Danmachi el caballero negro - Capítulo 19
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19: encargó y creación de perfumes 19: encargó y creación de perfumes La mañana llegó con una luz clara y estable, sin prisas.
En la Villa de Luz Estelar, el amanecer no era un anuncio estridente del día, sino una transición suave.
La casa parecía respirar junto con la luz, como si incluso las paredes supieran que ese día no era uno cualquiera.
Aurora despertó primero.
Abrió los ojos sin sobresalto, con la calma de alguien que ha visto demasiados amaneceres como para sorprenderse por uno más.
Permaneció unos segundos observando el techo, no por cansancio, sino por costumbre.
Se levantó y se preparó sin ruido.
Sirius despertó poco después.
Su cuerpo todavía conservaba la memoria del entrenamiento intenso del día anterior, pero no había dolor.
Solo una sensación firme, como si los músculos hubieran aceptado el esfuerzo y lo estuvieran esperando de nuevo.
Se incorporó, respiró hondo y dejó que Astrum circulara suavemente.
Estaba estable.
Más que ayer.
Se vistió con ropa sencilla y salió de su habitación.
El aroma del desayuno lo recibió antes de llegar al comedor.
Aurora ya estaba allí, colocando los platos.
—Buenos días —dijo Sirius.
—Buenos días —respondió ella—.
Dormiste bien.
—Sí.
El desayuno fue simple, casi ritual.
Pan, fruta, algo caliente para beber.
No necesitaban más.
Comieron sin prisa.
—Hoy iremos a Babel —dijo Aurora No hubo más preguntas.
Salieron de la villa y se dirigieron hacia Babel.
Orario ya estaba en pleno movimiento.
Aventureros, comerciantes, dioses y mortales cruzándose como siempre, sin saber qué acuerdos se sellaban por encima de sus cabezas.
Entraron a Babel y tomaron el ascensor.
El mecanismo comenzó a elevarlos.
El ascensor se detuvo en el piso comercial.
El sonido del metal y el fuego los envolvió de inmediato.
Aurora avanzó con paso firme, sin vacilar, como alguien que no necesita orientación.
Llegaron a la forja principal.
La puerta estaba abierta.
—Pasa —se escuchó desde dentro—.
No hace falta que anuncies tu llegada, Aurora.
Aurora sonrió y entró.
Hefesto estaba frente a una mesa de trabajo, revisando planos.
Al ver a Aurora, dejó lo que hacía y se acercó.
—Sigues llegando sin avisar —dijo Hefesto.
—Y tú sigues fingiendo que te molesta —respondió Aurora.
Se abrazaron con naturalidad.
No había ceremonia, solo reconocimiento mutuo.
—Así que estés tu de nuevo—dijo Hefesto, mirando a Sirius—.
El que va a romper mis armas si no tengo cuidado.
—Ese es el plan —respondió Sirius con respeto.
Hefesto rió.
—Me gusta.
Se sentaron alrededor de la mesa.
Aurora fue directa.
—Necesita un arma nueva —dijo—.
Y una armadura.
—Lo imaginé —respondió Hefesto—.
Ya he forjado para ti antes.
Sé cuándo algo es importante.
Aurora explicó sin rodeos: el crecimiento de Sirius, Astrum, las técnicas que exigían un soporte que no fallara.
—Una hoja con propiedad irrompible —dijo Hefesto—.
Similar al Durandal, pero sin llegar al rango de primera clase.
—Exacto —asintió Aurora—.
Suficientemente fuerte como para no romperse… y suficientemente honesta como para no hacerlo invencible.
Hefesto miró a Sirius.
—Eso significa que el arma no será tu salvación —dijo—.
Solo tu compañera.
—Es todo lo que necesito —respondió él.
Luego vino la armadura.
—Cuero de monstruo —añadió Aurora—.
Negro.
Ligero.
Resistente.
Que no limite su movilidad.
Hefesto asintió lentamente.
—Puedo hacerlo.
Tomó el contrato.
—Ciento dieciocho millones de valis —leyó—.
Treinta años.
Aurora no apartó la mirada..
—No te pido un favor —dijo—.
Te pido que confíes en mi juicio.
Como antes.
Hefesto cerró el pergamino.
—Ya lo hago —respondió—.
Desde el cielo.
Firmaron.
El sello de Hefesto quedó marcado con claridad.
—Vuelvan mañana —dijo la diosa—.
