mano sobre su espalda muestra copiaba su estado.

—Tu estado ha cambiado —dijo con calma—.

Has crecido.

No solo en fuerza… también en control y voluntad.

Sirius se levantó y agarro la hoja.

[Nombre del Personaje] sirius vega Familia:[Aurora] Nivel:[1] Atributos Básicos (Basic Abilities) Fuerza: [D 510]  Resistencia: [E 490] Destreza: [D 540] Agilidad: [D 520] Magia: [B 715] Puntos totales:2,775 Aurora sonrió suavemente.

—Descansa.

Mañana… veremos hasta dónde puedes llegar.

Sirius volvió a ponerse la camisa con cuidado.

Se recostó en la cama, sintiendo el cuerpo pesado pero completo.

Esa noche, durmió profundamente.

La mañana llegó sin prisa.

La luz se filtraba por la ventana en líneas suaves cuando Sirius abrió los ojos.

El cuerpo aún protestaba, pero ya no era ese dolor caótico de antes: era un cansancio ordenado, reconocible, casi familiar.

Se incorporó despacio, respiró hondo y dejó que el día terminara de asentarse sobre él.

Se levantó.

Primero la ropa: camisa negra de manga larga, ajustada pero cómoda; pantalón negro, resistente; las botas nuevas, de cuero café oscuro, firmes, todavía rígidas en el tobillo.

Encima, la armadura negra de cuero, pecho completo, bien ceñida.

Ajustó correas, comprobó costuras.

Astrum latía bajo la piel, tranquila.

La espada de una mano fue a su lugar habitual, en la cadera derecha, sujeta al cinturón.

El peso era correcto.

Familiar.

Después la mochila.

Preparó varios sándwiches simples, envueltos con cuidado, y llenó la cantimplora con agua fresca.

Revisó el interior: espacio suficiente, compartimentos ordenados.

Cuando terminó, se la colgó al hombro y salió.

El aire de Orario estaba vivo desde temprano.

Su primer destino fue la Farmacia Azul.

El edificio destacaba entre las tiendas, no por ostentación sino por limpieza y orden.

Al entrar, el aroma característico de hierbas, alcohol y magia suave lo recibió de inmediato.

Sirius se acercó al mostrador.

—Buenos días —dijo con voz firme—.

Necesito dos pociones de recuperación de mente y cuatro de salud.

La encargada asintió y se movió con rapidez.

Los frascos quedaron alineados frente a él, brillando con ese color azulado tan reconocible.

—Dieciocho mil valis.

Sirius pagó sin dudar.

Guardó las pociones con cuidado en la mochila, asegurándolas para que no chocaran entre sí.

Cuando estaba por girarse, una puerta detrás del mostrador se abrió.

El dios Miach salió con una caja de frascos nuevos, acomodándolos en las vitrinas.

Se detuvo al verlo.

—Tú debes ser Sirius —dijo con una sonrisa amable—.

Aurora me habló de ti.

Sirius inclinó ligeramente la cabeza.

—Es un honor, señor Miach.

El dios rió suavemente.

—Nada de formalidades.

—Tomó una poción distinta, de tono más intenso—.

Toma.

Poción de salud intermedia.

Considéralo…una inversión.

Sirius dudó un segundo, luego aceptó.

—Gracias.

No la desperdiciaré.

—Eso espero —respondió Miach—.

Cuídate ahí abajo.

Sirius salió de la farmacia con la mochila un poco más pesada… y la mente clara.

Su siguiente parada: Babel.

El coloso de piedra se alzaba imponente, como siempre.

Aventureros entraban y salían sin pausa.

Sirius descendió los niveles con paso constante hasta llegar al séptimo piso.

El ambiente cambió.

El aire era más seco, más tenso.

El silencio se rompía solo por sonidos lejanos: golpes, chasquidos, algo arrastrándose sobre piedra.

Avanzó con cuidado.

No tardó en verlas.

Hormigas asesinas.

Eran más grandes de lo que esperaba.

Caparazón rojo oscuro, duro, con bordes afilados.

