Danmachi el caballero negro - Capítulo 18
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18: artes marciales 18: artes marciales Sirius y Aurora descendieron juntos al laboratorio del sótano, llevando consigo los últimos canastos de girasoles que habían reservado para ese día.
Las flores eran grandes, de pétalos amplios y amarillos intensos, todavía frescas gracias al cuidado de Deméter.
Sirius las observó unos segundos antes de comenzar.
—Estas serán distintas —dijo—.
No buscamos aroma esta vez.
Aurora asintió mientras se colocaba los guantes de trabajo.
—Buscamos permanencia.
El objetivo era claro: extraer glicerina vegetal pura, un componente fundamental para que los perfumes fijaran mejor los aromas y los mantuvieran estables durante más tiempo sobre la piel.
Comenzaron separando los girasoles.
Sirius cortó los tallos con cuidado, retiró hojas innecesarias y limpió cada flor con agua destilada.
Aurora se encargó de desgranar los pétalos y separar las partes ricas en compuestos vegetales útiles.
No había prisa.
Cada gesto era deliberado.
—Si apresuramos esto —dijo Aurora—, la glicerina quedará impura.
—Y arruinaría todas las mezclas futuras —completó Sirius.
Colocaron los pétalos procesados en grandes recipientes de vidrio reforzado.
Sirius midió las proporciones con precisión casi obsesiva.
Aurora ajustó la temperatura usando una magia suave, constante, sin picos.
La extracción fue lenta.
El calor debía mantenerse estable durante largos periodos.
Demasiado bajo, y el proceso no avanzaba.
Demasiado alto, y los compuestos se degradaban.
Sirius vigilaba el fuego.
Aurora observaba el color del líquido, el brillo, la densidad.
—Aún no —decía ella cuando Sirius intentaba avanzar.
—Entendido.
Las horas comenzaron a acumularse.
El laboratorio se llenó de un aroma distinto al de los días anteriores.
No era floral ni dulce.
Era limpio, casi neutro, con un trasfondo vegetal profundo.
El aire se sentía más pesado, como si estuviera cargado de algo invisible.
Tras tres horas, el líquido comenzó a separarse correctamente.
Sirius inclinó uno de los recipientes con extremo cuidado, filtrando el contenido gota a gota.
La glicerina vegetal pura se acumulaba lentamente en los frascos de recepción, transparente, espesa, perfecta.
—Esto es —dijo Aurora en voz baja—.
Exactamente lo que necesitamos.
Trabajaron en silencio el último tramo.
No porque no tuvieran nada que decir, sino porque no hacía falta.
Se entendían en cada movimiento, en cada ajuste mínimo.
Cuando el último girasol fue procesado, alinearon los frascos grandes sobre la mesa principal.
Aurora los selló uno por uno.
Sirius los etiquetó con fecha, origen y nivel de pureza.
Luego vino la limpieza.
Lavaron recipientes, filtradores, mesas, utensilios.
El laboratorio volvió poco a poco a su estado original: ordenado, silencioso, listo para el siguiente paso.
Sirius apagó el fuego.
Aurora abrió las ventilaciones.
—Listo —dijo ella finalmente.
Sirius soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Tres horas bien usadas.
Subieron al primer piso y salieron juntos hacia el mercado.
Orario estaba viva, como siempre.
Voces cruzadas, comerciantes anunciando productos, el olor de alimentos frescos mezclándose en el aire.
Sirius caminaba con una bolsa vacía en la mano.
Aurora observaba los puestos con atención.
Compraron verduras frescas: raíces, hojas verdes, hortalizas firmes.
Luego carnes, seleccionadas con cuidado.
Nada extravagante.
Todo pensado para alimentar, no para impresionar.
—Hoy cocinamos simple —dijo Sirius.
—Después de ese trabajo, eso suena perfecto —respondió Aurora.
Regresaron a casa con las bolsas llenas.
Prepararon la comida juntos, sin complicaciones.
Cortar, hervir, sazonar.
El sonido de la cocina llena reemplazó al silencio del laboratorio.
Comieron sin prisa, sentados frente a frente.
Después, la tarde se asentó lentamente.
No había más trabajo que hacer ese día.
Las esencias debían reposar.
La glicerina debía estabilizarse.
