Danmachi el caballero negro - Capítulo 16
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16: helaborando perfume 16: helaborando perfume Ala mañana siguiente.
La casa se alzaba imponente bajo la luz suave de la tarde.
Ubicada al suroeste de Orario, lejos del bullicio inmediato del centro pero lo bastante cerca para no quedar aislada, la gran construcción dominaba el terreno como un bastión tranquilo.
No era ostentosa en el sentido vulgar, pero su presencia imponía respeto.
Piedra gris clara en la base, madera trabajada con cuidado en los niveles superiores, techos curvos cubiertos de tejas oscuras que parecían haber sido colocadas una a una con intención.
Sirius se detuvo a varios pasos del portón principal.
A su alrededor, el terreno estaba delimitado por un muro bajo de piedra, sólido y antiguo en apariencia, coronado por un barandal metálico que rodeaba toda la propiedad.
No era una muralla defensiva, sino una frontera clara: aquí comenzaba el territorio de la familia.
Más allá del muro, se extendía un gran jardín.
Hierba aún joven, tierra recién asentada, algunos árboles plantados estratégicamente para dar sombra futura.
Sirius recorrió el espacio con la mirada, midiendo distancias, imaginando trayectorias.
—Aquí —murmuró—.
Aurora lo miró.
—¿Aquí qué?
—Una parte del jardín —respondió—.
Quiero convertirla en un espacio de entrenamiento, con piedra.
Un suelo firme.
Algo que aguante impactos, caídas… combates reales.
Aurora sonrió levemente.
—Ya estás pensando en el mañana.
—Siempre —dijo Sirius, sin apartar la vista del terreno.
Avanzaron hacia la casa.
Desde el exterior, la estructura dejaba claro que no era una vivienda común.
Cuatro pisos, distribuidos con una lógica que priorizaba tanto la vida cotidiana como el liderazgo.
La torre central se alzaba como el punto más alto, visible desde la distancia, con grandes ventanales que reflejaban el cielo.
Entraron por la puerta principal.
El primer piso los recibió con amplitud.
A pocos pasos de la entrada se extendía la gran sala.
El espacio era abierto, alto, pensado para recibir a muchas personas.
Los sofás recién colocados formaban un semicírculo natural, el gran tapete cubría el centro del suelo de piedra pulida, y la luz entraba por los ventanales laterales con generosidad.
Sirius avanzó lentamente por la sala, como si midiera no el espacio, sino las posibilidades.
Reuniones.
Consejos.
Celebraciones.
Todo ocurriría allí.
A la derecha del primer piso, un arco amplio conducía a la cocina y el comedor.
Las mesas estaban ya en su lugar, los muebles de cocina perfectamente alineados.
Los utensilios descansaban ordenados, listos para ser usados.
El comedor tenía espacio suficiente para muchos, pero sin perder la sensación de cercanía.
Más al extremo derecho, casi oculto, se encontraba la bodega.
Una habitación reforzada, con puertas gruesas.
Allí se almacenarían valis, materiales raros, componentes de laboratorio y todo aquello que requería seguridad.
Sirius se detuvo frente a la puerta unos segundos, consciente del peso simbólico del lugar.
—Aquí descansará el fruto de todo lo que hagamos —dijo.
Aurora asintió.
Subieron al segundo piso, por la escalera lateral izquierda.
Ese nivel estaba dedicado principalmente al descanso.
Cuatro habitaciones, amplias, bien iluminadas, distribuidas a lo largo del ala izquierda.
Cada una tenía ventanas grandes, pensadas para dejar entrar la luz de la mañana.
Sirius abrió una al azar: el olor a madera nueva aún flotaba en el aire.
En ese mismo piso, también del lado izquierdo, se encontraba el primer gran baño.
No era un baño común.
Cuatro bañeras amplias, regaderas separadas, espacio suficiente para que varios aventureros se prepararan al mismo tiempo sin estorbarse.
El diseño hablaba de previsión: de una familia que crecería.
Cruzando hacia la torre, el ambiente cambiaba.
En el segundo piso de la torre se encontraba la biblioteca.
Un espacio circular, silencioso, con estanterías que aún esperaban libros.
El gran ventanal dominaba la pared frontal, permitiendo ver Orario a la distancia.
Sirius se acercó al vidrio y apoyó la mano.
—Aquí… —dijo en voz baja— dejaré liblos llenos de estrategia, control magico, esgrima.
Aurora lo observó sin interrumpir.
Subieron al tercer piso, nuevamente por el ala izquierda.