Cuatro patas firmes, dos brazos delanteros musculosos terminados en garras capaces de perforar cuero.

Los ojos negros brillaban con una inteligencia básica… pero peligrosa.

Una se movió.

Sirius sintió el cambio en el aire antes de que atacara.

La hormiga cargó con brutalidad directa.

Sirius dio un paso lateral, activando Astrum solo en los pies.

El suelo vibró cuando el monstruo pasó de largo.

Sirius giró sobre sí mismo y cortó con precisión el brazo derecho de la criatura.

El caparazón resistió parcialmente, pero la hoja, reforzada en el filo, terminó el trabajo.

La hormiga chilló.

Y entonces Sirius lo sintió.

Feromonas.

Un olor metálico, ácido, casi imperceptible… pero Astrum reaccionó de inmediato.

No estaba solo.

Dos más aparecieron desde un túnel lateral.

—Bien… —murmuró Sirius—.

Vamos con calma.

No cargó Astrum por completo.

Lo distribuyó: manos, filo, un refuerzo ligero en las piernas.

La primera atacó de frente.

Sirius bloqueó, el impacto recorrió su brazo, pero resistió.

Contraatacó con un corte ascendente, rompiendo el caparazón del pecho.

La segunda intentó rodearlo.

Error.

Sirius giró y lanzó una estocada directa al cuello.

El monstruo cayó, convulsionando.

No tuvo tiempo de celebrar.

Una War Shadow emergió de la pared, su forma oscura distorsionándose.

La combinación era mortal: presión física y ataque desde las sombras.

Sirius retrocedió, respiró hondo.

Pensó.

Atrajo a la War Shadow hacia un pasillo estrecho, forzándola a materializarse más.

Cuando atacó, Sirius reforzó solo el antebrazo y bloqueó, luego descargó Astrum en el filo y cortó de lado a lado.

La sombra se disipó.

El silencio volvió… por segundos.

Más hormigas.

Tres.

Luego cuatro.

Sirius apretó los dientes.

El combate se volvió una danza brutal.

Cada movimiento debía ser exacto.

Astrum fluía donde hacía falta y se retiraba cuando no.

Sirius recibió un golpe en el costado; la armadura resistió, pero el impacto dolió.

Contraatacó rompiendo una pata, luego otra.

Una hormiga intentó emitir feromonas de nuevo.

Sirius no lo permitió.

Saltó, descargó Astrum en las piernas y cayó sobre la criatura, atravesando el cráneo.

Respiraba agitado.

Bebió agua.

No poción.

Aún no.

Siguió avanzando.

En una cámara más amplia, el verdadero desafío lo esperaba: cinco hormigas asesinas y dos War Shadows.

Sirius sintió el peso real del séptimo piso.

—Piensa —se dijo.

Activó Astrum de forma más intensa, pero solo por momentos.

Atrajo a las sombras primero, eliminándolas una a una.

Luego usó el terreno: columnas rotas, desniveles.

Cada herida contaba.

Usó una poción de salud cuando el sangrado lo exigió.

No antes.

El último monstruo cayó tras un intercambio feroz.

Sirius, de rodillas, apoyó la espada en el suelo.

Temblaba.

Pero estaba vivo.

Se levantó lentamente.

Miró a su alrededor.

El piso 7 había intentado matarlo.

No lo logró.

Sirius ajustó la mochila recogiendo su botin,respiró profundo y sonrió apenas.

El tiempo dejó de sentirse como tiempo.

Durante las primeras tres horas, el séptimo piso se convirtió en un campo de prueba constante.

No había pausas largas, solo pequeños respiros entre enfrentamientos.

Sirius avanzaba con cuidado, evitando zonas abiertas donde las feromonas podían atraer demasiados enemigos a la vez.

Las hormigas asesinas aparecían en grupos de dos o tres al inicio.

Sirius no buscaba aniquilarlas rápido.

Buscaba entenderlas.

Observó cómo cargaban siempre en línea recta, cómo priorizaban la fuerza sobre la técnica.