Las mezclas, esperar.
Sirius y Aurora se sentaron en los sofás de la gran sala.
La luz entraba por los ventanales, bañando el tapete y las paredes.
El silencio no era incómodo.
Era merecido.
—Mañana —dijo Aurora—.
Recién mañana podremos empezar a mezclar.
—Lo sé —respondió Sirius—.
Y está bien así.
Apoyó la espalda y cerró los ojos un momento.
Habían luchado contra monstruos.
Habían construido una casa.
Habían pasado horas refinando flores.
Y ahora, simplemente, esperaban.
Sirius subió a su habitación con paso tranquilo.
No llevaba prisa.
Solo necesitaba algo: su cuaderno.
Aquel libro de cuero café, de hojas gruesas, que ya empezaba a llenarse de apuntes, esquemas, pruebas fallidas y observaciones personales.
Lo tomó de la mesa, junto con el lápiz y un pequeño frasco de tinta, y bajó nuevamente las escaleras.
Aurora seguía en la gran sala, sentada en uno de los sofás, con una postura relajada pero atenta.
La luz de la tarde entraba de costado, iluminando parte del rostro de la diosa y proyectando sombras suaves sobre las paredes.
Sirius se sentó cerca de ella, apoyando el cuaderno sobre sus piernas.
Abrió una página nueva.
Durante unos segundos no dijo nada.
Escribió.
Trazó líneas.
Palabras sueltas.
Flechas que conectaban ideas.
Aurora lo observó sin interrumpir.
—Cuando terminemos de hacer las muestras de los perfumes —dijo Sirius al fin, sin dejar de escribir—, quiero que los dividamos por tipos… no solo por aroma, sino por raza.
Aurora alzó una ceja, interesada.
—Explícate.
Sirius levantó la vista.
—En Orario, la mayoría de la población se concentra en ciertos grupos —continuó—.
Elfas, amazonas, humanas y enanos.
Si afinamos los perfumes pensando en cómo perciben los aromas esas razas, tendremos una ventaja enorme.
Pasó la página y comenzó a anotar nombres de razas, con pequeñas observaciones al lado.
—Las elfas suelen preferir aromas más naturales, limpios, con notas profundas… algo que no abrume —dijo—.
Las amazonas, en cambio, buscan presencia, fuerza, algo que se sienta vivo.
Las humanas son más variadas, pero tienden a lo equilibrado.
Y los enanos… bueno, valoran la duración y la intensidad más que la sutileza.
Aurora sonrió levemente.
—Has pensado bastante en esto.
—Porque no quiero que sea solo un producto más —respondió Sirius—.
Quiero que sea difícil de imitar.
Cerró el cuaderno un momento.
—Cuando tengamos los perfumes oficiales definidos, los dejaremos reposar dos semanas completas.
Nada de apresurarnos.
Durante ese tiempo… La miró.
—Yo entrenaré.
Pisos nueve y diez.
Las siguientes dos semanas.
Mejoraré mi estado, puliré mis habilidades… y sí —añadió con una media sonrisa—, conseguiré más dinero.
Aurora apoyó el codo en el respaldo del sofá.
—La clave —dijo con calma— será la paciencia.
Sirius asintió sin dudar.
—Lo sé.
Justamente por eso quiero hacerlo así.
Se inclinó un poco hacia adelante, como si lo que iba a decir fuera especialmente importante.
—Hay algo más que quiero empezar hoy.
Aurora lo miró con atención.
—Quiero ir al patio —dijo Sirius—.
Se me ocurrió una idea nueva para entrenar.
—¿Otra?
—preguntó ella, divertida.
Sirius sonrió.
—Artes marciales.
Pero adaptadas a Astrum.
Aurora guardó silencio.
—Quiero entrenar mi juego de pies, mi equilibrio, mi coordinación… y también la lucha con los brazos.
No solo espada.
Si logro refinarlo, quiero dibujar los pasos, los movimientos, dejar registros claros.
Tocó el cuaderno.
—Para los futuros miembros de la familia.
Eso cambió la expresión de Aurora.
No era sorpresa.
Era orgullo.
—Estás pensando muy adelante —dijo.
—Alguien tiene que hacerlo —respondió Sirius con naturalidad.
Se levantó.
—Volveré en un rato.