Otras cuatro habitaciones los esperaban, reflejo casi exacto de las del piso inferior.
El segundo gran baño, idéntico al primero, completaba el nivel.
Todo estaba pensado para equilibrio, para funcionalidad.
Finalmente, ascendieron por la escalera interna de la torre hasta el último piso.
La oficina del capitán.
El lugar era más austero que la gran sala, pero cargado de autoridad.
Una mesa central, espacio para mapas, documentos, informes, a los lados dos sofas largos y espaciosos junto con una mesa en medio.
Desde allí, Sirius podría observar gran parte de la ciudad.
No era un trono, sino un puesto de responsabilidad, justo A los lados irán estantes para libros de contabilidad, y mapas de los pisos.
Sirius se quedó quieto en medio de la oficina.
Respiró hondo.
—Nunca pensé… —comenzó, pero no terminó la frase.
Aurora se colocó a su lado.
—Esto no es el final —dijo—.
Es el inicio.
Bajaron de nuevo, recorriendo cada piso una vez más, ahora no como visitantes, sino como dueños.
Cuando regresaron al exterior, el sol iba saliendo.
La casa proyectaba una sombra larga sobre el jardín.
Sirius volvió a mirar el terreno abierto.
Visualizó columnas de piedra.
Zonas marcadas.
Espacios para entrenar solo… o acompañado.
—Aquí crecerá la familia —dijo finalmente.
Aurora tomó su mano.
La casa, rodeada de piedra y barandal, con su jardín amplio y su torre vigilante, ya no era solo un edificio en el suroeste de Orario.
Era un símbolo.
Un lugar donde se lucharían batallas, sí… pero también donde se descansaría, se aprendería y se construiría algo que perdurara.
Y Sirius lo supo con absoluta certeza: este lugar es ahora su hogar y matara a quien quiera destruirlo.
El sol comenzaba a alzarse, y la luz bañaba la piedra clara de la fachada con un tono dorado suave.
Las sombras del barandal se estiraban sobre el suelo del jardín, y el aire llevaba ese aroma limpio de lo recién terminado.
Aurora estaba a su lado, observando en silencio.
—Aurora —dijo Sirius de pronto—.
Ella giró el rostro hacia él.
—¿Has pensado… en un nombre para nuestro hogar?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Aurora no respondió de inmediato.
Volvió la mirada hacia la casa: la torre, los ventanales, el jardín amplio que aún esperaba ser moldeado.
Sus ojos se suavizaron, como si ya lo hubiera pensado antes… o como si el nombre hubiera estado allí desde el principio.
—Sí —dijo al fin—.
Hizo una breve pausa.
—Se llamará Villa de Luz Estelar.
Sirius repitió el nombre en silencio.
Villa de Luz Estelar.
Lo sintió encajar, como una pieza que siempre había faltado.
—Me gusta —respondió con una sonrisa sincera—.
Mucho.
Aurora devolvió la sonrisa, satisfecha.
En ese momento, el sonido de ruedas sobre piedra rompió la calma.
Un carruaje se acercaba por el camino, avanzando despacio.
Sirius lo reconoció de inmediato.
Cuando se detuvo frente al portón, pudo ver el interior: estaba repleto de flores.
Había de todos los tipos y colores.
Rojas, blancas, violetas, azules.
Algunas pequeñas y delicadas; otras grandes y vivas.
Entre todas, destacaban varios girasoles, altos, luminosos, como pequeños soles atrapados en tallos verdes.
Sirius abrió el portón y se acercó.
—Gracias por venir —dijo a quienes guiaban el carruaje—.
Pueden seguirme.
Los condujo al interior de la propiedad y los guió hasta la bodega del primer piso.
Allí, con cuidado, comenzaron a descargar cajas, canastos y sacos llenos de flores frescas.
El lugar pronto se llenó de aromas distintos, mezclándose en el aire.
Cuando terminaron, el carruaje se marchó.
Sirius cerró la puerta de la bodega y se quedó un momento en silencio, respirando hondo.
Luego regresó junto a Aurora.
—Deméter cumplió su palabra —dijo.
Aurora asintió, observando la casa que ahora tenía nombre.
Villa de Luz Estelar ya no era solo una construcción terminada.
Había sido nombrada.
Había sido bendecida.
—Alo que sigue ahora lady aurora es extraer todo el aceite esencial de las flores y ponerlos en frascos con su nombre.
Las luces del interior comenzaron a encenderse una a una, iluminando los ventanales como estrellas domésticas.
Sirius y Aurora no perdieron tiempo.