Dejó que una se acercara más de lo prudente, midió el alcance de sus brazos, el ángulo de las garras.

Cuando atacó, Sirius no respondió con un tajo letal, sino con un desvío y un golpe al costado de la articulación.

El caparazón no era invulnerable.

Tenía puntos de tensión.

Aprendió a romperlos.

Astrum ya no se manifestaba como un refuerzo constante.

Ahora era pulsos breves, activaciones exactas: un segundo en los pies para esquivar, una fracción en las manos para redirigir un golpe, apenas un hilo en el filo para atravesar sin desperdiciar energía.

Cuando aparecieron tres a la vez, Sirius cambió de enfoque.

No retrocedió.

Entró.

Se movió entre ellas, usando una como obstáculo para la otra.

Un tajo corto a una pata, un empujón reforzado con Astrum al pecho de otra, y un giro rápido para evitar el ataque trasero.

El combate se volvió más cerrado, más peligroso… pero también más controlado.

Las War Shadows aparecieron intermitentemente.

Sirius ya no les temía como antes, pero no las subestimaba.

Sabía que la combinación con las hormigas era letal si perdía la concentración.

Cada vez que una sombra emergía, ajustaba el ritmo, obligándola a materializarse lo suficiente para ser alcanzada.

Cuando la tercera hora terminó, Sirius se dio cuenta por su respiración.

El cuerpo estaba cansado.

No herido de gravedad, pero exigido.

Buscó una zona relativamente segura, apoyó la espalda contra una pared de roca y se sentó.

Guardó la espada, soltó la mochila y sacó los sándwiches.

Comió despacio.

No era solo alimento; era un ritual.

Cada bocado bajaba la tensión, le devolvía claridad.

Bebió agua, estiró los dedos, flexionó los hombros.

Astrum seguía ahí, estable, sin desbordarse.

Cerró los ojos un minuto.

Pensó en Aurora.

En lo que le había dicho.

Cuando se levantó, algo había cambiado.

Las siguientes tres horas fueron distintas.

Ahora Sirius buscaba activamente combates con más de tres oponentes.

No por imprudencia, sino porque ese era el siguiente paso.

Atrajo a las hormigas con movimientos calculados, permitiendo que usaran feromonas… pero controlando el terreno.

Cuatro hormigas.

Luego cinco.

Sirius ya no se movía solo para sobrevivir.

Se movía para posicionarse.

Usaba el ángulo de ataque de una para bloquear a otra.

Golpeaba sin matar de inmediato, debilitando primero, creando desorden.

Astrum fluía como una extensión de su intención.

Un refuerzo mínimo en los pies para cambiar de dirección en el último instante.

Un estallido breve en el antebrazo para desviar un golpe que habría roto huesos.

El filo, siempre preciso, nunca sobrecargado.

Cuando una War Shadow se sumó al caos, Sirius no retrocedió.

Giró.

La obligó a entrar en el rango de las hormigas.

El resultado fue brutal y efectivo.

Aprendió a pensar en capas: enemigos inmediatos, amenazas latentes, rutas de escape.

Cada segundo era una decisión.

Cada error, un castigo potencial.

Recibió golpes.

Uno en el hombro que entumeció el brazo.

Otro en la pierna que casi lo derriba.

Usó una poción de salud cuando fue necesario, sin orgullo, sin culpa.

El último combate fue el más exigente.

Seis hormigas asesinas.

Sirius terminó jadeando, con la armadura marcada y la espada manchada, pero de pie.

Miró los cuerpos dispersos y no sintió euforia.

Sintió comprensión.

Guardó la espada lentamente.

Habían pasado seis horas.

Seis horas de aprendizaje real.

El séptimo piso seguía siendo peligroso.

Seguía siendo un asesino de novatos.

Pero Sirius ya no era solo un novato.

Era alguien que había aprendido a luchar pensando, dosificando, adaptándose.

Y mientras ajustaba la mochila y se preparaba para regresar, Astrum latía con él, firme y sonriendo que no me allá topado con las polillas púrpuras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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