Aurora asintió.
—No te excedas.
—Lo intentaré —respondió, aunque ambos sabían que no era del todo cierto.
El patio de Villa de Luz Estelar era amplio.
Aún estaba cubierto en su mayor parte por tierra firme y césped corto.
Sirius caminó hasta el centro y dejó la espada apoyada contra una pared de piedra.
Hoy no la necesitaría.
Cerró los ojos.
Activó Astrum.
La energía respondió de inmediato, fluyendo por su cuerpo como una marea silenciosa.
Pero esta vez no la expandió de forma uniforme.
La dividió.
Una corriente fina en cada pierna.
Otra en cada brazo.
Una mínima en el torso, solo para sostener.
—Control… —murmuró.
Abrió los ojos.
Comenzó con pasos simples.
Avanzar.
Retroceder.
Giro corto.
Desplazamiento lateral.
Cada movimiento estaba acompañado por un ajuste mínimo de Astrum en los pies.
No para impulsarse, sino para sentir el suelo.
La presión.
El equilibrio.
Repitió los movimientos una y otra vez.
Luego aumentó la complejidad.
Saltos cortos.
Aterrizajes silenciosos.
Cambios de ritmo.
El sudor apareció pronto.
Astrum temblaba levemente, no por falta de energía, sino por la exigencia de precisión.
Sirius frunció el ceño y se obligó a reducir la potencia.
—No fuerza… exactitud.
Pasó a los brazos.
Extendió el derecho y concentró Astrum solo en el antebrazo.
Luego el izquierdo.
Alternó.
Golpes al aire.
Bloqueos imaginarios.
Desvíos.
Cada brazo realizaba una tarea distinta.
Derecho: potencia.
Izquierdo: control.
Luego invirtió.
El error fue inmediato.
Astrum se desestabilizó, creando una descarga irregular que recorrió su brazo izquierdo.
Sirius gruñó, retrocediendo un paso.
—Bien… eso también es información.
Respiró hondo y retomó.
El entrenamiento se volvió más intenso.
Astrum en los pies mientras los brazos se movían sin energía.
Luego al revés.
Luego todo a la vez, pero en capas.
Su mente trabajaba tanto como su cuerpo.
Visualizaba enemigos.
Ataques desde distintos ángulos.
Espacios cerrados.
Superficies irregulares.
En un momento, decidió aumentar la dificultad.
Dividió Astrum en cuatro flujos independientes.
Cada brazo.
Cada pierna.
Avanzó.
El cuerpo respondió… pero apenas.
Un paso mal calculado lo hizo tropezar.
Cayó de rodillas, clavando una mano en el suelo para no caer por completo.
Respiraba agitado.
—Otra vez.
Se levantó.
Esta vez fue más lento.
Cada movimiento era casi meditativo.
Astrum se volvió más dócil, como si comprendiera la intención.
Sirius comenzó a encadenar movimientos con mayor fluidez.
Un giro.
Un paso cruzado.
Un golpe de codo.
Un retroceso bajo.
No había espada.
No había enemigos.
Solo control.
El tiempo pasó sin que se diera cuenta.
Cuando finalmente se detuvo, el cielo ya había cambiado de color.
El cuerpo le temblaba, pero no de agotamiento extremo, sino de adaptación.
Sirius se quedó quieto, respirando, dejando que Astrum volviera a un estado pasivo.
—Esto… —murmuró— puede funcionar.
Imaginó páginas llenas de dibujos.
Pasos numerados.
Advertencias.
Notas personales.
No solo para él.
Para otros.
Para los nuevos miembros o aliados.
Volvió a tomar la espada y caminó hacia la casa.
Antes de entrar, miró el patio una última vez.
Algún día —pensó—, este lugar estará cubierto de piedra.
Y aquí… otros entrenarán.
Entró.
Aurora seguía en la sala.
Al verlo, notó el sudor, la respiración aún agitada.
—¿Funcionó?
—preguntó.
Sirius asintió, cansado pero satisfecho.
—Sí.
Y apenas estoy empezando.
Aurora sonrió.
—mañana iremos con Hefesto para un préstamo.
Aurora se incorporó del sofá con calma, cruzando los brazos mientras lo observaba de arriba abajo.