Estará todo listo..
Salieron de Babel poco después.
El camino de regreso fue tranquilo.
Al llegar a la Villa de Luz Estelar, Sirius no se detuvo.
—Voy al campo —dijo.
Aurora asintió.
—Te esperaré.
El campo de entrenamiento lo recibió con el mismo silencio firme de siempre.
Sirius dejó sus cosas y cerró los ojos.
Activó Astrum.
Esta vez, sin reservas.
Entrenó artes marciales con una intensidad mayor que cualquier día anterior.
Cada golpe llevaba intención.
Cada paso, propósito.
Visualizaba la espada nueva.
Visualizaba la armadura.
Visualizaba el futuro.
Cayó.
Se levantó.
Corrigió.
El día avanzó.
Cuando el sol comenzó a caer, Sirius seguía entrenando.
La mañana siguiente amaneció clara.
No hubo sueños agitados ni sobresaltos.
Sirius despertó con una sensación distinta en el pecho: expectativa contenida.
No ansiedad, no impaciencia.
Algo más parecido a cuando uno sabe que una etapa termina y otra comienza.
Se levantó con calma, se vistió y dejó que Astrum circulara suavemente por su cuerpo.
Respondía bien.
Mejor que días atrás.
Al salir de su habitación encontró a Aurora ya despierta, esperándolo en el comedor.
El desayuno fue aún más sencillo que el del día anterior.
Nadie quería retrasarse.
—¿Listo?
—preguntó Aurora.
Sirius asintió.
—Sí.
No dijeron más.
El camino hacia Babel fue directo.
Orario ya estaba en movimiento, pero para Sirius el ruido parecía lejano, como si su atención estuviera concentrada en un solo punto del día.
Entraron a la torre y tomaron el ascensor.
Esta vez, el trayecto se sintió más corto.
El piso comercial los recibió con el mismo coro de martillos, fuego y voces.
Aurora caminó con paso seguro, sin dudar, guiándolo hasta la forja de Hefesto.
La puerta estaba abierta.
—Llegan puntuales —se escuchó desde dentro—.
Eso me agrada.
Entraron.
El calor los envolvió de inmediato.
No era sofocante, sino vivo.
El olor a metal trabajado, a cuero curtido y a magia estable flotaba en el aire.
Hefesto estaba de pie frente a una mesa larga cubierta por telas oscuras.
—Aurora —saludó—.
Y tú —añadió mirando a Sirius—.
Hoy es tu día.
Aurora inclinó apenas la cabeza.
—Sabía que no fallarías.
Hefesto rió suavemente.
—Nunca lo hago cuando me importa.
Con un gesto, retiró la primera tela.
Debajo reposaba la espada.
Sirius dio un paso involuntario hacia adelante.
La hoja era larga y estilizada, de un tono metálico profundo, con patrones circulares grabados a lo largo del acero.
No brillaba de forma ostentosa; su presencia era más bien contenida, firme, como si no necesitara llamar la atención para imponer respeto.
—Forjada para resistir —dijo Hefesto—.
Propiedad irrompible comparable al Durandal, aunque ligeramente por debajo de una de primera clase.
Soportará Astrum, técnicas forzadas y errores humanos.
Sirius extendió la mano y la sostuvo.
La espada respondió.
No con calor.
No con peso excesivo.
Con compatibilidad.
—No se quejará si la llevas al límite —añadió Hefesto—.
Pero tampoco te salvará de una mala decisión ahora ponle un nombre a la espada.
Sirius asintió con seriedad.
—Eso es justo lo que necesitaba, se llamará Aethelgard.
Hefesto retiró la segunda tela.
La armadura de cuero negro apareció ante ellos.
Era sobria, elegante en su funcionalidad.
El cuero de monstruo había sido trabajado con una precisión impecable, reforzado en puntos clave sin sacrificar movilidad.
No había adornos innecesarios.
Todo tenía un propósito.
—Ligera —explicó Hefesto—.
Resistente.
No interferirá con tus movimientos ni con tu Astrum.
Sirius pasó los dedos por el material.
—Es perfecta.
Aurora observaba en silencio, satisfecha.
Entonces Hefesto se giró hacia una mesa lateral.
—Eso no es todo.
Tomó otro conjunto de piezas y las colocó una a una sobre la mesa principal.
Primero, unas espinilleras de metal negro, sólidas pero bien articuladas.