El carruaje había dejado las flores en la bodega, pero su verdadero destino estaba más abajo.
El laboratorio, en el sótano.
Descendieron juntos por la escalera lateral, llevando consigo los primeros canastos.
El aire allí era más fresco, más estable, perfecto para el trabajo que los esperaba.
Las mesas estaban limpias, alineadas, listas.
Los frascos de vidrio descansaban ordenados, vacíos, esperando ser llenados.
Aurora cerró la puerta del sótano.
—Bien —dijo—.
Empecemos.
Las flores eran muchas.
Había pétalos delicados, tallos gruesos, flores aromáticas intensas y otras casi imperceptibles.
Girasoles, flores silvestres, variedades cultivadas con cuidado por la familia de Deméter.
Sirius las observó con respeto.
—Cada una tiene algo distinto —murmuró.
—Y cada una debe tratarse distinto —respondió Aurora—.
Si las apresuras, pierdes el alma del aroma.
Comenzaron separando los tipos.
Clasificaron por especie, por estado, por intensidad aromática.
Sirius se encargó de limpiar cada flor con agua destilada, retirando tierra, polvo y cualquier impureza.
Aurora cortaba con precisión, separando pétalos, descartando partes inútiles.
El primer método fue la extracción por maceración.
Colocaron pétalos en recipientes de cerámica, cubriéndolos con aceites base neutros.
Sirius medía con exactitud, anotando cantidades.
Aurora ajustaba temperaturas con magia suave, apenas perceptible, lo suficiente para acelerar el proceso sin dañar el aroma.
El laboratorio comenzó a llenarse de fragancias.
Dulces.
Florales.
Terrosas.
El tiempo empezó a desdibujarse.
Después pasaron a la destilación al vapor para las flores más resistentes.
Sirius encendía el fuego con cuidado, controlando cada grado.
Aurora vigilaba el flujo, asegurándose de que el vapor arrastrara solo lo necesario.
—Demasiado calor —decía ella—.
Baja un poco.
—Así —respondía Sirius—.
¿Mejor?
—Perfecto.
Trabajaban en silencio la mayor parte del tiempo.
No hacía falta hablar demasiado.
Se entendían con gestos, con miradas rápidas.
Cuando uno se cansaba, el otro lo notaba.
Las horas avanzaron.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Sirius sentía los hombros tensos, los dedos entumecidos por la repetición.
Aurora se movía con la misma gracia, pero su respiración era más profunda.
Aun así, ninguno propuso detenerse.
—Terminemos todas —dijo Sirius—.
Mañana agradeceremos haberlo hecho.
Aurora asintió.
Las esencias comenzaron a acumularse.
Aceites dorados, transparentes, algunos con tonos suaves: ámbar, verde pálido, azul casi inexistente.
Cada uno fue vertido con extremo cuidado en grandes frascos, perfectamente limpios y secos.
Aurora los sellaba con tapones nuevos.
Sirius los etiquetaba con letra clara: origen, fecha, método.
Cuando la última flor fue procesada, el reloj marcaba diez horas.
El laboratorio parecía otro lugar.
Frascos alineados como soldados silenciosos.
El aire saturado de aromas complejos.
El suelo, sorprendentemente limpio para la magnitud del trabajo.
—Falta una cosa —dijo Aurora.
Limpiar.
No dejaron nada al azar.
Lavaron recipientes, limpiaron mesas, apagaron fuegos, ventilaron el espacio.
Sirius guardó cada herramienta en su sitio exacto.
Aurora revisó frascos uno por uno.
Finalmente, se miraron.
—Terminamos —dijo ella.
Sirius sonrió, cansado.
—Terminamos.
Salieron del sótano como si emergieran de otro mundo.
El hambre los golpeó de golpe.
Salieron a comer algo sencillo en la ciudad, sin ceremonias.
Apenas hablaron.
El cansancio era demasiado profundo para palabras largas.
Regresaron a Villa de Luz Estelar pasada la medianoche.
Subieron las escaleras lentamente.
Cada paso pesaba.
En la habitación, Sirius dejó caer la capa sobre una silla.
Aurora se sentó un segundo en el borde de la cama antes de dejarse caer completamente.
—Hoy… fue un buen día —murmuró ella.
—Sí —respondió Sirius—.
Uno de los mejores.
No hubo más conversación.
El sueño los tomó casi de inmediato.
Después de un día entero de trabajo, de flores transformadas en esencia, de futuro embotellado en frascos de vidrio, Villa de Luz Estelar descansó con ellos.
Y en el sótano, silenciosos, los perfumes esperaban su momento.
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