El sudor aún brillaba sobre la piel de Sirius y su respiración, aunque más estable, seguía marcada por el esfuerzo reciente.
—Mañana —dijo con naturalidad— iremos con Hefesto.
Sirius parpadeó, tardando un segundo en procesar la frase.
—¿Con Hefesto…?
—repitió—.
¿La Hefesto?.
Aurora asintió, como si fuera la cosa más obvia del mundo.
—Necesitas un arma nueva.
Y una armadura.
Sirius frunció ligeramente el ceño y apoyó la espada actual contra la pared antes de sentarse.
Pasó una mano por su cabello, todavía húmedo.
—Esta espada aún sirve —respondió—.
No es perfecta, pero….
Aurora negó despacio.
—Sirve por ahora.
Pero no para lo que viene.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso.
Sirius entendía a qué se refería.
Cada descenso más profundo en la Dungeon exigía más.
Más resistencia.
Más fiabilidad.
Menos margen de error.
—¿Sabes cuánto cuesta un encargo con Hefesto?
—preguntó él finalmente—.
Un arma de segunda clase… y una armadura a juego… eso no es caro.
Es absurdo.
Aurora caminó unos pasos por la sala, observando los ventanales, la luz ya casi nocturna reflejada en el cristal.
—Sí —dijo sin rodeos—.
Lo sé perfectamente.
Se volvió hacia él.
—Pero también sé cuánto cuesta un arma barata que falla cuando Astrum la sobrecarga.
Sé lo que cuesta una hoja que se quiebra en medio de un combate.
Sé lo que cuesta una armadura que no aguanta un impacto directo.
Dio un paso más, su voz firme, sin elevarse.
—Eso se paga con heridas permanentes… o con la vida.
Sirius bajó la mirada.
Sus dedos se cerraron lentamente.
—Hablo de un arma de segunda clase — continuó Aurora—.
No una reliquia divina, pero sí una forjada para durar.
Con propiedades de inrompible, diseñada para soportar la presión constante de tu Astrum sin deformarse ni agrietarse.
Un arma que no te obligue a contenerte cuando más necesitas liberar poder.
Sirius levantó la vista, serio ahora.
—Y una armadura… —Ligera —añadió Aurora—, pero resistente.
Capaz de dispersar energía, no solo impactos físicos.
Algo que acompañe tu movilidad, no que la limite.
El silencio volvió a caer.
Sirius exhaló lentamente.
—Eso nos dejará casi sin margen económico —dijo—.
Incluso con el dinero que planeo conseguir entrenando y descendiendo… nos tomará tiempo recuperarnos.
Aurora no negó eso.
—Sí —respondió—.
Pero tendrás tiempo para recuperarte porque seguirás vivo.
Se acercó y apoyó una mano sobre el respaldo del sofá, inclinándose apenas hacia él.
—Prefiero una deuda pesada que una tumba.
Las palabras no fueron duras, pero sí absolutas.
Sirius cerró los ojos un instante.
Recordó el entrenamiento en el patio.
La descarga irregular en su brazo.
El tropiezo al dividir Astrum en cuatro flujos.
Si eso hubiera ocurrido en combate real… Abrió los ojos.
—…Tienes razón —admitió.
No había orgullo herido en su voz.
Solo aceptación.
—Un arma que no aguante mi crecimiento se convertirá en un límite —añadió—.
Y yo no pienso detenerme.
Aurora sonrió, apenas.
—Por eso mismo pensé en Hefesto.
Nadie más.
Se enderezó y habló con tono decidido, como sellando el asunto.
—Mañana por la mañana iremos a su forja.
Hablaremos de un préstamo formal.
Condiciones claras.
Plazos claros.
Nada improvisado.
Sirius asintió.
—Entonces mañana —dijo— empieza otra inversión a largo plazo.
Aurora se permitió una sonrisa más abierta.
—Exacto.
Caminó hacia la cocina para servirse agua, mientras añadía sin mirar atrás: —Descansa hoy.
Lo que vamos a encargar no es para alguien cansado… es para alguien que sabe hasta dónde quiere llegar.
Sirius se recostó en el sofá, mirando el techo.
Un arma que no se rompa.
Una armadura que no falle.
Un futuro que no dependa de la suerte.
—Mañana —murmuró— será un día caro.
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