Luego, protecciones para los antebrazos, del mismo material, diseñadas para bloquear, desviar y resistir impactos directos.
Finalmente, una coraza negra, compacta, diseñada específicamente para proteger el corazón sin limitar la respiración ni el movimiento del torso.
Sirius abrió ligeramente los ojos.
—¿Esto…?
Hefesto cruzó los brazos.
—Un regalo.
Aurora la miró, sorprendida solo un instante.
—Hefesto… —No es caridad —interrumpió la diosa—.
Es inversión personal.
Miró a Sirius con seriedad.
—No todos los días forjo algo para alguien que claramente va a sobrevivir lo suficiente como para justificarlo.
Sirius permaneció en silencio unos segundos.
Luego inclinó la cabeza con respeto absoluto.
—Gracias —dijo—.
No lo olvidaré.
Hefesto sonrió, satisfecha.
—Eso espero.
Aurora se acercó a Sirius y apoyó una mano ligera en su hombro.
—Ahora sí —dijo—.
Estás equipado para el camino que elegiste.
Sirius sostuvo la espada una vez más.
No sintió euforia.
No sintió miedo.
Sintió responsabilidad.
—Entonces —dijo—, no fallaré.
Hefesto soltó una risa baja.
—Eso quiero verlo.
Salieron de la forja poco después.
El regreso a la Villa de Luz Estelar fue tranquilo.
No hubo urgencia ni conversación apresurada.
Sirius caminaba con paso firme, llevando consigo el peso real de su nuevo equipo, no tanto en los brazos como en la mente.
Cada pieza representaba una promesa, un compromiso que todavía no había sido puesto a prueba.
Al entrar a la villa, Sirius fue directo a su habitación.
Abrió la puerta, dejó las armas y la armadura sobre la mesa grande de madera y se quedó observándolas durante unos segundos.
La espada descansaba envuelta con cuidado, el metal oscuro apenas visible bajo la tela.
La armadura de cuero negro estaba doblada con precisión, y las piezas adicionales —espinilleras, protecciones de antebrazo, la coraza del corazón— estaban alineadas con respeto casi ceremonial.
—en la semana siguiente te probaré.
Cerró la puerta y regresó al primer piso.
Aurora estaba en la gran sala, de pie junto a una de las ventanas, observando cómo la luz de la tarde comenzaba a cambiar de tono.
—Ya está todo guardado —dijo Sirius.
Aurora asintió.
—Bien.
Hubo un breve silencio, cómodo, hasta que Sirius habló de nuevo.
—Aurora… —dijo—.
Creo que ya es hora.
Ella giró el rostro hacia él, sabiendo exactamente a qué se refería.
—¿Las mezclas?
—Sí —respondió—.
Las definitivas.
Ya tenemos la glicerina estabilizada, las esencias reposaron lo suficiente… si vamos a hacerlo, tiene que ser ahora.
Aurora sonrió.
—Entonces vayamos al laboratorio.
Descendieron juntos al sótano.
El laboratorio los recibió con su orden habitual: mesas limpias, frascos alineados, instrumentos preparados.
La glicerina vegetal reposaba en recipientes sellados, clara y espesa, como un cristal líquido esperando propósito.
Aurora se quitó el abrigo y se colocó los guantes.
—Nos enfocaremos primero en mujeres —dijo—.
Humanas y otras razas similares en percepción olfativa.
Sirius tomó su cuaderno y el lápiz.
—Tú guías —respondió—.
Yo elaboro.
Aurora se acercó a la mesa central y cerró los ojos un momento.
—No pienses en perfumes —dijo—.
Piensa en sensaciones.
En momentos.
En recuerdos.
Sirius asintió y comenzó a preparar los primeros frascos base.
Las horas siguientes fueron intensas.
Aurora hablaba, describía, comparaba.
Sirius medía, mezclaba, corregía.
Escribían combinaciones, las probaban, las descartaban.
Tachaban líneas.
Volvían a empezar.
—No —decía Aurora—.
Ese es demasiado dulce.
—Anotado.
—Este es elegante… pero se apaga rápido.
—Falta fijador.
Ajusto.
El aire del laboratorio se fue llenando de aromas superpuestos.
Algunos agradables.
Otros demasiado fuertes.
Otros prometedores, pero incompletos.
Pasaron cinco horas.
Cinco horas de concentración absoluta.
Cuando finalmente se detuvieron, ambos estaban cansados, pero satisfechos.
Sirius se recostó un momento en la silla.
—Creo que tenemos algo sólido.
Aurora observó los frascos alineados frente a ellos.
—No “algo” —corrigió—.
Tenemos cinco.
Sirius tomó el cuaderno y leyó en voz alta, mientras Aurora asentía en cada punto.
Las cinco mezclas seleccionadas para mujeres humanas y razas afines Florales —Este será el más universal —dijo Aurora—.
Femenino, romántico, reconocible, pero bien ejecutado.
Sirius había trabajado una base donde predominaban flores nobles: jazmín, nardo, rosa y peonía, equilibradas con un fondo suave que evitaba que el aroma se volviera empalagoso.
—Es el perfume que alguien usaría sin pensar demasiado —añadió Aurora—.
Para el día a día.
Para sentirse bien consigo misma.
Sirius anotó al margen: versátil, estable, elegante.
—Funcionará bien con humanas y elfas jóvenes —dijo—.
No invade.
Orientales / Ambarados Aurora se inclinó un poco hacia este frasco en particular.
—Este es para la noche —dijo—.
Para presencia.
Las notas cálidas dominaban: vainilla, ámbar, haba tonka y un toque de pachulí.
El aroma era profundo, envolvente, con una sensualidad clara pero controlada.
—No es para cualquiera —añadió Sirius—.
Es para quien quiere ser recordada.
Aurora sonrió.
—Exactamente.
Sirius anotó: sensual, duradero, dominante.
—Amazonas y humanas seguras de sí mismas lo adorarán.
Frescos / Cítricos / Acuáticos Este fue el más limpio de todos.
—Este es respirar —dijo Aurora—.
Día, calor, movimiento.
Notas de limón, té, matices marinos y frutas frescas se combinaban con una base ligera que no pesaba sobre la piel.
Sirius olió el frasco una vez más.
—Es honesto —dijo—.
No intenta ser más de lo que es.
—Y por eso funcionará —respondió Aurora.
Ideal para climas cálidos, para trabajo, para aventura ligera.
Sirius anotó: refrescante, ligero, adaptable.
Chipre / Frutales Aurora tomó este frasco con cuidado especial.
—Este es elegante —dijo—.
Pero no distante.
La mezcla combinaba musgos, maderas suaves y notas frutales como fresa y ciruela, logrando un equilibrio entre dulzura y sofisticación.
—Tiene carácter —añadió Sirius—.
No se desvanece rápido.
—Y deja huella sin imponerse —concluyó Aurora.
Sirius escribió: equilibrado, refinado, memorable.
—Perfecto para mujeres que quieren destacar sin exagerar.
Amaderados El último era el más profundo.
—Este es madurez —dijo Aurora—.
Confianza silenciosa.
Sándalo, cedro y un toque de especias aportaban profundidad y solidez.
No era dulce.
No era ligero.
Era firme.
Sirius cerró los ojos al olerlo.
—Es… estable —dijo—.
Como alguien que ya sabe quién es.
Aurora asintió.
—Exacto.
Sirius anotó: sofisticado, profundo, duradero.
—Funcionará incluso en razas con percepción más intensa.
Cuando terminó de escribir, Sirius cerró el cuaderno con cuidado.
El laboratorio estaba en silencio, salvo por el leve burbujeo residual de algún recipiente.
—Cinco —dijo—.
Cinco que valen la pena.
Aurora se quitó los guantes.
—Y ninguna fue apresurada —añadió—.
Eso se nota.
—de estos 5 frascos aremos primero cien de cada uno lady aurora, ahora solo necesitamos hacer tarjetas con el olor de estos cinco perfumes para distribuirlos por las calles más concurridas de orario.
—con una presentación que dirá huele bien por 24 horas.
Aurora sonrió ante la idea —se ollé bien esa idea, ya que los perfumes del mercado solo duran 3 horas, será un gran éxito.
—aque precio los venderemos sirius.
Sirius llevándose la mano a la barbilla.
—si ponemos que estos perfumes duran 24 horas a diferencia de otros y huelen mucho mejor que otros perfumes, los daremos a 10,000 valis lady aurora.
—Bien sirius con esos 500 hechos ganaremos cinco millones de valis.
Pero primero vallamos a descansar ya mañana yo los aré temprano y tú lady aurora los nombres de estos cinco perfumes junto con el diseño.
— está bien sirius, vallamos a descansar.
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